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A. ¿Programa de la revolución internacional o programa del socialismo en un solo país?

La cuestión más importante del orden del día del VI Congreso es la adopción del programa. El carácter de éste puede definir y fijar por mucho tiempo la fisonomía de la Internacional.

Lo importante en un programa no es formular tesis teóricas generales (esto se reduce, en fin de cuentas, a “codificar”, es decir, a hacer una exposición condensada de verdades y de generalidades sólida y definitivamente adquiridas), sino sobre todo hacer el balance de la experiencia mundial económica y política del ultimo período, en particular de la lucha revolucionaria de los cinco últimos años, tan ricos en acontecimientos y en errores. De la manera cómo el programa comprenda y juzgue estos hechos, faltas y divergencias, depende también la suerte de la Internacional comunista durante los años próximos.

 

 

1.- Estructura general del programa

En nuestra época, que es la del imperialismo, es decir, la de la economía y la política mundiales dirigidas por el capital financiero, no hay un solo partido comunista que pueda establecer su programa tomando sólo o principalmente como punto de partida las condiciones o las tendencias de la evolución de su país. Esto se aplica igualmente y por entero al partido que ejerce el poder en los límites de la URSS.

Partiendo de estas consideraciones, escribíamos en enero de este año:

“Es preciso pasar a la elaboración del programa de la Internacional comunista (el de Bujarin no es más que un mal programa de sección nacional de la Internacional comunista, y no el del partido comunista mundial)” (Pravda, 15 de enero de 1928).

No hemos cesado de insistir en estas mismas consideraciones desde 1923-1924, años en que el crecimiento de los Estados Unidos de América del Norte se planteó en toda su amplitud, como problema de política mundial y de política europea, en el sentido más directo de esta palabra.

Al recomendar el nuevo proyecto, Pravda escribía:

 “el programa comunista difiere radicalmente del programa de la socialdemocracia internacional no sólo en el fondo, en las tesis fundamentales, sino también por el internacionalismo característico de su estructura”. (Pravda del 29 de mayo de 1928).

Esta fórmula, un poco vaga, expresa evidentemente la idea que hemos expuesto un poco más arriba, y que antes se rechazaba con obstinación. Tenemos que aprobar el hecho de que se haya prescindido del primer proyecto presentado por Bujarin y que no dio, desde luego, lugar a un cambio serio de impresiones: no ofrecía siquiera materia suficiente para que se pudiera precisar lo que se pensaba de él. En tanto que el primer proyecto presentaba un cuadro árido, esquemático de un país abstracto, en evolución hacia el socialismo, el nuevo proyecto, por el contrario, intenta (desgraciadamente, sin éxito y sin espíritu de continuidad, como veremos después) tomar como base la economía mundial en su conjunto para determinar la suerte de sus diferentes partes.

Uniendo en un sistema de dependencias y de contradicciones países y continentes que han alcanzado grados diferentes de evolución, aproximando los diversos niveles de su desenvolvimiento y alejándolos inmediatamente después, oponiendo implacablemente todos los países entre sí, la economía mundial se ha convertido en una realidad poderosa que domina la de los diversos países y continentes. Este solo hecho fundamental da un carácter profundamente realista a la idea del partido comunista mundial.

Llevando la economía mundial en bloque al desarrollo supremo que puede alcanzar, basándose en la propiedad privada, el imperialismo, como dice justamente el proyecto en su introducción,

“agudiza extremadamente la contradicción que existe entre el crecimiento de las fuerzas de producción de la economía mundial y las fronteras que separan naciones y estados”.

No es posible dar un solo paso hacia la solución de los grandes problemas de la política mundial y de la lucha revolucionaria si no se asimila bien esta tesis, que apareció por primera vez con toda claridad ante la humanidad en el curso de la última guerra imperialista.

El punto de partida que se ha adoptado para el actual proyecto de programa debería necesariamente aprobarse si, aspirando a conciliar esta posición, que es la única justa, con tendencias completamente opuestas, no se hubieran introducido en él las contradicciones más lamentables, quitando así toda importancia de principio a la nueva manera de abordar la cuestión.

2.- Los Estados Unidos y Europa

Para caracterizar el primer proyecto, felizmente abandonado después, bastará decir, en la medida en que nuestra memoria es fiel, que no se mencionaba siquiera a los Estados Unidos de América del Norte. Los problemas esenciales de la época imperialista, a causa de su carácter, no se deben plantear solamente en abstracto, teóricamente, sino también examinando su contenido material e histórico; sin embargo, en el primer proyecto se perdían en el esquema exangüe de un país capitalista considerado “de una manera general”. El nuevo proyecto (y hay en esto evidentemente, un serio progreso) habla ya del desplazamiento del centro económico del mundo hacia los Estados Unidos de América, de la transformación de la república del dólar, que se convierte en explotador mundial, del hecho de que los Estados Unidos han conquistado ya la hegemonía mundial. En fin, dice que la rivalidad (el proyecto emplea la desgraciada palabra “conflicto”) existente entre los Estados Unidos y el capitalismo europeo, y el capitalismo británico en primer lugar, pasa a ser el eje de los conflictos mundiales. Es absolutamente evidente en la actualidad que un programa que no defina claramente y con precisión esos hechos y factores fundamentales de la situación en el mundo no tiene nada de común con el programa del partido de la revolución internacional.

Por desgracia, los autores se han limitado a designar por sus nombres, a incluir en cierto modo, en el texto del proyecto rehuyendo las dificultades teóricas, sin ligarlos íntimamente a la estructura del proyecto, sin deducir de ellos ninguna conclusión desde el punto de vista de las perspectivas y de la estrategia, los acontecimientos y tendencias esenciales, de que acabamos de hablar, de la solución mundial en el curso de la nueva época.

No hay ningún juicio sobre el nuevo papel desempeñado por América en Europa después de la capitulación del partido comunista y la derrota del proletariado alemán en 1923. No se explica que el período de “estabilización”, de “normalización” y “pacificación” de Europa y el “renacimiento” de la socialdemocracia han sido posibles, por qué están en correlación estrecha, desde el punto de vista material e intelectual, en los asuntos europeos.

Además, no se demuestra que la evolución que seguirá con los primeros pasos de la intervención norteamericana inevitablemente en el porvenir, la expansión yanqui, la disminución de los mercados del capital europeo, e incluso de los de la propia Europa, provocarán la más graves perturbaciones militares, económicas y revolucionarias que se hayan visto jamás.

No se precisa tampoco el hecho de que como los Estados Unidos continúan haciendo presión implacablemente sobre la Europa capitalista, ésta vera reducirse cada vez más su parte en la economía mundial, lo que significa, evidentemente, que las relaciones entre los estados europeos no solo no mejorarán, sino que, por el contrario, adquirirán una tensión extremada, acompañada de accesos violentos que se resolverán en conflictos guerreros; en efecto, los Estados, lo mismo que las clases, luchan con más furia por arrancarse una ración escasa y en disminución que cuando están abundantemente provistos.

El proyecto no explica que el caos interior, debido a los antagonismos entre los Estados de Europa priva a ésta de toda esperanza de resistir un poco seriamente y con éxito a la república de América del Norte, cuya centralización se acentúa intensamente. Vencer el embrollo europeo por medio de los Estados Unidos soviéticos de Europa es una de las primeras misiones de la revolución proletaria; esta está infinitamente más próxima en Europa que en América (una de las razones, y no de las menores, es precisamente la división de Europa en Estados independientes), y tendrá, pues, muy probablemente, que defenderse contra la burguesía norteamericana.

Además no señala (y éste es un aspecto no menos importante del mismo problema mundial) que precisamente la potencia de los Estados Unidos en el mundo, y su expansión irresistible les obligan a introducir en los sótanos de su edificio los almacenes de pólvora del universo entero: todos los antagonismos de Occidente y de Oriente, la lucha de clases en la vieja Europa, las insurrecciones de los pueblos coloniales, todas las guerras y todas las revoluciones. De un lado, esto hace del capitalismo de América del Norte, en el curso de la nueva época, la fuerza fundamental de la contrarrevolución, cada vez más interesada en que se mantenga el “orden” en todos los puntos del globo terrestre; por otro lado, por ahí se prepara el inmenso estallido revolucionario de esta potencia mundial que domina ya el mundo y no cesa de crecer. La lógica de las relaciones existentes en el mundo indica que esta conflagración no podrá estar muy distante de la revolución proletaria en Europa.

Por haber precisado la dialéctica de las relaciones mutuas que unen a Europa y a los Estados Unidos, se han elevado contra nosotros, en los últimos años, las acusaciones más diversas: la de negar, como pacifistas, las contradicciones existentes en Europa; la de aceptar la teoría del superimperialismo de Kautsky, y otras muchas. No hay ninguna razón para que no nos detengamos a refutar esas “acusaciones” que, en el mejor de los casos, tiene su origen en una ignorancia completa de los procesos reales, así como de nuestra manera de verlos. Sin embargo, nos vemos obligados a indicar que sería difícil emplear más esfuerzos para embrollar y complicar ese problema mundial de extraordinaria importancia que los que emplearon, entre otros, los autores del proyecto de programa en la lucha mezquina, sostenida contra nuestra manera de plantear la cuestión. No obstante, el desenvolvimiento de los hechos la ha confirmado enteramente.

Los principales periódicos comunistas se esfuerzan, en estos últimos tiempos, en disminuir (obre el papel) la importancia de la hegemonía de América: se aludía a la crisis comercial e industrial que se iniciaba en los Estados Unidos. No podemos detenernos aquí a examinar la duración de la crisis norteamericana y la profundidad que puede llegar a alcanzar. Eso es un problema que concierne a la situación y no al programa. Evidentemente, no dudamos que la crisis es inevitable, no negamos la posibilidad de que sea muy extensa y profunda, en relación con la extensión mundial que ha adquirido el capitalismo yanqui. Pero deducir que la hegemonía de los Estados Unidos decrece o se debilita no es verdad, y puede suscitar errores muy groseros de orden estratégico, porque es justamente lo contrario lo que sucede. Durante la época de la crisis, la hegemonía de los Estados Unidos se hará sentir más completa, más clara, más implacablemente que en un período de prosperidad. Estados Unidos liquidará y vencerá sus dificultades y sus perturbaciones ante todo en detrimento de Europa, y nada importa que esto ocurra en Asia, en Canadá, en América del Sur, en Australia, o en la misma Europa, o que sea por procedimientos “pacíficos” o militares.

Es preciso comprender claramente que si el primer período de intervención norteamericana tuvo para Europa consecuencias estabilizadoras y pacificadoras, que en gran parte subsisten aún, y que pueden incluso episódicamente renacer y reforzarse (sobre todo en caso de nuevas derrotas del proletariado), por el contrario, la línea general de la política de Norteamérica, sobre todo si su economía encuentra dificultades y atraviesa crisis, provocará en Europa, así como en el mundo entero, profundas conmociones.

La conclusión que se deduce de ello es que no faltarán situaciones revolucionarias durante la década próxima, como no han faltado durante la que acaba de transcurrir. Por eso mismo, es necesario comprender juiciosamente los resortes fundamentales del desarrollo de los acontecimientos para no ser cogidos de improviso por su acción. Si, durante la década pasada, las consecuencias inmediatas de la guerra imperialista fueron la fuente principal de las situaciones revolucionarias, por el contrario, en el curso de la segunda década después de la guerra, esas situaciones surgirán, sobre todo, de las relaciones recíprocas entre Europa y América. Una gran crisis en los Estados Unidos sería la señal de nuevas guerras y revoluciones. Lo repetimos: no faltarán situaciones revolucionarias. Todo depende del partido internacional del proletariado, de la madurez y de la capacidad de lucha de la Internacional comunista, de la justeza de su estrategia y de sus métodos tácticos.

El proyecto de programa de la Internacional comunista no expresa ninguna de estas ideas. Sólo se señala en él un hecho tan importante como “el desplazamiento del centro económico del mundo hacia los Estados Unidos” en una observación periodística, de pasada, sin más ni más. Es completamente imposible justificar esto por la falta de espacio; en efecto, ¿no son las cuestiones fundamentales las que precisamente deben tratarse en un programa? A este respecto es preciso señalar que el proyecto se extiende demasiado sobre los problemas de segundo y de tercer orden, aunque deja algunos de lado. En general, el estilo es excesivamente impreciso, sin hablar de las numerosas repeticiones; suprimiéndolas, se podría reducir una tercera parte de texto.

3.- La consigna de los Estados Unidos Soviéticos de Europa

No hay justificación posible para la supresión del nuevo proyecto de programa de la consigna de los Estados Unidos Soviéticos de Europa, que había sido aceptada ya por la Internacional Comunista en 1923, después de una lucha interior bastante larga. ¿Es que quieren “volver” los autores a la actitud de Lenin en 1915? Pero para eso sería preciso comprenderla bien.

Como es sabido, durante el primer período de la guerra, Lenin vaciló en aceptar esa consigna. Introducida en la tesis de El Socialdemócrata, órgano central del partido en aquella época, Lenin la rechazó después. Este hecho sólo demuestra que no se trataba de la imposibilidad de admitirla en general, por razones de principio, sino que era preciso juzgarla estrictamente desde el punto de vista táctico; sopesar los lados positivos y negativos, examinándola desde el punto de vista de la etapa que se atravesaba entonces. Es inútil precisar que Lenin consideraba que los Estados Unidos no se realizarían en el marco de la Europa capitalista. Yo juzgaba el problema de la misma manera cuando expuse la fórmula de los Estados Unidos exclusivamente como forma de estado, en el porvenir, de la dictadura de proletariado en Europa. Decía:

“Una unión económica de Europa un poco completa, por arriba, como resultado de un acuerdo entre gobiernos capitalistas, es una utopía. En este terreno, no se irá más allá de los compromisos parciales y de las medias tintas. Por eso mismo, la unión económica de Europa, que promete ventajas enormes al productor y al consumidor, así como, en general, al desenvolvimiento de la cultura, es la misión revolucionaria del proletariado europeo en lucha contra el proteccionismo imperialista y su instrumento, el militarismo”. (L. Trotsky, Programa de la paz, vol. III, 1ª parte. pág. 85 de la edición rusa).

Y, más lejos, agregaba (página 92 de la misma edición):

“Los Estados Unidos de Europa constituyen, ante todo, una forma, la única que se puede concebir, de la dictadura del proletariado europeo”.

Pero, durante ese período, Lenin exponía ciertos peligros. Teniendo en cuenta que no se había hecho la experiencia de la dictadura del proletariado en un solo país, y también la falta de claridad teórica ante ese problema, incluso en el ala izquierda de la socialdemocracia de entonces, la consigna de los Estados Unidos de Europa podía dar nacimiento a la concepción de que la revolución proletaria debía comenzar simultáneamente, al menos, en todo el continente europeo. Precisamente Lenin ponía en guardia contra ese peligro de interpretación. Pero sobre esta cuestión no había ni sombra de desacuerdo entre Lenin y yo. Yo escribía entonces:

“Que ningún país debe “esperar” a los otros para empezar su lucha es una verdad elemental, que es útil y necesario repetir para que no se pueda sustituir la idea de la acción internacional paralela por la de la inacción internacional en la espera. Sin aguardar a los otros, comenzamos a luchar y continuamos luchando en el terreno nacional, con la certidumbre absoluta de que nuestra iniciativa dará un impulso a la lucha en los otros países”. (Trotsky, 1917, vol. III, 1ª parte, pág. 90 de la edición rusa).

Después vienen mis palabras, que Stalin citó en la séptima reunión plenaria del Comité ejecutivo de la Internacional comunista como la expresión más perversa del “trotskysmo”; es decir, de la “desconfianza” en las fuerzas internas de la revolución y la esperanza en recibir socorro de fuera:

“Y si esto (la extensión de la revolución a otros países) no se produce, no hay ninguna esperanza (como lo prueban la experiencia de la Historia y las consideraciones teóricas) de que una Rusia revolucionaria pueda resistir frente a una Europa conservadora o de que una Alemania socialista pueda subsistir aislada en el mundo capitalista”. (L. Trotsky, 1917, vol. III, 1ª parte, pág. 90 de la edición rusa).

