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Los intelectuales norteamericanos y la Comisión Dewey

 Gérard Roche

 

Traducido Cahiers Léon Trotsky nº 42, julio de 1990 por Rossana Cortez.

 

Después del segundo Proceso de Moscú, Suzanne LaFollette[1], una de las principales figuras de la Comisión Dewey, escribía a Trotsky que desde la Primera Guerra Mundial “nada había agitado tanto al mundo intelectual norteamericano como los Procesos de Moscú”[2]. Por su parte, el escritor James T. Farrell[3] constataba en su periódico que los Procesos de Moscú “habían tendido un rastro de sangre en medio de la década y en el seno de la izquierda intelectual”[4]. Efectivamente, desde octubre de 1936, el movimiento obrero y los círculos intelectuales, tanto en Europa como en Estados Unidos, estaban profundamente divididos ante el tema del derecho de asilo para Trotsky y la campaña para constituir una comisión internacional de investigación, encargada de escucharlo sobre las acusaciones dirigidas contra él y su hijo León Sedov. Las confesiones de los acusados, tan inverosímiles como frenéticas, que declaraban haber realizado conspiraciones en alianza con la Gestapo, por instigación de Trotsky, sembraban sospechas y confusión. Sidney Hook[5] recuerda en sus memorias que “la atmósfera de esta época en el ambiente liberal y los círculos intelectuales estaba cargada de tensión, de odio y de miedo”[6]. Para un lector de hoy, testigo de la caída del muro de las mentiras y de la opresión burocrática, sin dudas es difícil imaginar el enorme esfuerzo de un puñado de intelectuales y militantes para establecer la verdad sobre los Procesos que entonces se creían de otra época. También es difícil imaginar la violencia de los conflictos y los debates entre partidarios y adversarios de la Comisión Internacional de Investigación que presidiría el filósofo John Dewey y que escucharía a Trotsky como testigo.
En Estados Unidos, desde 1935, la URSS goza de una creciente simpatía entre los círculos liberales. Esta simpatía se basa esencialmente en los aparentes éxitos económicos de la URSS y su política exterior de paz. Propagandistas fervientes como la periodista Anna Louise Strong[7] o Corliss Lamont[8], el dirigente de la Asociación de Amigos de la URSS, no dejan pasar ninguna ocasión para alabar los prodigios del plan quinquenal. Liberales alejados del Partido Comunista, como George Soule, uno de los principales redactores de The New Republic[9], están fascinados con la planificación soviética, que ven como un antídoto a la crisis económica que arrasa a la sociedad norteamericana. James T. Farrell recuerda que ellos veían en la URSS “si bien no una economía planificada, al menos sus inicios. En la Norteamérica capitalista, en lugar de un plan, había caos. Se pensaba que no había desocupación en Rusia, mientras que millones de norteamericanos estaban sin trabajo”[10].
En Soviet Russia Today[11], los intelectuales compañeros de ruta, como Upton Sinclair[12], Sherwood Eddy[13], Malcolm Cowley[14], Robert Morss Lowett[15], saludan los esfuerzos de paz de la URSS y su defensa de la democracia. En 1936, en vísperas de los Procesos, Louis Fischer[16] afirma en The Nation[17] que la nueva Constitución soviética mostraba que la dictadura “abdicaba voluntariamente” a favor de la democracia.
En Estados Unidos, la política de Frente Popular del PC atrae a los intelectuales. Suzanne LaFollette, con una pluma aguerrida y corrosiva, hace a Trotsky una feroz descripción del ambiente que simpatiza con el PC:

“Desde que la línea del Frente Popular y la revolución salvan a la democracia burguesa, han atraído hacia ellos a toda una gentuza social e intelectual, a tal punto que el país está lleno de ‘bolcheviques de salón’, pequeñas celebridades pagas que nunca hubieran llegado a ningún lado sin la enorme malversación del prestigio de la revolución de Octubre, pronunciando con solemnidad juicios de todo tipo desde el punto de vista del marxismo, al que no entienden para nada. La otra tarde, un viejo socialista había captado muy bien esta moda cuando comparaba a estos fanáticos con esos ingenuos que, en 1928, se despertaban con la idea de que podían volverse ricos comprando acciones baratas: ‘¡Compraron muy cara la revolución!’ –dice- y ‘¡ahora empiezan a darse cuenta que el crack de 1929 los ha golpeado!’”[18].

Los problemas provocados por los Procesos de Moscú y las sangrientas purgas cuestionaban al Frente Popular de manera grave. Efectivamente, si Trotsky no era culpable, y si los Procesos no eran más que monstruosas imposturas, la URSS ya no era esa democracia alabada por algunos liberales, sino una sociedad privada de libertades civiles y políticas, dominada por el terror de masas. En estas condiciones, no había ninguna razón para incluir a la URSS en un frente antifascista para defender a la democracia: ¿se debía “apoyar a la URSS a cualquier precio con el fin de realizar un frente único contra el fascismo?” Se debía “desenmascarar y denunciar el terrorismo oficial, incluso el del Kremlin o bien, ante la amenaza fascista era preferible aceptar la versión oficial de los Procesos sin preguntarse demasiado?” Estas fueron las preguntas preliminares de un debate entre Upton Sinclair y Eugene Lyon[19] en 1938[20].
Si bien este estado de ánimo era dominante, una parte de los liberales y una minoría de intelectuales radicales se negaba a dejarse encerrar en este dilema. Esto es lo que explicó, en gran parte, la virulencia pasional de los enfrentamientos alrededor de la Comisión Dewey y de su veredicto.

El Comité Norteamericano para la Defensa de León Trotsky
(The American Committee for the Defense of Leon Trotsky)

