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André Breton

 

Traducción al español realizada por el CEIP León Trotsky de Argentina del Cahiers Léon Trotsky N° 12, Institut Léon Trotsky de Francia. Discurso pronunciado por André Breton en un mitin del PCI (Partido Comunista Internacionalista de Francia) el 11 de noviembre de 1938, en Quatrième Internationale n° 14/15, noviembre-diciembre de 1938. Bretón, André (1896-1966): poeta francés, autor del Manifiesto Surrealista y uno de los principales animadores del movimiento surrealista. Fue miembro del Partido Comunista francés desde 1927 hasta 1933. Visitó a Trotsky en México, donde redactó un manifiesto sobre la libertad en el arte, en oposición a la estética stalinista consagrada como “realismo socialista”.

No esperen de mí un mensaje político. Han pasado cerca de tres meses desde mi retorno de México, tres meses durante los cuales la voz del camarada Trotsky logró llegar varias veces hasta nosotros, tres meses durante los cuales el pensamiento del camarada Trotsky, maravillosamente propenso a atacar cada nuevo aspecto del problema político y social, maravillosamente ejercitado para sacar un partido inmediato de la actualidad, logró superar la gran distancia que lo separa de nosotros para ocupar, en los órganos de la IV Internacional, su rol de guía genial, de guía probado entre todos los del movimiento revolucionario. Los acontecimientos que se desarrollaron en el curso de estos tres últimos meses fueron de un orden bastante turbulento por lo que el análisis de la situación internacional, a la cual yo pude escucharlo proceder con una autoridad única, exige una adaptación a las novedades dadas. Sería fácil probar que Trotsky, en sus previsiones de entonces, se aproximaba más que ninguno a lo que se convirtió en la realidad concreta de hoy. Pero ustedes, camaradas, ustedes cuyas aspiraciones se confunden con las suyas, están a la altura de hacer esta demostración mucho más que yo. Yo dejaría entonces a un lado todo lo que pueda correr el riesgo de ser una repetición de las exposiciones de nuestros camaradas para mantenerme aquí en un testimonio en el plano puramente humano.

Desde el punto de vista marxista, no lamentamos comprender que es imposible vivir en nuestra época del oficio de escritor independiente, con más razón si este escritor pretende expresarse con toda conciencia sobre una serie de cuestiones susceptibles de manifestar su total desacuerdo con la sociedad burguesa. Las únicas salidas que se le ofrecen son, o bien debilitar poco a poco sus críticas de manera tal que esta sociedad se apreste un día a festejarlo como a un niño pródigo, o bien someterse a una forma de oposición que es, al menos provisoriamente, absoluta tranquilidad al mismo tiempo que absoluto beneficio pecuniario para el intelectual: la oposición stalinista. El stalinismo tiene en efecto a su disposición si quiere disfrazar bien su horrible impostura histórica, una elección casi ilimitada de funciones y de empleos más ampliamente remunerables, unos más que otros. Por no haber consentido ni a la primera ni a la segunda de estas abdicaciones, de estas traiciones, hace dos años, la extrema precariedad de mi situación material me obligó a solicitar un puesto de maestro en el extranjero. Los llamados servicios competentes del Ministerio de Asuntos extranjeros a los cuales debí necesariamente dirigir mi petición, después de un examen atento de mi posición ideológica tal como ella se desprendía de mi actividad anterior, concluyeron que era necesario preservarse de dirigirme hacia un país que viviese bajo el régimen autoritario o fuese susceptible de vivir más o menos próximamente bajo tal régimen. En estas condiciones, las posibilidades se restringían al punto –es mordaz notarlo hoy- que sólo se me podía ofrecer optar entre Checoslovaquia y México. Yo opté por México y por otra parte no escuché hablar más nada durante mucho tiempo. Únicamente a fines del último año, cuando me decidí a informarme sobre las razones de este silencio, se me propuso, a título de compensación, enviarme a México para pronunciar en la Universidad una serie de conferencias sobre el estado de la poesía y de la pintura en Europa.

Camaradas, ustedes se preguntan porqué experimento la necesidad de precisar frente a ustedes las condiciones de este viaje. Esto tiene que ver, seguramente, con que algunos de nuestros enemigos se han ingeniado para travestirlo y todavía buscan sacar partido de la forma más grosera. Incluso ante mi partida, un miembro de la “Casa de la Cultura”, una garrapata muy peligrosa llamada Tristán Tzara1, encontraba amplios oídos a quien confiar que yo estaba encargado por los Asuntos extranjeros de una misión cerca de Trotsky! Al mismo tiempo que yo partían por otra parte de París, pero encaminados de Nueva York hacia México por avión de tal forma de precederme, un cierto número de cartas dirigidas a los principales escritores y artistas mexicanos, cartas en las cuales la calumnia más desvergonzada se da libre curso. Varios destinatarios de estas cartas sabían felizmente a qué atenerse y sobre mí mismo y sobre los procedimientos abyectos a los cuales se acostumbra a recurrir en los medios stalinistas: es a uno de ellos que debo poder dar a ustedes lectura de este documento:


Querido camarada y amigo,

Queremos informarle, rogándole que de a conocer a nuestros amigos en México, sobre la posición del señor André Breton, que debe ir a vuestro país para hacer allí conferencias.

