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Trotsky y Gramsci - Convergencias y divergencias

Estrategia Internacional N° 19 - Enero 2003

Emilio Albamonte y Manolo Romano

Antonio Gramsci, al igual que Trotsky, fue un heredero del pensamiento de la Tercera Internacional antes de su estalinización, es decir de la mayor organización revolucionaria de masas de los trabajadores que haya existido: la del marxismo a la ofensiva. Pero si el trotskismo actual mantiene débiles hilos de continuidad con aquel movimiento revolucionario de la pre-guerra, el pensamiento de Gramsci ha corrido peor suerte. Fue reapropiado en la posguerra por el PC de Palmiro Togliatti, en Italia (asimilación que el estalinismo jamás podría haber hecho de León Trotsky) y luego por el eurocomunismo, para justificar una estrategia abiertamente a favor del sostenimiento del régimen burgués; incorporado en la actualidad como lectura usual en los medios académicos, utilizado por todo tipo de arribistas y funcionarios gubernamentales. Aunque aquí criticamos, a nuestro entender, las limitaciones de la estrategia de Gramsci, sostenemos que así como el estalinismo no fue engendrado por el bolchevismo sino que resultó de su degeneración contrarrevolucionaria, tampoco la mayoría de los actuales gramscianos, devenidos muchos de ellos en “intelectuales orgánicos” de la burguesía o consejeros de burocracias sindicales, son un producto del legado del comunista italiano.
No somos los primeros en plantear un contrapunto entre el pensamiento de Trotsky y el de Gramsci. Perry Anderson, desde el marxismo académico, abrió un debate con las ambigüedades del concepto de hegemonía en Gramsci en un trabajo pionero en el que están presentes las visiones teóricas de Trotsky1, cuestión que no fue desarrollada por las propias corrientes trotskistas. Nuestro intento es hacer chocar dos sistemas teóricos de conjunto, en lo que tienen éstos de particulares: la noción de equilibrio capitalista y la teoría de la revolución permanente en Trotsky, la relación entre guerra de maniobras-guerra de posición en Gramsci, así como la aplicación de su categoría de revolución pasiva que, creemos, no ha tenido la atención que merece del marxismo revolucionario. Como primeros resultados, de la intersección de ambas teorías surgen nuevos conceptos o se dialectizan otros que permiten entender mejor el complejo panorama internacional desde la segunda posguerra, el período del llamado “Orden de Yalta” en el que, sobre la base del triunfo contra el nazi-fascismo, se consolida la hegemonía del imperialismo norteamericano en el mundo y el aberrante control del stalinismo sobre gran parte del movimiento obrero internacional. Pero si bien buscamos en nuevas herramientas teóricas una comprensión más profunda de “cómo dominó la clase dominante” en el pasado y cuáles fueron las bases de la creación de un nuevo reformismo de masas a la salida de la segunda guerra mundial, lo hacemos especialmente para desentrañar, en el presente militante, los mecanismos de bloqueo de la revolución y combatir al reformismo. Y sobre todo, la comparación de las teorías de Trotsky y Gramsci - ubicadas en el convulsivo escenario de la lucha de clases en la que fueron elaboradas, entre la primera y la segunda guerras mundiales - tiene el objetivo de reestablecer, hacia el futuro, la relación entre los tres grandes fenómenos catastróficos que son el álgebra de la época imperialista en la que vivimos: las crisis capitalistas, las guerras y las revoluciones.

Entre las dos guerras

Independientemente de que tan en decadencia o inestable se observe la situación de los EE.UU. en el mundo actual, la hegemonía del imperialismo norteamericano se nos aparece hoy como algo “natural”. Esto no era así de ningún modo en los inicios del siglo XX ni tampoco la conquista de su rol dominante se produjo “naturalmente”. Lejos de ello, se definió en un interregno en el que nunca tuvo más vida la definición de Lenin del período abierto con la Primera Guerra Mundial: una “época de crisis, guerras y revoluciones”. Desde el inicio de esta etapa el marxismo revolucionario debió analizar un giro fundamental en las relaciones de dominio mundial: el pasaje de la hegemonía imperialista de las manos de la vieja Inglaterra a las de la ascendente Norteamérica. ¿En qué se basó ese gran cambio y cómo ocurrió?
El economista marxista Isaac Joshua hace una muy buena síntesis en relación al período de entreguerras y la Gran Depresión: “El listado de fechorías atribuidas al patrón oro ha demostrado que la crisis de la libra es claramente uno de los grandes puntos claves de la depresión de los años ‘30. Una crisis de la libra que se nos ha aparecido como una crisis de hegemonía, o, para ser más precisos, como una crisis ‘entre dos’: Inglaterra no puede ejercer más su antiguo rol, los Estados Unidos no logran ejercerlo todavía. Inglaterra está impedida por Estados Unidos en sus esfuerzos de continuar como antes; Estados Unidos está impedido por Inglaterra en sus esfuerzos para tomar la delantera. Aquí también, la primera guerra mundial jugó su rol: comprimiendo en el tiempo una evolución que se hubiese producido de todos modos, transformó en fallas abiertas lo que hasta ese momento no eran más que fisuras del edificio. Puso al día el problema, pero no pudo, no obstante, darle solución. La historia abrió un período de latencia, y el barco, sin gobierno, quedó librado a los vientos”. Y remarca más adelante: “En 1918 (...) el fuerte no era lo suficientemente fuerte y el débil tampoco era lo suficientemente débil. En esta dimensión internacional, la gran crisis es claramente una crisis ‘entre dos’, entre una primera guerra mundial que se contentó con poner al día los problemas, y una segunda guerra mundial que los resolvió” a favor de la hegemonía norteamericana2.
Tal fue el período en el que se desarrolló la actividad revolucionaria de Trotsky y Gramsci que sirve de marco a la comparación de las posiciones de ambos que queremos hacer en este trabajo.

Empecemos por decir, entonces, que el primer punto de contacto entre León Trotsky y Antonio Gramsci que nos interesa destacar es que ambos insistieron sobre el nuevo rol de Norteamérica3 como potencia mundial ante la declinante Inglaterra y, lo más importante, lo hicieron desde un mismo punto de partida metodológico: la ley de la productividad del trabajo.
Trotsky afirmaba sobre la superioridad del capitalismo norteamericano: “La ley de la productividad del trabajo es de importancia fundamental para las relaciones entre Norteamérica y Europa y en general para determinar la futura ubicación de Estados Unidos en el mundo. Esa forma superior que le dieron los yanquis a la ley de productividad del trabajo se conoce como producción en cadena, estandarizada o en masa. Parecería haberse encontrado el punto a partir del cual la palanca de Arquímedes puede volver el mundo cabeza abajo.” 4

En un mismo sentido, para Gramsci, “¿Cuál es el punto de referencia del nuevo mundo en gestación?”. Su respuesta es: “El mundo de la producción, el trabajo”.
Por ello dedica especial atención al estudio del fordismo y lo describe como la política industrial seguida por los sectores más dinámicos de la burguesía norteamericana para “llegar a la organización de una economía programada” en la cual “los nuevos métodos de trabajo están indisolublemente ligados un determinado modo de vivir, de pensar y de sentir la vida”, es decir elementos que, de conjunto, anuncian una nueva cultura: el “americanismo”5.
“El americanismo y el fordismo – sostiene Gramsci - derivan de la necesidad inmanente de llegar a la organización de una economía planificada (...) el paso del viejo individualismo económico a la economía planificada”. Y plantea que EE.UU “para racionalizar la producción y el trabajo, combinó hábilmente la fuerza (destrucción del sindicalismo obrero de base territorial) - sindicatos de oficio, N de la R- con la persuasión (altos salarios, diversos beneficios sociales, propaganda ideológica y política muy hábil); se logró así hacer girar toda la vida del país alrededor de la producción. La hegemonía nace en la fábrica y para ejercerse sólo tiene necesidad de una mínima cantidad de intermediarios profesionales de la política y la ideología”.

Además de esta preocupación compartida por señalar la superioridad de Norteamérica basándose en la productividad del trabajo, parten de una misma definición de la relación de fuerzas establecida en el período inmediato posterior a la primera guerra mundial. La categoría de “equilibrio inestable” o “estabilización relativa” del capitalismo, tomada del informe de Trotsky al III Congreso de la Tercera Internacional de 1921 y adoptada por ésta, era un patrimonio común del pensamiento de ambos revolucionarios.

Esta definición era la siguiente: “El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado; el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio. En el dominio económico, las crisis y las recrudescencias de la actividad constituyen las rupturas y restablecimientos del equilibrio. En el dominio de las relaciones entre las clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, en lock-outs, en lucha revolucionaria. En el dominio de las relaciones entre estados, la ruptura del equilibrio es la guerra generalmente, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo. El capitalismo tiene pues un equilibrio inestable que de vez en cuando se rompe y se compone. Al mismo tiempo, semejante equilibrio posee gran fuerza de resistencia: la mejor prueba que tenemos de ella es que aún existe el mundo capitalista.”
Lejos de todo determinismo económico, Trotsky sostiene que se “debe tomar directamente como punto de partida el análisis de las condiciones y de las tendencias de la economía y del estado político del mundo, como un todo, con sus relaciones y contradicciones, es decir, con la dependencia mutua que opone a sus componentes entre sí” 6.
Contra los que han sostenido que hay una misma matriz con el determinismo económico de la Segunda Internacional 7, la originalidad de su análisis radica en que incorpora el papel de los factores subjetivos como elementos decisivos en la marcha de la economía capitalista. Para que no queden dudas: “Si se nos pregunta ‘¿dónde están las garantías de que el capitalismo no restaurará su equilibrio a través de oscilaciones cíclicas?’ entonces diríamos en respuesta: ‘No hay garantías y no puede haber ninguna.’ Si nosotros anulamos la naturaleza revolucionaria de la clase obrera y de su lucha, y el trabajo del partido comunista y de los sindicatos... y tomamos en cambio los mecanismos objetivos del capitalismo, entonces podríamos decir: ‘Naturalmente, fracasando la intervención de la clase trabajadora, fracasando su lucha, su resistencia, su autodefensa y sus ofensivas - fracasando todo eso, el capitalismo restaurará su propio equilibrio, no el viejo sino un nuevo equilibrio.”

