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Una vez mas, ¿adonde va Francia?

Fines de marzo de 1935

 

En el momento en que Flandin sucedió a Doumergue, planteamos ante la vanguardia proletaria, la pregunta: “¿Adónde va Francia?” Los cuatro meses transcurridos nada han cambiado en lo esencial y no han debilitado nuestro análisis ni nuestros pronósticos. El pueblo francés se encuentra en una encrucijada: un camino lleva a la revolución socialista, el otro a la catástrofe fascista. La elección del camino depende del proletariado. A la cabeza de éste se encuentra su vanguardia organizada. Planteamos nuevamente la cuestión: adónde llevará a Francia la vanguardia proletaria?

 

El diagnóstico de la Internacional Comunista es falso y funesto

El Comité Central ejecutivo del Partido Socialista ha lanzado en enero, un programa de lucha por el poder, de destrucción del aparato del Estado burgués, de instauración de la democracia obrera y campesina, de expropiación de los bancos y de las ramas concentradas de la industria. Sin embargo, el Partido no ha movido, hasta ahora, ni un meñique para llevar este programa a las masas. A su vez, el Partido Comunista se niega, rotundamente, a tomar el camino de la lucha por el poder. ¿La causa? “La situación no es revolucionaria”.

¿Las milicias? ¿El armamento de los obreros? ¿E1 control obrero? ¿Un plan de nacionalización? ¡Imposible! “La situación no es revolucionaria”. Qué se puede hacer? Lanzar grandes petitorios con los clericales, ejercer la elocuencia hueca con los radicales y esperar. ¿Hasta cuándo? Hasta que la situación se vuelva revolucionaria por sí misma. Los sabios médicos de la Internacional Comunista tienen un termómetro, que ponen bajo la axila de esa vieja que es la Historia y de ese modo determinan infaliblemente la temperatura revolucionaria. Pero no muestran a nadie su termómetro.

Afirmamos: el diagnóstico de la Internacional Comunista es radicalmente falso. La situación es tan revolucionaria como puede serlo con la política no-revolucionaria de los partidos obreros. Lo más exacto es decir que la situación es prerrevolucionaria. Para que esta situación madure, hace falta una movilización inmediata, fuerte e incansable de las masas en nombre del socialismo. Esta es la única condición para que la situación prerrevolucionaria se vuelva revolucionaria. En caso contrario, si se continua marcando el paso en el mismo lugar, la situación prerrevolucionaria se volverá contrarrevolucionaria y llevará a la victoria del fascismo.

La frase sacramental sobre la “situación no revolucionaria” solo sirve actualmente para atiborrar las cabezas de los obreros, paralizar su voluntad y dejar libres las manos al enemigo de clase. Bajo la cobertura de frases parecidas, el conservadurismo, la indolencia, la estupidez y la cobardía se apoderan de la direcciones del proletariado y se prepara la catástrofe, como en Alemania.

La tarea y el objetivo de este trabajo

En las páginas siguientes, nosotros, bolcheviques leninistas, sometemos a una crítica marxista detallada el diagnóstico y el pronóstico de la Internacional Comunista. Ocasionalmente, nos detendremos para tocar los puntos de vista de los diversos dirigentes socialistas, en la medida que sea necesaria para nuestro objetivo fundamental: mostrar la falsedad radical de la política del Comité Central del Partido Comunista francés. A los gritos e insultos de los estalinistas opondremos hechos y argumentos.

Naturalmente, no nos limitaremos a una simple critica. Opondremos a los puntos de vista y consignas falsos las ideas y los métodos creadores de Marx y Lenin.

Reclamamos del lector una atención concentrada. Lo que está en juego es, en el sentido más directo e inmediato, la cabeza del proletariado francés; Ningún obrero consciente tiene el derecho de permanecer impasible ante esas cuestiones, de cuya solución depende la suerte de su clase!

I - ¿COMO SE LLEGA A UNA SITUACION REVOLUCIONARIA?

La premisa económica de la revolución socialista

La primera y más importante premisa de una situación revolucionaria es la exacerbación intolerable de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las formas de propiedad. La nación deja de avanzar. El freno del desarrollo de la potencia económica y, aún más, su regresión significan que el sistema capitalista de producción se ha desgastado por completo y que debe ceder su lugar al sistema socialista.

La crisis actual, que abarca a todos los países y retrasa la economía en decenas de años, ha empujado definitivamente el sistema burgués hasta el absurdo. Si en los principios del capitalismo, obreros hambrientos e ignorantes destruyeron las máquinas; ahora quienes destruyen las máquinas son los propios capitalistas. El mantenimiento, en adelante, de la propiedad privada de los medios de producción amenaza a la humanidad con la barbarie y la degeneración.

La base de la sociedad es su economía. Esta base está madura para el socialismo en un doble sentido: la técnica moderna ha alcanzado un nivel tal que podría asegurar un elevado bienestar al pueblo y a toda la humanidad; pero la propiedad capitalista, que se sobrevive, condena a los pueblos a una pobreza y a sufrimientos cada vez mayores.

La premisa fundamental, económica, del socialismo, existe desde hace mucho tiempo. Pero el capitalismo no desaparecerá de la escena por si mismo. Solo la clase obrera puede arrancar las fuerzas productivas de manos de los explotadores que las estrangulan. La historia nos plantea esta tarea en forma aguda. Si el proletariado se encuentra, por tal o cual razón, incapaz de derrocar a la burguesía y tomar el poder; si, está, por ejemplo, paralizado por sus propios partidos y sindicatos, continuará la declinación de la economía y de la civilización, se acrecentarán las calamidades, la desesperación y la postración se apoderarán de las masas y el capitalismo —decrépito, putrefacto, agusanado— estrangulará a los pueblos cada vez con más fuerza, arrastrándolos al abismo de nuevas guerras. No hay salvación fuera de la revolución socialista.

¿Es ésta la última crisis del capitalismo o no?

El presidium de la Internacional Comunista ensayó inicialmente explicar que la crisis, comenzada en 1929, era la última crisis del capitalismo. Dos años más tarde, Stalin declaró que la crisis actual no es todavía, “verosímilmente”, la última. También en el campo socialista encontramos el mismo intento de profecía: ¿la última crisis o no?

“Es imprudente afirmar —escribe Blum en Le Populaire del 23 de febrero— que la crisis actual es como un espasmo supremo del capitalismo, el último sobresalto antes de la agonía y la descomposición”. Este mismo punto de vista tiene Grumbach, quien dijo el 26 de febrero, en Mulhouse: “Algunos afirman que esta crisis es pasajera; otros ven en ella la crisis final del sistema capitalista. aún no nos atrevemos a pronunciamos definitivamente”.

En esta forma de plantear la cuestión hay dos errores cardinales: en primer lugar, se mezcla la crisis coyuntural con la crisis histórica de todo el sistema capitalista; en segundo lugar, se admite que, independientemente de la actividad consciente de las clases, una crisis puede por si misma, ser la “última crisis”.

Bajo la dominación del capital industrial, en la época de la libre competencia, los ascensos coyunturales sobrepasaban de lejos a las crisis; los primeros eran la “regla”, los segundos, la “excepción”; el capitalismo en su conjunto estaba en ascenso. Desde la guerra, con la dominación del capital financiero monopolista, las crisis coyunturales sobrepasan de lejos a las reanimaciones; se puede decir que las crisis se han convertido en la regla y los ascensos en la excepción; el desarrollo económico. en su conjunto va hacia abajo, no hacia arriba.

No obstante, las oscilaciones coyunturales son inevitables y aún con el capitalismo enfermo, se perpetuarán en tanto exista el capitalismo. Y el capitalismo se perpetuará en tanto que no se haya llevado a cabo la revolución proletaria. Esta es la única respuesta correcta.

Fatalismo y marxismo

El revolucionario proletario debe comprender, ante todo, que el marxismo, única teoría científica de la revolución proletaria, nada tiene en común con la espera fatalista de la “Ultima” crisis. El marxismo es, por su propia esencia, una guía para La acción revolucionaria. El marxismo no ignora la voluntad y el coraje, sino que los ayuda a encontrar el camino justo.

No hay ninguna crisis que pueda ser, por sí’ misma, “mortal” para el capitalismo. Las oscilaciones de la coyuntura crean solamente una situación en la cual será más fácil o más difícil al proletariado derrocar al capitalismo. El paso de la sociedad burguesa a la sociedad socialista presupone la actividad de personas vivas, que hacen su propia historia. No la hacen por azar ni según su gusto, sino bajo la influencia de causas objetivas determinadas. Entretanto, sus propias acciones —su iniciativa, su audacia, su devoción o, por el contrario, su estupidez y su cobardía— entran como eslabones necesarios en la cadena del desarrollo histórico.

Nadie ha numerado las crisis del capitalismo ni ha indicado de antemano cuál de ellas será la ‘última”. Pero toda nuestra época y sobre todo la crisis actual, dictan imperiosamente al proletariado:

¡Toma el poder! . Si, el partido obrero, a pesar de las condiciones favorables, se revela incapaz de llevar al proletariado a la conquista del poder, la vida de la sociedad continuará, necesariamente, sobre bases capitalistas; hasta una nueva crisis o una nueva guerra; quizás, hasta el derrumbe completo de la civilización europea.

La “última” crisis y la “última” guerra

La guerra imperialista de 1914-18 representó también una “crisis” en la marcha del capitalismo y, por cierto, la más terrible de todas las crisis posibles. En ningún libro se predijo que esa guerra sería la última locura sangrienta del capitalismo o no. La experiencia de Rusia ha demostrado que la guerra podía ser el fin del capitalismo. En Alemania y en Austria, la suerte de la sociedad burguesa dependió enteramente en 1918 de la socialdemocracia, pero este partido reveló ser el sirviente del capital. En Italia y en Francia, el proletariado hubiera podido conquistar el poder al fin de la guerra, pero no tenía a su frente un partido revolucionario. En una palabra, si la Segunda Internacional en el momento de la guerra, no hubiera traicionado la causa del socialismo para adherir al patriotismo burgués, toda la historia de Europa y de la humanidad se presentaría hoy de una manera completamente distinta. Por supuesto, el pasado no es reparable. Pero se pueden aprender las lecciones que nos deja.

El desarrollo del fascismo es en sí mismo, el testimonio irrefutable de que la clase obrera ha tardado terriblemente en cumplir la tarea puesta ante sí, desde hace mucho tiempo, por la declinación del capitalismo.

La frase: esta crisis no es todavía la “última”, no puede tener más que un sentido: a pesar de las lecciones de la guerra y de las convulsiones de posguerra, los partidos obreros aún no han sabido prepararse a sí mismos, ni preparar al proletariado, para la toma del poder; peor aún, los jefes de esos partidos no ven siquiera hasta ahora la propia tarea, haciéndola caer en el “desarrollo histórico”, en lugar de en ellos mismos, el partido y la clase. El fatalismo es una traición teórica contra el marxismo y la justificación de la traición política contra el proletariado, es decir, la preparación de una nueva capitulación ante una nueva “última” guerra.

La Internacional Comunista se ha pasado a las posiciones del fatalismo socialdemócrata

El fatalismo de la socialdemocracia es una herencia de la preguerra, cuando el capitalismo crecía casi sin interrupción, aumentaba el número de obreros, aumentaba el número de miembros del partido, de votos en las elecciones y de puestos ganados en éstas. De este ascenso automático nació poco a poco la ilusión reformista de que es suficiente continuar por el viejo camino (propaganda, elecciones, organización) y la victoria vendrá por sí sola.

Por cierto, la guerra ha desbaratado el automatismo del desarrollo. Pero la guerra es un fenómeno “excepcional”. Con la ayuda de Ginebra, no habrá una nueva guerra, todo volverá a la norma, y el automatismo del desarrollo será restablecido.

A la luz de esa perspectiva, las palabras: “Esta no es la ultima crisis”, deben significar: “En cinco años, en diez años, en veinte años, tendremos más votos y más puestos electivos; entonces hay que esperar y tomaremos el poder”. (Ver los artículos y discursos de Paul Faure). Este fatalismo optimista, que parecía convincente hace un cuarto de siglo, resuena ahora como una voz de ultratumba. La idea de que, en el camino hacia la crisis futura, el proletariado se hará infaliblemente más poderoso que ahora, es radicalmente falsa. Con la inevitable putrefacción ulterior del capitalismo, el proletariado no crecerá ni se hará más fuerte, sino que se descompondrá, haciendo cada vez mayor el ejército de desocupados y lumpen-proletarios; entretanto, la pequeña burguesía se desclasará y caerá en la desesperación. La pérdida de tiempo abre una perspectiva para el fascismo y no para la revolución proletaria.

Es de destacar que también la Internacional Comunista, burocratizada hasta la médula, ha reemplazado la teoría de la acción revolucionaria por la religión del fatalismo. Es imposible luchar, pues “no hay situación revolucionaria”. Pero una situación revolucionaria no cae del cielo; se forma en la lucha de ciases. El partido del proletariado es el factor político más importante para la formación de una situación revolucionaria. Si ese partido da la espalda a las tareas revolucionarias, adormeciendo y engañando a los obreros para jugar a los petitorios y para confraternizar con los radicales, entonces debe formarse, no una situación revolucionaria, sino una situación contrarrevolucionaria.

¿Cómo aprecia la situación la burguesía?

La declinación del capitalismo, junto con el grado extraordinariamente elevado de las fuerzas productivas, es la premisa económica de la revolución socialista. Sobre esta base se desarrolla la lucha de clases. En la lucha viva de las clases se forma y madura una situación revolucionaria.

¿Cómo aprecia la situación actual y como actúa la gran burguesía, el amo de la sociedad contemporánea? El 6 de febrero de 1934 no fue inesperado más que para las organizaciones obreras y la pequeña burguesía. Los centros del gran capital participaban desde hacía mucho tiempo en el complot, con el objetivo de sustituir por la violencia al parlamentarismo por el bonapartismo (régimen “personal”). Esto significa: los bancos, los trusts, el estado mayor, la gran prensa juzgaron tan próximo el peligro de la revolución que se apresuraron a prepararse para ella mediante un “pequeño” golpe de estado.

