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Presentación de 1917: Escritos en la revolución

1917. Escritos en la revolución, es una compilación de artículos y discursos de la autoría de León Trotsky elaborados en el transcurso del convulsivo año 1917. Este material fue numerosas veces publicado en ruso a través de distintos periódicos y folletos entre los años
1917 y 1924. El Estado soviético durante sus primeros años se propuso dar difusión a los escritos de los revolucionarios, de allí que se programó la publicación de las Obras Completas de León Trotsky.
Según la información brindada por Isaac Deutscher se organizó la publicación de XXI tomos1. De estas obras completas nosotros hemos tomado parte de los artículos recopilados en el tomo titulado Guerra y revolución. El naufragio de la II Internacional, los inicios de la III Internacional (volumen 1 y 2), según la versión francesa2.
También hemos traducido escritos y discursos que debieron formar parte del tomo III, integrado por dos volúmenes, De Febrero a Octubre y De Octubre a Brest Litovsk. Parte de estos escritos fueron utilizados a posteriori como fuente de uno de los análisis marxistas más profundos sobre una revolución contemporánea, su Historia de la Revolución Rusa, escrita en el exilio de 1930 en la isla de Prinkipo.
Sin embargo, sólo una pequeña parte de la voluminosa obra del autor durante el año 1917 ha sido traducida los idiomas inglés y francés y, hasta el momento, ni siquiera estos textos habían sido traducidos y publicados en español. Este libro constituye, entonces, un valioso aporte en el noventa aniversario de la Revolución.
Los textos que aquí presentamos tienen un valor documental e histórico imprescindible a la hora de abordar la revolución socialista. El sepulcro silencioso en el que se halla la Revolución Rusa fue construido por el bárbaro ocultamiento y la manipulación ideológica del stalinismo y la burguesía. Esta deformación aún mantiene su impronta en la esfera de las ideas a pesar del derrumbe del stalinismo. Los escritos de este volumen pretenden, por el contrario, ser un arma de esclarecimiento de las ideas, los objetivos y los procesos mediante los cuales una generación de marxistas, en alianza con las masas de obreros y campesinos, conquistó el poder político desterrando la dominación capitalista en una nación como parte de la lucha por derribarla a escala mundial. Así, los escritos que presentamos son una lucha contra el escepticismo y el fatalismo, dando sentido y valor a la experiencia histórica y a la lucha de ideas, necesaria a la hora de plantearse la derrota de la dominación capitalista en nuestra época.

LA REVOLUCIÓN DE FEBRERO VISTA DESDE EEUU

La primera selección de artículos fue redactada por Trotsky en Estados Unidos, país en el que se encontraba exiliado en el momento en que estalla la insurrección de los obreros y soldados del 7 de marzo de 1917 (25 de febrero según el viejo calendario ruso). Accediendo a información fragmentada y periodística, Trotsky, al igual que Lenin en sus Cartas desde lejos, extrae las primeras y valiosas conclusiones del acontecimiento revolucionario. En estos escritos, el revolucionario ruso refuta la presentación que realiza la prensa norteamericana sobre lo que sucedía en Rusia. No era azarosa la visión de los medios de comunicación, ya que Estados Unidos, cuyo gobierno se mantuvo “neutral” en los primeros años de la guerra mundial, se incorporará en el mes de abril de 1917 al combate del lado del campo “aliado” con el lema de garantizar las “condiciones de la paz” entre las naciones. Iniciaba así, bajo la presidencia de Wilson, la larga tradición norteamericana de presentar la guerra de rapiña como medio de apoyar la “paz” y la “democracia”.
La prensa, indica Trotsky, presenta los acontecimientos rusos como si se tratara de una “revuelta del hambre”. Lo que sucedía en Petrogrado no era una revuelta por la carestía o por el abastecimiento, padecimientos ambos producidos por la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial. Trotsky señala que el hambre no es causa suficiente de una revolución. Si lo fuera, ésta estallaría con mayor frecuencia y de manera generalizada, ya que las dolencias que pasan las masas bajo el capitalismo son permanentes, particularmente si sus naciones se encuentran en guerra y amenazadas de ser ocupadas.
