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Introducción

La guerra y la revolución. A 100 años del comienzo de la Primera Guerra Mundial

por Por Guillermo Iturbide

La Primera Guerra Mundial, de la que en estos días se está cumpliendo un siglo, es el punto de partida de la época en la que vivimos. Tanto los acontecimientos posteriores del siglo XX como la actualidad no se podrían entender sin ella. En contra de las visiones idealistas que predominan en los medios de comunicación y los recordatorios, la tradición marxista es la única que pudo dar una explicación científica de las causas de esta guerra. La Primera Guerra Mundial inaugura claramente la época del imperialismo. Se trató precisamente de un conflicto entre potencias imperialistas por la dominación mundial, cuyas contradicciones permanecieron sin resolverse hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Incluso la Revolución rusa de Octubre de 1917, el otro proceso que signó el comienzo de nuestra época, no puede explicarse si no es en el contexto de la guerra. Fue también su contraparte: la victoria del primer gobierno obrero revolucionario de la historia dio un valor concreto a la perspectiva de Friedrich Engels y Rosa Luxemburg, socialismo o imperialismo.

Por un lado, una potencia imperialista hegemónica pero en retroceso, como Gran Bretaña. Por el otro, Alemania, un país en vertiginoso ascenso que necesitaba patear el tablero mundial para conseguir mercados y esferas de influencia para seguir desarrollándose y desplazar a la hegemonía mundial británica. También se encontraba Estados Unidos, la verdadera potencia imperialista emergente. Su intervención en la guerra, aunque tardía, fue decisiva para resolver el conflicto a favor de la Entente contra los Imperios Centrales . La burguesía norteamericana se beneficiaría tanto de la derrota alemana, como del triunfo de Gran Bretaña, ya que en el caso de esta última era imposible que siguiera manteniendo su liderazgo mundial, debido a su irreversible decadencia económica frente a la pujanza de EE.UU. Este último país solo se terminaría de imponer como hegemónico tras la derrota de la Alemania nazi en 1945. La región balcánica fue el lugar donde se encendió la mecha del conflicto. Se trataba de una región económicamente atrasada, que se había liberado del yugo del imperio turco y era disputada por ambos bloques imperialistas, mientras sus países intentaban constituirse en Estados independientes.

Ya en 1887 Engels había pronosticado con inquietante precisión la perspectiva de una guerra mundial y sus consecuencias . Previó que esta guerra sería la peor catástrofe de la historia, donde las potencias imperialistas se disputarían las colonias y las esferas de influencia, provocando una gran masacre. En 1889 funda la Internacional Socialista, o Segunda Internacional, precisamente con la misión de proporcionar al proletariado una dirección acorde a esa perspectiva. Tras su muerte, la preocupación por la eventual guerra se manifiesta en las resoluciones de los congresos de la Segunda Internacional en Stuttgart (1907) y Basilea (1912) , que debían ser la guía para la actuación de los socialistas del mundo entero para evitar una guerra inter-imperialista. También indicaban que, de no poder evitarse la guerra, debían actuar de manera tal de utilizar la crisis provocada por ella para transformarla en una guerra de clases, una guerra civil que llevara a la revolución y a terminar con el capitalismo y las guerras.
Una eventual guerra mundial era una necesidad del capitalismo, porque, como dijo Trotsky a poco de empezado el conflicto, “las fuerzas productivas que el capitalismo desarrolló han desbordado los límites de la nación y el Estado. El Estado nacional, la forma política actual, es demasiado estrecha para la explotación de esas fuerzas productivas. Y por esto, la tendencia natural de nuestro sistema económico busca romper los límites del Estado. El planeta entero, la tierra y el mar, la superficie y también la plataforma submarina, se han convertido en un gran taller económico, cuyas diversas partes están unidas inseparablemente entre sí (…) La guerra actual es en el fondo una sublevación de las fuerzas productivas contra la forma política de la nación y el Estado. Y esto significa el derrumbe del Estado nacional como unidad económica independiente.”
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El período llamado de paz armada que transcurrió en la bisagra entre los siglos XIX y XX estuvo plagado de conflictos militares por cuestiones coloniales entre potencias, que amenazaban constantemente con degenerar en una guerra mundial. El movimiento obrero movilizándose para enfrentar este peligro cumplió un rol importante. Existía el riesgo (para la burguesía imperialista) de que la guerra desencadenara la revolución. Por este motivo, los Estados mayores de las clases dominantes seguían muy de cerca y con preocupación la influencia de los socialistas y la penetración de su propaganda en el ejército.

