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Reseña:

"El caso León Trotsky" por Gabriel García Higueras

 A pocas semanas de haberse afincado en México, en enero de 1937, León Trotsky declaró a un noticiero norteamericano sobre los Procesos de Moscú:

“El proceso de Stalin contra mí se basa en confesiones falsas, arrancadas por métodos inquisitoriales modernos en interés de la camarilla gobernante. No hay crímenes en la historia más terribles en la intención y la ejecución que los procesos de Moscú contra Zinoviev-Kamenev y Piatakov-Radek. Estos procesos no se desarrollaron a partir del comunismo, ni del socialismo, sino del estalinismo, es decir, del despotismo irresponsable de la burocracia sobre el pueblo.

¿Cuál es ahora mi tarea principal? Revelar la verdad. Mostrar y demostrar que los verdaderos criminales se ocultan bajo la capa de los acusadores.”

 Cinco meses antes, en agosto de 1936, se notició la apertura del primer proceso de Moscú, que condujo al banquillo de los acusados a figuras históricas del bolchevismo. Entre los dieciséis procesados se hallaban Zinoviev y Kamenev, quienes confesaron haber cometido crímenes contrarrevolucionarios en contra el Partido Comunista, y declararon que Trotsky había sido el instigador de actos de terrorismo encaminados al asesinato de dirigentes políticos de la Unión Soviética. Además, se sindicaba al hijo de Trotsky, León Sedov, de actuar como su principal colaborador. Todas estas imputaciones se basaron exclusivamente en las confesiones de los acusados, no en pruebas materiales. Los inculpados fueron condenados a muerte y ejecutados.
 Informado de la realización de este juicio, Trotsky –que vivía en Noruega en condición de asilado– rechazó enfáticamente las acusaciones, y sugirió que el Gobierno noruego nombrara una comisión encargada de estudiar los cargos penales. Sin embargo, las autoridades de ese país, ante la presión ejercida por la Unión Soviética, ordenaron su arresto domiciliario y el de su esposa, además de censurar sus escritos. El objeto de este silenciamiento era impedir que Trotsky respondiera a sus acusadores.
 Entretanto, el Gobierno de Noruega estaba considerando la expulsión de su huésped. Cuando se cernía el peligro de que ningún gobierno le otorgara el asilo, México abrió sus puertas a Trotsky. En este país, el revolucionario ruso expuso sus ideas libremente y ejerció su derecho a la defensa ante las infamantes acusaciones que el régimen soviético vertía en su contra; así lo hizo mediante sus escritos y declaraciones a la prensa nacional y extranjera.
 Por aquellos días, en enero de 1937, se llevó a cabo un nuevo juicio en Moscú. El “proceso de los diecisiete” –como se le conocería– tuvo como principales acusados a Piatakov y Radek. En este segundo proceso, los reos declararon que Trotsky mantenía relaciones secretas con los Estados de Alemania y Japón con la intención de preparar la derrota de la URSS y el restablecimiento del capitalismo en aquel país. De manera análoga al primer juicio, el tribunal supremo de la Unión Soviética lo condenaba in absentia junto a su hijo.
 En ese tiempo, se constituyeron comités para la defensa de León Trotsky en algunos países. De éstos, el Comité Norteamericano contribuyó a la creación de la Comisión de Investigación sobre los Cargos Hechos contra León Trotsky en los Procesos de Moscú. El renombrado pensador liberal, John Dewey, aceptó presidirlo; de ahí que se le designaría corrientemente como la Comisión Dewey.
 En vista de que Trotsky no había obtenido la autorización de ingreso a los Estados Unidos, la Comisión en Pleno determinó que una Comisión Preliminar o Subcomisión viajara a México a los efectos de consignar su testimonio y recoger los materiales documentales en los que basara su defensa. 
 La Subcomisión –integrada por cinco miembros y encabezada por Dewey– condujo trece audiencias entre el 10 y el 17 de abril de 1937, que se llevaron a cabo en la residencia de Frida Kahlo, en Coyoacán, que servía de morada al matrimonio Trotsky. (En la actualidad, el Museo Frida Kahlo no presenta ninguna cédula que indique la sala donde se realizó el histórico contraproceso, por lo que resulta difícil ubicar el ambiente que le sirvió de escenario). Durante estas sesiones, Trotsky respondió el interrogatorio de su abogado, Albert Goldman, y el contrainterrogatorio de los miembros de la Comisión Preliminar. Trotsky se expresó en inglés –idioma que no dominaba y que calificaba como el “punto más débil” de su posición–, tratando sobre su trayectoria política, las relaciones que en el pasado había mantenido con los principales acusados de los procesos de Moscú, y las disputas políticas e ideológicas que lo enfrentaban con la mayoría del Partido. El testimonio del dirigente revolucionario estuvo apoyado en la abundante documentación que exhibió como material probatorio, constituido por su correspondencia, sus escritos y un conjunto de documentos oficiales. Cada una de las sesiones duró tres horas, con la excepción de la decimotercera audiencia, en la que Trotsky presentó su alegato final y que tuvo una duración de cinco horas.