Por el contrario, la Revolución Rusa era la continuidad de un profundo proceso por el cual la clase obrera y las masas campesinas rusas ya habían atravesado, dado que contaban en su haber con el adiestramiento de la revolución de 1905. En particular, la clase obrera de las ciudades había dado origen durante aquella revolución a instituciones de nuevo tipo, los soviets (consejos) y protagonizado un ascenso huelguístico en los años 1912-1914. El combate callejero de la clase obrera contra la autocracia no era una novedad de 1917: lo nuevo era la solidaridad en las barricadas con los soldados, y el derribamiento de la autocracia zarista.
La guerra era la causa común que embanderaba la unidad de las masas de la ciudad y el campo. De esta manera se presentaba al mundo otra forma de terminar con los padecimientos de la guerra: la revolución. Se trataba de una revolución, y en ella la burguesía liberal rusa junto a la nobleza modernizante, sin haber participado de la lucha callejera, se habían hecho del poder. Sin embargo, indica Trotsky, la burguesía liberal no acogerá una posición “independiente” y “autónoma” de las clases del “antiguo régimen”, dado que estaba unida a ellas por los intereses comunes en la participación en la guerra imperialista, enlazada al botín de sus tratados anexionistas y a los grandes negocios de la industria militar. Además la unía a las antiguas clases dominantes su intento de preservar el orden, por el temor mutuo a la revolución. Conocía el rostro de la revolución moderna, lo había visto en la insurrección de 1905 y en las huelgas fabriles de 1912-1914. No le quedaba ninguna duda sobre qué actitud debía tomarse al respecto.
En este punto las cartas escritas por Trotsky desde EEUU y aquéllas de Lenin desde Suiza comparten una visión común, ya que señalan que luego de la insurrección de marzo (febrero), el ascenso de la burguesía liberal al poder constituye una expropiación de la revolución y no su resultado necesario. Deducen de allí su política: oposición total al nuevo gobierno burgués, obligado a vestir el ropaje republicano sólo por la amenazante presencia de los protagonistas obreros y soldados. Lenin escribía el 22 (9) de marzo de 1917: “sólo una república proletaria, respaldada por los obreros agrícolas y el sector más pobre de los campesinos y los habitantes de la ciudad, puede asegurar la paz, brindar pan, orden y libertad”3. El dirigente bolchevique veía en los soviets la institución que, como la Comuna de París de 1871, podía ser el órgano del nuevo gobierno proletario. Del mismo modo, Trostky decía el 2 de abril (20 de marzo): “consecuentemente, el proletariado debe, desde ahora, oponer sus organismos de combate a los del gobierno provisional. En esta lucha, el proletariado, agrupando alrededor de sí a las masas laboriosas, debe tener como objetivo fundamental la toma del poder”4.
El optimismo que traslucen los escritos de Trotsky se basa en la dinámica veloz en la cual se desarrollan los acontecimientos, y hunde sus raíces en las lecciones a las que había arribado en su ensayo de 1906, Resultados y Perspectivas. Los socialistas mencheviques, junto a grandes figuras de la izquierda marxista rusa como Plejanov, basaban su actitud ante la revolución y su apoyo al gobierno liberal que surge como su resultado, en fundamentos teóricos mecanicistas y en una lectura escolástica de los escritos de Marx. Según éstos, la Revolución Rusa era una revolución democráticoburguesa que debía desarrollar las relaciones capitalistas en Rusia. Esta postura los llevará a ocupar políticamente el papel que supuestamente, según sus esquemas abstractos, debía cumplir la burguesía en la “revolución democrática”.
Para los mencheviques el marxismo servirá no para derrotar la dominación capitalista sino para sustituir y acompañar a la burguesía en la “etapa” democráticoburguesa de la revolución y para colaborar con la política imperialista de guerra fraticida. La consecuencia política era la imposibilidad para la clase obrera de jugar un rol independiente en la revolución dando lugar a distintas formas de conciliación de clases. Lo que Trotsky denomina en sus escritos como “kerenskismo” es un gobierno de coalición liberal-socialista, de colaboración de clases, que atravesará distintos momentos en su equilibrio entre la contrarrevolución y las masas. Veremos a lo largo del siglo XX muchos ejemplos de utilización del marxismo para fundamentar la colaboración con capitalistas “progresistas” y “democráticos”.