En esta cita y en dos o tres del mismo género se basa la condena pronunciada por la séptima reunión plenaria contra el “trotskysmo”, que, al parecer, ha adoptado en esta “cuestión fundamental” una actitud que “no tiene nada de común con el leninismo”. Detengámonos, pues un instante, a oír al propio Lenin.

El 7 de marzo de 1918, Lenin decía, a propósito de la paz de Brest-Litovsk:

“Es una lección, pues no cabe duda alguna de que sin la revolución alemana pereceremos”. (Lenin, Obras completas, vol. XXVII, pág. 95 edición francesa).

Una semana después:

“El imperialismo universal y la marcha triunfal de la revolución social no pueden coexistir”.

Algunas semanas después, el 23 de abril, Lenin declaraba:

“Nuestra condición de país atrasado nos ha empujado hacia adelante, pero pereceremos si no sabemos resistir hasta el momento en que encontremos el poderoso apoyo de los obreros insurrectos de los otros países”. (Lenin, Obras completas, vol. XXVII pág. 239 de la edición francesa, subrayado por mí).

Pero, ¿se pronunciaban acaso estas palabras bajo la impresión de la crisis de Brest-Litovsk? No; en marzo de 1919, Lenin repite de nuevo:

“Vivimos no en un estado, sino en un sistema de estados; no se puede concebir que una república soviética exista durante largo tiempo al lado de estados imperialistas. En fin de cuentas, una u otros vencerán”. (Lenin, Obras completas, vol XVI, pág. 102 de la edición rusa).

Un año después, el 7 de abril de 1920, Lenin recordaba aún:

“El capitalismo, considerado en su conjunto mundial, continúa siendo más fuerte que el poder de los soviets, no sólo militarmente, sino también desde el punto de vista económico. Es preciso partir de esta constatación fundamental y no olvidarla jamás”. (Lenin, Obras completas, vol. XVII, pág. 102).

El 27 de noviembre de 1920, Lenin decía a propósito del problema de las concesiones:

“Ahora hemos pasado de la guerra a la paz, pero no hemos olvidado que la guerra volverá nuevamente. Mientras subsistan el capitalismo y el socialismo no podemos vivir tranquilamente; en fin de cuentas, uno u otro vencerá. Se cantará el Réquiem, ya de la república de los soviets, ya de capitalismo mundial. Esto es un aplazamiento de la guerra” (Lenin, Obras completas, vol. XVII, pág. 398).

Pero, ¿es que acaso la existencia ulterior de la república de los soviets ha incitado a Lenin a “reconocer su error”, a renunciar a “la desconfianza en las fuerzas interiores” de la Revolución de octubre?

Lenin decía ya en el Tercer Congreso de la Internacional Comunista, es decir, en julio de 1921:

“Se ha creado un equilibrio extremadamente precario, sumamente inestable; un equilibrio tal que la república socialista puede existir, aunque seguramente no por mucho tiempo, rodeada de países capitalistas”. (Tesis sobre la táctica de partido comunista ruso).

Pero hay más: el 5 de julio de 1921, Lenin declaró abiertamente, en una sesión del Congreso:

“Para nosotros estaba claro que sin la ayuda de la revolución mundial era imposible el triunfo de nuestra revolución proletaria. Tanto antes como después de la revolución pensábamos: inmediatamente, o al menos en muy poco tiempo, se producirá una revolución en los países atrasados y en los que están más desarrollados desde el punto de vista capitalista, o, en el caso contrario, tendremos que perecer. Aunque teníamos conciencia de ello, hemos hecho todo siempre por conservar a toda costa el sistema soviético, pues sabemos que trabajamos no solamente para nosotros mismos sino también para la revolución internacional”. (Lenin, Obras completas, vol. XVIII, I parte, pág. 321).

Cuán lejos están estas palabras, grandes en su simplicidad, enteramente saturadas de espíritu internacionalista de los hallazgos actuales de los epígonos satisfechos de sí mismos.

En todo caso, tenemos derecho a preguntar: ¿en qué difieren todas esas declaraciones de Lenin de la convicción que yo expresaba en 1915 de que la futura Rusia revolucionaria o la Alemania socialista no podrían subsistir “aisladas en el mundo capitalista”? Los plazos no son los fijados ni en mis previsiones ni en las de Lenin; pero la idea fundamental conserva todo su vigor, ahora acaso más que nunca. En lugar de condenarla, como lo hizo la séptima reunión plenaria, basándose en un informe que carecía de competencia y buena fe, es indispensable introducirla en el programa de la Internacional comunista.

Para defender la consigna de los Estados Unidos Soviéticos de Europa habíamos señalado en 1915 que la ley de la desarrollo desigual no constituye por sí misma un argumento en contra; en efecto, la desigualdad del desenvolvimiento histórico es, a su vez, desigual con relación a diversos estados y continentes; los países de Europa se desarrollan desigualmente en comparación unos de otros; sin embargo, se puede decir con una certidumbre absoluta, desde el punto de vista de la historia, que ninguno de esos países podrá, al menos en el curso de la época histórica que podemos prever, adelantar a los otros tanto como América del Norte ha adelantado a Europa. Hay una escala de desigualdad para América y otra para Europa. Las condiciones históricas y geográficas han determinado de antemano entre los países de Europa una relación orgánica tan íntima que les es absolutamente imposible salir de ella. Los actuales Gobiernos europeos burgueses parecen asesinos atados con la misma cuerda. La revolución en Europa (como ya se ha dicho) tendrá igualmente, en última instancia, en lo inmediato, una importancia decisiva para América. Pero, desde el punto de vista inmediato, en el cálculo histórico más cercano, la revolución en Alemania será mucho más importante para Francia que para los Estados Unidos de Norteamérica. De esta relación, creada por la historia, se deduce la vitalidad política de la consigna de la Federación Soviética de Europa. Hablamos de vitalidad relativa, pues ni que decir tiene que esta federación se extenderá a través del inmenso puente de una Unión Soviética hacia el Asia y entrará después en la Unión Mundial de las Repúblicas Socialistas. Pero eso será ya el gran capítulo siguiente de la época imperialista; cuando lo abordemos de lleno encontraremos las fórmulas convenientes para él.

Con otras citas se podría demostrar que el desacuerdo con Lenin en 1915, con respecto a los Estados Unidos de Europa, era estrictamente del dominio de la táctica y tenía, por su naturaleza misma, un carácter provisional; pero el curso seguido por los acontecimientos es una prueba mejor: en 1923, la Internacional Comunista hizo suya la fórmula en litigio. Si en 1915 era inadmisible por razones de principio, como tratan de explicarlo ahora los autores del proyecto de programa, la Internacional Comunista no habría podido adoptarla ocho años después; es preciso creer que la ley del desarrollo desigual no había cesado de obrar durante ese lapso.

La manera de plantear la cuestión esbozada más arriba parte de la dinámica del proceso revolucionario, analizado en su conjunto. Se considera la revolución internacional como un proceso que posee su ligazón en el interior de sí mismo, que no puede preverse en su conjunto determinando de antemano la sucesión de todas sus fases, pero cuyos rasgos históricos generales son perfectamente claros. Sin comprender éstos, es absolutamente imposible orientarse juiciosamente en política.

Pero las cosas cambian radicalmente si se toma como punto de partida la idea de la revolución socialista realizada e incluso terminada en un sólo país. Existe ahora una “teoría” según la cual la construcción completa del socialismo es posible en un solo país, y las relaciones entre éste y el mundo capitalista pueden basarse en la “neutralización” de la burguesía mundial (Stalin). Si se adopta ese punto de vista, que es, en el fondo, nacionalista reformista y no revolucionario internacionalista, desaparece, o al menos se atenúa, la necesidad de la consigna de los Estados Unidos de Europa. Pero justamente ésta nos parece importante, vital, porque contiene la condenación de la idea de la revolución socialista reducida a un solo país. Para el proletariado de cada país europeo, en un grado mucho más pronunciado aún que para la URSS (sin que haya, sin embargo, más que una diferencia de grado), la extensión de la revolución a los países vecinos, el apoyo que se le dará en éstos por la fuerza de las armas es la necesidad más urgente, y no sólo por consideraciones de solidaridad internacional abstracta, que por si sola no puede hacer entrar en movimiento a las clases, sino por un argumento, de una exigencia vital formulado centenares de veces por Lenin: no podremos mantenernos si la revolución internacional no nos ayuda en tiempo oportuno. La idea de los Estados Unidos soviéticos corresponde a esta dinámica de la revolución proletaria; ésta no surge simultáneamente en todos lo países, sino que se extiende de uno a otro y exige que exista el contacto más íntimo entre ellos, en primer lugar en el territorio europeo, tanto para defenderse contra los poderosos enemigos exteriores como por las necesidades de la organización de economía.

Es verdad que se podrá objetar que después de la crisis del Ruhr, que fue precisamente la última tentativa para hacer adoptar esa fórmula, ésta no ha desempeñado ya ningún papel importante en la agitación de los partidos comunistas europeos y no pudo, en cierto modo, echar raíces. Pero ocurre absolutamente lo mismo con las consignas “gobierno obrero”, “soviets”, etc., es decir, con todas las que deben preceder directamente a la revolución. El desafecto en que cayó la idea de los Estados Unidos Soviéticos de Europa se explica por el hecho de que, contrariamente al juicio político erróneo del quinto Congreso, el movimiento revolucionario decayó desde fines de 1923 en el continente europeo. Pero justamente por eso sería funesto establecer un programa o algunas de sus partes dejándose impresionar sólo por este período. La consigna de los Estados Unidos Soviéticos de Europa fue adoptada, a pesar de todas las prevenciones, justamente en 1923, cuando se esperaba que la revolución estallase en Alemania, y cuando los problemas de las relaciones recíprocas entre los estados de Europa habían adquirido una aspereza particular; por consiguiente, la consigna no fue adoptada al azar. Toda nueva acentuación de la crisis interna de Europa, y, con mayor razón, de la crisis mundial, si es bastante profunda para plantear de nuevo los problemas fundamentales de la política, creará condiciones absolutamente favorables para la adopción de la consigna de los Estados Unidos Soviéticos de Europa. Es, pues, un error radical pasarla en silencio en el proyecto de programa, sin rechazarla, no obstante, o, dicho de otro modo, guardarla en reserva, “por si acaso”. En las cuestiones de principio, la política de reservas no vale para nada.

4.- El criterio del internacionalismo

Como ya sabemos, el proyecto supone una tentativa (que merece elogios de todas maneras): la de tomar como punto de partida, en su estructura, la economía mundial y sus tendencias interiores. Pravda tiene completamente razón cuando dice que es en eso en lo que nos distinguimos en principio de la socialdemocracia nacional y patriota. Sólo partiendo de la economía mundial, que domina a sus diversas partes, se puede establecer el programa del partido internacional del proletariado. Pero, precisamente, al juzgar las tendencias esenciales de la evolución del mundo, el proyecto no sólo revela las lagunas que le deprecian como hemos señalado más arriba, sino que, en ciertos puntos, es groseramente unilateral, y comete así burdos errores y deformaciones.

Repetidas veces, y no siempre oportunamente, el proyecto se refiere a la ley del desarrollo desigual del capitalismo, presentándola como su ley fundamental, que determina poco más o menos todo. Una serie de errores del proyecto, y, entre ellos, uno que es esencial desde el punto vista teórico, se basan en una concepción unilateral y errónea, ni marxista ni leninista, de la ley del desarrollo desigual.

En su capítulo primero el proyecto dice:

“La desigualdad en el desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. Esta desigualdad aumenta y se acentúa aún más en la época del imperialismo”.

Es cierto. Esta fórmula condena la manera como Stalin planteó recientemente la cuestión, afirmando que la llamada ley del desarrollo desigual había sido desconocida de Marx y Engels y descubierta por Lenin. El 15 de septiembre de 1925, Stalin decía que Trotsky está mal inspirado al basarse en Engels, que escribía en una época en que no se podía siquiera plantear la cuestión (¡!) de la ley del desarrollo desigual de los países capitalistas. Aunque esas palabras parezcan inverosímiles, sin embargo Stalin, uno de los autores del proyecto, las repitió más de una vez. El texto del proyecto da en ese punto, como vemos, un paso adelante. Si, no obstante, se deja de lado esta corrección que repara una falta elemental, lo que el proyecto dice de la ley del desarrollo desigual es, en el fondo, unilateral e incompleto.

En primer lugar, sería más justo decir que toda la historia de la humanidad se desarrolla en medio de una evolución desigual. El capitalismo sorprende ya a las diferentes partes de la humanidad en grados diferentes de evolución, cada uno de los cuales contiene profundas contradicciones internas. La gran variedad del nivel alcanzado y la desigualdad extraordinaria del ritmo de desenvolvimiento de las diversas partes de la humanidad, en el curso de los diferentes periodos, constituyen la posición de partida del capitalismo. Sólo gradualmente éste se hace dueño de la desigualdad que ha heredado, la torna evidente y la modifica empleando sus propios métodos y marchando por sus propias rutas. Distinguiéndose en esto de los sistemas económicos que le precedieron, el capitalismo tiene la propiedad de tender continuamente hacia la expansión económica, de penetrar en regiones nuevas, de vencer las diferencias económicas, de transformar las economías provinciales y nacionales, encerradas en sí mismas, en un sistema de vasos comunicantes, de acercar así, de igualar el nivel económico y cultural de los países más avanzados y más atrasados. No se puede concebir sin ese proceso fundamental la nivelación relativa, primero de Europa y de Inglaterra, después de América y de Europa, la industrialización de las colonias, que disminuye la diferencia existente entre la India y la Gran Bretaña, así como todas las consecuencias de los procesos enumerados, en las cuales se basa no sólo el programa de la Internacional comunista, sino su propia existencia.

Mediante la aproximación económico de los países y la igualación del nivel de su desarrollo, el capitalismo obra con sus métodos, es decir, con métodos anárquicos, que zapan continuamente su propio trabajo, oponiendo un país y un ramo de la producción a otro, favoreciendo el desenvolvimiento de ciertas partes de la economía mundial, frenando o paralizando el de otras. Sólo la combinación de esas dos tendencias fundamentales, centrípeta y centrífuga, nivelación y desigualdad (consecuencias ambas de la naturaleza del capitalismo) nos explica el vivo entrelazamiento del proceso histórico.

A causa de la universalidad, de la movilidad, de la dispersión del capital financiero, que penetra en todas partes de esta fuerza animadora del imperialismo, éste acentúa aún esas dos tendencias. El imperialismo une con mucha más rapidez y profundidad en uno sólo los diversos grupos nacionales y continentales; crea entre ellos una dependencia vital de las más íntimas; aproxima sus métodos económicos, sus formas sociales y sus niveles de evolución. Al mismo tiempo, persigue ese “fin”, que es suyo, por procedimientos tan antagónicos, dando tales saltos, efectuando tales razzias en los países y regiones atrasados que él mismo perturba la unificación y la nivelación de la economía mundial, con violencias y convulsiones que las épocas precedentes no conocieron. Sólo esta concepción dialéctica, y no abstracta y mecánica, de la ley del desarrollo desigual permite evitar el error radical al cual no ha podido escapar el proyecto de programa propuesto al VI Congreso.

Inmediatamente después de haber caracterizado esta ley de la manera unilateral que hemos señalado más arriba, el proyecto dice:

“De ahí se deduce que la revolución internacional del proletariado no puede considerarse como un acto que se realiza simultáneamente en todas partes a la vez. De ahí resulta que el triunfo del socialismo es posible en algunos países poco numerosos e incluso en un solo país capitalista, considerado aisladamente”.

Que es imposible que la revolución proletaria internacional sea un acto simultáneo nadie puede negarlo, sobre todo después de la experiencia de la Revolución de Octubre, realizada por la clase obrera de un país atrasado, bajo la presión de la necesidad histórica, sin esperar a que el proletariado de los países avanzados “rectificase el frente”. Es absolutamente justo y oportuno recurrir a la ley de desarrollo desigual en este aspecto. Pero no lo es en la segunda parte de la conclusión, donde se asegura, sin fundamento, que el triunfo del socialismo es posible en “un solo país capitalista, considerado aisladamente”. Como prueba, el proyecto dice simplemente: “de ahí resulta”; es decir, que ello se desprende de la llamada ley del desarrollo desigual. Sin embargo, eso no es verdad. “De ahí resulta” directamente lo contrario. Si los diversos países evolucionasen no sólo desigualmente aislados sino aún independientemente unos de otros, entonces, sin ninguna duda, habría que deducir de la ley del desarrollo desigual la posibilidad de construir el sistema socialista en un solo país, considerado aisladamente: en primer lugar en el más avanzado, después, a medida que fuesen llegando a la madurez, en los más atrasados. Esta era la concepción habitual, en cierto modo media, del paso al socialismo en la socialdemocracia de antes de la guerra y constituía, precisamente, la consagración teórica del socialpatriotismo. Claro está que el proyecto no adopta ese punto de vista, pero resbala hacia él.

