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Evolución y dialéctica

Burnham dirá, probablemente, que como evolucionista, está tan interesado en la evolución de la sociedad y las formas estatales como nosotros, los dialécticos. No discutiremos esto. Después de Darwin, toda persona educada se ha autodenominado “evolucionista”. Pero un verdadero evolucionista debe aplicar la idea de evolución a sus propias formas de pensamiento. La lógica elemental, nacida en un período en que la idea de evolución no existía todavía, es insuficiente, evidentemente, para analizar los procesos evolutivos. La lógica hegeliana es la lógica de la evolución. Pero no debemos olvidar que el concepto de evolución ha sido totalmente corrompido y mutilado por los profesores universitarios y los escritores liberales que lo han identificado con “progreso pacífico”. Aquel que ha llegado a comprender que la evolución se produce a través de la lucha de fuerzas antagónicas; que una lenta acumulación de cambios acaba por romper la vieja caparazón y produce una catástrofe, una revolución; aquel que ha aprendido a aplicar a su propio pensamiento las leyes de la evolución, ese es un dialéctico, algo completamente distinto de los evolucionistas vulgares. El entrenamiento dialéctico de la forma de pensar, tan necesario a un revolucionario como los ejercicios de dedos para un pianista, exige enfocar todos los problemas como procesos, y no como categorías inmóviles. Por el contrario, los evolucionistas vulgares se limitan a reconocer que existe evolución en determinados campos, y se conforman con enfocar todos los demás asuntos mediante las banalidades que les proporciona el “sentido común”.
Un liberal americano, resignado a que existiera la U.R.S.S., o más exactamente, a que existiera la burocracia de Moscú, cree, o al menos creía antes del pacto germano-soviético, que el régimen soviético, en su conjunto, es “algo progresivo”, que las repugnantes consecuencias de la burocracia (“¡bueno, existen, naturalmente!”) se irían evaporando poco a poco y que así quedaría asegurado el pacífico e indoloro “progreso”.
Un radical pequeñoburgués se parece a un liberal progresista en que considera la U.R.S.S. como un todo, sin tener en cuenta su dinámica interna ni sus contradicciones. Cuando Stalin pactó con Hitler, invadió Polonia y luego Finlandia, los radicales vulgares se sintieron triunfar: ¡estaba probada la identidad entre los métodos del fascismo y del stalinismo! Sin embargo, se tropezaron con la primera dificultad cuando las nuevas autoridades invitaron a la población de los países invadidos a expropiar a los terratenientes y capitalistas: ¡no habían previsto esta posibilidad en absoluto! Pero las medidas sociales revolucionarias llevadas a cabo por vía burocrático-militar no modificaron en absoluto nuestra definición dialéctica de la U.R.S.S. como estado obrero degenerado, sino que la corroboraron incontrovertiblemente. Pero en vez de utilizar este triunfo del marxismo para perseverar en la agitación, la oposición pequeñoburguesa empieza a gritar, con una falta de sentido verdaderamente criminal, que los acontecimientos han refutado nuestros pronósticos, que nuestras viejas fórmulas no son aplicables, ya que son necesarias nuevas palabras. ¿Qué palabras? No lo han decidido todavía.



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