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XI - Más sobre el pacifismo y la revolución

(RESPUESTAS A BERTRAND RUSELL)

Las mayores particularidades del desarrollo de la Gran Bretaña están determinadas por su situación insular. El papel de la flota británica en los destinos del país expresa con el mayor vigor estas particularidades. Ahora bien, los socialistas británicos, que nos acusan de ignorar o no comprender las particularidades ocultas o imponderables del espíritu británico, olvidan a cada instante en los debates sobre la revolución proletaria una magnitud tan importante como la flota británica. Russell, que invoca irónicamente el apoyo de la flota soviética, no dice una palabra de la flota británica, que a la hora en que el partido de Macdonald se hallaba en el poder seguía reforzándose con cruceros ligeros.

Se trata de la conquista del poder en un país en que el proletariado constituye la aplastante mayoría de la población. La voluntad de conquistar el poder a todo precio, es decir, al precio de no importa qué sacrificios, debe ser la condición preliminar, política, del éxito de la empresa. Solamente un partido obrero puede unir a las masas en esta aspiración. La segunda condición preliminar del éxito se halla en la clara inteligencia de los caminos y métodos de acción. Desembarazado de la catarata que ciega sus ojos, el Labour Party verá (y sólo lo verá entonces), verá y explicará al proletariado que la verdadera transmisión del poder de una clase a otra depende, en medida infinitamente mayor que del Parlamento, del ejército y de la flota británicos. Es necesario que los marinos (claro que no los almirantes, sino los fogoneros, los obreros, electricistas y los marineros) aprendan a comprender las tareas y los objetivos de la clase obrera. A través de todos los obstáculos, es preciso hallar un camino hasta ellos. Al precio sólo de un trabajo obstinado y tenaz de preparación se conseguirá crear una situación en la cual la burguesía, en caso de lucha con el proletariado, no podrá apoyarse en la flota. Ahora bien, sin esto es insensato hablar de victoria.

Naturalmente, no pueden presentarse las cosas como si, ya en el primer período de la revolución, la flota entera y el ejército en pie de guerra hubieran de colocarse del lado del proletariado. No se evitarán profundos disturbios en la flota misma. La historia de todas las revoluciones sirve de testimonio. Los disturbios en una flota que afectan a la renovación radical del mando arrastran inevitablemente un debilitamiento general de la flota misma por un período bastante prolongado. No cabe cerrar los ojos sobre este hecho. Pero el período de crisis y de debilitamiento interior de la flota será tanto más corto cuanto más enérgico se muestre el partido director del proletariado. Cuantas más relaciones entretenga con la flota desde el período de preparación, más resuelto será en la lucha y más claramente capaz se mostrará ante todos los oprimidos de tomar y de guardar el poder.

El pacifismo apenas roza la máquina de guerra de la clase dominante. La prueba mejor nos la da la misma experiencia durante la guerra, valiente pero más bien estéril, de Russell. Todo se limitó al encarcelamiento de unos cuantos millares de jóvenes “oposicionistas de conciencia”. En el antiguo ejército del zar los miembros de las sectas religiosas, en particular lo tolstoyanos, se exponían a menudo a sufrir persecución con motivo de su resistencia pasiva al militarismo; no resolvieron, sin embargo, el problema del derrocamiento de la autocracia. Tampoco en Inglaterra han impedido, ni podían impedirla, la guerra a ultranza.

El pacifismo más se dirige a las masas obreras que a la organización militar del Estado. Pero allí su influencia es sencillamente deletérea. Paraliza la voluntad de aquellos que, sin eso, ya de por sí no la tienen excesiva. Predica el daño de los armamentos a los que, sin esto, ya están desarmados, a las víctimas de la violencia de otra clase. En las condiciones actuales de la vida británica, en estos momentos en que el problema del poder está planteado brutalmente, el pacifismo de Russell es profundamente reaccionario.