De este hecho surgen dos conclusiones importantes: 1) los capitalistas, desde antes de 1934, juzgaban la situación como revolucionaria; 2) no se quedaron a esperar pasivamente el desarrollo de los acontecimientos, para recurrir en el último momento a una defensa “legal”, sino que tomaron ellos mismos la iniciativa, lanzando sus bandas a la calle. ¡La gran burguesía ha dado a los obreros una inapreciable lección de estrategia de clase!

L ‘Humanité repite que el “frente único” ha echado a Doumergue. Pero esto es, para decirlo moderadamente, una fanfarronada hueca. Por el contrario, si el gran capital ha juzgado posible y razonable reemplazar a Doumergue por Flandin, es únicamente porque el Frente único no representa aún un peligro revolucionario inmediato, de lo que la burguesía se ha convencido por la experiencia. “Puesto que los terribles dirigentes de La Internacional Comunista, a pesar de la situación del país, no se preparan para la lucha sino que tiemblan de miedo, quiere decir que se puede esperar para pasar al fascismo. Es inútil forzar los acontecimientos y comprometer prematuramente a los radicales, a quienes aún se puede necesitar”. Esto es lo que se dicen los verdaderos amos de la situación. Mantienen la unión nacional y sus decretos bonapartistas, ponen al Parlamento bajo el terror, pero dejan de apoyarse en Doumergue. Los jefes del capital han hecho así una cierta corrección a su apreciación originaria, reconociendo que la situación no es inmediatamente revolucionaria, sino pre-revolucionaria.

¡Segunda lección destacable de estrategia de clase! Muestra que incluso el gran capital, que tiene a su disposición todas las palancas de mando, no puede apreciar de un solo golpe a priori e infaliblemente la situación política en toda su realidad: entra en la lucha y, en el proceso, sobre la base de la experiencia que esta be da, corrige y precisa su apreciación. Este es en general, el único medio posible de orientarse en política exactamente y, a! mismo tiempo, activamente.

¿Y los jefes de la Internacional Comunista? En Moscú, sin tomar en cuenta al movimiento obrero francés, algunos burócratas mediocres, mal informados, que en su mayoría ni siquiera leen en francés, dan el diagnóstico infalible, con ayuda de su termómetro: “La situación no es revolucionaria”. El Comité Central del Partido Comunista francés está obligado a repetir esta frase vacía, cerrando ojos y orejas. ¡El camino de la Internacional Comunista es el camino más corto hacia el abismo!

El sentido de la capitulación de los radicales

El partido radical representa el instrumento político de la gran burguesía, mejor adaptado a las tradiciones y a los prejuicios de la pequeña burguesía. A pesar de esto, los jefes principales del radicalismo, bajo la fusta del capital financiero, se han inclinado humildemente ante el golpe de estado del 6 de febrero, dirigido inmediatamente contra ellos. De ese modo, han reconocido que la marcha de la lucha de clases amenaza a los intereses fundamentales de la “nación”, es decir de la burguesía, y se han visto obligados a sacrificar los intereses electorales de su partido. La capitulación del partido parlamentario más poderoso, ante los revólveres y navajas de los fascistas es la expresión exterior del derrumbe completo del equilibrio político del país. Pero, quien dice estas palabras, dice con ellas que la situación es revolucionaria o, para decirlo con mayor exactitud, pre-revolucionaria [1].

La pequeña burguesía y la situación pre-revolucionaria

Los procesos que se desarrollan en las masas de la pequeña burguesía tienen una importancia excepcional para apreciar la situación política. La crisis política del país es, ante todo, la crisis de la confianza de las masas pequeño burguesas en sus partidos y en sus jefes tradicionales. El descontento, la nerviosidad, la inestabilidad, el arrebato fácil de la pequeña burguesía son signos extremadamente importantes de una situación pre-revolucionaria. Así como el enfermo que hierve de fiebre se acuesta sobre el lado derecho o sobre el izquierdo, la pequeña burguesía febril puede volverse a la derecha o a la izquierda. según el lado a! que se vuelvan en el período próximo los millones de campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, pequeños funcionarios franceses, la situación pre-revolucionaria puede cambiarse tanto en situación revolucionaria como contrarrevolucionaria.

El mejoramiento de la coyuntura económica podría —no por mucho tiempo— atrasar, pero no frenar la diferenciación de la pequeña burguesía a derecha o a izquierda. Si, por el contrario,- la crisis fuera profundizándose, la quiebra del radicalismo y de todos los agrupamientos parlamentarios que gravitan a su alrededor, iría a una velocidad redoblada.

¿Cómo puede producirse un golpe de estado fascista en Francia?

Sin embargo, no hay que pensar que el fascismo debe necesariamente convertirse en un poderoso partido parlamentario antes de que se haga dueño del poder. Así es como sucedió en Alemania, pero en Italia ocurrió de otro modo. Para el éxito del fascismo no es en absoluto obligatorio que la pequeña burguesía haya roto previamente con los antiguos partidos “democráticos”: es suficiente con que haya perdido la confianza que tenía en ellos y que mire con inquietud a su alrededor, buscando nuevos caminos.

En las próximas elecciones municipales, la pequeña burguesía puede aún dar un número importante de sus votos a los radicales y a los grupos cercanos, por la ausencia de un nuevo partido político que logre conquistar la confianza de los campesinos y de los pequeños burgueses de las ciudades. Y al mismo tiempo, puede producirse un golpe de fuerza militar del fascismo, con la ayuda de la gran burguesía, desde algunos meses después de las elecciones y mediante su presión atraerse las simpatías de las capas más desesperadas de la pequeña burguesía.

Por eso, sería una grosera ilusión consolarse pensando que la bandera del fascismo no se ha hecho aún popular en el interior y en los pueblos. Las tendencias antiparlamentarias de la pequeña burguesía pueden, escapando a los marcos de la política parlamentaria oficial de los partidos, apoyar directa e inmediatamente un golpe de estado militar, cuando éste se haga necesario para la salvación del gran capital. Semejante modo de acción corresponde mucho más a las tradiciones y al temperamento de Francia.[2]

Las cifras de las elecciones tienen, naturalmente, una importancia sintomática. Pero apoyarse sobre este único índice sería dar prueba, de cretinismo parlamentario. Se trata de procesos más profundos que, una mala mañana, pueden tomar de sorpresa a los señores parlamentarios. En esto, como en los demás terrenos, la cuestión no es zanjada por la aritmética sino por la dinámica de la lucha. La gran burguesía no registra pasivamente la evolución de las clases medias, sino que prepara las tenazas de acero con ayuda de las cuales podrá atrapar en el momento oportuno a las masas a las que ha torturado y desesperado.

Dialéctica y metafísica

El pensamiento marxista es dialéctico: considera todos los fenómenos en su desarrollo, en su paso de un estado. a otro. El pensamiento del pequeño burgués conservador es metafísico: sus concepciones son inmóviles e inmutables; entre los fenómenos hay tabiques impermeables. La oposición absoluta entre una situación revolucionaria y una situación no revolucionaria es un ejemplo clásico de pensamiento metafísico. según la formula: lo que es, es; lo que no es, no es, y todo lo demás es cosa de Mandinga.

En el proceso histórico, se encuentran situaciones estables, absolutamente no revolucionarias. Se encuentran también situaciones notoriamente revolucionarias Hay también situaciones contrarrevolucionarias (¡no hay que olvidarlo! ). Pero lo que existe sobre todo, en nuestra época de capitalismo en putrefacción son situaciones intermedias, transitorias: entre una situación no revolucionaria y una situación prerrevolucionaria, entre una situación prerrevolucionaria y una situación revolucionaria o contrarrevolucionaria. Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política.

Qué diríamos de un artista que no distinguiera más que los dos colores extremos en el espectro. Que es daltónico o medio ciego y que debe renunciar al pincel. ¿Qué decir de un político que no sería capaz de distinguir más que dos estados: “revolucionario” y “no revolucionario”? Que no es un marxista, sino un estalinista, que puede ser un buen funcionario, pero de ningún modo un dirigente proletario.

Una situación revolucionaria se forma por la acción reciproca de factores objetivos y subjetivos. Si el partido del proletariado se muestra incapaz de analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria. Es precisamente ante este peligro que se encuentra actualmente el proletariado francés. La política miope, pasiva, oportunista del frente único y sobre todo de los estalinistas, que se han convertido en su ala derecha: he aquí lo que constituye el principal obstáculo en el camino de la revolución proletaria en Francia.

II- LAS REIVINDICACIONES INMEDIATAS Y LA LUCHA POR EL PODER

El estancamiento del frente único

 El Comité Central del Partido Comunista rechaza la lucha por la nacionalización de los medios de producción, como una reivindicación incompatible con el Estado burgués. Pero el Comité Central rechaza también la lucha por el poder para la creación de un Estado obrero. A esas tareas opone un programa de “reivindicaciones inmediatas”.

El frente único está, en este momento, privado de cualquier programa. Al mismo tiempo, la experiencia del propio Partido Comunista en el terreno de la lucha por las “reivindicaciones inmediatas” tiene un carácter decididamente lamentable. Todos los discursos, artículos y resoluciones sobre la necesidad de combatir al capital mediante huelgas, hasta ahora no han logrado nada, o casi nada. A pesar de una situación cada vez más tensa en el país, reina en la clase obrera un peligroso estancamiento.

El Comité Central del Partido Comunista acusa de este estancamiento a todo el mundo, excepto a sí mismo. No nos disponemos a dejar a salvo a nadie. Son conocidos nuestros puntos de vista. Pero pensamos que el principal obstáculo en el camino del desarrollo de la lucha revolucionaria es actualmente, el programa unilateral, contradictorio con toda la situación, casi maniático, de las “reivindicaciones inmediatas”. aquí queremos echar luz sobre las consideraciones y argumentos del Comité Central del Partido Comunista con toda la amplitud necesaria. No es que esos argumentos sean serios y profundos: por el contrario, son miserables. Pero se trata de una cuestión de la que depende la suerte del proletariado francés.

La resolución del Comité Central del Partido Comunista sobre las “reivindicaciones inmediatas”

El documento más autorizado sobre la cuestión de las “reivindicaciones inmediatas” es la resolución programática del Comité Central del Partido Comunista (ver L ‘Humanité del 24 de febrero). Nos detendremos en este documento.

La enunciación de las reivindicaciones inmediatas está hecha en forma muy general: defensa de los salarios, mejoramiento de los servicios sociales, convenios colectivos, “contra la carestía”, etc. No se dice una palabra sobre el carácter que puede y debe tomar la lucha por estas reivindicaciones en las condiciones de la crisis social actual. Sin embargo, todo obrero comprende que, con dos millones de desocupados y semiocupados, la lucha sindical por los convenios colectivos es una utopía. En las condiciones actuales, para obligar a los capitalistas a hacer concesiones serias es necesario quebrar su voluntad; y no se puede llegar a esto más que mediante una ofensiva revolucionaria Pero una ofensiva revolucionaria que opone una ciase contra otra no puede desarrollarse cínicamente bajo consignas económicas parciales. Se cae en un circulo vicioso Aquí esta la principal causa del estancamiento del frente único.

La tesis marxista general: las reformas sociales no son mas que los subproductos de la lucha revolucionaria, en la época de la declinación capitalista tiene la importancia más candente e inmediata Los capitalistas no pueden ceder algo a los obreros, mas que cuando están amenazados por el peligro de perder todo.

Pero incluso las mayores “concesiones” de las que es capaz el capitalismo contemporáneo (acorralado él mismo en un callejón sin salida) seguirán siendo absolutamente insignificantes en comparación con la miseria de las masas y la profundidad de la crisis social. He aquí por qué la más inmediata de todas las reivindicaciones debe ser reivindicar la expropiación de los capitalistas y la nacionalización (socialización) de los medios de producción. ¿Que esta reivindicación es irrealizable bajo la dominación de la burguesía? Evidentemente. Por eso es necesario conquistar el poder.

¿Por qué las masas no responden a los llamados del Partido Comunista?

La resolución del Comité Central reconoce, como al pasar, que “el Partido no ha tenido éxito aún en organizar y desarrollar la resistencia a la ofensiva del capital”. Pero la resolución no se detiene para nada en la cuestión de saber por qué entonces, a pesar de los esfuerzos del PC.F. y de la C.G.T.U., los éxitos en el terreno de la lucha económica defensiva son absolutamente insignificantes. En la huelga general del 12 de febrero, que no perseguía ninguna “reivindicación inmediata”, participaron millones de obreros y empleados. Sin embargo, en la defensa contra la ofensiva del capital no ha participado hasta ahora más que una fracción Infima de esta misma cifra. ¿Es que este hecho asombrosamente claro no conduce a los “jefes” del Partido Comunista a ninguna conclusión? ¿Por qué millones de obreros se arriesgan a participar en la huelga general, en manifestaciones callejeras agitadas, en conflictos con las bandas fascistas, pero se rehusan a participar en huelgas económicas dispersas?

“Hay que comprender —dice la resolución— los sentimientos que agitan a los obreros deseosos de pasar a la acción”. Hay que comprender. .. Pero la desgracia es que los propios autores de la resolución no comprenden nada. Cualquiera que frecuente las reuniones obreras sabe tan bien como nosotros que los discursos generales sobre las “reivindicaciones inmediatas” dejan muy a menudo a! auditorio en un estado de ceñuda indiferencia; por el contrario, las consignas revolucionarias claras y precisas provocan como respuesta una ola de simpatía. Esta diferencia de reacción de las masas caracteriza del modo más claro la situación política del país.

“En el período actual, —destaca inesperadamente la resolución— la lucha económica necesita pesados sacrificios de parte de los obreros”. Y habría que agregar todavía: y no es sino como excepción que promete resultados positivos. Y, sin embargo, la lucha por las reivindicaciones inmediatas tiene como tarea mejorar la situación de los obreros. Poniendo esta lucha en primer piano, renunciando por ella a las consignas revolucionarias, los estalinistas consideran, sin duda, que es precisamente la lucha económica parcial la más capaz de sublevar amplias masas. Se confirma justamente lo contrario: las masas casi no responden a los llamados por huelgas económicas. ¿Cómo se puede, en política, no tener en cuenta los hechos?

Las masas comprenden o sienten que, en las condiciones de crisis y desocupación, los conflictos económicos parciales exigen sacrificios inauditos, que en ningún caso serán justificados por los resultados obtenidos. Las masas esperan y reclaman otros métodos mas eficaces. Señores estrategas: aprendan de las masas; ellas son guiadas por un seguro instinto revolucionario.