Enviado por el servicio de propaganda del Ministerio de Asuntos exteriores, del cual hoy la política reaccionaria es muy conocida, el señor André Breton siempre tomó posición contra el Frente popular y con ese objetivo se alió con los elementos políticos más turbios. Su acción contra la República española tomó las formas más pérfidas, aunque reclamándose de un vago revolucionarismo verbal.

Admirador de Trotsky, siempre se levantó contra todas las acciones de la Asociación Internacional de Escritores y, por esta razón, la palabra le fue rechazada luego del primer Congreso de Escritores.

Temiendo que se puedan producir malos entendidos, nosotros tenemos que tenerlos al corriente de la situación real del señor André Breton, que no representa de ninguna manera el espíritu revolucionario de la literatura en Francia.

Créanlo, etc...

Para el Secretario Internacional:

Firmado: René Blech 2.

Para aquellos de vosotros que lo ignoraban, yo voy a recordar, camaradas, que mi actitud y la de mis amigos surrealistas frente a la guerra de España jamás se prestó al menor equívoco. Desde la apertura del conflicto, nosotros deshonramos para siempre a las fuerzas de regresión y oscuridad que tomaban la responsabilidad de desencadenarlo, nosotros proclamamos nuestra esperanza inquebrantable en el salto inicial que llevó adelante la España obrera y que tendía a la realización de su bloque único verdaderamente invencible forjado en el peligro, que tendía también al aniquilamiento primordial de todo el aparato religioso y por encima de todo a la constitución de una ideología revolucionaria activa, formada en la prueba de los hechos -no preocupándose de reproducir la ideología existente o corrompida-, pero conciliando las aspiraciones fundamentales de nuestros camaradas de la FAI, de la CNT, del POUM y añadimos nosotros del PSUC, en la medida en que estos últimos dejaran de atentar a los precedentes.

¿Es bastante claro? Nosotros nos levantamos en todo momento de la manera más irreductible contra la política de no-intervención. De todo esto subsisten testimonios impresos y fechados, irrecusables. Pero lo que no se nos perdona, lo que no me hace gracia personalmente, es de haber constatado, en el curso de los acontecimientos, que la URSS actual constituía uno de los principales obstáculos para la victoria del proletariado español, es haber dicho por ejemplo en enero de 1937: “Los juicios de Moscú son la consecuencia inmediata de la lucha tal como es incitada en España: se trata para Stalin de impedir a toda costa una nueva oleada revolucionaria rompa olas sobre el mundo. Se trata de hacer abortar la revolución española como se hizo abortar la revolución alemana, la revolución china. ¿Se nos objeta que la URSS brinda armas, aviones? Si, primero porque es indispensable salvar la cara, luego porque estas armas de doble filo están llamadas a quebrar todo lo que trabaja en España, no por la restauración de la república burguesa sino por el establecimiento de un mundo mejor, porque están llamadas a destruir todo lo que lucha por la revolución proletaria”. Lo que no se me deja pasar, es haber dicho: “No nos engañen, las balas de Moscú, en enero de 1937, son dirigidas contra nuestros camaradas del POUM. Después de ellos, se tomará a nuestros camaradas anarquistas, con la esperanza de terminar con todo lo que hay de vivo, con todo lo que comporte una promesa de futuro en la lucha antifascista española”. En noviembre de 1938, no perdamos confianza, camaradas: el juicio del POUM fue perdido por Stalin: frente a los testimonios producidos por la defensa, fue necesario renunciar a la inculpación de espionaje retenida contra nuestros camaradas, fue necesario disminuir ampliamente la pretensión de deshonrar a los revolucionarios de España, incluso ayudándose de los alegatos y de las prestaciones de juramento del inmundo jesuita Bergamín3. La España obrera, la España revolucionaria, en la realidad a la cual nosotros rechazamos substituir por el concepto de la España republicana, está siempre de pie. Es a ella, a ella únicamente, que va nuestra ardiente fraternidad: a pesar de todas las empresas de corrupción, ni Stalin ni Franco, son aún dueños de la situación: el veredicto de octubre de 1938 nos enseña que ella no ha dicho su última palabra.