El primer Proceso de Moscú, en agosto de 1936, encontró a Trotsky en su asilo en Noruega que, pronto, iba a cerrarse sobre él como una trampa y convertirse en una prisión. La primera ayuda seria y eficaz vino de Estados Unidos, en octubre de 1936, con la formación de un Comité Provisorio para la Defensa de León Trotsky que hizo un llamado firmado por John Dewey, los periodistas Freda Kirchwey[21], Horace M. Kallen[22], Joseph Wood Krutch[23] y dos dirigentes del Partido Socialista norteamericano, Norman Thomas[24] y Devere Allen[25]. Los objetivos del comité eran “obtener derechos normales de asilo para Trotsky” y ayudar “a la formación de una Comisión Internacional de Investigación, que examinará todos los testimonios útiles y hará pública sus conclusiones”. Apelaba a todos los “amigos declarados de los derechos democráticos”a unirse a ella, destacando que “el apoyo a este llamado no implica necesariamente ninguna afinidad con los pensamientos políticos de Trotsky”[26].
El periodista Herbert Solow[27] y el filósofo Sidney Hook tomaron parte activa en la recolección de las primeras firmas. Herbert Solow era un brillante periodista que había colaborado con el Menorah Journal[28] en los años ´20. Se encontró con Trotsky en Prinkipo en 1932 y durante un tiempo se unió a la organización oposicionista, la Communist League of America (CLA). En 1935-36, dirigió el Non Partisan Labor Defence Committee (NPLD)[29] cuyo secretario era Felix Morrow[30], un dirigente de la organización trotskista norteamericana. Profesaba gran admiración por Trotsky, pero era un compañero de ruta crítico. Varios conflictos con los trotskistas –de quienes desconfía- le habían dejado marcas perdurables y tendía a preservar celosamente su independencia. Será un tenaz trabajador del Comité para la Defensa de León Trotsky desde las sombras [31]. Sidney Hook también tenía reproches contra los trotskistas. Nunca se encontró con Trotsky pero mantuvo correspondencia con él. Jugó un rol esencial en el acercamiento entre la CLA y el American Workers Party, pero se mantuvo apartado de la fusión. También él fue quien organizó el encuentro entre J.P. Cannon y Norman Thomas que debía permitir la entrada de los trotskistas en el Partido Socialista norteamericano[32]. No dudó en comprometerse nuevamente con el comité de defensa. Él fue el que consiguió la firma de Dewey, quien, para su sorpresa, no ofreció demasiada resistencia, contrariamente a Norman Thomas, irritado por la lucha política con la fracción trotskista en el seno del partido.
Las firmas de Dewey, de Freda Kirchwey, redactora de The Nation, de Joseph Wood Krutch, otro colaborador de The Nation, representaron un éxito para el comité. La reacción del Partido Comunista no se hizo esperar. Los firmantes fueron acusados violentamente por New Masses[33], la revista cultural del PC. Una prudente editorial de The Nation, poniendo en duda la veracidad de las acusaciones contra Trotsky y destacando el misterio de las confesiones, provocó la furia de New Masses para quien “esto está preparado deliberadamente para el comité”. N. Thomas era ahora el dirigente de un Partido Socialista “podrido por el cáncer trotskista”.[34] Joseph Wood Krutch era “notoriamente anticomunista” y le había permitido escribir a los trotskistas reseñas de libros comunistas en The Nation. En cuanto a John Dewey, era un caso particular, no se podía poner en duda su sinceridad, simplemente, “ha sido engañado por algunos discípulos suyos”, alusión evidente a Sidney Hook y a Max Eastman[35]. No había ningún “misterio” en los Procesos: “la lógica de los Procesos de Moscú, las confesiones de los acusados, los reportajes de los corresponsales extranjeros, todo refuta la abyecta y peligrosa posición tomada por The Nation en su editorial del 10 de octubre”. Si la revista pretendía sostener “las actividades criminales de Trotsky”, que ya no pretendiera ser “el órgano de la opinión liberal”, que “se declare abierta y sinceramente un portavoz del trotskismo. Que el público sepa que es el órgano de una banda de conspiradores contrarrevolucionarios y asesinos”[36]. La violencia del ataque y el tono amenazante de New Masses tendrá como efecto llevar a la dimisión de Freda Kirchwey y, sobre todo, modificar la línea editorial de The Nation.
Los adversarios del comité o los que buscaban excusas, cuestionaban su título que, según ellos, muestra su carácter partidario. Incluso dentro del comité, se elevaron voces y había objeciones. Solow lamentaba que el comité no tenga un nombre más general porque, escribió a Trotsky: “nosotros no lo defendemos a usted, ni a la revolución, ni a una vaga suerte de socialismo, sino algo mucho más elemental, estamos por defender, si usted quiere, el verdadero sentimiento de que el progreso humano es posible”[37]. Pensaba que era demasiado tarde para cambiar el nombre del comité porque “corremos el riesgo de que haya personas que no lo entiendan y esto podría parecer una retirada”. Deseaba que Trotsky le escribiera a Shachtman y a sus camaradas de partido para pedirles “que pongan discretamente el tono personal”[38]. De hecho, como recuerda Sidney Hook, el comité no hacía más que retomar la tradición liberal norteamericana de la defensa de grandes causas judiciales que había dado nacimiento al Comité por la Defensa de Sacco y Vanzetti, y al Comité por la Defensa de Tom Mooney[39].
Sin embargo, el comité se ha consolidado y, un mes después del llamado de los seis, agrupó a unos cuarenta miembros. Entre los fundadores confluyeron publicistas, universitarios, E. A. Ross[40], Louis Hacker[41], Paul F. Brissenden[42], William Kilpatrick[43]; periodistas, Suzanne LaFollette, John Chamberlain[44], Benjamin Stolberg, James Rorty[45]; escritores, Edmund Wilson[46], James T. Farrell, y un sindicalista Vincent R. Dunne[47].
El buró ejecutivo del comité estaba compuesto por Suzanne LaFollette, Ben Stolberg, James Rorty, James Burham[48], Sidney Hook y J. T. Farrell. George Novack[49], un militante trotskista, fue nombrado secretario, asistido por Felix Morrow. Este último fue descartado para el puesto de secretario por insistencia de Solow y de Elliot Cohen[50], que le reprochaban haber liquidado el NPLD en beneficio del Partido Socialista[51]. Las tareas administrativas estaban aseguradas por dos militantes trotskistas: Pearl Kluger y Viola Robinson[52]. Sin embargo, la actividad cotidiana del comité se basa en un equipo que trabaja en las sombras, Herbert Solow, Harold Isaacs[53] y Elliot Cohen.
Los dos miembros principales del comité eran Ben Stolberg y Suzanne LaFollette. Ella era pariente del senador Robert M. LaFollette. Era una periodista independiente y crítica de arte que había colaborado en The Freeman y The New Freeman. Era autora de una obra: Art in America. No era marxista, pero sin embargo había apoyado la actividad del National Defense Committee for Political Prisonners (NDCPP) hasta su renuncia en 1935. Tenía una sincera admiración por Trotsky, con quien compartía algunas posiciones, pero estaba lejos de ser trotskista.
Stolberg era un periodista y escritor de origen alemán. Estudió en Harvard y obtuvo un diploma de Sociología en la Universidad de Chicago. Se convirtió en un especialista del movimiento obrero. Erudito, “impulsivo” e “indisciplinado”, su amigo Louis Adamic[54] lo describía como una mezcla de “Voltaire, Mencken y Marx”[55].
James Rorty había sido uno de los fundadores de New Masses y, en 1932, había jugado un rol importante en el apoyo de los intelectuales a la candidatura comunista de W. Z. Foster y James V. Ford, durante la campaña presidencial. Se alejó del PC y adhirió al American Workers Party, pero no se unió a la nueva organización nacida de la fusión con la CLA. Colaboraba en diferentes revistas y escribía artículos sobre la crisis económica en The Nation. New Masses lo denunció como trotskista, pero estaba lejos de ser incondicional de Trotsky, por el que, no obstante, sentía una gran estima.
En noviembre de 1936, James T. Farrell se unió al comite. Era un escritor que gozaba de cierta notoriedad con su trilogía novelística de Studs Lonigan. Había publicado una crítica de la política literaria del PC en A note on literary criticism. Ligado a Novack desde 1934, tenía un profundo conocimiento del marxismo y de la obra de Trotsky, a la que se acercó en las vísperas de los Procesos, sin declararse trotskista por esto. Incluso destacó en su periódico que se había unido al comité ejecutivo “con el objetivo de proteger a Trotsky de los trotskistas”[56]. Se mostraba muy activo: en el Socialist Call, hizo una reseña del folleto de Max Eastman, Behind de Moscow Trials. Participó con Novack en una velada en honor al dibujante Art Young[57], un veterano de la ex revista Masses. Durante la velada, recogió cinco firmas y entabló una discusión con Max Lerner[58], que se negaba a firmar a favor del derecho de asilo. En el curso de un debate un poco animado, no dudó en darle una trompada en la cara a Alexandre Trachtenberg[59], un miembro del PC. Mary McCarthy[60] ha relatado, dieciséis años más tarde, esta velada memorable, describiendo a Farrell “con hoyuelos en su rostro y su abundante cabellera” yendo “de una persona a otra, sondeándolos metódicamente”[61]. Cuando Farrell la abordó, preguntándole abruptamente si Trotsky tenía derecho a ser escuchado, ella al principio se quedó estupefacta. Aunque era simpatizante del PC, Mary McCarthy estaba poco informada. Espontáneamente le respondió que no veía “quién podría pretender que Trotsky no tuviera el derecho de ser escuchado”. También pensaba que Trotsky debía beneficiarse del derecho de asilo, persuadida de que Estados Unidos se sentiría honrado al acoger semejante huésped[62].
Cuán grande es su sorpresa al recibir, poco tiempo después, un correo del Comité para la Defensa de León Trotsky y descubrir su firma abajo del pedido. Su reacción inmediata fue escribir una carta de protesta pero, finalmente, la dejó para más adelante. La presión que el PC y algunos de sus amigos ejercieron sobre ella la hizo cambiar de opinión: “los acontecimientos me pusieron del lado del comité inmediatamente”, escribió en sus memorias. Con una ironía mordaz, relató las reacciones de sus ex amigos políticos:

“Yo ignoraba todo sobre la causa que había abrazado. No había leído ni una sola palabra de Lenin o de Trotsky. De Marx, no conocía nada por fuera del Manifiesto Comunista. No tenía la menor noción sobre la historia soviética, incluso los nombres de los viejos bolcheviques que habían confesado me sonaban de una manera ajena, casi bárbara. En lo que concierne a Trotsky, la única prueba que yo tenía de su inocencia era el curioso comportamiento de los comunistas y de los simpatizantes, a quienes la idea de una investigación libre los sacaba de las casillas. En los círculos estalinistas que frecuentaba, yo era objeto de un discreto malestar y de una desaprobación mal disimulada. Las mujeres escritoras llenas de diamantes palidecían al verme y entrechocaban rabiosamente sus brazaletes cuando yo entraba; las jóvenes estrellas ascendentes del periodismo o de la publicidad se tocaban nerviosamente sus corbatas cuando los presionaba a que se informen por sí mismos sobre el asunto. Durante los bailes en los nigth clubs, jóvenes inexpertos recién reclutados por el PC me exhortaban: ‘No te hagas la estúpida, mi querida’”[63].

El 18 de diciembre, el día que expiraba la visa de Trotsky en Noruega, el comité de defensa hizo un mitin de masas presidido por Suzanne LaFollette en el Center Hotel en Nueva York que reúne cerca de 4.000 personas. Durante tres horas se sucedieron en la tribuna: Norman Thomas, James T. Farrell, Max Shachtman y Herbert Solow. Solamente Max Eastman no recogió la unanimidad del auditorio, cuando identificó la actuación de la burocracia en URSS con la de Hitler y la de Mussolini.
Al final de la reunión, el comité anunció que México le ha otorgado una visa a Trotsky. Este era un primer éxito. Se votó una resolución final, felicitando al presidente Cárdenas: “Al defender el derecho de asilo para Trotsky, ayudamos no solamente a un hombre, sino que defendemos los derechos democráticos para todos y en todas partes del mundo”. Para Horace M. Kallen, Trotsky se ha convertido en el “símbolo de todos los refugiados políticos contemporáneos”[64].

“Diez días que conmovieron al comité”

Con libertad de movimiento en tierra mexicana, Trotsky pudo desplegar toda su energía a partir de ahora para avanzar hacia la creación de una Comisión Internacional de Investigación, a la que aspiraba con todas sus fuerzas. Disponía de apoyos sólidos, con el comité norteamericano y los comités que se han constituido en Europa. Moscú y los partidos comunistas tenían plena conciencia de ello. Desestabilizar el dispositivo de defensa de Trotsky en Estados Unidos, que se había convertido en el centro de la actividad para la formación de la Comisión Internacional de Investigación, se convirtió en el principal objetivo del Partido Comunista y de las organizaciones que él controlaba. Soviet Russia Today, la revista de los Amigos de la URSS, dirigida por Corliss Lamont, se puso a tono con la campaña que se preparaba: “Todos los liberales honestos se preguntan por qué el Comité para la Defensa de León Trotsky sigue existiendo, ahora que ya se ha obtenido el derecho de asilo”[65].
Desde fines de enero hasta mediados de febrero de 1937, el comité norteamericano iba a sufrir una serie de ataques que, según la expresión de Georges Novack, tomaron la forma de una verdadera “guerra de cartas”. La campaña lanzada por el PC se organizaba alrededor de cuatro acusaciones contra el comité:
estaba compuesto por trotskistas.
estaba compuesto por liberales que son marionetas manejadas por los trotskistas.
su objetivo era destruir a la Unión Soviética.
bajo la cobertura de una agitación a favor de la justicia, apuntaba a ayudar objetivamente los planes antisoviéticos de Hitler, Hearst[66] y el Mikado[67].

La obra maestra de este dispositivo era la carta de renuncia de Mauritz Hallgren[68] dirigida al Comité y que publicó el Daily Workers, el órgano del PC. En este documento de 14 páginas, Hallgren afirmaba que, cuando se unió al comité, “creía y creyó siempre en el derecho de asilo”, tarea que estimaba cumplida a partir de ahora. Después de haber estudiado la documentación y los argumentos esgrimidos por las dos partes, sus dudas sobre la veracidad del primer Proceso, luego del Proceso Pyatakov-Radek, dieron lugar a la certeza de que los acusados eran culpables. Basándose en lo que él llamaba una deducción “lógica”, afirmaba que si los acusados del segundo Proceso, que no podían tener ilusiones sobre su suerte futura, no podían esperar una promesa de salvar sus vidas, habían confesado, fue porque eran culpables. El testimonio del abogado británico Pritt, presentado en el Proceso, para que los acusados tuvieran un juicio equitativo, era digno de fe. Trotsky no había suministrado ninguna prueba de su inocencia. Si este último era inocente y si disponía documentación que probaba su inocencia ¿por qué no la presentaba? En todos sus escritos, en el transcurso de estos últimos años, Trotsky había sostenido que “para salvar la revolución, Stalin debía ser removido”. Según la lógica particular de Hallgren, para alcanzar su objetivo, Trotsky, que no podía esperar “provocar una insurrección popular”, sólo podía apoyarse en una “intervención extranjera”, o en una conspiración dentro del gobierno soviético, o más aún, en una “combinación de ambas”. Accedió a reconocer que esto “no prueba en sí” que Trotsky se había complotado con los acusados de Moscú, pero sin embargo:

“En este momento, la preponderancia de las pruebas está a favor del gobierno soviético y claramente contra Trotsky”[69]. 

