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Tres entrevistas

Septiembre de 1938

 

En septiembre de 1938, el obrero argentino Mateo Fossa tuvo tres entrevistas con Trotsky. El texto que sigue es el resumen que él mismo hizo, en 1941, en un folleto titulado Conversando con León Trotsky, Buenos Aires, 1941. Traducido del francés de la versión publicada en Oeuvres, Tomo 18, Pág 315, editado por el Instituto León Trotsky de Francia.

Mateo Fossa* - León Trotsky vivía en un pueblo cercano a la ciudad de México, un hermoso lugar rodeado de montañas. El día fijado para la entrevista fui acompañado por Van2, secretario de Trotsky. Era a principios de septiembre de 1938. Desde que llegamos a la residencia del líder bolchevique, mientras esperaba bajo la galería que Van me anunciara, Trotsky apareció por la puerta de su estudio y me hizo señales para que me acerque. Inmediatamente avancé observándole. Trotsky tenía el aspecto que se popularizó en sus fotografías: esbelto, sólido, con un aire de energía y orgullo que se reflejaba en su mirada penetrante y fuerte, vestía ropa azul de algodón, como la de un mecánico. Me acerqué, extendió los brazos y nos abrazamos durante varios segundos.

En seguida rogó que entrara y me sentara, mientras él se sentaba detrás de su escritorio. Empezó por decirme que conocía la campaña de calumnias lanzada contra mí en México por el stalinismo y todas las maniobras para impedirme participar en el Congreso latinoamericano del cual yo era delegado.

Me alentó a continuar luchando por nuestra clase y decir la verdad: el hombre más perseguido de la Tierra tenía todavía fuerzas para alentar a los otros a soportar las persecuciones, insignificantes en comparación a las que él sufría.

“No hay que perder el coraje frente a las calumnias y las maniobras de los burócratas” me dijo.

En seguida me preguntó a qué organizaciones representaba. Le entregué las credenciales de aquellas que me habían mandatado. Trotsky se puso sus anteojos y leyó los documentos. Se informó de algunos detalles de las maniobras operadas por los stalinistas y los burócratas de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y de la Confederación General del Trabajo Argentina contra mí, me aconsejó hacerlas conocer al proletariado mexicano, cosa que pude hacer en una reunión organizada a tal fin, poco tiempo después.

Después me preguntó por aquello que me interesaba y yo le respondí que deseaba conocer su opinión acerca de algunos temas de actualidad para transmitirla a los trabajadores de Argentina. Hablamos de eso y yo le hice mis preguntas. Más tarde Van me trajo las respuestas por escrito.

Trotsky hablaba castellano.

Trotsky hablaba bastante bien castellano y decía en francés algunas palabras que no conocía. Al lado de su escritorio tenía una mesa donde, yo creo, que había un mimeógrafo y a la derecha, un estante sobre el cual estaban los manuscritos de los trabajos que estaba realizando, que daban una idea de la tarea que lo esperaba. Sobre la derecha había una biblioteca con la colección completa de las obras de Lenin en una bonita encuadernación. En la pared a la izquierda había una fotografía de Lenin hablando en una tribuna, al pie de la cual aparecían Kamenev y Trotsky. Era el único cuadro que adornaba la casa. Al fondo había un pequeño sillón y un cofre ruso rústico completando el mobiliario.

Mientras hablábamos con el gran revolucionario ruso, apareció en el estudio su compañera, una mujer de edad, más bien pequeña, que nos trajo dos tazas de té y bizcochos para nosotros. Después de saludarme cordialmente se retiró.

Su interés por el movimiento obrero argentino.

Trotsky me hizo muchas preguntas sobre los problemas de América del Sur, a las que respondí dándole algunos elementos que me pedía. Él quería, particularmente, conocer la situación del movimiento obrero argentino, que yo le expliqué brevemente, prometiéndole enviarle el informe destinado al congreso del que yo era delegado. Lo hice en mi segunda visita. Me preguntó enseguida sobre el movimiento de la IV Internacional en América del Sur. Le contesté que conocía solamente un poco sobre el de la Argentina y que sobre los otros países tenía sólo un conocimiento superficial recogido en el curso de mi viaje. Me preguntó acerca del camarada Quebracho3, le respondí que no lo conocía personalmente. Me preguntó también, sin nombrar a nadie, por los otros camaradas. Le dije que no los conocía bien, que estaban divididos y que aquellos que yo conocía no militaban en las organizaciones de masas y no eran más que teóricos de café. Trotsky me respondió: “La IV Internacional, incluso numéricamente, es débil, de modo que es necesaria su unidad. Las perspectivas nos anuncian grandes acontecimientos, de forma que aunque seamos pocos, en los grandes momentos históricos los grupos que tengan una posición revolucionaria correcta serán los que conducirán las masas a la victoria, prevaleciendo sobre la burocracia y poniéndole fin al confusionismo. La IV Internacional no puede ser un depósito de desperdicios, pero, ante la debilidad numérica de nuestras fuerzas, lo que hace falta, es trabajar en común, y en la acción, ir seleccionando a quienes hacen un trabajo revolucionario positivo y dejar de lado a todos aquellos que no son más que un lastre”. Le manifesté un poco de escepticismo en cuanto a nuestras posibilidades. Trotsky me respondió entonces que, a pesar de nuestro número, era necesario asumir nuestra tarea y no dejarnos llevar por el pesimismo y la pasividad del entorno. Me dijo también que conocía algunas publicaciones de Argentina, pero que las mismas se ocupaban mucho de Trotsky y poco de las cuestiones del país que ellas deberían estudiar. “Estamos, -me dijo- en una encrucijada histórica de una importancia tal que, si la clase obrera no conduce victoriosamente la revolución entraremos en un período de regresión, miseria y esclavitud. No puede haber vacilación. Todos los que se sientan orgullosos revolucionarios deben continuar luchando sin ceder por la victoria del socialismo”. Se acaloraba al decir esto. Se detuvo golpeando la mesa con el puño, mientras mojaba con la punta de la lengua sus labios secos. Transmitió al visitante su vigor y su pasión revolucionaria que daban la impresión de conservarse intactos como en los mejores tiempos. Salí de su casa impresionado y con fuerza renovada.