Como si, en lo que me concierne, la carta de introducción que yo les comuniqué hace un rato, corría el riesgo de no ser suficiente, una palabra más imperativa, que no logró más que permanecer confidencial, estaba dirigida al secretario general de la LEAR de México, correspondiendo aquí a la antigua AEAR. Había pedido en sus propios términos que se lo vigile para “sabotear sistemáticamente todo trabajo al cual yo me libraría en México”. La firma no era otra más que la de un individuo con el que yo estaba relacionado, no sin desconfianza, por un largo período de actividad común: se trata de Aragón4, que concentra aquí la dirección de la pretendida Casa de la Cultura, de la revista Commune y del diario Ce soir. Como tuve la ocasión de decir en México, al considerar la evolución típica de Aragón en el curso de estos últimos años, la escalada que esta marca en el dominio de la capitulación sistemática, del servilismo más venal, del falso testimonio profesional y del soplón hereditario –Aragón es el hijo del antiguo prefecto de policía Andrieux5 que se vanagloria en sus memorias por haber introducido la provocación en los procedimientos policiales- yo estoy aseguro que esta actitud ultra-stalinista procede de contradicciones mortales. La actitud de Aragón constituye una de las vergüenzas de estos tiempos: no puede inspirar a todo intelectual digno de ese nombre más que una completa repugnancia; ella debe ser consagrada expresamente al odio del proletariado que sabrá reconocer, en las primeras circunstancias históricas decisivas a aquellos que trataron de dividirla, desmoralizarla, traicionarla.

Aunque esta tentativa de obstrucción dirigida contra mí no se haya demostrado totalmente inoperante, yo logré hacer cinco conferencias en México.

Al mismo día siguiente de mi llegada, me esperaba la alegría de encontrar allí al camarada Van que muchos de nosotros conocíamos. Todos aquellos que se le han aproximando saben los extraordinarios recursos de inteligencia y de sensibilidad que le son suyos, han sabido apreciar la rapidez de su vista, la lucidez de su juicio, pero sin duda no todos han tenido la comodidad de medir lo extendido de su curiosidad ni compartir en su casa los admirables dones del corazón. Su modestia se ofuscaría de golpe seguramente de mis palabras y sin embargo yo no querría dejar pasar esta ocasión de dirigirle un saludo verdaderamente fraternal. Que me perdone por revelar aquí lo que su existencia presenta de dramático: frente a tantos intelectuales que buscan en la negación, en la depredación de toda conciencia moral el secreto de una vida confortable, es necesario, camaradas, oponer este ejemplo. En dieciocho años el camarada Van, admisible en la Escuela Normal Superior de Ciencias6, no pudo soportar la idea del aislamiento del camarada Trotsky que se encontraba entonces en Prinkipo y, desdeñando asegurarse su propio futuro, le ofreció espontáneamente sus servicios. Él lo siguió por todo su exilio, pasó por las manos de casi todas las policías de Europa. En el momento actual, muy pobre, ya que Trotsky sólo tiene posibilidades de asegurar a sus secretarios el alimento y la cama, él continúa viviendo sin poder disponer de sí mismo, privado incluso de la sonrisa de su hijo.

Es con la mejor gracia del mundo que él toma sobre sí una tarea abrumadora: diez a doce horas de trabajo y, como debe ser asegurada sin cesar la vigilancia de la casa, cuatro horas de guardia a la noche. El camarada Van es uno de esos revolucionarios de la cabeza a los pies como los quiere Trotsky. En el momento de distracción de esta noche en el restaurante, mientras que se desplazaban alrededor nuestro los sirvientes con blusas adornadas de bordados brillantes a la moda de Tehuantepec, él sufría sin apartarse de su bella sonrisa clara mi torrente de preguntas. Para consolarnos de tantos otros, era verdaderamente el hombre, tal como yo lo entiendo, el amigo en toda la acepción de la palabra.

