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Los orígenes del trotskismo argentino

Una aproximación a sus elaboraciones teórico-políticas

por Alicia Rojo

 

En este trabajo nos proponemos abordar los orígenes del trotskismo en la Argentina reflejando sus principales posiciones teóricas y políticas en la década de 1930. Como parte de una investigación más amplia sobre la historia del trotskismo argentino, consideramos importante realizar un estudio crítico de sus orígenes que permita indagar en las raíces de un movimiento que adquirirá posteriormente relevancia dentro de la izquierda argentina.

Nos detenemos en los análisis desarrollados por los trotskistas acerca del carácter del país y las tareas de la revolución en la Argentina, elaboraciones que ejercerán influencia en la ubicación posterior de los grupos trotskistas frente a procesos claves de la realidad nacional.

Intentamos mostrar la evolución de sus posiciones a través del análisis de distintos momentos del período considerado. En los primeros años de la década, las elaboraciones buscaron delinear una caracterización del tipo de país y las tareas de la revolución en la Argentina, en discusión con las posiciones de otros partidos de la izquierda argentina. Contraponían a la concepción del Partido Comunista de la necesidad de una “revolución democrática, agraria y antiimperialista” en Argentina, el carácter socialista de la revolución que resolvería las tareas democráticas pendientes bajo la dirección del proletariado.

El “entrismo” en el Partido Socialista Obrero marca un segundo momento en el período estudiado. Las publicaciones editadas al interior de esta ruptura del PS, evidencian una profundización de las debilidades presentes en las elaboraciones iniciales, sobre todo la subestimación del papel cumplido por el imperialismo sobre la economía y la estructura de clases del país. En el marco de la crítica al PSO y ligando la consigna de “liberación nacional” con la política de alianzas con sectores de la burguesía, se terminará negando la especificidad de la lucha contra el imperialismo expresada en esa consigna.

Por último, el debate se desarrolla al interior de los grupos trotskistas. Aquí la figura de Liborio Justo introdujo los planteos acerca de la incorporación de la consigna de “liberación nacional” al programa del trotskismo en Argentina, fundamentado en la necesidad de que la revolución socialista resuelva las tareas democráticas derivadas de la sumisión al imperialismo. En contraposición, sus oponentes en el debate avanzarán en la asimilación de la política revolucionaria en la Argentina a la de los países avanzados, atacando de plano la consigna de liberación nacional.
 

Introducción

Como parte de pequeños grupos iniciales, los primeros militantes trotskistas procuraron definir posiciones frente a lo que consideraban los principales problemas políticos y lo hicieron en delimitación con los partidos de la izquierda presentes en el período, particularmente el Partido Comunista y el ala izquierda del Partido Socialista y desarrollando la polémica al interior de la propia corriente.

Fueron delineando sus posiciones en relación con una serie de temas, tanto de carácter nacional como internacional. Sin embargo, algunos criterios nos permiten definir la centralidad de una temática que recorre todas sus publicaciones y documentos: la problemática que se articuló alrededor de la consigna de “liberación nacional”. Orientamos la indagación en este sentido, debido al lugar central que ocupa en la estrategia política de la corriente trotskista, al expresar las discusiones alrededor del carácter de la revolución y las tareas que ésta debía enfrentar en la Argentina. Este tema implica la consideración de otros, como el análisis de la naturaleza del país, su relación con el imperialismo, la relación entre las clases sociales, su ubicación con respecto a las tareas de la revolución. Tomaremos distintos momentos de la década que nos permiten rastrear la evolución de los análisis.

El tema de este trabajo ha sido abordado por una cantidad limitada de estudios, haremos una breve referencia a ellos. Comenzaremos por dos trabajos dedicados específicamente a la historia del trotskismo en la Argentina, con la particularidad de que se trata en ambos casos de intelectuales ligados a la militancia dentro de la corriente trotskista.

Osvaldo Coggiola se propone un análisis de las posiciones políticas y teóricas de los primeros grupos trotskistas y las discusiones que generan, situando su eje en “el terreno de la lucha de ideas”.[1] Considera que los “primeros 15 años de historia, sin embargo, lo marcarán de un modo singular, y alumbran muchas de sus vicisitudes posteriores”.[2] Define la discusión en torno al problema de la liberación nacional como “una verdadera novedad en el movimiento trotskista”[3], pero también se trató de “una notable involución política, tanto más lamentable cuanto que prácticamente todas las energías de los trotskistas se dispersaron en este debate hasta 1945”[4], y poco más adelante, la califica como “la lucha ideológica...más rica dentro del movimiento trotskista latinoamericano de los años 30”.[5] Resulta contradictoria su evaluación acerca de la importancia de la discusión central que recorrió a los grupos. Parece quedar claro que estas discusiones tuvieron una influencia importante en los grupos posteriores; sin embargo, se hace difícil discernir los aspectos de continuidad y de ruptura, así como la relevancia de los aportes de los primeros trotskistas y el alcance de sus debilidades. Por otra parte, Coggiola realiza una descripción bastante pormenorizada de las elaboraciones de los primeros trotskistas; basada ésta fundamentalmente en el balance que realiza Liborio Justo, involucrado en los debates que se desarrollaron en la época, su evaluación tiene, de conjunto, un carácter parcializado.

El trabajo coordinado por Ernesto González se propone estudiar el trotskismo argentino a partir de la corriente liderada por Nahuel Moreno. El libro dedica un espacio al estudio de la etapa que nos ocupa: “Los fundadores del GOM no surgieron de la nada. Por lo tanto, comenzamos con lo que se podría considerar su ‘prehistoria’”[6]. La corriente que estudia surge “rompiendo con la bohemia intelectual que caracterizaba a los grupos que se autotitulaban trotskistas.”. El carácter bohemio de estos primeros grupos aparece como una característica distintiva, lo cual imprimió al “morenismo” inicial “tanto desde el punto de vista programático, como en cuanto a la práctica (…) un obrerismo rabioso, llamémoslo así... [que] trataba de superar el carácter bohemio e intelectual, declassé, del movimiento trotskista argentino en su conjunto”[7]. Con estas apreciaciones se fundamenta una visión de la historia de la corriente trotskista cuyo comienzo se sitúa con la aparición del grupo liderado por Moreno; los grupos trotskistas previos son considerados como la “prehistoria” del movimiento y sus características son evaluadas, de conjunto, como un bagaje “a superar” por sus sucesores. Esta visión le impide considerar la riqueza que pudieran contener las elaboraciones y los debates de los primeros trotskistas argentinos, así como las debilidades que obstaculizaron los avances políticos de estos grupos en una década clave en la historia política y social del país; y en qué medida sus aportes, así como sus limitaciones, impactarán en las elaboraciones y en la actuación política de los grupos que les sucedieron.

Sin ser objeto específico de su investigación, y en el marco de un estudio sobre dos intelectuales vinculados de distinta forma a la corriente trotskista, Horacio Tarcus realiza una valoración de los grupos trotskistas desde el punto de vista de su participación en los debates teóricos y políticos y en la difusión de sus posiciones. Aun tratándose de pequeños grupos y en un clima adverso, rescatará particularmente el esfuerzo de análisis de la realidad nacional realizado por uno de los primeros trotskistas, Antonio Gallo, sobre la discusión alrededor de la cuestión de la “liberación nacional”. “Los trotskistas argentinos de esta década se concentrarán, no obstante, en un sofisticado y precursor debate teórico sobre la naturaleza y el estatus de capitalismo argentino. Era para ellos una problemática crucial, pues de acuerdo a cómo se respondiese a dicha cuestión, se desprendería la naturaleza de la revolución: ésta sería democrático-nacional o bien directamente socialista.”[8]

Por su parte, Norberto Galasso dedica varios capítulos de uno de sus trabajos al trotskismo en la etapa que nos interesa y realiza un análisis de sus posiciones políticas, resaltando, junto con el esfuerzo de explicación de la realidad, “la óptica alienada en los hechos externos”[9], una falta de interés por los problemas nacionales, realizando una crítica política de sus análisis, particularmente sobre el radicalismo y los movimientos nacionales, con hincapié en el carácter “sectario” de sus planteos.

No tomaremos aquí un conjunto de planteos polémicos, entre los cuales está la periodización realizada por algunos de estos autores, tema que hace a la evaluación general de los grupos. Sin profundizar en este problema, señalemos que en términos generales, los autores tienden a vincular los distintos momentos de los orígenes del trotskismo argentino con la preponderancia o aparición de determinadas personalidades y la formación o disgregación de grupos. Estos elementos son de gran importancia, especialmente tratándose de pequeños grupos, que sufren un alto grado de inestabilidad, en los que la influencia de los individuos se torna, en muchos casos, clave. Sin embargo, estas mismas características son explicables por otros factores, cuya consideración nos permite, a su vez, ensayar una periodización que otorgue otra jerarquía a estos mismos elementos.

