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El "domingo rojo" (enero de 1905)

 

Jean-Jacques Marie1

 

En 1899, el sistema bancario europeo temía la llegada de una de las crisis cíclicas de superproducción que afectaban entonces regularmente a la economía capitalista y reflejaban la incapacidad del mercado para consumir una producción industrial que superaba sus capacidades de absorción. Estrecharon entonces los cordones de la bolsa y el alza de las tasas de interés, provocando cierres de empresas en cascada. Veinte años más tarde, esta crisis habría afectado poco a una economía rusa esencialmente campesina. Pero desde el inicio de la década, bajo el impulso del Ministro de Finanzas, Witte, Rusia se lanzó a una industrialización acelerada, alimentada por los capitales extranjeros –sobre todo franceses- que han corrido a mares, pero se agotaron súbitamente. El “muy modesto informe del controlador del Estado” para el año 1901 explica: “La crisis fue causada por el crecimiento artificial y excesivo de la industria en los años recientes. Basada en la tarifa protectora, los usufructos masivos del gobierno y el aumento especulativo del capital extranjero, la industria creció desproporcionadamente con el mercado de consumidores, formado principalmente por la masa de la población agrícola a la cual pertenece el 80% de nuestro pueblo”.

El 3 de enero de 1905, los obreros de la fábrica Putilov, en San Petersburgo, detienen el trabajo para protestar contra el despido de cuatro de ellos. La asamblea de los obreros de Gapón, cuya dirección está formada por dos militantes socialdemócratas, organiza la huelga que se extiende y, el 8 de enero, es llevada adelante por cerca de 150.000 obreros. Gapón propone a los obreros de la capital llevar solemnemente una petición al zar en su palacio de Invierno al borde del Neva.

El domingo 9 de enero, una muchedumbre de más de 140.000 personas avanza hacia el edificio, salmodiando cantos religiosos y agitando retratos de Nicolás II, quien permaneció en su palacio de Sarkoie-Selo, a treinta kilómetros de la capital. Su hermano, el gran duque Constantin, hace fusilar a los peticionistas, que proclaman el apoyo al zar, contra el gobierno y los patrones: “Hemos venido a verte a ti, Señor, para buscar justicia y protección. Hemos caído en la miseria, se nos oprime, se nos aplasta de trabajo por encima de nuestras fuerzas, se nos insulta, no se nos reconoce como seres humanos, se nos trata como esclavos”. Este pedido de intervención al emperador, opuesto a este “se” responsable de todos los males de los obreros, es seguido por la presentación de una plataforma reivindicativa de 17 puntos, juzgado muy subversivo y jamás reeditado en la URSS después de 1926.

El 18 de febrero, un manifiesto promete convocar a los representantes de la población. Un decreto del Ministro del Interior, Bulyguin, precisa el objetivo del proyecto: “participar en la elaboración y la discusión preparatoria de las propuestas legislativas”, es decir, reunir una asamblea preconsultiva. El proyecto, preparado minuciosamente por una conferencia especial presidida por el zar, culmina en dos textos: el Manifiesto del 6 de agosto (que anuncia la convocatoria de una Duma con funciones puramente consultivas) y un reglamento electoral definiendo las modalidades de elección a esta Duma, en dos niveles, por curias sociales y sobre la base de un empadronamiento muy alto.

El 10 de marzo, las tropas japonesas combaten a las rusas en Mukden. Algunos días después, los obreros en huelga de la textil de Ivanovo-Voznessensk, crean el primer soviet (“consejo”) obrero de la historia. (Su presidente Nozdrin, será fusilado bajo el gobierno de Stalin en 1938).

En mayo de 1905, la flota rusa enviada del Báltico hacia Japón, en un vasto viaje alrededor del mundo, es aplastada por la flota japonesa en Tsushima. La derrota suscita una nueva ola de indignación y de huelgas, dejando a la vista la desorganización del régimen. El 14 de junio, los marineros del acorazado Potemkin se amotinan y tiran a sus oficiales al mar.