En oposición a estos formalismos, Trotsky encaraba los problemas teórico-prácticos de la revolución anticipando el antagonismo de clase que emergería entre la burguesía, unida a las antiguas clases dominantes, y el proletariado junto a las masas campesinas que buscarían subvertir de manera radical las relaciones sociales, las tradiciones e instituciones en las que estaban apresados. Claramente estas relaciones no se ceñían a la herencia feudal persistente bajo la autocracia sino que se entrelazaban con los intereses de la burguesía nativa y el imperialismo.
El antagonismo de clase entre la burguesía y el proletariado haría saltar por los aires el intento de restringir la revolución a la transformación capitalista de las relaciones sociales heredadas. La lucha contra la herencia feudal estaba unida a la transformación socialista de las relaciones capitalistas, así como la gran propiedad terrateniente estaba unida al capital financiero y a la propiedad industrial, ya desarrollados en la formación económica social rusa, base material del joven y combativo proletariado ruso.
Entraba Trotsky así a la revolución con el arma filosa de su primera formulación de la teoría de la revolución permanente. Su posterior incorporación al partido bolchevique en el mes de agosto de 1917 se comprende como continuación y profundización de esta concepción original de la dinámica de la Revolución Rusa confluyendo con el giro propuesto por Lenin en las Tesis de Abril y del rol que al partido revolucionario le cabe en el desenlace de la revolución obrera y socialista.

PREPARANDO LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

Un segundo agrupamiento de escritos está compuesto por sus análisis sobre el terreno revolucionario ruso desde el mes de mayo hasta septiembre de 1917. El 18 (5) de mayo Trotsky llega a Rusia. La burguesía liberal en el poder, con su entramado de apetitos y ocultamientos a las masas en interés de la persistencia de la política guerrerista, desencadenará la primera crisis gubernamental de magnitud. No pudiendo comportarse como en los “tiempos normales”, la clase capitalista enfrenta el reclamo de paz de las barricadas de marzo (febrero). La lucha contra la guerra imperialista como nudo gordiano de la Revolución Rusa y su propagación más allá de las fronteras nacionales atravesará el conjunto de los análisis aquí presentados. La Revolución Rusa pondrá en entredicho los tiempos en los cuales las burguesías metropolitanas intentarán resolver la crisis en la que había entrado la guerra.
La Primera Guerra, indicaba Walter Benjamin, había combinado originalmente el avance tumultuoso de la técnica con el fausto empobrecimiento de la experiencia humana: “La cosa está clara: la cotización de la experiencia ha bajado y precisamente en una generación que de 1914 a
1918 ha tenido una de las experiencias más atroces de la historia universal.
(…) Una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre al tiempo que ese enorme desarrollo de la técnica”5. Enfrascados y enlazados con los intereses de sus propias burguesías nacionales, los partidos de la socialdemocracia europea habían capitulado al imperialismo y, mediante el argumento de “autodefensa” frente al agresor, entregarán al proletariado a la experiencia de la guerra fraticida, llevando a la II Internacional a la bancarrota. Al inicio, sólo un pequeño número de militantes, como Karl Liebknecht y Lenin plantearon transformar los padecimientos de la guerra imperialista en lucha revolucionaria contra la explotación capitalista.
De esta lucha surgirá una nueva internacional obrera, la III Internacional. La postura patriótica y nacionalista de los socialistas mencheviques y de los socialrevolucionarios (SR) será la expresión rusa de la postura adoptada por los partidos más importantes de la II Internacional. Surgido de la expropiación de la insurrección de marzo (febrero), el gobierno burgués continuará la guerra, y para ello solicitará la ayuda de los socialistas moderados, necesarios a la hora de convencer a la masa de soldados de que ahora ya no combatían por el zar sino por la “democracia” y la “paz”.