Por su parte, Gramsci desarrolla el concepto de “crisis orgánica” que, aunque es aplicado fundamentalmente en el terreno del estado nacional, es asimilable al de “ruptura del equilibrio capitalista” que Trotsky utiliza para el análisis internacional 8. Para medir las “relaciones de fuerzas” indica Gramsci: “Otra cuestión es la de determinar si las crisis históricas fundamentales son provocadas inmediatamente por las crisis económicas. (...) Se puede excluir que las crisis económicas produzcan, por sí mismas, acontecimientos fundamentales; sólo pueden crear un terreno más favorable a la difusión de ciertas maneras de pensar, de plantear y resolver las cuestiones que hacen a todo el desarrollo ulterior de la vida estatal. (...) En todo caso, la ruptura del equilibrio de fuerzas no ocurre por causas inmediatas de empobrecimiento del grupo social que tiene interés en romper el equilibrio y de hecho lo rompe; ocurre, por el contrario, en el cuadro de conflictos superiores al mundo económico inmediato vinculado al ‘prestigio’ de clase (intereses económicos futuros), a una exasperación del sentimiento de independencia, de autonomía y de poder” 9.

Sobre esta base teórica común – llamémosla: anticatastrofista económica – de la que tanto Trotsky como Gramsci parten en los años ‘20 10, veamos, entonces, las perspectivas proyectadas por ambos sobre la situación internacional en el período siguiente.

La “revolución pasiva”

Un estudio señala que: “Es importante la observación de Gramsci de que el periodo histórico contemporáneo, posterior a la primera guerra mundial, puede ser estudiado y analizado a partir del concepto de ‘revolución pasiva’. Tras la conmoción de la guerra imperialista y la grave crisis posterior con el corolario de la derrota de la revolución proletaria en Occidente parecía cerrarse toda una época. En efecto, la burguesía había conseguido controlar la situación y neutralizar a las fuerzas revolucionarias, pese a la obstinada resistencia de estas. Por ello el período de ‘estabilización relativa’ del capitalismo parecía ser algo más que un mero paréntesis coyuntural”11.
En efecto Gramsci se plantea el problema de “si el americanismo pueda constituir una época histórica, es decir, si pueda determinar un desarrollo gradual del tipo (...) de las ‘revoluciones pasivas’ del siglo pasado (...) o por el contrario estallarán levantamientos del tipo francés como en Rusia” 12, anteponiendo esta última opción a las “revoluciones desde arriba” de las que ya habían hablado Marx y Engels.

El concepto de revolución pasiva13 en Gramsci puede atribuirse a la convergencia entre, al menos, tres afluentes.
La idea de una readecuación de la clase dominante mediante una “revolución desde arriba”, como respuesta a los impulsos de las masas, puede ser rastreada en el propio Marx, al igual que puede buscar su origen en Marx también el concepto de “revolución permanente” de Trotsky, aunque ninguna de las dos categorías quieran decir exactamente lo mismo en la época imperialista que en el siglo anterior. Marx y Engels definen que después del golpe de Luis Bonaparte en Francia en 1851: “El período de las revoluciones desde abajo se había cerrado, por el momento; a esto siguió el período de revoluciones desde arriba”, dando como ejemplo no sólo la vuelta al imperio en Francia con Bonaparte sino a “su imitador Bismark” que en Prusia “dio su golpe de Estado e hizo su revolución desde arriba en 1866” 14.
De aquí se concluye el siguiente razonamiento análogo en el revolucionario italiano: si al período de revoluciones burguesas que va desde 1789 con la Gran Revolución francesa hasta 1848, le correspondió la respuesta de las “revoluciones desde arriba”, se abría la hipótesis de que la revolución bolchevique de 1917, la “Francia” de la era de la revolución proletaria, podía ser respondida por un ciclo de revoluciones pasivas. En esta apreciación gramsciana de la relación entre el flujo de la revolución y las respuestas adaptadas de la contrarrevolución, junto a las transformaciones en el Estado moderno de las democracias de occidente, se encuentra una de las bases para su definición de que “la fórmula cuarentiochesca de la ‘revolución permanente’ es desarrollada y superada en la ciencia política por la fórmula de la ‘hegemonía civil’ 15, ya que “las relaciones organizativas internas e internacionales del Estado se hicieron más complejas y sólidas”. En el mismo sentido, el fordismo y el americanismo, con los cambios estatales que introdujeron, significarían entonces un intento de desarrollo de las fuerzas productivas sobre la base de la estabilización relativa alcanzada por el capitalismo en los años ‘20 a partir de detener la oleada revolucionaria internacional, y en especial europea, que siguió al impulso del Octubre de 1917: por ello Gramsci designa a la revolución pasiva, también, como una “revolución-restauración”.

En segundo término, Gramsci toma la idea de la propia historia italiana: “el concepto de revolución pasiva en el sentido que Vincenzo Cuoco atribuye al primer período del Risorgimento” 16 que él extiende a todo el período de la unificación nacional que comienza con los sucesos de 1848 y 49 y culmina en 1871 con la anexión de Roma como capital de Italia. La unidad de Italia como nación burguesa se realizó bajo los límites impuestos por la alianza entre la burguesía del norte con los terratenientes del sur, sin otorgar la tierra ni concesiones al campesinado como era la demanda esencial de reforma agraria que sí había otorgado la Gran Revolución Francesa. Así, una tarea históricamente progresiva como la unificación de Italia fue realizada en forma reaccionaria por el partido de los Moderados y, como sujeto militar, por el ejército y el estado piamontés. Con ello tuvo lugar una “diplomatización de la revolución”, claramente diferenciada del modelo francés. Para ello la burguesía se valió adicionalmente del “transformismo”, un mecanismo a través del cual incorporó, cooptó, transformó al programa de los Moderados a los líderes populares más radicales del Partido de Acción que, lejos de jugar un rol “jacobino” activo, se subordinaron al ala derecha del proceso. Una “revolución pasiva”, pactada desde arriba: tal era la perspectiva sobre la que Gramsci alertaba, ahora, en la época de la revolución proletaria, como freno burgués a la revolución socialista17.

Y finalmente el concepto es utilizado por el comunista italiano ante una necesidad política acuciante: responder al ascenso del fascismo. Gramsci está en total divergencia con la evaluación de las posibilidades de éxito de Mu-ssolini que había en la dirección del PCI. Trotsky dirá en relación con esto: “Según las informaciones que recibí de compañeros italianos, el Partido Comunista Italiano, con excepción de Gramsci, no admitía la menor posibilidad de la toma del poder por el fascismo”18. Aunque más perspicaz en el análisis de ese hecho inédito -la movilización en gran escala de las clases medias contra el proletariado- Gramsci no se diferencia en los primeros años de la política ultraizaquierdista de Bordiga, y recién alrededor de 1924 coincidirá con la táctica de frente único obrero propuesta por Trotsky y la Tercera Internacional para enfrentar al fascismo en Italia19. Años más tarde rechazará, al igual que Trotsky, la orientación de la IC estalinista llamada “tercer período” que significaba descartar cualquier colaboración y frente único con el PS y las organizaciones obreras reformistas por considerarlas “socialfascistas”.
De aquí se desprende su insistencia teórica en el concepto de “revolución pasiva” para interpretar de otro modo lo que estaba pasando y dar una respuesta más conveniente del movimiento de masas. Es que el inédito fenómeno del fascismo italiano no es pura represión sino que, además, intenta lograr un nuevo consenso entre amplias capas de las masas. Incluso después de la crisis de 1929, una corriente de la ideología fascista desarrolla, basada en la crítica de la economía liberal, la hipótesis de una “racionalización-reorganización” del aparato productivo, una forma italiana de “americanismo”por medio del “corporativismo” que establece una especie de “unión entre el gobierno de las masas y el gobierno de la producción”. Gramsci ve en ello un intento de respuesta a la «crisis orgánica» del Estado.
Con todo esto tenemos que la revolución pasiva en la época imperialista se verificaría en el hecho de una “transformación de la estructura económica de modo reformista, de individualista a planificada (economía dirigida) y el surgir de una ‘economía media’ entre la individualista pura y la planificada en sentido integral”, poniendo bajo este último nombre a la planificación socialista. El punto de esa “economía media”, era conquistado por la burguesía mediante los mecanismos estatales del “corporativismo” lo que le permitiría al capitalismo el paso a formas políticas y culturales más modernas, salteando o superando la fase catastrófica.
Así ve que pueden presentarse dos vías para la recuperación capitalista: “el americanismo”, con el “new deal” de Roosevelt, y el fascismo. Haciendo una singular abstracción de los métodos de guerra civil del fascismo hacia la clase obrera, sus organizaciones y su vanguardia, encuentra, sin embargo, un común denominador en cuanto a los objetivos estructurales que persiguen: no sólo “disgregar a las fuerzas antagónicas”, el proletariado y separarlo del campesinado; sino relanzar el capitalismo sobre nuevas bases. El americanismo y hasta el fascismo son para Gramsci intentos de “modernizar” el capitalismo “desde arriba” y ambos son asimilables al concepto de revolución pasiva que aparece, en primera instancia, como una categoría económico-social, pero que incluye y necesita de importantes transformaciones estatales.
Junto al cambio en las condiciones socioeconómicas y en las costumbres que implicaba el americanismo, aparecía un nuevo tipo de estado para hacerlas factibles: “El Estado es el liberal, no en el sentido de liberalismo aduanero o de la efectiva libertad política sino en el sentido más fundamental de la libre iniciativa y del liberalismo económico que llega con medios propios, como sociedad civil, por su mismo desarrollo histórico al régimen de concentración industrial y del monopolio”. El nuevo tipo de estado interviene en la economía “investido de una función de primer orden en el sistema capitalista como empresa (holding estatal) que concentra el ahorro a disposición de la industria y de la actividad privada y como inversor a mediano y largo plazo”. Y al mismo tiempo ese estado establece una nueva relación con las clases subalternas: “La masa de los ahorristas quiere romper toda ligazón directa con el conjunto del sistema capitalista privado, pero no le niega la confianza al estado: desea participar en la actividad económica, pero a través del estado, que le garantiza un interés módico pero seguro”. De allí “deriva que teóricamente el estado parece tener su base social en la ‘gente del común’ y en los intelectuales, mientras que en la realidad su estructura permanece plutocrática”.