En este mismo mes, los delegados de los zemtsvos (asambleas locales) reúnen en Moscú, a pesar de la prohibición del zar, un congreso de delegados que demanda la elección de una Asamblea Nacional por sufragio universal. La Duma consultiva, anunciada por Bulyguin dos meses más tarde, apenas puede desarmar a los liberales. Pero, al mismo tiempo, los campos se agitan: en numerosas aldeas, los campesinos invaden las tierras de los propietarios. Para impedir que vuelvan, frecuentemente quemaban sus mansiones, sus galerías de cuadros y sus bibliotecas. Las expediciones punitivas son de una gran brutalidad.


De la huelga generalizada al Manifiesto del 17 de octubre de 1905

El 5 de septiembre, Witte, primer ministro desde 1903, firmó un tratado de paz con Japón, en Portsmuth, en los EE.UU. Gracias a la presión de estos últimos, inquietos por el expansionismo japonés, las condiciones de la paz son muy favorables: sin reparaciones financieras; Rusia cede el sur de Sakhalin y reconoce el protectorado japonés sobre Corea. Es una derrota a bajo precio en el plano diplomático. Ocurre otra cosa en política interna. El 19 de septiembre, los obreros de una imprenta de Moscú van a la huelga por reivindicaciones muy corporativas (disminución de las horas de trabajo y aumento del salario por producción). En dos semanas, la huelga se extiende a una cincuentena de imprentas de Moscú, luego a las de San Petersburgo. El 7 de octubre, se inicia la huelga en los ferrocarriles de Moscú y gana todas las líneas. El 9 de octubre, un congreso de los ferroviarios de San Petersburgo adopta una carta reivindicativa expedida por el telégrafo a todas las líneas, exigiendo la jornada de trabajo de 8 horas, las libertades cívicas, la amnistía para los prisioneros políticos, la Asamblea Constituyente. Cada día, la huelga gana una nueva línea, un nuevo centro: el 13 de octubre, Riga, el 15, Bakú, el 17, Odesa. La mayoría de los 670.000 ferroviarios del imperio están en huelga.

La ola revolucionaria exalta a toda una parte de la inteligencia, sublevada por un entusiasmo que se desvanecerá con su retroceso. El pintor Valentín Serov, autor de un gran retrato de Nicolás II, reclama la dimisión del gran príncipe Vladimir, principal organizador del fusilamiento del “Domingo Rojo” y presidente de la Academia de las Bellas Artes; el compositor Skriabin añade a su Poema del éxtasis, un epígrafe: “De pie, levántate pueblo obrero”. Constantin Balmont, el poeta simbolista, escribe en un texto de octubre de 1905: “Obrero, tú eres la única esperanza de toda Rusia”.