Desde nuestro punto de vista, el análisis de los orígenes del trotskismo debe hacerse en relación con dos ejes centrales: su relación con la corriente que constituye su referente político, la Oposición de Izquierda Internacional; y su relación con la realidad nacional, incluyendo la interacción con otras fuerzas políticas, e internacional. En buena medida, estas relaciones definirán tanto sus planteos políticos y sus elaboraciones teóricas, así como influirán en la conformación y disolución de los distintos grupos.

Con estos criterios y sin extendernos en los distintos momentos de esta periodización que planteamos, haremos un breve panorama de las personalidades y grupos presentes en el período para ubicar el análisis de sus posiciones.

Los primeros grupos trotskistas se originaron en rupturas del Partido Comunista argentino.

Estos procesos se dieron simultáneamente con los primeros pasos de la llamada Oposición de Izquierda Internacional liderada por León Trotsky enfrentando la consolidación de la dirección stalinista en la URSS.

En 1929 se formó el Comité Comunista de Oposición que editó el periódico La Verdad en 1930. Héctor Raurich, Antonio Gallo y Pedro Milesi fueron sus principales dirigentes en estos años. Los dos primeros formaron la Liga Comunista Internacionalista que publicó Nueva Etapa.

Una revisión de los documentos de estos primeros años de la década, permite constatar el esfuerzo por estar al corriente de las discusiones y planteos de la Oposición de Izquierda Internacional y los hechos internacionales, así como es posible registrar las expresiones solidarias con grupos europeos de la Oposición y la transcripción de artículos de sus publicaciones, y del propio León Trotsky. 

En estos años se desarrollaron también las primeras elaboraciones sobre el carácter de los países semicoloniales y su relación con el imperialismo, así como el carácter y las tareas de la revolución en estos países, específicamente el caso argentino. Aquí, como en otros aspectos, la lucha política con el Partido Comunista se tornaba central. Esta ubicación de los primeros trotskistas argentinos es inseparable de la política planteada por la Oposición, que, hasta 1933, se consideraba fracción de la Internacional Comunista, como sus secciones lo eran de los partidos comunistas nacionales, y se planteaban una política de reforma hacia ellos.

En 1935 Raurich y Gallo se unificaron con Milesi, formando la Liga Comunista Internacionalista, sección argentina, que publicó Cuarta Internacional. A este grupo adhirieron otros de Córdoba y La Plata, mientras se consolidaban otros grupos en Rosario. Hacia 1936 Liborio Justo rompió con el Partido Comunista declarando su adhesión a la Oposición de Izquierda.

A partir de 1933, la Oposición de Izquierda Internacional dio fin a su política de reforma de la Internacional Comunista e impulsó la política de construcción de nuevos partidos revolucionarios y de la IV Internacional. Una de las tácticas propuestas por Trotsky para la formación de partidos revolucionarios, fue el “entrismo” en los partidos centristas. Los trotskistas argentinos llevaron adelante esta táctica ingresando a una ruptura del Partido Socialista. Entre 1937 y 1938 se decidió la entrada de varios militantes en un ala izquierda del Partido Socialista que rompió con él formando el Partido Socialista Obrero (PSO). Dos publicaciones resultaron de este ingreso: Izquierda y Frente Proletario. Los planteos que se desarrollaron al interior de este partido permiten registrar un momento de la evolución de los análisis en torno a los problemas de la revolución en el país.

Parte de estas discusiones tuvo como eje central la lucha contra la política de Frente Popular adoptada por la Internacional Comunista a partir de 1935. En Argentina, este debate tuvo como blanco la política del PC hacia la Unión Cívica Radical y un sector de la burguesía argentina, y se entroncará con las definiciones en torno al carácter de la revolución que debía hacerse en el país.

Aunque no tomaremos aquí otros temas de importancia, digamos que abundan en las publicaciones de los trotskistas argentinos las referencias a los procesos que se desarrollaron en Francia y España en estos años, así como los primeros planteos acerca de la perspectiva de una nueva guerra mundial; así también se mantuvo la crítica al stalinismo en cuanto a su política sindical y se desarrolló la discusión acerca de la política de frente único.

En 1938 Milesi y Aurelio Narvaja impulsaron la publicación de un nuevo periódico, Inicial. En 1939 Liborio Justo y Mateo Fossa, junto con algunos de los militantes que habían ingresado al PSO, fundaron el GOR (Grupo obrero revolucionario) y publicaron La Internacional, después LOR (Liga Obrera Revolucionaria). Hacia 1940 Gallo, Milesi, Aurelio Narvaja y Jorge A. Ramos fundaron la LOS (Liga Obrera Socialista).

En 1941 se produjo la visita del delegado de la IV Internacional, Phelan (Sherry Mangan), para impulsar la unificación de la LOR y la LOS, negociaciones de las que se retira la LOR de Justo en oposición a los planteos de concretar primero la unificación, para luego discutir las diferencias políticas. En 1942, Liborio Justo rompió con la IV Internacional y Mateo Fossa se retiró de la LOR.

Este año una serie de grupos fundaron el Partido Obrero de la Revolución Socialista (PORS) que publicó Frente Obrero hasta 1948.

Fue a partir de 1938 que se da más abiertamente y con mayor profundidad el debate acerca de las tareas de la revolución en Argentina, articuladas alrededor de la discusión sobre la consigna de “liberación nacional”. En sus posiciones frente a la Segunda Guerra Mundial se expresaron de manera concreta las políticas que se derivaban de las distintas concepciones.

Sobre el carácter y las tareas de la revolución en Argentina: el debate con los partidos de izquierda

Para los primeros grupos de la Oposición resultaba clave realizar un análisis de las características del país con el cual entroncar los planteos teórico-políticos provistos por la corriente referente a nivel internacional. Uno de los primeros exponentes de este intento fue Antonio Gallo. Tomamos sus escritos por expresar las posiciones de forma más sistemática y compendiada, pero digamos que éstas aparecen en otras publicaciones como el periódico Nueva Etapa del mismo Gallo y Raurich.

Proveniente del Partido Socialista, adhiriendo a las posiciones de León Trotsky, Gallo escribió dos extensos trabajos acerca de la naturaleza del desarrollo económico y político del país y de las tareas que debía cumplir la revolución en la Argentina. En sus trabajos analiza la realidad socio-económica y política del país, en su evolución histórica, se centra en el accionar de las distintas fuerzas políticas, y entra en debate con los partidos de izquierda, fundamentalmente el Partido Comunista, alrededor de los principales problemas de la revolución en la Argentina.

Gallo define al país como “de tipo intermedio, transitorio, semicolonial, en que, predominantes la gran propiedad rural, latifundista y la producción agropecuaria, emparentan íntimamente con la industria y el capitalismo urbanos, comúnmente sometidos, en mayor o menor gradación al capitalismo monopolista internacional.”[10]

Si bien el sometimiento al imperialismo aparece como factor actuante sobre la estructura económico-social argentina, Gallo pondrá el peso en el desarrollo urbano e industrial del país junto con el peso de la clase obrera, para su definición, lo que determina su visión del carácter “intermedio” del país entre un país adelantado de gran industria y uno colonial. “El peso específico –económicamente hablando- de este entrabamiento que caracteriza –a diferencia de algunos de los demás países latinoamericanos- la economía argentina está expresado en las siguientes cifras, en las cuales la producción industrial equivale al 34% del total y es, tomadas aisladamente, más importante que la ganadera y agraria...”[11]

A partir de su caracterización del tipo de país, Gallo irá definiendo qué tipo de revolución debe realizarse en la Argentina. Como dijimos, resulta clave en esta definición el enfrentamiento con la caracterización realizada por el Partido Comunista, en la que primaba su visión del carácter latifundista con restos feudales en el agro argentino y su dependencia del imperialismo y le daba a la revolución argentina el carácter de “democrática, agraria y antiimperialista”[12].

“Queriendo justificar la ‘dictadura democrática de los obreros y campesinos’, el oficialismo comunista habla, en una fantástica fuga de la realidad que lo llena de ridículo, de los ‘restos feudales’ y de los ‘bandos feudal-burgueses’. En realidad, habrá sólo sombras feudales pesando sobre su cerebro. No existen aquí con toda su trascendencia política y social, supervivencias económicas feudales…”[13]

No habiendo restos feudales que remover, el planteo del PC acerca de la necesidad de una revolución democrática y agraria no tenía lugar. Gallo plantea que las etapas democráticas “formales” (régimen parlamentario, sufragio universal, libertades civiles, etc.) han sido resueltas por la burguesía, aún con un carácter “limitadísimo”, mientras que las etapas de la revolución democrática-burguesa “fundamentales”, tales como la expropiación del latifundio, quedaron pendientes, pero éstas serían resueltas por el proletariado a través de la revolución socialista.