Al día siguiente, yo debía encontrarme con Diego Rivera. Ustedes saben que es a él que el camarada Trotsky le debe haber encontrado asilo en México. Es él quien, en los tiempos del “planeta sin visado”, multiplicó las diligencias para hacerlo recibir y obtuvo que sean aceptadas, mientras que permanecería allí, todas las medidas necesarias para su salvaguarda. Para llevar a buen término tal empresa, era necesaria la autoridad única de la que gozaba Rivera, no digo únicamente en México sino en toda América, autoridad que tiene por la reputación considerable que él se hizo como pintor de frescos y por la actitud entre todos irreductible que él no cesó de oponer a las potencias del dinero. Diego Rivera es el autor de una obra épica, sin ningún equivalente en Europa, que remarca la lucha de cien años ininterrumpidos de México por su independencia y a través de ella, la aspiración incesante del hombre a una mayor conciencia y libertad, que restablece, más allá de la época de la conquista española, lo que constituye el saldo más precioso de las civilizaciones indias desaparecidas, que anticipa ampliamente también lo que debe ser la verdad humana del mañana. La potencia de esta obra es tal que ha desbordado desde hace mucho tiempo su marco original: México. Encargado, en Nueva York, de decorar los muros de la fundación Rockefeller, Rivera no omitió allí más que en otro lado, hacer figurar en primer plano el retrato de Marx, de Lenin y de Trotsky, llamando a los obreros del mundo entero a la lucha liberadora. Aunque él sea más célebre que en cualquier otra parte, el acceso a los Estados Unidos le está prohibido desde entonces. Cuando, espantado, el gran capitalismo ordenó la desaparición del fresco, faltó poco para que estalle un motín. Por suerte, los edificios de México, al interior de los cuales la inspiración de Rivera se dio toda licencia, guardarán el testimonio de esta fidelidad a la causa de la emancipación humana que, bajo su pincel, logra expresarse en el lenguaje más concreto, más exultante. Yo tengo mucho más cuidado en atestiguarlo del que tomé abordando la obra de Diego Rivera con las mayores prevenciones técnicas. Las muy malas reproducciones que circulan aquí de sus frescos lo perjudican y la óptica particular de Europa me dejaba poca chance de apreciarlo. Fue necesario que yo me sintiese penetrado de golpe como lo estuve en el corazón de la capilla secularizada de Chapingo, donde ella me rodeaba desde todas partes, que, embargado por una emoción desconocida, en cierto modo primitiva, yo me sintiese penetrado hasta las lágrimas, por saber hasta qué punto ella es una invitación a la lucha por la conquista de la felicidad, hasta qué punto, camaradas, está hecha para nosotros.

Ustedes me comprenden, camaradas, si les confieso que no es sin angustia que algunos días allí yo me encaminaba hacia esta “Casa azul”, la morada del camarada Trotsky, de la cual tanto se ha hablado y que está en Coyoacán. Tuve una buena ocasión de informarme tanto como fuera posible de su salud moral, del empleo de su tiempo y también de todo lo que para mí lo hacía dejar de pertenecer a la historia para comportarse como un hombre viviente, una pantalla continuaba interponiéndose entre él y yo. Tras esta pantalla se desarrollaba una vida mucho más agitada y alborotadora que todas las otras, tan incomparablemente más dramática. Yo me representaba a este hombre que fue la cabeza de la revolución de 1905, una de las dos cabezas de la revolución de 1917, no únicamente como un hombre que puso su genio y todas sus fuerzas vivas al servicio de la mayor causa que yo conozca, sino también el testimonio único, el historiador profundo del cual las obras hacen mucho más que instruir, pues le dan ganas al hombre de resistir. Yo me lo representaba al lado de Lenin y, más tarde, continuando la defensa de su tesis, la tesis de la revolución en el seno de los congresos trucados. Yo lo veía solo de pie entre sus compañeros ignominiosamente abatidos, solo, apresado por el recuerdo de sus cuatro hijos asesinados. Acusado del mayor crimen que puede ser acusado un revolucionario, amenazado en todo momento de su vida, librado al odio ciego de aquellos mismos por los cuales él se prodigó de todas formas. ¡Es necesario, camaradas, que la desinformación de la opinión sea fácil de orientar!

Con el corazón palpitante, he visto entreabrirse la puerta de la Casa azul, se me guió a través del jardín, apenas tuve tiempo de reconocer al pasar las buganvillas cuyas flores rosas y violetas sembraban el suelo. Los cactus eternos, los ídolos de piedra que Diego Rivera –que puso esta casa a la disposición de Trotsky- reunió con amor a lo largo del pasillo. Yo me encontré en una pieza clara entre libros. Y bien, camaradas, al instante mismo en que el camarada Trotsky se levantó del fondo de esta pieza, donde, bien real, se substituyó la imagen que tenía de él, no pude reprimir la necesidad de decirle hasta qué punto yo estaba maravillado de encontrarlo tan joven. ¡Qué dominación de sí mismo, qué certeza de haber mantenido, con y contra todo, su vida en perfecto acuerdo con sus principios, qué excepcional coraje más allá de tales pruebas han podido guardar así sus facciones de toda alteración! Los ojos de un azul profundo, la admirable frente, la abundancia de los cabellos cabalmente plateados, la tez como la de una muchacha, componen una fisonomía en la que se siente que la paz interior lo alcanzó, lo alcanzará para siempre por encima de las formas más crueles de la adversidad. No es ésta naturalmente más que una mirada estática, pues desde que la cara se anima, que las manos matizan con una rara fineza tal o cual propósito, se desprende de toda su persona algo electrizante. Estén seguros, camaradas, que si los estados capitalistas se han mostrado tan resueltos, tan unánimes en el hecho de concluir con la proscripción del camarada Trotsky y si el gobierno de Stalin no dejó de presionar sobre ellos para obtener esta proscripción, esto fue de su parte una medida perfectamente natural. Trotsky libre, Trotsky en condiciones hoy, por ejemplo, en París de tomar la palabra en un mitin, es todo un muro de la revolución que reaparecería de pie; es la luz del soviet de Petersburgo, del congreso de Smolny que se levantándose en la sala. No es a los explotadores de la clase obrera que se puede pedir consentir esto. Es de la clase obrera que es necesario esperarlo, de la clase obrera que, llegado el momento, sacudirá el yugo que la aplasta, barrerá de un golpe la podredumbre termidoriana y reconocerá a los suyos.