La coyuntura económica y la lucha huelguística

Apoyándose en citas mal digeridas de Lenin, los estalinistas repiten: “La lucha huelguística es posible aún en tiempo de crisis”. No entienden que hay crisis y crisis. En la época del capitalismo ascendente, tanto industriales como obreros, aún durante una crisis aguda, miran hacia adelante, en dirección del nuevo reanimamiento próximo. La crisis actual es la regla y no la excepción. En el terreno puramente económico, el proletariado es rechazado en una retirada desordenada por la terrible presión de la catástrofe económica. Por otra parte, la declinación del proletariado lo empuja con todo su peso hacia el camino de la lucha política revolucionaria de masa. Sin embargo, la dirección del Partido Comunista tiende, con todas sus fuerzas, a poner obstáculos en ese camino, Así, en las manos de los estalinistas. el programa de “reivindicaciones inmediatas” se transforma en. un instrumento de desorientación y desorganización del proletariado. Sin embargo, una ofensiva política (lucha por el poder) con una defensa armada activa (milicias) volcaría de un solo golpe la relación de fuerzas entre las ciases y, haciendo camino, abrirla para las capas obreras más retrasadas, la posibilidad de una lucha económica victoriosa.

La posibilidad de una reanimación de la coyuntura.

El capitalismo agonizante, como es sabido, también tiene sus ciclos, aunque son ciclos declinantes, enfermos. Solo la revolución proletaria puede poner fin a la crisis del sistema capitalista. La crisis coyuntural dejará inevitablemente el lugar a una nueva y breve reanimación, si no sobreviene en el ínterin la guerra o la revolución.

En caso de reanimación de la coyuntura económica, la lucha huelguística podrá, sin duda, tomar una extensión mucho mayor. Por eso es necesario seguir atentamente el movimiento del comercio y de la industria, particularmente los cambios en el mercado de trabajo, sin fiarse de los meteorólogos de la escuela de Jouhaux y ayudando en la práctica a los obreros a hacer presión sobre los capitalistas en el momento necesario. Pero aun en el caso de una lucha huelguística extendida, sería criminal limitarse a las reivindicaciones económicas parciales. El reanimamiento de la coyuntura no puede ser ni profundo ni largo, pues ya tenemos conocimiento de los ciclos de un capitalismo irremediablemente enfermo. La nueva crisis —después de un breve reanimamiento— puede resultar más terrible que la presente. De nuevo surgirán todos los problemas fundamentales, y con fuerza y agudeza redobladas. Si se pierde tiempo, el crecimiento del fascismo puede revelarse irresistible.

Pero, hoy. el reanimamiento económico no es más que una hipótesis. La realidad es la profundización de la crisis, el servicio militar de dos años, el rearme de Alemania, el peligro de guerra.

Es ésta la realidad de la que hay que partir.

Los despojos del reformismo haciendo las veces de programa revolucionario.

La idea final de la resolución programática del Comité Central corona dignamente todo el edificio. Citémosla literalmente:

“Combatiendo cada día para aliviar a las masas laboriosas de las miserias que les impone el régimen capitalista, los comunistas subrayan que la liberación definitiva no puede ser lograda más que por la abolición del régimen capitalista y la instauración de la dictadura del proletariado”.

Esta formula no sonaba mal en los principios de la socialdemocracia, hace medio siglo y aun más. La socialdemocracia dirigía entonces no sin éxito la lucha de los obreros por reivindicaciones y reformas aisladas, por lo que se llamaba el “programa mínimo”, “subrayando” bien que la liberación definitiva no sería realizada más que mediante la revolución. El “objetivo final” del socialismo era dibujado entonces en la lejana nebulosa de los años. Esta concepción, que ya en la víspera de la guerra se sobrevivía, es la que el Comité Central del Partido Comunista ha transportado súbitamente a nuestra época, repitiéndola palabra por palabra, hasta la última coma.

¡Y estas gentes invocan a Marx y a Lenin!

Cuando “subrayan” que la “liberación definitiva” no puede ser lograda más que por la abolición del régimen capitalista, se ingenian para engañar a los obreros con la ayuda de esta verdad elemental. Pues sugieren la idea de que un cierto mejoramiento, e incluso un mejoramiento importante, puede ser obtenido en los marcos del régimen actual. Muestran al capitalismo declinante y en putrefacción como sus padres y abuelos mostraban al capitalismo robusto y ascendente. El hecho es indiscutible: los estalinistas se adornan con los despojos del reformismo.

La formula política marxista, en realidad, debe ser la siguiente:

Explicando todos los días a las masas que el capitalismo burgués en putrefacción no deja lugar, no sólo para el mejoramiento de su situación, sino incluso para el mantenimiento del nivel de miseria habitual; planteando abiertamente ante las masas la tarea de la revolución socialista, como la tarea inmediata de nuestros días; movilizando a los obreros para la toma del poder; defendiendo a las organizaciones obreras por medio de las milicias; los comunistas (o socialistas) no pierden, a! mismo tiempo, ni una sola ocasión de arrancar al enemigo, en el camino, tal o cual concesión parcial o, por lo menos, impedirle rebajar aun más el nivel de vida de los obreros.

Compárese atentamente esta formula con las líneas de la resolución del Comité Central citadas más arriba. Esperamos que la diferencia sea clara. De un lado, el estalinismo; del otro, el leninismo. Entre ellos, un abismo.

Un medio seguro contra la desocupación

 El aumento de salarios, los convenios colectivos, la rebaja del costo de la vida. .. ¿Pero, qué hacer con la desocupación? La resolución del Comité Central viene también a ayudarnos sobre eso. Citémosla:

“Ellos (los comunistas) reclaman la iniciación de obras públicas. Para ello, elaboran propuestas concretas adaptadas a cada situación local- o regional, preconizan los medios de financiar estas obras (proyecto de impuesto sobre el capital, empréstitos con la garantía del Estado, etc.)”.

¿No es asombroso? Esta receta de charlatán está copiada de Jouhaux, casi palabra por palabra: los estalinistas rechazan las reivindicaciones progresivas del “Plan” de éste y adoptan su parte más fantasiosa y utópica.

Las principales fuerzas productivas de la sociedad están paralizadas o semiparalizadas por la crisis. Los obreros están entorpecidos frente a las máquinas que han creado. El Comité Central salvador propone: fuera de la economía capitalista real, a su costado, crear otra economía capitalista, sobre la base de “obras públicas”.

Que no nos digan que se trata de empresas episódicas: la desocupación actual no es episódica; no es simplemente una desocupación coyuntural sino una desocupación estructural, la expresión más perniciosa de la declinación capitalista. Para hacerla desaparecer, el Comité Central propone crear un sistema de grandes obras, adaptado a cada región del país, con ayuda de un sistema de financiación aparte de las desordenadas finanzas del capitalismo. En pocas palabras, el Comité Central del Partido Comunista simplemente le propone al capitalismo que cambie de domicilio. ¡Este es el “plan” que se opone a la lucha por el poder y al programa de nacionalización! No hay peores oportunistas que los aventureristas asustados.

Sobre cómo llegar a la realización de las obras públicas, al impuesto sobre el capital, a los empréstitos garantizados, etc., allí no nos dice una palabra. Sin duda, será con la ayuda de... petitorios. Ese es el medio de acción más oportuno y más eficaz. A los petitorios no se le resisten ni la crisis, ni el fascismo, ni el militarismo. por otra parte, los petitorios hacen revivir a la industria del papel y atenúan la desocupación. Notémoslo: la organización de petitorios, parte fundamental del sistema de Obras públicas según el plan de Thorez y compañía.

¿De quién se burla esta gente? ¿De si mismos o del proletariado4?

El Partido Comunista es un freno

 “Es asombroso que el proletariado soporte pasivamente semejantes privaciones y violencias después de una lucha de clases más que centenaria”. Esta frase tan altiva puede escucharse a cada momento en la boca de un socialista o de un comunista, en privado. ¿La resistencia es insuficiente? Se echa la responsabilidad sobre los hombros de las masas obreras. ¡Como si los partidos y los sindicatos se encontraran al margen del proletariado y no fueran sus órganos de lucha! Es precisamente porque el proletariado, como resultado de la historia más que centenaria de sus luchas, ha creado sus organizaciones políticas y sindicales, que le es difícil, casi imposible, llevar la lucha contra el capital sin ellas y contra ellas. Y sin embargo, eso que ha construido como resorte para la acción se ha convertido en un peso muerto o en un freno.

La situación en su totalidad inspira en los trabajadores la idea de que son necesarias las acciones revolucionarias para cambiar todas las condiciones de existencia.. Pero, precisamente porque se trata de una lucha decisiva, que debe abarcar a millones de hombres, la iniciativa recae naturalmente sobre las organizaciones dirigentes, sobre los partidos obreros, sobre el Frente Unico. De ellos deben partir un programa claro, consignas, movilizaciones de combate. Para levantar a las masas, los partidos deben empeñarse ellos mismos, iniciando una audaz campaña revolucionaria en el país Pero las organizaciones dirigentes, comprendido el Partido Comunista, no tienen el coraje de hacerlo. El P.C. arroja sus tareas y sus responsabilidades sobre las masas. Exige que millones de hombres a los que ha dejado sin dirección revolucionaria emprendan combates dispersos por reivindicaciones parciales y muestren así a los burócratas escépticos que están dispuestos a encarar la lucia. Entonces, puede ser que los grandes jefes consientan en comandar la ofensiva. En lugar de dirigir a las masas, el Comité Central burocrático les toma examen, les pone una mala nota y justifica de ese modo su oportunismo y su cobardía.

Consignas fabricadas “según Lenin”

En el momento de equilibrio económico y político relativo de Francia (1929-1933), el Comité Central del Partido Comunista proclamó el “tercer período” y no quería darse por satisfecho más que con la conquista de la calle mediante las barricadas. Ahora, en el momento de la crisis económica, social y política, el mismo Comité Central se contenta con un modesto programa de “reivindicaciones inmediatas”. Esta contradicción absurda es el producto comp1ejo de muchos factores: el terror ante sus últimos errores, la incapacidad para escuchar a las masas, el hábito burocrático de prescribir al proletariado un itinerario prefabricado; en fin, la anarquía intelectual, resultado de zigzags, falsificaciones, mentiras y represiones innumerables.

El autor directo del nuevo programa es, sin duda, el “jefe” actual de la Internacional Comunista, Bela Kun, quien pasa, alternativamente, del aventurerismo al oportunismo. Habiendo leído en un libro de Lenin que los bolcheviques estuvieron en ciertas condiciones, a favor de las huelgas, y los mencheviques en contra, Bela Kun, en un abrir y cerrar de ojos fundó sobre este descubrimiento su política “realista” Para su desgracia, Bela Kun no había abierto a Lenin en la pagina adecuada

En ciertos periodos, las huelgas económicas tuvieron realmente un papel enorme en el movimiento revolucionario del proletariado ruso. Ahora bien, el capitalismo ruso no estaba en putrefacción en ese momento, sino que crecía y se elevaba rápidamente. El proletariado era una clase novata y las huelgas eran para él, la primera forma del despertar y de actividad. Por último, la gran creciente de las huelgas coincidía cada vez con el alza coyuntural de la industria.

Ninguna de estas condiciones existe en Francia. El proletariado francés tiene a sus espaldas una grandiosa escuela de revolución, de lucia sindical y parlamentaria, con toda la herencia positiva y negativa de ese rico pasado. sería difícil esperar un desborde espontáneo del movimiento huelguístico en Francia, aun en un período de ascenso económico, tanto más cuando la crisis coyuntural profundiza las heridas de la declinación capitalista.

No menos importante es el otro lado de la cuestión. En el momento del primer movimiento huelguístico impetuoso en Rusia, hubo una sola fracción de la socialdemocracia rusa que intentó limitarse a las reivindicaciones económicas parciales: fueron aquellos a quienes se llamo “los economistas”; según su opinión, había que dejar de lado la consigna “¡Abajo la autocracia! “ hasta la aparición de una “situación revolucionaria”. Lenin juzgó a los “economistas” como oportunistas miserables. Demostró que había que preparar activamente una situación revolucionaria, aun en un período de movimiento huelguístico.

En general, es absurdo tratar de transportar mecánicamente a Francia las diversas etapas y los diversos episodios del movimiento revolucionario ruso. Pero menos posible todavía es hacerlo a la manera de Bela Kun, que no conoce ni Rusia, ni Francia, ni el marxismo. De Lenin, hay que aprender el método de acción y no convertir el leninismo en citas y recetas, buenas para cualquier caso de la vida.

“¡Paz, Pan y Libertad!

Así, la situación en Francia, según la opinión de los estalinistas, no es revolucionaria; por ese hecho, las consignas revolucionarias son inoportunas; hay que concentrar toda la atención en las huelgas económicas y en las reivindicaciones parciales. Ese es el programa. Es un programa oportunista y sin vida, pero es un programa.

Sin embargo, a su lado hay otro. L ‘Humanité repite cada día la triple consigna: “Paz, pan y libertad”. Es bajo esa bandera, explica L ‘Humanité, que los bolcheviques vencieron en 1917. Siguiendo a los estalinistas, Just repite la misma idea. Muy bien. Pero, en Rusia, en 1917, había una situación notoriamente revolucionaria. ¿Cómo puede ser entonces que consignas que han asegurado el éxito de la revolución proletaria, se consideren buenas como “reivindicaciones inmediatas” en una situación revolucionaria? Que los astrólogos de L ‘Humanité nos expliquen a los simples mortales este misterio.

Por nuestra parte, recordaremos cuáles “reivindicaciones inmediatas” encerraba la triple consigna de los bolcheviques.

“¡Por la paz! “En 1917, en las condiciones de la guerra, esto significaba la lucha contra todos los partidos patrióticos, desde los monárquicos hasta los mencheviques, la reivindicación de la publicación de todos los tratados secretos, la movilización revolucionaria de los soldados contra el mando y la organización de la fraternización en el frente. “¡Por la paz! “: esto significaba un desafío al militarismo, de Alemania y Austria por una parte, de la Entente por la otra. La consigna de los bolcheviques significaba así la política más audaz y más revolucionaria que jamás haya conocido la historia de la humanidad.