El problema del sujeto de la revolución se vuelve en este punto, central. “Entre nosotros como en el mundo, la revolución debe ser acaudillada por el proletariado, apoyándose en los pequeños chacareros arrendatarios, jornaleros y peones, esto es todos los trabajadores rurales… Pretender buscar aliados entre estas gentes para realizar la ‘dictadura intermedia’, que aquí se formula ‘revolución agraria antiimperialista’, sería (como en China), en cuando el partido alcanzara alguna influencia, ir de inmediato al desastre”.[14]

En estos primeros años de la década, la crítica al PC se extiende a las consecuencias de la aplicación en nuestro país de la línea definida por la Internacional Comunista como del “Tercer Período”. [15]

Gallo remarca esta vinculación entre la política nacional del PC y la definida a nivel internacional: “Innúmeros camaradas –sobre todo los procedentes de las divisiones de los años 1922, 1925 y 1927- son dados a creer que el comunismo en el país adolece principalmente de errores argentinos. La política nacional no puede juzgarse sino en función de la internacional. Particularmente después de la división del año 1925, la crisis del partido se precipita vertiginosamente, correlativamente con la crisis de la Internacional Comunista...sus errores no son sino el resultado de la política de ésta (‘tercer período’, ‘radicalización de las masas’, divisionismo sindical, ‘socialfascismo’, ‘dictadura democrática de obreros y campesinos’, ‘revolución agraria antiimperialista’, etc.) Hoy es una secta destinada a obedecer, ciega y sorda a toda otra sugestión.”[16]

Desde esta consideración, Gallo discute la aplicación de la concepción del “socialfascismo” por parte del Partido Comunista argentino, al asimilar al gobierno del partido radical con la dictadura establecida por Uriburu en 1930, igualando regímenes políticos distintos en función de su carácter capitalista, lo que derivó en una política ultraizquierdista, tanto en el terreno político como sindical, y la renuncia a la lucha abierta contra el gobierno militar, por tratarse de un régimen similar al depuesto. “Contrariamente a lo que la realidad de la situación imponía, durante todo el período dictatorial el partido agitó un infantil ultrarradicalismo proclamando, cuando las circunstancias distaban como el cielo de la tierra de ser revolucionarias, y sin contar con una preponderancia no ya intensa, que tampoco mínima en las masas obreras, ¡la constitución de consejos, el armamento de los trabajadores, la huelga general y la insurrección, para instaurar el ‘gobierno de obreros y campesinos!... se declaró gobierno ‘fascista’ a la dictadura; los dirigentes de la FORA y de la CGT, fascistas y ‘socialfascistas’”. [17]

Poco después la IC impulsaba la formación de Frentes Populares. Esta política fue adoptada por el PC argentino, propiciando una alianza con los partidos burgueses democráticos, con la justificación de la lucha contra el fascismo. La crítica de esta política por los trotskistas estuvo orientada tanto hacia los métodos de lucha contra el fascismo, como a la unidad con partidos burgueses para enfrentarlo, planteando, en cambio, la necesidad de los métodos revolucionarios para derrotar a las bandas fascistas y enfrentar al gobierno, como el mantenimiento de una política independiente de la clase obrera.

En este sentido Gallo plantea “...aliarse a los radicales -¡ay! si los radicales quisieran aliarse- significa alimentar las ilusiones de esas masas en su dirección, unirse a ellas como radicales y no ofrecerles una nueva solución como proletarios, por caminos distintos, a los de la UCR, tarea histórica fundamental, vale decir, arrancar al pueblo del predominio de ese partido”. [18]

Gallo realiza una crítica del programa del PC para esta alianza. “¿Cuál es el programa del partido en la actualidad? Léase su folleto ‘programático’: ‘El Camino de la Salvación. El bloque de las fuerzas de izquierda’. Después de dar por existente un bloque inexistente, se pregunta y responde: ‘¿puede y debe el proletariado participar en tal block (bloque)? Sí, puede y debe. Quedar ausente es dejar las soluciones en manos reaccionarias y de las llamadas fuerzas liberales que dicen apoyarse en el pueblo. Sería privar al block de las izquierdas de la parte más combativa y consecuentemente democrática del pueblo. Sería debilitar extraordinariamente la fuerza del block’… ¿Y el programa del block? Entre otros puntos -establece el folleto- disolución y desarme de la Legión Cívica, encarcelamiento de los dirigentes del uriburismo. ¿Pero quién los desarma? ¿Quién los encarcela? ¿Y como lo hace? De los ruegos de Repetto pidiendo un decreto en ese sentido a estas posiciones, no hay más diferencia que los horrores gramaticales de estos últimos. “[19]

Con su crítica al PC, Gallo denuncia el carácter de los frentes populares como obstáculo a la organización revolucionaria de las masas. “¿Pero cómo defender estos derechos cuando el fascismo los amenaza? No hay otro medio que la ofensiva de los trabajadores, en la lucha por la conquista de las masas a nombre de la conquista del poder, por la alianza o la unidad de acción de las organizaciones y partidos proletarios; la organización, basada sobre ese movimiento, de las milicias del pueblo, la constitución de los comités o alianzas obreras y populares en determinado momento de esa acción.”[20]

La discusión acerca del carácter antiimperialista de la revolución se desarrolló también en contraposición con los planteos de la izquierda del Partido Socialista, personificando la discusión en los escritos de Benito Marianetti, dirigente del PS, quien estará al frente de la ruptura de izquierda del socialismo, el Partido Socialista Obrero, ingresando después en el Partido Comunista.

Gallo rescata en Marianetti sus críticas al APRA peruano y su política de alianza con sectores burgueses. Se refiere a planteos de Marianetti como el que sigue: “En mi folleto sobre este particular, he dicho: ‘Es exacto que estos países no han alcanzado aún el período industrial. Pero los apristas olvidan que es absolutamente falso que la etapa industrial deba producirse o desarrollarse bajo el imperialismo o el capitalismo. La etapa industrial, o el paso de un sistema feudal a un sistema de producción industrial, puede ser alcanzado victoriosamente bajo un régimen socialista. Allí está Rusia como ejemplo palpitante de lo que se acaba de exponer’”[21].

Pero, plantea Gallo, Marianetti se contradice y no formula con la claridad necesaria el carácter de la revolución en nuestro país, en particular y en el continente, en general. Asegura que sus características son ‘agrarias antiimperialistas’ y que la ‘lucha reviste un carácter de liberación nacional.’”[22]

Marianetti afirmaba, por ejemplo: “Sostener... que yo he hablado de revolución social y de implantación del socialismo integral como consigna en la lucha antiimperialista, es mentir a sabiendas. No sólo no surge esto de lo expuesto...sino que el folleto... es un alegato a favor de la revolución agraria antiimperialista, como salida a la presente etapa. Y hablar de esto y sostener esto no es hablar de la revolución social ni de la dictadura del proletariado. Por eso he dicho en mi folleto que la lucha por el socialismo, en estos países de América, no es la misma que se plantea en Europa. Por eso he agregado que mientras en aquellos países la lucha está dirigida directa y únicamente contra la propia clase dominante, nosotros tenemos el problema imperialista y de liberación nacional, previo”[23].

Gallo refuta aquí nuevamente la definición de una revolución democrática, agraria y antiimperialista: “Si la condición agrario antiimperialista la deduce de la economía agropecuaria de nuestros países, admitido. Pero si ello significa, como pregonan los stalinistas que hay que unirse, dado el tipo ‘intermedio’ de esa revolución, con las fuerzas burguesas para lograr sus propósitos, entonces esa posición es, por las mismas objeciones que hacemos a los apristas, absolutamente equivocada y sumamente peligrosa... Marianetti asegura por una parte que esa alianza sería ineficaz a los fines del proletariado. Exacto. Pero por qué el poder ‘popular’ revolucionario antifeudal y agrario ‘no tendrá las características (aún no socialista) de un gobierno revolucionario’. Si la revolución agraria antiimperialista no significa alianza con una inexistente burguesía revolucionaria y antiimperialista no hay por qué formularla así. Y si se trata de la resolución de los problemas democráticos de la revolución socialista, vale decir, la expropiación de las propiedades imperialistas, la abolición de las deudas nacionales, provinciales y municipales, la propiedad nacional de la tierra para entregarla a los chacareros en posesión para su cultivo, la abolición de las propiedades de la Iglesia, o sea todos los problemas aún no solucionados por la revolución democrático-burguesa, esto no es una revolución ‘agraria antiimperialista’. Porque el proletariado erigido en poder no se detendrá en una etapa o gobierno intermedio sino que, después de resolver esos problemas, continuará hacia delante, hacia la socialización de los medios de producción y de cambio, la colectivización de la tierra, etc.”[24].