 

Luego, se me acordaron frecuentes entrevistas con el camarada Trotsky. De la vida un poco legendaria que yo le atribuía, él ha pasado para mí a una existencia más real, más tangible. No hay sitio típico mexicano al cual él no permanezca asociado en mi recuerdo. Yo lo vuelvo a ver, las cejas fruncidas, desplegando los diarios de París bajo las sombras de un jardín de Cuernavaca, irritado contra los zumbidos de los mosquitos, mientras que la camarada Natalia Trotsky, tan conmovedora, tan comprensiva y dulce, me designaba por su nombre a las sorprendentes flores; yo lo vuelvo a ver practicando conmigo el ascenso a la pirámide de Xochicalco; otro día, estamos desayunando al borde de un lago congelado, en pleno cráter del Popocatepetl; o bien nos encontramos a la mañana en una isla en el lago de Pazcuaro, el maestro que reconoció a Trotsky y Rivera hace cantar a los niños de la escuela en la vieja lengua tarasca; o bien henos aquí dispuestos a pescar axolotls en un rápido arroyo del bosque. No hay nadie que muestre más interés por todo lo que se presenta así de nuevo más que el camarada Trotsky, nadie más, en el curso de un viaje, tan emprendedor, tan ingenioso como él. Es claro que subsiste en él una esencia de infancia de una frescura inalterable. Y sin embargo, ustedes entienden bien, camaradas, que no hay tensión de espíritu mayor que la suya: yo no conozco un hombre capaz de librarse a una labor tan intensa y tan continua. Pero de esta labor ya se han acumulado tantos testimonios objetivos que creo poder pasarlo por alto para intentar mas bien despejar el secreto de su seducción personal. Esta seducción es extrema. Una tarde que él había aceptado recibir en su casa a una sociedad de intelectuales compuesta de una veintena de personas llegadas desde Nueva York, y que aceptó darles una corta exposición, después de responder a sus preguntas, yo observé como, a medida que hablaba, el clima de la pieza se volvía humanamente favorable, cómo este auditorio apreciaba la vivacidad y la seguridad de su réplica, le estaba agradecido por su jovialidad, gozaba de sus agudezas. Yo asistí, muy contento, a los esfuerzos de estas personas para, antes de retirarse, venir uno después del otro a agradecerle, darle la mano. Y sin embargo estaba allí, entre los más devotos, el gobernador de un Estado de Norteamérica así como una mujer de cabeza de lechuza que había sido ministro de trabajo en el gabinete de Mac Donald7... Esta seducción parece sostenerse, no únicamente en el placer de controlar de cerca el funcionamiento de una inteligencia superior, sino también en la sorpresa de constatar que la preocupación dominante, sobre la que está centrada esta inteligencia es, a fuerza de someter a todas las otras, hacerlas contribuir en su argumentación. Camaradas, me explico. He llegado a pasearme o encontrarme sentado sobre un banco con el camarada Trotsky, en el corazón de uno de estos mercados indios que son uno de los más bellos espectáculos que ofrece México. Ya sea que nos interesáramos en la arquitectura de las casas del lugar o en los puestos multicolores o en el paso de los campesinos cubiertos de sarapes que unían el sol, la noche con su extraordinaria nobleza en el modo de andar, Trotsky siempre encontraba los medios para ligar esta serie de observaciones a una situación más general, y de transformarlo en la esperanza de un mejoramiento de los valores de este mundo, de convertirlo en un estimulante a favor de nuestra lucha.

Hay una cuestión que, para el camarada Trotsky, prima sobre todas las demás, una cuestión sobre la cual no se puede hacer bromas y a la que él siempre los vuelve a llevar. Esta cuestión es: “¿Qué perspectivas?” Nadie es mejor que él para prever el futuro, como nadie lo es cuando describe algunas cacerías de lobo en las que participó en el Cáucaso. El pasado tenía más bien tendencia a excederlo. Él abunda en sarcasmos contra aquellos que se establecieron sobre una reputación incluso honorable. Es necesario escucharlo hablar de los “¡pequeños rentistas de la Revolución!”

