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Irak: La posguerra

Partido de Trabajadores por el Socialismo, La Verdad Obrera N° 119, 30/4/03.

Por Juan Chingo

Luego de un comienzo auspicioso, a la ocupación norteamericana de Irak comienzan a aparecerle serios problemas en el horizonte.

 

El más importante es el resurgir de los chiítas -a los que Hussein desde el inicio de su gobierno en 1969 suprimió sus derechos políticos y religiosos-, antes de que EE.UU. pudiera consolidar su propio poder. En Najaf y Karbala, en Kut y Nasiriya, en los suburbios de Basora y Bagdad, el control civil chiíta se está convirtiendo en una nueva realidad política, distinta e independiente de las autoridades de la ocupación. La peregrinación de más de dos millones de creyentes a la ciudad de Karbala, en una clara manifestación político religiosa, ha sido su muestra más espectacular. La reivindicación de su identidad religiosa, junto a las consignas de “No a la ocupación”, “Abajo Israel”, “Abajo EE.UU.” y la exigencia de una república islámica que se levantaron en dichas jornadas han comenzado a desdibujar las sonrisas de los soldados norteamericanos. De esta manera, los chiítas están señalando su retorno al primer plano en la escena política nacional. La incapacidad de EE.UU. para apreciar la fuerza de las aspiraciones chiítas y la subestimación de su fortaleza organizativa, constituye la principal falla política en su planes de posguerra. Aunque este despertar está aún en sus inicios y podría disiparse en los próximos meses, si se desarrolla y cristaliza a nivel nacional podría convertirse en un serio desafío a la ocupación y al modelo estatal que EE.UU. e Inglaterra quieren imponer en Irak.
Esta cuestión tiene una enorme importancia no sólo en Irak sino a nivel regional. La habilidad de Washington para imponer su control sobre la situación determinará no sólo si este país se convierte en un aliado o en un atolladero para EE.UU., sino que también afectará la percepción regional sobre la fortaleza o vulnerabilidad de Norteamérica. Por ahora los chiítas -y también los kurdos en el norte- están aprovechando a su favor las constricciones políticas que EE.UU. se autoimpuso para disminuir la carga de su operación neocolonial. EE.UU. busca no aparecer como lo que realmente es, una potencia ocupante y opresora, sino como un liberador y democratizador. Quiere evitar las atrocidades que históricamente han acompañado a las expansiones imperialistas.
Hasta ahora las cosas no han alcanzado un punto de no retorno. Pero si las aspiraciones chiítas son frustradas y les es negado a estos un rol dirigente, sus manifestaciones pueden volverse abiertamente hostiles a las fuerzas de ocupación. La reiteración de incidentes como la manifestación de ciudadanos iraquíes que exigían el retiro de las tropas el 28 de abril, que concluyó en la matanza de 13 civiles y decenas de heridos a manos del ejército norteamericano, puede enrarecer fuertemente el clima entre la población y las fuerzas norteamericanas. Si EE.UU. aparece indeciso o no logra transformar su decisiva acción militar contra los regímenes en un efectivo control sobre la población, la desmoralización que ha provocado el rápido colapso del régimen de Hussein puede dar pie a un creciente desprecio y al aumento de la resistencia en la región.
En el nuevo escenario de posguerra, Irán parece ser la pieza clave. Aunque los chiítas iraquíes son independientes de este país, el régimen iraní tiene una importante influencia sobre los mismos y puede ser la llave para evitar que la situación iraquí se torne inmanejable para EE.UU. El costo a pagar de Washington por este arreglo y la factibilidad del mismo, luego de años de desconfianza mutua después de la revolución iraní de 1979, lo transforma en un intrincado problema diplomático de difícil resolución que ha atemperado un poco el triunfalismo exacerbado de los estrategas del Pentágono.

 