Trotsky, en sus escritos, analiza el lugar de la Primera Guerra Mundial en la historia de la civilización, y plantea cómo las distintas salidas propuestas por la socialdemocracia, en el momento de mayor desgaste y crisis de la política guerrerista, sólo significan tiempo y beneficios para las burguesías metropolitanas. Por un lado, se alejará de una mirada progresiva del desarrollo histórico, combatiendo las posturas apologéticas del capitalismo a las cuales recurrieron los teóricos más reconocidos de la socialdemocracia. Por otro lado, denuncia el carácter del pacifismo socialdemócrata. Enfrascados en esquemas oportunistas, los mencheviques, junto a un sector de los partidos de la desmembrada II Internacional, plantearán la posibilidad de detener la guerra mediante un acuerdo “razonable” de la “democracia rusa” con el militarismo alemán, el francés, el inglés y el norteamericano.
El pacifismo de los líderes moderados del soviet no es el pacifismo de la masa de soldados en la trinchera y en las barricadas. Contra los primeros, Trotsky denunciará que “con la idea de una paz eterna, fundada en acuerdos ‘razonables’, el capitalismo actuó más cruelmente aún que cuando estaba guiado por las ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Racionalizando la técnica pero sin modificar la organización social de la propiedad, el capitalismo creó armas de destrucción que incluso no hubiera osado soñar la ‘bárbara’ Edad Media”6. Con el velo de la proclama pacifista y de su imposibilidad, los socialistas moderados del soviet optarán por continuar su apoyo a los “esfuerzos de guerra” del valeroso ejército de la democracia rusa.
La dinámica de la relación entre las clases sociales en la revolución y sus representaciones políticas hunde sus raíces en la más pormenorizada observación marxista. Por momentos rememora aquélla de Marx sobre los asuntos franceses de 1848. Trotsky trata de desentrañar las condiciones excepcionales en las cuales las clases sociales subalternas imponen sus aspiraciones al cambio revolucionario. El ejército y la guerra imperialista ofician de organizadores de una clase social, el campesinado, que por sí misma, si bien esboza lazos locales en las aldeas y las comunas, se encuentra carente de organización colectiva a escala nacional. Incorporados impetuosamente a la revolución, millones de campesinos practican la política y la deliberación callejera. De esta combinación entre la más experimentada clase trabajadora de los principales centros urbanos y la incorporación de las masas campesinas con chaqueta militar surgen los soviets de obreros y soldados. Las masas campesinas, embriagadas por los primeros triunfos de la revolución, son la base social sobre la cual se alzan los socialistas moderados, en particular los eseristas, quienes adquieren un lugar preponderante en los soviets y en la situación política general. De este fortalecimiento excepcional surge el “régimen del doble poder, el régimen de la doble impotencia”. Erigida sobre clases sociales antagónicas, la política social-liberal de los sectores reformistas intenta restringir al soviet de obreros y soldados a los marcos de la república parlamentaria. El soviet, sin embargo, no es un parlamento ordinario. Aunque los diputados moderados actuaran como aquéllos de la asamblea de Frankfurt en la revolución alemana de 1848 a quienes Engels criticó por no tomar una sola medida de autodefensa, el soviet hundía su legitimidad en las masas de obreros y soldados armados.
Los consejos, basados en la acción de la clase obrera, sólo podían tener una política de colaboración de clases, de ceñimiento de la democracia proletaria a la democracia capitalista, por un período transitorio. La crisis reinante surgía de este equívoco, ya que las propuestas del soviet eran vetadas y saboteadas por el gobierno de coalición y las propuestas del gobierno de coalición eran resistidas por la acción callejera de los obreros y soldados que veían en el soviet el centro de su organización. La espera ansiosa de los campesinos de la asamblea constituyente y el hambre de tierra harían también su trabajo. Este equívoco, este defasaje entre intereses de clases y representación política de esos intereses, acontece allí donde las masas revolucionarias, poniendo en pie sus propias instituciones, son compelidas a subordinarse a los objetivos de una república capitalista. Las instituciones de doble poder de las clases subalternas tienen dos destinos: a) ser absorbidas en la institucionalidad burguesa una vez derrotada su ala izquierda, como sucedió con los consejos obreros alemanes una vez decapitado el joven Partido Comunista por la socialdemocracia en 1918 o con la COB en la revolución boliviana de 1952 integrada al cogobierno o; b) ser derrotadas directamente por la contrarrevolución, como sucedió con los soviets de Cantón y Shangai en la revolución china de 1927, los consejos de huelga de la revolución húngara de 1956, las juntas de inquilinos en la revolución portuguesa o con los cordones industriales en Chile del año 1973. Las revoluciones del siglo XX nos dan un caudal de experiencias de instituciones de democracia obrera que, expresando estas aspiraciones de emancipación del capitalismo, son saturadas de ánimos conciliadores por las direcciones reformistas, anticipo de su derrota en manos de la reacción burguesa. Por el contrario, Trotsky, que había sido presidente del Soviet de Petrogrado en 1905, conocía las raíces de clase del soviet y depositaba sus esperanzas en el ala izquierda del mismo, la cual planteaba que “la época de la doble impotencia, con un gobierno que no puede y un soviet que no se atreve, debe inevitablemente culminar en una crisis de una gravedad sin precedentes. Es nuestro deber tensar todas nuestras energías previendo esta crisis, de modo que la cuestión del poder pueda ser abordada en todas sus dimensiones”7.

