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Entrevista al historiador Pablo Pozzi

A raíz de la publicación de "Guerra y revolución. Una interpretación alternativa de la Segunda Guerra Mundial", compilación recientemente publicada por el CEIP.

¿Qué le pareció la salida del libro?

Realmente no sé si decir “oportuna” porque al fin y al cabo el tema ha tenido una vigencia y “oportunidad” durante las últimas seis décadas. De todas maneras, creo que en una época en la cual la Segunda Guerra Mundial es presentada como una forma de legitimación del capitalismo salvaje (véase por ejemplo las películas de Spielberg) retomar este debate me parece sumamente importante. Más aun, su importancia se nota aun más si inscribimos esta discusión dentro del marco más amplio del debate en torno al fascismo.

En la actualidad, para una cantidad de historiadores y politólogos, difundidos y promovidos por los medios masivos de comunicación, el fascismo era la contracara del bolchevismo, mientras que las potencias capitalistas habían comprobado su vocación democrática al combatir a Hitler. En este sentido, y para esta gente, Stalin es visto como continuidad directa de la Revolución Bolchevique, mientras que Hitler es considerado meramente como una reacción al totalitarismo ruso. Así se pierde toda visión materialista histórica y de clase para convertir la participación, sobre todo, de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en el mito fundante del capitalismo contemporáneo.

Esto queda más que claro en el excelente ensayo introductorio de Andrea Robles, que hace una profunda crítica a la obra de Eric Hobsbawm. Robles plantea una desviación en la obra del comunista inglés señalando que éste enmarca su trabajo sobre la Historia del Siglo XX (Buenos Aires: Crítica, varias ediciones) en la dicotomía “democracia versus fascismo”. Realmente creo que ella es caritativa con Hobsbawm. A mí su obra me pareció que adolece de un profundo oportunismo influenciado por las modas académicas y se distancia, como obra y enfoque histórico, de sus obras anteriores. Hobsbawm, al igual que muchos otros como el francés ex stalinista François Furet, ha regresado a las hipótesis de los historiadores liberales de la década de 1950. Fueron personajes como William Shirer, Alan Bullock o AJP Taylor los que desvinculaban el fascismo (y la Segunda Guerra) de la crisis capitalista de 1929, de las luchas obreras, y de las rivalidades interimperialistas. Robles nos brinda una saludable dosis de realismo regresando a los debates marxistas más interesantes y fundamentales para nuestro presente. Lo que emerge es una visión mucho más compleja de la realidad histórica.

Si tengo alguna crítica a este ensayo es que, a veces, cae en una crítica casi esquemática de los comunistas y de la III Internacional en un esfuerzo por esclarecer sobre el papel oportunista jugado por la Unión Soviética. Por ejemplo, Robles realiza un importantísimo rescate de la revolución griega sin resolver adecuadamente la contradicción que ésta fue liderada principalmente por el Partido Comunista a pesar de Stalin. Asimismo, existe un interesante debate en torno a los acuerdos de Yalta que habría que contemplar. La gran pregunta es si la URSS, destruida después de la guerra, podía hacer otra cosa que buscar la forma de ganar tiempo frente a los impulsos belicistas de norteamericanos, como el general George Patton, que planteaban la continuación de la guerra contra los nazis pero ahora contra la URSS. Me queda claro que la respuesta soviética a una difícil situación estuvo en consonancia con los intereses de la burocracia stalinista y no con los de la revolución mundial. Pero una condena absoluta y tajante, como la que hicieron los schachtmanitas y el “tercer-campismo”, sin matices, puede llevar (como hizo con Schachtman) a la conclusión de que “mejor las democracias imperialistas que el totalitarismo soviético”. No sé, pero sospecho que de haber vivido Trotsky su visión hubiera sido mucho más rica en matices, sin dejar de lado la condena al stalinismo, pero partiendo del punto de vista que el carácter de clase del fascismo y del stalinismo eran distintos.

La verdad es que este tema da para una largo debate que se debería basar en la investigación histórica. El libro es importante porque retoma ese debate a partir de los escritos de una serie de protagonistas e intelectuales revolucionarios de la época.

 

¿Cuál es la importancia histórica del resultado la Segunda Guerra en el escenario de posguerra?

Entre otras cuestiones, quiero hacer algunas observaciones. Primero, que el surgimiento del complejo militar industrial, de la Guerra Fría y del macartismo son incomprensibles sin la Segunda Guerra Mundial. La Guerra desató una inmensa cantidad de energías revolucionarias en las masas en todo el mundo. En 1946 Estados Unidos vivió la oleada de huelgas más grande de su historia; los movimientos de descolonización surgen directamente de los resultados de la guerra; las guerras revolucionarias de Malaya, Filipinas y Grecia también son producto de lo mismo; la militancia de los partidos comunistas en Europa, como resultado de la lucha de los partisanos, retomó tradiciones que a fines de la década de 1930 parecían abandonadas y requirió una fuerte represión por parte de las burocracias stalinistas; asimismo, el peso y el prestigio del stalinismo fue eventualmente reforzado por el papel de las masas soviéticas en la guerra (por ejemplo la batalla de Stalingrado se convirtió en un hito político). Sin tomar en cuenta el poder movilizador de la guerra no se puede comprender ni el movimiento por los derechos de los negros en Estados Unidos ni la experiencia yugoslava ni la revolución china. De hecho, para mí lo que emerge con claridad es que la clase obrera se lanzó hacia delante y fueron necesarios la represión junto con el estado de bienestar social y la institucionalización de los partidos comunistas para poder controlarla.