Se ha intentado, allí como en otras partes, atrapar, abatir a Trotsky de todas las formas posibles. No fue suficiente condenarlo a muerte en Moscú, ni arrancarle, en las personas que le eran más queridas, una por una, sus mejores razones de ser, ni alimentar contra él la campaña más loca y más miserable de todos los tiempos. Por ello, la GPU, que intentó vanamente el año pasado entregarle en sus propias manos, supuestamente de parte de un amigo, un paquete conteniendo una bomba, se resignó, al menos provisoriamente, a volver a su juego de calumnias monstruosas contra él, en una circunstancia mucho más eficaz ya que a quienes hay que convencer están lo más desinformados posible de la situación política de México. Se dijo, camaradas -y el semanario Marianne se hace eco de ello-, ¡que Trotsky le inspiró al Presidente Cárdenas8 la medida de la expropiación que él tomó, a principios de año, contra las compañías petroleras extranjeras (inglesas y norteamericanas) y esto con el objetivo de poder vender el petróleo mexicano a Hitler, Mussolini y Franco! Se ha sostenido -en contradicción formal con este primer alegato, pero qué importa- que era Trotsky quien había fomentado contra el Presidente Cárdenas, la rebelión del general Cedillo9. Los infames diarios a sueldo de la GPU y cuyo destino preside el traidor Lombardo Toledano10 han llegado incluso a certificar que el camarada Trotsky y el camarada Rivera, en el curso de un viaje de México a Guadalajara, viaje de 800 km. durante los cuales yo no los he abandonado, habían tenido largas entrevistas con un cierto doctor Atl11, conocido allí por ser un agente de la embajada alemana. ¡Fue a mí a quien se intentó hacer pasar por este fascista! Observen, camaradas, que la calumnia sabe por necesidad hacerse menos grosera, puede tomar en la ocasión un giro sutil. Es así como se deja escuchar que el camarada Trotsky sostiene demasiadas buenas relaciones con el gobierno mexicano, que está menos preocupado en sostener los intereses de la clase obrera mexicana que en tratar con prudencia al general Cárdenas, en función de la hospitalidad que recibe de él. A esta insinuación, Trotsky opuso de una vez por todas esta aclaración:

“Dejemos a los bufones y los intrigantes a su propia suerte. No es de ellos que nos ocuparemos, sino de los obreros conscientes del mundo entero. Sin hacerse ilusiones y sin asustarse de las calumnias, los obreros avanzados aportarán un apoyo completo al pueblo mexicano en su lucha contra los imperialistas. La expropiación del petróleo no es ni el socialismo ni el comunismo. Pero es una medida profundamente progresiva de autodefensa nacional. Marx no consideraba evidentemente a Abraham Lincoln12 como un comunista. Esto sin embargo no impidió a Marx tener una profunda simpatía por la lucha que dirigía Lincoln. La Primera Internacional envió al presidente de la guerra civil una carta de salutación, y Lincoln, en su respuesta, apreció altamente este apoyo moral. El proletariado internacional no tiene razones para identificar su programa con el programa del gobierno mexicano. Para los revolucionarios no sirve de nada disfrazar, falsificar ni mentir como lo hacen los cortesanos de la escuela de la GPU que, en el momento del peligro, venden y traicionan el lado más débil. Sin abandonar su propia figura, toda organización obrera honesta del mundo entero y ante todo de Gran Bretaña, debe atacar implacablemente a los bandidos imperialistas, su diplomacia, su prensa y sus lacayos fascistas. La causa de México, como la causa de España, como la de China, es la causa de toda la clase obrera.”

Hay que hacer justicia con el gobierno de Cárdenas y rendirle homenaje por continuar haciendo todo por asegurarle la seguridad al camarada Trotsky. Los miembros de este gobierno, de los cuales algunos jugaron grandes roles en la revolución de 1910, combatieron bajo las órdenes de Zapata13 o fueron formados en su escuela, admiran sin reservas a un hombre de la calidad de Trotsky. No es por su culpa sino más bien por la consecuencia inevitable de las medidas de protección que hay que tomar por él, que sufra el no poder desplazarse como le plazca y que se queje a veces de ser tratado como un “objeto”.

Quisiera camaradas, para terminar, aunque esto no sea algo que les interese a todos igualmente, tratar en algunas palabras, una cuestión que me apasionaba especialmente y que deseaba someter a Trotsky. Durante años, en materia de creación artística, defendí para el escritor, para el pintor, el derecho de disponer de sí mismo, de actuar no conforme a consignas políticas, sino en función de determinaciones históricas muy especiales que son únicamente competentes al artista. Yo siempre me mostré irreductible sobre esta cuestión. En 1926, cuando quise adherir al Partido Comunista, esta actitud me costó tener que comparecer ante varias comisiones de control donde me pedían con un tono ultrajante dar cuenta de las reproducciones de Picasso, de André Masson14, que estaban momentáneamente en la revista que yo dirigía. He combatido sin descanso, al interior de la AEAR, la consigna inepta del “realismo socialista”. Si me dediqué con continuidad a una tarea, fue precisamente, a pesar de todo lo que podía suceder, para preservar la integridad de la búsqueda artística, para hacer que el arte continúe siendo un fin, no se vuelva bajo ningún pretexto un medio. Esta perseverancia de mi parte no implica que yo no haya llegado a perder la esperanza a veces sobre el resultado que tendría esta lucha, a pensar que la incomprensión, la mala voluntad serían más fuertes. ¡Nos han repetido demasiadas veces, a mis amigos y a mí que esta actitud, que con todas nuestras fuerzas queríamos mantener, era incompatible con el marxismo! Aunque mi convicción era contraria a esto, yo no podía ocultarme que allí existía un punto neurálgico, un tema de inquietud que había visto demasiado fraccionado, como para que yo no estuviese ansioso de someterlo al camarada Trotsky.