Para Lenin “el último tercio del siglo XIX es un periodo de transición a una nueva época, a la época imperialista. (…) el monopolio del capital financiero actual está furiosamente disputado; ha comenzado la época de las guerras imperialistas (…) cada “gran” potencia imperialista puede sobornar y soborna a capas más reducidas (si las comparamos con Inglaterra en el período entre 1848 y 1868) de la “aristocracia obrera” (…) el “partido obrero-burgués ” es inevitable y típico en todos los países imperialistas, pero, teniendo en cuenta la desesperada lucha de estos por el reparto del botín, no es probable que semejante partido triunfe por largo tiempo en una serie de países, debido a que los trusts, la oligarquía financiera, la carestía, etc., permiten sobornar a un puñado de las capas superiores, pero a costa de oprimir, subyugar, arruinar y atormentar con creciente intensidad a la masa de proletarios y semiproletarios” . Esto se desarrolla con mayor fuerza en Alemania desde la primera década del siglo XX, con su Partido Socialdemócrata. Ya en 1906 Rosa Luxemburg y desde Rusia el propio León Trotsky advierten sobre la posibilidad de que este partido, en el momento decisivo, no actúe como una herramienta revolucionaria de la clase obrera sino como un obstáculo.

Así, cuando el momento decisivo llegó, en julio de 1914, y la predicción catastrófica de Engels comenzó a hacerse realidad. Efectivamente, las direcciones se transformaron en un obstáculo, pasando abiertamente a colaborar con la propia burguesía, y las organizaciones terminaron siendo furgón de cola de los imperialistas. El pensamiento que las guiaba (aunque no fuera explícito en sus declaraciones públicas) era que si el propio Estado triunfaba en la guerra, los beneficios de la expansión capitalista resultante se derramarían sobre la clase obrera, y para eso estaban dispuestas a pagar el precio de romper la solidaridad internacional de los trabajadores y mandarlos a matarse mutuamente. El 4 de agosto de 1914, fecha en que la socialdemocracia alemana aprueba unánimemente en el Parlamento los créditos de guerra que solicita el Kaiser, es la fecha simbólica de la muerte de la Segunda Internacional. Pero en la sesión del 2 de diciembre, un diputado declara que “como protesta contra la guerra, contra sus responsables y quienes la dirigen, contra la política capitalista que la originó, contra los objetivos capitalistas que persigue, contra los planes de anexión, contra la violación de la neutralidad belga y luxemburguesa, contra la dictadura militar, contra el abandono de las obligaciones sociales y políticas, de los que siguen siendo culpables el gobierno y las clases dominantes, voto en contra de los créditos de guerra requeridos ”. Esta acción de Karl Liebknecht fue ocultada por todos los diarios de Alemania y del mundo, por lo cual sus camaradas tuvieron que hacerla conocida mediante volantes y agitación callejera. Se dice que en la guerra la primera víctima es la verdad: la burguesía necesitaba hacer creer que había unidad nacional en el apoyo a la guerra.

