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X - Brailsford y el marxismo

La edición londinense de este libro apareció con un prefacio inesperado de Mr. Brailsford, antiguo radical burgués, afiliado después de la guerra al Partido Obrero Independiente, cuyo órgano dirige actualmente. Mr. Brailsford, a pesar de todas sus simpatías socialistas, no ha dejado de ser un radical. Y como el P.O.I. está dirigido por los liberales moderados, Brailsford se ha encontrado a la izquierda.

Que la publicación del libro de un comunista, amparado bajo el prefacio protector de un miembro del partido Macdonald, sea posible, no en la atrasada China ni aun en el Japón, donde las librerías de la burguesía radical estiman todavía útil para la difusión de las luces la publicación de los libros de los comunistas rusos, sino en Inglaterra, en un país en que son flagrantes los antagonismos sociales, es un hecho que demuestra a los ojos de todo marxista hasta qué punto la ideología política de los ingleses se halla en retraso respecto de las relaciones materiales. Esta apreciación, que no necesita ser demostrada, implica una condenación de esta inesperada especie de “bloque” literario. Tenemos necesidad de la unidad de frente con las masas obreras. La unidad o la semiunidad de frente literario con Brailsford no significa sino la agravación de la confusión ideológica en que tan rico es, sin esto, el movimiento obrero inglés.

Pero no le incumbe a Brailsford este error. Su destino histórico consiste en “corregir” a Thomas y a Macdonald, en canalizar el descontento de las masas, en pulir las aristas, en disolver las ideas claras en amorfas concepciones de “izquierda”. Presentarse bajo la misma cubierta que nosotros responde a los intereses políticos de Brailsford, de cuyas intenciones no queremos desconfiar, recordando tan sólo que el infierno está empedrado de buenas intenciones reformistas. Las masas obreras británicas se hallan infinitamente a su izquierda. “Fraternizando” con un comunista moscovita, Brailsford encubre su adhesión al partido que excluye a los comunistas ingleses.

Nuestros propósitos son distintos. No queremos disimulos. Nuestro primer deber es destruir las mixtificaciones en el terreno de las ideas. La clase obrera inglesa se halla infinitamente a izquierda de Brailsford, pero no está aún en medida de encontrar expresiones a su estado de espíritu. El fárrago del pasado, en toda su anchura, separa aún del programa comunista a esta masa que se dirige a izquierda. Es, pues, tanto más inadmisible añadir sea sólo un cabello a ese fárrago. Los comunistas, para defender los intereses de los mineros, están dispuestos a dar unos pasos al unísono con mister Brailsford. ¡Pero nada de “bloque” ideológico de ninguna suerte, nada de unidad de frente en materia de teoría y de programa! Precisamente Brailsford se ha expresado en estos términos a propósito de la edición americana de este libro: “Nos separa de estas gentes un abismo.” ¡Justo, justo, justísimo! Ahora bien, nada más criminal desde el punto de vista marxista que cubrir un abismo político con palmas literarias: el obrero engañado pisará encima y se caerá.

Mister Brailsford necesita una mixtificación: hace uso de un libro revolucionario para combatir la revolución. Protagonista de las ilusiones democráticas y del fetichismo parlamentario, Brailsford dice en suma en su prefacio: “Ahí tenéis: en nuestra democracia británica no tememos publicar un libro bolchevique; así manifestamos la amplitud de visión y la fuerza de la democracia.” Brailsford aspira, por otra parte, a atenuar con su mezquino gesto la impresión, para él desagradable, del reciente proceso de los comunistas. Lo reconoce bien alto. La condena de los comunistas (ahora, cuando la revolución no se dibuja aún sino en una perspectiva lejana) constituye una refutación de las ilusiones democráticas mucho más vigorosa y convincente que todos nuestros libros y folletos. Brailsford lo comprende muy bien. Luchando por la conservación de las ilusiones democráticas, saluda en estos términos la aparición de nuestro libro: “Si este libro puede aparecer libremente, si puede ser discutido… la pesadilla (nighimare) de este proceso se disipará.” Salvando a tan poco coste las ilusiones democráticas, Brailsford piensa sugerir al proletariado inglés que la libre aparición en la librería británica de un librito revolucionario, acompañado, bajo la forma de un prefacio pacifista, de una dosis proporcionada de contraveneno, demuestra que los burgueses ingleses doblarán la cabeza dócilmente cuando se empiece a arrancarles democráticamente los bancos, las tierras, las minas y los puertos. En otros términos, Brailsford acompaña sin el menor reparo nuestro libro de reflexiones radicalmente contrarias a su fin, a su sentido, a su espíritu y a su letra.