Segunda entrevista

La segunda entrevista tuvo lugar cuando Van vino a buscarme para conversar conmigo sobre mi eventual entrada a las filas de la IV Internacional, cuestión que, confesé, tenía en mente desde hace algún tiempo, debido a mi convencimiento sobre la degeneración burocrática y contrarrevolucionaria del stalinismo. Esa segunda entrevista tuvo lugar también en el estudio de Trotsky. Después de saludarnos comenzamos a hablar de diversos temas que el líder bolchevique planteaba con su vivacidad natural. Le dije que algunos días atrás, tuve la oportunidad de ver el film soviético Lenin en Octubre y de darme cuenta la forma en que se desfiguraba la verdad histórica. Lenin aparecía subordinado a Stalin, solicitando siempre su presencia y su consejo, como si fuera el genio de la revolución. Le dije a Trotsky: Nosotros que habíamos vivido esa época recordábamos que el nombre de Stalin no apareció jamás durante las jornadas de Octubre fuimos capaces de apreciar la grosera falsificación de ese espectáculo.

“En este tiempo la burocracia necesita hacer esa falsificación, porque busca por esos medios engañar a las jóvenes generaciones rusas y de otros países”. Me citó enseguida una serie de hechos que confirmaban lo dicho:

“Un viejo camarada, director de cine soviético, vino a mi domicilio para mostrarme las censuras, que bajo orden de la burocracia, se efectuaron en los filmes rodados durante los primeros años de la revolución con el fin de eliminar toda aparición de Trotsky. La verdad histórica cayó bajo el machete de la burocracia. Me citó también el último caso que le había sido comunicado desde la URSS, de un grupo de estudiantes que, haciendo un trabajo sobre la Revolución de Octubre, recurrieron a los documentos de la época, las colecciones del Pravda, en lugar de atenerse a los textos oficiales. Allí pudieron apreciar el rol preponderante que habían jugado los acusados de los Procesos de Moscú, particularmente Trotsky. El hecho de haber constatado la verdad de esa forma le valió a los estudiantes haber sido excluidos de la universidad y de ser encarcelados. Es así como Stalin trata a aquellos que tienen la audacia de ir a buscar la verdad a las fuentes”. Hablamos del stajanovismo y yo manifesté mi hostilidad, diciendo que esto era contrario a la organización socialista. Él estuvo de acuerdo conmigo en este punto, diciendo que la producción en un régimen socialista debe ser científica y humana. Que debe tomar en cuenta el tiempo medio general y no casos aislados que se parecen más bien a un camuflaje del trabajo por pieza. Después hablamos de la categoría que la burocracia utiliza, además del stajanovismo, como aquella que habla sobre los sabotajes que se producen en la producción soviética. “El stajanovismo y los supuestos sabotajes -me dijo- no son más que manifestaciones de la degeneración burocrática de la URSS. El stajanovismo creó una desigualdad irritante de los salarios y una casta privilegiada que sirve a los intereses de la burocracia en la producción. En cuanto al sabotaje, no es más que una mistificación para disimular la incapacidad de la misma burocracia. Se habla del “sabotaje” que realizan los viejos líderes revolucionarios. Yo no creo en eso... lo que pasa es que son líderes honorables y capaces, que no aceptan la infiltración de elementos serviles de la burocracia que se ha enquistado, y por esa razón, son acusados. Les pasa lo mismo a los hombres eminentes capaces de hacer frente a los métodos burocráticos. Es el caso de Blucher4, que según las últimas novedades, fue destituido. Ahora Blucher será eliminado y no se hablará más de él. Es la misma suerte que corren en la URSS, bajo Stalin, todos los hombres que tengan personalidad. La burocracia necesita individuos serviles. Por eso apela a individuos de baja categoría, incluidos viejos enemigos, como los rusos blancos.