El error teórico que se comete es intentar extraer a la ley del desarrollo desigual lo que ésta no contiene y no puede contener. La evolución desigual, a saltos, de los diversos países quebranta continuamente los lazos que los unen, su interdependencia económica creciente; pero sin suprimirlos, ni mucho menos: al día siguiente de una carnicería infernal que duró cuatro años, esos países se ven obligados a cambiar carbón, trigo, petróleo, pólvora y tirantes. En este punto fundamental, el proyecto presenta los hechos como si la evolución histórica se realizase a saltos; pero el terreno económico que los provoca y en el cual se realizan sale completamente del campo visual de los autores del proyecto, o éstos lo eliminan abusivamente. Se procede así para defender la indefendible teoría del socialismo en un solo país.

Después de lo que queda dicho, no será difícil comprender que la única manera justa de plantear el problema es la siguiente: Ya durante la época preimperialista, Marx y Engels habían llegado a la conclusión de que, de una parte, la irregularidad, es decir, las sacudidas de la evolución histórica, extenderán la revolución proletaria a toda una época, durante la cual las naciones entrarán unas tras otras en el torrente revolucionario; pero, de otra parte, la interdependencia orgánica de los diversos países, que se ha desarrollado hasta el punto de convertirse en división internacional del trabajo, excluye la posibilidad de establecer el régimen socialista en un solo país; por consiguiente con más razón ahora, en el curso de la nueva época, cuando el imperialismo ha extendido, profundizado y avivado esas dos tendencias antagónicas, la doctrina de Marx, que enseña que sólo se puede comenzar, pero en ningún caso acabar la revolución socialista en los límites de una nación, es dos y tres veces más verdadera aún. Lenin no ha hecho más que ampliar y concretar la manera como Marx planteó la cuestión y la solución que le dio.

El programa de nuestro partido adopta enteramente como punto de partida la idea de que la revolución de octubre y la construcción del socialismo están condicionadas por la situación internacional. Para demostrarlo bastaría simplemente volver a copiar la parte teórica de nuestro programa. Señalemos solamente que cuando, en el VIII Congreso del partido, el difunto Podbielsky sospechó que ciertas fórmulas del programa no se referían más que a la revolución en Rusia, Lenin le respondió, en el discurso de clausura (19 de marzo de 1919):

“Podbielsky ha combatido uno de los párrafos, que habla, de la revolución social que se prepara... Indudablemente, este argumento no tiene base, pues en nuestro programa se habla de revolución social de dimensión mundial”... (Lenin, Obras completas, Vol. XVI, pág. 131).

No será superfluo mencionar que, poco más o menos, hacia la misma época Lenin proponía que se llamase a nuestro partido, no partido comunista ruso, sino partido comunista simplemente, para subrayar con mayor fuerza que es el partido de la revolución internacional. En el Comité Central, Lenin sólo tuvo mi voto a favor de esta proposición. Sin embargo, no planteó esta cuestión ante el Congreso teniendo en cuenta que en ese momento se organizaba la Tercera Internacional. Siendo ésta la posición del partido no podía surgir la idea del socialismo en un solo país. Sólo por eso el programa del partido no condena esta teoría, sino que la ignora simplemente.

Pero en el programa de las juventudes comunistas, adoptado dos años más tarde, fue necesario ya, para educar a los jóvenes en el espíritu del internacionalismo, ponerles directamente en guardia contra las ilusiones y el espíritu nacionales estrechos en la cuestión de la revolución proletaria. Ya hablaremos de esto más adelante.

No se ha procedido así en el nuevo proyecto de programa de la Internacional comunista. De conformidad con la evolución reformista que sufrieron sus autores desde 1924, se entra, como vemos, en un camino directamente opuesto. Sin embargo, la manera como el problema del socialismo en un solo país sea resuelta determina el valor del proyecto entero como documento marxista o revisionista.

Evidentemente, ese proyecto, de una manera cuidadosa y obstinada, en repetidas veces, explica, pone de manifiesto, subraya, las diferencias que existen entre las maneras comunista y reformista de plantear las cuestiones. Pero eso no resuelve el problema. Es como si un barco abundantemente provisto de aparatos y mecanismos marxistas tuviese las velas abiertas a todos los vientos revisionistas y reformistas. El que, sirviéndose de la experiencia adquirida durante las tres últimas décadas, y, sobre todo, de la experiencia convincente de China en el curso de los últimos años, haya aprendido a comprender la poderosa interdependencia dialéctica que existe entre la lucha de clases y los programas de los partidos, nos comprenderá también cuando digamos que el nuevo velamen revisionista puede parar el funcionamiento de los aparatos de seguridad y de salvamento del marxismo y del leninismo. He aquí por qué nos vemos obligados a ocuparnos más en detalle de esta cuestión esencial, que determinará por mucho tiempo el desenvolvimiento y el destino de la Internacional Comunista.

5.- La tradición teórica del partido

El proyecto de programa, en la cita señalada más arriba, emplea con manifiesta intención la fórmula “triunfo del socialismo en un solo país” para llegar a una identidad de texto superficial, puramente verbal, con un artículo de Lenin de 1915, del que se abusó de una manera cruel, por no decir criminal, en el curso de las discusiones acerca la organización de la sociedad socialista en un solo país. El proyecto recurre al mismo procedimiento en otro caso, cuando “alude” a las palabras de Lenin para consolidar su posición. Esta es su “metodología” científica.

De toda la rica literatura marxista, del tesoro de los trabajos de Lenin, dejando de lado todo lo que Lenin escribió, dijo e hizo; sin acordarse para nada de los programas del partido y de las juventudes comunistas, olvidando lo que todos los dirigentes del partido, sin excepción, habían expresado en la época de la revolución de octubre, cuando se planteó claramente (¡y cuán claramente!) la cuestión; pasando por encima de lo que los mismos autores del proyecto, Stalin y Bujarin, habían dicho hasta 1924 inclusive, no se presenta, en todo y por todo, para defender la teoría del socialismo nacional que nació a fines 1924 o a principios de 1925, de las necesidades de la lucha contra el llamado trotskysmo, más que dos citas de Lenin, una del artículo sobre los Estados Unidos de Europa, escrito en 1915, otra de su obra póstuma, inacabada, sobre la cooperación. Se deja simplemente de lado todo lo que contradice esas dos citas de algunas líneas, todo el marxismo, todo el leninismo. En la base de una nueva teoría, puramente revisionista, que provoca consecuencias políticas cuya trascendencia no puede entreverse todavía, se ponen esas dos citas, artificialmente aisladas del contexto, interpretadas por los epígonos de una manera groseramente errónea. Así, pues, se trata de injertar en el tronco marxista, recurriendo a métodos escolásticos y sofísticos, una rama de una especie muy distinta, y si este injerto resulta, infectará y matará a todo el árbol.

En el VII Plenario, Stalin declaró (y no por primera vez):

“La cuestión de la organización de la economía socialista en un solo país fue ya planteada en el partido, por primera vez, por Lenin, en 1915”. (Actas taquigráficas, pág. 14; subrayado por mí).

Así, pues, se admite aquí que antes de 1915 no se planteó la cuestión del socialismo en un solo país. Por consiguiente, Stalin y Bujarin no pretenden estar en la tradición precedente del marxismo y del partido ante el problema del carácter internacional de la revolución proletaria. Tomemos nota de esto.

Pero, ¿qué declaró Lenin, “por primera vez”, en 1915, contradiciendo lo que Marx y Engels habían dicho y lo que habla dicho él mismo hasta ese año?
En 1915, Lenin escribió:

“La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De ahí resulta que el triunfo del socialismo es posible primero en algunos países capitalistas poco numerosos, e incluso en uno solo, considerado aisladamente. El proletariado triunfante en un país, después de haber expropiado a los capitalistas y organizado la producción socialista, se alzará contra el resto del mundo capitalista, atraerá a las clases oprimidas de los otros países, sublevándolas contra los capitalistas e interviniendo incluso, en caso de necesidad, por la fuerza militar contra las clases explotadoras y sus Estados”. (Lenin, Obras completas, volumen XIII, pág. 133, Socialdemocracia, nº 44, 23 de agosto de 1915; subrayado por mí).

¿A qué se refiere Lenin al escribir esto? Simplemente, a que el triunfo del socialismo, en el sentido del establecimiento de la dictadura del proletariado, sólo es posible, en primer lugar, en un solo país, que se encontrará así en oposición con el mundo capitalista. El estado proletario, para rechazar los asaltos del enemigo y pasar a la ofensiva revolucionaria, deberá previamente organizar en su país “la producción socialista”, es decir, dirigir él mismo el trabajo en las fábricas arrebatadas a los capitalistas. Es todo. Como es sabido, ese “triunfo del socialismo” lo obtuvimos por primera vez, en Rusia; el primer estado obrero, para rechazar la intervención armada mundial, tuvo, en primer lugar, que organizar “la producción socialista” o bien, trusts de tipo socialista consecuente. Lenin entendía, pues, por triunfo del socialismo en un solo país, no una fantasmagoría, una sociedad socialista que tuviera como fin su propia existencia (sobre todo en un país atrasado), sino algo mucho más realista: lo que la revolución de octubre realizó en nuestro país desde el primer período de su existencia.

¿Acaso es preciso aportar más pruebas para demostrar esto? Las hay tan numerosas que sólo la elección es difícil.

En su tesis sobre la guerra y la paz (7 de enero de 1918), Lenin habla de “la necesidad en Rusia, de cierto lapso de tiempo, no menos de algunos meses, para el éxito del socialismo...” (Lenin, Obras completas, vol. XV, pág. 64).

A principios del mismo año 1918, en un artículo dirigido contra Bujarin y titulado: Sobre el infantilismo izquierdista y de la pequeña burguesía, Lenin escribía:

“Establecer en nuestro país, por ejemplo, en seis meses, el capitalismo de Estado, sería un éxito inmenso y la garantía más segura de que de aquí a un año el socialismo se consolidaría definitivamente en Rusia y sería invencible”. (Lenin, Obras completas, vol. XV, página 263).

¿Cómo podía fijar Lenin un plazo tan breve para consolidar “definitivamente” el socialismo? ¿Qué sentido material, social, relativo a la producción, daba a esas palabras?

Esta cuestión presentará otro aspecto si se recuerda que, el 29 de abril del mismo año 1918, Lenin decía, en su informe al Comité Ejecutivo Central panruso de los soviets:

“La generación que nos sigue inmediatamente, y que estará más desarrollada que nosotros, pasará apenas completamente al socialismo”. (Lenin, Obras completas, vol. XV, pág. 240).

El 3 de diciembre de 1919, en el Congreso de los arteles agrícolas y de las explotaciones colectivas, Lenin se expresó con más vigor aún:

“Sabemos que no podemos introducir ahora el orden socialista; Dios quiera que se establezca en nuestro país en vida de nuestros hijos, o, al menos, en la de nuestros nietos...” (Lenin, Obras completas, vol. XVI, pág. 398).

¿En cuál, pues, de esos dos casos tenía Lenin razón; cuando fijaba un plazo de doce meses para consolidar “definitivamente” el socialismo o cuando encargaba, no a nuestros hijos, sino a nuestros nietos el establecimiento del orden socialista?
Lenin tenía razón en los dos casos, pues se refería a etapas diferentes, completamente inconmensurables, de la construcción del socialismo.

En el primer caso, Lenin entendía por “consolidar definitivamente el socialismo”, no la organización de la sociedad socialista en el plazo de un año, e incluso en “algunos meses” (es decir, no la supresión de las clases, no la liquidación de las contradicciones existentes entre la ciudad y el campo) sino la puesta en marcha de las fábricas y usinas en manos del estado proletario, garantizando así la posibilidad de cambiar productos entre las ciudades y las aldeas. La escasa duración del plazo fijado constituye por sí misma una clave que permite interpretar sin error el pensamiento del autor.

Incluso para esta tarea muy elemental se había previsto un plazo demasiado corto a principios de 1918. De esta “falta” puramente práctica se burlaba Lenin, en el IV Congreso de la Internacional comunista, diciendo: “éramos más tontos que ahora”. Pero “habíamos” visto con justeza la perspectiva general, sin creer, ni mucho menos, que se pueda en doce meses erigir integralmente “el orden socialista”, y, por añadidura, en un país atrasado. Lenin contaba para alcanzar el objetivo fundamental y final (la realización de la sociedad socialista) con tres generaciones: nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos.

¿No está claro que en su artículo de 1915 Lenin entiende por organización de “la producción socialista” no la creación de una sociedad socialista, sino una obra infinitamente más simple, que ya hemos realizado en la URSS? De otro modo, sería necesario llegar a la conclusión absurda de que, según Lenin, el partido proletario, después de haber conquistado el poder, debe “aplazar” la guerra revolucionaria hasta la tercera generación.

Así, piadosamente, de punto de apoyo fundamental de la nueva teoría sólo queda la cita de 1915. Pero lo que la hace más lamentable aún es que, según Lenin esta cita no se refería de ninguna manera a Rusia. Hablaba de Europa por oposición a Rusia, como se desprende no solamente del contenido del artículo consagrado a los Estados Unidos de Europa, sino de la actitud que observaba Lenin entonces. Algunos meses después, el 20 de noviembre de 1915, Lenin escribía especialmente sobre Rusia:

“De esta situación de hecho se deduce, evidentemente, la misión del proletariado: lucha revolucionaria audaz, sin vacilación, contra la monarquía (consigna de la conferencia de enero de 1912, los “tres pilares”), lucha que arrastrará a todas las masas democráticas, es decir, sobre todo a los campesinos. Y, al mismo tiempo, lucha implacable contra el chauvinismo, lucha por la revolución socialista en Europa en alianza con su proletariado... La crisis militar ha reforzado los factores económicos y políticos (la pequeña burguesía) que la empujan, así como a los campesinos, hacia la izquierda. Esta es la base objetiva que hace perfectamente posible la victoria de la revolución democrática en Rusia. No es necesario que demostremos aquí que las condiciones objetivas de la revolución socialista están completamente maduras en Europa occidental; todos los socialistas influyentes, en todos los países avanzados, lo admitían antes de la guerra”. (Lenin, Obras completas, vol. XIII, páginas 212-213; subrayado por mí).

Así, pues, en 1915, Lenin hablaba claramente de la revolución democrática en Rusia y de la revolución socialista en Europa occidental, y señalaba, de paso, como algo que cae de su peso, que en Europa occidental, a diferencia de, en oposición con Rusia, las condiciones para la revolución socialista están “completamente maduras”. Pero los autores de la nueva teoría, que son, al mismo tiempo, los del programa, dejan simplemente de lado, entre otras muchas, esta cita, que se refiere directamente a Rusia, y obran del mismo modo con centenares de otras del conjunto de las obras de Lenin. Por el contrario, como hemos visto, se apoderan de una cita que concierne a Europa occidental, le dan un sentido que no tiene ni puede tener; atribuyen su significación arbitraria a Rusia, a la cual no se refiere y sobre estos “cimientos” erigen su nueva teoría.