No tiene nada de sorprendente que Brailsford reproche a los métodos rusos de polémica su carácter implacable (ruthless) y exprese el deseo de que en los lectores ingleses producirán una impresión completamente distinta de la que se espera. En cuanto a esto, esperaremos para pronunciarnos. Hay lectores y lectores. Los métodos de polémica están condicionados por la naturaleza misma de la política. Hay que ser implacable para separar la realidad de la mentira convencional. En parte alguna de Europa la hipocresía canonizada (el cant) desempeña un papel tan grande como en la Gran Bretaña. Diversos grupos políticos, comprendidos los más extremos, están acostumbrados a no rozar en sus luchas ciertas cuestiones, a no llamar por su nombre a ciertas cosas. La causa de esto es que, desde siempre, la vida política se ha desarrollado en las altas esferas de las clases dominantes, que nunca olvidaron que les escuchaban terceros. Durante siglos, el sistema de convenciones, de alusiones, de reticencias, ha sido inculcado de arriba abajo, recibiendo su expresión más reaccionaria en el actual partido liberal, comprendida su ala de oposición radical. No se trata de una manera literaria, sino de una política. A Brailsford le repugna nuestra polémica porque descubre a fondo los antagonismos de clase. Es perfectamente exacto que a los lectores ilustrados, formados en la tradición parlamentaria de la hipocresía política, les indignará y no les seducirá esta polémica. Pero (no se moleste Brailsford) es justo la impresión que al autor se considera en derecho de esperar. También es exacto que los hombres políticos provistos de esa educación forman todavía una compacta capa medianera entre la clase obrera y el programa comunista. No obstante, las realidades de la situación de las clases son más fuertes en Inglaterra que la hipocresía tradicional. Los obreros británicos que han despertado y se abren un camino a través de los prejuicios hereditarios (desde los de Baldwin hasta los de Brailsford) reconocerán en nuestra polémica un elemento de su propia acción. Y ésta será asimismo la impresión que esperamos producir.

El prefacio de Brailsford mezcla a los elogios sin medida mesuradas condenaciones. Los elogios conciernen a lo secundario: la forma del libro. Las condenaciones conciernen a la substancia. Los elogios desmedidos están destinados a dar un relieve particular a los ataques contra el bolchevismo. Braislford obra con la plena conciencia de sus fines. Obedece a su vocación. Tiene interés en la mixtificación. Pero nosotros tenemos necesidad de una total claridad. Por tanto, rechazamos a igual título sus elogios y sus censuras.

Obra Braislford con la plena conciencia de sus fines. Y no es menos impotente hasta un grado supremo. Pero esto ya no es culpa suya. No puede sustraerse a la tarea histórica del centrismo: disimular las realidades para alimentar las ilusiones. Ya vemos de qué ridícula manera encara la lección del proceso de los comunistas. La misma incapacidad se encuentra en la base de toda su apreciación de nuestro libro. De una parte se sabe por su prefacio que el libro está fundamentado en el conocimiento de los hechos y en la inteligencia de la lógica de su desarrollo; por otra, que el autor del libro es “un hombre de otro mundo” incapaz de concebir el carácter del protestantismo inglés y la fuerza de las tradiciones parlamentarias. No es sólo en el Parlamento, sino en las iglesias, en las Trade-Unions y hasta en los clubs, nos explica Brailsford, donde sé ha inculcado a los ingleses, en el curso de las generaciones, el respeto a la mayoría. ¿Qué sabe de esto el ruso y cómo puede apreciar la fuerza de las tradiciones de nuestra civilización, tan vieja? La orgullosa impotencia de Brailsford aparece en su método: no comprende las bases materiales del desenvolvimiento social, que son la instancia decisiva. Se detiene delante de las tradiciones, delante de los aluviones de ideas de las viejas luchas y piensa que su depósito es eterno. Ignora las leyes fundamentales, que hacen depender la ideología de las bases mismas de las clases. Sería tan inútil discutir con él como tratar de convencer a un inventor del movimiento continuo de la ley de conservación de la energía. Cualquier marxista primerizo comprende que las nuevas erupciones del volcán social harán saltar la corteza de las viejas tradiciones y de las viejas instituciones contanta mayor violencia cuanto más cuajadas estén las formas conservadoras de la sociedad británica.