DESPUÉS DE LOS DÍAS DE JULIO

Un folleto especial fue realizado por Trostky en agosto-septiembre y publicado bajo el titulo ¿Qué sigue? Después de los días de julio. La crisis del gobierno de coalición se expresó en una serie de conflictos con las masas. Primero se sucedió la movilización masiva de obreros y soldados en los días de junio, cuando concluía el I Congreso de los Soviets de toda Rusia, exigiendo que el poder pase a manos de éstos. Luego emergió la impaciente irrupción espontánea de obreros y soldados en los días de julio, ya no para exigir pacíficamente sino para empujar a los líderes a dar el paso necesario, es decir, romper el bloque con la burguesía en el gobierno.
Las Jornadas de Julio surgidas de la confusión del “doble poder” serán la excusa utilizada por los partidos mayoritarios del soviet para apoyar y solicitar la represión gubernamental contra la vanguardia de Petrogrado. Por azar el calendario revolucionario unía la manifestación de julio surgida del amotinamiento de la guarnición contra la guerra con el inicio de la ofensiva militar del gobierno en el frente.
El descalabro no podía ser mayor y, luego de un pequeño avance, el ejército ruso no quiso seguir los planes de la ofensiva y se batió en retirada. Mientras tanto, la burguesía liberal abandonaba el gobierno bajo excusas menores para dejar en manos de los socialistas moderados la responsabilidad de la catástrofe de la ofensiva y forzarlos de esta manera a emprender con mayor ahínco la represión contra la manifestación petersburguesa de obreros y soldados y en particular contra su “ala izquierda”, los bolcheviques.
La mayor parte del folleto de Trotsky fue escrito días antes de ingresar a la cárcel, ahora bajo la autoridad de la “república de marzo”. Sus escritos denostan, con genio e ironía, la actitud adoptada por los mencheviques y eseristas. Critica la utilización por parte de éstos de axiomas marxistas, de la apelación al jacobinismo y a la “revolución burguesa”, sin valor teórico intrínseco salvo para acompañar el curso político emprendido por la colaboración con la burguesía. Además, estos textos desnudan la “filosofía histórica de los reformistas”, quienes ven en las masas, en sus aspiraciones y movilizaciones a los responsables de que la “etapa idílica” de la “democracia revolucionaria del doble poder” haya sido “desbaratada”.
Con estas baratijas se componían los análisis políticos de los reformistas. Su interpretación de la dinámica de la revolución depositaba en las demandas “excesivas” e “irracionales” de las masas las causas primeras del flagelo de la paralización política reinante bajo el régimen de colaboración de clases. La “anarquía” producida por el antagonismo de clase entre la burguesía y el proletariado, así como por la mutua paralización entre el gobierno y los soviets, indicaba Trotsky, no viene desde abajo, sino desde arriba. Avanzar en imponer un verdadero orden revolucionario significaba atacar la propiedad privada agraria e industrial, y el régimen de la colaboración entre la burguesía y los soviets se había erigido para proteger la propiedad privada frente e este impulso transformador de las relaciones sociales por parte de las masas.