¿Cómo planteaba Lenin esta cuestión durante el período que precedió inmediatamente a la revolución de octubre? Al partir de Suiza, después de la revolución de febrero, Lenin se dirigió a los obreros suizos en una carta en la que decía lo siguiente:

“Rusia es un país campesino, uno de los países más atrasados de Europa. El socialismo no puede triunfar en él directamente, enseguida. Pero el carácter campesino del país dadas las inmensas propiedades agrarias conservadas por los nobles terratenientes, puede, como lo prueba la experiencia de 1905, dar a la revolución burguesa y democrática en Rusia una extensión inmensa; puede hacer de la nuestra el prólogo de la revolución socialista mundial, una etapa hacia ella... El proletariado ruso no puede, por sus propias fuerzas, acabar victoriosamente la revolución socialista. Pero puede dar a su revolución tal extensión que creará las mejores condiciones para la revolución socialista, y la comenzará, en cierto modo. Puede facilitar la intervención en las batallas decisivas de su aliado principal, y el más fiel y el más seguro, el proletariado socialista europeo y americano” (Lenin, Obras Completas, vol. XIV, II parte, págs. 407- 408)

Estas líneas contienen todos los elementos de la cuestión. Si Lenin estimaba, como se trata de hacérnoslo creer, en 1915, durante un período de guerra y de reacción, que el proletariado en Rusia podía por sí sólo construir el socialismo y después declarar la guerra a los estados burgueses, ¿cómo, entonces, a principios de 1917, cuando la revolución de febrero se había producido ya, podía pronunciarse tan categóricamente sobre la imposibilidad para la Rusia campesina de organizar el socialismo por sus propias fuerzas? Habría que ser, al menos, un poco lógico y, digámoslo francamente; respetar un poco más a Lenin.

Sería superfluo multiplicar las citas. Un estudio de los puntos de vista de Lenin sobre el carácter económico y político de la revolución socialista, condicionada por su extensión internacional, exigiría un trabajo especial y comprendería no pocos temas, salvo el de la construcción en un solo país de una sociedad socialista con su propia existencia como fin. Lenin no conocía ese tema.

Nos vemos, sin embargo, obligados a ocuparnos aún de otro de Lenin; en efecto, el proyecto de programa parece citar el artículo póstumo de Lenin De la cooperación, sirviéndose de una expresión aislada de éste con un fin que no tiene nada de común con él. Nos referimos al capítulo V del proyecto de programa que dice que los obreros de las repúblicas soviéticas poseen “en el país las premisas materiales necesarias y suficientes... para construir el socialismo integral”. (subrayado por mí).

Si este artículo, dictado por Lenin durante su enfermedad y publicado solamente después de la muerte, decía verdaderamente que el estado soviético posee las premisas materiales (es decir, en primer lugar, de producción) necesarias y suficientes para construir por si sólo el socialismo integral, no quedaría otra solución que suponer que el autor había dejado escapar un lapsus durante el dictado, o bien que se trataba de un error de taquigrafía. Uno y otro serían, en todo caso, más probables que el hecho de ver a Lenin renunciar en dos líneas cualesquiera al marxismo y a todo lo que había enseñado durante su vida. Felizmente, es inútil recurrir a esta explicación. El artículo De la cooperación, notable, aunque inacabado, está ligado por una unidad de pensamiento a otros, no menos notables, aparecidos durante el último período de la existencia de Lenin y que forman, en cierto modo, los capítulos de un libro que no pudo terminar y que trata del lugar que ocupa la revolución de octubre en el encadenamiento de las revoluciones de Occidente y de Oriente; el artículo De la cooperación no dice, ni mucho menos, lo que le atribuyen, con tanta ligereza, los revisionistas de la doctrina de Lenin.

Lenin explica en él que la cooperación “mercantil” puede y debe modificar completamente su papel social en el Estado obrero; gracias a una política justa, puede coordinar en la vía socialista el interés particular del campesino con el interés general del Estado. Lenin expone en las líneas que reproducimos a continuación los fundamentos de este pensamiento indiscutible:

“En efecto, el poder del estado, que se extiende a todos los medios de producción principales y que está en manos del proletariado, la alianza de la clase obrera y de numerosos millones de campesinos pobres, la garantía de que aquélla conservará la hegemonía con respecto a éstos, etc., ¿no es todo lo que necesita para poder, con ayuda de la cooperación, de la cooperación sola (que tratábamos antes de mercantil y que tenemos aún, hasta cierto punto, el derecho de tratar así, ahora que tenemos la NEP), construir la sociedad socialista integral? Eso no es aún la construcción de la sociedad socialista, pero es todo lo necesario y suficiente para ello”. (Lenin, Obras completas, vol. XVIII, II parte, pág. 140).

El texto de la cita, que contiene la frase inacabada “de la cooperación sola”, prueba indiscutiblemente que estamos en presencia de un borrador no corregido y, además de eso, dictado, y no escrito por la mano del autor. Por eso mismo tanto más imperdonable es agarrarse a palabras aisladas del texto, en lugar de meditar sobre el sentido general del artículo. Sin embargo, felizmente, la letra misma de la cita aportada, y no solamente su espíritu, no da derecho a cometer el abuso a que han recurrido los autores del proyecto. Hablando de las premisas “necesarias y suficientes”, Lenin delimita rigurosamente su tema en este artículo. En él examina simplemente por qué métodos y procedimientos llegaremos hasta el socialismo, desembarazándonos de la dispersión de las explotaciones campesinas, sin pasar por nuevos conflictos de clase, dada la existencia de las premisas del régimen soviético. El artículo esta enteramente consagrado a las formas sociales de la organización de la transición entre la pequeña economía privada y la economía colectiva; no trata, ni mucho menos de las condiciones materiales de producción de esta transición. Si hoy triunfase el proletariado europeo y viniera a socorrernos con su técnica, la cuestión de la cooperación, planteada por Lenin como método social de organización que combina el interés privado con el de la colectividad, conservará toda su importancia. La cooperación indica la ruta por la cual la técnica en desarrollo, la electrificación inclusive, podrá reorganizar y unir a millones de explotaciones campesinas si el régimen soviético existe; pero no la substituye ni la crea en su seno. Como hemos visto, Lenin no hace más que hablar de las premisas “necesarias y suficientes” en general, y las enumera con precisión. Estas son: 1º, “el poder del estado, que se extiende a todos los medios de producción” (la frase no está corregida); 2º, el poder del estado “en manos del proletariado”; 3º, “la alianza de la clase obrera y de numerosos millones de campesinos”; 4º, “la garantía de la supremacía del proletariado con referencia a los campesinos”. Y sólo después de haber enumerado esas condiciones estrictamente políticas (no se habla aquí para nada de las condiciones materiales), Lenin saca su conclusión: esto (es decir, todas las condiciones enumeradas) “es todo lo necesario y suficiente” para construir la sociedad socialista. “Todo lo que es necesario y suficiente” en el plano político, y nada más. Pero, agrega Lenin, por esta razón “no es aún la construcción de la sociedad socialista”. ¿Por qué? Porque las condiciones políticas solas, incluso si son suficientes, no resuelven el problema en su conjunto. Queda aún la cuestión de la cultura. Nada más que eso, dice Lenin, y subraya las palabras “nada más” para demostrar la enorme importancia de las premisas que nos faltan. Lenin sabía tan bien como nosotros que la cultura está relacionada con la técnica; “para ser cultos (decía, haciendo descender a los revisionistas de las nubes) es preciso que haya cierta base material”. (Ídem, pág. 175). Basta recordar el problema de la electrificación, que Lenin ligaba, dicho sea de paso a la cuestión de la revolución socialista internacional. La lucha por la cultura, en el marco de las condiciones “necesarias y suficientes” políticas (pero no materiales) ocuparía completamente toda nuestra actividad si no hubiera el problema de la lucha incesante e implacable, económica, política, militar y cultural entre la sociedad socialista en construcción con una base atrasada y el capitalismo mundial, que marcha hacia su decadencia, pero que es poderoso por su técnica.

“Me inclinaría a decir [subraya Lenin, hacia el final del mismo artículo] que para nosotros el centro de gravedad se desplaza hacia el trabajo cultural, si no hubiera las relaciones internacionales, si no hubiera la obligación de luchar por nuestras posiciones en el dominio internacional”. (Ídem, pág. 177).

Este es el verdadero pensamiento de Lenin, incluso si se aísla el artículo sobre la cooperación de sus demás obras. ¿Cómo, pues, calificar de otra manera que de falsificación el método de los autores del proyecto de programa, que, tomando conscientemente de Lenin las palabras concernientes a la existencia en nuestro país de las premisas “necesarias y suficientes”, agregan, por su parte, la premisa fundamental, es decir, la material, mientras que Lenin demostraba con claridad qué precisamente faltaba en Rusia, que había que conquistarla aún en relación con la lucha, “por nuestras posiciones en el dominio internacional”, es decir, en relación con la revolución proletaria mundial. He aquí lo que queda del segundo y último punto de apoyo de la teoría.

Conscientemente no citamos aquí los innumerables artículos y discursos en que Lenin (desde 1905 hasta 1923) afirma y repite de la manera más categórica que sin la revolución mundial triunfante estamos amenazados de muerte; que no se puede triunfar contra la burguesía desde el punto de vista económico en un solo país, y menos aún en un país atrasado; que la tarea de construir la sociedad socialista es internacional por su esencia misma. Lenin saca conclusiones que parecerán acaso “pesimistas” a los creadores de la nueva teoría nacional y reaccionaria; pero que son suficientemente optimistas si se las considera desde el punto de vista del internacionalismo revolucionario. No concentramos aquí nuestra atención más que en las citas escogidas por los autores del proyecto para crear las premisas “necesarias y suficientes” para su utopía. Y vemos que todo su edificio se derrumba en cuanto se le toca con el dedo.

Creemos, sin embargo, que es normal dar aquí al menos un testimonio directo de Lenin respecto a la cuestión en litigio que no necesita ser explicada y no podría ser interpretada falsamente.

“Hemos señalado en toda una serie de obras, en todos nuestros discursos, en toda la prensa, que no ocurre lo mismo en Rusia (como en los países capitalistas), donde tenemos una minoría de obreros ocupados en la industria y una mayoría de modestos cultivadores. En un país así, la revolución social no puede triunfar definitivamente más que con dos condiciones. Una, que sea sostenida en tiempo oportuno por la revolución social en uno o varios países avanzados... La otra es el acuerdo entre el proletariado que ejerce su dictadura o tiene en sus manos el poder del estado y la mayoría de la población campesina...

Sabemos que no es el acuerdo con los campesinos lo que puede salvar a la revolución socialista en Rusia en tanto que no se produzca la revolución en otros países...” (Lenin, Obras completas, vol. XVIII, I parte, págs. 137-138; subrayado por mí).

Esperamos que esta cita será suficientemente convincente; en primer lugar, Lenin mismo señala que las ideas que expone las ha desarrollado “en toda una serie de obras, en todos nuestros discursos, en toda la prensa”; en segundo lugar, ha sido escrita no en 1915, no antes de octubre, sino en 1921, cuatro años después de la toma del poder.

Nos atrevemos a creer que, en lo que concierne a Lenin, la cuestión está ya suficientemente clara. Pero uno puede preguntarse aún: ¿Cómo planteaban en el pasado la cuestión que nos interesa los autores del proyecto de programa?

Stalin decía, a este respecto, en noviembre de 1926:

“El partido admitió siempre que el triunfo del socialismo en un solo país es la posibilidad de construirlo en él, y que esta obra puede realizarse con sus propias fuerzas”. (Pravda, 12 de noviembre de 1926).

Sabemos ya que el partido no admitió eso jamás. Por el contrario, en “toda una serie de obras, en todos nuestros discursos, en toda la Prensa”, como dice Lenin, el partido se basó en una posición contraria, que encontró justamente su expresión fundamental en el programa del partido comunista de la URSS Pero, Stalin, al menos, ¿partió “siempre” de la falsa idea de que puede organizarse el socialismo con las “fuerzas” de un “solo país”? Veámoslo.

Ignoramos totalmente como Stalin comprendía esta cuestión en 1905 o en 1915, pues sobre esto carecemos completamente de datos consignados en documentos. Pero, en 1924, Stalin expuso de la manera siguiente las concepciones de Lenin sobre la construcción del socialismo:

“…Derribar en un país el poder de la burguesía e instaurar el del proletariado no significa asegurar el triunfo completo del socialismo. Queda aún por realizar la misión principal de éste: la organización socialista de la producción. ¿Se puede resolver este problema, se puede obtener la victoria definitiva del socialismo en un solo país sin que concuerden los esfuerzos de los proletarios de varios países avanzados? No; es imposible. Para derribar a la burguesía, bastan los esfuerzos de un solo país, como lo prueba la historia de nuestra revolución. Para que el socialismo triunfe definitivamente, para organizar la producción socialista, los esfuerzos de un solo país, sobre todo de un país tan campesino como Rusia, ya no bastan; son precisos para ello los de los proletarios de varios países avanzados...”
“Estos son, en general, los rasgos característicos de la teoría leninista de la revolución proletaria”. (J. Stalin, Sobre Lenin y el leninismo, Ediciones del Estado, sección de Moscú, 1924, págs. 40-41).

Hay que reconocerlo: “los rasgos característicos de la teoría leninista” están expuestos aquí con bastante exactitud. Sin embargo, en las ediciones posteriores del libro de Stalin esa frase ha sido corregida en un sentido directamente opuesto y “los rasgos característicos de la teoría leninista” fueron denunciados un año después como... trotskysmo. La séptima reunión plenaria del Comité ejecutivo de la Internacional comunista adoptó su decisión con arreglo no a la edición de 1924, sino a la de 1926.

He aquí la situación de Stalin. No puede ser más lamentable. Es verdad que aún podríamos consolarnos si la actitud de la última reunión plenaria del Comité ejecutivo de la Internacional comunista no hubiera sido tan lamentable como la de Stalin.

Queda una última esperanza; es que, al menos Bujarin, el verdadero autor del proyecto de programa, haya admitido “siempre” la posibilidad de realizar el socialismo en un solo país. Veamos. He aquí lo que Bujarin escribía a este respecto en 1917.

“Las revoluciones son las locomotoras de la Historia. Sólo el proletariado, incluso en la atrasada Rusia, puede ser el maquinista irreemplazable de estas locomotoras. Pero el proletariado no puede permanecer ya en los límites de las relaciones de propiedad de la sociedad burguesa. Marcha hacia el poder y hacia el socialismo. Sin embargo, no puede realizar esta misión, que en Rusia también ‘esta al orden del día’, ‘en el interior de las fronteras nacionales’. Aquí la clase obrera tropieza con un muro infranqueable [observadlo bien: “con un muro infranqueable”. L.T.], que sólo puede derribarse con el ariete de la revolución obrera internacional. (N. Bujarin, La lucha de clases y la revolución en Rusia, 1917, págs. 3 y 4 de la edición rusa).

No es posible expresarse más claramente. He aquí cuál era la opinión de Bujarin en 1917, dos años después del supuesto “cambio repentino” de Lenin en 1915. Pero la Revolución de Octubre, ¿no habrá enseñado algo nuevo a Bujarin? Veámoslo.

En 1919, Bujarin escribía las líneas que siguen respecto a “la dictadura del proletariado en Rusia y la revolución mundial”, en el órgano teórico de la Internacional Comunista:

“Dada la existencia de la economía mundial y la cohesión que une a sus diversas partes, dada la interdependencia de los diversos grupos burgueses organizados en estados, ni que decir tiene que no puede acabarse la lucha en un país aislado sin que una de las partes obtenga una victoria decisiva en varios países civilizados”. (subrayado por mí)

En esa época no había “ni que decir” eso. Después:

“En las publicaciones marxistas y semimarxistas de antes de la guerra se planteó más de una vez la cuestión de si era posible la victoria del socialismo en un solo país. La mayoría de los escritores respondieron negativamente [¿y Lenin, entonces, en 1915? L.T.], de lo cual no se puede deducir que sea imposible o inadmisible comenzar la revolución y apoderarse del poder en un país aislado”.

¡Precisamente!

El mismo artículo decía más lejos:

“El período de progresión de las fuerzas productivas no puede comenzar más que con el triunfo del proletariado en varios países importantes... De donde se deduce que es necesario extender por todos los medios la revolución mundial y formar un bloque económico sólido entre los países industriales y Rusia soviética”. (N. Bujarin, “La dictadura del proletariado en Rusia y la revolución mundial”, en, La Internacional Comunista, nº 5, septiembre de 1919, pág. 614, edición rusa).