Puedo decir, camaradas, que no podía haberlo encontrarlo más abierto a mi preocupación. ¡Oh! No crean que logramos entendernos enseguida: no era hombre de dar la razón tan fácilmente. Conociendo bastante bien mis libros, él insistió en que quería tomar conocimiento de mis conferencias y me ofreció discutirlas conmigo. Entre nosotros, de un lado y del otro, se entablaba verdaderamente alguna escaramuza: el escuchar un nombre como el de Sade o de Lautremont15 le hacía tener ligeramente un tic. En la ignorancia que tenía de ellos, él me hacía precisar el rol que habían jugado para mí ubicándose desde el único punto de vista justo, el punto de vista común al revolucionario y al artista, que es aquel de la liberación humana. Otras veces, él se interesaba vivamente por tal o cual concepto que me había adelantado y lo sometía a una crítica precisa. Es así como me dijo un día: “Camarada Breton, el interés que usted tiene por los fenómenos del azar objetivo no me parece claro. Sí, yo sé bien que Engels ha evocado esta noción, pero yo me pregunto si, en vuestro caso, no hay otra cosa. Yo no estoy seguro que usted tenga la preocupación de conservar –sus manos delimitaban en el aire un débil espacio- una pequeña ventana abierta sobre el más allá.” Yo no había terminado de justificarme que él retomaba: “Yo no estoy convencido. Y además, usted escribió en alguna parte... ah sí, que estos fenómenos presentaban para usted un carácter inquietante. –Perdón, le dije, yo escribí: inquietante en el estado actual del conocimiento, ¿quiere que verifiquemos? Él se levantó bastante nerviosamente, hizo algunos pasos y volvió hacia mí: “Si usted ha dicho... en el estado actual del conocimiento... yo no veo nada más para corregir, retiro mi objeción”.

La extrema perspicacia, incluso cuando se inclinaba a mostrarse un poco sospechosa, y la perfecta buena fe de la que lo vi dar prueba en toda circunstancia nos permitió estar plenamente de acuerdo sobre la oportunidad de publicar un manifiesto que saldaba de una forma definitiva el litigio persistente del cual hablé. Este manifiesto apareció bajo la firma de Diego Rivera y la mía y se titula: Por un arte revolucionario independiente. Concluye en la fundación de una Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente (FIARI) cuyo boletín mensual aparecerá por primera vez a fines de diciembre. Yo preciso que se le debe más a Trotsky que a Rivera y que a mí mismo, por la independencia total que allí es reivindicada desde el punto de vista artístico. Es en efecto el camarada Trotsky quien, en presencia del proyecto donde yo había formulado: “Toda licencia en el arte, salvo contra la revolución proletaria”, nos puso en guardia contra los nuevos abusos que se podría hacer de esta última parte de la frase y la tachó sin dudar.

En el período actual, Trotsky me repitió muchas veces, que para facilitar un reagrupamiento revolucionario él contaba mucho con la actividad de una organización como el FIARI. Dos veces, además, en el curso de estos últimos meses, él creyó bueno explicarse sobre la forma en la que él encaraba personalmente la creación artística.

Lo hizo, por un lado, en una carta a los camaradas norteamericanos, reproducida en Quatrième Internationale, por otro lado en una entrevista inédita en francés, de la cual me limitaré a citar este pasaje: “El arte de la época stalinista entrará en la historia como la expresión patente del profundo declive de la revolución proletaria. Sin embargo, el cautiverio de Babilonia del arte revolucionario no puede durar y no durará eternamente. El partido revolucionario no puede proponerse seguramente como tarea dirigir el arte. Una pretensión semejante sólo puede venir del espíritu de personas ebrias de omnipotencia, como la burocracia de Moscú. El arte, como la ciencia, no solamente no demanda órdenes, sino que, por su misma esencia, no las tolera”.

Me parece imposible que todos los artistas auténticos, no reciban con alivio y, por poco revolucionarios que sean, con entusiasmo, tal declaración.