“Luchar” por la paz en 1935, en alianza con Herriot y los “pacifistas” burgueses, es decir los imperialistas hipócritas, significa simplemente apoyar el statu quo, bueno por el momento para la burguesía francesa, Significa adormecer y desmoralizar a los obreros con las ilusiones del “desarme”, de “los pactos de no agresión”, y Ja mentira de la Sociedad de las Naciones, preparando una nueva capitulación de los partidos obreros en el momento en que la burguesía francesa o sus rivales encuentren útil trastornar el statu quo.

“¡Por el pan! “ Esto significaba para los bolcheviques en 1917, la expropiación de la tierra y de las reservas de trigo de los terratenientes y de los especuladores y el monopolio del comercio de trigo en manos del gobierno de los obreros y campesinos. ¿Qué significa para nuestros estalinistas de 1935, “por el pan”? ¡Una simple repetición verbal! -

“¡Por la libertad! “ Los bolcheviques mostraban a las masas que la libertad sigue siendo una ficción en tanto que las escuelas, la. prensa, los lugares de reunión permanezcan en manos de la burguesía. “¡Por la libertad! “ significaba: la toma del poder por los soviets, la expropiación de los terratenientes, el control obrero de la producción.

“¡Por la libertad!“, en alianza con Herriot y las venerables damas de ambos sexos de la Liga de los Derechos del Hombre, significa apoyar a los gobiernos semibonapartistas, semiparlamentarios, y nada más. En la actualidad, la burguesía necesita no solo las bandas de La Rocque, sino también la reputación de “izquierda” de J.Herriot. El capital financiero se ocupa de armar a los fascistas. Los estalinistas restablecen la reputación de izquierda de Herriot mediante las mascaradas del “Frente Popular”. ¡He aquí a qué sirven en 1935 las consignas de la Revolución de Octubre!

Dragones y pulgas

Como único ejemplo de la nueva política “realista”, la resolución del Comité Central cuenta que los desocupados de Villejuif comen la sopa de los Croix de Feu y gritan: “¡La Rocque a la horca! “. Cuántos hombres comen la sopa, cuántos gritan, es lo que no se nos dice: los estalinistas no pueden soportar las cifras. Pero no es esa la cuestión... ¡Hasta donde debe caer el partido revolucionario para no encontrar en una resolución programática, más ejemplos de política proletaria que los gritos impotentes de obreros aplastados y hambrientos, obligados a alimentarse con las migajas de la filantropía fascista! ¡Y esos jefes no se sienten, ni humillados ni avergonzados!

Hablando de algunos de sus discípulos, Marx citaba una vez las palabras de Heine: “He sembrado dragones y he cosechado pulgas”. Mucho nos tememos que los fundadores de la Tercera Internacional deban repetir esas mismas palabras.. ¡Y, sin embargo, nuestra época no necesita pulgas, sino dragones!

III — LA LUCHA CONTRA EL FASCISMO Y LA HUELGA GENERAL

El programa de la internacional Comunista y el fascismo

El programa de la Internacional Comunista, escrito en 1928, en el período de su declinación teórica, dice: “La época del imperialismo es la época del capitalismo agonizante”. En si misma, esta afirmación, formulada mucho antes por Lenin, es absolutamente indiscutible y tiene una importancia decisiva para la política del proletariado en nuestra época. Pero los autores del programa de la Internacional Comunista no han comprendido en absoluto la tesis que adoptaron mecánicamente sobre el capitalismo agonizante o en putrefacción. Esta incomprensión aparece de un modo particularmente claro en la cuestión más candente: el fascismo.

El programa de la internacional Comunista dice sobre esta cuestión: “Al lado de la socialdemocracia, que ayuda a la burguesía a ahogar el proletariado y a adormecer su vigilancia, aparece el fascismo”. La Internacional Comunista no ha comprendido que la misión del fascismo no es la de actuar al lado de la socialdemocracia, sino de aplastar a todas las viejas organizaciones obreras, comprendidas las organizaciones reformistas. La tarea del fascismo es, según las palabras del programa, la de “destruir las capas comunistas del proletariado y sus cuadros dirigentes”. El fascismo no amenazaría en absoluto a la socialdemocracia y a los sindicatos reformistas; por el contrario, la propia socialdemocracia jugaría cada vez más, un “rol fascista”. El fascismo no haría otra cosa que completar la obra del reformismo, actuando “al lado de la socialdemocracia”.

No citamos un artículo de unos Thorez o Duclos cualquiera, que se contradicen a cada paso; sino el documento fundamental de la internacional Comunista, su programa. (Ver capítulo II, párrafo 3: “la crisis del capitalismo y el fascismo”). Allí nos encontramos ante todos los elementos fundamentales de la teoría del social-fascismo. Los jefes de la Internacional Comunista no han comprendido que el capitalismo en putrefacción no puede admitir ya ni siquiera a la socialdemocracia más moderada y más servil, ni como partido en el poder ni como partido de oposición. El fascismo es llamado a ocupar su lugar, no “al lado de la socialdemocracia” sino sobre su cadáver. Es precisamente de ahí que surgen la posibilidad, la necesidad y la urgencia del frente único. Pero la desdichada dirección de la Internacional Comunista no ha intentado aplicar la política del frente Unico más que cuando ésta no estaba impuesta a la socialdemocracia. Después que la. situación del reformismo se debilitó y que la socialdemocracia cayó bajo los golpes, la Internacional Comunista se rehusó al frente único. ¡Esta gente tiene la enfadosa inclinación a ponerse abrigo en verano y a salir en invierno sin llevar una triste hoja de parra!

A pesar de la instructiva experiencia de Italia, la Internacional Comunista ha inscrito en su bandera el genial aforismo de Stalin: “La socialdemocracia y el fascismo no son antípodas, sino gemelos”. Esta es la causa principal de la derrota del proletariado alemán. Por cierto, en la cuestión del frente único, la I.C. ha realizado un brusco viraje: los hechos se han mostrado más poderosos que el programa. Pero el programa de la internacional Comunista no ha sido suprimido ni modificado. No se ha explicado a los obreros sus errores fundamentales. Los jefes de la Internacional Comunista, que han perdido confianza en sí mismos, conservan para cualquier eventualidad, un camino de retirada hacia las posiciones del “social-fascismo”. Esto da a la política del Frente Unico un carácter sin principios, diplomático e inestable.

Las ilusiones reformistas y estalinistas

La incomprensión del sentido de la tesis de Lenin sobre el “capitalismo agonizante”, da a toda la política actual del Partido Comunista francés un carácter de impotencia chillona, completada con ilusiones reformistas. Ahora que el fascismo representa el producto orgánico de la declinación capitalista, los estalinistas se han convencido súbitamente de la posibilidad de pone’ fin a! fascismo, sin tocar las bases de la sociedad burguesa.

El 6 de marzo, Thorez escribía por centésimo primera vez en L ‘Humanité:

“Con el fin de asegurar el fracaso definitivo del fascismo, proponemos nuevamente al Partido Socialista la acción común por la defensa de las reivindicaciones inmediatas...”

Todo obrero consciente debe reflexionar bien sobre esta frase “programática”. El fascismo, como sabemos, nace de la unión de la desesperación de las clases medias y de la política terrorista del gran capital. Las “reivindicaciones inmediatas” son las que no salen de los marcos del capitalismo. ¿Cómo entonces, permaneciendo en el terreno del capitalismo en putrefacción, se puede “asegurar la derrota definitiva (! )“ del fascismo?

Cuando Jouhaux dice: poniendo fin a la crisis (¡no es tan simple!) habremos vencido por ese mismo hecho al fascismo, Jouhaux, por lo menos es fiel a sí mismo: guarda aún, y guardará siempre, esperanzas en la regeneración y el rejuvenecimiento del capitalismo. Ahora bien, los estalinistas reconocen de palabra la inevitabilidad de la cercana descomposición del capitalismo. ¿Cómo pueden entonces prometer sanear la superestructura política, asegurando el fracaso definitivo del fascismo, y al mismo tiempo dejar intacta la base económica en putrefacción de la sociedad?

¿Piensan que el gran capital puede volver atrás a voluntad la rueda de la historia y ponerse otra vez en la vía de las concesiones y de las “reformas”? ¿Creen que la pequeña burguesía puede ser salvada de la ruina creciente, del desclasamiento y de la desesperación, con ayuda de “reivindicaciones inmediatas”? Entonces, ¿cómo compaginar esas ilusiones sindicalistas y reformistas con la tesis del capitalismo agonizante?

Tomada en el plano teórico, la posición del Partido Comunista representa, como lo hemos visto, el absurdo más completo. Veamos cómo aparece esta posición a la luz de la lucha práctica.

La lucha por las reivindicaciones inmediatas y el fascismo

El 28 de febrero, Thorez explicaba en los siguientes términos la misma idea central y radicalmente falsa de la política actual del Partido Comunista:

“Para derrotar definitivamente al fascismo, es evidentemente necesario detener la ofensiva económica del capital contra el nivel de vida de las masas trabajadoras”.

¿Para qué la milicia obrera? ¿Para qué una lucha directa contra el fascismo? Se debe tender a elevar el nivel de vida de las masas y el fascismo desaparecerá como por arte de magia.

Lamentablemente, en estas líneas, toda la perspectiva de la lucha próxima está, completamente desfigurada y las relaciones reales están puestas cabeza abajo. Los capitalistas no llegan al fascismo por su gusto, sino por necesidad: ya no pueden conservar la propiedad privada de los medios de producción más que dirigiendo la ofensiva contra los obreros, reforzando la opresión, sembrando a su alrededor la miseria y la desesperación. Al mismo tiempo, temiendo la inevitable respuesta de los obreros, los capitalistas, por medio de sus agentes, excitan a la pequeña burguesía contra el proletariado, acusándolo de hacer más larga y profunda la crisis, y financian las bandas fascistas para aplastar a los obreros.

Si mañana la respuesta de los obreros a la ofensiva del capital se hace más fuerte, si las huelgas se hacen más frecuentes y más importantes, el fascismo, contra lo que dice Thorez, no desaparecerá sino por el contrario crecerá el doble. El crecimiento del movimiento huelguístico provocará una movilización de rompehuelgas. Todos los bandidos “patriotas” se pondrán en movimiento. Los ataques cotidianos contra los obreros estarán a la orden del día. Cerrar los ojos ante esto, es ir a una derrota segura.

¿Es decir, —replicarán Thorez y sus consortes— que no hay que replicar a la ofensiva? (Y a continuación nos dirigirán las injurias habituales, sobre las que pasaremos como sobre un charco de agua sucia). No, hay que replicar. No pertenecemos en absoluto a la escuela que piensa que la mejor salvaguardia está en el silencio, la retirada y la capitulación. “¡No provocar al enemigo! “, “¡No defenderse! “, “¡No armarse! “, “Acostarse sobre el lomo, con las cuatro patas en el aire”. ¡A los teóricos de esta escuela estratégica no hay que buscarlos entre nosotros, sino en la redacción de L ‘Humanité! El proletariado debe replicar si no quiere ser aplastado. Pero ahora no puede admitirse ninguna ilusión reformista o pacifista. La lucha será feroz. Hay que prever con anticipación las consecuencias inevitables de la replica y prepararse para ellas.

Con su ofensiva actual, la burguesía da un carácter nuevo, incomparablemente más agudo, a la relación entre la situación económica y la situación social del capitalismo en putrefacción. Exactamente del mismo modo, los obreros también deben dar a su defensa un carácter nuevo, que responda a los métodos del enemigo de clase. Defendiéndose contra los golpes económicos del capital, hay que saber defender al mismo tiempo las propias organizaciones contra las bandas mercenarias del capital. Es imposible hacerlo de otro modo que mediante la milicia obrera. Ninguna afirmación verbal, ningún grito, ningún insulto de L ‘Humanité podrán invalidar esta conclusión. Particularmente hay que dirigirse a los sindicatos diciendo: camaradas, vuestros locales y vuestros periódicos serán saqueados y vuestras organizaciones reducidas a polvo, Si ustedes no pasan inmediatamente a la creación de destacamentos de defensa sindical (“milicia sindical”), si no demuestran en los hechos que no cederán una sola pulgada al fascismo sin combatir.

La huelga general no es un juego al escondite

 En el mismo artículo (del 28 de febrero) Thorez se queja:

“El Partido Socialista no ha aceptado nuestras propuestas de una gran acción, incluida la huelga, contra los decretos-leyes aún en vigor”.

¿Incluida la huelga? ¿Qué huelga? Puesto que lo que Thorez tiene en vista es la abolición de los decretos-leyes, aparentemente no son huelgas económicas parciales, sino la huelga general, es decir política. No pronuncia las palabras “huelga general” para no poner en evidencia que no hace más que repetir nuestra vieja proposición. ¡A qué astucias humillantes debe recurrir esta pobre gente para disfrazar sus oscilaciones y sus contradicciones!

Este procedimiento parece haberse convertido en un método. En la carta abierta del 12 de marzo, el Comité Central del Partido Comunista propone al Partido Socialista iniciar una campaña decisiva contra el servicio militar de dos años “por todos los medios, incluida la huelga ...” ¡Otra vez, la misma formula misteriosa! El Comité Central tiene en vista, evidentemente, la huelga como medio de lucha política, es decir revolucionaria. Pero, ¿entonces por qué teme pronunciar en voz alta el nombre de huelga general y habla de huelga a secas? ¿Con quién juega al escondite el Comité Central? ¿Con el proletariado?

La preparación de la huelga general

Pero, si se dejan de lado estos procedimientos fuera de lugar destinados a salvar el “prestigio”, queda en pie el hecho de que el Comité Central del Partido Comunista propone la huelga general para la lucha contra la legislación bonapartista de Doumergue-Flandin. Estamos plenamente de acuerdo con esto. Pero exigimos que los jefes de las organizaciones obreras comprendan ellos mismos y expliquen a las masas qué significa la huelga general en las condiciones actuales y cómo hay que prepararse para ella.

Aun una simple huelga económica exige normalmente una organización de combate, en particular los piquetes. En las actuales condiciones de exacerbación de la lucha de clases, de provocación y terror fascistas, una seria organización de los piquetes es la condición vital de todo conflicto económico importante. Imaginemos, sin embargo, que cualquier jefe sindical declara: “No hacen falta piquetes, eso es una provocación; basta con la autodefensa de los huelguistas! “. Es evidente que los obreros deberían aconsejar a semejante “jefe” ir a un hospital, si no directamente a un manicomio. ¡Es que los piquetes son precisamente el órgano más importante de la autodefensa de los huelguistas!