El 17 de octubre, el zar publica un manifiesto, redactado por Witte, que promete el ejercicio de un cierto número de libertades públicas, como la libertad de expresión y la elección de una Cámara por sufragio universal. El mismo día, el soviet de San Petersburgo publica el N° 1 de su diario Izvestia y elige a León Trotsky para su comité ejecutivo. El soviet reúne cada día de 400 a 500 diputados de las fábricas de la capital. A pesar de la desconfianza que suscita, el Manifiesto del 17 de octubre aparece como una victoria para los huelguistas, que retoman poco a poco el trabajo. El 22 de octubre, el zar promulga una amnistía parcial de aquellos que “antes de la promulgación del Manifiesto, son culpables de actos criminales contra el Estado”. Esta promulgación inmediatamente es seguida de una ola de pogroms inspirados, hasta organizados, por las mismas autoridades, bajo la conducción de las Centurias Negras y que se expande durante una semana entera sobre toda Rusia. En Odesa, gran ciudad judía, el pogrom dura cuatro días y provoca más de 300 muertos. Oficialmente, las Centurias Negras matan a 120 judíos en Ekaterinoslav, 50 en Kiev, 80 en Bialistok. El balance total en la centena de ciudades de Rusia devastada por los pogromos supera, de hecho, los 3.000 muertos y 10.000 heridos o mutilados. Nicolás II recibe a los representantes de la Unión del pueblo ruso, en diciembre, los felicita por su trabajo y acepta su insignia. Las Centurias Negras movilizan, escribe Trotsky en 1905, a los “pobres exasperados en los bajos fondos de la miseria y de la prostitución”, más una horda de desclasados, crápulas, ladrones y cabareteros. El pogrom es siempre preparado por un rumor acusando a los judíos y sus “cómplices” socialistas de una profanación, hasta, para los judíos de un asesinato ritual. Después la bendición y un sermón del clérigo ortodoxo, una procesión se agita detrás del retrato del zar, encuadrado por un servicio del orden de la policía en civil, al son de la música militar, frecuentemente precedida de curas y de un escuadrón de cosacos. Pillaje, robos, torturas, masacres, mascaradas e incendios se desencadenan al grito de “Dios guarde al emperador”, en medio de una orgía “patriótica” generalizada. En una carta del 2 de noviembre de 1906, Nicolás escribe: “Está claro que la camarilla judía vuelve a trabajar y a sembrar el desorden”. Los pogromos continúan entonces “lógicamente” al año siguiente.

La prueba de fuerza (octubre-diciembre de 1905)

El Manifiesto del 17 de octubre reconoce la libertad de expresión, pero no evocaba la libertad de prensa y no tocaba a la censura. El soviet de San Petersburgo decide, el 19 de octubre, que “sólo podrán aparecer los periódicos cuyos redactores guarden su independencia frente al comité de la censura”. El 20, en Moscú, una procesión funeraria en honor del bolchevique Bauman, muerto en la antevíspera por un cosaco a la cabeza de un grupo de Centurias Negras, reúne, según la policía, 30.000 manifestantes; son atacados por los Cosacos y las Centurias Negras, que matan y hieren a varias decenas de ellos. Las libertades acordadas por el Manifiesto aparecen entonces como un simple retroceso táctico destinado a hacer retroceder la huelga.

El enfrentamiento con el poder toma un aspecto político. El 26 de octubre, los marineros de Cronstadt se sublevan contra la disciplina de hierro impuesta por los oficiales. El 28, el motín es aplastado. El mismo día, el gobierno decreta el estado de sitio en Polonia; lleva a los marineros al frente de cortes marciales. El soviet de San Petersburgo llama a la huelga que, el 2 de noviembre, paraliza la capital. Witte dirige a los huelguistas un telegrama obsecuente: “Hermanos obreros, vuelvan al trabajo, renuncien al levantamiento, tengan piedad de vuestras mujeres y niños. No escuchen más a los malos consejos”. El soviet responde reclamando “un gobierno popular sobre la base del sufragio universal, igualitario y directo”, pero debe ordenar retomar el trabajo el 12.

A fines de noviembre, la segunda conferencia de la Unión campesina creada en abril, rechaza el Manifiesto del 17 de octubre, se pronuncia por el boicot de la primera Duma y reclama la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Apoya el “manifiesto económico” del soviet de San Petersburgo, que invita al pueblo a rechazar pagar el impuesto. Denuncia vigorosamente la nueva compra de las tierras y los cánones por los campesinos. Un delegado de Moscú, aplaudido por la sala, exclama: “Toda alusión a una nueva compra de tierra me subleva. Se propone indemnizar a los esclavistas de ayer (...). En 1861, han sido más astutos que nosotros y nos han engañado: se nos ha dado muy poco para que el pueblo no tome todo” (citado por L. Volin, A Century of Russian Agriculture, Cambridge, Harvard University Press, 1907). Otros delegados retoman la misma protesta.