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En debate con los partidos de izquierda, estas primeras elaboraciones realizadas en la primera mitad de la década de 1930, intentan aplicar las concepciones políticas provistas por la corriente trotskista internacional. Desde el punto de vista de la teoría elaborada por Trotsky, Gallo hace una aplicación de los principios de la “revolución permanente” al proponer que la revolución en la Argentina no consistirá en una primera etapa democrática y antiimperialista, sino que se desarrollará como revolución socialista y resolverá las tareas democráticas pendientes. Igualmente fiel es la afirmación acerca del sujeto que dirigirá la revolución, el proletariado.

Tanto la polémica con el Partido Comunista como con Marianetti reviste entonces la importancia de definir claramente, no sólo el problema del carácter de la revolución, sino la dinámica de la resolución de las tareas democráticas en los países semicoloniales, particularmente el enfrentamiento con el imperialismo, estableciendo tanto su carácter como el sujeto que la llevará adelante. Desde el punto de vista del carácter de la revolución en la Argentina, el enfrentamiento con la concepción de “revolución por etapas” y la refutación del establecimiento de alianzas con sectores de la burguesía en una primera etapa “democrática”, constituye un aporte desde la teoría y política trotskistas, interviniendo en una problemática clave para las corrientes políticas revolucionarias.

Los planteos del PC acerca del carácter de la revolución se desarrollarán simultáneamente con la aplicación de la concepción del “socialfascismo” en relación al golpe de 1930. En términos políticos esta discusión fue clave: la igualación del gobierno radical con el golpe uriburista llevará al PC a no plantear una política para enfrentar a la dictadura y, en cambio, permanecer al margen de las organizaciones de los trabajadores. El viraje a la política de frentes populares plantea, para los trotskistas, el enfrentamiento con la política de alianzas con la burguesía y de conciliación de clases y pone en primer plano la lucha política por la independencia del proletariado.

Por otro lado, consideramos que la valoración de la relación del país con el imperialismo realizada por los trotskistas tiene implicancias en la definición de las tareas de la revolución. La caracterización de conjunto del tipo de país y su relación con el imperialismo, subestima la relación de dependencia y subordinación establecida entre ambos, elemento clave particularmente en la década analizada. El estatus “intermedio” establecido en la definición de país y la dilución del carácter “semicolonial”, colabora con la subestimación del papel del imperialismo, devaluando el peso de las tareas democráticas.

Esta valoración, combinada con los objetivos polémicos de las elaboraciones y un estudio poco profundo de la realidad nacional que se traduce en una visión “impresionista” del carácter adelantado del país, vuelve rígidos y unilaterales los planteos de conjunto alrededor de la problemática de “liberación nacional”.

Esta imprecisión analítica se vuelve una clara definición política, al devaluar el peso de las tareas democráticas y negar la lucha por la liberación nacional como una de ellas.

Si la enunciación de la mecánica general de la “revolución permanente” está esencialmente de acuerdo con los planteos de Trotsky -y se propone enfrentar la estrategia de revolución por etapas y la política de alianzas con la burguesía, cuya máxima expresión fueron los frentes populares -, la aplicación de esta concepción a la dinámica de la revolución en los países semicoloniales (que es por otro lado, un núcleo de la teoría de Trotsky) devalúa al extremo uno de sus motores, la lucha contra el imperialismo.

Las debilidades en la caracterización de la naturaleza de la estructura socioeconómica del país y de la relación con el imperialismo demostrarán no ser un problema menor. En los países semicoloniales, las burguesías nacionales tienen un carácter particular: opresoras de sus proletariados, se encuentran a la vez en distintos grados oprimidas por el imperialismo, aún cuando normalmente predomine su condición de socias menores de éste y estableciendo niveles de profunda imbricación con los intereses imperialistas. Al mismo tiempo, esta opresión imperialista sobre la nación, impacta en las masas populares generando sentimientos de rechazo y eventualmente tendencias al enfrentamiento con los intereses imperialistas en el país. Estas condiciones le dan a la ruptura con el imperialismo una importancia particular como tarea a cumplir por la revolución socialista en estos países; la lucha antiimperialista puede transformarse en un poderoso impulso para la movilización revolucionaria de las masas, y puede darse también que sectores de la propia burguesía promuevan acciones de enfrentamiento con el imperialismo.

Así, las definiciones del carácter socialista de la revolución y la necesidad de la independencia del proletariado, elementos claves en la lucha política con los partidos de izquierda en Argentina (y que constituyen como dijimos, un aporte clave de los primeros trotskistas), formulados en el marco de una imprecisa caracterización del tipo de país y su relación con el imperialismo, llevan a oscurecer, cuando no negar, las posibilidades de apertura de brechas en la burguesía frente al imperialismo y de aprovechamiento de los sentimientos antiimperialistas de las masas por parte de los revolucionarios. Y, por esta vía, estas debilidades contribuyen a devaluar el papel de una de las tareas democráticas fundamentales en los países atrasados, la liberación del país de la dominación imperialista.

Que no se trata este de un problema menor se demostrará en la evolución posterior de las definiciones políticas de los trotskistas, y encontraremos un ejemplo cuando entablen este debate al interior de una corriente reformista.

Los trotskistas dentro del Partido Socialista Obrero

El trabajo sobre el ala izquierda del Partido Socialista fue una política adoptada por la Liga Comunista Internacionalista (LCI) en consonancia con la planteada por la Oposición de Izquierda a nivel internacional, que tomó el nombre de “giro francés”. Esta táctica se integra en las políticas destinadas a impulsar la construcción de partidos revolucionarios; en el marco de los procesos de masas que se desarrollaron en la década del 30, Trotsky planteó la perspectiva del surgimiento de fenómenos de “centrismo de masas”, sectores que giraran a izquierda y se radicalizaran. Este proceso impactaría en los partidos reformistas, particularmente en los partidos socialistas, en el que podrían surgir alas izquierdas con las que los revolucionarios pudieran confluir. La política de ingresar en estos partidos mientras estos sectores giraran a izquierda, tenía el objetivo de ganar elementos revolucionarios en ellos.

Los trotskistas argentinos implementaron esta política sobre la ruptura que se produjo en el Partido Socialista, el Partido Socialista Obrero. No contamos con un estudio acerca de las características de esta ruptura, lo que limita nuestras posibilidades de avanzar en una evaluación de la política implementada por los trotskistas, se trataba sí de una ruptura que se acercaba a las posturas del Partido Comunista y muchos de sus integrantes ingresarán en este partido posteriormente. Con estos límites actuales, repasaremos las posiciones políticas desarrolladas en sus publicaciones al interior del partido, que sí nos permiten analizar la evolución de algunos de los elementos planteados en este trabajo.

La discusión sobre la implementación de la táctica del entrismo, generó diferencias entre los trotskistas, aunque la mayoría terminará entrando en el PSO, algunos lo harán primero (sectores estudiantiles de La Plata, sectores de Córdoba) y publicarán Frente Proletario; otros lo harán más tarde (entre ellos Antonio Gallo, quien inicialmente se opuso al ingreso), publicarán Izquierda, y llegarán a controlar el centro del PSO en Liniers.[25]

En estas publicaciones se desarrollaron las posiciones previamente establecidas, pero ahora en debate con la dirección del PSO y en oposición a las políticas de “colaboración de clases”, expresadas en alianzas con sectores del radicalismo, centralmente, en críticas a la política electoral y sindical y el acercamiento que se advertía hacia el Partido Comunista.