 

¿Qué opinión le merece la actividad teórica y política de Trotsky y los trotskistas?

Quizás porque no me reivindico trotskista, me cuesta separar a Trotsky y los trotskistas de los marxistas en general. De todas maneras, y forzando un poco las cosas, diría que esta corriente marxista ha producido algunos de los intelectuales y de las hipótesis más fructíferas de la segunda mitad del siglo XX sobre este tema. Trotsky sobre el fascismo –al igual que el comunista italiano Antonio Gramsci y el stalinista Georgi Dimitrov– es el principal punto de partida para la comprensión de este fenómeno histórico. La obra histórica de Broué y Temime sobre la revolución y la guerra civil en España es ineludible a todo buen historiador, más allá que la academia haya tratado de ignorarla. Lo mismo puedo decir sobre Ernest Mandel y sobre Daniel Guerin sobre la segunda guerra. Los trotskistas norteamericanos Max Schachtman y James Burnham fueron dos de los intelectuales más brillantes de las décadas de 1930 y 1940. En cambio James Cannon lo fue mucho menos, aunque también debe ser leido. En particular me gustó que rescataran uno de los escritos de Sherry Mangan. Y ni hablar de los aportes de Liborio Justo sobre el imperialismo en América Latina durante el período. Todos ellos, y muchos más, tienen una originalidad y una frescura que retoma y mantiene vivas las mejores tradiciones no dogmáticas del marxismo. La historia intelectual y el desarrollo teórico del marxismo en el Siglo XX han recibido una fuerte impronta de los marxistas en general y de los trotskistas en particular. Creo que el ensayo de Gabriela Liszt y Pedro Bonano es una excelente historia de las ideas en este sentido. Lo que queda claro en ese ensayo, y luego en los escritos brindados en este tomo, es que Trotsky y los trotskistas no perdían de vista que el enemigo principal del proletariado era el capitalismo. Así, más allá de lo certero o no de la línea, lo que encontramos es que estos escritos explican con certeza la tendencia histórica. Liszt y Bonano señalan, correctamente, que lo central no era la capacidad de pronosticar (o sea el marxismo no es ni magia ni futurología) sino la aplicación del materialismo histórico y dialéctico de manera que, a partir de las condiciones reales, el análisis se convertía en una guía para la acción. En aquel entonces, los revolucionarios trotskistas se planteaban ir construyendo un movimiento revolucionario que generara las condiciones necesarias para la revolución social. Trataron de hacerlo denodadamente, aunque no sin errores y sectarismos. Que fueran perseguidos y asesinados por fascistas, stalinistas y “demócratas” es una de las tragedias modernas. De manera que, a mi me parece, que cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial no existían genuinas perspectivas revolucionarias en cuanto a condiciones subjetivas. En cambio, en términos de condiciones objetivas, este tomo deja muy en claro que existía un auge de masas que, de haber existido una organización, hubiera desembocado en un mundo socialista.

 

Quiere agregar algo más...

Una reflexión personal. En mis clases toco el tema de la Segunda Guerra Mundial. Si bien trato de hacer otra cosa, debo reconocer que la influencia del medio me tiende a llevar (a veces por desviaciones personales, a veces por los intereses de los alumnos, y otras por la carencia de bibliografía disponible y adecuada) a un deslizamiento hacia verla como simplemente “democracia contra fascismo”. Este libro me impactó en el sentido que me sirvió tanto para sentirme saludablemente criticado (digamos fue como un despertador del letargo conformista impuesto por la discusión académica actual). Asimismo, me sirve para poder incorporar temas y bibliografía a la discusión.
Me hubiera gustado ver incluido algo de Víctor Serge, el cual como bolchevique independiente de izquierda ligado a Trotsky, tenía una visión particular que contrasta y aporta a las aquí presentadas. Así, si tengo una crítica al tomo, es que me parece bien el rescate de los escritos de Trotsky y de los trotskistas pero que, a veces, se cae en una visión a partir de las discusiones internas a esa corriente cuando el interlocutor privilegiado es el ser humano común que quiere comprender su realidad para transformarla.
Una última cuestión, que parece secundaria pero realmente no lo es. El libro me pareció de muy buena factura. O sea, la tapa y los aspectos gráficos son atractivos y claros, la cronología y las notas biográficas me parecieron una estrategia fundamental para la comprensión de una discusión que ha sido silenciada durante décadas. Sin resignar la calidad ni la profundidad, el libro es accesible para aquellos no eruditos cuyo interés es interiorizarse de una visión marxista sobre la Guerra Mundial.



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