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A grandes rasgos, se podían reconocer en el movimiento socialista tres posiciones sobre la guerra. En primer lugar, la derecha, que era el sector mayoritario de la burocracia sindical y de los partidos socialistas que apoyaba a sus propios gobiernos en la guerra. Este sector declara una tregua en la lucha de clases, la “paz civil”, y se dedica a enviar obreros a las fuerzas armadas, a organizar la producción de guerra, y a hacer que los obreros trabajen más por menores salarios, como parte de su contribución al esfuerzo “patriótico”. Tratan de prevenir las huelgas, y en caso de que estallen, las enfrentan decididamente. Sus principales referentes son Scheidemann, Ebert y Noske en Alemania; Guesde, Renaudel y Briand en Francia; Plejanov en Rusia. En segundo lugar, el centro, que se trataba de un amplio sector intermedio. Este sector es heterogéneo. Parte de este grupo sostenía una oposición pasiva a la guerra, es decir, declarándose en contra pero sometiéndose a la mayoría guerrerista, y hasta incluso en numerosas oportunidades votando los créditos de guerra “por disciplina partidaria” y condenaba los excesos “nacionalistas” de la mayoría. Considera que la Internacional es un “instrumento para tiempos de paz”, no apto para tiempos de guerra, y por lo tanto debe disolverse momentáneamente y no obstruir los esfuerzos militares de los gobiernos, para reconstruirse una vez que se haya alcanzado la paz. Parte de este mismo sector levantaba la bandera de una paz que restableciera el statu quo previo a la guerra , y consideraba que se puede frenar la guerra y evitarla en el futuro mediante tratados entre Estados y tribunales de arbitraje para la limitación de las armas y las reducciones de los ejércitos, conferencias de paz, organizaciones internacionales de Estados, etc. Su principal representante es Karl Kautsky, el mayor teórico de la Segunda Internacional y otros como Jean Longuet en Francia. En tercer lugar, un sector de izquierda, al comienzo minoritario, que se ubica contra el apoyo a cualquier bando beligerante y busca reconstruir los lazos internacionales del movimiento obrero para que este intervenga con el objetivo de terminar la guerra. Los autores de los textos que presentamos en esta compilación pertenecen a esta última posición, y además serán los principales dirigentes de las revoluciones rusa y alemana.

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El 4 de septiembre de 1915, los partidos socialistas suizo e italiano convocan a una conferencia en la aldea suiza de Zimmerwald a los socialistas que se oponen a la disolución de la Internacional, y a la guerra. Asisten 40 delegados de 11 países. Su histórico Manifiesto declara que “la guerra que ha provocado todo este caos es producto del imperialismo, de los esfuerzos de las clases capitalistas de cada nación para satisfacer su apetito por la explotación del trabajo humano y de los tesoros naturales del planeta… están enterrando, bajo montañas de escombros, las libertades de sus propios pueblos, al mismo tiempo que la independencia de las demás naciones.” También vuelve sobre el capital político que significaron las antiguas resoluciones de la Internacional contra el militarismo y llamaba a los proletarios de todos los países a unirse y luchar contra la guerra. No obstante, su principal déficit fue no plantear más concretamente cómo se podía implementar esto último. Tampoco condenaba abiertamente a la dirección de la Segunda Internacional por su traición. Los bolcheviques rusos eran el ala izquierda de esta conferencia, y quienes más tenían en claro ambos problemas. La moción de Lenin plantea la derrota de los gobiernos capitalistas y convertir la guerra imperialista en guerra civil fue rechazada. El resto de los participantes adoptó una posición vacilante sobre este tema, y por lo tanto se redactó una solución de compromiso. La conferencia se debatía entre un ala derecha representada por Ledebour y Hoffmann en Alemania y Martov en Rusia, que se negaba a romper con la mayoría de derecha de la dirección de sus partidos, el ala izquierda representada por Lenin, y sectores que se ubicaban en una posición intermedia, entre los que se encontraban Trotsky y la corriente espartaquista. A pesar de estas limitaciones, Lenin consideró a Zimmerwald como un paso importante.