Extendamos este razonamiento a la huelga general. No tenemos en vista una simple manifestación ni una huelga simbólica de una hora o incluso de 24 horas, sino una operación de combate, con el objetivo de obligar al adversario a ceder. ¡No es difícil comprender qué exacerbación terrible de la lucha de clases significará la huelga general en las condiciones actuales! Las bandas fascistas surgirían por todas partes como los hongos después de la lluvia, e intentarían con todas sus fuerzas sembrar la confusión, la provocación y la dispersión en las filas huelguistas. ¿Cómo se podría evitar a la huelga general víctimas superfluas e incluso un aplastamiento total si no por medio de destacamentos de combate obreros severamente disciplinados? La huelga general es una huelga parcial generalizada. La milicia obrera es un piquete de huelga generalizado. ¡Sólo charlatanes y fanfarrones miserables pueden, en las condiciones actuales, jugar con la idea de la huelga general, rehusándose al mismo tiempo a un trabajo serio para la creación de la milicia obrera!

¿La huelga general en una “situación no revolucionaria”?

Pero las desgracias del Comité Central del Partido Comunista no han terminado.

La huelga general, como lo saben todos los marxistas, es uno de los medios de lucha más revolucionarios. La huelga general no se hace posible más que cuando la lucha de clases se eleva por encima de todas las exigencias particulares y corporativas, se extiende a través de todos los compartimentos de profesiones y barrios, borra las fronteras entre los sindicatos y los partidos, entre la legalidad y la ilegalidad y moviliza a la mayoría del proletariado, oponiéndola activamente a la burguesía y al Estado. Por encima de la huelga general, no puede haber sino la insurrección armada. Toda la historia del movimiento obrero testimonia que toda huelga general, cualesquiera que sean las consignas bajo las cuales haya aparecido, tiene una tendencia interna a transformarse en conflicto revolucionario declarado, en lucha directa pon el poder. En otras palabras: la huelga general no es posible más que en condiciones de extrema tensión política y es por eso que siempre es expresión indiscutible del carácter revolucionario de la situación. En este caso, ¿cómo puede el Comité Central proponer la huelga general? “¡La situación no es revolucionaria!

¿Puede ser que Thorez nos objete que él tiene en vista, no la verdadera huelga general, sino una pequeña huelga bien dócil, a la medida justa para el uso propio de la redacción de L ‘Humanité? ¿O puede ser —agrega discretamente él— que, previendo la negativa de los jefes de la S.F.I.O., nada arriesga proponiendo la huelga general? Pero lo más verosímil es que Thorez, a modo de objeción, nos acuse simplemente de montar un complot con Chiappe, el ex-Alfonso XIII y el papa: ¡éstas son las respuestas que mejor le sientan a Thorez!

Pero todo obrero comunista, con una cabeza sobre los hombros, debe reflexionar sobre las chillonas contradicciones de sus desdichados jefes: es imposible construir la milicia obrera porque la situación no es revolucionaria; es imposible aun hacer propaganda en favor del armamento del proletariado, es decir preparar a los obreros para la situación revolucionaria futura; pero es posible, según parece, llamar ahora mismo a los obreros a la huelga general, a pesar de la ausencia de la situación revolucionaria. ¡Verdaderamente, aquí se sobrepasan todos los límites del atolondramiento y del absurdo!

“¡Soviets en todas partes!

En todas las reuniones se puede oír a los comunistas repetir la consigna “¡Soviets en todas partes! “, que les ha quedado como herencia del “tercer periodo”. Es absolutamente evidente que esta consigna, si se la toma en serio, tiene un carácter profundamente revolucionario: es imposible establecer el régimen de los Soviets de otro modo que por medio de la insurrección armada contra la burguesía. Pero la insurrección armada supone un arma en manos del proletariado. Así, la consigna de “soviets en todas partes” y la consigna de “armamento de los obreros” están estrecha e indisolublemente ligadas entre sí. ¿Por qué entonces, la primera consigna es repetida incesantemente por los estalinistas y la segunda declarada “provocación de los trotskistas”?

Nuestra perplejidad es tanto más legítima cuanto que la consigna de armamento de los obreros corresponde mucho más a la situación política actual y al estado psicológico del proletariado. La consigna de los “soviets” tiene, pon su propia esencia, un carácter ofensivo y supone una revolución victoriosa. Sin embargo, actualmente, el proletariado se encuentra en una situación defensiva. El fascismo lo amenaza directamente con el aplastamiento físico. La necesidad de la defensa, incluso armada, es actualmente más comprensible y está más al alcance de masas mucho más amplias que la idea de la ofensiva revolucionaria. Así, la consigna del armamento puede contar en la etapa presente con un eco mucho más amplio y mucho más activo que la consigna de soviets. ¿Cómo puede entonces, un partido obrero, si no ha traicionado realmente los intereses de la revolución, dejar escapar una situación tan excepcional y comprometen deshonestamente la idea del armamento en lugar de popularizarla ardientemente?

Estamos dispuestos a reconocer que nuestra pregunta está dictada por nuestra naturaleza “contrarrevolucionaria”, y en particular por nuestras aspiraciones de provocar una intervención militar: es sabido que cuando el mikado y Hitler se convenzan, gracias a nuestra pregunta, de que Bela Kun y Thorez sufren una corriente de aire en la cabeza, declararán la guerra a la URSS.

Todo esto ha sido irrefutablemente establecido por Duclos y no requiere pruebas. Pero, aun así, dígnense responder: ¿cómo puede llegarse a los soviets sin insurrección armada? ¿Cómo llegar a la insurrección sin armamento de los obreros? ¿Cómo defenderse contra el fascismo sin armas? ¿Cómo llegar al armamento, aun parcial, sin hacer propaganda de esta consigna?

Pero ¿es posible la huelga general en un futuro próximo?

A una pregunta de este tipo, no hay respuesta a priori, es decir hecha de antemano. Para tener una respuesta, es necesario saber interrogar. ,A quién? A la masa. ¿Cómo interrogarla? Por medio de la agitación.

La agitación no es solo el medio de comunicar a las masas tales o cuáles consignas, de llamarlas a la acción, etc. Para el partido, la agitación es también un medio de escuchar a las masas, de sondear su estado de ánimo y sus pensamientos y, según los resultados, de tomar tal o cual decisión práctica. Son solo los estalinistas quienes han transformado la agitación en un monólogo chillón: para los marxistas, para los leninistas, la agitación es siempre un diálogo con las masas.

Pero para que ese diálogo arroje los resultados necesarios, el partido debe saber apreciar correctamente la situación general en el país y determinar los trazos generales de la lucha próxima. Con ayuda de la agitación y del sondeo de las masas, el partido debe realizar las correcciones y precisiones necesarias en su línea, particularmente en lo que concierne al ritmo del movimiento y el momento de las grandes acciones.

La situación en el país ha sido definida más arriba: tiene un carácter pre-revolucionario con el carácter no-revolucionario de la dirección del proletariado. Y puesto que la política del proletariado es el principal factor en el desarrollo de una situación revolucionaria, el carácter no-revolucionario de la dirección proletaria obstaculiza la transformación de la situación pre-revolucionaria en situación revolucionaria declarada y, de ese modo, contribuye a transformarla en situación contrarrevolucionaria.

En la realidad objetiva no hay, por supuesto, límites estrictos entre los diferentes estadios del proceso político. Una etapa se inserta en la otra, corno resultado de lo cual la situación muestra contradicciones. Estas contradicciones, seguramente, hacen más difíciles el diagnóstico y el pronóstico, pero no los imposibilitan por completo.

Las fuerzas del proletariado no solamente no han sido debilitadas, sino que incluso permanecen intactas. El fascismo como factor político en las masas pequeño-burguesas es aún relativamente débil (aunque mucho más poderoso, pese a todo, de lo que les parece a los parlamentarios). Estos dos importantísimos hechos políticos permiten decir con firme convicción: nada se ha perdido aún, la posibilidad de transformar la situación pre-revolucionaria en situación revolucionaria está todavía completamente abierta.

Ahora bien, en un país capitalista como Francia, no puede haber luchas revolucionarias sin huelga general: si los obreros y las obreras, en las jornadas decisivas, permanecen en las fábricas, ¿quién combatirá entonces? La huelga general se inscribe así en el orden del día. Peno la cuestión del momento de la huelga general es la cuestión de saber si las masas están listas para luchar y si las organizaciones obreras están listas para conducirlas al combate.

¿Las masas quieren luchar?

Sin embargo, ¿es verdad que lo único que falla es la dirección revolucionaria? ¿No hay una gran fuerza de conservadurismo en las propias masas, en el proletariado? Se levantan voces de distintos 1ados. ¡Y no es asombroso! Cuando se aproxima una crisis revolucionaria, numerosos jefes, que temen a las responsabilidades, se esconden detrás del seudo-conservadurismo de las masas. La historia nos enseña que, algunas semanas e incluso algunos días de la insurrección de Octubre, bolcheviques destacados como Zinoviev, Kamenev, Rykov (es inútil hablar de otros, como Losovsky, Manuilsky, etc.) afirmaban que las masas estaban fatigadas y que no querían combatir. Y sin embargo, Zinoviev, Kamenev y Rykov, como revolucionarios, estaban muy por encima de los Cachin, Thorez y Monmousseau.

Quien diga que nuestro proletariado no quiere o no es capaz de entrar en la lucha revolucionaria, arroja una calumnia, adjudicando su propia pereza y su propia cobardía a las masas trabajadoras. Hasta ahora no ha habido un solo caso, ni en París ni en las provincias, en que las masas hayan permanecido sordas ante un llamado de arriba.

El mayor ejemplo es la huelga general del 12 de febrero de 1934. Pese a la completa división de la dirección, la ausencia de toda preparación seria, los tenaces esfuerzos de los jefes de la CGT para reducir el movimiento al mínimo (ya que no podían evitarlo por completo), la huelga general tuvo el mayor éxito que pudo tener en las condiciones dadas. Está claro: las masas querían combatir. Todo obrero consciente debe decirse: la presión de la base debe ser bien poderosa, si el propio Jouhaux ha salido un momento de la inmovilidad. Por cierto, no se trataba de una huelga general en sentido propio, sino solo de una manifestación de 24 horas. Pero esta limitación no fue aportada por las masas: fue dictada desde arriba.

La manifestación de la Plaza de la República, el 10 de febrero de este año, confirma la misma conclusión. El único instrumento que han utilizado los centros dirigentes para la preparación fue la válvula de incendios. La única consigna que escucharon las masas fue: ¡Chito! ¡Chito! Y, pese a todo, el numero de manifestantes superó todas las previsiones. En las provincias, la cosa se ha presentado y se presenta. durante el último año absolutamente del mismo modo. Es imposible aportar un solo hecho serio que testimoniara que los jefes quisieron luchar y que las masas se rehusaron a seguirlos. Siempre y en todas partes, se observa la relación absolutamente inversa. Mantiene toda su fuerza aun hoy. La base quiere luchar, las direcciones frenan. Es allí que está el peligro principal, que puede conducir a una verdadera catástrofe.

 Las bases y las direcciones en el interior de los partidos

La misma relación vuelve a encontrarse, no solo entre los partidos (o los sindicatos) y el proletariado, sino también en el interior de cada partido. Así, Frossard no tiene el menor apoyo en la base de la S.F.I.O.: los diputados y los alcaldes, que quieren que todo siga como en el pasado, son los únicos que lo sostienen. Marceau Pivert, gracias a sus intervenciones cada vez más claras y resueltas, se transforma en una de las figuras más populares en la base. Estamos tanto más dispuestos a reconocerlo, cuanto que nunca hemos renunciado en el pasado, ni renunciaremos en el futuro, a decir abiertamente cuándo no estamos de acuerdo con Pivert.

Tomado como síntoma político, este hecho supera de lejos, por su importancia, a la cuestión personal de Frossard y Pivert: muestra la tendencia general del desarrollo. La base del Partido socialista, como la del Partido Comunista, está más a la izquierda, es más revolucionaria y es más audaz que las direcciones: precisamente por eso está dispuesta a no ofrecer su confianza más que a los jefes de izquierda. Más aún: empuja a los socialistas sinceros cada vez más a la izquierda. ¿Por qué la base se radicaliza por si misma? Porque se encuentra en contacto directo con las masas populares, con su miseria, con su indignación, con su odio. Este síntoma es infalible. Se puede tener confianza en él.

Las “reivindicaciones inmediatas” y la radicalización de las masas

Los jefes del Partido Comunista pueden, por cierto, invocar el hecho de que las masas no atiendan a sus llamados. Ahora bien, este hecho no invalida, sino que confirma nuestro análisis. Las masas obreras comprenden lo que no comprenden los “jefes”: en las condiciones de una crisis social muy grave, una sola lucha económica parcial, que exige enormes esfuerzos y sacrificios, no puede arrojar resultados serios. Peor aún: puede debilitar y agotar al proletariado. Los obreros están dispuestos a participar en manifestaciones de lucha e incluso en la huelga general, peno no en pequeñas huelgas desgastadoras sin perspectiva. A pesar de los llamados, los manifiestos y los artículos de L ‘Humanité, los agitadores comunistas casi no se presentan ante las masas predicando huelgas en nombre de “reivindicaciones parciales inmediatas”. Sienten que los planes burocráticos de los jefes no corresponden para nada, ni a la situación objetiva ni al estado de ánimo de las masas. Sin grandes perspectivas, las masas no podrán ni comenzarán a luchar. La política de L ‘Humanité es la política de un seudo “realismo” artificial y falso. El fracaso de la CGTU en la declaración de huelgas parciales es la confirmación indirecta, pero muy real, de la profundidad de la crisis y de la tensión moral en los barrios obreros.

Sin embargo, no hay que creer que la radicalización de las masas continuará por si misma, automáticamente. La clase obrera espera una iniciativa de sus organizaciones. Cuando llegue a la conclusión de que sus esperanzas son burladas —y ese momento posiblemente no está tan lejano— el proceso de radicalización se interrumpirá y se transformará en manifestaciones de desmoralización, de postración, en explosiones aisladas de desesperación. En la periferia del proletariado, las tendencias anarquistas se codearán con las tendencias fascistas. El vino se habrá hecho vinagre.