No hace mucho que Lansbury conjuraba (los periódicos nos han informado de ello) a los soldados británicos a no disparar contra los huelguistas. Los millares de asistentes a esa reunión de obreros y de obreras levantaron las manos en señal de solidaridad con ese llamamiento, tan poco conciliable, por cierto, con la política de Macdonald, pero que constituye un progreso definido en el camino de la revolución. Sería, sin embargo, necesaria una extremada ingenuidad para imaginarse que el llamamiento de Lansbury ha creado la posibilidad de una solución pacífica, con la exclusión del derramamiento de sangre, del problema del poder. Por el contrario, este llamamiento, en la medida en que penetre en la vida, suscitará infaliblemente conflictos armados de una extrema gravedad. Porque no hay lugar a imaginarse que todos los soldados, todos los marinos, se negarán a disparar contra los obreros. En realidad, la revolución sembrará la discordia en el ejército y en la flota. La discordia se manifestará en cada compañía, en cada dotación de barco de guerra: ese soldado ya está firmemente resuelto a no disparar, aunque haya de pagar su valor con su vida; ese otro vacila; un tercero está dispuesto a disparar contra quien se niegue a disparar. En el primer período, los titubeantes serán el mayor número.

¿Qué sucedió entre nosotros en 1905 y 1917? Los soldados y los marinos que manifestaron su solidaridad con los obreros se expusieron en primer lugar al fuego de los oficiales. En la etapa siguiente, los oficiales se expusieron al fuego de los soldados arrastrados por el ejemplo heroico de sus camaradas más avanzados. Estos conflictos adquieren mayor amplitud. El regimiento en que los elementos revolucionarios consiguen la preponderancia se alza enfrente de aquellos en los que los antiguos cuadros de mando conservan todavía el poder. Ahora bien, los obreros se arman con el apoyo de los regimientos revolucionarios. No sucede de otro modo con la flota. Recomendamos vivamente a Russell y a sus correligionarios políticos que vean el “film” soviético El acorazado Potemkin: aparece con un relieve suficiente el mecanismo de la revolución en una masa de hombres. Aunque sería mucho más importante todavía proyectar este “film” delante de los obreros y marinos británicos. Esperemos que el partido obrero, una vez en el poder, lo hará así.

Los hipócritas hereditarios de la burguesía y los caníbales civilizados dirán, no cabe duda, con la mayor indignación que nos esforzamos en levantar al hermano contra el hermano, al soldado contra el oficial. etc. Los pacifistas aprobarán tales expresiones y no dejarán de recordar una vez más que todo lo vemos a través de un prisma sangriento por no conocer las particularidades de la Gran Bretaña ni apreciar en su justo valor la fecunda influencia de la moral cristiana en los oficiales de Marina, los policemen y Joynson Hicks. Pero estos razonamientos no están llamados a detenernos. La política revolucionaria quiere ante todo que se miren los hechos bien de frente, tratando de prever su desenvolvimiento ulterior. Los filisteos se la representan como pura fantasía porque se esfuerza en prever el pasado mañana, en tanto que ellos ni aun se atreven a pensar en el mañana.

En tal situación que la salvación del organismo nacional entero se halla, no en una tiranía conservadora, sino en la extirpación radical de un órgano defectuoso (la clase que se sobrevive a sí misma), la prédica pacifista nace en realidad de un indiferentismo prendado de sí mismo. En estas circunstancias, la más alta humanidad exige, a fin de abreviar los plazos y disminuir los sufrimientos, la más grande resolución.

La burguesía americana sentirá tanto menos la tentación de intervenir cuanto más enérgicamente ponga la mano el proletariado inglés en los medios y en las armas de la burguesía inglesa. La flota americana tendrá tanto menos la posibilidad de abatir el poder proletario de Inglaterra, cuanto más rápida y completamente someta éste a la flota británica.

No queremos decir que por ello quede excluida la intervención militar de la República transoceánica. Por el contrario, es muy probable y, en ciertos límites, absolutamente inevitable. Pero el resultado depende en amplia medida de nuestra propia política antes y durante la revolución.

La flota francesa no desempeñará el último papel en el bloqueo completo de las Islas Británicas, sobre todo en su aislamiento del continente. ¿Podrá emplear la burguesía francesa sus barcos contra la revolución proletaria en Inglaterra?

A este propósito ya hemos visto una cierta experiencia. En 1918 Millerand envió al mar Negro, contra los puertos de la República de los Soviets, unos barcos de guerra franceses. Los resultados son conocidos. El crucero Waldeck-Rousseau se amotinó. En el Norte de Rusia los ingleses no tuvieron mejor suerte: la revolución es muy contagiosa y los marinos de las flotas de guerra están más sujetos que nadie a su contagio.