El punto de partida de las intervenciones es la afirmación de las concepciones previas acerca de la ligazón entre las tareas democráticas y la revolución socialista: “La Revolución Rusa demuestra que son traidores al proletariado quienes sostienen la posibilidad de solucionar los problemas democráticos –liberación nacional, cuestiones campesinas y pequeño burguesas- en régimen burgués y que son peligrosos confusionistas quienes desligan la lucha por la liberación nacional y por las libertades democráticas de la revolución socialista”.[26]

En el debate con el Partido Socialista se recurre a los que habían sido sus referentes teóricos para fundamentar sus posiciones, así, la reafirmación de la caracterización del país y el carácter socialista de la revolución, se hacen ahora apoyándose en los teóricos del Partido Socialista, se advierte un avance en la subestimación de las tareas democráticas presentes en los países semicoloniales y desaparece cualquier énfasis puesto en la relación con el imperialismo. “Sostenemos fundamentalmente lo siguiente: el carácter de la evolución capitalista del país, según lo afirmara Justo y del Valle Iberlucea y que ahora niegan algunos advenedizos; por consecuencia, el carácter socialista de la revolución en nuestro país.”[27] “La revolución democrático burguesa comenzó en nuestro país con la histórica revolución de Mayo de 1810 y la organización burguesa se afianzó definitivamente en 1853. Lo que ahora existen son problemas democráticos de la revolución socialista.”[28]

Se vincula ahora directamente el sostenimiento de la consigna de “liberación nacional” con la política de alianzas con el radicalismo y la política frente-populista. “Saltaba a los ojos lo contradictorio de la afirmación de la liberación nacional y muestra la parcialidad radicalizante, como también, el deseo expresado de frente popular, y el desmedido ataque a los demás sectores de izquierda.”[29] “La política de ‘frente popular’ está basada en la suposición de que existen partidos u organizaciones burguesas, en unión de las cuales el proletariado puede luchar efectivamente contra el fascismo e incluso contra el imperialismo, es decir, por la llamada ‘liberación nacional’… En nuestro país se le asignan tales condiciones a la UCR.”[30]

Esta negación de la consigna de liberación nacional se acentúa también al asimilarla a la política frente-populista. Su utilización para justificar alianzas con sectores “democráticos” de la burguesía por parte de los partidos de la izquierda, fundamentó el ataque a esta consigna, pero acabaron desligándola completamente de la lucha revolucionaria contra el imperialismo.

Sin evidenciar una ruptura con las posiciones establecidas por sus antecesores, las publicaciones editadas durante el entrismo sí demuestran un salto hacia una visión más mecanicista y esquemática. Aunque debemos evaluarlos considerando la lucha que estos militantes entablaban al interior del PSO, en función de la cual se esforzaban por asentar una política de independencia de clase frente a una dirección que se hacía cada vez más “frente-populista”, las debilidades de la definición del carácter del país y de la revolución se profundizan con el recurso a los teóricos del Partido Socialista, en los cuales el análisis de la “evolución capitalista” del país fundamentó una política reformista y una visión “etapista” de la revolución.

Este último elemento implica un salto cualitativo en cuanto a las debilidades contenidas en las concepciones previas. Si uno de los mayores aportes de la lucha política entablada con el Partido Comunista consistía en la refutación de la “revolución por etapas”, ahora la refutación de la necesidad de la lucha por la liberación nacional se hace recurriendo a los teóricos del socialismo argentino cuyas elaboraciones sostenían una visión etapista, que aunque de distinto tipo, estaba igualmente distante del marxismo.

No se trataba sólo de un recurso polémico, considerando que apelaban a los referentes de los militantes con los cuales estaban discutiendo en el marco de su política “entrista”, ya que este recurso se acompaña con la clausura de toda tarea democrática pendiente, explícita, por ejemplo, en su caracterización de la revolución de mayo.

Aún sin realizar un análisis del conjunto de la política durante el entrismo, podemos hacer un comentario general acerca de la experiencia. Con un análisis aún menos riguroso de la estructura económica y social del país, con las debilidades de las elaboraciones previas y con la presión de la militancia dentro de un partido reformista, la experiencia del entrismo en el PSO, no se asentó en los aspectos más fuertes de las anteriores elaboraciones sino que profundizó los más débiles; y, desde el punto de vista del eje de este trabajo, agudizó la confusión en torno a la utilización de la consigna de liberación nacional.

Pedro Milesi y Liborio Justo: cómo luchar contra el imperialismo

Aunque venía desarrollándose previamente, particularmente desde la entrada de Liborio Justo al trotskismo, entre 1938 y 1939 el debate comienza a plantearse en forma abierta al interior de la corriente.

Tomaremos aquí para expresar este debate las posiciones de Pedro Milesi y Liborio Justo. El primero, secretario general del sindicato de empleados municipales, y el segundo, hijo del presidente de la nación, proveniente de las filas del PC.

En un trabajo publicado en Inicial, Milesi realiza un análisis de la penetración del imperialismo inglés y norteamericano en Argentina, afirmando el carácter semicolonial del país. La referencia a la Conferencia de Lima y la ubicación de Estados Unidos en América Latina fundamenta apreciaciones en torno a la ofensiva de este país sobre el continente.

Sobre esta base afirma: “Esta situación de dependencia económica financiera de nuestro país ha quedado evidenciada, con dramática elocuencia, en la pasada conferencia realizada en la ciudad de Lima. Como es casi del dominio público, la citada conferencia no ha sido, al final de cuentas, otra cosa que una tentativa del imperialismo yanky enderezada a los fines de uncir a los países de latino-américa al carro imperialista de los EE.UU… Y a todo esto, cabe preguntar ¿qué actitud han asumido los partidos socialista y stalinista con motivo de la susodicha conferencia? Ambos se han esforzado por presentarla como una de las más felices y eficaces de las tentativas del presidente Roosevelt, enderezada a formar un frente democrático opuesto al avance de los países ‘totalitarios’. Vale decir entonces que, objetivamente, han asumido el rol de defensores del imperialismo yanky al ocultar a las masas trabajadoras de latino-américa, el verdadero móvil y finalidad de la comedia representada en al ciudad de Lima.

Y es el caso que en la situación de crisis imperante, y que tiende a agravarse en lo venidero –durante el año de 1938 nuestra balanza de pagos arrojó un saldo desfavorable aproximado a los 800.000 millones de pesos- la lucha contra los monopolios imperialistas ‘totalitarios’ o ‘democráticos’, no puede, ni podrá llevarse a cabo si no es desarrollada de consuno esta lucha en contra de la misma burguesía nacional, ligada por centenares de vínculos a esos monopolios imperialistas lo que supone admitir que la decantada ‘liberación nacional’ y la defensa de ‘nuestra integridad nacional’ de cuya defensa esos partidos alardean, no puede ni podrá, llevarse exitosamente a cabo, sino es ahondando en el cauce de la revolución socialista, cosa ésta que no están dispuestos a realizar los nombrados partidos, (como lo prueban internacionalmente centenares de hechos y más recientemente la experiencia de España).”[31]

Se plantea aquí la lucha contra el imperialismo y contra la burguesía nacional y la liberación nacional como parte de la revolución socialista.

Milesi admite que no puede afirmarse que “ciertos sectores de la llamada burguesía liberal, a pesar de su indiscutible dependencia de los monopolios imperialistas, no luche, a pesar de ello, por evitar el ser absorbida completamente dentro de la órbita de esos intereses, y de que, en cierta medida, y, hasta cierto punto, su lucha no coincida con la de la clase trabajadora. En países de características coloniales o semicoloniales, se ha dado ya, y puede darse el caso.”[32] Alertando que estos sectores burgueses abandonarán la lucha cuando “ los obreros y campesinos pugnen por imponer sus soluciones como clase … De ahí es que parte la necesidad históricamente ineludible de mantener dogmáticamente, la hegemonía del proletariado en estas luchas contra el imperialismo mediante su completa independencia de organización de programa y de bandera que por invalidar esa hegemonía, sometiéndola incondicionalmente a la burguesía, emana la esencia traidora y contrarrevolucionaria de los stalinistas frentes populares.”[33]

En este trabajo es posible advertir que un análisis más actualizado de la realidad argentina, y el peso del capital imperialista en la economía nacional le permite a Milesi abrir la posibilidad de que aparezcan contradicciones en la burguesía nacional e incluso diferencias entre los imperialismos que influencian al país. Aunque estas caracterizaciones no se traducen en un programa político, se contempla la perspectiva del inicio de acciones de la burguesía nacional contra el imperialismo para no ser completamente absorbido por él. Por otro lado, no se niega la tarea de liberación nacional, ligándola con la revolución socialista.

Estas posiciones procuran incorporar aunque en forma fragmentaria, los planteos de Trotsky alrededor de esta perspectiva. Aún así, se trata de una débil elaboración, sobre todo teniendo en cuenta que, -además de que el marxismo ha analizado la relación entre países opresores y oprimidos-, sólo un par de años antes, Trotsky había analizado específicamente en profundidad un fenómeno de estas características en México al abordar el estudio del cardenismo.