Los socialistas revolucionarios y mencheviques habían ingresado al gobierno provisional en calidad de representantes de las masas, de los soviets. Luego de los inestimables servicios prestados a la persistencia de la dominación burguesa-imperialista se encontraron representando en los soviets los intereses del gobierno burgués, y así minaban cada día a esas mismas instituciones en las cuales en un inicio se apoyaron. De pronto se sintieron seguros al estar rodeados no por las masas que decían representar, sino por las tropas reaccionarias de la burguesía, y emprendieron así la colaboración con la represión gubernamental. “La traición de la democracia pequeño burguesa, su capitulación vergonzosa a la burguesía contrarrevolucionaria, esto es lo que impidió un cambio de poder, y no fue la primera vez en la historia de la revolución”8.
Las transacciones políticas entre las representaciones de las clases durante una revolución son así, súbitas y fluidas. De estas transacciones entre los reformistas en el poder, en nombre de los soviets, y la burguesía también en el poder, en nombre del orden social “natural”, es que se sucede un primer desplazamiento. Luego de la represión a la manifestación de julio surge el bonapartismo, encarnado en la figura de Kerensky.
El equívoco del doble poder debía dar lugar transitoriamente a la “dictadura de un solo hombre”. La situación se originaba en el hecho de que la burguesía liberal no podía ejercer en soledad el poder debido al ánimo antagonista de las masas, pero tampoco los reformistas a la cabeza de los soviets querían desafiar a las clases dominantes y tomar el poder en sus manos. El bonapartismo de Kerensky hundía sus raíces en esta mutua paralización de las clases antagónicas y en los desplazamientos de fuerzas desde las nuevas e independientes estructuras de poder, los soviets, hacia el viejo aparato del Estado zarista. De esta manera, “si Kerensky era la última palabra de la impotente hegemonía del soviet, para él era necesario ahora erguirse como la primera palabra de la liberación de esa hegemonía”9.
La convocatoria a la Conferencia de Moscú era el terreno planteado para coronar esta transferencia de fuerzas, para liquidar la órbita que el soviet, aún bajo dirección de los conciliadores, mantenía en el imaginario de la “republica de marzo”. La continuidad de la guerra imperialista y el restablecimiento del poder de mando de los generales reaccionarios cumplían un papel de primer orden en este plan.
Pero el bonapartismo de Kerensky era sinónimo de gobierno débil, pues se sostenía por el equilibrio momentáneo de fuerzas enfrentadas. Si bien la represión de julio inflingió un duro golpe a la vanguardia en Petrogrado y al bolchevismo, no había sido lo suficientemente fuerte para aplastar al proletariado. Por otro lado, la burguesía estaba aún tejiendo los movimientos necesarios para atacar al régimen de marzo de manera directa, y necesitaba todavía el telón de la “democracia revolucionaria” para preparar el golpe contra la revolución. Dice Trotsky que “es así como cada patriota defiende la patria a su manera”10.
Kerensky, como árbitro de la situación, era la representación de un régimen endeble. La negativa a otorgar la tierra a los campesinos o de terminar con la guerra imperialista daba al bonapartismo de Kerensky bases débiles, era el intento imposible de una “dictadura ‘por encima de las clases’”. Este momento de modificación interna en la relación de fuerzas expresado mediante una transacción entre los representantes de las clases subalternas y aquélla de la clase dominante, que da origen al bonapartismo, es un elemento común en otras revoluciones a lo largo del siglo XX. Es, por ejemplo, el caso de los desplazamientos en el frente popular chino. El Kuomintang, primero con apoyo de los comunistas, contuvo y enfrentó las aspiraciones de obreros y campesinos. Luego, fortalecido el “bonapartismo” de Chiang Kai Shek, dio un golpe mortal a la revolución, incluyendo a sus antiguos socios del Partido Comunista Chino.
Este bonapartismo, de bases endebles, o bien hace de telón de fondo para la preparación de un “dictador” contrarrevolucionario, o bien, mediante concesiones parciales, como por ejemplo una reforma agraria limitada, rompe el lazo común que une a obreros y campesinos contra el gobierno de conciliación de clases. Si estas maniobras de la burguesía tendientes a romper la unidad entre la ciudad y el campo no son enfrentadas con una política independiente de los trabajadores y su partido, la burguesía encontrará una base más firme para consolidar una salida bonapartista, hasta que la reacción realice su cierre definitivo. En Latinoamérica tenemos un ejemplo del primer caso en Chile en 1973 y, del segundo, en Bolivia de 1952 y 1972.