Un plan para rediseñar el Medio Oriente

Desde el inicio de los preparativos de guerra contra Irak hemos dicho que EE.UU. busca rediseñar el orden político de Medio Oriente, basado en el control político militar de este país clave. No terminada la guerra en Irak, esto comenzó a demostrarse con la retórica guerrerista y fuertes acusaciones contra el gobierno de Siria, imputado de dar refugio a la cúpula del régimen iraquí, poseer armas de destrucción masiva e incitar al terrorismo.
Pero el verdadero objetivo de esta política agresiva no es Siria sino Palestina. EE.UU. no puede proceder con una nueva iniciativa para la solución del conflicto palestino - israelí, a menos que redefina la política de los palestinos. Para esto, busca aislar a los grupos palestinos radicales que se oponen a un acuerdo con Israel, como Hamas y la Jihad islámica. La derrota de Irak ha contribuido a esto. La presión a Siria, que ha venido actuando como punto de apoyo para estos grupos en los territorios ocupados o del Hezbolá en el sur del Líbano, se enmarca dentro de esta estrategia. Su primer gran logro ha sido el sometimiento de Arafat a la presión internacional para aceptar la elección de Mahmud Abbas como Primer Ministro y de su gabinete, de marcada orientación pronorteamericana, al frente de la Autoridad Nacional Palestina.
La toma de posición del gabinete de Abbas es la condición que puso Bush para publicar la “hoja de ruta”, un plan de paz elaborado por el “cuarteto” -integrado por la ONU, la Unión Europea, EE.UU. y Rusia-, que prevé la creación de un estado palestino antes del 2005. La elección de Mohamad Dahlam, ex jefe de seguridad de Gaza y un claro oponente de Hamas que cuenta con el apoyo israelí, como Ministro de Seguridad demuestra que la “hoja de ruta” es más un plan de seguridad que un plan político para desactivar la Intifada.
Esto se enmarca en la política coercitiva que Washington ha decidido tener hacia la región luego de la demostración de fuerza en Irak, que un analista ha calificado como de “compromiso agresivo” para diferenciarla de una variante militar abierta y de un “compromiso amistoso” basado en determinadas concesiones, como los Acuerdos de Oslo de 1993 luego de la primera Guerra del Golfo. Sin embargo, el éxito de este plan no es algo asegurado, a pesar de la importante presión que EE.UU. se dispone a ejercer sobre los gobiernos de la región y los vínculos materiales o financieros de estos con los grupos radicalizados en Palestina, debido al importante peso que estos aún tienen en los territorios ocupados.

 

La paradoja de la política exterior norteamericana

A días del triunfo en Irak, se han reabierto las disputas en el establishment político norteamericano sobre el contenido y los alcances de la nueva política exterior de la administración Bush. Las mismas van más allá de la política a seguir en Medio Oriente1 y alcanzan a cuan agresiva debe ser la política de Washington a nivel mundial y el grado en que la ONU y otros organismos internacionales deben influir o limitar las acciones de EE.UU. Estas divergencias han alcanzado un nivel de virulencia brutal, fundamentalmente entre las visiones del Departamento de Estado y los halcones del Pentágono.
Uno de los que ha expresado más abiertamente las posiciones de éstos últimos ha sido Newt Gingrich, ex jefe republicano de la Cámara de Representantes de 1995 a 1998 y actual miembro del Pentagon’s Defense Policy Board. Desde el Templo del Triunfalismo, el American Enterprise Institute, este largó un ataque furibundo hacia el Departamento de Estado, acusándolo de subvertir la agenda del presidente Bush en Irak y más allá. “Los últimos siete meses han envuelto seis meses de fracaso diplomático y un mes de éxito militar” y agregó: “ahora el Departamento de Estado está de nuevo trabajando, persiguiendo políticas que claramente liquidarán todos los frutos de una tan duramente ganada victoria.” Fuera de sí, Gingrich alertó: “Los EE.UU. se encontrarán a si mismos a la defensiva en cualquier plano excepto en el militar. En el largo plazo esta es una posición muy peligrosa para la democracia líder del mundo.”
Aunque este dirigente político le pasa factura a otra rama de la administración por la enorme divergencia entre los logros militares y políticos del actual gobierno de Bush, esta tijera es producto de la propia política exterior de EE.UU., cuyos más ardientes propulsores son los neoconservadores. Esta política ha provocado las más importantes brechas en el sistema interestatal desde la posguerra y una enorme oposición del movimiento de masas en el mundo entero, que aunque atenuadas por lo fácil y rápido de la victoria militar aún no se han aplacado por completo. La política de los neoconservadores como Gingrich de unir las dos patas de la tijera con una política y una diplomacia hacia la derecha, amenaza con darles nuevos bríos.
Es que como dijimos en el número anterior de LVO, no es suficiente el uso de la fuerza para mantener la supremacía mundial de una potencia. Esta es la paradoja cada vez más evidente de la política de la administración norteamericana, que a pesar de sus importantes triunfos tácticos, arriesga profundizar la debilidad a largo plazo de EE.UU. Que esto sea discutido abiertamente por figuras significativas del establishment político norteamericano cuando todavía está caliente el triunfo militar en Irak, es ilustrativo.
Es de la constatación de esta perspectiva histórica que el proletariado y los oprimidos del mundo entero deben extraer fuerzas para afrontar los inevitables combates y enormes sacrificios que les impondrá el imperialismo norteamericano en su declinación.

1 Las alas más neoconservadoras de la administración norteamericana han puesto el grito en el cielo sobre el “mapa de ruta” que le vuelve a dar poder de negociación a la ONU, Rusia y Europa sobre el conflicto en Palestina y que puede ser utilizado por éstos para chantajear a EE.UU. a cambio de concesiones en Irak, después de que fueran desplazados durante la guerra por la política unilateral de Washington.



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