Liborio Justo en 1940 discute contra quienes niegan las tareas de liberación nacional y afirma también su resolución a través de la revolución proletaria. No hay en Justo un análisis profundo de la realidad nacional y sus vínculos con el imperialismo, sino más bien una interpretación más fiel de los planteos del marxismo sobre la relación entre naciones opresoras y oprimidas. Resalta el papel del imperialismo en las países semicoloniales: “Algunos compañeros que aún tienen que estudiar mucho, sostienen entre nosotros que el imperialismo no ejerce ninguna influencia deformadora en la economía de los países coloniales y semi-coloniales, llegando a afirmar que quien sostenga lo contrario cae en ‘una teoría stalinista análoga al socialismo en un solo país’… La necesidad de la liberación nacional surge del mismo carácter de la influencia del imperialismo en los países coloniales y semi-coloniales. Sólo liberándose de la acción imperialista opresora, deformadora y paralizante, esos países serán capaces de lograr su plenitud económica, es decir, la completa expansión de sus fuerzas productivas.”[34] Fundamenta sus planteos en citas de Lenin y Trotsky y de Lenin acerca de estos temas.

Justo acentúa un rasgo que lo caracterizará en sus elaboraciones, el hincapié puesto, no sólo en las acciones de enfrentamiento de las burguesías con el imperialismo, sino en el surgimiento y desarrollo de movimientos de liberación impulsados por ellas.

“Esa opresión extranjera que entraba al desarrollo económico de las colonias y semi-colonias, impulsa en ellas movimientos de liberación de parte de algunos sectores de la burguesía y pequeña-burguesía indígena, al mismo tiempo que el movimiento emancipador del proletariado. La burguesía de los países coloniales y semi-coloniales es capaz, pues, de tratar de liberarse de la opresión del imperialismo e iniciar escaramuzas contra él. ¿Quiere decir esto que la burguesía de esos países es capaz de luchar verdaderamente y hasta el fin contra el imperialismo y lograr la liberación nacional, como predican entre nosotros los lacayos stalinistas y los tilingos pequeño-burgueses tipo Benito Marianetti para justificar su apoyo a los partidos burgueses en la Argentina? De ninguna manera... Los lazos que unen a esa burguesía al imperialismo son más fuertes que su propio deseo de emanciparse y teme más al movimiento del proletariado, que la acompañará en esa lucha, que al imperialismo. De ahí surge la imposibilidad absoluta de que en nuestra época la burguesía de los países oprimidos alcance en ninguna forma la liberación nacional de los mismos.”[35]

Desarrollaremos algunos de estos puntos en torno a la polémica entre los dos grupos que predominaron a comienzos de la década del 40 y que culminan el debate, dando paso con posterioridad a un intento de unificación.

El debate dentro de la corriente trotskista

Hacia fines de la década del 30, la polémica central se establece entre dos grupos, el GOR, después LOR, cuyo dirigente más destacado fue Liborio Justo, y la LOS, cuyas elaboraciones más acabadas estuvieron a cargo de Antonio Gallo, y se expresaron en su publicación Inicial.

El desarrollo del debate al interior de la corriente, implicó la profundización de concepciones previas. Los ejes sobre los que basamos este trabajo pueden recorrerse ahora en el marco de la polémica entre los propios trotskistas: la naturaleza de la estructura socio-económica argentina, la relación del país con el imperialismo, el carácter de las tareas de la revolución, el peso de las tareas democráticas.

La LOS mantiene la caracterización del país que planteó Antonio Gallo en sus primeros escritos, como de tipo ‘intermedio’ y ‘transitorio’ entre los avanzados de gran industria e independencia económica y política y los países coloniales sin industria ni independencia de ninguna clase. Lo define como un “país semicolonial avanzado”. Se caracterizaba por su alto porcentaje de obreros y las tradiciones teóricas, organizativas y políticas del proletariado y “sobre todo las condiciones de la actual época imperialista, de madurez para una economía socialista mundial”, así como por la ausencia de “supervivencias feudales en el campo argentino”. En respuesta a Justo, plantea que el imperialismo no “deformó” la economía argentina ni frenó el desarrollo industrial, “Las características económicas actuales de nuestros países no denuncian deformación alguna de la economía capitalista; por el contrario, la suya es la forma natural de existencia del capitalismo en las semicolonias en ‘la época del capitalismo moribundo’.”[36] 

Por su parte, la LOR pone el eje en el rol del imperialismo que “deformó por completo el desarrollo armónico de las fuerzas productivas del país, paralizando su evolución industrial y la consiguiente creación de un mercado interno, al mismo tiempo que permitiendo a la oligarquía ganadera argentina -con intereses paralelos al imperialismo inglés- eternizarse en el poder (...) De esa comunidad de intereses entre la oligarquía ganadera y el imperialismo, que la sostenía, se deriva, en buena parte, nuestra actual situación de país semicolonial.”[37] 

En este momento del debate, las diferencias en estas definiciones muestran abiertamente sus implicancias a la hora de plantear las tareas de la revolución. Este tema hace a la discusión acerca de la relación entre la resolución de las tareas democráticas y la revolución socialista, por un lado, y por otro, acerca de la posibilidad de que sectores de la burguesía nacional emprendiera acciones contra la influencia imperialista, y en este caso, la política de los revolucionarios.

Para Liborio Justo “el proletariado se ve obligado a terminar, en primer término, las tareas democrático burguesas para las que se muestra incapaz la propia burguesía lo que le impide plantearse directamente, como en los países imperialistas, la revolución socialista.(...) el proletariado en el poder, realizando la revolución agraria antiimperialista, no podrá detenerse en ella y de acuerdo con las condiciones económicas del país y siempre que cuente con suficiente fuerza o con la ayuda adecuada del proletariado mundial, pasará de inmediato a las tareas socialistas.”[38]

La LOS sintetiza las tareas del momento así: “La lucha por un programa transicional [se refiere a la escala móvil de salarios y control obrero de la producción]. Esta es la táctica positiva y no negativa de la IV Internacional en todos los países, tanto en los semicoloniales como la Argentina y los capitalistas avanzados como los Estados Unidos.”[39]

La oposición de la LOS a la política de liberación nacional se liga a su posición frente a las clases dominantes nacionales. “El principal agente del imperialismo es la clase dominante nacional... Dentro del régimen capitalista no puede ser de otra manera. Por eso es una mentira reaccionaria la llamada ‘liberación nacional’. Sirviendo por igual a los terratenientes, ganaderos e industriales como clase, los radicales se apoyan preferentemente en la incipiente burguesía industrial, la clase media y las masas populares. Y los conservadores, en los núcleos agropecuarios.”[40]

Así, las posiciones de la LOS, aun manteniendo su caracterización de país “semicolonial”, con el contenido que da a esta definición, y en el marco de la polémica, avanza en el camino de asimilar el carácter del país a uno de tipo capitalista avanzado y asemejar, por lo tanto, las tareas a realizar por la revolución en ambos tipos de países. Negará además la posibilidad del surgimiento de sectores burgueses que inicien acciones de enfrentamiento con el imperialismo, afirmando: “Está claro que si en la Argentina hubiera un grupo burgués capaz de expropiar a las empresas imperialistas, nosotros apoyaríamos críticamente cada movimiento progresivo que dicho grupo realizara, pero nosotros constatamos que dicho grupo no existe.”[41]

Alrededor de este tema Liborio Justo plantea “...en los países coloniales y semicoloniales, ciertos sectores de la burguesía pueden iniciar una acción contra el imperialismo la que, desde luego, nunca llevarán hasta el fin, pero que, mientras ella se desarrolle, es deber del proletariado apoyarla, manteniendo su independencia de clase, haciendo ver claramente a la clase obrera el carácter de esa lucha de parte de la burguesía y tratando de ganar la dirección de la misma a fin de proseguirla hasta el fin.”[42]

Estas posiciones se expresarán, por ejemplo, frente a la necesidad de sentar una posición ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la perspectiva de la intervención del país en ella. Hemos desarrollado este tema en otro trabajo[43], pero retomarlo brevemente aquí, en el marco de la evolución de los planteos teórico-político de los trotskistas, nos permite evaluar las consecuencias políticas más concretas de estas posiciones.

Tanto la LOS como la LOR parten de analizar el carácter interimperialista de la guerra y denunciar la relación de la Argentina con el imperialismo, vinculando la intervención del país en la guerra con el sometimiento a aquél. En función de esto, se llama al proletariado a luchar contra la participación argentina en la guerra.