Las ideas y los prejuicios transmitidos de generación en generación se convierten en un factor de una gran fuerza histórica. Esta fuerza autónoma de los prejuicios, condensada por la historia, se observa muy bien en el mismo Brailsford. Pero los hechos materiales son más fuertes que las ideas y las tradiciones que los reflejan. No es muy difícil convencerse de ello en nuestros días, precisamente por el edificante espectáculo de la agonía del liberalismo inglés.

¿Puede encontrarse tradición más fuerte que la suya? El liberalismo se relaciona por sus orígenes con el primer movimiento del protestantismo y, por consiguiente, con la revolución del siglo XVII, que abre la historia de la Inglaterra moderna. Ahora bien, la poderosa tradición liberal se contrae y desvanece en cenizas ante nuestros ojos como un pergamino en un brasero. Los hechos vivos tienen más fuerza que las ideas muertas. El ocaso de las clases medias en Inglaterra, el ocaso del capitalismo inglés en el mundo: tales son los hechos materiales que deciden implacablemente la suerte de la tradición del liberalismo. La fisonomía del reformador agrario Graco-Lloyd George, que niega por la tarde lo que decía por la mañana, ya es de por sí una magnífica irrisión de la tradición liberal. Hemos oído a Brailsford afirmar que “un hombre de otro mundo” no puede comprender “de qué modo el instinto de la sumisión a la voluntad de la mayoría se halla profundamente anclado en la conciencia del pueblo inglés”. Cosa sorprendente: cuando Brailsford desciende de las alturas de la doctrina al dominio de los hechos políticos vivos, a menudo le sucede descubrir de improviso el misterio de la sumisión a la voluntad de la mayoría. Así, comentando los debates de la última conferencia del partido liberal, que (a pesar de todas las tradiciones y contra su propio deseo) adoptó (a medias por lo menos) el charlatanesco programa de nacionalización del suelo de Lloyd George. Brailsford escribía en el New Leader del 26 de febrero: “El pago de los gastos por la caja central (de la que dispone Lloyd George) y las comidas gratuitas ofrecidas a los delegados crearon evidentemente en la conferencia la mayoría deseada. ¡Las comidas crearon la mayoría! Estas palabras realistas demuestran que el instinto democrático de la sumisión a la mayoría, inculcado a los británicos por varias generaciones e inaccesible a los hombres que pertenecen a otro mundo, necesita de tiempo en tiempo, para manifestar su omnipotencia, apoyarse en roastbeefs gratuitos y otros recursos materiales. Brailsford no escribirá verosímilmente nada mejor que estas pocas palabras. Nuestro idealista se ha dado aquí de bruces con lo que, en general, derrumba todos los esquemas metafísicos: con un trozo de realidad.

Cierto que nosotros somos “gentes de otro mundo” incapaces de comprender la noble veneración inspirada por los métodos parlamentarios a todos los ingleses. Pero ¿por qué se nos turba informándonos de que en el seno del partido liberal, creador del parlamentarismo, las mayorías se hacen con ayuda de la caja y comidas en serie gratuitas pero, hay que creerlo así, sustanciales? La mayoría así reunida se parece bastante a una mayoría comprada y sobornada. ¡Y sólo se trata de una lucha por actas y carteras! ¿Qué sucederá cuando se plantee categóricamente la cuestión de saber quién detentará el poder del Estado, si la burguesía o el proletariado, y quién la propiedad, si el pueblo o los capitalistas? Si los dirigentes del partido liberal apelan con éxito, en interés de su carrera parlamentaria, a la corrupción y a la falsificación, ¿ante qué violencia, ante qué crimen retrocederán las clases directoras cuando se juegue nada menos que su destino histórico? Me temo mucho que si uno de nosotros dos pertenece a otro mundo y no comprende lo más esencial de la política inglesa, éste sea Mr. Brailsford. Es un hombre de otra época. La nueva época es la nuestra.