La carta culminaba con un ataque contra el comité, que era una “maniobra trotskista contra la Unión Soviética y contra el socialismo”[70].
La carta de Hallgren se continúa con una segunda ofensiva llevada adelante por Corliss Lamont y apoyada por una carta abierta a los liberales, firmada por 88 personas, publicada por el Daily Workers y el Soviet Russia Today. Entre los firmantes, se destacan los nombres de: Malcolm Cowley, Theodore Dreiser[71], Louis Fischer, Lillian Hellman[72], Granville Hicks[73], Max Lerner, Robert Morss Lowett, Dorothy Parker[74], Henry Roth[75], Tess Slesinger[76], Donald Ogden Stewart[77], Maxwell Stewart, Anna Louise Strong, Paul M. Sweezy[78], Nathalie West, Arthur Young[79][80].
Acompañada por una introducción de Corliss Lamont, la carta abierta interpelaba a los liberales del comité norteamericano, haciéndoles una serie de preguntas, que no hacían más que retomar, en una jerga mucho más fuerte, la argumentación de Hallgren. Aliándose a los “trotskistas confesos”¿los liberales no habían tomado conciencia de las consecuencias de las actividades del comité que aportaban un sostén a las fuerzas fascistas, que “atacan a la democracia en España y en todas partes del mundo”? Un país como la URSS “¿no tendría derecho a decidir por sí mismo qué medidas de protección son necesarias contra las conspiraciones traidoras que tienen como objetivo asesinar a sus dirigentes e implicarlos en una guerra con las potencias extranjeras?”[81]. En lenguaje claro, esto quería decir que los liberales tenían que dejar que la GPU hiciera tranquilamente su trabajo.
Esta campaña general se duplicó con una ofensiva furibunda a cada uno de los miembros del comité, tomados individualmente, que se vieron atormentados por cartas, telegramas, llamados telefónicos, presionándolos para que renunciaran. Mary McCarthy reprodujo la intensidad de la persecución:

“Detrás de estos llamados uno sentía que el Partido reunía sus fuerzas en formaciones disciplinadas, como una flota o una armada que maniobra […] Se estaba ante la presencia de una campaña sistemática de llamados telefónicos que apuntaban a obtener la renuncia de los miembros del comité. Todos esos llamados se hacían muy tarde por la noche, a veces al alba, sobre todo si la persona era de edad avanzada. Los firmantes más destacados recibían mensajes anónimos y amenazas”[82].

Suzanne LaFollette escribió a Trotsky que Kenneth Durant[83], el director de la agencia Tass, “ha sido el peor agresor” en esta campaña y que había tenido “la audacia de amenazar a los miembros de nuestro comité insinuando sanciones de parte de la Unión Soviética”[84]. Meyer Shapiro[85] daba cuenta de un llamado del propio Kenneth Durant, que le había preguntado si todavía era miembro del comité, informándole sobre varias renuncias y presionándolo “en tanto se sabe que es Amigo de la URSS” para que también lo haga[86]. Louis Adamic, a quien su amigo Stolberg había enrolado en el comité sin su acuerdo, se negó a enviar una carta solicitando que su nombre sea retirado, después de haber sufrido una gran presión para renunciar al comité por parte de los estalinistas: “Si yo no renunciaba, eventualmente podría lamentarlo […] Me dieron a entender que si yo quería ir a la URSS, no iba a poder obtener una visa. Mis libros no serían traducidos nunca al ruso”[87]. James T. Farrell tuvo que dedicarse a sostener la moral vacilante de Ferdinand Lundberg[88], el autor de America Sixty Families, que fue objeto de una persecución permanente y de un chantaje con respecto a sus libros[89].
New Masses, que hizo suya la carta de Hallgren, orquestó la campaña solicitando las renuncias a los liberales y a los escritores. Publicó con prontitud la carta de tres renunciantes, Lewis Ganett, el crítico literario de New York Herald Tribune, Sam Jaffee, un actor de la Broadway Production y Le Roy Rowman, un profesor de la Universidad de Columbia.
La revista anunció también que Jacob Billikopf[90], un dirigente de la Amalgated Clothing Workers[91], y Paul Ward[92], un colaborador de The Nation también han renunciado[93]. Las razones de los renunciantes eran diversas, aunque todo parecía ser el resultado de la campaña de presión del PC.
El comité no se ha dejado impresionar y ha reaccionado vigorosamente con una serie de cartas y comunicados de los que da cuenta el New York Times. Suzanne LaFollette respondió públicamente a Mauritz Hallgren: “El veredicto de una corte no es necesariamente el veredicto de la historia, como lo demostró el ‘affaire Dreyfus’”. En las mentes de muchas personas, los procesos y las ejecuciones “de viejos revolucionarios se han convertido en un sujeto de perturbación y horror hasta que todos los hechos […] no sean esclarecidos y explicados de una forma aceptable para cualquier inteligencia honesta”[94]. Demostrando la inconsistencia de la “lógica” de Hallgren, ella defendió la realización de una Comisión Internacional de Investigación.
En una declaración pública, Horace M. Kallen y John Dewey reafirmaron los objetivos del comité. Esta declaración, firmada por veintidós personas, fue reproducida en el New York Times y en el boletín del comité. La presión que se ejerció sobre ellos para forzarlos a renunciar se basaba en una incomprensión de sus motivaciones: “No nos ocupamos para nada de las opiniones de Trotsky […] nuestra única preocupación es garantizarle los derechos humanos de manera íntegra ante la corte de la opinión pública”[95].
En una carta a Trotsky, George Novack, el secretario del comité, realizó un balance de esta furiosa batalla que, al fin de cuentas, fue un fracaso para el PC:

“Quizás ya lo sepa, los estalinistas han organizado un contra-comité de intelectuales que han publicado una declaración en la prensa […] Este contra-comité no tiene un programa positivo suficiente como para ponerse un nombre […] Su único objetivo es, por supuesto, desorganizar y destruir nuestro comité. En el transcurso de las dos últimas semanas, han llevado adelante una increíble campaña de persecución contra nuestro comité, colectivamente y contra cada uno de sus miembros. La fuerza y la extensión de esta campaña, de acuerdo a mi experiencia, no tiene precedentes. El imprevisto ataque ha vuelto un poco incierto el resultado de la ‘guerra de cartas’. Me gustaría tener talento literario para escribir una descripción completa de estos ‘Diez días que conmovieron a nuestro comité’. Estoy contento de informarle que, después de dos semanas de violentos combates, nuestras tropas han rechazado todos los ataques enemigos con pérdidas insignificantes y ahora retoman la ofensiva contra los estalinistas, haciéndolos batir en retirada. Apenas nueve miembros han renunciado al comité, por diversas razones, todas, por supuesto, instigados por los estalinistas. Hallgren, evidentemente, formaba parte de un golpe deliberadamente montado por los estalinistas, para provocar una sangría en el comité. Los nueve miembros fueron reemplazados por nuevos adherentes de mayor notoriedad”[96].

Efectivamente, el comité salió fortalecido de la prueba: llegaron nuevas adhesiones y, en un mes, pasó de setenta miembros a más de un centenar[97]. Se unieron al comité: Emmet E. Dorsey y Abraham Harris[98], profesores en la Universidad de Howard, Franz Boas[99], antropólogo de renombre mundial, Sidney Howard[100], uno de los más famosos dramaturgos del país, Suzanne LaFollette anunció a Trotsky la adhesión del pintor Joan Sloan[101] que se consideraba “particularmente calificado” para unirse al comité porque, escribió ella, “cuando usted estaba en Canadá en 1917, él fue uno de los que escribieron al gobierno canadiense para que usted fuera autorizado a regresar a Rusia”[102].
De hecho, lo que quebró notablemente la campaña de New Masses y el PC fue el considerable éxito del mitin del 9 de febrero en el Hipódromo de New York que reunió a más de 6.000 personas. Una enorme multitud se apretó para escuchar a Trotsky, quien tenía que hablar por contacto telefónico desde México. ¿El principal acusado iba a hacer oír su voz en plena Nueva York, en donde la tormenta arreciaba alrededor de su nombre? Se tomaron todas las precauciones para que el texto del discurso llegara para el día del mitin, porque se temía lo peor. El suspenso duró varias horas. Finalmente, el público no oirá la voz de Trotsky: una desconexión inexplicable, debida sin dudas a un sabotaje, interrumpió la comunicación. El efecto fue dramático, y el auditorio escuchó en un silencio total, con el aliento entrecortado, el magistral discurso de Trotsky leído por Max Shachtman. Los miembros del comité se inflamaron con la fuerza del discurso de Trotsky, que lanzó un desafío al verdugo del Kremlin: “Yo declaro que si esta comisión me declara culpable […] de antemano tomo el compromiso de entregarme a los verdugos de la GPU”[103]. Herbert Solow calificó de “histórica” a esta reunión, que ha sido “la más emocionante, la más dramática y la más sincera de toda una generación del movimiento obrero en Nueva York”[104].