Es necesario ver en la eliminación de esos camaradas y en la mía no la ambición personal sino la lucha por el socialismo, por la revolución mundial, contra la organización burocrática enquistada en la URSS. Hay gente que dice que mi actitud se explica por ambición personal. Yo era comisario en la guerra en Rusia y hubiera tenido más de una ocasión de ganar posiciones. Pero no estamos comprometidos en ese combate, para conquistar posiciones, sino para luchar a favor del socialismo y es a esto a lo que debemos subordinar todas nuestras acciones y propuestas.

Los camaradas no deben dejarse influenciar por las infamias y calumnias difundidas por los stalinistas. ¿Cómo es posible que saboteemos nuestra propia obra y estemos en connivencia con los enemigos de la revolución cuando ésta fue el producto de nuestra acción? ¡Todo nuestro pasado de lucha esta allí para testimoniarlo!”

Me preguntó enseguida qué opinaba sobre nuestros camaradas de México y sobre el movimiento obrero de ese país. Estuvo de acuerdo conmigo, cuando le dije que todavía había debilidades, y que era nociva la intervención de personas ajenas a la clase obrera en la dirección de los sindicatos, toda esa banda de abogados, de chambistas y corruptos que dirigía el tristemente célebre Lombardo Toledano, que utilizaba la combatividad y abnegación del proletariado mexicano como trampolín de sus ambiciones personales o como medio de vida.

Sobre el movimiento de la IV Internacional en México, le dije que tenía la misma impresión que sobre el de Argentina. Me respondió que era débil, en efecto, pero que a través de la acción, se iría reforzando.

Le pregunté si no le parecía que la devaluación de la moneda, como consecuencia de la devaluación del petróleo no podía repercutir de manera que pudiera ser utilizado por la burguesía para dar un golpe de estado contra Cárdenas. Me contestó que Cárdenas tenía un gran prestigio, a pesar de las actividades de ciertas personas poco recomendables de su entorno. Un prestigio evidente antes que nada en la clase campesina y que no creía en el éxito de una campaña en su contra como lo había demostrado el caso del Gral. Cedillo.

“Y ¿Qué piensa usted del aprismo?”, le pregunté.

“No quiero opinar, porque es una cuestión que no conozco, que hace falta que la estudie. Cada país tiene sus características. Los apristas que frecuenté en México, me parecieron gente honorable e inteligente. Como revolucionarios, podemos golpear juntos al enemigo común, pero manteniéndonos separados y sin olvidar jamás que somos nosotros los que realizaremos la tarea de la revolución”.

Para terminar, le pedí una fotografía y un libro, cosa que intentó evitar diciéndome que no tenía. Sólo ante mi insistencia, tomó una fotografía y un libro en inglés sobre El Contra-Proceso, en el que escribió una dedicatoria. Cuando me dejó, como siempre, me instó a continuar la lucha y a mantenerme firme.

 

Tercera entrevista

La tercera entrevista tuvo lugar en el momento de mi partida y fue muy breve. En esta ocasión fui a la casa de Trotsky junto a algunos dirigentes sindicales que había conocido en México.

Cuando entramos, lo encontramos cruzando su jardín para plantar un cactus, que había recogido unos días atrás en un paseo por el campo.

Le pregunté si hacía jardinería. Me contestó que efectivamente hacía como los pequeño-burgueses que se ocupan de su jardín el domingo.

Después entramos en su estudio y hablamos un rato de diversos temas, y al comentar la reunión que se había realizado por su consejo, él criticó que de allí no saliera una resolución.

Cuando me iba me encargó transmitir sus cordiales saludos a los trabajadores de Argentina y su llamado a que prosiguieran sin vacilar la lucha por su emancipación, en la cual están obligados a hacer desaparecer a todos los burócratas y traidores.

León Trotsky cayó bajo el golpe dado impunemente por un sicario de Stalin. Lo vengaremos poniendo en práctica sus ideas y sus consignas.

1. En septiembre de 1938, el obrero argentino Mateo Fossa tuvo tres entrevistas con Trotsky. El texto que sigue es el resumen que él mismo hizo, en 1941, en un folleto titulado Conversando con León Trotsky, Buenos Aires, 1941. Traducido del francés de la versión publicada en Oeuvres, Tomo 18, Pág 315, editado por el Instituto León Trotsky de Francia.

2. Se refiere a Jean Van Heijenoort.

3. Se refiere a Liborio Justo*

4. Vassili K. Blucher (1890-1938), metalúrgico, luego empleado, suboficial durante la guerra, bolchevique en 1916, jefe de las Guardias Rojas, dirigía una división de infantería en 1919. Fue durante mucho tiempo consejero militar en China, luego comandante del ejército del Extremo Oriente a partir de 1929. El régimen había anunciado que estaba implicado en los juicios que habían condenado a Tujachevsky. Efectivamente acababa de ser relevado de su puesto de mando, fue arrestado el 22 de octubre con su esposa y su primera esposa, sus cuatro hijos fueron enviados a orfelinatos. Fue fusilado el 9 de noviembre de 1938 en la prisión de Lefortovo y, como todos los militares, fue rehabilitado. 



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