Al respecto J. C. Portantiero sostiene, sintéticamente, que el americanismo es para Gramsci la apuesta más seria de contratendencia a la ley tendencial a la caída de la tasa de ganancia del capitalismo imperialista, mediante nuevos métodos de producción basados en la obtención de mayor plusvalía relativa: “Es una manifestación de la crisis, la de su ‘superación’ en términos del crecimiento de un sistema que siempre se ha desarrollado ‘en la crisis’, en medio de ‘elementos que se equilibraban e inmunizaban’. Cierto que ‘el americanismo’ nada cambia ‘en el carácter de los grupos sociales fundamentales’, pero es la respuesta capitalista al nivel más alto a las contradicciones insanables que nacen de la estructura y que ‘las clases dominantes tratan de resolver y superar dentro de ciertos límites’...”20. Sí, pero no sólo eso. El americanismo en Gramsci, como categoría económico social está firmemente asociada a la categoría política de revolución pasiva, como revolución-restauración, como readecuación reformista del capitalismo, algo que los reformistas o los que toman a Gramsci en sentido académico-burgués prefieren no profundizar. El contenido político de su posición nada tiene que ver con quienes hoy toman sus análisis al tiempo que añoran al “Estado benefactor”, en buena medida desarticulado por la reacción neoliberal de los ´90, y proponen un programa de revolución pasiva, del tipo de los “Moderados”, para volver a aquellas condiciones. Al revés de los gramscianos de hoy, Gramsci alertaba sobre las readecuaciones en el estado y en la política económica estatal que constituían un intento de respuesta reaccionaria, de largo o mediano plazo, para crear las bases de “un nuevo conformismo”, impedir la hegemonía del proletariado, bloquear la revolución comunista y sortear una situación de crisis orgánica de la burguesía, cuestión que una dirección marxista tenía que comprender y enfrentar.

Americanismo y guerra

Pasemos ahora a Trotsky.
Puesto ante el mismo problema de la emergencia americana, sostiene en 1926: “En el artículo del camarada Feldman, las consideraciones sobre el curso del desarrollo de EE.UU. tomaron una forma algorítmica. Él llegó a la conclusión de que el desarrollo de Norteamérica se basaba cuanto mucho en un callejón sin salida, y que el ascenso actual no es nada en comparación con el de décadas pasadas. Si esto es verdad, no se justifica que construyamos perspectivas de desarrollo mundial pacífico. El ascenso hasta la cima de EE.UU, en la medida que se dé sin sacudidas, llevará a Europa a un callejón sin salida económico, y Europa o bien decaerá igual que decayó el Imperio Romano, o experimentará un renacimiento revolucionario. Pero en el momento actual no se puede hablar de la decadencia europea. Si el desarrollo de EE.UU. se frena, sus poderosas fuerzas buscarán una salida en la guerra. Esta será su única oportunidad de superar las deformaciones que resultan de las circunstancias de su desarrollo económico. Esta deformación se mueve como el núcleo [de un huracán]. Un núcleo tal, lleno de fuerza colosal y retrasado, podría causar una terrible cantidad de destrucción dentro del país.”
“Examinemos ahora la situación del proletariado. Con respecto a Inglaterra, no queda nada de la anterior posición aristocrática del proletariado inglés. Nuestro trato fraternal con los sindicatos ingleses [se refería al Comité Anglo-ruso, N de la R] se basa en la declinación económica de Inglaterra. Ahora la clase trabajadora de EE.UU. ocupa el lugar privilegiado. Una demora en el desarrollo económico para EE.UU. significaría enormes cambios en la interrelación de fuerzas internas y, en consecuencia, también significaría un movimiento revolucionario que surgirá con la característica velocidad norteamericana. De tal manera, con las dos posibles variantes para EE.UU. nosotros prevemos grandes cataclismos en las décadas que vienen, y no acontecimientos pacíficos. Recientemente un artículo del Economist norteamericano declaraba: ‘Hemos alcanzado tal nivel de desarrollo que necesitamos una guerra en gran escala’. De la misma forma que se necesitan terneros gordos para alimentar una gran ciudad, así el Economist anuncia que, como lo ilustró la experiencia de la última guerra, EE.UU. necesita una guerra en gran escala. Los imperialistas norteamericanos tienen una preferencia, pero no por el desarrollo pacífico.”21
Es de notar que estas definiciones son anteriores a que se produzca la gran crisis catastrófica del año 1929 en el corazón de EE.UU y que significó un parteaguas para la situación mundial. Aún antes de ello, Trotsky adelanta las tendencias profundas y las contradicciones interimperialistas latentes que empujarán, de un lado, a nuevas oportunidades revolucionarias y, de otro, a la guerra. Años más tarde, cuando ya se había producido el crack, sostiene -polemizando con el programa adoptado por la Internacional Comunista- un ejemplo de razonamiento dialéctico en plena crisis norteamericana, como muestra esta afirmación de septiembre de 1930: “Molotov quiso decir: Trotsky ensalzó el poderío norteamericano y ahora, miren, Estados Unidos está atravesando una crisis aguda. ¿Pero acaso el poder capitalista excluye la crisis? ¿Acaso Inglaterra, en el apogeo de su economía mundial, no conoció crisis? ¿Se puede concebir el desarrollo capitalista sin crisis? He aquí lo que dijimos al respecto en el Proyecto de Programa de la Internacional Comunista:
‘Aquí no nos vamos a extender en el análisis del problema especial de la duración de la crisis norteamericana y su posible envergadura. Se trata de un problema coyuntural, no programático. Sobra decir que no abrigamos la menor duda respecto de la ineluctabilidad de una crisis: tampoco descartamos que, dada la actual envergadura mundial del capitalismo norteamericano, la próxima crisis sea extremadamente profunda y aguda. Pero no hay absolutamente nada que justifique la conclusión que ello restringirá o debilitará la hegemonía de Norteamérica. Semejante conclusión daría lugar a los más groseros errores estratégicos. Es justamente al revés. En un período de crisis, Estados Unidos ejercerá su hegemonía de manera más completa, descarada y brutal que en un período de auge. Estados Unidos tratará de superar sus problemas y males principalmente a expensas de Europa.” 22

A partir de aquí es claramente observable un cambio entre los análisis del Trotsky de los años ‘20 y el de los ‘30. Es que con la crisis de 1929 se rompe el “equilibrio inestable” del capitalismo caracterizado por la Tercera Internacional y comienza un nuevo período. Se reabre una nueva “fase catastrófica” y, por consiguiente, nuevas oportunidades revolucionarias. Así se verificará en la revolución española que comienza en el año ‘31 y atraviesa toda la década, y en la revolución que comienza con las ocupaciones de fábricas en Francia desde el ’36. Ambos procesos que, como luego señalará Trotsky, planteaban la posibilidad de “detener la guerra imperialista mediante revoluciones desde abajo” fueron derrotados, pero no porque ello estuviera predeterminado fatalmente de antemano, sino por el rol auxiliar del capitalismo que juegan fundamentalmente los PCs y la política de los “frentes populares” adoptada con el giro derechista de 1935 en el VII Congreso de la Tercera Internacional stalinizada.
Ahora bien, aún el período de crisis catastrófica Trotsky no deja de sopesar la potencialidad del imperialismo norteamericano sólo que sostenía que esta superioridad no se le impondría al viejo mundo pacíficamente. En 1933, sostiene que a pesar de la emergencia norteamericana basada en la ley de la productividad del trabajo y su superioridad técnica expresada en el fordismo: “...el viejo planeta se rehúsa a dejarse dar vuelta. Cada uno se defiende de todos los demás protegiéndose tras un muro de mercancías y una cerca de bayonetas. Europa no compra bienes, no paga las deudas y además se arma. El Japón hambriento se apodera de todo un país con cinco divisiones miserables. La técnica más avanzada del mundo, súbitamente, parece impotente ante los obstáculos que se apoyan en una técnica muy inferior. La ley de la productividad del trabajo parece perder su fuerza. Pero sólo lo parece. La ley básica de la historia de la humanidad debe inevitablemente tomarse la revancha sobre los fenómenos derivados y secundarios. Tarde o temprano el capitalismo norteamericano se abrirá camino a lo largo y a lo ancho de nuestro planeta. ¿Con qué métodos? Con todos. Un alto coeficiente de productividad denota un alto coeficiente de fuerzas destructivas. ¿Es que estoy predicando la guerra? De ninguna manera. Yo no predico nada. Sólo intento analizar la situación mundial y sacar conclusiones de las leyes de la mecánica de la economía”.23