El presidente del soviet, Krustalev-Nossar, detenido el 26 de noviembre, es reemplazado por León Trotsky al día siguiente. Este mismo 27 de noviembre, el representante de la Unión campesina informa al soviet la decisión del segundo (y último) congreso de su organización: rechazo a abandonar a los reclutas al ejército, rechazo a pagar las indemnizaciones de nuevas compras de tierras y los impuestos, retiro de todos los depósitos en los bancos y cajas de ahorro. El soviet, en un último manifiesto publicado el 2 de diciembre, retoma estas propuestas y lanza una advertencia profética: “Nosotros decidimos no tolerar el pago de las deudas sobre todos los préstamos que el gobierno del zar concluyó mientras que llevaba una guerra abierta contra el pueblo”.

La tenaza se cierra alrededor del comité ejecutivo del soviet. El 2 de diciembre, ocho periódicos de Petersburgo publican un manifiesto económico del soviet, que permanecerá sin otro efecto inmediato que el de lograr el arresto del comité ejecutivo al día siguiente, pero que la revolución de octubre traducirá de hecho doce años más tarde. El manifiesto es entonces una advertencia. Denuncia la “derrota del gobierno” que “destina todos los presupuestos del Estado a mantener el ejército y la flota. No hay escuelas. Las rutas están en un estado deplorable (...), también decidimos rechazar todo pago de nuevas tierras y todos los pagos a las cajas del Estado (...), y no tolerar el pago de las deudas sobre todos los préstamos que el gobierno del zar llevó adelante mientras que hacía una guerra abierta contra el pueblo”.

La reacción del poder es inmediata: al mediodía del 3 de diciembre, el ejército rodeó la sede del soviet. Trotsky invita a los diputados a no oponer ninguna resistencia, ya que sería inútil y sólo podría facilitar una provocación. Los diputados inutilizan sus revólveres antes de ser embarcados a la prisión de Kresty. El soviet designa al día siguiente un nuevo comité ejecutivo, que sólo puede reunir en la clandestinidad a una cuarentena de diputados y no es más que la sombra del precedente. El reflujo del movimiento conduce al soviet a la agonía.

Bajo órdenes del gobierno Witte, todos los miembros de San Petersburgo son detenidos el 3 de diciembre, los de la Unión campesina tres días después. El 4 de diciembre, el soviet de Moscú, llama a la huelga general para el 7 en Moscú donde, el 9, la tropa ataca a cañonazos un mitin del sindicato de ferroviarios; las calles son surcadas por los cosacos y los dragones, que dan sablazos sistemáticamente a la altura del rostro de los huelguistas; se erigen barricadas para impedir sus movimientos. La huelga estalla en Tbilisi y frente a la represión policial y militar, se transforma en levantamiento. En Moscú, los 1.000 militantes bolcheviques, mencheviques y SR mal armados no pueden impedir el aplastamiento sangriento, el 17 de diciembre, de la huelga convertida en insurrección.

Para disociar la masa campesina de sus representantes, el gobierno anula entonces por un decreto todos los atrasos de pago por nuevas tierras a la fecha del 1 de enero de 1907. Esta decisión, que concluye con las medidas tomadas desde la anulación de los retrasos de impuestos decretada en abril de 1904, contribuye a apaciguar al campesinado. A pesar de las tomas de tierras de los grandes propietarios y los incendios de dominios, el campesinado no se dirige en masa contra un régimen del que espera otras medidas favorables. Así, a pesar de algunos desórdenes, con algunos episodios legendarios (el motín de los marineros del acorazado Potemkin, por ejemplo) y su odio a los oficiales, el ejército de soldados - campesinos no se solidariza con los revolucionarios.

 

1. Traducción inédita del francés del artículo publicado en Cahiers du Mouvement Ouvrier N° 25, CERMTRI, París, diciembre de 2004-enero de 2005, pág. 13.



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