Los cambios en el estado de ánimo político de las masas exigen la mayor atención. Sondear en cada etapa esta dialéctica viva: ésa es la tarea de la agitación. En la actualidad, el Frente Unico permanece criminalmente en retraso, tanto respecto del desarrollo de la crisis social come del estado de ánimo de las masas. Todavía es posible recuperar el tiempo pendido. Pero no hay que pender más tiempo. La historia cuenta en estos momentos, no por años, sino por meses y pon semanas.

El programa y la huelga general

Para determinan en qué grado las masas están dispuestas a la huelga general, y al mismo tiempo reforzar su estado de ánimo combativo, es necesario ofrecerles un programa de acción revolucionaria. Consignas parciales, tales como la abolición de los decretos-leyes bonapartistas y del servicio militar de dos años, seguramente encontrarán un lugar destacable en ese programa. Pero estas dos consignas episódicas son absolutamente insuficientes.

Por encima de todas las tareas y reivindicaciones parciales de nuestra época se encuentra la CUESTION DEL PODER. Desde el 6 de febrero de 1934, la cuestión del poder está abiertamente planteada como una cuestión de fuerza. Las elecciones municipales y parlamentarias pueden tener su importancia, como evaluación de las fuerzas, pero nada más. La cuestión será zanjada por medio del conflicto declarado entre ambos campos. Los gobiernos del tipo Doumergue, Flandin, etc., no ocupan el escenario más que hasta el momento del desenlace definitivo. Mañana, será el fascismo o el proletariado quien gobernará a Francia.

Es precisamente porque el régimen estatal intermedio actual es extremadamente inestable, que la huelga general puede lograr grandes Éxitos parciales, obligando a! gobierno a realizar concesiones en la cuestión de los dccretos-leyes bonapartistas, del servicio militar de dos años, etc. Pero un éxito semejante, muy valioso e importante en si mismo, no restablecerá el equilibrio de la “democracia”: el capital financiero redoblará los subsidios al fascismo y la cuestión del poder se planteará con fuerza duplicada, puede ser que después de una breve pausa.

La importancia fundamental de la huelga general, independientemente de los éxitos parciales que puede lograr (pero que también puede no lograr), radica en el hecho de que plantea la cuestión del poder de un modo revolucionario. Paralizando las fábricas, los transportes, todos los medios de comunicación en general, las centrales eléctricas, etc., el proletariado paraliza así no solo la producción sino también al gobierno. El poder del Estado queda suspendido en el aire. Debe, ya sea domar al proletariado mediante el hambre y la fuerza obligándolo a poner de nuevo en movimiento la maquinaria estatal burguesa, ya sea retroceder ante el proletariado.

Cualesquiera que sean las consignas y el motivo por los cuales haya surgido la huelga general, si ésta abarca realmente a las masas y si esas masas están decididas a luchar,. la huelga general plantea inevitablemente ante todas las clases de la nación la pregunta: ¿quién va a ser el dueño de la casa?

Los jefes del proletariado deben comprender esta lógica interna de la huelga general; de lo contrario, no son jefes sino diletantes y aventureros. Políticamente, esto significa: los jefes están obligados a plantear al proletariado el problema de la conquista revolucionaria del poder. En caso contrario, no deben aventurarse a hablar de huelga general. Pero renunciando a la huelga general, renuncian por ello mismo a toda lucha revolucionaria, es decir, abandonan el proletariado al fascismo.

O la capitulación completa o la lucha revolucionaria por el poder. tal es la alternativa que surge de todas las condiciones de la crisis actual. Quien no haya comprendido esta alternativa, nada tiene que hacer en el campo del proletariado.

 

 

La huelga general y la CGT

La cuestión de la huelga general se complica por el hecho de que la CGT proclama su derecho a declararla y conducirla. De aquí se sigue que esta cuestión no concierne para nada a los partidos obreros. Y, lo que a primera vista es más sorprendente, hay parlamentarios socialistas que piensan que esta pretensión está en el orden natural de las cosas; en realidad, simplemente quieren desembarazarse de esta responsabilidad.

La huelga general, como ya lo indica su nombre, tiene el objetivo de abarcar, dentro de lo posible, a todo el proletariado. La CGT probablemente no reúne en sus filas más del 5 al 8% del proletariado. La influencia propia de la CGT fuera de los limites de los sindicatos es absolutamente insignificante, en la medida en que, en tal o cual cuestión, no coincide con la influencia de los partidos obreros. Por ejemplo, ¿se puede comparar la influencia de Le Peuple con la de Le Populaire o L ‘Humanité?

Por sus concepciones y sus métodos, la dirección de la CGT está incomparablemente más lejos de las tareas de la época actual que la dirección de los partidos obreros. Cuanto más se va desde las cumbres del aparato hacia la base sindical, menos confianza hay en Jouhaux y su grupo. La falta de confianza se convierte progresivamente en desconfianza activa. El actual aparato conservador de la CGT será inevitablemente barrido por el desarrollo ulterior de la crisis revolucionaria.

La huelga general es, por su esencia, una operación política. Opone la clase obrera en su conjunto al Estado burgués. Une a los obreros sindicalizados y no sindicalizados; socialistas, comunistas y sin partido. Necesita un aparato de prensa y de agitadores de tal magnitud que la CGT por sí sola no lo posee en absoluto.

La huelga general plantea resueltamente la cuestión de la. conquista del poder por el proletariado. La CGT dio en el pasado y da hoy la espalda a esa tarea (los jefes de la CGT vuelven la cara hacia el poder burgués). Los propios jefes de la CGT sienten, seguramente, que la dirección de la huelga general está por encima de sus fuerzas. Si, pese a todo, proclaman su monopolio para dirigirla, es porque esperan de este modo ahogar a la huelga general antes de que nazca.

¿Y la huelga general del 12 de febrero de 1934? No fue sino una demostración breve y pacífica, impuesta a la CGT por los obreros socialistas y comunistas. Jouhaux y sus consortes tomaron sobre sí la dirección formal de la réplica, precisamente para impedir que se transformara en huelga general revolucionaria.

En las instrucciones a sus propagandistas, la CGT comunicaba:

“Al día siguiente del 6 de febrero, la población laboriosa y todos los demócratas, convocados por la CGT, han manifestado su firme voluntad de cerrar el camino a los facciosos”. Aparte de si misma, la CGT no ha tornado nota ni de los socialistas ni de los comunistas; sino solamente de los "demócratas”. En esta sola frase, está Jouhaux de cuerpo entero. Es precisamente por esto que seria criminal confiar en Jouhaux para zanjar la cuestión de si es necesaria o no la lucha revolucionaria.

Naturalmente, en la preparación y conducción de la huelga general, los sindicatos tendrán un papel muy influyente, pero no en virtud de un monopolio, sino codo a codo con los partidos obreros. Desde el punto de vista revolucionario, es especialmente importante colaborar estrechamente con las organizaciones sindicales locales, sin el menor ataque, por supuesto, a su autonomía.

En lo que hace a la CGT, tendrá que incorporarse al frente común proletario desligándose de los “demócratas”, o bien permanecer al margen. ¿Colaborar lealmente con iguales derechos? SI. Examinar en común los plazos y los medios para la conducción de la huelga . general? ¡SI! ¿Reconocer a Jouhaux el monopolio de ahogar al movimiento revolucionario? ¡Jamás!

IV - SOCIALISMO Y LUCHA ARMADA

La gran lección del 6 de febrero de 1935

Ese día —el 6 de febrero de 1935— las ligas fascistas habían proyectado manifestar en la Plaza de La Concordia. ¿Qué hace entonces el Frente Unico y, particularmente, el Comité Central del Partido Comunista? Llama a los obreros de París a manifestar en la Concordia a! mismo tiempo que los fascistas. ¿Puede ser que los fascistas estuvieran desarmados? No, en un año redoblaron su armamento. ¿Puede ser que el Comité Central del Partido Comunista hubiera armado suficientemente a destacamentos de defensa? ¡Oh, no! El Partido Comunista está en contra del “putchismo” y de la “lucha física”. ¿Cómo es posible, entonces, lanzar a decenas de miles de obreros sin armas, sin preparación y sin defensa, contra las bandas fascistas admirablemente organizadas y armadas, que alimentan un odio sangriento contra el proletariado revolucionario?

Que los malditos no nos digan: el Comité Central del Partido Comunista no se disponía en absoluto a lanzar a los obreros bajo los revólveres de los fascistas; solamente quería dar a Flandin un pretexto conveniente para prohibir la manifestación fascista. Pero esto es todavía peor. El comité Central del Partido Comunista al parecer, jugaba con la cabeza de los obreros y el desenlace del juego dependía enteramente de Flandin, más exactamente de los jefes de policía del estilo de Chiappe. (¿Y’ qué habría sucedido si en la prefectura de policía se hubiera decidido aprovechar la buena ocasión y dar una lección a los obreros revolucionarios por intermedio de los fascistas, haciendo recaer, por añadidura, . la responsabilidad de la carnicería sobre los jefes del Frente Unico? ¡No es difícil representarse las consecuencias! Si la sangrienta masacre no se ha producido en esta oportunidad, en caso de continuarse con la misma política, se producirá infalible, inevitablemente, en la primera ocasión parecida.

“Putchismo y aventurerismo

La conducta del Comité Central fue la forma más pura de aventurerismo burocrático. Los marxistas han enseñado siempre que el oportunismo y el aventurerismo son las dos caras de una misma medalla. El 6 de febrero de 1935 muestra con notable claridad, con qué facilidad se da vuelta la medalla.

“¡Estamos contra el putchismo, contra el insurreccionalismo!” repitió durante años Otto Bauer, quien no supo desembarazarse del Schutzbund (milicia obrera), dejada como herencia por la revolución de 1918. La poderosa socialdemocracia austríaca reculó cobardemente, se adaptó a la burguesía, volvió a recular, lanzó “peticiones” ineptas, creó una falsa apariencia de lucha, puso sus esperanzas en su Flandin (llamado Dollfuss), cedió una posición tras otra y cuando se vio en el fondo del callejón sin salida, se puso a gritar histéricamente: “¡Socorro, obreros! “. Los mejores combatientes, desligados de las masas desorientadas, abrumadas, engañadas, se lanzaron al combate y sufrieron una derrota inevitable. Después de lo cual, Otto Bauer y Julius Deutsch. declararon:

“¡Hemos actuado como revolucionarios, pero el proletariado no nos ha apoyado! “.

Los acontecimientos de España se han desarrollado según el mismo esquema. Los jefes socialdemócratas han llamado a la insurrección después de haber cedido a la burguesía todas las posiciones revolucionarias conquistadas y de haber cansado a las masas populares con su política de retrocesos. Los “antiputchistas” profesionales se han visto obligados a llamar a la defensa armada en condiciones tales que le habían dado en gran parte el carácter de un “putsch”.

El 6 de febrero de 1935 fue en Francia una pequeña repetición de los acontecimientos de Austria y España. Durante muchos meses, los estalinistas han adormecido y desmoralizado a los obreros, han ridiculizado la consigna de milicia y “rechazado” la lucha física; después, de golpe, sin la menor preparación, han ordenado al proletariado “¡A la Concordia, adelante, march!”

Por esta vez, el bueno de Langeron los salvo. Pero mañana, cuando la atmósfera se caldee aun mas, cuando la canalla fascista asesine a decenas de dirigentes obreros o incendie L ‘Humanité -¿puede decirse que esto es inverosímil?- el sabio Comité Central gritará infaliblemente: “¡Obreros, a las armas! “. Y después, en un campo de concentración o paseándose por las calles de Londres, Si llegan hasta allí, los mismos jefes declararan orgullosamente “¡Hemos llamado a la insurrección, pero los obreros no nos han apoyado!”

Es necesario prever y prepararse
Evidentemente, el secreto del éxito no está en la “lucha física” por si misma, sino en una política correcta. Ahora bien, llamamos correcta a la política que responde a las condiciones del tiempo y del lugar. La milicia obrera, en sí, no resuelve el problema. Pero la milicia obrera es una parte integrante necesaria de la política, que responde a las condiciones del tiempo y del lugar. sería absurdo disparar con un revólver sobre la urna electoral. Pero sería todavía más absurdo defenderse contra las bandas fascistas con una papeleta electoral.

Los primeros núcleos de la milicia obrera se encuentran inevitablemente débiles, aislados, inexpertos. Los rutinarios y los escépticos sacuden la cabeza con desprecio. Hay cínicos que no se avergüenzan de reírse de la idea de la milicia obrera en charlas con los periodistas del Comité des Forges. Si de ese modo piensan asegurarse contra los campos de concentración, se engañan. Al imperialismo no le importa el envilecimiento de tal o cual jefe; él necesita aplastar a la clase.

Cuando Guesde y Lafargue, en plena juventud, emprendieron la propaganda del marxismo, aparecieron ante los ojos de los sabios filisteos como solitarios impotentes y tontos utopistas. Pese a todo, son ellos quienes cavaron el cauce de este movimiento, que lleva sobre si tantos rutinarios parlamentarios. En el terreno literario sindical, cooperativo, los primeros pasos del movimiento obrero fueron débiles, vacilantes, poco seguros... Pero a pesar de su pobreza, el proletariado, gracias a su número y a su espíritu de sacrificio, ha creado poderosas organizaciones.

La organización armada del proletariado, que en ese momento coincide casi por completo con la defensa contra el fascismo, es una nueva rama de la lucha de clases. Aquí también los primeros pasos son inexpertos, torpes. Habrá que esperar errores. Incluso es imposible evitar completamente la provocación. La selección de los cuadros se logrará poco a poco, y se logrará tanto más seguramente, tanto más sólidamente, cuanto más cerca esté la milicia de las fábricas, allí donde los obreros se conocen bien unos a otros.

Pero la iniciativa debe partir necesariamente desde arriba. El partido puede y debe proveer los primeros cuadros. El mismo camino deben seguir —y seguirán inevitablemente— los sindicatos. Sus cuadros se afirmarán y fortalecerán tanto más rápidamente cuanto que encontrarán una mayor simpatía y un mayor apoyo en las organizaciones obreras, y después en la masa de los trabajadores.