Por su parte. Liborio Justo impulsa una política de neutralidad, que significa la movilización de las masas contra todo tipo de intervención del país en la guerra, y vinculará su política hacia la guerra con una política más general, la lucha por la liberación nacional: “La clase obrera no debe permitir que se la llegue a utilizar como carne de cañón para defender los intereses de sus opresores y, en caso de ser llevada bajo las armas, debe usarlas, no para asesinar a sus hermanos de clase de otros países, sino para liberarse de sus cadenas y romper su esclavitud”[44]. “El pueblo tiene ante sí, un solo camino en que abre esta doble perspectiva: luchar por la liberación nacional o someterse e ir a morir al servicio del imperialismo que lo oprime y explota.”[45]

Oponiéndose a la consigna de liberación nacional y ligándola a la política de neutralidad planteada por la LOR, la LOS se opone a ambas, vinculando la lucha contra la guerra al enfrentamiento contra la propia burguesía. “La LOS sostiene la lucha contra los explotadores de adentro y de afuera, contra la burguesía nacional en primer término y contra el capital financiero internacional. (...) La guerra no podrá impedirse con el sabotaje pacifista de la ‘neutralidad’, ni de los movimientos para favorecer o perjudicar a uno u otro de los bandos imperialistas”.[46]

¿Qué política concreta plantea la LOS? Frente a la perspectiva de la guerra llama a la “Formación de comités en todo el país para transformar la lucha de los bandos imperialistas que quieren arrastrar al país a la guerra en lucha contra los explotadores internos y externos. Por la transformación de la guerra imperialista en guerra civil”. [47]

Así, la política de la LOS traduce mecánicamente a una semicolonia la planteada por Lenin para los países imperialistas, el derrotismo revolucionario. La caracterización de las particularidades del desarrollo capitalista argentino que planteamos en este trabajo, se encuentra en la base de estas definiciones. Las debilidades en sus análisis abonaron una devaluación del carácter semicolonial del país y de las tareas democráticas en estos países y, al calor del debate, la polarización de sus posiciones derivó en una posición política errónea frente a un hecho concreto de la lucha de clases.

Liborio Justo, por su parte, advierte la ligazón existente entre la resolución de las tareas democráticas, en particular la liberación nacional, y la revolución socialista en los países semicoloniales. Así, para Justo, la guerra ofrecía un terreno para el surgimiento de movimientos antiimperialistas de masas. Sin embargo, al plantearse durante la guerra la consigna de neutralidad, ligada, si bien tangencialmente, a un sector de la burguesía nacional (por ejemplo, el sector del radicalismo que sostiene la neutralidad contra la política oficial del partido), deja abierto el terreno para sostener una política de concesión a las burguesías nacionales que resistieran parcialmente a algún imperialismo[48].

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Durante los años de su exilio en México, desde 1937, Trotsky dedica parte de sus trabajos al estudio de Latinoamérica. Estos resultan fundamentales para comprender la relación particular entre el imperialismo, la burguesía nacional y las masas en los países semicoloniales. En ellos Trotsky analiza particularmente el surgimiento de movimientos nacionalistas burgueses y pequeño burgueses (como el cardenismo en México o el APRA peruano). El concepto de “bonapartismo sui generis” por ejemplo, ofrece una herramienta para comprender estos fenómenos, que establece la relación dialéctica entre clases y estado en los países semicoloniales y entre éstos y el imperialismo.[49] Trotsky afina la teoría de la revolución permanente en los países semicoloniales, la lucha de liberación nacional como uno de sus motores fundamentales y la estrategia de la conquista del poder por la clase obrera acaudillando a las masas campesinas. Así también, establece la posibilidad de que la burguesía de los países semicoloniales pueda tomar medidas de enfrentamiento con el imperialismo (como lo fue la nacionalización del petróleo en México), diferenciando la actitud a tomar frente a esas medidas concretas, de la política general frente a los gobiernos que las aplican.

Como dijimos, los análisis de los grupos trotskistas se oponen a las concepciones del Partido Comunista que planteaban que la existencia de una economía semifeudal en la Argentina hacía necesaria una revolución de carácter democrático-burgués, como etapa previa a la revolución socialista, y en función de esto, se planteaba la alianza con un sector de la burguesía nacional “industrialista” y “democrático”. La LOS resalta correctamente el carácter capitalista de la economía argentina y la estrecha interrelación entre las clases dominantes nacionales y el imperialismo y el carácter socialista de la revolución en la Argentina. Sin embargo, su caracterización no considera el carácter de país oprimido por el imperialismo, y en consecuencia, no incorpora los análisis de Trotsky acerca de la particular relación que se establece entre los países latinoamericanos y el imperialismo y sus consecuencias sobre la relación entre las clases al interior de estos países. De esta manera, ignora también el peso de las tareas democráticas no resueltas, comenzando por la liberación de la dominación imperialista.

Los análisis de Liborio Justo plantean más adecuadamente el carácter semicolonial del país y la relación con el imperialismo, y en consecuencia, la importancia de la resolución de las tareas democráticas. Sin embargo, es notable, por un lado, que sus planteos no incorporan las herramientas teórico-políticas que ofrecían los análisis a los que hacíamos referencia; por otro lado, destaca la ausencia de un estudio a fondo de la estructura económico-social del país, que lo lleva a devaluar, por ejemplo, el peso de la industria en el país, clave sobre todo transcurrida la década del 30, y su desarrollo en estrecha relación con la oligarquía agropecuaria, ligada a su vez con el imperialismo. En este sentido, mientras la LOS plantea abiertamente la inexistencia de sectores burgueses que enfrenten al imperialismo, en Justo, la perspectiva del surgimiento de sectores de este tipo se torna difusa sin un análisis de las vías o los sectores en los cuales este movimiento pudiera surgir. Por otro lado, su planteo de la dinámica de la revolución con la resolución de las tareas democráticas en “primer término” realizando la “revolución agraria antiimperialista”, aunque se mantiene en el terreno de la perspectiva de la revolución socialista y sostiene al proletariado como sujeto revolucionario, se desliza hacia una visión “etapista” de la revolución, desdibujando la imbricación de la resolución de las tareas democráticas y socialistas en su transcurso.

Algunas consideraciones finales

Hemos planteado conclusiones parciales a lo largo del trabajo, a través del recorrido de las posiciones y su evolución al calor de los debates teórico-políticos. Digamos unas últimas palabras a modo de balance provisorio.

Retomando algunos aspectos planteados por los investigadores del tema, es posible hacer un primer balance en torno a la importancia de las discusiones teórico-políticas para el desarrollo de pequeños grupos iniciales. Así, el esfuerzo de delimitación con las posiciones del resto de los partidos de izquierda ofrece una primera justificación a las energías empleadas por los trotskistas en estas discusiones. Por otro lado, la problemática debatida implicaba profundizar en un aspecto clave de la estrategia política de grupos que se consideraban revolucionarios: los sujetos y las tareas de la revolución en la Argentina. La consideración de la importancia de estos debates se fortalece al ponerlos en relación con la lucha política que la Oposición de Izquierda Internacional entablaba en la Internacional Comunista; los trotskistas argentinos procuraban construirse como alternativa revolucionaria frente al proceso de stalinización. La delimitación y el debate con las posiciones del PC se tornaban clave en la consolidación de estos pequeños grupos. El debate alrededor del carácter de la revolución buscaba asentar una posición que, sacando las conclusiones del combate de Trotsky en ocasión de la revolución china, por ejemplo, permitiera afirmar una concepción de independencia de clase del proletariado. Las discusiones alrededor de las líneas políticas de la IC tanto el “tercer período” como el “frente popular” (que han sido tomadas aquí en forma secundaria) se proponían enfrentar las consecuencias políticas locales de estas líneas adoptadas por el PC argentino; el acento puesto en la necesidad del frente único y la crítica de la política de alianza con sectores de la burguesía, apuntaba a cuestiones claves para el proletariado argentino. El carácter de pequeños grupos iniciales de los trotskistas argentinos no desmerece la importancia de este debate.

Al mismo tiempo, este punto evidenciaba que, contrariamente a lo que plantean algunos autores, no se trataba de grupos ajenos a la vida nacional; los primeros trotskistas se esforzaron por comprender procesos centrales como la naturaleza del desarrollo económico del país y su relación con el imperialismo, pero lo hicieron con importantes debilidades en el estudio de la realidad argentina y la aplicación de las herramientas teórico-políticas de que disponían. Los primeros trabajos (particularmente los de Antonio Gallo, que no podemos abstraer de las influencias de Héctor Raurich) ofrecen el sustento al debate con las posiciones sobre el carácter de la revolución que, como dijimos, se opone a las concepciones, tanto del Partido Comunista como del Socialista; se trata además de un esfuerzo notable por aplicar las herramientas teórico-políticas provistas por la corriente trotskista a nivel internacional, particularmente la teoría de la revolución permanente.