Brailsford no desaprovecha en su prefacio la ocasión de salir en defensa de la religión. Es curioso que, al tiempo de hacerlo, se califica de agnóstico. Es un término empleado algunas veces en Inglaterra como un sinónimo distinguido, endulzado, mundano, de la palabra ateo. Con mayor frecuencia aún define un semiateísmo que duda de sí mismo, es decir, esa variedad del idealismo que en materia de divinidad se abstiene del voto, para emplear el lenguaje parlamentario. Y aquí vemos la fuerza del cant, de la convención, de la semiverdad, de la semimentira, de la hipocresía filosófica. A la vez de aludir a su ateísmo y calificándose de agnóstico, Brailsford toma la defensa de la religión. He ahí las costumbres equívocas que los revolucionarios deben expulsar implacablemente del movimiento obrero. ¡Ya se ha jugado bastante a la gallinita ciega! ¡Llamad de una vez a las cosas por su nombre! Brailsford defiende la religión disputando su carácter de clase. Ningún ruso, ¡vean ustedes!, puede comprender la religión inglesa con sus “tradiciones de libre discusión, su forma democrática, su relativa ausencia de espíritu de lucro”, etcétera. No haría ningún cura demócrata mejor que nuestro agnóstico la apología del narcótico religioso. Su testimonio en favor de la Iglesia debe tener tanto más peso cuanto que él mismo se declara descreído. Dualidad y falsedad a cada paso. Tratando de revocar el carácter burgués del protestantismo, Brailsford se pregunta acusador si Trotsky puso alguna vez los pies en una capilla disidente de la cuenca minera, leyó a Benian y echó una mirada a la historia revolucionaria de los anabatistas y de los sectarios de la quinta monarquía. Debo confesar no haber visitado las capillas disidentes de los mineros y no tener de los hechos históricos de que habla Brailsford sino un conocimiento muy insuficiente. Prometo visitar la cuenca minera y sus capillas en cuanto el partido de Brailsford tome el poder y me autorice, conforme a los principios de la democracia, a viajar libremente por el territorio de Su Majestad británica. Antes me esforzaré en abordar a Benian, la historia de los anabatistas y la de la quinta monarquía. Pero se engaña Brailsford cruelmente si piensa que los hechos y las circunstancias que enumera pueden modificar un juicio general sobre la religión y particularmente sobre el protestantismo. Una vez visité en compañía de Lenin y de N. K. Krúpskaya una iglesia libre de Londres y oí alternar los discursos socialistas y los salmos. El predicador era un tipógrafo que había regresado de Australia. Hablaba de la revolución social. Los salmos imploraban a Dios que instituyera aquí abajo un régimen que no conociese pobres ni ricos. De este modo trabé prácticamente conocimiento con el movimiento obrero inglés, hace ya cerca de un cuarto de siglo (1902). ¿Cuál es, me preguntaba yo, el papel del salmo con relación al discurso revolucionario? El de una válvula de seguridad. Los densos vapores del descontento ascendían bajo la cúpula de la iglesia y desde allí, más arriba, hacia el cielo. Tal es la función esencial de la Iglesia en una sociedad dividida en clases.

Claro está que las diferentes Iglesias llenan de diverso modo esta función. La Iglesia ortodoxa rusa se convertía antes cada vez más, sin llegar a sobreponerse a la mitología del cristianismo primitivo, en un aparato burocrático paralelo al del zarismo. El pope marchaba de la mano con el teniente y respondía con medidas de represión a cualquier movimiento cismático. Por tal razón se revelaron tan endebles, sobre todo en los centros industriales, las raíces de la Iglesia ortodoxa rusa. Separado el aparato burocrático de la Iglesia, los obreros rusos, en su gran mayoría, como asimismo la joven generación campesina, han apartado del mismo golpe la religión. Sucede de otro modo con el protestantismo, que se alzó, como bandera de la burguesía y de las gentes humildes de las ciudades y de las tierras, contra la Corona, la Corte, los privilegiados, los nobles y los obispos. Los orígenes y el desarrollo del protestantismo se relacionan tan estrechamente con el desenvolvimiento de la cultura urbana y la lucha de la burguesía por una situación más firme y estable en la sociedad, que sería superfluo hacer la demostración. Y la burguesía no hubiera podido combatir con éxito y sostenerse después en el poder si no hubiera hecho de su bandera, en cierta medida, la del bajo pueblo, es decir, la de los artesanos, los labriegos y los obreros. En la lucha contra la pobreza, la burguesía consiguió la sólida alianza del bajo pueblo gracias a la religión protestante. El leñador escocés daba, evidentemente, a sus salmos un contenido subjetivo diferente del que tenían para el respetable Mr. Domby, o del que tienen para el honorable sobrino segundo de Mr. Domby, que hoy se sienta en la Cámara de los Comunes a la derecha o a la izquierda de Mr. Macdonald. Igual cosa ocurre con elliberalismo. Los obreros liberales, no los burócratas de los sindicatos: los proletarios, entendían el programa liberal de muy distinto modo que Gladstone. En su liberalismo introducían un instinto de clase, por lo demás impotente. ¿Se atreverá Brailsford a disputar por esta razón que el liberalismo sea el programa del comercio pequeño y medio, de la burguesía industrial y de la burguesía intelectual en vías de progreso?