La afirmación de Bujarin de que la progresión de las fuerzas productivas, es decir, la verdadera progresión socialista no comenzará en nuestro país hasta después de la victoria del proletariado de los países avanzados de Europa es precisamente la idea contra la cual van dirigidas todas las actas de acusación formuladas contra el “trotskysmo”, entre otras ocasiones en la séptima reunión plenaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Lo que es curioso es que Bujarin, que debe su salud a su corta memoria, actuase de acusador. Al lado de este aspecto cómico hay otro trágico: es que es Lenin quien está en el banquillo, porque ha expresado este mismo pensamiento elemental docenas de veces.

Así pues, en 1921, seis años después del supuesto cambio de actitud de Lenin en 1915, cuatro años después de octubre, el Comité Central, con Lenin a la cabeza, aprobó el programa de las juventudes comunistas, establecido por una comisión dirigida por Bujarin, y en cuyo párrafo cuarto se dice:

“El poder del estado se encuentra ya en la URSS en manos de la clase obrera. Durante tres años de lucha heroica contra el capital mundial, se ha mantenido y desarrollado el poder soviético. Aunque Rusia posee inmensas riquezas naturales es, sin embargo, desde el punto de vista industrial, un país atrasado, donde predomina una población pequeño burguesa. Rusia no puede llegar al socialismo más que a través de la revolución proletaria mundial, en cuya época hemos entrado ya”.

Este párrafo del programa de las juventudes comunistas (no de un documento cualquiera, sino de un programa) muestra por sí solo cuán ridículas e indignas son las tentativas de los autores del proyecto de demostrar que el partido ha considerado posible “siempre” la construcción del socialismo en un solo país, y, por añadidura, precisamente en Rusia. Si “siempre” fue esta la actitud del partido, ¿por qué Bujarin formuló así ese párrafo del programa de las juventudes comunistas? ¿Dónde tenía Stalin en ese momento los ojos? ¿Cómo Lenin y todo el Comité Central abrían podido aprobar semejante herejía? ¿Cómo nadie, en el partido, habría observado ese “detalle” y no habría planteado la cuestión? ¿No se parece demasiado todo esto a una siniestra farsa con la cual se ridiculizan cada vez más el partido, su historia y la Internacional Comunista? ¿No es ya hora de poner fin a todo esto? ¿No ha llegado ya el momento de decir a los revisionistas: no os ocultéis más tras de Lenin, tras de la tradición teórica del partido?

En la VII reunión plenaria del Comité ejecutivo de la Internacional Comunista, Bujarin, que sobrevive gracias a su corta memoria, argumentando en favor de la resolución condenatoria del “trotskysmo”, declaró:

“La teoría de la revolución permanente del camarada Trotsky (pues el camarada Trotsky la profesa aún) dice también que, a causa de nuestra situación económica atrasada, pereceremos inevitablemente sin la revolución mundial”. (Actas taquigráficas, pág. 115, edición rusa).

Había hablado yo en la VII reunión plenaria de las lagunas existentes en la teoría de la revolución permanente tal como la había formulado en 1905-1906. Pero ni qué decir tiene que no había ni siquiera pensado en renunciar a lo fundamental de esa teoría, a lo que me aproximaba y me aproximó a Lenin, a lo que no me permite admitir actualmente la revisión del leninismo.

Había dos tesis fundamentales en la teoría de la revolución permanente.

Primero: a pesar del atraso histórico de Rusia, la revolución puede dar el poder al proletariado ruso antes de dárselo al de los países avanzados. Segundo: para salir de las contradicciones con que tropezará la dictadura del proletariado en un país atrasado, rodeado por un mundo de enemigos capitalistas, será necesario descender al ruedo de la revolución mundial. La primera de estas tesis se basa en una justa concepción de la ley del desarrollo desigual. La segunda, en una comprensión exacta de la realidad de los lazos económicos y políticos que unen a los países capitalistas. Bujarin tiene razón cuando dice que continúo profesando esas dos tesis fundamentales de la teoría de la revolución permanente. Ahora más que nunca. Pues las considero enteramente comprobadas y confirmadas: en el dominio teórico, por las obras completas de Marx y de Lenin, y, en el dominio práctico, por la experiencia de la Revolución de Octubre.

6.- ¿Dónde está, pues, la “desviación socialdemócrata”?

Las citas mencionadas son más que suficientes para caracterizar la posición teórica de Stalin y Bujarin, ayer y hoy. Pero para determinar el carácter de sus procedimientos en política es preciso recordar que, después de haber cosechado en los escritos de la Oposición declaraciones completamente análogas a las que ellos mismos hicieron hasta 1925 (en ese momento, en perfecto acuerdo con Lenin), Stalin y Bujarin, basándose en ellas, pusieron en pie la teoría de nuestra “desviación socialdemócrata”. Al parecer, sobre el problema esencial de las relaciones entre la revolución de octubre y la Internacional, la Oposición piensa como Otto Bauer, que no admite que sea posible construir el socialismo en Rusia. Se creería en verdad que no se ha inventado la imprenta hasta 1924 y que todo lo que precede a esta fecha está condenado al olvido. Se cuenta de antemano con que la gente tiene poca memoria.

Sin embargo, ya en el IV Congreso, sobre la cuestión del carácter de la Revolución de Octubre, la Internacional Comunista arregló las cuentas a Otto Bauer y a los otros filisteos de la Segunda Internacional. El informe que el Comité Central me encargó que presentase, y que expresaba sus puntos de vista sobre la nueva política económica y las perspectivas de la revolución mundial, contenía un juicio sobre la actitud de Otto Bauer, que expresó las ideas de aquél y no encontró ninguna objeción en el Congreso, y que estimo ha conservado enteramente todo su vigor hasta hoy. Bujarin renunció a aclarar el aspecto político del problema, puesto que “muchos camaradas, entre ellos Lenin y Trotsky”, habían hablado ya de él; en otros términos, Bujarin se solidarizó inmediatamente con mi informe. He aquí lo que dije a propósito de Otto Bauer:

“Los teóricos socialdemócratas admiten, de una parte, en sus artículos dominicales, que el capitalismo, sobre todo en Europa, se sobrevive y se ha convertido en un freno de la evolución histórica; por otra parte, expresan la certidumbre de que la evolución de Rusia soviética la conduce inevitablemente hacia la victoria de la democracia burguesa; así caen en una contradicción de las más vulgares, completamente digna de esos confusionistas obtusos. La nueva política económica está calculada para condiciones de tiempo y de espacio determinadas; es una maniobra del estado obrero que vive aún rodeado de capitalistas y que cuenta firmemente con el desenvolvimiento revolucionario de Europa. En los cálculos políticos no se puede dejar de lado un factor como el tiempo. Si se admite, en efecto, que el capitalismo durará en Europa aún un siglo o un medio siglo entero y que Rusia soviética, en su política económica, deberá adaptarse a él, entonces la cuestión se resuelve por sí misma; pues en esta hipótesis suponemos a priori que la revolución proletaria en Europa fracasará y que comenzará una nueva época de renacimiento capitalista. ¿En qué podríamos basarnos para aceptar esto? Si Otto Bauer ha descubierto en la vida de la Austria de hoy síntomas milagrosos de resurrección capitalista, entonces la suerte de Rusia está fijada de antemano. Pero, por ahora, no vemos milagros, y no creemos en ellos. Desde nuestro punto de vista, si la burguesía europea se asegurase en el poder por una serie de décadas, en las condiciones en que vive actualmente el mundo, ello equivaldría no a un nuevo florecimiento del capitalismo, sino a la descomposición económica y al desmembramiento cultural de Europa. Si se habla en general, no se puede negar que el renacimiento del capitalismo podría igualmente arrastrar a Rusia soviética al abismo. ¿Debería ésta, en ese caso, pasar por el estadio de la “democracia” o bien se descompondría tomando otras formas? Esto es ya una cuestión secundaria. Pero no vemos ninguna razón para adherirnos a la filosofía de Spengler. Contamos firmemente con el desarrollo revolucionario de Europa. La nueva política económica no es más que una adaptación al ritmo de ese desarrollo”. (L. Trotsky, Cinco años de la Internacional Comunista. “De la crítica socialdemócrata” p. 491-492, edición francesa).

Esta manera de plantear la cuestión nos lleva al punto por el cual hemos comenzado a juzgar el proyecto de programa: en la época del imperialismo sólo se puede examinar el destino de un país aislado tomando como punto de partida las tendencias del desarrollo mundial como un bloque en el cual este país, con sus particularidades nacionales, esta incluido, y del cual depende. Los teóricos de la Segunda Internacional aíslan a la URSS del resto del mundo y de la época imperialista; le aplican, considerándola como país aislado, el criterio árido de la “madurez” económica; establecen que no está preparada para construir el socialismo con sus solas fuerzas, y de ahí deducen que es inevitable la degeneración capitalista del estado obrero.

Los autores del proyecto de programa se colocan en el mismo terreno desde el punto de vista teórico; aceptan enteramente la metodología metafísica de los teóricos socialdemócratas; exactamente como ellos, “hacen abstracción” del conjunto del mundo y de la época imperialista; toman como punto de partida la ficción del desarrollo aislado; aplican a la etapa nacional de la revolución mundial el árido criterio económico; no obstante, su “sentencia” es contraria a la de aquéllos. El “izquierdismo” de los autores del proyecto consiste en que reproducen, volviéndolo del revés, el juicio socialdemócrata. Sin embargo, la manera como los teóricos de la Segunda Internacional plantean la cuestión no tiene importancia para nosotros. Es preciso adoptar la de Lenin, que elimina simplemente el diagnóstico de Bauer como ejercicio digno de un alumno del preparatorio.
He aquí lo que queda de nuestra “desviación socialdemócrata”. No es a nosotros, sino a los autores del proyecto a quienes habrá que clasificar entre los parientes de Bauer.

7.- La dependencia de la URSS de la economía mundial

Vollmar fue el precursor, y nadie más, de los predicadores de la sociedad nacional socialista. Al trazar, en un artículo titulado El Estado socialista aislado, la perspectiva de la construcción del socialismo en Alemania por las propias fuerzas del proletariado de este país, que ha sobrepasado con mucho a la avanzada Inglaterra, Vollmar, en 1878, se refería, con una claridad y una precisión absolutas, a la ley del desarrollo desigual, que, según cree Stalin, era desconocida por Marx y de Engels. Vollmar deduce de esta ley la conclusión incontrovertible siguiente:

“En las condiciones que prevalecen actualmente, y que se mantendrán durante todo el período que podemos prever ahora, la hipótesis de una victoria simultánea del socialismo en todos los países civilizados queda absolutamente excluida...”

Desarrollando este pensamiento más adelante, Vollmar dice:

“Llegamos así al estado socialista aislado, que es (espero haberlo demostrado) si no el único posible, al menos el más probable...”

Dado que se debe comprender aquí por estado socialista aislado solamente un estado de dictadura proletaria, Vollmar expone un pensamiento indiscutible y bien conocido de Marx y de Engels, y que Lenin expresó en el artículo de 1915 citado más arriba.

Pero después vienen los hallazgos hechos por el propio Vollmar, que, desde luego, no están formulados de una manera tan unilateral y errónea como los de nuestros teóricos del socialismo en un solo país. Para construir su argumentación, Vollmar toma, como punto de partida la consideración de que la Alemania socialista mantendría relaciones económicas estrechas con la economía capitalista mundial, disponiendo para ello de las ventajas de una técnica superiormente desarrollada y de escasos gastos de producción. Esta hipótesis se basa en la perspectiva de la coexistencia pacífica de los sistemas socialista y capitalista. Pero como el socialismo deberá, a medida que avance, manifestar sus enormes ventajas desde el punto de vista de la producción, la necesidad de la revolución mundial desaparecerá por sí misma; el socialismo triunfará contra el capitalismo a través del mercado, por la intervención de los bajos precios.

Bujarin, autor del primero y uno de los autores del segundo proyecto de programa, se basa enteramente, para su construcción del socialismo en un solo país, en la idea de la economía aislada considerada como un fin en sí misma. En su artículo titulado Del carácter de nuestra revolución y de la posibilidad de la instauración victoriosa del socialismo en la URSS (El Bolchevique, núms. 19-20, 1926), que constituye la realización suprema de la escolástica multiplicada por la sofística, todo el razonamiento se desarrolla en el marco de una economía aislada. El argumento principal y único es el siguiente:

“Puesto que tenemos todo lo necesario y suficiente para construir el socialismo, no llegará ningún momento a partir del cual esta organización sea imposible. Si tenemos en el interior de nuestro país una combinación de fuerzas tal que cada año que transcurre la preponderancia del sector socialista de nuestra economía crece, si los sectores socializados de nuestra economía progresan más rápidamente que los del capitalismo privado, entramos en cada nuevo año con fuerzas aumentadas”.

Es un razonamiento irrefutable: “Puesto que tenemos todo lo necesario y suficiente”, entonces... lo tenemos. Tomando como punto de partida los resultados de su demostración, Bujarin erige un sistema acabado de economía socialista con su propia existencia y como fin sin entradas ni salidas que comuniquen con el exterior. Bujarin, lo mismo que Stalin, no se acuerda del ambiente exterior, es decir, del mundo entero, más que para verlo desde el punto de vista de la intervención militar. Cuando Bujarin habla en ese artículo de la necesidad de “hacer abstracción” del factor internacional, se refiere a la intervención militar y no al mercado mundial. No necesita abstraerse de éste, pues lo olvida siempre simplemente. Con arreglo a ese esquema, Bujarin defendió en el XIV Congreso la idea de que si una intervención militar no venía a oponernos un obstáculo, instauraríamos el socialismo, “aunque sea a paso de tortuga”. La lucha incesante entre dos sistemas, el hecho de que el socialismo no puede reposar más que en fuerzas productivas superiores, en una palabra, la dinámica marxista de la sustitución de una formación social por otra, basada en el crecimiento de las fuerzas de producción, todo eso lo dejó enteramente de lado. Reemplazó la dialéctica revolucionaria e histórica por la utopía reaccionaria de un socialismo encerrado en sí mismo, organizándose gracias a una técnica inferior, evolucionando a “paso de tortuga” en los límites nacionales y sin otra relación con el mundo exterior que el temor a la intervención armada. El hecho de no aceptar esta caricatura lamentable de la doctrina de Marx y de Lenin ha sido calificado de “desviación socialdemócrata”. En el artículo de Bujarin a que nos referimos es donde, por primera vez, se puso de manifiesto, con “argumentación”, esta manera de caracterizar nuestras opiniones. La historia registrará que fuimos condenados por “desviación socialdemócrata” porque no hemos admitido el retorno a la teoría de Vollmar sobre el socialismo en un solo país, retorno, que inversamente, la habría convertido en más errónea.

El proletariado de Rusia zarista no se habría apoderado del poder en octubre si este país no hubiera sido un eslabón, el más débil, pero un eslabón, no obstante, de la cadena de la economía mundial. La conquista del poder por el proletariado no aisló ni mucho menos a la república de los soviets del sistema de la división internacional del trabajo, creado por el capitalismo.

Del mismo modo que el prudente murciélago no levanta el vuelo hasta el crepúsculo, la teoría del socialismo en un solo país surgió en el momento en que nuestra industria, agotando cada vez más su antiguo capital de base que cristalizaba los dos tercios de la dependencia de nuestra industria con respecto a la del mundo, necesitaba renovar y extender urgentemente sus relaciones con el mercado mundial y en que se planteaban claramente ante la dirección de la economía los problemas de comercio con el exterior.

En el XI Congreso, es decir, en el último en que pudo hablar, Lenin previno al partido en tiempo oportuno de que había que sufrir un nuevo examen, “un examen que organizarán el mercado ruso y el mundial, al cual estamos subordinados, con el cual estamos ligados y del cual no podemos arrancarnos”.

Nada hiere tan cruelmente a la teoría del “socialismo integral” aislado, como el simple hecho de que las cifras de nuestro comercio exterior hayan pasado a ser, en el curso de los últimos años, la piedra angular de nuestros planes económicos. “La parte más débil” de toda nuestra economía, de nuestra industria inclusive, es la importación, que depende enteramente de la exportación. Pero como la resistencia de una cadena depende del eslabón más débil, las proporciones de nuestros planes económicos se adaptan a las de la importación.

Leemos en un artículo consagrado al sistema del establecimiento del plan, aparecido en la revista La economía planificada, órgano teórico del Plan de Estado, enero de 1927, pág. 27:

“Al establecer las cifras de control del año corriente, fue necesario, por metodología, tomar como punto de partida los planes de nuestra exportación y de nuestra importación, orientarse en ellos para establecer los planes de los diversos ramos de la industria, y, por consiguiente, todo el plan general industrial, y hacer concordar con ellos, en particular, la construcción de nuevas fábricas, etc.”