Desarrollados a comienzos de la década del 30, cuando transcurrían importantes cambios en la estructura económica y social del país, una primera revisión de los análisis de los trotskistas evidencia la falta de una adecuada actualización de la caracterización, particularmente, de la relación del país con el imperialismo y el reforzamiento de los lazos de dependencia, así como el impacto de estas transformaciones en las relaciones entre las clases.

Esta debilidad irá demostrando su importancia a lo largo de la década. Mientras se sostienen los principios básicos en torno a la necesidad de mantener la independencia del proletariado de los distintos sectores de la burguesía y el carácter socialista de la revolución bajo dirección de la clase obrera, se agudiza la confusión en torno al papel de las tareas democráticas y particularmente la necesidad de impulsar la lucha por la liberación nacional.

La negación de esta tarea constituye un eje de las polémicas que recorren la década, expresando por un lado, las debilidades de los análisis a los que hacíamos referencia más arriba, y por otro lado, el relativo mecanicismo con el que se aplicaron a la realidad nacional los aportes teóricos de la corriente internacional y de Trotsky. Esta última debilidad se vuelve mucho más evidente a fines de la década, cuando el surgimiento de movimientos nacionalistas en América Latina, planteaba la necesidad de un adecuado análisis de su carácter y de la política que los revolucionarios levantarían frente a ellos. Como planteamos más arriba, es precisamente en estos años, que Trotsky realiza sus elaboraciones acerca de estos fenómenos, aportes que son tomados en forma fragmentada por Liborio Justo y su grupo, pero ignorados por el grupo liderado por Antonio Gallo.

Por último, al rastrear la evolución de los análisis y posiciones a lo largo de la década debe destacarse la dificultad para establecer síntesis de las posiciones de las personalidades y grupos, que permitiera construir una interpretación más adecuada de la realidad nacional, por el contrario, los errores y debilidades iniciales se van profundizando al calor del debate. Las discusiones planteadas al interior del PSO son un ejemplo claro de esto. En los debates entre los mismos trotskistas puede advertirse una dinámica similar: la polémica introduce un elemento de polarización de las posiciones que refuerza las debilidades iniciales.

En este marco, también se refuerzan los aspectos más subjetivos en estos grupos, poniendo en primer plano las características individuales de las personalidades que los dirigen, polarizando aún más las posiciones.

Apuntando a profundizar estos aspectos en futuros trabajos, digamos aquí que una serie de condiciones objetivas y subjetivas acercan una explicación de este proceso. Debe considerarse una combinación de problemas políticos comparables, en muchos casos, a los que sufrían otras secciones de la Oposición de Izquierda y la IV Internacional, los cuales estaban también en estrecha relación con las condiciones nacionales e internacionales en que éstas se desarrollaban. Las condiciones objetivas instalaron a los primeros trotskistas en una época de abierto enfrentamiento entre procesos revolucionarios agudos y fenómenos de reacción y contrarrevolución, éstos tuvieron su expresión en la Argentina, en el transcurso de la “década infame”, y favorecieron la situación de aislamiento en el grupo argentino, sometido, como la mayor parte de la izquierda, al control estatal de sus actividades. A esto debe agregarse, la persecución que sufrían los trotskistas por parte del stalinismo; la dirección del Partido Comunista, no sólo ejercía un método de control burocrático al interior del partido que dio lugar a las frecuentes rupturas en la década del 20, sino que, particularmente con la consolidación de la dirección stalinista a nivel internacional, ejerció una persecución en todos los ámbitos de discusión política o de actuación sindical en que los militantes trotskistas pudieran coincidir con los comunistas. Y era en este contexto en que los trotskistas debían delimitarse teórica y políticamente del stalinismo. En este marco, las características que tendían al sectarismo, al mecanicismo de las posiciones o a la prevalencia de los personalismos, se vieron reforzadas.

Sin embargo, estos elementos no deben oscurecer el hecho de que los debates que se dieron en estos años, ejercieron influencia en las elaboraciones y posiciones que se desarrollarían posteriormente.

Esta es una última consideración que podemos plantear. Las elaboraciones que aquí reseñamos constituyeron un sustento para la definición de posiciones posteriores, cuyos desarrollos se dieron en forma de reacción o ruptura, o bien conservando elementos de continuidad. Si consideramos que pocos años después surgiría un proceso de tipo nacionalista en nuestro país, el peronismo, frente al cual los grupos trotskistas no pudieron definir posiciones unificadas y dieron lugar a un nuevo e intenso debate[50], la importancia de profundizar en las elaboraciones teóricas y políticas previas, se demuestra con claridad.

 

 



[1] Osvaldo Coggiola, El trotskismo en la Argentina, tomo 1, Bs. As. CEAL, 1985, p. 12.
[2] Idem, p. 7.
[3] Idem. p. 8.
[4] Idem. p. 10.
[5] Idem. p. 11.
[6] Ernesto González, El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, tomo 1, Ed. Antídoto, 1994, p. 18
[7] Idem. p. 13.
[8] Horacio Tarcus, El marxismo olvidad en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, Ediciones El cielo por asalto, Bs. As. 1996, p. 89
[9] Norberto Galasso, Socialismo, liberación nacional y clase obrera, Bs. As., Ed. Ayacucho, 1991, p. 45.
[10] Antonio Gallo, Sobre el movimiento de septiembre. Ensayo de interpretación marxista, Editorial Claridad, Bs. As. 1933.
[11] Antonio Gallo, ¿A dónde va la Argentina? Frente Popular o lucha por el socialismo, Ediciones J. C. Mariátegui, Rosario, 1935, p. 51-52.
[12] Ver por ejemplo, Oscar Arévalo, El Partido Comunista, CEAL, Bs. As. 1983. Hernán Camarero, A la conquista de a clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935, Siglo Veintiuno, Bs. As. 2007.
[13] Gallo, Sobre el movimiento… op. cit.
[14] Idem.
[15] La política del Tercer Período partía de la consideración de la etapa (desde 1928) como de “crisis final y definitiva” del capitalismo, y en el cual la revolución social “estaba a la orden del día” en todas partes. Hacia mediados de la década, la IC gira hacia una política de alianzas con partidos burgueses y pequeño burgueses, los frentes populares.
[16] Antonio Gallo, Sobre el movimiento… op. cit.
[17] Idem.
[18] A. Gallo, A dónde va la Argentina… op. cit. Pág. 37
[19] Idem. Pág 43-44
[20] Idem. Pág 45
[21] Benito Marianetti, Contrarréplica al Sr. Manuel Seoane, Buenos aires, 1936, pág 31.
[22] Gallo, ¿A dónde va… op. cit. p. 50
[23] Marianetti, op. cit. Pág 32-33.
[24] Gallo, A dónde va la Argentina, op.cit. pág 51.
[25] Coggiola, op. cit. pág 24-5.
[26] Frente Proletario, noviembre de 1937.
[27] Izquierda, febrero de 1938.
[28] Izquierda, abril de 1938
[29] Izquierda, abril de 1938.
[30] Izquierda, Agosto de 1938.
[31] Inicial N° 5, septiembre de 1939.
[32] Idem.
[33] Idem.
[34] Liborio Justo, Frente al momento del mundo, ¿Qué quiere la IV Internacional?, Ediciones Acción Obrera, 1939, p. 32-34.
[35] Idem.
[36] Jorge Lagos, La IV Internacional y la lucha contra el imperialismo, 1940.
[37] Idem, p. 7.
[38] Justo, Las posiciones de la LOR y el centrismo, febrero de 1942.
[39] Inicial N° 19, junio de 1941.
[40] Inicial N° 16, marzo-abril de 1941.
[41] Inicial N° 18, junio de 1941.
[42] Justo, Frente al momento del mundo…op. cit.
[43] Alicia Rojo, El trotskismo argentino frente a la Segunda Guerra Mundial, Cuadernos del Ceip N° 2, Bs.As. 2001.
[44]La nueva Internacional, junio de 1940.
[45] Liborio Justo, La Argentina frente a la guerra mundial, Ediciones Acción Obrera, Bs. As., 1940.
[46] Inicial N° 19.
[47] Idem.
[48] Para profundizar este aspecto ver A. Rojo, Cuadernos N° 2, op.cit.

[49] Ver, por ejemplo, León Trotsky, Escritos Latinoamericanos, Ediciones CEIP, Bs. As. pág. 151

[50] Ver A. Rojo, El trotskismo argentino y los orígenes del peronismo, Cuadernos del CEIP N° 3.

 



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