Cierto es (y Brailsford quisiera tener aquí un punto de apoyo) que muchos radicales pequeñoburgueses, adversarios de la lucha de clases, se inclinaban al ateísmo, en tanto que los pionners del trade-unionismo eran partidarios al propio tiempo del cristianismo y de la lucha de clases. No hay en ello ninguna contradicción con lo que se ha dicho más arriba. El marxismo no enseña que cada cual recibe una ración de convicciones filosóficas y religiosas proporcionada a la importancia de sus rentas o de su salario. La cuestión es más compleja. Las ideas religiosas, como las demás, nacen en el terreno de las condiciones materiales de la vida, es decir, ante todo en el de los antagonismos de las clases, sólo poco a poco se abren un camino, sobreviven, por razón del conservadurismo, a las necesidades que las han engendrado y no desaparecen sino a consecuencia de choques y trastornos serios. Los pequeños burgueses radicales ingleses, discípulos de los utilitarios o de los owenistas, podían ser ateos militantes en tanto que pensaban seriamente disponer de medios para resolver sin dolor todas las cuestiones sociales. Pero a medida que se agravaron los antagonismos de clase, el radicalismo militante se desvaneció o se trasladó al Labour Party, aportando a éste su maltrecha elevación idealista y su impotencia política. Los organizadores de las Trade-Unions, llevados a altas situaciones por las huelgas, no podían renegar de la base de su trabajo y de la fuente de su influencia, es decir, de la lucha de clases. Pero se mantuvieron en las angostas fronteras del trade-unionismo, guardándose bien de llevar la acción hasta las necesarias conclusiones revolucionarias, lo cual les permitió y les permite aún armonizar el trade-unionismo con el cristianismo, en otros términos, con una disciplina inculcada al proletariado por la creencia y la moral de otra clase.

Es efectivamente indiscutible que la revolución encontrará a una buena parte de los mineros del país de Gales bajo el imperio de los prejuicios religiosos. Sin embargo, no se puede dudar de que estos mineros cumplirán su misión. Ya se libertarán de ciertos prejuicios en la acción y de otros después de la acción… Pero sí negamos categóricamente que los mineros del país de Gales, y en general los proletarios británicos, puedan ser guiados por el buen camino por unos hombres que todavía no se han desprendido de creencias de una puerilidad absurda, que no conocen la estructura de la sociedad humana, no han entendido su dinamismo, no comprenden el papel que juega en él la religión y están dispuestos a subordinar en tal o cual medida su acción a una moral de Iglesia que une a opresores y oprimidos. Jefes así no son seguros. La clase obrera puede esperar siempre de su parte, en la hora más decisiva, una capitulación o una traición; eso sí: citando en su apoyo el Sermón de la montaña.

La fuerza tradicional del protestantismo británico se nos aparece claramente, y Brailsford se equivoca pretendiendo que juzgamos el protestantismo según la ortodoxia rusa. ¡No faltaba más! Como marxistas, estamos acostumbrados a considerar los fenómenos históricos en su determinismo social, bajo sus formas concretas, y a juzgarlos, no por su nombre, sino por el contenido que les presta la sociedad viva, es decir, dividida en clases. La fuerza tradicional del protestantismo es grande, pero no ilimitada. Por su misma naturaleza de doctrina religiosa y no política, el protestantismo tiene más elasticidad que el liberalismo, su hermano menor. Pero la elasticidad del protestantismo es limitada. Un profundo cambio en los destinos de Inglaterra predetermina estas limitaciones. Todas las tradiciones nacionales pasan por una prueba. La obra de los siglos será destruida en años. La prueba revolucionaria, partiendo de hechos inflexibles, alcanzará también a los arcanos de la conciencia donde se ocultan los prejuicios religiosos hereditarios. Nuestro deber consiste en contribuir a esta obra de saneamiento y no en oponerle obstáculos, a imitación de los agnósticos equívocos que sólo aluden a su ateísmo para defender la religión.

Vemos igualmente que ambos nos hallamos, Brailsford y nosotros, a propósito de las cuestiones esenciales de que dependen en la historia la vida y la muerte del proletariado, en los opuestos lados de una barricada ideológica. Por ello, nuestra aparición ante el lector inglés bajo la misma cubierta que Brailsford constituye el más grosero equívoco. Con este artículo pongo el mejor remedio que puedo.

L. TROTSKY.

10 marzo 1926.



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