Liberales intimidados

Si bien la virulencia de los ataques de New Masses o de Soviet Russia Today casi no eran sorprendentes, se podría esperar que revistas liberales tales como The Nation o The New Republic adoptaran una posición crítica respecto a los Procesos de Moscú y dieran cuenta de las actividades del comité de manera más favorable.
Las primeras reacciones a los Procesos mostraban una orientación totalmente diferente. Después del segundo Proceso en enero de 1937, los redactores de The New Republic, Bruce Bliven[105] y George Soule, no vieron ninguna razón para cuestionar las confesiones de los acusados. Si bien la culpabilidad de Trotsky no era concluyente, al contrario, no quedaban dudas sobre la de los demás acusados. Aceptaron sin resistencia los artículos de Walter Duranty[106], a quien le abrieron las páginas de sus revistas. Malcolm Cowley, el crítico literario de The New Republic, que daba cuenta del informe estenográfico del Proceso Pyatakov-Radek, mostró un cinismo particular al escribir que era el libro “más excitante” que había leído en el año: “una mezcla de verdadera historia de detectives y de alta tragedia isabelina, con toques de comicidad”. También para él, las “confesiones eran totalmente sinceras, no hay dudas”[107]. Para los redactores de la revista, “para cualquiera que viva en Nueva York, es imposible emitir un juicio de valor” sobre los Procesos. Afirmaban, muy categóricamente, que la Comisión Internacional de Investigación reclamada por Trotsky no tenía ninguna posibilidad de sesionar o de tener alguna utilidad, si nunca tuvo lugar. Los treinta y cuatro acusados del Proceso “ya estaban muertos o en la sombra de la muerte”. Ante la comisión, Trotsky sería el único testigo y sus desmentidos, en esas condiciones, “no serían más convincentes que los que ha publicado en la prensa”[108]. Los redactores liberales de The New Republic mostraron sus verdaderas intenciones; eran muy sensibles al canto de sirena del Frente Popular, cuando escribían que “aquellos que consagran su energía y su tiempo a criticar la política soviética” lo hacían en detrimento de la unidad necesaria en Estados Unidos “para aportar las medidas” que impone la situación, “medidas” que no tienen “ninguna relación con la culpabilidad o la inocencia de hombres condenados y ejecutados en Moscú”[109].
Los miembros del comité reaccionaron y buscaron torcer la orientación de la revista, que estaba poco dispuesta a recibir sus comunicados y sus artículos. James T. Farrell y John Chamberlain explicaron que su adhesión al comité se basaba en una razón tan elemental como “que un hombre supuestamente es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad”[110]. Una decena de miembros del comité, todos colaboradores de The New Republic, se levantaron contra la posición de la redacción que juzgaba “fútil” a la comisión de investigación. Se basaban en el ejemplo del contraproceso que siguió al incendio del Reichstag. La comisión de investigación reunida en Londres era imparcial en la medida en que “la aplastante mayoría de sus miembros no eran ni hitlerianos ni comunistas”. En el caso de los Procesos de Moscú, una comisión encargada de “examinar las acusaciones, las pruebas y contra-pruebas es necesaria”[111]. En su respuesta, los redactores de The New Republic persistían y afirmaban: una comisión de investigación sería parcial y generaría confusión. Una comisión que tuviera algo de credibilidad debería tener el tiempo necesario para obtener pruebas y testimonios en la propia URSS. Con una sola parte representada, el contraproceso “no serviría más que a la propaganda de Trotsky”[112].
Por su parte, The Nation, después del primer Proceso de Moscú, planteó dudas: bajo “el guante de terciopelo” de la nueva Constitución, era necesario “imaginar encontrarse con la mano de acero” del gobierno, lo que no impedía que los redactores siguieran los pasos de Louis Fischer, quien afirmaba que en URSS “la dictadura está por morir y una nueva democracia está por nacer”. En su editorial del 10 de octubre de 1936, la redacción reconocía que la acusación contra Trotsky “de conspiración con la Gestapo” era “la más importante y la menos creíble”. Destacaba la debilidad de las pruebas que descansaban únicamente en el testimonio de Olberg. Estas dudas tenían que desaparecer luego de la renuncia al comité de Freda Kirchwey. En febrero de 1937, la redacción estimaba que se necesitará por lo menos “un siglo para saber la verdad” sobre los Procesos de Moscú. Sobre la cuestión de la conspiración con los países fascistas “no podemos más que esperar para poder formarnos una opinión”[113].
La nueva orientación de The Nation estaba lejos de ser unánime en el seno de la redacción, que atravesaba una crisis. Trotsky estaba muy bien informado de la situación por Suzanne LaFollette, quien había sido colaboradora de la revista durante un tiempo. Ella dio a Trotsky un informe detallado sobre el estado de ánimo de la redacción y sobre las posiciones de cada uno de sus miembros:

“El Partido Comunista tiene lacayos en todas partes –y a menudo en una posición que le permite causar destrozos. La situación en el seno del buró de The Nation es típica. Yo conozco muy bien a The Nation, ocupé un puesto temporario el verano pasado. Freda Kirchwey, la redactora en jefe, es inteligente, pero está aterrorizada de tener que enfrentar algún problema. Joseph Wood Krutch es inteligente y no tiene miedo, pero se interesa poco por la línea política del periódico. Max Lerner está intimidado, no es inteligente y no está informado, un lamebotas congénito que vive con el perpetuo terror de no lamer las botas adecuadas. Y en consecuencia, la fase actualmente de moda del PC lo ha perturbado. Ha declarado que no podía tomar la responsabilidad de que Trotsky aparezca como un colaborador regular de The Nation. Por supuesto, él pensaba en los estalinistas –porque nadie tenía inconvenientes en esto […]
Maxwell Stewart, que ahora trabaja a tiempo parcial, es un hombre joven limitado y obstinado que hizo estudios religiosos y nunca se arrepintió de ello. Habiendo reemplazado a Dios por el Partido Comunista, se traga toda la teoría de la infalibilidad de Stalin[…]
Margaret Marshall quien es, de lejos, la persona más inteligente, más honesta y más valiente, lleva adelante una lucha constante contra la influencia del estalinismo”[114].

LaFollette informó a Trotsky sobre su experiencia en el seno del comité de redacción y le contó una anécdota tan “divertida” como esclarecedora. Cuando Louis Fischer envió su artículo sobre la nueva Constitución soviética, ella insistió porque se acompañe con una editorial crítica presentando una larga lista de preguntas que, según ella, debían hacerse. Lerner y Stewart se opusieron a esto. Finalmente, la editorial fue confiada a Stewart quien “escribió un artículo idiota que comprometía a The Nation, desde el punto de vista de que la nueva Constitución podía ser el primer paso hacia ‘la extinción del estado’”.
Es Lerner quien escribe “el abyecto artículo sobre el segundo Proceso” que fue seguido por “un bombardeo de cartas de colaboradores indignados”[115].
Trotsky no quería prolongar por mucho tiempo sus relaciones con una revista que creía en la posibilidad de que él fuera culpable. Por intermedio de la organización trotskista norteamericana, envió a The Nation una breve carta de ruptura:
“En el pasado, cada tanto, ustedes publicaban mis artículos. Incluso uno de ellos sirvió de pretexto para mi reclusión en Noruega. La editorial sobre la última falsificación de Moscú […] deshonra a vuestro periódico. Les ruego que ya no me cuenten entre sus colaboradores”[116].

Trotsky no dejará de condenar la actitud vergonzosa de The Nation y The New Republic, esos “santurrones” y “lacayos” que “sirven de mediadores a los ejecutores de Stalin”. En marzo de 1938, se referirá ampliamente a esos “predicadores de la verdad a medias” que no tenían ideas propias. La crisis de 1929 había sorprendido a esos “liberales frívolos” obligándolos “a aferrarse a la URSS como a un salvavidas”, popularizando el principio de planificación “manipulando prudentemente ese contraveneno de la anarquía capitalista”. Sin programa de acción para Estados Unidos, habían podido “cubrir su propio vacío por medio de una imagen idealizada de la URSS”[117].
De hecho: “su ‘amistad’ con Moscú ha significado la reconciliación del liberalismo burgués con la burocracia que había estrangulado la revolución de Octubre”[118].

Plazos y vacilaciones

Trotsky estaba lejos de creer que su carta de ruptura a The Nation iba a ser la causa de un conflicto con sus propios camaradas en el comité de defensa. El 11 de febrero, Solow le anunció que Freda Kirchwey llegó a México y tenía la intención de visitarlo. Solow creía que sería bueno que Trotsky la recibiera, mencionando que en los últimos años, ella estuvo mucho más ligada al lovestonismo que al estalinismo, pero que, en ese momento, sufría la presión de Louis Fischer y de Max Lerner, “un liberal que recientemente se ha convertido en un Amigo de la URSS”[119]. Pero lo que más sorprendió a Trotsky es que Novack le escribió que sería “tácticamente inoportuno” enviar la carta de ruptura a The Nation antes de haber hablado con Freda Kirchwey y que sería preferible escribir una carta más profunda, que la revista se vería obligada a publicar[120].
Harold Isaacs le informó que su carta fue “retenida” por las razones que explicó Novack pero, sobre todo, a causa de la crisis interna que se desarrollaba en el comité de redacción, dividido, según él, en tres fracciones[121].
Trotsky no tenía intenciones de recibir a la redactora en jefe de The Nation y le informó esto a Solow, un poco fríamente:

“No deseo recibir a Freda Kirchwey. No puedo discutir personalmente con un hombre o una mujer que tiene dudas sobre la cuestión de saber si yo soy aliado de Hitler o del Mikado. Le doy plena autorización para que mantenga esas dudas con ella, no conmigo […] No puedo considerar a un burgués limitado como un super árbitro sobre mi trabajo y mi vida. En el futuro, tomen en consideración estas cuestiones de antemano, se los ruego”[122].

Trotsky se chocó contra la incomprensión de sus amigos políticos y de los miembros del comité. A Solow, que se empecinaba y que lamentaba que él no quisiera discutir con “esas damas elegantes que se preguntan si él tiene cuernos y una cola”, le contestó poniendo las cosas en su lugar:

“Vuestra actitud con respecto a mi carta a The Nation es falsa también. No soy un miembro del Comité para la Defensa de León Trotsky, soy Trotsky. No es necesario que yo emplee ese lenguaje diplomático con la miserable redacción de The Nation”[123].

Con Harold Isaacs, se explicó a fondo, porque veía en este desacuerdo, como en otros puntos, una tendencia peligrosa de adaptación al ánimo de los liberales:

“Vuestra carta de explicación con respecto a la cuestión de The Nation me demuestra que el desacuerdo es más serio que el que creí. Usted cita la acción, o la preparación de la acción de los Krutch, Willard, etc. como prueba que es necesario que nosotros permanezcamos tranquilos y prudentes para no perturbar su digestión. Si usted no quiere seguir siendo empírico y elevar la cuestión a un plano general, usted estará obligado a decir: para no molestar a los vacilantes y que sigan vacilando, los revolucionarios deben quedarse callados, o en términos más sociológicos, se invita a los obreros revolucionarios a no luchar con energía para no perturbar a los burgueses liberales. Usted es el único de mis corresponsales norteamericanos (y ese es vuestro mérito) que me da una explicación política de la ‘confiscación’ de mi carta. Los demás se conforman con escribir: no es conveniente, poco prudente, etc. Pero sus explicaciones, mi querido Isaacs, son oportunistas. Creo que nuestro deber elemental es decir lo que es: el comité de redacción de The Nation es deshonesto, y no puedo permanecer ni un solo instante más en la lista de colaboradores de este periódico. Al decir así lo que es, obligo a los liberales verdaderamente honestos de ese equipo a acelerar su ‘autodeterminación’”[124].