Este paso metodológico a propósito del Plan de Estado significa, sin ninguna duda, para todos los que tienen oídos para oír y ojos para ver, que las cifras determinan la dirección y el ritmo de nuestra evolución económica, pero que se han desplazado ya hacia la economía mundial, y esto ocurre no porque seamos más débiles, sino porque, habiendo devenido más fuertes, hemos salido del círculo vicioso del aislamiento.

Por las cifras de las exportaciones y de las importaciones, el mundo capitalista nos demuestra que hay otros medios de coacción que los de la intervención militar. Como la productividad del trabajo y del sistema social en su conjunto se mide en el mercado por los precios, la economía soviética está más bien amenazada por una intervención de mercancías capitalistas a bajo precio que por una intervención militar. Por esta razón, lo importante no es obtener un triunfo aislado, desde el punto de vista económico, contra la “propia burguesía”. “La revolución socialista que avanza en el mundo entero no consistirá solamente en que el proletariado de cada país triunfe contra su burguesía” (Lenin, Obras completas, 1919, vol. XVI, pág. 388). Se trata de una lucha a muerte entre dos sistemas sociales, uno de los cuales ha comenzado a organizarse apoyándose en fuerzas productivas atrasadas, en tanto que el otro reposa hoy en fuerzas de producción de un poderío Infinitamente más grande.

El que considera como “pesimismo” el hecho de reconocer que dependemos del mercado mundial (Lenin decía francamente que le estamos subordinados), revela que le tiene miedo, pone enteramente al desnudo su pusilanimidad de pequeño burgués provinciano frente al mercado mundial y su pobre optimismo local y demuestra que espera librarse de él ocultándose bajo las zarzas, arreglándose de cualquier manera por sus propios medios.

La nueva teoría considera como una cuestión de honor la idea extravagante de que la URSS puede perecer a causa de una intervención militar, pero en ningún caso por su atraso en el dominio económico. Pero, puesto que las masas trabajadoras de un país socialista deben estar mucho más dispuestas a defenderlo que los esclavos del capital a atacarlo, uno se pregunta: ¿Cómo podemos perecer a causa de una intervención militar? Porque el enemigo es infinitamente más fuerte desde el punto de vista técnico. Bujarin no admite el predominio de las fuerzas de producción más que en su aspecto militar técnico. No quiere comprender que el tractor Ford es tan peligroso como el cañón Creusot, con la diferencia de que este último no puede obrar más que de vez en cuando, en tanto que el primero hace continuamente presión sobre nosotros. Además, el tractor tiene detrás al cañón como última reserva.

Nosotros, el primer estado obrero, somos una parte del proletariado internacional, y con éste dependemos del capitalismo mundial. Se ha puesto en circulación la palabra “relación”, indiferente, neutra, castrada por los burócratas, para disimular el carácter, sumamente penoso y peligroso para nosotros, de esas “relaciones”. Si produjésemos a los precios del mercado mundial, continuaríamos bajo su dependencia, pero ésta sería infinitamente menos rigurosa que actualmente. Pero, por desgracia, no ocurre así. El monopolio del comercio exterior prueba por sí mismo el carácter peligroso y cruel de nuestra dependencia. La importancia decisiva que tiene ese monopolio para nuestra construcción del socialismo se deriva, precisamente, de la correlación de fuerzas desfavorable para nosotros. Y no se puede olvidar un sólo instante que el monopolio del comercio exterior no hace más que regularizar nuestra correlación con el mercado mundial, pero no la suprime.

“Mientras nuestra república de los soviets [escribió Lenin] siga estando aislada de todo el mundo capitalista, creer en nuestra independencia económica completa, en la desaparición de ciertos peligros, sería dar prueba de un espíritu fantástico y utópico”. (Lenin, Obras completas, vol. XVII, pág. 409, edición rusa, subrayado por mí).

Por consiguiente, los peligros esenciales son la consecuencia de la situación objetiva de la URSS como país aislado en la economía capitalista, que nos es hostil. Sin embargo, esos peligros pueden crecer o disminuir. Eso depende de la acción de dos factores: nuestra construcción del socialismo de una parte, y la evolución de la economía capitalista, de otra. Evidentemente, en última instancia, es el segundo factor, es decir, la suerte del conjunto de la economía mundial, el que tiene una importancia decisiva.

¿Puede ocurrir, y si ello es posible (y en qué caso preciso) que la productividad de nuestro sistema social este cada vez más atrasada con respecto a la del capitalismo? Pues, en fin de cuentas, eso provocaría inevitablemente el hundimiento de la república socialista. Si dirigimos con inteligencia nuestra economía durante esta nueva fase, en el curso de la cual estaremos obligados a crear la base de la industria, que exige cualidades mucho más grandes por parte de la dirección, la productividad de nuestro trabajo aumentará. ¿Se puede suponer, no obstante, que la productividad del trabajo de los países capitalistas, o, por hablar con mayor precisión, de los países capitalistas predominantes, crecerá más rápidamente que la nuestra? Si no se da a esta pregunta una respuesta que tenga en cuenta las perspectivas, afirmar que nuestro ritmo será “por sí mismo” suficiente (sin hablar de la filosofía ridícula del “paso de tortuga”) es no decir absolutamente nada. Pero la sola tentativa de resolver el problema de la lucha entre los dos sistemas nos lleva al terreno de la economía y de la política mundiales, y en éste es la Internacional revolucionaria, que comprende la república de los soviets, quien obra y decide (y no una república soviética que tenga como fin su propia existencia y recurra de vez en cuando a la ayuda de la Internacional).

El proyecto de programa dice que la economía estatal de la URSS “desarrolla la gran industria a un ritmo que sobrepasa el de los países capitalistas”. En este ensayo de confrontación de los dos ritmos, es preciso reconocer que se da un paso adelante, en el dominio de los principios, con relación al período en que los autores del proyecto negaban categóricamente incluso el problema del coeficiente de comparación entre nuestra evolución y la del mundo. Es inútil “mezclar a esto el factor internacional”, decía Stalin. Organizaremos el socialismo “aunque sea a paso de tortuga”, anunciaba Bujarin. Justamente se desarrollaron las discusiones durante varios años en torno a esta línea política, que, desde el punto de vista de la forma, está ya conquistada. Pero si, en vez de incluir simplemente en el texto una comparación entre los diferentes ritmos del desarrollo económico, se comprende lo que el problema tiene de esencial, se verá que no se puede hablar en otro capítulo del proyecto de un “mínimo suficiente de industria”, basándose sólo en la del interior, sin relación con el mundo capitalista; no solamente no se puede resolver a priori sino ni siquiera plantear la cuestión de saber si es “posible” o “imposible” al proletariado de un país construir el socialismo por sus propias fuerzas. Resuelve la cuestión la dinámica de la lucha de dos sistemas, de dos clases mundiales; a pesar de los coeficientes elevados de nuestro progreso en el curso del período de reconstitución, sigue siendo un hecho esencial e indiscutible que:

“El capitalismo, si se le considera en una escala mundial, continúa siendo más fuerte que el poder de los soviets, no sólo militarmente, sino también desde el punto de vista económico. Es preciso partir de esta consideración fundamental y no olvidarla jamás”. (Lenin, Obras completas, vol. XVII, página 102 de la edición rusa).

El problema de la relación entre los diferentes ritmos entre si queda sin resolver, pues no depende solamente de nuestra habilidad para abordar la alianza entre la ciudad y el campo, asegurar el almacenaje de trigo, intensificar las importaciones y las exportaciones; dicho de otro modo, no depende únicamente de nuestros éxitos en el interior, que son, ciertamente, un factor de importancia excepcional en esta lucha, sino que está ligado incluso a la marcha de la economía y de la revolución mundiales. Por consiguiente, no se resolverá la cuestión en los límites de una nación, sino en el terreno de la lucha económica y política en el mundo entero.

Así, pues, vemos, casi en cada punto del proyecto del programa, una concesión directa o disimulada a la crítica de la Oposición. Esta “concesión” se manifiesta por una aproximación a Marx y a Lenin en el dominio teórico; pero las conclusiones revisionistas quedan completamente independientes de las tesis revolucionarias.

8.- La contradicción entre las fuerzas productivas y las fronteras nacionales es la causa del carácter utópico y reaccionario de la teoría del socialismo en un sólo país

La argumentación de la teoría del socialismo en un sólo país se reduce, como hemos visto, de una parte, a interpretar sofísticamente algunas líneas de Lenin, y, de otra, a explicar escolásticamente “la ley del desarrollo desigual”. Interpretando juiciosamente tanto esta ley histórica como las citas en cuestión, llegamos a una conclusión directamente opuesta, es decir, a la que sacaban Marx, Engels, Lenin, a la que deducimos todos nosotros, incluso Stalin y Bujarin, hasta 1925.

Del desarrollo desigual, por sacudidas, del capitalismo, se deriva el carácter desigual, por sacudidas de la revolución socialista; en tanto que de la interdependencia mutua de los diversos países, llegada a un grado muy avanzado, se desprende la imposibilidad no sólo política, sino también económica, de organizar el socialismo en un solo país.

Examinemos una vez más, desde este punto de vista, y más de cerca, el texto del Proyecto de programa. Ya hemos leído en la introducción:

“El imperialismo... agudiza extremadamente la contradicción que existe entre el crecimiento de las fuerzas de producción de la economía mundial y las fronteras que separan naciones y estados”.

Ya hemos dicho que esta tesis era, o, más bien, debería ser la piedra angular de un programa internacional. Pero excluye, refuta y barre a priori la teoría del socialismo en un solo país como reaccionaria, porque está en contradicción irreducible no sólo con la tendencia fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas, sino también con los resultados materiales que ese desenvolvimiento ha adquirido ya. Las fuerzas de producción son incompatibles con las fronteras nacionales. De ahí se derivan no solamente el mercado exterior, la exportación de hombres y de capitales, la conquista de territorio, la política colonial, la última guerra imperialista, sino también la imposibilidad de que viva, desde el punto de vista económico, una sociedad socialista que tenga como fin su propia existencia. Desde hace mucho tiempo, las fuerzas de producción de los países capitalistas no encuentran lugar suficiente en el interior de los límites de los Estados Nacionales. No se puede construir la sociedad socialista más que basándose en las fuerzas productivas más modernas, en la electrificación, en el empleo de la química en la producción, en la agrícola inclusive, en la combinación, en la generalización de los elementos superiores de la técnica contemporánea llevados a su desarrollo máximo.

Desde Marx no cesamos de repetir que el capitalismo es incapaz de dominar el espíritu de la nueva técnica que ha hecho nacer; espíritu que no solamente hace salir de sus límites a la producción burguesa, privada desde el punto de vista jurídico, sino que rompe también, como lo ha demostrado la guerra de 1914, el círculo nacional del Estado capitalista. El socialismo no sólo debe apoderarse del capitalismo las fuerzas de producción más desarrolladas, sino que debe llevarlas inmediatamente más lejos, elevarlas, dándoles un desenvolvimiento imposible bajo el capitalismo. ¿Cómo, entonces, se preguntará, reducirá el socialismo las fuerzas productivas para hacerlas entrar en los límites del Estado nacional, de los cuales trataban de salir violentamente ya bajo el régimen burgués? ¿O acaso será preciso que renunciemos a las fuerzas de producción “indomables” que se sienten comprimidas en las fronteras nacionales y, por consiguiente, también en las de la teoría del socialismo en un solo país? ¿Será preciso que nos limitemos a las fuerzas productivas en cierto modo domesticadas, dicho de otro modo, a una técnica económica atrasada? Pero, entonces debemos, desde ahora, en toda una serie de ramos, no subir, sino bajar por debajo incluso del lamentable nivel técnico actualmente alcanzado, que ligó indisolublemente a la economía mundial la Rusia burguesa y la llevó a participar en la guerra imperialista para extender el territorio de las fuerzas productivas que rebasaban el marco del Estado nacional.

Heredero de esas fuerzas, el Estado obrero, después de haberlas restablecido, está obligado a exportar e importar.

La desgracia es que no se ha hecho más que introducir mecánicamente en el texto del proyecto de programa, razonando después como si no existiese, la tesis de la incompatibilidad de la técnica capitalista actual con las fronteras nacionales. En el fondo, todo el proyecto constituye una combinación de tesis revolucionarias de Marx y de Lenin y de conclusiones oportunistas o centristas absolutamente inconciliables con ellas. He aquí por qué es necesario, sin dejarse seducir por algunas fórmulas revolucionarias del proyecto, velar atentamente para darse cuenta de la dirección de sus tendencias esenciales.

Ya hemos citado el capítulo primero que habla de la posibilidad del triunfo del socialismo en “un solo país, considerado aisladamente”. Esta idea está expresada más clara y más brutalmente en el cuarto capítulo, donde se dice que:

“La dictadura (¿?) del proletariado mundial... no puede realizarse más que a continuación del triunfo del socialismo (¿?) en diversos países, cuando las repúblicas proletaria nuevamente constituidas se federen con las ya existentes”.

Si se interpretan las palabras “triunfo del socialismo” simplemente como otra denominación de la dictadura del proletariado, entonces estamos en presencia de un lugar común que es indiscutible y que habría debido formularse mejor, evitando una presentación con doble sentido. Pero no es ése el pensamiento de los autores del proyecto. Entienden por triunfo del socialismo no simplemente la conquista del poder y la nacionalización de los medios de producción, sino la organización de la sociedad socialista en un solo país. Si admitimos esta interpretación estamos, no ante una economía socialista mundial basada en la división internacional del trabajo, sino ante una federación de comunas socialistas, cada una de las cuales tendrá como fin su propia existencia, algo así como las comunas que preconizaba el anarquismo, del cual no podemos acordarnos sin sonreír, sólo que ampliando sus límites a los del estado nacional.

El proyecto de programa, en su deseo de disimular con las antiguas fórmulas ya habituales la nueva manera de abordar la cuestión, recurre a la tesis siguiente:

“Sólo después de la victoria completa del proletariado en el mundo, después de que su poder mundial se haya consolidado, vendrá una época duradera de construcción intensiva de la economía socialista mundial”. (Cap. IV)

Esta tesis, destinada a servir de disfraz en el dominio teórico, desenmascara en realidad la contradicción esencial. Si en la tesis que analizamos se quiere decir que la época de la verdadera construcción socialista no podrá comenzar hasta después de la victoria del proletariado por lo menos en varios países avanzados, entonces se renuncia simplemente a la teoría de la organización del socialismo en un solo país, y se adopta la actitud de Marx y de Lenin. Pero si se toma como punto de partida la nueva teoría de Stalin-Bujarin, que ha echado raíces en diversas partes del proyecto de programa, se obtiene la perspectiva de que antes del triunfo mundial, completo, del proletariado una serie de países realizarán el socialismo integral; después, con esos países socialistas, se organizará la economía socialista mundial, lo mismo que los niños construyen una casa con tarugos de madera. En realidad, la economía socialista mundial no será la suma de las economías socialistas nacionales. Sólo podrá constituirse, en sus rasgos esenciales, sobre la base de la misma división mundial del trabajo creada por la evolución precedente del capitalismo. En sus fundamentos ella se formará y se reconstruirá no después de la organización “integral del socialismo” en una serie de países, sino en medio de los huracanes y de las tempestades de la revolución proletaria mundial, que se prolongará durante varias décadas. Las victorias económicas obtenidas por los primeros países de la dictadura proletaria no se medirán según el grado de aproximación al “socialismo integral”, sino por la estabilidad política de la dictadura, por los éxitos obtenidos en la preparación de los elementos de la futura economía socialista mundial.

El pensamiento revisionista se expresa con más precisión, y, sí esto es posible, con más brutalidad aún en el quinto capítulo; ocultándose tras una línea y media del artículo póstumo de Lenin, que desfiguran, los autores del proyecto de programa afirman que la URSS “posee en el país las bases materiales necesarias y suficientes, no sólo para vencer a los propietarios agrarios y a la burguesía, sino también para construir el socialismo integral”.