En el momento en que los marinos franceses Marty y Badina se amotinaban, negándose a combatir a la revolución proletaria de Rusia, Francia parecía en el apogeo de su poder. También ha empezado ya, no menos que Inglaterra, a pagar su parte en la guerra. Admitir, dado que la monarquía, los latifundistas, los banqueros y los fabricantes fueran arrojados por la borda en Inglaterra, que la burguesía francesa conservaría la posibilidad de desempeñar en el océano Atlántico o bien sólo en el canal de la Mancha un papel de gendarme, sería dar muestras de un descomunal optimismo en cuanto a la burguesía y de un pesimismo deshonroso en cuanto al proletariado. La Gran Bretaña, es decir, su burguesía, no en balde ha sido la dominadora de los mares. La revolución británica será el punto de partida de unos círculos concéntricos que se extenderán a todos los océanos. Su primer resultado será el resquebrajamiento de la disciplina en todas las flotas militares. ¿Quién sabe si el mando americano no tendrá que renunciar en estas condiciones a la idea de la guerra y de bloqueo estrecho a fin de mantener a sus buques a buena distancia del contagio europeo?

En fin, aun en América la flota no es una instancia suprema. El régimen capitalista de los Estados Unidos es más poderoso que ningún otro. Conocemos tan bien como Russell el carácter contrarrevolucionario de la Federación Americana del Trabajo, que se complace en recordarnos. Del mismo modo que la burguesía de los Estados Unidos ha llevado el poder del capital a una altura sin ejemplo en el pasado, la F.A. del T. ha elevado al grado supremo los métodos de conciliación social. Lo cual no quiere decir que la burguesía americana sea todopoderosa. Es infinitamente mucho más fuerte frente a la burguesía europea que frente al proletariado europeo. Bajo el techo de la aristocracia obrera americana, la más privilegiada de todas las aristocracias obreras del mundo, vagan y duermen los instintos y los estados de espíritu revolucionarios de las masas obreras americanas, de tan diverso origen. La revolución que se produzca en un país anglosajón, al otro lado del Atlántico, tendrá sobre el proletariado de los Estados Unidos una repercusión mayor que ninguna otra revolución.

No quiere decirse que la dominación de la burguesía americana habrá de ser derrocada al día siguiente de la conquista del poder por el proletariado británico. Serán menester grandes sacudidas económicas, militares y políticas antes de que sucumba el reino del dólar. La misma burguesía americana las prepara ligando, por sus colocaciones de capitales en todo el universo, su poder al caos europeo y a los polvorines de Oriente. La revolución inglesa tendrá infaliblemente un eco poderoso en el otro lado de la “gran sábana de agua”, tanto en la Bolsa de Nueva York como en los barrios obreros de Chicago. La burguesía y el proletariado de los Estados Unidos cambiarán instantáneamente de mentalidad. La burguesía se sentirá más débil, la clase obrera más fuerte. Y el estado de espíritu de las masas es uno de los más importantes elementos de lo que se llama su correlación de fuerzas. Esto no quiere decir, una vez más, que los banqueros y los trusters americanos no puedan intentar, con ayuda de su flota, estrangular por una acción económica a la revolución inglesa; pero estas tentativas significarían por sí mismas una conmoción aún más profunda del régimen interior de los

Estados Unidos. Los estados de espíritu nacidos de los acontecimientos revolucionarios de la Gran Bretaña se manifestarán por fin, así como estos acontecimientos, en el corazón de cada buque americano, en su maquinaria. Todo esto no quiere decir que la revolución proletaria no se halle ligada a dificultades y peligros. Por el contrario, unas y otros son inmensos. Pero están de los dos lados. Y esta es, en suma, la esencia de una revolución. Cuanto mayor es el lugar ocupado por una nación en el mundo, tanto más grandiosas son las fuerzas de acción y reacción que la revolución despierta y desarrolla en ella. Nuestras “simpatías”, en estas condiciones, pueden ser de alguna utilidad[1]