¡Qué decir de esos señores que, a modo de simpatía y apoyo, censuran y se burlan, o peor aún, presentan ante el enemigo de clase a los destacamentos de autodefensa obrera como destacamentos de “insurrección” y de “putsch”? Véase, particularmente, “Combate (?) Marxista (! )“. Los pedantes sabios y medio sabios, los asesores teóricos de Jouhaux, dirigidos por mencheviques rusos, se burlan malvadamente de los primeros pasos de la milicia obrera. Es imposible dar a esos señores otro nombre que el de enemigos directos de la revolución proletaria.

La milicia obrera y el ejército

Peno aquí, los rutinarios conservadores lanzan su último argumento: “¡Es que ustedes piensan que, mediante destacamentos de milicia mal armados, el proletariado podrá conquistar el poder, es decir conseguir la victoria sobre el ejército actual, con su técnica moderna ( ¡los tanques!, ¡la aviación!, ¡los gases! )”. Es difícil imaginar un argumento más chato y trivial, por otra parte contradicho cien veces por la teoría y por la historia Pese a ello, cada vez se lo presenta como la ú1tima palabra de un pensamiento “realista”.

Incluso si se admite por un instante que los destacamentos de la milicia se revelaran mañana inútiles para la lucha por el poder, no por eso son menos necesarios hoy para la defensa de las organizaciones obreras. Como es sabido, los jefes de la CGT se niegan a toda lucha por el poder. Esto no detendrá en absoluto a los fascistas ante el aplastamiento de la CGT. Los sindicalistas, que no toman a tiempo medidas de defensa, cometen un crimen contra los sindicatos, independientemente de su orientación política

Sin embargo, observemos más de cerca el argumento capital de los pacifistas: “Los destacamentos armados de obreros son impotentes contra el ejército contemporáneo”. Este “argumento” se dirige, en el fondo, no contra la milicia, sino contra la propia idea de revolución proletaria. Si se admite por un instante que el ejército armado hasta los dientes, en todas las condiciones estará del lado del gran capital, entonces es preciso renunciar, no solo a la milicia obrera, sino al socialismo en general. Entonces, el capitalismo es eterno.

Afortunadamente, no es así. La revolución proletaria supone una extrema exacerbación de la lucha de clases en la ciudad y en el campo, y por consecuencia también en el ejército. La revolución no alcanzará la victoria más que cuando haya conquistado para sí, o por lo menos neutralizado, a! núcleo fundamental del ejército. Sin embargo, esta conquista no puede improvisarse: hay que prepararla sistemáticamente.

Aquí, el doctrinario pacifista interrumpe para ponerse de acuerdo —de palabra— con nosotros. “Evidentemente —dirá— es necesario conquistar al ejército por medio de una propaganda continua. Ahora bien, eso es lo que nosotros hacemos. La lucha contra la gran mortalidad en los cuarteles, contra los dos años, contra la guerra: el éxito de esta lucha hace inútil el armamento de los obreros”.

¿Es esto cierto? No, es radicalmente falso. Una conquista pacífica, serena del ejército es aún menos posible que la conquista pacifica de una mayoría parlamentaria. Ya las muy moderadas campañas contra la mortalidad en los cuarteles y contra los dos años, sin ninguna duda van a conducir a un acercamiento entre las ligas patrióticas y los oficiales reaccionarios, a un complot directo de su parte y también a la entrega redoblada de los subsidios que el capital financiero da a los fascistas. Cuanto más éxito tenga la agitación antimilitarista, más rápidamente crecerá el peligro fascista. Tal es la dialéctica real y no inventada de la lucha. La conclusión es que, en el mismo proceso de la propaganda y preparación, hay que saber defenderse con las armas en la mano, cada vez mejor.

Durante la revolución

Durante la revolución, se producirán en el ejército oscilaciones inevitables, se librará en él una lucha interior. Incluso las fracciones. más avanzadas no se pasarán abierta y activamente a! lado del proletariado hasta que vean con sus propios ojos que los obreros quieren batirse y son capaces de vencer. La tarea de los destacamentos fascistas será la de no permitir el acercamiento entre el proletariado revolucionario y el ejército. Los fascistas se esforzarán por aplastar la insurrección obrera desde su comienzo para quitar a las mejores fracciones del ejército la posibilidad de apoyar a los insurgentes. Al mismo tiempo, los fascistas vendrán en ayuda de los destacamentos reaccionarios del ejército para desarmar a los regimientos más revolucionarios y a los menos seguros.

En tal caso, ¿cuá1 será nuestra tarea?

Es imposible definir de antemano la marcha concreta de la revolución en un país dado. Pero, sobre la base de toda la experiencia histórica, se puede afirmar con certeza que la insurrección en ningún caso y en ningún país tomará el carácter de un simple duelo entre la milicia obrera y el ejército. La relación de fuerzas será mucho más compleja e incomparablemente más favorable al proletariado. La milicia obrera —no por su armamento, sino por su conciencia y su heroísmo— será la vanguardia de la revolución. El fascismo será la vanguardia de la contrarrevolución. La milicia obrera, con el apoyo de toda la clase, con la simpatía de todos los trabajadores, deberá derrotar, desarmar y aterrorizar a las pandillas de bandidos de la reacción y franquear así a los obreros el camino hacia la fraternización revolucionaria con el ejército. La alianza de los obreros y de los soldados triunfará sobre las fracciones contrarrevolucionarias. así será asegurada la victoria.

Los escépticos alzarán los hombros con desprecio. Pero los escépticos hacen el mismo gesto en la víspera de cada revolución victoriosa. El proletariado hará bien en pedir a los escépticos que se vayan muy lejos. El tiempo es demasiado precioso para explicar la música a los sordos, los colores a los ciegos y a los escépticos la revolución socialista.

 V — EL PROLETARIADO, LOS CAMPESINOS, EL EJERCITO, LAS MUJERES, LOS JOVENES

El Plan de la CGT y el Frente Unico

Jouhaux ha pedido prestada la idea del Plan a de Man. En ambos el objetivo es el mismo: disfrazar la última quiebra del reformismo e inspirar a! proletariado nuevas esperanzas, para desviarlo de la revolución.

Ni de Man ni Jouhaux han inventado sus “planes”. Han tornado simplemente las reivindicaciones fundamentales del programa de transición marxista, la nacionalización de los bancos y de las industrias clave, han echado por la borda la lucha de clases y, en lugar de la expropiación revolucionaria de los expropiadores, han puesto una operación financiera de rescate.

El poder debe quedar como antes, en las manos del “pueblo”, es decir de la burguesía. Pero el Estado compra las ramas más importantes de la industria (no se nos dice cuáles exactamente) a sus propietarios actuales, quienes se convierten pon dos o tres generaciones en rentistas parasitarios: la pura y simple explotación privada capitalista da lugar a una explotación indirecta, por intermedio de un capitalismo de Estado.

Como Jouhaux comprende que incluso este castrado programa de nacionalización es absolutaente irrealizable sin lucha revolucionaria, declara de antemano que está dispuesto a cambiar su “plan” en la moneda chica de reformas parlamentarias en el estilo, a la moda, de la economía dirigida. El ideal para Jouhaux sería que, por medio de arreglos entre bambalinas, se reduzca toda la operación a que en diferentes consejos económicos e industriales se sienten los burócratas sindicales, sin poder y sin autoridad, pero con jugosos honorarios.

¡No es por nada que el plan de Jouhaux —su plan real que esconde tras el “Plan” de papel— ha recibido el apoyo de los neosocialistas e incluso la aprobación de Herriot!

El sabio ideal del sindicalismo “independiente” no será realizado, sin embargo, más que si el capitalismo vuelve a regenerarse y si las masas obreras caen nuevamente bajo el yugo. Pero, ¿si continua la declinación capitalista? Entonces el plan, lanzado para desviar a los obreros de los “malos pensamientos”, puede convertirse en la bandera del movimiento revolucionario.

En Bélgica, ya existe ese peligro. El Partido Obrero Belga se ha visto obligado a dirigir una manifestación por el plan de de Man. Los obreros han tomado el plan completamente en serio. Bajo la bandera del plan se ha comenzado a formar un ala izquierda, especialmente en el seno de la juventud. El falsificador teórico de Man se parece cada vez más al aprendiz de brujo, que ha invocado a los espíritus pero que no sabe cómo hacerlos volver al más allá. Los bolcheviques-leninistas belgas tienen absoluta razón en ponerse en e!lterreno del movimiento de masas en favor del plan y así, mediante la critica marxista, hacerlo avanzar.

Evidentemente, espantado por el ejemplo belga, Jouhaux se afana por retroceder. El punto más importante del orden del día del Comité Nacional de la CGT, a mediados de marzo —la propaganda por el plan—, fue sorpresivamente escamoteada. Si esta maniobra tiene más o menos éxito, la culpa de do recae por completo sobre la dirección del Frente Unico.

Los jefes de la CGT han lanzado su “Plan” para tener la posibilidad de competir con los partidos de la revolución. De este modo, Jouhaux ha mostrado que, siguiendo a sus inspiradores burgueses, aprecia la situación como revolucionaria (en el sentido amplio de la palabra). Pero el adversario revolucionario no ha aparecido en la arena. Jouhaux decidió no internarse más lejos por un camino lleno de riesgos. retrocedió y ahora espera.

En enero, la C.A.P. del Partido Socialista propuso a! Partido Comunista una lucha común por el poder en nombre de la socialización de los bancos y de las ramas concentradas de la industria. Si en el Comité Central del Partido Comunista hubiera lugar para revolucionarios, estos hubieran debido aferrar esta proposición con ambas manos. Iniciando una gran campaña por el poder, hubieran acelerado la movilización revolucionaria en el interior de la S.F.I.O. y a! mismo tiempo hubieran obligado a Jouhaux a realizar la agitación por su “Plan”. Siguiendo este camino, se hubiera podido forzar a la CGT a incorporarse al Frente Unico. El peso específico del proletariado francés hubiera crecido enormemente.

Pero en el Comité Central del Partido Comunista no se sienten revolucionarios, sino mandarines. “No hay situación revolucionaria”, respondieron, mirándose el ombligo. Los reformistas de la S.F.I.O. respiraron con alivio: el peligro había pasado. Jouhaux se apresuró a retirar del temario la cuestión de la propaganda por el Plan. El proletariado ha quedado en la gran crisis social, sin ningún programa. La Internacional Comunista ha jugado una vez más un rol reaccionario.

Alianza revolucionaria con el campesinado

La crisis de la agricultura constituye ahora la principal reserva para las tendencias bonapartistas y fascistas. Cuando la miseria toma al campesino por la garganta, éste es capaz de dan los saltos más inesperados. Mira a la democracia con creciente desconfianza.

“La consigna de la defensa de las libertades democráticas —escribe Monmousseau (Cahiers du Bolchevisme, 10 de setiembre de 1934, página 1017)— se corresponde perfectamente con el espíritu del campesinado”. Esta frase notable demuestra que Monmousseau entiende tan poco de la cuestión campesina coma de la cuestión sindical. Los campesinos comienzan a dar la espalda a los partidos de “izquierda”, precisamente porque son incapaces de proponerle otra cosa que palabras en el aire sobre la “defensa de la democracia”.

Ningún programa de “reivindicaciones inmediatas” puede dan nada seno a! campo. El proletariado debe hablan con los campesinos en el idioma de la revolución; no encontrará otro lenguaje común con ellos. Los obreros deben elaborar un programa de medidas revolucionarias para la salvación de la agricultura en común con los campesinos.

Los campesinos temen sobre todo la guerra . ¿Podemos, como Laval y Litvinov, engañarlos con esperanzas en la Sociedad de las Naciones y en el “desarme”? El único medio de evitar la guerra es derrocan a la propia burguesía y dan la señal para la transformación de Europa en los Estados Unidos de las Repúblicas Obreras y Campesinas. Sin revolución, no hay salvación contra la guerra.

Los campesinos trabajadores sufren las condiciones usurarias del crédito. Para cambiar esas condiciones, no hay sino una vía; expropiar los bancos, concentrarlos en manos del Estado obrero y, a costa de los tiburones financieros, crear un crédito de fomento para los pequeños campesinos, y particularmente para las cooperativas campesinas. Debe instaurarse el control campesino sobre los bancos de crédito agrícola.

Los campesinos sufren la explotación de los trusts de fertilizantes y de los molinos. No hay otro camino que el de nacionalizar los trusts de fertilizantes y los grandes molinos y subordinarlos completamente a los intereses de los campesinos y de los consumidores.

Diferentes categorías de campesinos (arrendatarios, aparceros) sufren la explotación de los grandes propietarios rurales. No hay otro media de lucha contra la usura territorial que la expropiación de los usureros terratenientes por los comités de campesinos bajo el control del Estado obrero y campesino.

Ninguna de estas medidas es concebible bajo la dominación de la burguesía. Pequeñas limosnas no salvarán al campesino; de nada Le servirán los paliativos. Hacen falta audaces medidas revolucionarias. El campesino las comprenderá, las aprobará y las apoyará, si el obrero le propone seriamente luchar juntos por el poder.

No esperar que la pequeña burguesía se defina por si misma, sino formar su pensamiento, formar su voluntad: he aquí la tarea del partido obrero. Es solo así que podrá realizarse La unión de los obreros y de los campesinos.

El ejército

El estado de ánimo de la mayoría de los oficiales del ejército refleja el estado de ánimo reaccionario de las clases dominantes del país, pero baja una forma aun más concentrada. El estado de ánimo de la masa de los soldados refleja el estado de ánimo de los obreros y campesinos, pero bajo una forma debilitada: la burguesía sabe mantener la relación con los oficiales mucho mejor que el proletariado con los soldados.

El fascismo impresiona mucho a los oficiales, pues sus consignas son decididas y porque está dispuesto a zanjar Las cuestiones por medio del revólver y de la ametralladora. Se dispone de no pocos informes sobre la relación entre las ligas fascistas y el ejército, tanto por intermedio de los oficiales activos como de los de reserva. Sin embargo, no nos llega sino una ínfima parte de lo que sucede en realidad. Ahora debe aumentar en el ejército el rol de los reenganchados. En ellos, la reacción encontrará no pocos agentes suplementarios. La infiltración fascista en el ejército, bajo la protección del gran Estado Mayor, está en plena marcha.