Waldo Frank[125], un compañero de ruta del PC, conmovido por los Procesos, pero indeciso, tuvo la oportunidad de ser recibido por Trotsky el 26 de febrero. Pero la entrevista se reveló poco fructífera e incluso francamente frustrante. Luego de una segunda entrevista el 2 de marzo, Waldo Frank hizo una declaración preliminar a su entrevistado diciendo que reconocía la necesidad de una Comisión de Investigación y comprometiéndose, a su regreso a Nueva York, a tomar posición a favor de Trotsky públicamente. Después de una larga discusión referida a temas de la Comintern, del Frente Popular, de la entrada de los trotskistas en el Partido Socialista y de la crítica de la prensa reaccionaria, Trotsky se mostró más optimista. Presionó a los miembros del comité a tomar contacto con el escritor, porque le había parecido que el resultado de esta discusión general era prometedor para el futuro. Pero sólo el futuro podía decidir[126]. Efectivamente, el futuro decidirá. A su regreso, Waldo Frank declaró que Trotsky era un “loco” que creía detentar la verdad. Después de la sesión de la Comisión Preliminar de Investigación presidida por Dewey, tomó posición en The New Republic a favor de una comisión de investigación “imparcial” compuesta por representantes de la II y de la III Internacional[127].

Movilización general: la formación de la Comisión Dewey

Todas estas discusiones hicieron perder un tiempo valioso. La preparación de la Comisión también estaba retrasada por la elaboración de estatutos, en la que participaba Solow, que buscaba una comisión ideal. Trotsky se intranquilizó por el estado de ánimo que reinaba en el comité y sobre todo, entre los trotskistas de Nueva York. Criticó el proyecto de estatutos elaborado por Solow que le parecía demasiado orientado “hacia los liberales vacilantes, que estarían felices eternizando sus posiciones como super árbitros” y no hacia los trabajadores que deseaban una respuesta clara a la pregunta: “¿Trotsky es aliado del fascismo o Stalin es un crápula?”[128]
Trotsky se impacientó. Varias iniciativas, provenientes de organizaciones influenciadas o controladas por los partidos comunistas, le hacían temer lo peor. Ellas indicaban que Moscú podía tener la intención de romper el comité. Este último había abierto la puerta a una Comisión de Investigación ante la opinión mundial en la que los estalinistas se arriesgaban a entrometerse, aprovechando el retraso ocurrido en New York y en Europa. Veía los síntomas en la iniciativa del Frente de Abogados Socialistas que intentaba poner en marcha una comisión de investigación en México. Igualmente, interpretaba el viaje de Malraux a Estados Unidos como una maniobra para desacreditar la comisión, quizás con la ayuda de The Nation y The New Republic. El peligro era grande. Presionó a Suzanne LaFollette para que acelerara los preparativos de la comisión y para dar un decisivo paso adelante. Es “utópico”, escribió, “imaginar una comisión ideal por encima de cualquier crítica y de cualquier reproche”[129]. La comisión debía ganar autoridad por su trabajo, basándose en los hechos, la lógica y los documentos que “están de su lado”. Esta tarea podía ser cumplida por una comisión modesta, al comienzo. Trotsky era categórico: “hay que dar el primer paso en las dos próximas semanas”, el comité “no tiene derecho a perder ni una hora”[130].
Al límite de su paciencia, Trotsky envió una copia de su carta a Suzanne LaFollette y a Shachtman y amenazó a sus amigos políticos de romper toda colaboración con ellos.

“Debo decirles que la seriedad y la energía de los camaradas en esta cuestión en el curso de los próximos días, para mí, son la condición sine qua non de nuestra colaboración ulterior”[131].

La advertencia fue brutal y tuvo el efecto deseado. Suzanne LaFollette le escribió:

“Vuestra carta hizo el efecto de una descarga de dinamita y pienso que necesitábamos eso. Por supuesto, usted tiene razón, no podemos esperar una comisión ideal”[132].

Dos días después de la carta de Trotsky, el comité mantuvo una reunión para entrar en movimiento y adoptó un plan de acción. Los miembros del comité se repartieron las personalidades a contactar. Suzanne LaFollette tuvo una larga discusión con Oswald Garrisson Willard[133], uno de los más viejos redactores de The Nation, pero él se excusó por su edad, su debilidad y el terrible trabajo y se negó a participar en la comisión. También ella viajó a Washington para encontrarse con el gran historiador Charles Beard[134]. Después de largas horas de discusión, este último también se negó. Ni la intervención de Norman Thomas ni la de Dewey llegaron a hacerlo cambiar de decisión[135]. Esto fue, por supuesto, muy decepcionante para los miembros del comité y para Trotsky, porque la presencia de Beard habría realzado indiscutiblemente el prestigio y la autoridad de la Comisión.
Lo más importante era convencer a John Dewey. Sidney Hook, para gran decepción de Morrow y de Solow, tenía dudas de convencerlo, porque, desde hace años, él lo apuraba para que termine su obra: Logic: The Theory of Inquiry. Hook, finalmente, arregló una entrevista entre el filósofo y James P. Cannon, acompañado por Georges Novack. Al principio, Dewey se negó categóricamente argumentando su avanzada edad –tenía 78 años, tenía que terminar su obra- y también, las objeciones de su familia. Después de una hora de discusión, Cannon y Novack lo convencieron. Dewey estaba muy impresionado por la carta de Trotsky a Suzanne LaFollette. Al final de la entrevista, declaró a sus visitantes: “Ustedes han hecho posible lo que yo no creía antes de que llegaran. Han hecho que se vuelva imposible para mí no ir a México”[136]. De hecho, la presión y el chantaje ejercido por el Partido Comunista sobre él y los miembros de su framilia, pesaron en la balanza, sin dudas, tanto como los argumentos de Cannon[137].
En un largo informe a Trotsky, Novack describió el balance de las gestiones y de la intensa actividad desplegada por el comité. Se contactó a más de una veintena de personas, entre ellos, Frank P. Walsh[138], el abogado de Tom Mooney y Paul Hays[139], profesor de derecho en la Universidad de Columbia.
Por su parte, Hook le pidió participación a Bertrand Russell[140], quien había dado su firma para el derecho de asilo, pero no quiso formar parte de la Comisión. Desde febrero de 1937, había mantenido una correspondencia con Albert Einstein[141], quien temía que una comisión unilateral sólo “sirva para la propaganda de la causa de Trotsky” sin la posibilidad de “arribar a un veredicto correctamente fundamentado”. Lo visitó en Princeton, con Ben Stolberg, pero no logró convencerlo. En un momento de la discusión, Einstein declaró que, desde su punto de vista, “Stalin y Trotsky eran dos gángsteres políticos” lo que hizo sobresaltar al ardiente Stolberg. Según el historiador, el sabio eludía la cuestión. Solo, a fin de cuentas, el filósofo había sabido vencer la edad y las presiones morales, incluidas las de su entorno.
James T. Farrell también había sido sondeado para servir en la comisión, pero Suzanne LaFollette y Stolberg se opusieron, porque el escritor había dado demasiados testimonios sobre su acuerdo político con Trotsky. Finalmente, en la comisión participan: John Dewey, Suzanne LaFollette, Ben Stolberg, Otto Ruehle, que vivía en México. Se eligió un abogado, John Finerty, que había defendido a Sacco y Vanzetti. A último momento, Stolberg invitó a su amigo Carleton Beals, ignorando visiblemente la relación de este último con Lombardo Toledano, el dirigente sindical mexicano. Beals era una bomba de tiempo que estallaría en México, sorprendiendo a todo el mundo. El comité envió dos representantes al lugar: Charles Walker[142] y Solow, encargados de la preparación técnica de la comisión.
El 2 de abril, en New York, John Dewey, James T. Farrell y un pequeño grupo de comisionados subieron a bordo del tren que los llevará a México, vía Saint Louis. Para esos tiempos sombríos, en donde reinaban el terror y el asesinato político, el tren llevaba un nombre irónico y predestinado a la vez: Sunshine Special.
Con la apertura de las sesiones de la comisión preliminar de investigación que interrogó a Trotsky del 10 al 17 de abril de 1937, se abrió un nuevo capítulo de la historia de los intelectuales y de la Comisión Dewey[143]. El éxito obtenido por la comisión preliminar y la publicación de The Case of Leon Trotsky, saludado por Edmund Wilson como “uno de las más grandes reportajes históricos jamás realizadas” iba a suscitar muchas reacciones. El tercer proceso de Moscú, en marzo de 1938, como el veredicto final de la comisión, volvían a lanzar la “guerra de cartas” pero, esta vez, el ardor de los defensores de “la justicia de Moscú” se había debilitado notablemente. La convicción de The Nation, que había calificado a la Comisión como una “pérdida de tiempo”, se debilitaba seriamente.

Pero el capítulo final de esta historia desembocó en una crisis general que afectó tanto a los partidarios como a los adversarios de la Comisión Dewey. Muchos intelectuales, por no decir la aplastante mayoría, veían en los Procesos de Moscú y en los crímenes del estalinismo una prolongación natural del bolchevismo, incluso para algunos como Edmund Wilson, “un hundimiento del marxismo”. El pacto germano-soviético iba a arrojar un puñado de sal en las llagas abiertas de la intelligentsia. El séquito de compañeros de ruta que se mantuvo detrás de Corliss Lamont iba a desintegrarse. Pero, por otro lado, una buena parte de los intelectuales que habían apoyado el comité y la Comisión de Investigación iban a reencontrarse en el Comité por la Libertad Cultural (The Committee for Cultural Freedom) fundado por iniciativa de Hook y que identificaba el fascismo con el comunismo. Mientras que se acumulaban los nubarrones de una Segunda Guerra Mundial, sólo una pequeña minoría conservaba una firme convicción en el futuro del socialismo.