Parte de este debate dentro del ala internacionalista se desarrolla en este volumen, en la discusión entre Lenin y Trotsky. Los dos principales dirigentes de la Revolución Rusa transitaron por caminos separados entre 1903 y 1917. Mientras Lenin condujo a los bolcheviques durante ese período, Trotsky, dentro de la socialdemocracia rusa, se mantuvo por fuera tanto de los bolcheviques como de los mencheviques, aunque sus posiciones estaban más cerca de los primeros que de los segundos. A rasgos generales, podríamos expresar las diferencias entre ambos. Trotsky consideraba que una consigna central para la agitación era la lucha por la paz. Para Lenin esto era una concesión al sector centrista de Kautsky, y para él “la transformación de la actual guerra imperialista en guerra civil es la única consigna proletaria justa, indicada por la experiencia de la Comuna, señalada por la resolución de Basilea ”. Los kautskianos planteaban la paz en los marcos del capitalismo. Por el contrario, el contenido de la paz para Trotsky implicaba arrancarla por medio de la lucha revolucionaria contra la burguesía de los países beligerantes y sus ejércitos . Para Trotsky, la consigna que coronaba el programa de paz debía ser la de los Estados Unidos republicanos de Europa. Estaba ligada a la lucha revolucionaria por la paz. Las clases obreras de los países beligerantes debían tomar el poder de sus Estados y unir los gobiernos obreros por encima de las fronteras. Solo así sería verdaderamente posible una Europa unida sin más guerras, que al mismo tiempo sería un gran aliciente para la revolución mundial. Nuevamente, Lenin veía aquí la influencia de Kautsky . Además, para el líder bolchevique, no existían los pre-requisitos económicos necesarios para esto, dada la gran desigualdad en el desarrollo de los distintos países europeos. En este último punto, las diferencias entre Lenin y Trotsky se basaban claramente en dos distintos puntos teóricos de partida del análisis del capitalismo. Trotsky partía del capitalismo como una realidad mundial que determina a los distintos Estados nacionales (que es la base de su teoría de la revolución permanente) volviendo obsoleta la vieja distinción entre países maduros e inmaduros para el socialismo, tradicionalmente mantenida por la Segunda Internacional, y a la que Lenin aún adhería. Este último, además, planteaba que “no puede caber duda alguna de que, desde el punto de vista de la clase obrera y de las masas trabajadoras de todos los pueblos de Rusia, el mal menor sería la derrota de la monarquía zarista, el gobierno más reaccionario y bárbaro que oprime a un mayor número de naciones y a una mayor masa de población de Europa y de Asia.” “Es indudable que la importante labor de agitación contra la guerra, efectuada por una parte de los socialistas ingleses, alemanes y rusos, debilitó la potencia militar de sus respectivos gobiernos, pero tal agitación fue un mérito de los socialistas. Estos deben explicar a las masas que para ellas no hay salvación fuera del derrocamiento revolucionario de “sus” gobiernos y que las dificultades con que tropiezan estos gobiernos en la guerra actual deben ser aprovechadas con ese fin.” Esta posición se hizo conocida como “derrotismo”. Trotsky temía que esto se tradujera mecánicamente en una política de boicot sistemático al ejército para lograr la derrota del propio país, con el objetivo de provocar la revolución. Si bien esto podría ocurrir, para él en este caso era muy factible que, por el contrario, tras una derrota militar se produjera una revolución prematura y débil que terminara rápidamente aplastada. El error de Trotsky era no entender que el planteo de Lenin consistía en no detener la lucha de clases durante la guerra, ni siquiera ante la posibilidad de que, a consecuencia de ello, el propio gobierno imperialista pudiera ser derrotado por los Estados enemigos. Pero había una diferencia más, tal vez la principal. Para Trotsky debía buscarse la unidad con todas las corrientes más o menos hostiles a la guerra, incluyendo los sectores de izquierda del “centro” kautskiano. Para Lenin esta unidad podía terminar atando las manos del sector revolucionario, y la negativa a romper con estos sectores implica una mano tendida hacia Kautsky .

La Revolución rusa de Febrero de 1917 terminó barriendo estas diferencias, confluyendo en el proceso que permitió el triunfo de la Revolución de Octubre .