¿Gracias a qué circunstancias hemos heredado, pues, privilegios históricos tan excepcionales? A ese respecto leemos en el segundo capítulo del proyecto:

“El frente imperialista se rompió (gracias a la revolución de 1917) por su eslabón más débil: la Rusia zarista”. (subrayado por mí).

He aquí una magnífica fórmula leninista. En el fondo, significa que Rusia era el estado imperialista más atrasado y más débil desde el punto de vista económico. Justamente por eso las clases dominantes en Rusia se hundieron las primeras por haber cargado las fuerzas productivas insuficientes del país con un fardo que no pudieron soportar. La evolución desigual, por sacudidas, obligó así al proletariado de la potencia imperialista más atrasada a ser el primero en apoderarse del poder. Antes se nos enseñaba que, precisamente por esta razón, la clase obrera “del eslabón más débil” encontraría mayores dificultades para acceder al socialismo que el proletariado de los países avanzados; éste tendría mayores dificultades para apoderarse del poder; pero, conquistándolo mucho antes de que nosotros hubiéramos vencido nuestro atraso, no solamente nos adelantaría, sino que nos remolcaría para llevarnos a la verdadera organización del socialismo, basada en una técnica mundial superior y en la división internacional del trabajo. He aquí la concepción con la cual entramos en la Revolución de Octubre, concepción que el partido formuló decenas, centenares, millares de veces en la Prensa y en las reuniones, pero que se trata de sustituir desde 1923 con una noción absolutamente opuesta. Ahora ocurre que el hecho de que la antigua Rusia zarista fuese el “eslabón más débil” pone en manos del proletariado de la URSS (heredero de la Rusia zarista y de sus debilidades) una ventaja inapreciable: poseer sus propias premisas nacionales para organizar “el socialismo integral”.

La desgraciada Inglaterra no dispone de semejante privilegio a causa del desenvolvimiento excesivo de sus fuerzas de producción, que tienen casi necesidad del mundo entero para abastecerse de materias primas y colocar sus productos. Si las fuerzas productivas de Inglaterra fueran más “moderadas”, si mantuviesen un equilibrio relativo entre la industria y la agricultura, entonces, sin duda, el proletariado inglés podría organizar el socialismo integral en su isla “considerada aisladamente”, protegida por la flota contra una intervención extranjera.

El proyecto de programa, en su capítulo cuarto, reparte los estados capitalistas en tres grupos: 1º, los países de capitalismo avanzado (Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, etc.); 2º, los países donde el capitalismo ha alcanzado un nivel de desarrollo medio (Rusia antes de 1917, Polonia, etc.); 3º, los países coloniales y semicoloniales (India, China, etc.).

Aunque “Rusia antes de 1917” estuviera infinitamente más cerca de la China actual que de los Estados Unidos de ahora se podría no hacer objeciones especiales a este reparto esquemático si no fuera, en relación con otras partes del proyecto, una fuente de falsas deducciones. Teniendo en cuenta que el proyecto estima que los países “de desarrollo medio” disponen “de un mínimo de industria suficiente” para construir por sus propias fuerzas el socialismo, con mayor razón esto es cierto para los países de capitalismo superior. Así, pues, sólo los países coloniales y semicoloniales necesitan la ayuda de fuera; éste es precisamente (como veremos en otro capítulo) el rasgo distintivo del proyecto de programa.

Sin embargo, si abordamos los problemas de la construcción del socialismo con este solo criterio, haciendo abstracción de las riquezas naturales del país, de las relaciones que existen en su interior entre la industria y la agricultura, del lugar que ocupa en el sistema mundial de la economía, caeremos en nuevos errores no menos groseros. Hablemos de Inglaterra. Siendo, indiscutiblemente, un país de capitalismo superior, precisamente por esto no tiene ninguna probabilidad de organizar con éxito el socialismo en el marco de sus fronteras insulares. Inglaterra bloqueada se ahogaría al cabo de algunos meses.

Ciertamente, las fuerzas de producción superiores (si todas las demás condiciones son iguales) constituyen una ventaja enorme para organizar el socialismo. Dan a la economía una flexibilidad excepcional, incluso cuando ésta es víctima del bloqueo, como lo ha probado la Alemania burguesa en el curso de la guerra. Pero, para esos países avanzados la construcción del socialismo sobre bases nacionales seria hacer bajar en general, disminuir globalmente las fuerzas de producción, es decir, sería realizar la antinomia directa de la misión del socialismo.

El proyecto de programa olvida la tesis fundamental de la incompatibilidad entre las fuerzas productivas actuales y las fronteras nacionales, de la cual se desprende que las fuerzas de producción más desarrolladas no son un obstáculo menor para la construcción del socialismo en un solo país que las fuerzas poco desarrolladas, aunque éstas obren partiendo del extremo opuesto; si las segundas son insuficientes por su base, es por el contrario la base la que es demasiado limitada para las primeras. Se olvida la ley del desarrollo desigual precisamente cuando más se la necesita, cuando tiene mayor importancia.

La cuestión de la construcción del socialismo no se resuelve simplemente por la “madurez” o la “no madurez” industrial del país. Esta no madurez es también desigual. En la URSS ciertas ramas de la industria (más particularmente la construcción de máquinas) son muy insuficientes para satisfacer las necesidades más elementales del interior, otras, por el contrario, no pueden, en las circunstancias actuales, desarrollarse sin una exportación vasta y creciente. A la cabeza de estas últimas figuran las explotaciones forestales y la extracción de petróleo y de manganeso, sin hablar de la agricultura. De otra parte, las ramas “insuficientes” no podrán tampoco desarrollarse seriamente, si las ramas que producen “en exceso” (relativamente) no pueden exportar. La imposibilidad de organizar una sociedad socialista aislada (no en utopía, en la Atlántida, sino en las condiciones concretas geográficas e históricas de nuestra economía terrestre) está determinada en diversos países, en grados diversos, tanto por la extensión insuficiente de ciertas ramas como por el desarrollo “excesivo” de otras. De conjunto, esto significa justamente que las fuerzas de producción contemporáneas son incompatibles con las fronteras nacionales.

“¿Qué fue la guerra imperialista? Una insurrección de fuerzas de producción no sólo contra las formas burguesas de propiedad, sino también contra las fronteras de los estados capitalistas. La guerra imperialista significaba de hecho, que las fuerzas productivas se encontraban insoportablemente constreñidas en los límites de los estados nacionales. Siempre hemos afirmado que el capitalismo no está en condiciones de dominar las fuerzas de producción que ha desarrollado, que sólo el socialismo es capaz de encauzarlas, cuando, después de su crecimiento, rebasan el marco de los Estados nacionales en un conjunto económico superior. Ya no hay caminos que conduzcan hacia atrás, hacia el Estado aislado...” (Actas taquigráficas de la VII Plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, discurso de Trotsky, pág. 100).

Al tratar de justificar la teoría del socialismo en un solo país, el proyecto de programa comete un error doble, triple, cuádruplo: exagera la altura del nivel de las fuerzas productivas de la URSS, cierra los ojos para no ver la ley del desarrollo desigual de los diversos ramos de la industria, olvida la división mundial del trabajo, y, finalmente, no se acuerda de la contradicción esencial que existe entre las fuerzas de producción y las barreras en el curso de la época imperialista.

Para no dejar fuera de nuestro examen ni un solo argumento, nos queda por recordar aún una consideración, la más general desde luego, formulada por Bujarin al defender la nueva teoría.

La relación existente, dice Bujarin, en el conjunto del mundo entre el proletariado y los campesinos no es más favorable que en la URSS Si, por consiguiente, es a causa del retraso en el desenvolvimiento de la industria por lo que no ha podido construirse el socialismo en la URSS, es igualmente irrealizable a escala de la economía mundial.

Debería introducirse este argumento en todos los manuales de dialéctica como ejemplo clásico de procedimiento de reflexión escolástica. Primeramente: es muy probable que la relación entre el proletariado y los campesinos en el conjunto del mundo no difiera mucho de la existente en la URSS Pero la revolución mundial, como, desde luego, la revolución en un solo país, no se realiza, ni mucho menos, según el método de la proporción media aritmética. Así, la Revolución de Octubre se produjo y se defendió sobre todo en el Petrogrado proletario; no eligió una región en que la relación entre los obreros y los campesinos correspondiese a la proporción media de toda Rusia. Después de que Petrogrado, y, más tarde Moscú, hubieron creado el poder y el ejército revolucionario, tuvieron, durante varios años, que vencer a la burguesía a través del país; sólo después de este proceso, que se llama revolución, se ha establecido en los límites de la URSS la relación existente actualmente entre el proletariado y los campesinos. La revolución no se realiza según el método de la proporción media aritmética. Puede incluso comenzar en un sector menos favorable, pero mientras no se haya consolidado en las partes decisivas, tanto del frente nacional como del mundial, no se puede hablar de su victoria definitiva.

En segundo lugar: la relación entre el proletariado y los campesinos, en el cuadro de un nivel “medio” de la técnica, no es el único factor que resuelve el problema. Existe aún la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. La URSS está rodeada no por un mundo obrero y campesino, sino por el sistema capitalista. Si derribase a la burguesía en el mundo entero, ni que decir tiene que esto en sí no modificaría aún ni la relación entre el proletariado y los campesinos ni el nivel medio de la técnica en la URSS y en todo el universo. Sin embargo, la construcción del socialismo en la URSS vería abrirse ante ella, inmediatamente, otras posibilidades y tomaría otra extensión, absolutamente incomparable con la actual.

En tercer lugar: como las fuerzas productivas de cada país avanzado han sobrepasado en un grado cualquiera las fronteras nacionales, habría que deducir, según Bujarin, que las fuerzas de producción de todos los países han sobrepasado los límites del globo terrestre y, por consiguiente, que el socialismo no podría construirse más que a escala del sistema solar.

Lo repetimos: el argumento bujarinista que se basa en la proporción media de obreros y de campesinos debería introducirse en los silabarios de la política, no como se hace probablemente ahora, para defender la teoría del socialismo en un solo país, sino como prueba de la incompatibilidad completa que existe entre la casuística y la dialéctica marxista.

9.- La cuestión sólo puede ser resuelta en la arena de la revolución mundial

La nueva doctrina dice: puede organizarse el socialismo en un Estado nacional a condición de que no se produzca una intervención armada. De ahí puede y debe desprenderse una política colaboracionista hacia la burguesía del exterior, a pesar de todas las declaraciones solemnes del proyecto de programa. El fin es evitar la intervención; en efecto, esto garantizará la organización del socialismo, y así el problema histórico fundamental estará resuelto. La misión de los partidos de la Internacional Comunista toma de esta manera un carácter secundario: preservar a la URSS de las intervenciones, y no luchar por la conquista del poder. Se trata, evidentemente, no de las intenciones subjetivas, sino de la lógica objetiva del pensamiento político.

“La divergencia de opiniones consiste [dice Stalin] en que el partido considera que pueden perfectamente superarse esas contradicciones (internas), y esos conflictos eventuales basándose en las propias fuerzas de nuestra revolución, en tanto que el camarada Trotsky y la Oposición estiman que sólo pueden serlo en el dominio mundial, en el terreno de la revolución internacional del proletariado”. (Pravda, núm. 362, 12 de noviembre de 1926)

Sí, la divergencia de opiniones consiste precisamente en eso. No se podría expresar mejor, con más precisión, la contradicción existente entre el nacional-reformismo y el internacionalismo revolucionario. Si nuestras dificultades, nuestros obstáculos, nuestras contradicciones interiores, que son principalmente la refracción de las contradicciones mundiales, pueden resolverse simplemente por “las propias fuerzas de nuestra revolución”, fuera de la arena de la revolución internacional, entonces la Internacional es una institución medio auxiliar, medio decorativa, cuyos Congresos pueden convocarse cada cuatro años, cada diez o incluso no convocarse nunca. Si se agrega que el proletariado de los otros países debe proteger nuestra obra contra una intervención militar, la Internacional debe, según ese esquema, desempeñar el papel de un instrumento pacifista. Su papel fundamental, el de instrumento de la revolución mundial, pasa entonces, inevitablemente, al último plano. Y, lo repetimos, se llega a estas conclusiones no conscientemente (por el contrario, toda una serie de párrafos del programa prueban que las mejores intenciones animan a los autores), sino como consecuencia lógica de la nueva manera de abordar la cuestión desde el punto de vista teórico, y esto es mil veces más peligroso que las peores intenciones subjetivas.

En efecto, ya en la VII Plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Stalin había tenido la audacia de desarrollar y de sostener el pensamiento siguiente:

“Nuestro partido no tiene derecho a engañar (!) a la clase obrera; de lo contrario, debería haber dicho, francamente, que la falta de seguridad (!) de poder organizar el socialismo en nuestro país lleva hacia el abandono del poder, hacia la transformación del nuestro, de partido dirigente en partido de oposición”. (Actas taquigráficas, vol. II, pág. 10; subrayado por mí).

Esto significa: “no tienes derecho a poner tus esperanzas más que en los escasos recursos de la economía nacional; no esperes nada de los recursos inagotables del proletariado mundial. Si no puedes prescindir de la revolución internacional, cede el poder, ese mismo poder de octubre que hemos conquistado en interés de la revolución internacional.” ¡He aquí hasta qué decadencia se puede llegar en el dominio de las ideas si se plantea de una manera radicalmente falsa la cuestión!

El proyecto expresa un pensamiento inobjetable cuando dice que los éxitos económicos de la URSS están indiscutiblemente ligados a la revolución proletaria mundial. Pero el peligro político de la nueva teoría esta en el juicio comparativo erróneo sobre las dos palancas del socialismo mundial: la de nuestras realizaciones económicas y la de la revolución proletaria mundial. Sin que ésta triunfe no construiremos el socialismo. Los obreros de Europa y del mundo entero deben comprender esto claramente. La palanca de la construcción económica tiene una importancia enorme. Si la dirección comete faltas, la dictadura del proletariado se debilita; su caída asestaría tal golpe a la revolución mundial que ésta necesitaría una larga serie de años para reponerse. Pero la solución del proceso fundamental de la Historia, suspendido entre el mundo del socialismo y el del capitalismo, depende de la segunda palanca, es decir, de la revolución proletaria internacional. La enorme importancia de la Unión Soviética consiste en que constituye la base en que se apoya la revolución mundial y no en que, independientemente de ella, será capaz de construir el socialismo.

Adoptando un tono de superioridad que nada justifica, Bujarin nos pregunta repetidas veces:

“Si existen ya premisas, puntos de partida, una base suficiente e incluso ciertos éxitos en la obra de construcción del socialismo, ¿dónde está, entonces, el limite, la arista a partir de la cual ‘todo se opera en sentido inverso’? No hay tal límite”. (Actas taquigráficas de la VII Plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, pág. 116).

Esto es mala geometría y no dialéctica histórica. Puede haber esa “arista”. Pueden existir varias en los dominios interior, internacional, político, económico y militar. La “arista” más importante, la más amenazadora sería una consolidación seria y duradera, nuevo progreso del capitalismo mundial. Por consiguiente, desde el punto de vista político y económico, la cuestión nos lleva, pues, a la escena mundial. ¿Es que la burguesía puede asegurarse una nueva época de crecimiento capitalista? Negar esa eventualidad, contando con la situación “sin salida” del capitalismo, sería simplemente verborrea revolucionaria. “No hay situaciones que no tengan salida en absoluto” (Lenin). El estado actual de equilibrio inestable de las clases, existente en los países europeos, no puede durar infinitamente, precisamente porque es inestable.

Cuando Stalin-Bujarin demuestran que la URSS puede prescindir, como Estado (es decir, en sus relaciones con la burguesía mundial), de la ayuda del proletariado extranjero, de su victoria contra la burguesía, pues la simpatía activa actual de las masas obreras nos preserva de la intervención armada, demuestran la misma ceguedad que en todas las consecuencias de su error fundamental.