Trotsky capta mejor que Gramsci el sentido de la época de crisis, guerras y revoluciones: el americanismo, para imponerse mundialmente necesitaba hacerlo a expensas de Europa, y con ello, conduciría a una nueva guerra. Inclusive, con todo lo que aportó Gramsci a la ciencia política marxista en relación a las cuestiones del Estado moderno, Trotsky comprende más consecuentemente una de las características de esos estados “avanzados” de la época imperialista: como señaló Lenin, no tan sólo un órgano de fuerza y represión interna (a lo que los análisis de Gramsci agregaron los aspectos de consenso) sino también un instrumento de guerra exterior, un estado “de rapiña” 24. Éste es su análisis estructural, como continuación de la definición de la Tercera Internacional, aunque esa tendencia inherente al período pase por dos momentos políticos; el del equilibrio inestable de los años ’20 y el de su ruptura en los ’30.
Mientras tanto, para Gramsci la posibilidad de un ciclo de revoluciones pasivas suponía que, dentro de los límites de la etapa imperialista, “cesa la lucha orgánica fundamental y se supera la fase catastrófica” 25. Es cierto que Gramsci planteó que las “revoluciones pasivas” eran “revoluciones-restauraciones, en el que sólo el segundo momento es válido” y que “las restauraciones, con el nombre con que se presenten, sobre todo las actuales, [subrayado de Gramsci] son universalmente represivas”. Pero en la definición de revolución pasiva el elemento determinante es que esta persigue: “reducir la dialéctica a puro proceso de evolución, reformista”.
Trotsky, en cambio, aborda el período desde la lógica de que el capitalismo conduce a nuevas catástrofes. “La vida del capitalismo monopolista de nuestra época es una cadena de crisis. Cada una de las crisis es una catástrofe. La necesidad de salvarse de esas catástrofes parciales por medio de murallas aduaneras, de la inflación, del aumento de los gastos gubernamentales y de las deudas prepara el terreno para otras crisis más profundas y extensas. La lucha por conseguir mercados, materias primas y colonias hace inevitable las catástrofes militares. Y todo ello prepara ineludiblemente las catástrofes revolucionarias. Ciertamente no es fácil convenir con Sombart en el que el capitalismo actuante se hace cada vez más ‘tranquilo, sosegado y razonable’. Sería más acertado decir que está perdiendo sus últimos vestigios de razón. En cualquier caso no hay duda de que la ‘teoría del colapso’ ha triunfado sobre la teoría del desarrollo pacífico”.26
Claro que, en su caso, la “fase catastrófica” no está limitada a la crisis de la economía. Su “teoría del colapso” es entendida no como un catastrofismo meramente económico sino como la concatenación de catástrofes económicas, militares y revolucionarias, es decir una articulación entre crisis, políticas de estados (hegemonía) y lucha de clases. Los mismos tres elementos que, según su método, había que interconectar para definir el anterior “equilibrio inestable”, son los que rompían ahora ese equilibrio. Una vez más: entre los ’20 y los ’30 hay un mismo criterio metodológico de interpretación, aunque cambia el signo de la situación.
¿Y Gramsci? Para decirlo con las propias palabras de un intelectual gramsciano: “En conclusión, dos elementos emergen con claridad: a) Al fin del siglo que Eric Hobsbawn llamó The Age of Extremes, debemos subrayar con fuerza la importancia del hecho de que Gramsci escapa a la radicalización-simplificación de las separaciones intelectuales de los treinta (y más allá) según la pareja comunismo-fascismo o fascismo-antifascismo, y; b) anticipa por aspectos no secundarios un cuadro de previsión sobre el futuro del capitalismo que se despliega plenamente en la segunda posguerra con la nueva hegemonía americana. El no ve ni la magnitud trágica del nazismo ni la segunda guerra mundial, ni Auschwitz ni las aberraciones del stalinismo: paradójicamente, desde la cárcel de Turi ve rasgos ‘estructurales’ de nuestro siglo sin dejarse cegar como otros tantos prestigiosos observadores”.27

En ese convulsionado interregno de la crisis de hegemonía mundial, Gramsci no alcanzó la altura y los pronósticos estratégicos de Trotsky que, claramente anticipó que la resolución a la crisis de hegemonía iba a venir de la mano de una nueva guerra mundial y del resultado de la lucha de clases que abriría esa guerra como “partera de revoluciones”. Y construyó, desde ese cálculo estratégico, el programa y la incipiente organización internacional. Se basó para ello no sólo en una teoría general sino en las lecciones, a la luz de esa teoría, de los principales test de la lucha de clases contrastándolos con la política internacional de la IC dirigida por Stalin. Sobre esas lecciones, como la experiencia del Comité Anglo-ruso, las alternativas de la revolución China, el quiebre para el comunismo internacional que significó la capitulación sin lucha del PC alemán frente al ascenso de Hitler, el programa y las tácticas marxistas para la revolución española, la denuncia implacable de sus traidores y la delimitación con los capituladores, la condena a la política del “Frente Popular” y la propia caracterización del fenómeno stalinista y la degeneración de la URSS, construirá la Oposición de Izquierda Internacional y más tarde fundará la IV que, apostaba, estaba llamada a jugar un rol de dirección en los acontecimientos que vendrían.

Para entender la segunda posguerra

Ahora bien, creemos que, despojado de todo gradualismo a destiempo de las posibilidades de renovación del capitalismo que hay en Gramsci, es muy productivo el concepto de “revolución pasiva” para explicar la segunda posguerra. Decimos “gradualismo a destiempo” porque sólo la guerra, con la enorme destrucción de fuerzas productivas que ello implicó en Europa, con el hecho de que las principales potencias competidoras de Norteamérica -como Alemania y Japón- derrotadas quedan fuera de juego, y tras el resultado contradictorio de la lucha de clases luego del ascenso de masas en la inmediata posguerra, es lo que permite la imposición de la hegemonía de los EE.UU y la extensión en gran escala del fordismo a Europa. En última instancia, Gramsci no terminó de ver que, tomado sus propias definiciones, para imponer su hegemonía en el mundo EE.UU iba a tener que pasar primero por una resolución de “fuerza” que hiciera posible un nuevo “consenso”, aunque como veremos seguidamente el imperialismo norteamericano se valió de un elemento adicional para lograrlo: el rol del stalinismo, sin el cual no podría haberse frenado el ascenso europeo ni estabilizado a los principales países capitalistas28.
Sólo una vez superada esa fase catastrófica mundial con los acuerdos de Yalta y Potsdam entre el imperialismo vencedor y la represtigiada burocracia soviética, entonces el concepto de revolución pasiva permite conceptualizar mejor el nuevo escenario mundial.
Creemos que al menos dos componentes de esa revolución pasiva se confirman, de un lado, en los países capitalistas con el “keynesianismo”, es decir el new deal hecho ‘razón de estado’ cuyos rasgos esenciales en las relaciones estatales con la economía y las masas Gramsci, como vimos, anticipa antes de la guerra. En segundo lugar, las controvertidas revoluciones en el Este de Europa entre los años ’43 y ’48 que se hicieron en base a las ocupaciones del Ejército Rojo en el territorio de donde se desplazó al nazismo como en Polonia, Hungría, Checoslovaquia y hasta en la mitad de Alemania podrían también denominarse revoluciones pasivas proletarias 29.
Si como analizó Gramsci para el Risorgimento, en “Italia no había barricadas como en el París de 1848” porque fueron sustituidas por un sistema de reclutamiento al ejército regular piamontés; análogamente, en la era de la revolución proletaria ¿qué otro rol jugó el stalinismo sino el de ahogar la posibilidad de que emerjan los soviets como en 1917-19 y su reemplazo por el avance del Ejército Rojo en el Este? ¿No fue el papel de Stalin en los acuerdos de Yalta y Potsdam, estableciendo el control de la URSS en el Este de Europa, asimilables al concepto de la “diplomatización de la revolución” como designó Gramsci a una de las características del proceso de la unificación de Italia? ¿No fue la utilización que hizo el stalinismo en los nuevos estados obreros deformados de gran parte del viejo personal estatal burgués de la pre-guerra que con este componente incluía un aspecto parcial de “restauración” ? ¿No fue el cambio de las relaciones de producción en esos países, de capitalistas a economías planificadas, una tarea progresiva pero que bloqueaba reaccionariamente la constitución de soviets como organismos de autogobierno de las masas? ¿No fue un “transformismo” en gran escala el nuevo rol de los partidos comunistas y sindicatos dirigidos por el stalinismo y la socialdemocracia, que pusieron todo su peso en la reconstrucción capitalista de Europa? ¿No fueron las características del “estado benefactor” anticipadas por Gramsci como nuevo tipo de estado capitalista las que se impusieron como norma en los países centrales, e incluso en algunas semicolonias?
Creemos que sí. En sus características más generales los nuevos y contradictorios fenómenos de posguerra son parte de una gran revolución pasiva entendida, de conjunto, como respuesta al ascenso obrero y de masas con “concesiones reformistas para neutralizar a las clases subordinadas” en el período excepcional que transcurre entre los años ‘43 al ‘49.
Un tercer intento de revolución pasiva -aunque en sus resultados más fallido que efectivo- fue el ensayo de “descolonización” desde arriba, en el que para frenar la revolución anticolonial los imperialistas buscaron dar un status de naciones semicoloniales más “modernas” a varias colonias de posguerra. Pero contrariamente a sus planes es allí, en la periferia capitalista, donde la revolución tiene sus más altas expresiones activas: una verdadera explosión de las masas oprimidas de las colonias y semicolonias. Y esto debe ser incluido en el haber de las previsiones de la Cuarta Internacional y vino a confirmar el acierto en poner especial énfasis en ellas en la teoría de la revolución permanente: el proletariado y las masas de los países coloniales y semicoloniales no debía esperar a la revolución en las metrópolis imperialistas sino que debían iniciar su revolución y podrían llegar antes incluso a la dictadura del proletariado.
Aún con las concesiones otorgadas a la clase obrera en los países centrales, el ascenso de la revolución colonial de posguerra (y la imposibilidad de imponer efectivamente una revolución pasiva en ellas) confirmará el carácter de la época imperialista en la que insistiera Trotsky: “Las clases imperialistas estaban en condiciones de hacer concesiones a los pueblos coloniales y a sus propios obreros cuando el capitalismo seguía una marcha ascendente y los explotadores podían apoyarse firmemente en un aumento cada vez mayor de las ganancias. Hoy en día ni hablar cabe de una situación como ésta. El imperialismo mundial está en decadencia. La situación de las naciones imperialistas se hace día a día más difícil, mientras que las contradicciones entre ellas se agravan cada vez más. El armamentismo monstruoso devora una parte siempre creciente de los ingresos nacionales. Los imperialistas ya no pueden otorgar concesiones serias ni a sus propias masas trabajadoras ni a las colonias. Por el contrario, se ven obligados a recurrir a una explotación cada vez más bestial. Precisamente en esto se expresa la agonía del capitalismo.” 30
Si bien, como señalamos, hubo concesiones a la clase trabajadora de los países centrales como subproducto de su acción revolucionaria que los obligó a “ceder algo para no perder todo”, el señalamiento de la Cuarta Internacional se verificó completamente para los países dominados por el imperialismo. Los enormes impulsos de las masas semicoloniales, confirmó las premisas de la perspectiva estratégica de Trotsky y se extenderán más allá del período excepcional entre el 43 y el 49, al conjunto del período dominado por el Orden de Yalta durante el cual serán el factor más revolucionario de la lucha de clases internacional. Como analizamos más adelante, el fortalecimiento del aparato stalinista mundial impedirá que ello impacte decisivamente en los centros imperialistas trasladando allí la revolución, e incluso utilizará todos los medios para congelar los procesos de “liberación nacional” de las colonias en el terreno del régimen burgués.
Esto fue así porque, como cuestión clave, lo que los pronósticos de Trotsky -y menos aún los de Gramsci- pudieron prever fue una de las expresiones políticas superestructurales más novedosas que emergieron de la posguerra y determinaron su resultado: el nuevo rol del stalinismo como factor de contención de la revolución a escala planetaria.