[1] Suzanne LaFollette (1893-1983) fue una periodista libertaria, y escribió sobre la discriminación económica y legal de las mujeres. En Concerning Women (1928) criticó la subordinación de las mujeres a través del matrimonio y otras instituciones del Estado. En 1932 fundó la revista libertaria "The Freeman".
[2] Suzanne LaFollette, 5 de marzo de 1937, Houghton Library. (Nota de la edición en francés).
[3] James Thomas Farrell (1904-1979) Novelista estadounidense. Una de sus obras más famosas fue la trilogía del personaje Studs Lonigan. Militó en el SWP hasta 1946.
[4] Alan Wald, James T. Farrell. The Revolutionnary Socialist Years. Nueva York, New York University Press, 1978, p. 58. (Nota de la edición en francés).
[5] Sidney Hook (1902-1989) Destacado intelectual y filósofo norteamericano. Fue miembro del Partido de los Trabajadores de Norteamérica, dirigido por A.J. Muste, para el que escribió su programa político.
[6] Sidney Hook, Out of Steps. Harper and Row, 1987, p. 219. (Nota de la edición en francés.).
[7] Anna Louise Strong (1885 -1970) Periodista y activista comunista estadounidense. En 1921 viajó a Polonia y Rusia en calidad de corresponsal de la American Friends Service Committee. Un año después, fue nombrado corresponsal en Moscú para el Servicio Internacional de Noticias. Algunas de sus obras incluyen The first time in History (con un prefacio de León Trotsky -1924- ), y Children of the Revolution (1925). En 1925, durante la época de la Nueva Política Económica en la URSS, volvió a los Estados Unidos para conseguir inversiones industriales para el desarrollo en la Unión Soviética. En 1930 regresó a Moscú y ayudó a fundar el Moscow News, el primer periódico en idioma Inglés de la ciudad. En 1936 regresó una vez más a los Estados Unidos donde continuó escribiendo para los principales periódicos, como The Atlantic Monthly, Harper's, y The Nation entre otros. Estuvo en España en 1937, y durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el Ejército Rojo inició su avance contra la Alemania nazi, Strong estuvo en la retaguardia cubriendo importantes batallas. Presenció la revolución China de 1949. Debido a sus simpatías comunistas abiertamente pro-chinas, fue detenida en Moscú en 1949 y acusada por los soviéticos de espionaje. Más tarde regresó a la URSS en 1959, pero se establecería en China hasta su muerte, donde se convertiría en amiga personal de Mao y en una gran apologista del régimen.
[8] Corliss Lamont (1902-1995), fue un filósofo socialista y defensor de libertades civiles. Lamont se matriculó en la Universidad de Columbia, donde estudió con John Dewey. Junto con otros intelectuales de izquierda se negó a aceptar las conclusiones publicadas por la comisión investigadora independiente, y; bajo la influencia del Frente Popular, afirmó que las acciones de Stalin y que "la preservación de la democracia progresista" exigían que las acciones de Stalin sean ratificadas. Continuó siendo un apologista del estalinismo hasta 1953, y con la revolución cubana en 1959, se convertiría en un ferviente castrista. Dirigió la ACLU (American Civil Liberties Union) entre 1932 y 1954.
[9] La revista The New Republic se fundó en 1914. Se publica ininterrumpidamente desde entonces, con dos salidas mensuales. Trata mayoritariamente sobre política y Arte. Su línea editorial introdujo el vocablo Liberal para referirse a las personas de dicha orientación política en los Estados Unidos. Contó con colaboraciones de John Dewey, W.E.B. Dubois, Othis Ferguson, Thomas Mann, George Orwel y Virginia Woolf, entre otros.
[10] James T. Farrell, “Dewey au Mexique”, Cahiers Léon Trotsky nº 19, septiembre de 1984, p. 785. (Nota de la edición en francés).
[11] Publicación mensual de los “Amigos de la URSS”, organización colateral del Partido Comunista de EE.UU.
[12] Upton Sinclair (1878-1968) Escritor estadounidense ganador del Premio Pulitzer, que escribió más de 90 libros en distintos géneros. En 1904 Sinclair pasó siete semanas trabajando de incógnito en las plantas empacadoras de carne de Chicago para escribir su novela The Jungle (1906), donde expuso las condiciones de trabajo, causando una conmoción pública que contribuyó en parte a que unos meses más tarde se sancione la Ley de Inspección de Carnes y una nueva legislación sanitaria. Se postuló en las elecciones a gobernador de California en 1934 bajo una coalición socialdemócrata con el nombre de Movimiento de California para el Fin de la Pobreza (EPIC, por sus siglas en Inglés).
[13] Sherwood Eddy (1871-1963) fue un misionero protestante estadounidense, y escritor. Era secretario nacional de la YMCA. Era reconocido por su activismo pacifista.
[14] Malcolm Cowley (1898-1989) Destacado novelista, poeta, crítico literario y periodista norteamericano. Dirigió The New Republic desde 1929 hasta 1944.
[15] Robert Morss Lovett (1870-1956) fue un académico estadounidense, escritor, editor, activista político. Fue editor asociado de la revista The New Republic desde 1921 hasta 1940.
[16] Louis Fischer (1896-1970) fue un periodista norteamericano, apologista del estalinismo, en la década de 1950 termino convirtiéndose en un acérrimo anticomunista.
[17] Revista demócrata, se publicaba semanalmente desde 1865. Es la revista de circulación más antigua de EE.UU. Había tenido una posición prudente respecto a la revolución rusa. Luego de la Gran Depresión reflejó la evolución de muchos intelectuales que se acercaban al comunismo, sin comprometerse con él, y le daban una cobertura protectora al estalinismo.
[18] Suzanne LaFollette a Trotsky, 5 de marzo de 1937, Houghton Library. (Nota de la edición en francés..
[19] Eugene Lyon (1898-1985) Periodista y escritor estadounidense. Compañero de ruta del Partido Comunista en su juventud, Lyon se convirtió en un crítico de la Unión Soviética después de haber vivido allí durante varios años como corresponsal de United Press International. Después de escribir dos gruesos libros sobre su experiencia en Moscú y una biografía de Stalin, se puso a trabajar en un sobre la influencia del Partido Comunista en la vida cultural norteamericana durante la década de 1930, titulado The red decade (La Década Roja). La fama del libro sobrevendría más tarde, durante la era del macartismo, cuando el título se convirtió en un sinónimo de la alianza del Frente Popular entre los comunistas y los liberales durante la década de 1930. Durante la posguerra se convirtió en un ferviente anticomunista.
[20] Eugene Lyon, Upton Sinclair, Terror in Russia, Richard R. Smith, 1938, p. 7. (Nota de la edición en francés).
[21] Freda Kirchwey (1893-1976) fue una periodista y editora norteamericana, firmemente comprometida a lo largo de su carrera con causas liberales. Fue editora, desde 1933 a 1955, de la revista The Nation.
[22] Horace Meyer Kallen (1882-1974) fue un filósofo norteamericano. Sostenía que la diversidad cultural y el orgullo nacional son compatibles entre sí, y que la diversidad étnica y el respeto por las diferencias étnicas y raciales fortalecían a Estados Unidos como nación. Se le atribuye haber acuñado el término pluralismo cultural.
[23] Joseph Wood Krutch (1893-1970), trabajaba en The Nation desde 1924, sobre todo como crítico literario y dramático. Había visitado la URSS en 1928.
[24] Norman Thomas (1884-1968) Dirigente socialista estadounidense, fue seis veces candidato presidencial por el Partido Socialista.
[25] Devere Allen (1891-1955), miembro de la dirección del Partido Socialista. Se destacaba como periodista, escritor, editor e historiador de los movimientos pacifistas de entreguerras en Estados Unidos. En 1934 redactó la “declaración de principios” que sería votada en como plataforma partidaria en el congreso de mayo de ese año.
[26] Thomas R. Poole, Conter-Trial, Tesis dactilografiada, University of Massachussetts, 1974, p. 223-230. Sobre la génesis del comité, ver Hook, op. cit. p. 224-225. (Nota de la edición en francés).
[27] Herbert Solow (1903-1964) Periodista estadounidense. Compañero de ruta del Partido Comunista en la década de 1920, trotskista en la década de 1930, abandonó a la izquierda en los años ´40 para trabajar como editor de la revista Fortune.
[28] The Menorah Journal era una revista literaria de la intelectualidad de origen judío en la Nueva York de los años ´20, muy importante por el papel que jugó en la fundación de una identidad judía moderna en Norteamérica. Muchos de sus miembros girarían a posiciones de izquierda con el crack financiero.
[29] NPLD (Non-Partisan Labor Defense Committe) era un organismo defensor de los derechos civiles, creado en 1934 por intelectuales cercanos al trotskismo en oposición al National Committee for Political Prisonners (NDCPP) de los comunistas.
[30] Félix Morrow (1906 - 1988) Activista político comunista y editor estadounidense, durante muchos años fue una de las principales figuras del trotskismo estadounidense, conocido por su libro "Revolución y Contra-Revolución en España” (1936). Proveniente de las filas del PC, se unió a los trotskistas en 1933, y con la escisión de Max Shachtman en 1940, se desempeñó como editor de The Militant, periódico semanal del SWP. Morrow fue uno de los 18 líderes del SWP, incluyendo el Secretario Nacional del partido, James P. Cannon, que fue encarcelado bajo la Ley Smith durante la Segunda Guerra Mundial. 
[31] Sobre el itinerario de Solow, ver el artículo de Alan Wald, “Herbert Solow, portrait d´un intellectuel new yorkais” (“Herbert Solow, retrato de un intelectual neoyorkino”), Cahiers Léon Trotsky nº 19, septiembre de 1984, p. 41-67. (Nota de la edición en francés).
[32] En EE. UU., el trotskismo nació en 1928, como fracción del Partido Comunista norteamericano. En 1935, los trotskistas se fusionaron con el grupo de J. Muste (grupo esencialmente de desocupados con algunos sectores de trabajadores, y sectores medios, que estaba girando hacia la izquierda), que venía de dirigir la segunda huelga más importante del país. En 1936, decidieron ingresar al Partido Socialista, previendo que un avance en las luchas y en la organización de los trabajadores y una probable radicalización, impulsara la vanguardia juvenil y obrera a ingresar en dicho partido. Finalmente en enero de 1938, fueron expulsados del PS y formaron el Socialist Workers Party, duplicando sus fuerzas, y buscando elaborar nuevas políticas para seguir avanzando en su inserción en el movimiento obrero.