 Camaradas, tengo conciencia de haberme mostrado inferior en la tarea ambiciosa que me era asignada: volver un poco más presente entre nosotros al camarada Trotsky. Para consolarme, recuerdo una conversación que he tenido hace algunos años con André Malraux, que volvía de un viaje a la URSS. Él me contó como, en el curso de un banquete de bienvenida donde había sido llevado para pronunciar una alocución, él llegó a citar a León Trotsky y cómo, de golpe, sintió hacerse pesada la atmósfera, escuchó caer vasos, vio levantarse y desplazarse a algunos de sus vecinos de mesa con la intención manifiesta de rodearlo: cómo llegó a temer en un momento por su vida. Me confió incluso que sólo pensaba deber su salud a una inspiración súbita, como de las que se tiene a veces frente al peligro, y que le dictó una frase susceptible de sorprender, de confundir a aquellos que estaban dispuestos a la agresión. Lo que me sumergió, lo que me sumerge aún en el estupor, no es tanto esta escena que muchos acontecimientos trágicos desde entonces vinieron a corroborar, sino más bien la conclusión a la que había inducido a André Malraux. Según él, no era más necesario, bajo ningún pretexto, en ninguna circunstancia, pronunciar el nombre de León Trotsky. Pronunciarlo equivalía, parece ser, a excluirse de la actividad revolucionaria tal como ella puede, en las abominables condiciones actuales, llevarse a cabo. Jamás se ha visto esto, camaradas; ¿es posible que el instinto de conservación dicte a los intelectuales semejante renunciamiento a su pensamiento? Yo sé, yo creo sin embargo saber ¡que a André Malraux no le falta coraje! El solo nombre de Trotsky es para él demasiado representativo y demasiado exultante para que se pueda callarlo o contentarse con murmurarlo. No se nos impedirá blandirlo ni hacerlo retumbar en las orejas de los perros de todo pelaje. Tanto sobre los cuerpos despedazados de los pequeños niños de España y sobre los de todos los hombres que caen diariamente por el triunfo de la España obrera, como sobre los cuerpos de los revolucionarios de Octubre, sobre el de nuestro camarada Sedov16, asesinado en una clínica, sobre el de nuestro camarada Klement17 que la policía francesa no quiere reconocer cortado en pedazos, es necesario que mantengamos la divisa: ¡No pasarán!

Saludo al camarada Trotsky magníficamente viviente y que verá sonar su hora de nuevo, saludo al vencedor y gran sobreviviente de Octubre, saludo al teórico inmortal de la revolución permanente.

 

1. Tristán Tzara (1896-1963), padre del “dadaísmo” y viejo enemigo de Breton, fue miembro del PC.

2. René Blech quien firma esta carta era el nombre del secretario de la Asociación Internacional de Escritores, no parece haber dejado una obra considerable: no hemos encontrado trazos de él. (N del ILT).

3. José Bergamín (n. 1895) filósofo católico, era compañero de ruta del Frente popular y aceptó incluso hacer el prefacio de un libro antitrotskista que era manifiestamente obra de la GPU.

4. Luis Aragón (n. 1897), poeta y surrealista, llegó al PC en la época stalinista, era el símbolo para Breton de la claudicación. La AEAR era la asociación de los escritores y artistas revolucionarios.

5. Louis Andieux (1840-1931) fue prefecto de policía de 1879 a 1881; fue partidario del general Boulanger.

6. Este detalle es inexacto según el testimonio de Van. Además él tenía entonces veinte años.

7. James Ramsay Mac Donald (1886-1937) fue dos veces primer ministro. No hemos identificado a “la mujer con cabeza de lechuza”.

8. Lázaro Cárdenas (1895-1870), mestizo indio, general de la revolución, fue presidente de México desde 1934 y decidió personalmente acordarle a Trotsky la visa mexicana.

9. Saturnino Cedillo (1890-1938), general y cacique de San Luis Potosí, conspiraba con los petroleros y la Alemania nazi: su complot se tornó en una ridícula aventura.

10. Vicente Lombardo Toledano (1893-1968) era secretario general de la central “oficial” mexicana, la CTM y Trotsky lo acusó no sin argumentos de estar al servicio de la política rusa.

11. Gerardo Murillo, llamado Dr, Atl (1865-1943), pintor, maestro de Diego Rivera, se convirtió en fascista.

12. El presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln (1809-1865) dirigió a los Nortistas durante la guerra de secesión.

13. Emiliano Zapata (1877-1919) fue uno de los jefes campesinos más populares en el transcurso de la revolución mexicana.

14. Pablo Picasso (1881-1973) y André Masson (n. 1896) estaban ambos ligados a los surrealistas.

15. Donatien de Sade (1740-1814) conocido como “marqués de Sade” e Isidoro Ducasse, conde de Lautrémont (1663-1723) son considerados por los surrealistas como sus precursores.

16. León Sedov (1906-1938) era el hijo mayor de Trotsky. Murió de forma sospechosa luego de una apendicitis en una clínica perteneciente a rusos blancos, en el mes de febrero de 1938.

17. Rudolf Klement (1910-1938), secretario administrativo del secretariado internacional había “desaparecido” y los pedazos de su cadáver fueron encontrados en el Sena.<!—[if !supportEmptyParas]—>



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