Las revoluciones no se hacen en el orden más cómodo. En general, no se hacen arbitrariamente. Si se les pudiera designar un itinerario racional, probablemente no sería menos posible evitarlas. Pero la revolución expresa justamente la imposibilidad de reconstruir con ayuda de métodos racionalistas una sociedad dividida en clases. Lo argumentos lógicos, aun elevados por Russell a la altura de fórmulas matemáticas, son impotentes en presencia de los intereses materiales. Las clases dominantes condenarán a perecer a toda la civilización, comprendidas las matemáticas, antes que renunciar a sus privilegios. Toda la revolución futura se encuentra ya en germen en la lucha empeñada entre los mineros y los magnates británicos de la industria del carbón, del mismo modo que el tallo y la espiga futuros se hallan en germen en la tierra. Los mismos factores irracionales de la historia obran de la manera más brutal a través de los antagonismos de clase. No se puede saltar por encima de estos factores. Así como los matemáticos, operando con magnitudes irracionales llegan a conclusiones perfectamente racionalistas, la política no puede ejercer una acción racional, es decir, instituir en la sociedad un orden racional, sino cuando tiene en cuenta claramente las contradicciones irracionales de la sociedad a fin de reducirlas definitivamente, no apartando la revolución, sino gracias a ésta.

Podríamos, en realidad, poner aquí el punto final. Las objeciones de Russell nos han dado la ocasión de completar el examen de los aspectos de la cuestión que nuestro libro dejaba en la sombra. Quizá no sea superfluo detenernos en el último y en el más fuerte de los argumentos del crítico pacifista. Russell declara que nuestra actitud hacia la revolución británica está dictada por nuestro patriotismo ruso… “Estoy aterrado [dice] por el patriotismo de Trotsky, análogo al nuestro. La revolución comunista en Inglaterra sería ventajosa para Rusia; por eso la desea, sin considerar imparcialmente si también para nosotros sería ventajosa.”

Este argumento tiene todas las cualidades, excepto la novedad. La prensa de Chamberlain y de Hicks lo explota con el mayor celo. El Morning Post demuestra desde hace ya bastante tiempo que el movimiento comunista internacional sirva al imperialismo soviético, que a su vez continúa las tradiciones de la vieja política del zar. Estas clases de acusaciones empezaron desde el momento en que la burguesía se convenció de que nuestro partido había tomado el poder para algo y que no se disponía a dejarlo. En el período que precedió y siguió inmediatamente a la conquista del poder, ya se sabe que se nos dirigieron acusaciones diametralmente opuestas a ésta. Se acusó a los bolcheviques de ser extraños a los sentimientos nacionales y a las nociones patrióticas: sus jefes fueron acusados de servir frente a Rusia la política de los Hohenzollern. No hace de esto mucho tiempo. Arturo Henderson, Emilio Vandervelde, Alberto Thomas (y otros) vinieron a Rusia para intentar convencer a los obreros rusos de que los bolcheviques se hallaban dispuestos a sacrificar a sus quimeras internacionalistas (otra variante: al oro del káiser) los intereses primordiales de Rusia. Y el Morning Post desarrolló este tema con el mayor vigor y brío. Del mismo modo como Russell nos acusa de estar dispuestos a reducir a 20 millones de habitantes la población de la Gran Bretaña a fin de complacer al imperialismo soviético, hace nueve años se nos acusaba de estar implacablemente resueltos a sacrificar la mitad o dos tercios de la población de Rusia a nuestros fines antinacionales. Nuestro partido pensaba, se recordará, que la derrota de Rusia beneficiaría tanto a la clase obrera rusa como a la clase obrera internacional. Los lacayos socialistas de la Entente no consiguieron hacernos retroceder. En la época de la paz de Brest-Litovsk, las acusaciones de política antinacional (y, según la otra versión, de colaboración con los Hohenzollern) alcanzaron una violencia extremada. Nuestro partido, sin embargo, no se dejó arrastrar a la guerra capitalista. El régimen de los Hohenzollern se hundió, no habiendo jugado en su caída la revolución de octubre menor papel que las armas de la Entente.

El antagonismo entre la República de los Soviets y los Gobiernos de la Entente victoriosa apareció entonces en primer término. La Gran Bretaña gobernante desempeña en el mundo (en Europa, en Egipto, en Turquía, en Persia, en la India, en China) el papel más reaccionario. Cualquier modificación en la situación mundial, económica o política, se dirige contra la Gran Bretaña gobernante. Por tanto, la burguesía británica, sobreviviéndose, lucha, en sus tentativas por retener un poder que se le escapa, contra cualquier cambio. La burguesía americana es poderosa. Su lucha contra la revolución será más grandiosa. Pero América está todavía en segundo término. La clase gobernante de Inglaterra es el enemigo más activo e implacable del movimiento revolucionario, en Europa, en Asia, en África. Este hecho, al parecer, debía ser más que suficiente para explicar a un socialista el antagonismo entre la Unión Soviética y el Imperio británico. Cuando en marzo de 1921, en el Congreso de la Internacional Comunista, intentaron los comunistas alemanes forzar artificialmente el curso de la revolución proletaria, arguyeron también la difícil situación de la Rusia soviética y la necesidad de acudir en su ayuda. Nosotros les respondimos, con Lenin: no son las llamaradas de heroísmo, y con mucha menos razón las aventuras revolucionarias, las que pueden ayudar a la