Trotsky apostaba a que el proceso revolucionario internacional que desataría la guerra -lo que se produjo, y en gran escala, entre los años ‘43 y ‘49- provocaría, a su vez, el derrocamiento de la burocracia soviética y posibilitaría la regeneración revolucionaria de la URSS. Pero esto último no ocurrió. Lejos de ello, a la salida de la guerra se reafirmó la casta burocrática no sólo en la URSS sino en un nuevo sistema de estados obreros deformados extendidos en el Este de Europa. La clase obrera y las masas lograron, igual que en 1914-18, sobreponerse de la derrota que significó, en primera instancia, la carnicería imperialista, y luego protagonizaron un fabuloso ascenso, de especial importancia por tratarse de países capitalistas centrales, en Italia, Francia, Grecia, con la resistencia armada al nazismo. Pero contradictoriamente, el stalinismo, prestigiado a los ojos de las masas por la derrota del ejercito alemán en Stalingrado, no sólo no sucumbió ante ese ascenso sino que fue capaz de desarmar dichos procesos, contener a la clase obrera y poner sus organizaciones al servicio de la reconstrucción capitalista (“americanista”) de Europa.

Pero, independientemente de que no acertó en el pronóstico político, Trotsky fue, muy por encima de Gramsci, quien preparó, tanto en el estudio de las bases materiales y la naturaleza del fenómeno stalinista y de la degeneración de la revolución rusa31 como en las batallas políticas previas a la guerra, las condiciones para combatirlo. Fue el único marxista que planteó un programa para un nuevo tipo de revolución, la “revolución política”, para el estado obrero degenerado en la que estableció todo un sistema de demandas transitorias específico para abolir, sobre la base de preservar las conquistas de la economía nacionalizada, a la casta parasitaria, restablecer el poder efectivo de los soviets y reencauzar el camino de la transición al socialismo mediante volver a poner sobre sus pies a la política revolucionaria del estado obrero a escala interna e internacional. Y, en segundo lugar, aunque no podía prever el salto en la colaboración de clases a escala mundial entre la burocracia soviética y el imperialismo mediante los acuerdos de Yalta, en los combates políticos previos a la guerra contra la orientación del “Frente Popular” inaugurada en el año ‘35 por la Internacional Comunista y puesta en práctica en España y Francia con sus funestas consecuencias, adelantó que la lucha por la independencia de clase del proletariado proclamada como principio del marxismo desde el Manifiesto Comunista tenía, como sostiene en el Programa de Transición, un “obstáculo adicional” en la existencia misma del stalinismo. Por su parte Gramsci, que tanto utilizó el concepto de “transformismo” en su análisis de la revolución burguesa, no vio el más grande proceso transformista de la revolución proletaria: el surgimiento de la burocracia soviética.

El bloqueo de la dinámica permanente de la revolución

“El prerrequisito económico para la revolución proletaria ha alcanzado en general el punto más alto de concreción que puede alcanzar bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad se han estancado... Las condiciones objetivas para la revolución no sólo han madurado, se están comenzando a pudrir. Sin una revolución socialista en el período histórico inmediato una catástrofe amenaza al conjunto de la humanidad. Ahora es el turno del proletariado, conducido por su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de dirección revolucionaria”.32
Esta correcta afirmación, en términos históricos, con la que comienza el Programa de Transición aprobado en 1938 por la Cuarta Internacional, no está exenta de negaciones parciales luego de 1948 y con los resultados de ella a la vista. Sostenemos que por una serie de nuevas condiciones objetivas y subjetivas se establece un bloqueo de la dinámica permanente de la revolución. De lo que se trataba, entonces, era de enriquecer el concepto de “crisis de dirección revolucionaria”, con el que cierto “trotskismo” ha hecho reduccionismo. La crisis de dirección revolucionaria, y sobre todo la política para superarla, no era exactamente la misma, en términos concretos, como estuvo planteada en los años ‘30 (durante los cuales revolución y contrarrevolución se enfrentaban abiertamente) que en la segunda posguerra. El resultado de la guerra y el ascenso que le sigue, institucionaliza nuevas conquistas materiales para el proletariado, desde las concesiones reformistas de los países capitalistas avanzados hasta la formación de nuevos estados donde se expropia al capital, al costo de fortalecer a las direcciones contrarrevolucionarias. Esto significaba para los seguidores de la IV Internacional reexaminar este problema en el “mundo de Yalta” y restablecer un nuevo marco estratégico y readecuaciones programáticas.

a) Había que determinar los alcances del crecimiento parcial de las fuerzas productivas. El trotskismo se dividió, en este terreno, entre dos grandes tendencias, ambas equivocadas. De un lado quienes como el Comité Internacional encabezado por Pierre Lambert (e incluyendo en este arco a las corrientes de Nahuel Moreno con base en Argentina y Guillermo Lora en Bolivia33) sostenían la tesis “estancacionista”. “Las fuerzas productivas de la humanidad se han estancado” repetían según la letra del Programa de Transición, sin ver que la fabulosa destrucción de fuerzas productivas que provocó la guerra y la reconstrucción capitalista de Europa permitió aplicar, en forma concentrada y abrupta, la mas avanzada técnica americana y crear una demanda rápida de bienes de consumo, todo al mismo tiempo. Esto significó una negación parcial, temporal, limitada, pero que cambió lo que era un hecho antes de la guerra. La continuación de época imperialista, es decir de la fase de declinación del capitalismo no fue lo mismo que estancamiento de las fuerzas productivas que, durante el paréntesis del ‘48 hasta el ‘68, tuvieron un desarrollo parcial. En el extremo opuesto a los “estancacionistas”, la interpretación del Secretariado Unificado (SU) se basó en la teoría de Ernest Mandel que ve en ese desarrollo parcial durante el “boom” las características de un neocapitalismo o “capitalismo tardío”, adoptando una versión corregida de la teoría burguesa de las crisis capitalistas, supuestamente mensurables a través de “ondas” o ciclos automáticos de crecimiento y retracción, donde el factor de la lucha de clases estaba completamente subordinado.

b) Ese crecimiento parcial de las fuerzas productivas en los países centrales fue la base material, junto a las características negociadoras entre el capital y el trabajo del “estado benefactor” keynesiano, para la formación de un nuevo reformismo que se asentó en una más extendida y ensanchada capa social de aristocracia obrera en los países imperialistas. La socialdemocracia europea, que en los años ‘30 se encontraba entre dos fuegos, el del fascismo que no le permitía su habitual juego parlamentarista y el de sectores del proletariado que introducían en sus filas los elementos radicalizados de situaciones revolucionarias en diversos países34; ahora en la posguerra se reencontrará con una nueva estabilidad capitalista al frente de los sindicatos de masas que usufructúan las nuevas conquistas del “estado benefactor”. El stalinismo contará con una más amplia base de masas para prolongar su control del movimiento obrero, no sólo en los países capitalistas sino en los nuevos estados obreros deformados del Este de Europa, a los que a causa del boom capitalista se les permite cierta autarquía económica y porque la nacionalización de la economía en varios países produce, en sí misma, un empuje al desarrollo industrial en naciones que eran eminentemente de composición campesina y lleva a mejoras significativas en el nivel de vida de las masas. De conjunto se constituye un nuevo movimiento obrero con nuevas conquistas económicas, como subproducto del resultado de la guerra, que creará las bases de un nuevo reformismo de masas, un “nuevo conformismo” lo habría llamado Gramsci, con el consiguiente fortalecimiento de las direcciones stalinista y socialdemócrata.