Contrariando “la filosofía histórica de los reformistas”, los bolcheviques habían conquistado, apoyándose en las tendencias revolucionarias de la clase obrera, un grado de independencia política y estratégica que les permitió no confundir “las buenas intenciones” de los demócratas con los antagonismos de clase reales. Por otro lado, el hecho de que el gobierno de Kerensky continuara la guerra imperialista reafirmó los lazos de solidaridad entre el frente, el campo y la ciudad. Trotsky interviene así en ese campo de batalla que es la revolución, en el cual los representantes del reformismo, apelando a su imaginario, ocultan las alternativas existentes. De allí que en sus textos trate todo el tiempo de clarificar: ¿de qué hablamos cuando hablamos de revolución?, ¿quiénes son realmente los representantes de la democracia revolucionaria?
Lamenta que frente al “limpio rectángulo de la guillotina” del jacobinismo francés, los mencheviques y socialistas revolucionarios no tengan más que ofrecer que cobardía frente a la burguesía y grandilocuencia frente a los explotados.
El papel independiente que los bolcheviques habían conquistado en la revolución enfrentando a la guerra imperialista sin comprometerse en la defensa del gobierno de coalición y llamando a que los moderados rompan el bloque con la burguesía, ubicó a los mismos en la avanzada de la revolución. La toma del poder por el soviet, a instancias del partido bolchevique, se comprende como consecuencia de esta actitud en la revolución.
Así, constata Trotsky, sólo un poder basado en los soviets de obreros y campesinos pudo enfrentar la guerra, proponer la paz sin anexiones ni ocupaciones, publicar los tratados diplomáticos secretos y permitir que las naciones dominadas elijan por sí mismas y se autodeterminen, como claramente votaron los bolcheviques con el decreto de la paz del soviet en el mes de noviembre (octubre) de 1917. No era la paz de los cementerios, era la lucha por transformar la guerra imperialista en revolución. Así decía Trotsky: “Nuestra experiencia sobre cómo han tratado los gobernantes a sus pueblos en los cuarenta meses de la guerra, no ha sido en vano. ‘¡En vuestro nombre –diremos a nuestros hermanos–, entiendan que cuando llegue el momento de dar vuelta vuestra fuerza revolucionaria contra vuestra burguesía, ningún soldado ruso disparará!’ Esta promesa la haremos en vuestro nombre y la mantendremos”11.

LAS LECCIONES DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

Como material anexo presentamos dos discursos realizados por Trotsky en la Conferencia Democrática panrusa de la cuál surgiría el Preparlamento. La conferencia tuvo lugar en la ciudad de Petrogrado del 27 de septiembre al 5 de octubre de 1917 (del calendario occidental).
Por último, decidimos agregar el ensayo Lecciones de Octubre. Este ensayo fue elaborado por Trotsky en el difícil año 1924, como prólogo a la edición del tercer tomo de sus Obras Completas, libro conocido en su momento como 1917.
Lecciones de Octubre tiene el valor de intentar extraer las enseñanzas más importantes del “ensayo de guerra civil” que fue la insurrección de octubre para contrarrestar las tendencias conservadoras y escépticas sobre las perspectivas de la revolución internacional que se habían desatado en el régimen soviético, especialmente en las altas cumbres del aparato estatal. Trotsky proponía aprender de Octubre ante las vacilaciones y desaciertos en los que se debatían los partidos comunistas en Occidente. No porque estos debieran “calcar” el modelo de la Revolución Rusa. Al contrario, Trotsky alerta contra la idea de repetir la insurrección de octubre, por parte de los partidos comunistas de la III Internacional, sin atender previamente a la maduración de las precondiciones políticas definidas por él y Lenin en el III Congreso de la Internacional Comunista (IC) (la aplicación del frente único para la conquista de las masas previa a la lucha por el poder estatal).