 En los meses siguientes, la Comisión llevó a cabo una investigación y verificación documental antes de que pronunciara su veredicto. El 13 de diciembre de 1937, declaró que Trotsky y León Sedov eran inocentes de los 18 cargos que se les imputaba, y concluyó que los procesos de Moscú eran un fraude judicial. 
 La transcripción de las actas de las audiencias celebradas en México fue publicada en el libro The Case of Leon Trotsky (Nueva York, Harper & Brothers, 1937). El informe de las conclusiones de la Comisión Dewey apareció en el volumen titulado Not Guilty (Nueva York, Harper & Brothers, 1938). Por su lado, Trotsky expuso un minucioso análisis y refutación de los Procesos de Moscú en su libro Los crímenes de Stalin, publicado en 1937.
 A 73 años de su publicación original, El Caso León Trotsky se da a conocer en nuestro idioma por primera vez, gracias al meritorio trabajo efectuado por el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones (CEIP) “León Trotsky”. De este volumen debe subrayarse su oportuna publicación. Su interés primordial es de orden histórico, por cuanto las actas del contraproceso constituyen un valioso y excepcional documento que ilumina el significado de uno de los principales dramas de la historia del siglo XX. Los Procesos de Moscú, desenvueltos entre 1936 y 1938, representaron, durante el gran terror en la Unión Soviética, la determinación abyecta de Stalin y su camarilla burocrática de eliminar cualquier posible resistencia a su poder omnímodo. Con ello, culminó el exterminio de la vieja guardia bolchevique, educada en la tradición revolucionaria leninista. Acerca de Trotsky, los intereses de Stalin y su régimen bonapartista hacían preciso desprestigiar su reputación por encarnar el llamado a una revolución política antiburocrática en la Unión Soviética. Como bien lo expresó en la primera sesión de las audiencias el abogado Albert Goldman, el verdadero propósito de aquellos juicios era “desacreditar ante los ojos de las masas rusas y de los trabajadores del mundo al representante principal de la única oposición consecuentemente revolucionaria a las ideas y prácticas del Partido Comunista de la Unión Soviética y de la Internacional Comunista”. 
 Además, esta publicación es de considerable interés histórico por cuanto Trotsky brindó a la comisión investigadora amplias informaciones acerca de su biografía política. Se trata, en efecto, de la relación autobiográfica más extensa que expusiera después de Mi vida. Y en ella dilucidó aspectos centrales de su pensamiento y actividad política, y explicó su posición en el movimiento revolucionario marxista ruso antes de la Revolución de Octubre y en los debates sostenidos durante los primeros años del régimen soviético. Es pertinente subrayar, entre los temas expuestos, la crítica de Trotsky a la dirección estalinista en la época del afianzamiento burocrático. La visión de Trotsky acerca de este proceso es de una importancia insoslayable, y nos permite comprender el verdadero carácter de los juicios incoados por orden de Stalin. Asimismo, su concepción acerca del viraje de rumbo de la Revolución Rusa reviste interés en la actualidad cuando una corriente historiográfica de cuño liberal se esfuerza en argumentar las coincidencias que existieron entre Lenin, Trotsky y Stalin, a quienes se presenta como los sostenedores de un modelo totalitario común. 
 La edición preparada por el CEIP “León Trotsky”, basada en la que publicó Merit Publishers en 1969, contiene la presentación de Esteban Volkov, nieto de Trotsky, el prólogo de Andrea Robles, coordinadora del CEIP, y la introducción de George Novack, quien fuera secretario nacional del Comité Norteamericano para la defensa de Trotsky (el texto de Novack fue tomado de la edición norteamericana). Debemos anotar del libro que nos ocupa la prolija traducción y elaboración de las notas explicativas y aclaratorias y las referencias bibliográficas que se ofrecen de los trabajos citados durante las sesiones. Así también, se publican las biografías de los personajes mencionados en las declaraciones de Trotsky, tanto en las notas de pie de página como en la sección “Notas Finales”. Al término del volumen, se presenta un índice temático general y específico.
 Por la excelente calidad de su contenido y factura, consideramos que El caso León Trotsky es una de las más importantes contribuciones editoriales llevadas a buen término por el CEIP, e indudablemente el mejor homenaje que pudo hacer a la memoria de Trotsky en el año que se conmemoró el septuagésimo aniversario de su muerte. 
 

 

Gabriel García Higueras



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