[33] The New Masses (publicada desde 1926 hasta 1948) revista de crítica marxista, ligada al PC. Luego de la Gran Depresión de 1929 la revista se convirtió en una publicación muy influyente y, a partir de la década de 1930 fue "el principal órgano de la izquierda cultural estadounidense desde 1926 en adelante." En la misma escribieron William C. Williams, Theodore Dreiser, John Dos Passos, Upton Sinclair, Richard Wright, Ralph Ellison, Dorothy Parker, Dorothy Day, Langston Hughes, Eugene O'Neill, y Ernest Hemingway, entre otros.
[34] Sidney Hook, op. cit. (Nota de la edición en francés).
[35] Max Eastman Forrester (1883-1969) Escritor estadounidense. Estudió, junto con Sidney Hook, en la Universidad de Columbia, con John Dewey como profesor. Comprometido desde su juventud con causas sociales como el sufragio de la mujer, Eastman se embarcó en 1923 en un viaje de investigación a la Unión Soviética donde se quedó más de un año. Adhirió desde temprano a la Oposición de Izquierda. Sin embargo, rompió en los ‘30, y a partir de 1941 trabajó como editor de la revista Reader's Digest, una posición que ocupará durante el resto de su vida. En la década de 1950 apoyó activamente el macartismo.
[36] The Nation and Trotsky, New Masses, 10 de noviembre de 1936. (Nota de la edición en francés).
[37] Herbert Solow a Trotsky, 2 de febrero de 1937, H.L. (Nota de la edición en francés).
[38] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[39] Sidney Hook, op. cit. (Nota de la edición en francés).
[40] Edward Alsworth Ross (1866-1951) Sociólogo progresista estadounidense y figura importante de la temprana criminología. Apoyó la revolución bolchevique en Rusia.
[41] Louis Morton Hacker (1899-1987) historiador norteamericano, cuyo mentor fue Charles A. Beard en la Universidad de Columbia. Hacker publicó numerosas críticas hacia el New Deal. Rechazó los esfuerzos de los estudiosos de finales del siglo XIX por descubrir una "objetividad" histórica y prefirió examinar el pasado teniendo en cuanta las problemáticas actuales. Fue también un activista político. Luego de la Segunda Guerra Mundial, se volvió conservador.
[42] Paul F. Brissenden (1885-1974). Historiador estadounidense, especialista en movimiento obrero.
[43] William Heard Kilpatrick (1871-1965) Pedagogo. Alumno, colega y sucesor de John Dewey. Fue una figura importante en el movimiento educativo progresista de principios del siglo XX.
[44] John Chamberlain (1903-1995) Periodista norteamericano. Graduado de Yale en 1925, editor y crítico del New York Times. En la década de 1930, trabajó en las revistas Scribner's y Harper's. También trabajó en las redacciones de la revista Fortune (1936-1941) y Life (1941-1950). En 1938 Chamberlain colaboró con Not Guilty (Informe de la Comisión de Investigación sobre los cargos hechos contra León Trotsky en los Procesos de Moscú, por John Dewey). Durante la mayoría de este período, Chamberlain fue, según sus propias palabras, "un literato ‘liberal’ de Nueva York" involucrado en las causas políticas de la izquierda.
[45] James Rorty (1890–1973) Escritor e intelectual norteamericano. Militaba en el frente cultural del PC, donde dirigía la League of Profesional Groups. En 1932 rompe con el PC por su excesiva subordinación a Moscú. Se convirtió en militante del trotskismo durante el resto de la década, al que abandonó junto con Sidney Hook. Padre del filosofo Richard Rorty (1931-2007).
[46] Edmund Wilson (1895-1972) fue un escritor y crítico literario y social. Es considerado por muchos como el hombre de letras por excelencia de Norteamerica durante el Siglo XX.
[47] Vincent Ray Dunne (1889-1970) Dirigente sindical de la ciudad de Minneapolis, primero con los IWW y luego en el Partido Comunista, será de los primeros en unirse al grupo trotskista de James Cannon. Fue el principal dirigente de las huelgas de esa ciudad en 1934. Fue encarcelado en 1941 junto con el resto de la dirección del SWP por su oposición a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
[48] Burnham, James (1890-1974) fue un activista radical y un importante propagandista de las luchas obreras en la década de 1930. Se convirtió en el dirigente de la fracción pequeño burguesa en el Socialist Workers Party, con el cual rompió en 1940. Luego de abandonar el SWP, adoptó un curso a la derecha, convirtiéndose en un rabioso anticomunista y editor de la revista de derecha National Review.
[49] George Novack (Yasef Mendel Novogravelsky; 1905-1992) Intelectual marxista norteamericano. Se graduó en la Universidad de Harvard. Fue un exitoso editorialista, hasta que se radicalizó políticamente con el comienzo de la Gran Depresión. Se incorporó a la Liga Comunista de América, trotskista, en 1933 y desde 1940 hasta 1973 fue miembro del Comité Nacional del Partido Socialista de los Trabajadores (SWP). Entre 1937 y 1940, fue el secretario del Comité Norteamericano para la Defensa de León Trotsky. Fue uno de los 18 dirigentes del SWP encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial bajo la Ley Smith por oponerse a la entrada de Estados Unidos en la misma. Escribió una serie de libros sobre diversos aspectos del marxismo: An Introduction to the Logic of Marxism, America's Revolutionary Heritage, Democracy and Revolution, Empiricism and Its Evolution, Humanism and Socialism, The Origins of Materialism, Polemics in Marxist Philosophy, Revolutionary Dynamics of Women's Liberation, and Understanding History, Marxist Essays.
[50] Elliot E. Cohen (1899-1959) Profesor de literatura inglesa y filosofo, graduado en Yale. Escribía para The Menorah Journal, siendo uno de sus personajes más influyentes. Escribió un artículo en 1934 en The Nation titulado; “Stalin Buries the Revolution … Prematurely” en donde defendía a Trotsky diciendo que él había demostrado ser el máximo defensor de la URSS al luchar contra la dictadura de Stalin. Escribía en New International bajo los pseudónimos de David Ernst y de Thomas Cotten.
[51] Alan Wald, Herbert Solow, p. 58 y James T. Farrell, P. 62-63. (Nota de la edición en francés).
[52] Pearl Kluger fue asistente de la comisión Dewey en Coyoacán. Rompió con el SWP de Cannon junto con James Burnham, luego fue su secretario. Viola Robinson era la compañera de Harold Isaacs y uno de los pilares del Comité de Nueva York.
[53] Harold R. Isaacs (1910-1986). Historiador norteamericano. Autor de La tragedia de la revolución china, que Trotsky prologó.
[54] Louis Adamic (1899-1951), escritor y traductor esloveno, emigró a Estados Unidos y residió allí hasta su muerte.
[55] Louis Adamic, My America, Harper and Brother, 1938, p. 75. (Nota de la edición en francés).
[56] Alan Wald, James T. Farrell, p. 69. (Nota de la edición en francés).
[57] Arthur "Art" Young (1866–1943). Dibujante y caricaturista estadounidense. Se hizo famoso por sus caricaturas de contenido social en la revista The Masses, entre 1911 y 1917.
[58] Maxwell "Max" Alan Lerner (1902-1992) Periodista estadounidense de tendencia socialdemócrata.
[59] Alexander "Alex" Trachtenberg (1884-1966). Nació en Ucrania, y participó en la revolución de 1905. Arribó como inmigrante a Estados Unidos, donde comenzó su carrera política siendo activista en el Partido Socialista Norteamericano y luego en el Partido Comunista de EE.UU. Fundador y director de International Publishers de Nueva York, la editorial del Partido Comunista de Norteamérica durante más de ocho décadas.
[60] Mary Therese McCarthy (1912–1989) Autora y crítica literaria estadounidense. Fue muy activa durante el movimiento contra la guerra de Vietnam.
[61] Mary McCarthy, A Contre-courant. Stock, 1965, p. 108-109. (Nota de la edición en francés).
[62] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[63] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[64] Thomas R. Poole, op. cit. (Nota de la edición en francés).
[65] Soviet Russia Today, abril de 1937. (Nota de la edición en francés).
[66] William Randolph Hearst (1863-1951) era un propietario de toda una cadena de diarios: American de Chicago, Examiner de San Francisco, Journal American, Daily Mirror, revistas, agencias de prensa, etc. con inspiración furiosamente nacionalista y racista (denunciaba el “peligro amarillo”), además de ser sensasionalista.
[67] News Bulletin nº 4, 19 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés).
[68] Mauritz Alfred Hallgren (1899-1956) Periodista, editor y autor estadounidense, miembro del Partido Comunista. Escribía en The Nation.
[69] Mauritz Halgren: “Why I Resigned from the Trotsky Defense Committee”. 27 de enero de 1937. La carta publicada por el Daily Workers y New Masses también había sido publicada por International Publishers, las ediciones del PC. (Nota de la edición en francés).
[70] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[71] Theodore Herman Albert Dreiser (1871- 1945) fue un famoso novelista y periodista estadounidense.
[72] Lillian Florence "Lily" Hellman (1905-1984) Fue una dramaturga estadounidense. Tenía amistades con dirigentes del PC, si bien nunca tuvo una militancia orgánica en ese partido.
[73] Granville Hicks (1901-1982) Fue un influyente crítico literario marxista durante la década de 1930. En 1939 renunció al PC por la firma del pacto Hitler-Stalin.
[74] Dorothy Parker (1893-1967) fue una poetisa estadounidense.
[75] Henry Roth (1906-1995) fue un novelista y cuentista estadounidense.
[76] Theresa “Tess” Slesinger (1905-1945) Escritora y guionista estadounidense.
[77] Donald Ogden Stewart (1894-1980) fue un escritor y guionista de películas estadounidense.
[78] Paul Marlor Sweezy (1910-2004) fue un economista norteamericano, marxista y fundador de la influyente revista Monthly Review.
[79] Arthur Middleton Young (1905-1995) fue un inventor estadounidense, pionero del helicóptero, cosmólogo, filósofo, astrólogo y autor
[80] “An Open letter to American Liberals”, Soviet Russia Today, marzo de 1937. (Nota de la edición en francés).