c) Con el encumbramiento del stalinismo como “marxismo oficial” se produce una ruptura histórica en la continuidad del marxismo revolucionario que, a través de distintas tendencias y luchas internas, se había mantenido en las tres primeras Internacionales y en la Cuarta como elemento de continuidad, desde el Manifiesto Comunista de Marx y Engels en 1848 hasta el Manifiesto contra la Guerra, de Trotsky, en 1940. Si bien Trotsky señaló en el Programa de Transición que ya el stalinismo era “un obstáculo adicional” para el proletariado, nunca vio en qué llegó a convertirse luego de la guerra. Los trotskistas debían evaluar los peligros que esto entrañaba. Había que contemplar hacia las propias fuerzas de la Cuarta el anticipo de Trotsky previo a la guerra: si el proletariado no daba una respuesta revolucionaria (y no la había dado o la había dado deformadamente) los partidos obreros, aún los más revolucionarios, corrían el riesgo de degenerar. “Los escépticos superficiales se deleitan en señalar la degeneración en burocratismo del centralismo bolchevique. ¡Como si todo el curso de la historia dependiera de la estructura de un partido! De hecho, es el destino del partido el que depende del curso de la lucha de clases. Pero de todas maneras el Partido Bolchevique fue el único que demostró en la acción su capacidad de realizar la revolución proletaria. Es precisamente un partido así lo que necesita ahora el proletariado internacional. Si el régimen burgués sale impune de la guerra todos los partidos revolucionarios degenerarán. Si la revolución proletaria conquista el poder, desaparecerán las condiciones que provocan la degeneración.” 35 Contradictoriamente a este pronóstico alternativo hubo grandes países, desde la China hasta la mitad de Alemania, donde el régimen burgués sucumbió después de la guerra, pero a cambio “salió impune”, esencialmente, en los principales centros de poder capitalista-imperialista. Perverso resultado que encontró al stalinismo a la cabeza de un proceso “transformista” en gran escala: los Partidos Comunistas convertidos en reconstructores del capitalismo y del régimen burgués en Occidente y, al mismo tiempo, en dirigentes de revoluciones pasivas que le permitían desde allí proteger el nuevo statu quo internacional con el imperialismo norteamericano. En tales condiciones, subjetivamente adversas, las fuerzas de la Cuarta Internacional fueron, en su enorme mayoría, relegadas a la actividad de grupos de propaganda en condiciones de aislamiento.

d) Se produce un bloqueo de la dinámica permanente de la revolución. Las relaciones recíprocas entre las metrópolis, las semicolonias y la vieja Unión Soviética de pre-guerra, que estaban planteadas en la Teoría de la Revolución Permanente y el Programa de Transición heredados de la época de Trotsky eran un valioso álgebra del marxismo pero al que había que dar nuevos valores concretos para guiar la práctica revolucionaria. Ahora, los “eslabones débiles de la cadena” del sistema de estados internacional configurado bajo las condiciones de Yalta se hallaban, en gran medida, en las colonias y semicolonias, cuyos centros imperiales, como Inglaterra y Francia en Asia y África, se debilitaron ante el nuevo amo norteamericano del mundo. El capitalismo se fortalece en los países capitalistas centrales y las tendencias a la revolución se trasladan a la periferia semicolonial. Pero a su vez, el aparato de Moscú utiliza el prestigio y, sobre todo, las fuerzas materiales de los nuevos estados para desviar, congelar, chantajear, y siempre corromper los levantamientos de masa en las colonias, cooptando a las direcciones de los procesos de “liberación nacional”. Cada triunfo de las masas coloniales en conquistar su independencia política como nación no era puesto en función de avanzar hacia un estado obrero sino de congelar el proceso revolucionario en su estadio democrático burgués. Y cuando algunas revoluciones se escapaban a esta lógica, como el caso de Cuba, la conquista de un nuevo estado donde se expropiaba al capital, tarde o temprano, era puesta por el stalinismo en función de un pacto con el imperialismo, es decir, no para extender la revolución internacional sino para cerrarle el paso36. Las fuerzas revolucionarias necesitaban restablecer y actualizar, por tanto, los nexos entre las metrópolis y las semicolonias, incorporando a la caracterización de conjunto las nuevas formaciones de estados obreros deformados incorporados al sistema mundial de estados (hegemonía). Esta definición era necesaria para que las corrientes trotskistas que jugaron un rol destacado en los procesos de las semicolonias, en Argelia, Ceylán, Vietnam, Bolivia o Argentina, no cayeran en una orientación “tercermundista”, como hicieron sectores del movimiento trotskista mientras otros se amoldaban a las condiciones impuestas por los aparatos socialdemócratas y stalinistas, o ambas cosas a la vez, sino para establecer una interrelación entre el trabajo político en los países semicoloniales y el de los países centrales, creando fracciones por ese internacionalismo proletario concreto en los sindicatos y partidos de masas de los países imperialistas.

e) En la nueva definición de la estrategia marxista había que poner especial énfasis en el programa de la revolución política para los estados obreros deformados y la URSS, como una de las claves para dar respuestas a otro de los eslabones débiles de la hegemonía mundial, tal como se expresó ya en el año ‘53 en Alemania Oriental, luego en el ‘56 en Hungría, y, como parte del ascenso del fin del boom, con el levantamiento del ‘68 en Checoslovaquia. Se produjeron rupturas del ‘orden mundial’ en aquellos estados obreros cuya génesis provino de revoluciones pasivas, impulsadas desde arriba por la ocupación del Ejército Rojo. Fue allí donde primero emergió el descontento contra la opresión nacional rusa, lo que estallará en forma generalizada en el ‘89-‘91 bajo la forma laberíntica de “conflictos nacionales”, aún dentro de las propias nacionalidades de la URSS y Yugoslavia, con direcciones nacionalistas antiproletarias. Con respecto a esto último la gran mayoría del trotskismo abandonó las guías programáticas legadas por Trotsky (como la consigna de “Ucrania Soviética independiente” planteada en los ‘30 tanto contra la opresión gran-rusa como contra las ambiciones imperialistas de Hitler) después de décadas de haber considerado, por acción u omisión, que el stalinismo había resuelto “la cuestión nacional” en los estados obreros.

Nada o muy poco, de las cuestiones que aquí esbozamos, hizo el trotskismo “realmente existente”. Lo hemos denominado “trotskismo de Yalta” para caracterizar esa degeneración de la Cuarta Internacional de posguerra, un trotskismo que no restableció un nuevo marco estratégico y, por consecuencia, se adaptó a las condiciones impuestas por el imperialismo y la burocracia soviética. Aquí precisamos elementos que ya habíamos abordado en trabajos anteriores para abrir una discusión que precise tales definiciones, analizando el convulsivo siglo pasado y abriendo lecciones para el futuro. Hemos incorporado los conceptos de “revolución pasiva” y “transformismo” de Gramsci (aunque ciertamente reinterpretados bajo la previsión de Trotsky sobre la segunda guerra y los análisis sobre el stalinismo) a la explicación de los mecanismos de bloqueos de la revolución en la posguerra. Sostenemos que los que siguieron, bajo las condiciones de Yalta, repitiendo que “la crisis de la humanidad es la crisis de su dirección revolucionaria” de una manera tan general y abstracta que ningún trotskista “ortodoxo” podía sino estar de acuerdo, fueron los mismos “ortodoxos” que vieron “soluciones” concretas a esa crisis en el Mariscal Tito, Fidel Castro o direcciones guerrilleras y nacionalistas burguesas, a las que alternativamente llamaron “direcciones revolucionarias” o, en todo caso, recomendaban apoyar como “el mal menor”.
No vamos a hacer aquí un sumario de las capitulaciones del trotskismo de posguerra37. No porque creamos que ellas estuvieron justificadas por las condiciones objetivas aunque está claro, por todo lo expuesto en este trabajo, que no sostenemos la tesis voluntarista y subjetivista de que las fuerzas dispersas y debilitadas de la Cuarta Internacional después de Trotsky podían modificar sustancialmente el mapa mundial en el sistema de Yalta. Pero rechazamos todo razonamiento fatalista de las posibilidades del marxismo revolucionario, aún en los años más adversos en los que campeó la fortaleza combinada del imperialismo y el stalinismo. Pongamos como ejemplo que en la revolución obrera de Bolivia de 1952, el POR de Guillermo Lora sucumbió ante el nacionalista burgués MNR, mediante las ilusiones en su ala izquierda, lo que constituyó una enorme oportunidad desperdiciada para el trotskismo ya que, aún en los estrechos marcos de una revolución en un pequeño país semicolonial dominado por las condiciones objetivas que desarrollamos anteriormente, hubiera significado, de todos modos, un salto en el desarrollo subjetivo de la Cuarta Internacional que hubiera aparecido fortalecida ante la vanguardia mundial, influenciada preeminentemente por el maoísmo y el titoísmo que habían encabezado revoluciones, o por los nacionalismos burgueses y pequeño burgueses dirigentes de procesos de “liberación nacional”.
Ante el primer cambio sustancial de las condiciones de Yalta en el proceso de ascenso mundial abierto en el año ‘68, cuando recomienza la crisis capitalista que se arrastra hasta la actualidad, la mayoría de las distintas tendencias que se reivindicaban de la Cuarta Internacional siguieron, inercialmente, marcando el paso a la sombra de direcciones no revolucionarias.
Perry Anderson señala al respecto: “Hay que decir que pese a su perspicacia e hincapié en la estrategia (...) la tradición alternativa del marxismo revolucionario (..) tampoco se mostró mucho más fructífera que sus rivales históricos. Cuando escribí ‘Consideraciones sobre el Marxismo Occidental’ la línea marxista proveniente de Trotsky parecía muy dispuesta, tras décadas de marginación, a reintroducir la política de masas posestalinizada de la izquierda en los países capitalistas avanzados. Siempre mucho más cercana a los problemas de la práctica socialista, tanto política como económica, que la línea filosófica del marxismo occidental, la notable herencia teórica de la tradición trotskista le dio ventajas iniciales obvias en la nueva coyuntura de ebullición popular y depresión mundial que caracterizó a los comienzos de la década de 1970. (...) La historia ofreció una experiencia decisiva a este movimiento en estos años, pero este no pudo superar la prueba. La caída del fascismo portugués creo las condiciones más favorables que se hayan dado nunca para una revolución socialista en un país de Europa desde la capitulación del Palacio de Invierno (...) La IV Internacional se perdió en la encrucijada de la revolución portuguesa...”38
¿Fue, como señala Anderson, el proceso ‘clásico’ de la revolución en Portugal ‘74 -’75, que combinó el levantamiento anticolonial en Angola y Mozambique, contagiadas por la lucha del pueblo de Vietnam, con el ascenso obrero y popular contra la dictadura de Salazar en un eslabón débil de los países imperialistas, la que ofreció la última gran posibilidad de restablecer las bases estratégicas del trotskismo? ¿O la historia volvió a presentar otra gran oportunidad en lo que fue el último gran “ensayo de la revolución política” en Polonia del ‘80 la que hubiera permitido emerger a la Cuarta Internacional como gran fuerza y anticiparse a los procesos del ’89 - ‘91 en el Este de Europa, la URSS y China? Como fuere, toda la actuación del trotskismo en los años previos, de los que solo quedaron débiles hilos de continuidad con las premisas de fundación de la Cuarta Internacional, llevó a dilapidar aún más posibilidades en ese nuevo período de ascenso de la lucha de clases internacional del ‘68-‘80, en el que el stalinismo y la socialdemocracia jugaron su último gran papel protagónico como contenedores de la revolución obrera y socialista. La respuesta capitalista a esa oportunidad perdida se pagó caro: la ofensiva reaganiano-thatcheriana de los años ‘80 y ‘90, con todas las consecuencias en pérdidas de conquistas que significó para la clase obrera mundial incluyendo especialmente, claro está, el proceso de restauración capitalista en los estados obreros deformados y degenerados.
Pero, contra quienes ven en ello una “derrota histórica” que sacó de la escena a la clase obrera, creemos que la nueva perspectiva internacional volverá a presentar grandes oportunidades revolucionarias.
Rosa Luxemburgo sostuvo, en su tiempo, que la lucha por la liberación del proletariado era un tortuoso camino plagado de derrotas pero que conducía a la victoria final. En un paréntesis histórico, durante los años de Yalta, pareció haberse invertido ese apotegma: victorias y nuevas conquistas obreras que al fortalecer a direcciones reformistas llevarían luego a derrotas como las que propinó a la clase obrera mundial la ofensiva “neoliberal”, con la pérdida de las conquistas que esas direcciones parecían preservar.
Sostenemos que el cambio de aquellas condiciones vuelve a arrojar resultados contradictorios.
La enorme pérdida de conquistas y la fragmentación del proletariado que trajo consigo la ofensiva imperialista de los ‘90, alimenta una crisis en la subjetividad obrera que debe recomenzar, desde muy abajo, por unificar sus filas. Pero en la etapa de decadencia de la hegemonía norteamericana que analizamos en este número de Estrategia Internacional, la caída del aparato stalinista abre la posibilidad de superar esa crisis a favor del movimiento de masas, potencialmente liberado de un chaleco de fuerzas que impidió durante décadas el surgimiento y desarrollo de organismos del tipo de los soviets. Justamente la evaluación de la importancia estratégica de este tipo de organismos de democracia directa de las masas es algo en que Trotsky y Gramsci tienen más en común entre sí, que ambos con la mayoría de sus “seguidores”. Pero si el pensamiento de Trotsky sólo se mantiene en débiles hilos de continuidad en el presente, el de Gramsci ha corrido peor suerte. La ruptura entre los gramscianos de hoy, verdaderos Moderados ‘modernos’, promotores de revoluciones pasivas, y el Gramsci revolucionario es claramente más abierta que entre la mayoría de los trotskistas y Trotsky. Concluyamos, entonces, que esta superioridad en los elementos de continuidad con aquel ‘marxismo a la ofensiva’ de la Tercera Internacional revolucionaria que hay en el trotskismo, aún con todas sus distorsiones, es producto de un acierto histórico: la más grande obra de Trotsky, la fundación de la Cuarta Internacional en 1938. Eso es lo que deja planteado la tarea de refundarla para lo cual es imprescindible aprender de las lecciones de su degeneración. Pensamos ese trabajo como un aporte a esa tarea en la nueva etapa de la lucha de clases y ante los desafíos del futuro.