Es absolutamente innegable que, después del sabotaje socialdemócrata de la insurrección del proletariado europeo contra la, burguesía, después de la guerra, la simpatía activa de las masas obreras salvó a la república soviética. Durante estos últimos años, la burguesía europea no encontró fuerzas suficientes para sostener una gran guerra contra el estado obrero. Pero creer que esa correlación de fuerzas puede mantenerse durante muchos años, por ejemplo, hasta que hayamos construido el socialismo en la URSS, es dar prueba de una gran ceguedad, es juzgar la curva por uno de sus segmentos reducidos. Esa tan situación inestable, en que el proletariado no puede tomar el poder ni la burguesía se siente firmemente dueña de la situación, debe, más pronto o más tarde, un año antes o un año después, decidirse brutalmente en un sentido o en otro, en el de la dictadura del proletariado o en el de una consolidación seria y duradera de la burguesía, que se instalará sobre las espaldas de las masas populares, sobre los huesos de los pueblos coloniales y... ¿quién sabe?, sobre los nuestros. “No hay situaciones absolutamente sin salida”. La burguesía puede escapar de una manera duradera a sus contradicciones más penosas únicamente siguiendo la ruta abierta por las derrotas del proletariado y los errores de la dirección revolucionaria. Pero lo contrario puede también suceder. No habrá nuevos progresos del capitalismo mundial (claro está, que si se tiene en cuenta la perspectiva de una nueva época de grandes conmociones) si el proletariado sabe encontrar el medio de salir por el camino revolucionario del presente equilibrio inestable.

“Es preciso que los partidos revolucionarios demuestren ahora, en el trabajo práctico [decía Lenin, el 19 de julio de 1920, en el Segundo Congreso], que tienen suficiente conciencia, espíritu de organización, contacto con las masas explotadas, resolución, habilidad para utilizar esta crisis en beneficio de una revolución que nos dé el triunfo”. (Lenin, Obras completas, vol. XVII, pág. 264).

Nuestras contradicciones internas, que dependen directamente de la marcha de la lucha europea y mundial, pueden reglamentarse y atenuarse inteligentemente gracias a una política interior justa, basada en una previsión marxista; pero sólo se las podrá vencer eliminando las contradicciones de clases, lo que no puede ocurrir antes de que triunfe la revolución en Europa. Stalin tiene razón: hay divergencias justamente en este punto. Y ésta es la divergencia fundamental que existe entre el reformismo nacional y el internacionalismo revolucionario.

10.- La teoría del socialismo en un sólo país, fuente de errores socialpatriotas

La teoría del socialismo en un solo país conduce inevitablemente a menospreciar las dificultades que hay que vencer y a exagerar las realizaciones conseguidas. No se podría encontrar afirmación más antisocialista y antirrevolucionaria que la declaración de Stalin de que las 9/10 partes del socialismo están ya realizadas en nuestro país. Esto es el producto de la imaginación de un burócrata vanidoso. De esta manera se puede comprometer irremediablemente la idea de la sociedad socialista ante las masas trabajadoras. Los éxitos obtenidos por el proletariado soviético son grandiosos si se tienen en cuenta las condiciones en que han sido obtenidos, así como el bajo nivel de cultura heredado del pasado. Pero esas realizaciones constituyen una muy pequeña cantidad si se las pesa en la balanza del ideal socialista. Para no cortar los ánimos al obrero, al jornalero agrícola, al campesino pobre que en el año XI de la revolución ven en torno suyo la miseria, la pobreza, el paro, las colas ante las panaderías, el analfabetismo, los niños vagabundos, la embriaguez, la prostitución, es preciso decir la verdad rigurosa y no mentir elegantemente. En lugar de mentir, asegurándoles que las 9/10 partes del socialismo están ya realizadas, es preciso decirles que actualmente, según nuestro nivel económico y nuestras condiciones de vida cotidiana y de cultura estamos mucho más cerca del capitalismo, y aún del capitalismo atrasado e inculto, que de la sociedad socialista. Es preciso decirles que sólo comenzaremos la verdadera organización del socialismo después de que el proletariado de los países más avanzados haya conquistado el poder, que es preciso trabajar sin descanso por instaurar el socialismo, sirviéndonos de las dos palancas: una, corta, la de nuestros esfuerzos económicos en el interior; la otra, larga, la de la lucha internacional del proletariado.

En una palabra; en lugar de las frases de Stalin sobre las 9/10 partes del socialismo ya realizadas, es preciso citarles estas palabras de Lenin:

“Rusia (indigente) sólo conocerá la abundancia si rechaza todo desaliento y toda fraseología, si, apretando los dientes, concentra todas sus fuerzas y pone en tensión sus nervios y sus músculos, si comprende que sólo es posible el éxito por medio de la revolución socialista internacional, en cuya época hemos entrado”. (Lenin, Obras completas, vol. XX, pág. 165)

***

Nos hemos visto obligados a oír a militantes de la Internacional Comunista expresar el argumento siguiente: evidentemente, la teoría del socialismo en un solo país no tiene consistencia, pero ofrece, en condiciones difíciles, una perspectiva a los obreros rusos, y por eso mismo les da valor. Es difícil medir la profundidad de la caída, desde el punto de vista teórico, de los que no buscan en un programa un medio de orientarse, un medio de clase, con una base científica, sino un consuelo moral. Las teorías consoladoras, que contradicen los hechos, forman parte de la religión y no de la ciencia, y la religión es el opio del pueblo.

Nuestro partido ha atravesado su período heroico con un programa que está enteramente orientado en la revolución internacional, y no en el socialismo en un solo país. La juventud comunista, que lleva un estandarte en el cual está escrito que Rusia atrasada no construirá el socialismo por sus propias fuerzas, ha pasado a través de los años más duros de la guerra civil, a través del hambre, del frío, de los penosos sábados y domingos comunistas, de las epidemias, de los estudios hechos con el estómago vacío, de las víctimas innumerables que jalonaban cada paso recorrido. Los miembros del partido y de las juventudes comunistas combatieron en todos los frentes o acarrearon vigas en las estaciones no porque esperaban con éstas construir el edificio del socialismo nacional, sino porque servían a la revolución internacional, que exige que la fortaleza soviética resista, y para la fortaleza soviética cada nueva viga tiene su importancia. He aquí como abordábamos la cuestión. Los plazos han cambiado, se han prolongado (desde luego, no tanto todo eso); pero la manera de plantear el problema desde el punto de vista de los principios conserva todo su vigor aún ahora. El proletario, el campesino pobre insurrecto, el joven comunista, han demostrado de antemano, por su conducta anterior a 1925, época en la cual se predicó el nuevo Evangelio por primera vez, que no lo necesitaban. Pero lo necesitaba el funcionario que mira a la masa de arriba a abajo, el administrador que lucha por migajas y no quiere que se le inquiete, el hombre de la burocracia que trata de mandar ocultándose tras la fórmula saludable y consoladora. Son ellos los que creen que el pueblo oscuro necesita una “buena nueva”, que no se le puede dominar sin doctrinas consoladoras. Son justamente ellos los que aprovechan las palabras falsas sobre las “nueve décimas partes del socialismo”, pues esta fórmula consagra su posición privilegiada, su derecho al orden, al mando, su aspiración a liberarse de la crítica de los “hombres de poca fe” y de los “escépticos”.

Las quejas y acusaciones según las cuales la negación de la posibilidad de construir el socialismo en un solo país extingue el espíritu y mata la energía se parecen mucho, a pesar de que las condiciones sean completamente diferentes, a los reproches que los reformistas formularon siempre contra los revolucionarios. “Decís a los obreros que no pueden obtener una mejora decisiva de su situación en los límites de la sociedad capitalista -objetaban los reformistas- y así matáis en ellos la energía para la lucha”. En realidad, sólo bajo la dirección de los revolucionarios los obreros lucharon de una manera eficaz por las conquistas económicas y las reformas parlamentarias.

El obrero que comprende que no se puede construir el paraíso socialista como un oasis en el infierno del capitalismo mundial, que el destino de la república soviética y, por consiguiente, el suyo, dependen enteramente de la revolución internacional, cumplirá su deber para con la URSS con mucha más energía que el obrero al cual se ha dicho que lo que existe son ya las nueve décimas partes del socialismo. “¿Vale entonces la pena ir hacia el socialismo?”. La manera reformista de abordar la cuestión, en este punto como en todos los demás, perjudica no sólo a la revolución, sino también a la reforma.

***

En el artículo de 1915 ya citado, consagrado a la fórmula de los Estados Unidos de Europa, escribíamos:

“Examinar las perspectivas de la revolución social en los límites de una nación sería ser víctima del mismo espíritu nacional limitado que constituye el fondo del social-patriotismo. Hasta el fin de sus días, Vaillant creyó que Francia era la tierra prometida de la revolución social; precisamente por eso quería defenderla hasta el fin. Leusch y consortes (unos hipócritas, otros sinceramente) estimaban que la derrota de Alemania equivaldría, en primer lugar, a la destrucción de la base de la revolución social... En general, no hay que olvidar que, al lado del reformismo más vulgar, existe aún en los social-patriotas un mesianismo revolucionario que canta las proezas de su Estado nacional porque, considera que por su situación industrial, su forma ‘democrática’ o sus conquistas revolucionarias, está precisamente llamado a llevar a la humanidad al socialismo o la ‘democracia’. Si pudiera realmente concebirse la revolución triunfante en los límites de una nación mejor preparada, el programa de defensa nacional ligado a ese mesianismo tendría una justificación histórica relativa. Pero, en realidad, no hay ninguna. Luchar por conservar la base nacional de la revolución mediante métodos que minan las relaciones internacionales del proletariado, es zapar la revolución; ésta sólo puede comenzar en el terreno nacional, pero no puede acabarse sobre estos cimientos, teniendo en cuenta la interdependencia económica política y militar de los Estados europeos, que nunca se ha manifestado con tanta fuerza como en el curso de la guerra actual. Justamente esta interdependencia, que condicionará directa e inmediatamente la coordinación de los actos del proletariado europeo en el curso de la revolución, se expresa en la fórmula de los Estados Unidos de Europa”. (L. Trotsky, Obras completas, vol. III, 1ª parte, págs. 90-91).

Partiendo de la falsa interpretación que daba a la polémica de 1915, Stalin intentó más de una vez presentar la fórmula “espíritu nacional limitado” como dirigida contra Lenin. Sería difícil imaginar un absurdo mayor. Cuando polemicé con Lenin, lo hice siempre abiertamente, pues siempre me guié únicamente por consideraciones ideológicas. En ese caso no se trataba ni mucho menos de Lenin. El artículo nombra francamente a aquellos contra quienes van dirigidas las acusaciones: Vaillant, Leusch, etc. Es preciso recordar que 1915 fue el año de la orgía socialpatriótica, y que nuestra lucha contra ella alcanzaba su punto culminante. Con esta piedra de toque abordábamos todas las cuestiones.

El problema fundamental contenido en la cita que acabamos de reproducir está indudablemente presentado de una manera justa: prepararse a organizar el socialismo en un solo país es un procedimiento socialpatriota.

El patriotismo de los socialdemócratas alemanes ha comenzado por ser el patriotismo muy legítimo que sentían hacia su partido, el más poderoso de la Segunda Internacional. La socialdemocracia alemana tenía la intención de erigir “su” sociedad socialista basándose en la alta técnica alemana y en las cualidades superiores de organización del pueblo alemán. Si se deja de lado a los burócratas empedernidos, a los arribistas, a los negociantes parlamentarios y a los estafadores políticos en general, el socialpatriotismo del socialdemócrata de filas se derivaba precisamente de la esperanza de construir el socialismo alemán. No se puede pensar que los centenares de millares de militantes que formaban los cuadros socialdemócratas (sin hablar de los millones de obreros de filas) tratasen de defender a los Hohenzollern o a la burguesía. No, querían proteger la industria alemana, las carreteras y los ferrocarriles alemanes, la técnica y la cultura alemanas, y, sobre todo, las organizaciones de la clase obrera alemana como premisas nacionales “necesarias y suficientes” del socialismo.

En Francia se producía también un proceso del mismo género. Guesde, Vaillant, y con ellos millares de los mejores militantes del partido, centenares de millares de simples obreros, creían que era justamente Francia, con sus tradiciones insurreccionales, su proletariado heroico, su población flexible, altamente culta, la tierra prometida del socialismo. No defendían el viejo Guesde, Vaillant el comunalista, y con ellos millares y centenares de millares de honrados obreros, ni a los banqueros ni a los rentistas. Creían sinceramente defender la base y la fuerza creadora de la sociedad socialista futura. Adoptaban enteramente la teoría del socialismo en un solo país; sacrificaban “provisionalmente” -así lo creían en beneficio de esta idea- la solidaridad internacional.

Esta comparación con los socialpatriotas hará responder, ciertamente, que, con relación al Estado de los soviets, el patriotismo es un deber revolucionario, mientras que hacia el Estado burgués constituye una traición. Esto es verdad. ¿Hay algún revolucionario mayor de edad que pueda discutir semejante cuestión? Pero cuanto más se avanza más sirve una tesis indiscutible para disfrazar por medios escolásticos un punto de vista falso, y que, además, se sabe que lo es.

El patriotismo revolucionario no puede tener más que un carácter de clase. Comienza por ser el patriotismo del Partido y del sindicato, y se eleva hasta convertirse en patriotismo del Estado, cuando el proletariado se apodera del poder. Allí donde el poder está en manos de los obreros, patriotismo es un deber revolucionario. Pero este patriotismo debe ser parte integrante del internacionalismo revolucionario, de la Internacional revolucionaria. El marxismo ha enseñado siempre a los obreros que incluso la lucha por los salarios y la limitación de la jornada de trabajo no puede tener éxito si no es una lucha internacional. Y he aquí que actualmente, de golpe, nos encontramos con que el ideal de la sociedad socialista puede realizarse con las solas fuerzas de una nación. Es un golpe mortal asestado a la Internacional. La convicción inquebrantable de que el objetivo fundamental de clase no puede alcanzarse, aún menos que los objetivos parciales, por medios nacionales, o en el marco de una nación, constituye la médula del internacionalismo revolucionario. Si se puede llegar al objetivo final en el interior de las fronteras nacionales por los esfuerzos del proletariado de una nación, entonces se rompe la espina dorsal del internacionalismo. La teoría de la posibilidad de realizar el socialismo en un solo país, rompe la relación interior que existe entre el patriotismo del proletariado vencedor y el derrotismo del proletariado de los países burgueses. Hasta ahora el proletariado de los países capitalistas avanzados no hace otra cosa que marchar hacia el poder. ¿Cómo marchará hacia él, qué caminos seguirá en su marcha? Todo esto depende por completo, enteramente, de cómo considere la construcción de la sociedad socialista, es decir, de que la considere como un problema nacional o internacional.

En general, si es posible realizar el socialismo en un sólo país se puede admitir, esta teoría no solamente después de la conquista del poder, sino también antes. Si el socialismo es realizable en el marco nacional de la URSS atrasada, lo será mucho más en el de la Alemania avanzada. Mañana, los responsables del partido comunista alemán desarrollarán esta teoría. El proyecto de programa les da ese derecho. Pasado mañana le tocará el turno al partido comunista francés. Eso será el comienzo de la descomposición de la Internacional Comunista, que seguirá la línea política del socialpatriotismo. El partido comunista de cualquier país capitalista, después de haberse penetrado de la idea de que hay en el seno de su Estado todas las premisas “necesarias y suficientes” para construir por sus propias fuerzas “la sociedad socialista integral” no se distinguirá, en el fondo, en nada de la socialdemocracia revolucionaria, que tampoco había comenzado por Noske, pero que ha fracasado definitivamente al tropezar con esta cuestión el 4 de agosto de 1914.

Cuando se dice que el hecho mismo de la existencia de la URSS es una garantía contra el socialpatriotismo, pues el patriotismo hacia la república obrera es un deber revolucionario, se expresa justamente el espíritu nacional limitado por esta utilización unilateral de una idea justa: sólo se mira a la URSS y se cierran los ojos ante el proletariado mundial. No se puede orientar a éste por el derrotismo hacia el Estado burgués sino abordando en el programa el problema esencial desde el punto de vista internacional, rechazando sin piedad el contrabando socialpatriota que se oculta aún, tratando de hacer su nido en el dominio teórico del programa de la Internacional leninista.

Aún no es demasiado tarde para volver sobre nuestros pasos, para retornar a la senda de Marx y de Lenin. Este retorno abrirá el único camino que se puede concebir para ir adelante. Para facilitar este cambio saludable presentamos al VI Congreso de la Internacional Comunista esta crítica del proyecto de programa.



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