[81] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[82] Mary McCarthy, op.cit. p. 111, 2628. (Nota de la edición en francés).
[83] Kenneth Durant (1889-1972) era un periodista norteamericano, director de la rama estadounidense de la agencia de prensa soviética Tass desde 1923 a 1944.
[84] Suzanne LaFollette a Trotsky, 5 de marzo de 1937, H.L. (Nota de la edición en francés).
[85] Meyer Schapiro (1904-1996) Historiador de Arte. Se dedicó al estudio del arte medieval y moderno.
[86] Meyer Shapiro al comité, 8 de febrero de 1937, News Bulletin nº 4, 19 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés).
[87] Louis Adamic, op. cit. p. 84. (Nota de la edición en francés).
[88] Ferdinand Lundberg (1905-1995) fue un economista y periodista que estudió la historia de la riqueza y el poder en EE.UU.
[89] Alan Wald, J.T. Farrell…, p. 67. (Nota de la edición en francés).
[90] Jacob Billikopf (1882-1950) Nacido en Rusia, emigró a los Estados Unidos a los nueve años, donde fue una figura conocida a nivel nacional como filántropo judío y en el campo del arbitraje laboral.
[91] Amalgated Clothing Workers (Central Única de Trabajadores Textiles de Norteamérica), fue un sindicato conocido por su apoyo a un "sindicalismo social" y a causas políticas. Dirigido por Sidney Hillman durante sus primeros treinta años, promovió la fundación del Congreso de Organizaciones Industriales (CIO por sus siglas en inglés).
[92] Paul Langdon Ward (1911 – 2005) Docente y académico estadounidense.
[93] New Masses, 16 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés).
[94] Suzanne LaFollette a los redactores del New York Times, febrero de 1937. New York. (Nota de la edición en francés).
[95] New York Times, 8 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés).
[96] G. Novack a Trotsky, 15 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés).
[97] News Bulletin nº4. (Nota de la edición en francés).
[98] Emmett E. Dorsey (¿?) Politólogo. Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Howard. Abraham Lincoln Harris, Jr. (1899-1963), fue el primer afroamericano en lograr fama como economista en los Estados Unidos. Su influencia se proyectó sobre campos tan dispares como la antropología económica, los estudios afro americanos, la economía institucional, y la historia de las doctrinas económicas.
[99] Franz Boas (1858-1942) Antropólogo de origen alemán. Docente de la Universidad de Columbia desde 1896 hasta su muerte, fue uno de los principales organizadores de la profesión en los EE.UU. y el mentor de Margaret Mead, entre otros famosos antropólogos. Estableció la antropología como disciplina académica en los EE.UU. Sus libros incluyen La mente del hombre primitivo (1911), Arte Primitivo (1927) y Raza, Lengua y la Cultura (1940).
[100] Sidney Howard (1891–1939) dramaturgo estadounidense.
[101] John French Sloan (1871-1951) Pintor estadounidense. Era conocido por su pintura urbanista y la capacidad de capturar la esencia de la vida barrial en Nueva York, a menudo a través de su ventana. Participó como dibujante en la prensa de los IWW y del Partido Socialista.
[102] S. LaFollette a Trotsky, 5 de marzo de 1937, News Bulletin nº4. (Nota de la edición en francés.).
[103] Trotsky, “Discours pour le meeting de New York” (“Discurso para el mitin de Nueva York”), Oeuvres, 12, p. 269. (Nota de la edición en francés).
[104] H. Solow a Trotsky, 11 de febrero de 1937. H.L. (Nota de la edición en francés).
[105] Bruce Bliven (1889-1977), editor de The New Republic entre 1930–1953.
[106] Walter Duranty (1884-1957) fue un periodista británico nacido en Liverpool, quien se desempeñó como jefe de la oficina en Moscú del New York Times, desde 1922 a 1936. Ganó un Premio Pulitzer en 1932 por un conjunto de relatos escritos en 1931 en la Unión Soviética. Fue duramente criticado por su negación de la hambruna en algunas partes de la Unión Soviética en la década de 1930.
[107] Malcolm Cowley, “The Record of a trial”, The New Republic, 7 de abril de 1937. (Nota de la edición en francés).
[108] “Another Russian trial”, The New Republic, 3 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés).
[109] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[110] J.T. Farrell, J. Chamberlain, The New Republic, 24 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés.).
[111] “Trotsky and the Russian trials”, The New Republic, 17 de marzo de 1937. La declaración fue firmada por: John Chamberlain, Eleanor Clark, James T. Farrell, Marta Gruening, Louis Hacker, Suzanne LaFollette, Ludwig Lore, James Rorty, Clara Gruening-Stilman, Lionel Trilling. (Nota de la edición en francés).
[112] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[113] “Behind the Moscow trials”, The Nation, 6 de febrero de 1937. (Nota de la edición en francés).
[114] S. LaFollette a Trotsky, 5 de marzo de 1937. (Nota de la edición en francés).
[115] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[116] Trotsky, 10 de febrero de 1937, Oeuvres, 12, p. 289. (Nota de la edición en francés.).
[117] Trotsky, “Les prêtres de la demie vérité” (“Los predicadores de la verdad a medias”), 19 de marzo de 1938, Oeuvres, 16, p. 340. (Nota de la edición en francés).
[118] Ibid. (Nota de la edición en francés).
[119] H. Solow a Trotsky, 11 de febrero de 1937, H.L. (Nota de la edición en francés).
[120] Novack a Trotsky, 15 de febrero de 1937, H.L. (Nota de la edición en francés).
[121] H. Isaacs a Trotsky, 20 de febrero de 1937, H.L. (Nota de la edición en francés).
[122] Trotsky a H. Solow, 18 de febrero de 1937, Oeuvres, 12, p. 322-323. (Nota de la edición en francés).
[123] Trotsky a H. Solow, 26 de febrero de 1937, Oeuvres, 12, p. 373. (Nota de la edición en francés).
[124] Trotsky a H. Isaacs, 5 de marzo de 1937, Oeuvres, 13, p. 32-22(Nota de la edición en francés).
[125] Waldo Frank (1889-1967) fue un prolífico novelista, historiador, crítico literario y social. Conocido por sus estudios sobre literatura española y latinoamericana, Frank se desempeñó como presidente del primer Congreso de Escritores Norteamericanos (abril de 1935) y se convirtió en el primer presidente de la Liga de Escritores Norteamericanos.
[126] Trotsky, carta a Solow, Novack, Isaacs, Shachtman, 2 de marzo de 1937. (Nota de la edición en francés).
[127] Waldo Frank, The New Republic, 12 de mayo de 1937. (Nota de la edición en francés).
[128] Trotsky a H. Solow, 26 de febrero de 1937, Oeuvres, 12, p. 373. (Nota de la edición en francés).
[129] Trotsky a Suzanne LaFollette, 15 de marzo de 1937, Oeuvres, 13, p. 87. (Nota de la edición en francés).
[130] Ibid, p. 89. Trotsky a Shachtman, 15 de marzo de 1937. (Nota de la edición en francés).
[131] Ibid, p. 90. (Nota de la edición en francés).
[132] S. LaFollette a Trotsky, 18 de marzo de 1937, H.L. (Nota de la edición en francés).
[133] Oswald Garrinson Villard (1872-1949) fue un periodista estadounidense de renombre. Escribió en The Nation, que era propiedad de su padre, un magnate ferroviario desde 1894 hasta 1935.
[134] Charles Austin Beard (1874-1948) Fue no de los historiadores norteamericanos más influyentes de la primera mitad del siglo XX. Sus obras incluyen una reevaluación radical de los “padres fundadores” de Estados Unidos, que afirmaba, estuvieron motivados por cuestiones económicas más que por principios filosóficos.
[135] Pierre Broué, « L´historien devant la vie: Charles Beard et l´enquête sur les procès de Moscou », (“El historiador frente a la vida : Charles Beard y la investigación sobre los Procesos de Moscú”) Cahiers Léon Trotsky, nº 19, septiembre 1984. (Nota de la edición en francés).
[136] G. Novack a Trotsky, 22 de marzo de 1937. H.L. (Nota de la edición en francés).
[137] Hook da su versión de la entrevista. Ironiza al escribir que Dewey no se había dejado atrapar por el “encanto” de Cannon y se había decepcionado por “la ultrajante adulación” de este último. Hook da cuenta de las presiones ejercidas sobre Dewey y su hijo. Hook, op. cit., p. 228-229. (Nota de la edición en francés).
[138] Patrick Francis "Frank" Walsh (1864 - 1939) fue un abogado estadounidense. Se destacó especialmente por su defensa de causas progresistas, incluyendo condiciones de trabajo dignas, un salario digno para los trabajadores y la igualdad de oportunidades y de empleo para todos, incluida las mujeres. Fue nombrado a varios comités de alto nivel para investigar e informar sobre las condiciones de trabajo. También fue activo en la defensa de la causa independentista Irlandesa.
[139] Paul Raymond Hays (1903-1980) fue un juez de la Corte de Apelaciones. Fue profesor de derecho en la Universidad de Columbia desde 1936 hasta 1961.
[140] Bertrand Arthur William Russell (1872-1970) filósofo, matemático, historiador, pacifista, socialista y crítico social británico. Pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra.
[141] Albert Einstein (1879-1955) Físico, filósofo y autor, considerado como uno de los científicos e intelectuales más influyentes y conocidos de todos los tiempos. De origen alemán-suizo, es el padre de la física moderna. En 1921 recibió el Premio Nobel de Física.
[142] Charles R. Walker (1893-1974) Historiador estadounidense. Peleó en la Primera Guerra Mundial. Fue asistente y editor asociado de la Atlantic Monthly (1922-1923), The Independent (1924-1925), y The Bookman (1928 - 1929) y director de investigación de una serie de organizaciones. Sus propios escritos se ocupan de diversos aspectos de la automatización y la historia industrial. También tradujo una serie de dramas de Sófocles, y escribió novelas y libros de investigación histórica, entre ellos American City, A Rank and File history of Minneapolis. Para este último, el autor se traslado a Minneapolis para poder dar cuenta de el proceso de las huelgas de 1934 y la posterior radicalización obrera en toda la región del Noroeste norteamericano. Walker se casó con Adelaida George Haley (que militaba en la corriente trotskista) en 1928.
[143] Sobre las audiencias de la comisión preliminar, se puede leer el notable artículo de Alan Wald, “La commission Dewey, quarante ans après”, Cahiers Léon Trotsky, nº 3, septiembre de 1979. (Nota de la edición en francés).

 



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