NOTAS

1 Nos referimos a la conocida obra de Perry Anderson, “Las Antinomias de Antonio Gramsci”. Además, otro de los trabajos comparativos es el de Roberto Massari, “Trotsky y Gramsci”, que citamos en estas páginas.
2 Isaac Joshua, en “La crisis del ’29 y la emergencia americana”.
3 “El exiliado ruso dijo que desde 1917 había afirmado con frecuencia que el capital mundial se desarrollaría ‘bajo la creciente hegemonía de los EE.UU., sobre todo bajo la hegemonía del dólar sobre la esterlina británica”, sostenía un artículo de marzo de 1933, publicado en The New York Times a partir de un reportaje de Asociated Press a Trotsky en Prinkipo.
4 León Trotsky, en El Nacionalismo y la Economía, noviembre de 1933.
5 Antonio Gramsci, en Americanismo y Fordismo.
6 Crítica de la Oposición de Izquierda Internacional al programa de la Internacional Comunista, 1927.
7 Ese relativo determinismo económico puede verse claramente en este párrafo del Programa de Erfurt de la Segunda Internacional bajo dirección de Engels: “la propiedad privada de los medios de producción ha cambiado... de la fuerza motriz del progreso se ha convertido en causa de degradación social y bancarrota. Su caída es indudable. La única pregunta que queda por responder es: ¿se permitirá que el sistema de posesión privada de los medios de producción empuje a la sociedad junto con él al abismo; o la sociedad se sacudirá ese fardo de encima y entonces, fuerte y liberada, reemprenderá la senda del progreso que el camino de la evolución ha prescrito para ella? (...) Las fuerzas productivas que han sido generadas en la sociedad capitalista se han vuelto incompatibles con el sistema de propiedad sobre la que ella se asienta. El empeño por sostener este sistema de propiedad hace imposible todo desarrollo social futuro, condena a la sociedad al estancamiento y a la decadencia (...). El sistema social capitalista ha recorrido su camino; su disolución es ahora sólo una cuestión de tiempo. Las fuerzas irresistibles de la economía se dirigen inexorablemente al naufragio de la producción capitalista. El ascenso de un nuevo orden social que reemplace al existente ya no es algo meramente deseable; se ha vuelto algo inevitable (...). Tal como las cosas están hoy día la civilización capitalista no puede continuar; nosotros debemos o ir hacia adelante, hacia el socialismo; o retroceder hacia la barbarie (...). La historia de la humanidad está determinada no por ideas, sino por el desarrollo económico que progresa irresistiblemente, obedeciendo a determinadas leyes subyacentes y no a nuestros deseos o caprichos (...)”.
8 En el terreno de los análisis de la relaciones de fuerzas a escala nacional, Trotsky es un claro continuador de las definiciones de Lenin sobre “situaciones” ; las que, como indica metodológicamente en esta cita de ‘¿A dónde va Francia?’, nunca se presentan ‘puras’: “En el proceso histórico se encuentran situaciones estables, absolutamente no revolucionarias. Se encuentran también situaciones notoriamente revolucionarias. Hay también situaciones contrarrevolucionarias (¡no hay que olvidarlo!). Pero lo que existe sobre todo, en nuestra época de capitalismo en putrefacción son situaciones intermedias, transitorias: entre una situación no revolucionaria y una situación prerrevolucionaria, entre una situación pre-revolucionaria y una situación revolucionaria...o contrarrevolucionaria. Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política”.
9 Notas sobre Maquiavelo, sobre la Política y el Estado moderno.
10 Más adelante veremos que luego del crack de 1929, Trotsky, con el mismo criterio metodológico de interconectar los elementos de crisis económica, lucha de clases y las contradicciones interestatales, va a señalar el inicio de una nueva “fase catastrófica” (para decirlo con los términos de Gramsci) en los años 30 donde se combinarían los intentos revolucionarios y el curso de los países imperialistas hacia la segunda guerra.
11 C. R. Aguilera Prat, en “Gramsci y la vía nacional al socialismo”.
12 Antonio Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, (QC III)
13 “El concepto de ‘revolución pasiva’ debe deducirse rigurosamente de los dos principios fundamentales de la ciencia política (basados en la Introducción a la Crítica de la economía política de Marx, N de la R): a) que ninguna formación social desaparece mientras las fuerzas productivas que se han desarrollado en su seno encuentran sitio todavía para su desarrollo progresivo ulterior; b) que la sociedad sólo se plantea tareas para cuya solución se hayan gestado ya las condiciones necesarias, etc. Naturalmente estos principios tienen que desarrollarse antes críticamente en todo su alcance y deben depurarse de todo residuo de mecanicismo y fatalismo” Esta cita de Gramsci, en “Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno”, de carácter tan general y abstracta puede prestarse a falsas interpretaciones, la más común de ella, entre los reformistas, es que toda derrota de un proceso revolucionario podría estar “justificada” en las “condiciones objetivas” (incluso daría lugar a calificarlo de “prematuro”) subvaluando la acción concreta de las direcciones del movimiento obrero y de masas sobre sus resultados.
14 Introducción de Engels a “La lucha de clases en Francia” de C. Marx
15 Sobre la concepción de la revolución en Gramsci y en Trotsky ver artículo siguiente a éste.
16 A. Gramsci, idem.
17 Como bien señala Aguilera de Prat sobre este aspecto clave, y para despejar prejuicios, para Gramsci: “En todo caso se trata de tener una concepción dialéctica de esta noción que no debe convertirse en un programa de actuación política, (se refiere a un programa de revolución pasiva, N de la R) como es el caso de los moderados en el Risorgimento, sino tan sólo como un criterio metodológico de interpretación”.
18 Trotsky afirmaba en relación PCI ante el ascenso de Mussolini en Italia: “El Partido Comunista Italiano surgió casi contemporáneamente con el fascismo. Pero las mismas condiciones de reflujo revolucionario que llevaron al fascismo al poder son obstáculos al desenvolvimiento del Partido Comunista. El Partido no se dio cuenta de las proporciones del peligro fascista; se embaló en las ilusiones revolucionarias; fue inflexiblemente hostil a la política de frente único; en una palabra, sufrió todas las enfermedades infantiles. No es de extrañar; sólo tenía dos años de vida. Para él, el fascismo representaba tan sólo la ‘reacción capitalista’. El Partido Comunista Italiano no supo discernir la verdadera fisonomía del fascismo, derivada de la movilización de la pequeñoburguesía contra el proletariado. Según las informaciones que recibí de compañeros italianos, el Partido Comunista Italiano, con excepción de Gramsci, no admitía la menor posibilidad de la toma del poder por el fascismo. Además, no se debe olvidar que el fascismo italiano era, en la época, un fenómeno nuevo, que estaba apenas en proceso de formación. Deducir sus trazos específicos no habría sido fácil ni siquiera para un partido más experimentado”.
19 Roberto Massari, en su trabajo “Trotsky y Gramsci”, recuerda: “El 22 de noviembre de 1922, Lenin dictó a Trotsky (telefónicamente) el siguiente mensaje: “En cuanto a Bórdiga, aconsejo vivamente aprobar la propuesta (de Trotsky) de enviar a los delegados italianos una carta de nuestro Comité Central y de recomendar con gran insistencia la táctica que usted indica. En caso contrario, sus acciones serán extremadamente perjudiciales, en el futuro, para los comunistas italianos”(...)“La táctica ‘indicada’ por Trotsky y por la mayoría de la dirección de la Internacional Comunista a la delegación italiana en noviembre de 1922, fue la de frente único con otras organizaciones del movimiento obrero, comenzando por los reformistas, que cargaban con la principal responsabilidad por el ascenso de Mussolini y que se ilusionaban con la posibilidad de una convivencia entre el fascismo y las organizaciones obreras legales, de una conciliación entre el gran capital y el programa mínimo de reivindicaciones de la clase trabajadora. A la delegación bordiguista, que afirmaba erróneamente la equivalencia dictatorial de la democracia burguesa y del fascismo, la Internacional le respondía, en 1922, absteniéndose de las cuestiones de análisis, pero interviniendo pesadamente en las cuestiones organizativas, preocupación ésta que demostraba que una instintiva señal de alarma ya encontraba eco en las paredes del Cuarto Congreso. La recomendación de Lenin y Trotsky ya reproducida, muestra también que los dos principales dirigentes bolcheviques comenzaban a temer consecuencias mucho más graves si no se cambiase la orientación de la dirección italiana, aunque el motivo principal y contingente de sus preocupaciones fuese el de la fusión entre el joven partido y el PSI maximalista.(...) “Como se sabe, la propuesta de Trotsky tuvo continuación. Dos días después del mensaje telefónico de Lenin, la delegación italiana se encontró ante una carta del Comité Central del Partido Comunista Ruso, firmada por Lenin, Trotsky, Zinoviev, Radek y Bujarin, prácticamente imponiendo la fusión con el PSI. Bordiga acepta esta imposición por disciplina, pero mantiene su posición”.