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El 1° de mayo de 1916 se realizan manifestaciones en Berlín. En medio de una feroz represión, Karl Liebknecht llama a terminar con el gobierno y lanza su grito de guerra: “¡El enemigo principal está en el propio país!”. Inmediatamente es encarcelado. Al día siguiente, estalla una huelga de 55 mil obreros metalúrgicos en Berlín que exigen la liberación de Liebknecht. Es la primera huelga desde que se desató la guerra. La izquierda revolucionaria ya no está tan aislada, hay oídos que empiezan a escucharla. A comienzos de 1917, los obreros de Turín se enfrentan al ejército por las duras condiciones del régimen militar. La Revolución Rusa de 1917 estalla como consecuencia del hartazgo de millones de obreros y campesinos con la guerra. En Octubre por primera vez en la historia en forma duradera, los trabajadores imponen su propio gobierno. En los pasillos del Instituto Smolny de Petrogrado, entre los discursos de Lenin y Trotsky escuchados por miles, parecía resonar la vieja amenaza-predicción de Engels de 1887: “Y cuando no tengan más remedio que empezar a bailar la última danza guerrera, nos vendrá bien. Puede que la guerra nos empuje por un tiempo a un segundo plano, puede que nos quite algunas de las posiciones ya conquistadas. Pero cuando ustedes liberen fuerzas que ya no podrán volver a controlar, los eventos pueden tomar un rumbo propio: al final de la tragedia ustedes terminarán en ruinas y la victoria del proletariado ya estará consumada, o por lo menos será inevitable”.

La Revolución Alemana, al año siguiente, terminará con la odiada monarquía de los Hohenzollern, y el despertar de la clase obrera acelerará el fin de la guerra. Pero a diferencia de Rusia termina derrotada. Sus principales dirigentes, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, serán asesinados el 15 de enero de 1919 por la propia socialdemocracia en el gobierno. Franz Mehring, enfermo, perseguido y afectado por este hecho, morirá apenas dos semanas más tarde.

Un mes después, en marzo de 1919, se pondrá en pie la Tercera Internacional, o Internacional Comunista, con Lenin y Trotsky a la cabeza.

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Este volumen recoge 18 documentos. Hay folletos, artículos de periódicos, resoluciones de congresos, y hasta volantes, ordenados cronológicamente. Los 3 primeros artículos pertenecen al período inmediatamente anterior a la guerra (1907-1913) y dan cuenta del crecimiento de las tensiones y el militarismo que estallaron en 1914. Decidimos dejar de lado eventos que fueron un resultado de la guerra, como la Revolución rusa de 1917, la Paz de Brest-Litovsk, la Revolución alemana de 1918 y finalmente la paz de Versalles, con la que termina la guerra. Cada uno de estos eventos constituye un tema en sí mismo y merecen ser tratados cada uno por separado. La mayoría de ellos son inéditos en castellano, mientras que el resto se ha difundido muy poco con anterioridad. Dentro de esta compilación tiene un lugar destacado el folleto La guerra y la Internacional, escrito por Trotsky en 1914 y que luego del triunfo de la Revolución de Octubre se transformaría en un material clásico para el estudio marxista de la Primera Guerra Mundial. La última edición conocida en castellano fue publicada en Buenos Aires por Ediciones del Siglo en 1973. Aquí lo volvemos a publicar, con una traducción sustancialmente mejorada, basada en el cotejo con versiones en 3 idiomas.

Sobre esta edición

Guillermo Iturbide estuvo a cargo de la edición general, de las traducciones y cotejamiento de fuentes en alemán y en inglés, y de la confección de notas de pie. Rossana Cortez estuvo a cargo de las traducciones y cotejamiento del francés. En el equipo de corrección de estilo participaron Laura Tartaglia, Malena Vidal, Laura Esquibel, Mónica Torraz, Cristian García Márquez y Nora Domínguez. El libro contó con la colaboración editorial de Andrea Robles. Fernando Lendoiro estuvo a cargo de la diagramación. La producción editorial se completó con Julio Rovelli. Agradecemos a Diego Di Bastiano y a Suphi Toprak de Alemania. Por último, este libro no hubiera podido realizarse sin la labor de los editores del Marxists Internet Archive (www.marxists.org), a cuyos archivos en castellano, alemán, inglés y francés acudimos.

Julio-agosto de 2014.



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