Para Trotsky las derrotas sucedidas en Hungría en 1919, Alemania y Austria en 1918 y Alemania en 1921-1923 se debían a la inmadurez de los partidos comunistas y al hecho de que en Occidente la toma del poder por parte del proletariado tendrá que enfrentarse a un “Estado burgués enteramente formado” y no como en Rusia con uno que “no tuvo tiempo suficiente para formarse”. Pero a la vez las Lecciones de Octubre venían a significar un nuevo capítulo de la lucha de Trotsky contra los inicios de la burocratización del Estado Soviético señalando la “estrechez nacionalista” imperante entre la troika constituida por Stalin, Zinoviev y Kamenev que era la principal responsable de las derrotas y desaciertos de la III Internacional.
En el terreno de las ideas, la troika buscaba vanagloriarse como el baluarte del bolchevismo luego de la muerte de Lenin (enero de 1924) y realizaba múltiples campañas para desprestigiar a Trotsky y enfrentarlo con el legado de Lenin. Por ello la publicación de estos escritos era vital para establecer el rol de Trotsky ante la prueba decisiva de 1917. Trotsky además alerta contra la idea de la infalibilidad del partido bolchevique, anticipo y continuación necesaria de la “leyenda” que comenzaba a tejerse en torno a Lenin para convertirlo en “autoridad” supraterrenal y tergiversar la riqueza de su pensamiento en dogmas que justificaran el accionar de la burocracia. Esta actitud impedía el debate amplio y honesto sobre los problemas reales de la revolución internacional e incrementaba el poder que la burocracia estatal estaba adquiriendo dentro del Estado obrero. La burocracia por supuesto tomó el escrito de Trotsky como un insulto a sus aspiraciones porque su designio era en realidad enterrar la experiencia de la Revolución de Octubre y dirigió contra éste todo un arsenal de ataques recubiertos de “lucha contra el trotskismo” y la teoría de la revolución permanente.
Aspiramos con este volumen a llenar un vacío en la literatura sobre la Revolución Rusa a través de documentos escritos al calor de sus acontecimientos y aportar para que nuevas generaciones de jóvenes y obreros estudien las principales lecciones de la acción insurreccional de octubre. Conocer la gran revolución socialista del siglo XX hoy tiene un inestimable valor para pensar nuestro tiempos y dotarnos de las políticas necesarias para que nuevas instituciones basadas en la acción de las masas y su autoorganización, sea la forma que adopten, confluyendo con la acción decidida de un partido revolucionario, se hagan del poder derribando la dominación capitalista.

* * *

La compilación y edición fue realizada por Gabriela Liszt, las traducciones del inglés estuvieron a cargo de Susana Larson y, del francés, de G. Liszt. Agradecemos la colaboración para esta edición de Juan Chingo (Francia), Alejandra Ríos (GB), Gastón Gutiérrez, Bárbara Funes, Victoria Tristán, Rossana Cortez, Gloria Pagés, Ariane Díaz y Juan M. Gallardo.

Octubre de 2007

1. Según los editores de uno de estos tomos en francés, las Ediciones del Estado llegaron a publicar 18 tomos, antes de su interrupción en el año 1927 debido al proceso de burocratización.
2. Este se correspondería con el Tomo II citado por Deutscher, titulado Nasha Pervaya
Revolutsia.
3. Lenin, V., Cartas desde lejos, Segunda carta, “El nuevo orden y el proletariado”.
4. Ver en esta publicación: “El conflicto creciente”, 19 de marzo de 1917.
5. Benjamin, W., Experiencia y pobreza. Discursos Ininterrumpidos I, filosofía del
arte y de la historia, Madrid, Ed. Taurus, 1987.
6. Ver en esta publicación: “Democracia, pacifismo e imperialismo”, junio de 1917.
7. Ver en esta publicación: “La farsa del doble poder”, junio de 1917.
8. Ver en esta publicación: ¿Qué sigue? Después de las Jornadas de Julio. II. “Elementos de bonapartismo”, 15 de agosto de 1917.
9. Ídem.
10. Ídem. Aquí Trotsky realiza una de sus tantas ironías. En la revolución francesa de
1789 los jacobinos y los sans cullotes se autodenominaban “patriotas” por contraposición a las clases del “antiguo régimen” y los sectores de la burguesía que colaboraban con la reacción feudal extranjera en la guerra contra la Francia revolucionaria.
11. Ver en esta publicación: “El programa de paz de la revolución”, noviembre de 1917.



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