20 Juan Carlos Portantiero, en Los Usos de Gramsci. Las negritas de la cita son expresiones textuales de Gramsci.
21 L. Trotsky, “Sobre la cuestión de las tendencias en el desarrollo de la economía mundial”, enero de 1926.
22 L. Trotsky, en “La Tercera Internacional después de Lenin”.
23 L. Trotsky, en El Nacionalismo y la Economía, noviembre de 1933.
24 Lenin, en “El Estado y la revolución”.
25 Cuadernos de la Cárcel (QC III)
26 L. Trotsky, en El marxismo y nuestra época, febrero de 1939.
27 Mario Teló, Gramsci y el futuro de Occidente, en “Los estudios gramscianos hoy”
28 “El ejercicio ‘normal’ de la hegemonía ‘está caracterizado por la combinación de fuerza y consenso, en equilibrio variable, sin que la fuerza predomine demasiado sobre el consenso’. Pero en ciertas situaciones, donde el uso de la fuerza era demasiado arriesgado, ‘entre el consenso y la fuerza se ubica la corrupción-fraude, esto es, la enervación y paralización del antagonista o antagonistas‘ (Gramsci, Cuadernos de la Cárcel). Sobre ello, en la una reciente editorial de New Left Review, Perry Anderson reafirma lo que hemos venido sosteniendo sobre este factor de importante incidencia en la hegemonía norteamericana de la segunda posguerra:“... el consenso ampliado por ésta vía era de un tipo especializado. Las elites de Rusia y - aquí habían comenzado antes- China estaban ciertamente susceptibles al magnetismo del éxito material y cultural americano, como normas a imitar. En este respeto, la internalización por parte de las potencias subalternas de valores y atributos selectos del estado supremo que Gramsci hubiera considerado un rasgo esencial de cualquier hegemonía internacional, empezó a tener sustento. Pero el carácter objetivo de estos regímenes todavía estaba demasiado lejano de los prototipos americanos para tales predisposiciones subjetivas como para constituir una garantía fiable para cada acto de complacencia en el Consejo de Seguridad. Para esto, se requería la tercera herramienta que Gramsci destacó - intermedia entre la fuerza y el consenso, pero más cercana al último: la corrupción”. New Left Review 17, septiembre-octubre de 2002.
29 Por supuesto no incluimos en esta categoría de revoluciones pasivas proletarias a las revoluciones en Yugoslavia o China, ambas encabezadas por ejércitos guerrilleros y partidos stalinistas nacionales en disidencia con Moscú que también ahogaron la posibilidad de soviets de obreros y campesinos y congelaron la revolución en los límites nacionales, y por lo tanto fueron revoluciones que dieron lugar a estados obreros deformados, pero donde las masas y su vanguardia jugaron un rol activo ingresando en los “partidos-ejército” de Tito y Mao. Para mayor fundamentación sobre nuestra evaluación de estas revoluciones recomendamos al lector recurrir a nuestro análisis polémico de Estrategia Internacional Nro. 3 (febrero del ‘93), sobre lo que llamamos el “período excepcional” que se da entre los años 1943 y 1949, durante los cuales, sostenemos, se generaliza la hipótesis que era contemplada sólo marginalmente en el Programa de Transición donde “no se descartaba” la posibilidad teórica que los partidos reformistas “bajo determinadas condiciones - crack, guerra, presión revolucionaria de las masas (...) vayan mas allá de lo que quisieran en su ruptura con la burguesía”.
30 Esta cita pertenece al manifiesto “La India ante la guerra imperialista”, de julio de 1939, donde también se puede leer afirmaciones como esta, comunes en las proclamas de la Cuarta Internacional: “... la guerra puede significar, tanto para la India como para las demás colonias, no una esclavitud redoblada sino la libertad total; la premisa para lograrlo es contar con una política revolucionaria correcta. El pueblo indio debe separar su destino, desde ahora mismo, del imperialismo británico. Los opresores y los oprimidos están en lados opuestos de la trinchera. ¡Ninguna clase de ayuda a los esclavistas! Por el contrario, hay que utilizar las inmensas dificultades que surgirán con el estallido de la guerra para asestar un golpe mortal a las clases dominantes. Así es como deben actuar las clases y los pueblos oprimidos de todos los países, sin importarles si los señores imperialistas se cubren con máscaras democráticas o fascistas”.
31 En esto debemos incluir, además de innumerables escritos y artículos, obras como “La Revolución Traicionada” y “En Defensa del Marxismo”.
32 Programa de Transición de la Cuarta Internacional, 1938.
33 A la misma matriz pertenece Jorge Altamira y el PO de Argentina, aunque no se trate en este caso de una corriente internacional que nunca constituyó, que estuvo ligado tanto a la corriente de Lambert como a la de Lora y arrastra una seudo-teoría catastrofista económica llevada a límites extremos en la actualidad.
34 Esta combinación de factores en los años 30 fue lo que llevó a que la socialdemocracia en países como Francia, más allá de lo que quisieran sus dirigentes reformistas, fuera desestabilizada momentáneamente, lo que permitió a Trotsky plantear a los pequeños núcleos revolucionarios la táctica entrista en el PS, conocida como el “giro francés”, para atraer desde adentro a sus elementos radicalizados y dirigirse desde ese partido de masas a los obreros comunistas que se encontraban en los PC completamente stalinizados.
35 Esta afirmación es desarrollada por Trotsky en el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, de mayo de 1940.
36 El dirigente trotskista Nahuel Moreno, fundador de la corriente de la cual provenimos, para responder a esta situación tan contradictoria sostuvo que después de la guerra “la realidad se ha hecho más trotskista que Trotsky”. Con ello trataron de decir que la permanencia de la revolución estaba confirmada por el hecho de que hasta partidos stalinistas o guerrilleros se habían visto obligados a tomar el poder y expropiar a la burguesía en numerosos países por la fuerza misma de los factores objetivos: la revolución se había transformado en “objetivamente socialista”. Como ya hemos polemizado en EI Nro. 3, con esta afirmación extendieron el período excepcional entre los años 43 y 49 como norma al conjunto de la posguerra, tergiversando lo esencial de la teoría de la revolución permanente y, lo que es más grave, la propia realidad. Esta nueva teoría rompió el nexo entre las tareas que debe cumplir la revolución y los sujetos, clase y partido revolucionario, que las llevan adelante, cuestiones que en la teoría de la revolución Permanente son un todo indivisible. Si no hubiese sido así, ¿qué sentido tuvo, entonces, el rechazo de Trotsky y la Oposición de Izquierda a la “colectivización forzosa” hecha por Stalin, si separa de manera abstracta la “tarea socialista” de liquidar la propiedad en el campo de los métodos de la revolución proletaria y de la clase tiene llevar adelante esa tarea? A ello respondió Trotsky en su momento: ”no importa sólo el ‘que’ sino el ‘como’ y ‘quién’ lo hace: si la burocracia o los soviets”. Esta debió ser la base del razonamiento de los trotskistas de posguerra.
37 Digamos sí que la corriente de la cual provenimos liderada por Nahuel Moreno en la Argentina pasó de diluirse en el movimiento peronista en los años ‘50 a exaltar años más tarde a la dirección cubana de Fidel Castro.
38 “Tras las huellas del materialismo histórico”, Perry Anderson.



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