República de los Soviets. Necesitamos lo que el mismo proletariado alemán necesita: una revolución victoriosa.

Sería un error profundo creer que el proletariado de ningún país debe emprender, en interés del Estado soviético, acciones que no estén determinadas por sus propios intereses de clase combatiendo por su liberación completa. Esta convicción, que ha penetrado en nuestra carne y en nuestra sangre, es ajena a los socialistas, que, si no están siempre al lado de su burguesía, se unen a ella invariablemente en el minuto decisivo. Y Russell no es una excepción. Cierto que durante la guerra opuso a su Gobierno una resistencia bastante valerosa, aunque sin ninguna esperanza en política. Fue una simple manifestación individual, un tributo pagado a la conciencia: el destino del régimen no se jugaba en ningún grado. Pero desde el momento que se trata de la revolución proletaria, Russell no encuentra en su arsenal espiritual otros argumentos que los que le emparentan con el Morning Post y todos los Churchill de su país.

Los caracteres más salientes de la política británica (y en ellos se resume la historia del país) acusan una escandalosa contradicción entre la madurez objetiva de los factores económicos y el estado extremadamente atrasado de las formas ideológicas, sobre todo en el seno de la clase obrera. Aquello en quienes mejor se revela este carácter fundamental (humanistas burgueses, pacifistas y retrasados propagadores de las luces) son quienes menos lo comprenden. Al lado de los reformistas reaccionarios pequeñoburgueses, se consideran como los jefes reconocidos del proletariado. Bertrand Russell no es el peor entre ellos, pero sus escritos sobre temas sociales y políticos, su llamamiento contra la guerra, su polémica con Scott Nearing sobre el régimen soviético caracterizan, sin posibilidad de error, su diletantismo superficial, su ceguera política, su total incomprensión del desenvolvimiento histórico, es decir, de las luchas de las clases vivas, que se desarrollan en el terreno de la producción.

Russell es profundamente escéptico. Opone aparentemente a los métodos de violencia de la revolución los métodos pacíficos y progresivos de la ciencia y de la técnica. Pero cree tan poco en la fuerza salvadora del pensamiento científico como en el de la acción revolucionaria. En su polémica con Nearing se esfuerza, bajo la capa de frases fingidamente socialistas, en rebajar, en mancillar, en comprometer la iniciativa revolucionaria del proletariado ruso. Polemizando con el biólogo Holden, se burla del optimismo de la técnica científica. En su Icaro expresa la convicción de que la desaparición de nuestra civilización sería la mejor salida… ¡Y este hombre, roído en todos los sentidos por el gusano del escepticismo; este egoísta encerrado en sí mismo, este aristócrata, se cree llamado a dar consejos al proletariado inglés y a ponerle en guardia contra nuestras maquinaciones comunistas! La clase obrera británica entra en una época en que tendrá necesidad de la mayor fe en su misión y en sus fuerzas. Para suscitar esta fe no son necesarios excitantes artificiales tales como la religión o la moral idealista. Es bastante, pero necesario, con que el proletariado británico comprenda la situación de su país en relación con la del mundo, se haga cargo del estado de descomposición de las clases directoras y aparte de su camino a los magos arrivistas y a los escépticosburgueses que se creen socialistas por la única, razón de que algunas veces sienten náuseas en la atmósfera putrefacta de la sociedad burguesa.

L. TROTSKY.

3 mayo 1926; Crimea, en camino.


 

 

P. S. En el momento de escribir estas líneas Inglaterra se hallaba a dos dedos de la huelga general. Cualquiera que sea el giro que tomen los acontecimientos en Inglaterra, las cuestiones a las que ha sido particularmente consagrado este capítulo seguirán en el orden del día de la vida política de la Gran Bretaña.



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