Los jóvenes obreros conscientes en los cuarteles, podrían ofrecer resistencia con éxito a la desmoralización fascista. Pero la gran desgracia es que ellos mismos están políticamente desarmados: no tienen programa. El joven desocupado, el hijo del pequeño campesino, del pequeño comerciante o del pequeño funcionario llevan a! ejército el descontento de los medios sociales de los que provienen. ¿Qué les dirá el comunista en el cuartel, sino que “la situación no es revolucionaria”? Los fascistas saquean el programa marxista, convirtiendo exitosamente en instrumento de demagogia social algunas de sus partes. Los “comunistas” (?) reniegan de su programa en los hechos, sustituyéndolo por los podridos despojos del reformismo. ¿Puede concebirse una quiebra más fraudulenta?

L´Humanité se concentra en las “reivindicaciones inmediatas” de los soldados: esto es necesario, pero no es más que una centésima parte del programa. Hoy más que nunca, el ejército tiene vida política. Toda crisis social es, necesariamente, una crisis del ejército. El soldado francés espera y busca respuestas claras. No hay ni puede haber mejor replica a La demagogia de los fascistas que el programa del socialismo. ¡Hay que desplegarlo audazmente en el país y por mil canales penetrará en el ejército!

Las mujeres

La crisis social, con su cortejo de calamidades, gravita con el mayor peso sobre las mujeres trabajadoras. Ellas están doblemente oprimidas: por la clase poseedora y por su propia familia.

Hay “socialistas” que temen que las mujeres tengan derecho a! voto, por la influencia que la Iglesia tiene sobre ellas. ¡Como si la suerte del pueblo dependiera del numero más o menos grande de municipalidades de “izquierda” en 1935, más que de la situación moral, social y política de millones de obreras y de campesinas en el periodo próximo!

Toda crisis revolucionaria se caracteriza por el despertar de las mejores cualidades de la mujer de las clases trabajadoras: la pasión, el heroísmo, la devoción. La influencia de la Iglesia será barrida no por el nacionalismo impotente de los “librepensadores” ni por el soso fanatismo de los masones, sino por la lucha revolucionaria por la emancipación de la humanidad, y por consecuencia, en primer lugar, de la obrera.

El programa de la revolución socialista debe resonar en nuestros días como el toque de alarma para las mujeres de la clase obrera!

Los jóvenes

La condenación más cruel de la dirección de las organizaciones obreras, políticas y sindicales, es la debilidad de sus organizaciones juveniles. En el campo de la filantropía, de la diversión. y del deporte, la burguesía y la Iglesia son incomparablemente más fuertes que nosotros. No se les puede arrancar la juventud obrera más que por medio del programa socialista y la acción revolucionaria.

La joven generación del proletariado necesita una dirección política, pero no una tutela inoportuna. El burocratismo conservador ahoga y rechaza a la juventud. Si el régimen de las Juventudes Comunistas hubiera existido en 1848, no habría habido Gavroche [3]. La política de pasividad y de adaptación se refleja de un modo particularmente funesto en los cuadros de la juventud. Los jóvenes burócratas se hacen viejos antes de tiempo: conocen todos los tipos de maniobras entre bambalinas, pero no conocen el ABC del marxismo. Se forman “convicciones” en tal a cual ocasión, según las exigencias de la maniobra. En el último congreso de la Alianza del Sena se ha podido observar demasiado de cerca este estilo.

Hay que plantear ante la juventud obrera el problema de la revolución en toda su amplitud. Al volverse hacia la nueva generación, hay que saber hacer un llamado a su audacia y a su coraje, sin los cuales nada grande se hace en la historia. La revolución abrirá ampliamente las puertas a los jóvenes. ¡La juventud no puede no estar a favor de la revolución!

VI- POR QUE LA CUARTA INTERNACIONAL

La quiebra de la Internacional Comunista

En su carta a! Consejo Nacional del Partido Socialista, el Comité Central del Partido Comunista ha propuesto, coma base para la unificación, “el programa de la Internacional Comunista, que ha conducido a la victoria del socialismo en la URSS, ahora que el programa de la II Internacional no ha resistido a la trágica prueba de la guerra y ha conducido a! doloroso resultado de Alemania y de Austria”. Que la II Internacional ha fracasado, los revolucionarios lo han proclamado desde agosto de 1914. Todos los acontecimientos posteriores no han hecho más que confirmar esta apreciación. Pero mostrando la incontestable bancarrota de la socialdemocracia en Alemania y en Austria, los estalinistas olvidan responder a una pregunta: ¿qué sucedió con las secciones Alemana y Austríaca de la Internacional Comunista? El Partido Comunista Alemán se ha hundido ante la prueba histórica tan ignominiosamente como la socialdemocracia alemana. ¿,Por qué? Los obreros alemanes querían luchar y creían que “Moscú” los conduciría al combate; se dirigían sin cesar hacia la izquierda. El Partido Comunista Alemán crecía rápidamente; en Berlín, superaba numéricamente a la socialdemocracia. Pero se encontró asolado interiormente antes de que llegara la hora de la prueba. El ahogo de la vida interior, la voluntad de mandar en lugar de convencer, la política de zigzags, el nombramiento de dirigentes desde arriba, el sistema de mentira, de engaño a las masas, todo esto desmoralizó al partido hasta la médula. Cuando se acercó el peligro, el partido se encontró hecho un cadáver. Es imposible borrar ese hecho de la historia.

Después de la vergonzosa capitulación de la Internacional Comunista en Alemania, los bolcheviques-leninistas proclamaron sin dudar par un momento: ¡La Tercera Internacional ha muerto! No es necesario recapitular todas las injurias que nos arrojaron todos los estalinistas de todos los países. L ‘Humanité, aún después del advenimiento definitivo de Hitler, afirmaba número a número: No hay derrota en Alemania”, “Solo los renegados pueden hablan de derrota”, “El Partido Comunista alemán crece hora a hora”, “El partido de Thaelmann se prepara para la toma del poder”. Nada tiene de sorprendente. que estas fanfarronadas criminales después de la mayor catástrofe histórica hayan desmoralizado todavía más a las otras secciones de la Internacional Comunista: una organización que ha perdido la capacidad de aprender de su propia derrota está irremediablemente condenada.

La lección del Sarre

La prueba no tardó. El plebiscito del Sarre fue montado, por así decirlo, para mostrar qué restos de confianza en la Segunda y en la Tercera Internacional guardaba el proletariado alemán. He ahí los resultados: puestas ante la necesidad de elegir entre la violencia triunfante de Hitler y la putrefacta impotencia de los partidos obreros en bancarrota, las masas dieron a Hitler el 90% de los votos y al frente común de la Segunda y Tercera Internacional (si se exceptúan la burguesía judía, los negociantes interesados, los pacifistas, etc.) probablemente no más del 7%. Tal es el balance común del reformismo y del estalinismo. ¡Peor para quien no ha comprendido la lección!

Las masas trabajadoras han votado por Hitler porque no veían otro camino. Los partidos que durante decenas de años las habían despertado y reunido en nombre del socialismo, las han engañado y traicionado. ¡He aquí la conclusión común a que han llegado los trabajadores! Si en Francia la bandera de la revolución socialista se hubiera levantado bien alta, el proletariado del Sarre hubiera dirigido su vista hacia el Oeste y hubiera puesto la solidaridad de clase por encima de la solidaridad nacional. Peno ¡ay! , el gallo francés no anunció al pueblo sarrés una aurora revolucionaria. Aunque bajo la cobertura del Frente Unico, en Francia se lleva adelante la misma política de debilidad, de indecisión, de marcar el paso en el mismo lugar, de falta de confianza, que llevó a la pérdida a la causa del proletariado alemán. Es por eso que el plebiscito sarrés no solamente es la prueba de los resultados de la catástrofe alemana, sino también una temible advertencia para el proletariado francés. ¡Peor para los partidos que resbalan sobre la superficie de los acontecimientos, se acunan con palabras, esperan milagros y permiten al enemigo mortal organizarse impunemente, armarse, ocupar las posiciones ventajosas y elegir el momento más favorable para descargar el golpe decisivo!

He aquí lo que nos dice la lección del Sarre.

El programa de la Internacional Comunista

Numerosos reformistas y centristas (es decir, aquéllos que vacilan entre el reformismo y la revolución), virando a la izquierda, ensayan ahora gravitar hacia la Internacional Comunista: algunos de ellos, sobre todo obreros, esperan sinceramente encontrar en el programa de Moscú el reflejo de la Revolución de Octubre; otros, sobre todo funcionarios, se esfuerzan simplemente por hacer amistad con la poderosa burocracia soviética. Abandonemos a los arribistas a su propia suerte. Pero a los socialistas que sinceramente esperan encontrar en la Internacional Comunista una dirección revolucionaria, les decimos: ¡se equivocan cruelmente! No conocen bien la historia de la Internacional Comunista que, en los últimos diez años, es la historia de los errores, de las catástrofes, de las capitulaciones y de la degeneración burocrática.

El programa actual de la Internacional Comunista fue adoptado en el VI Congreso, en 1928, después del aplastamiento de la dirección leninista [4]. Entre el programa actual y aquél con el que el bolchevismo logró la victoria de 1917, hay un abismo. El programa del bolchevismo partía del punto de vista de que la suerte de la revolución de Octubre es inseparable de la suerte de la revolución internacional. El programa de 1928, a pesar de todas sus frases “internacionalistas”, parte de la perspectiva de la construcción independiente del socialismo en la URSS. El programa de Lenin decía “Sin revolución en Occidente y en Oriente estamos vencidos”. Ese programa, por su propia esencia, excluía la posibilidad de sacrificar los intereses del movimiento obrero mundial a los intereses de la URSS. El programa de la Internacional Comunista significa en la práctica: se puede y se debe sacrificar los intereses de la revolución proletaria en Francia a los intereses de la URSS (en realidad, a los intereses de las combinaciones diplomáticas de La burocracia soviética). El programa de Lenin enseñaba: el burocratismo soviético es el peor enemigo del socialismo; reflejando la presión de las fuerzas y de las tendencias burguesas sobre el proletariado, el burocratismo puede conducir a! renacimiento de la burguesía; el éxito contra el azote del burocratismo no puede ser asegurado más que mediante la victoria del proletariado europeo y mundial. Contrariamente a esto, el programa actual de la Internacional Comunista dice: el socialismo puede ser construido independientemente de los éxitos y fracasos del proletariado mundial, baja la dirección de la infalible y omnipotente burocracia soviética; todo lo que se dirige contra su infalibilidad es contrarrevolucionario y merece ser exterminado.

En el actual programa de la Internacional Comunista hay, por supuesto, muchas expresiones, formulas, frases tomadas a préstamo del programa de Lenin (la burocracia conservadora del Thermidor y del Consulado utilizó también en Francia la terminología de los Jacobinos); pero en el fondo esos dos programas se excluyen mutuamente. Prácticamente, en efecto, la burocracia stalinista ha reemplazado después de mucho tiempo el programa de la revolución proletaria internacional por un programa de reformas soviéticas nacionales. Dispersando y debilitando al proletariado mundial con su política, que es una mezcla de oportunismo y de aventurerismo, la Internacional Comunista socava, de ese modo, los propios intereses fundamentales de la URSS. Estamos a favor de la URSS, pero contra la burocracia usurpadora y su instrumento ciego, la Internacional Comunista.

Bela Kun, jefe de la Internacional Comunista

Manuilsky, ayer jefe de la Internacional Comunista, se ha ahogado sin dejar rastros en el “tercer período”. Manuilsky fue reemplazado, sin que los interesados tuvieran la menor parte en el cambio, por Bela Kun. Sobre este nuevo soberano de la Internacional Comunista es necesario decir algunas palabras. Coma prisionero de guerra húngaro en Rusia, Bela Kun, a semejanza de muchos otros prisioneros, se hizo comunista, y a su retorno a Hungría, jefe de un pequeño partido. La postración del gobierno del conde Karoly ante la Entente se terminó mediante la transmisión consentida y pacífica del poder a los partidos obreros, sin revolución alguna.

Los comunistas del partido de Bela Kun se apresuraron a unirse con los socialdemócratas. Inspirador de la Hungría soviética, Bela Kun dio pruebas de una completa incapacidad, sobre todo en la cuestión campesina, lo que condujo rápidamente al hundimiento de los soviets. Vuelto como exiliado a la URSS, Bela Kun tuvo siempre papeles de tercer plano, pues no gozaba en absoluto de la confianza política de Lenin. Es conocido el extremadamente violento discurso de Lenin a! Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, en vísperas del III Congreso: casi cada frase recordaba las “tonterías de Bela Kun”. En mi folleto sobre la dirección de la internacional Comunista [5] he contado cómo Lenin me explicó su ataque violento contra Bela Kun: “Hay que enseñar a la gente a no tener confianza en él”. Desde aquel tiempo, no sólo no ha aprendido nada Bela Kun, sino que incluso ha olvidado lo poco que había asimilado en la escuela de Lenin. Se puede ver en qué medida este hombre está hecho para el papel de jefe de la Internacional Comunista y, en especial, del proletariado francés.

La unidad orgánica

Admitamos que el Partido Comunista pese a todo, siga creciendo aún. No gracias a su política, sino a pesar de ella. Los acontecimientos empujan a los obreros hacia la izquierda y el Partido Comunista, pese a su viraje oportunista, sigue siendo para las masas la “extrema izquierda”. El crecimiento numérico del Partido Comunista sin embargo, no lleva en si la menor garantía para el futuro: como hemos dicho, el Partido Comunista alemán creció hasta el momento mismo de la capitulación y mucho más velozmente.

En todo caso, el hecho de que existan dos partidos obreros, lo que hace absolutamente necesaria, ante el peligro común, una política de frente único, basta para explicar las aspiraciones de los obreros a la unidad orgánica. Si hubiera en Francia un partido revolucionario consecuente, seríamos resueltos adversarios de la fusión con el partido oportunista. En las condiciones de la exacerbación de la crisis social, el partido revolucionario, en lucha contra el reformismo, reuniría infaliblemente bajo su bandera a la mayoría aplastante de los obreros. El problema histórico no es unir mecánicamente todas las organizaciones, que representan diferentes estadios de la lucha de ciases, sino reunir al proletariado en la lucha y para la lucia. Se trata de dos problemas completamente distintos, é incluso a veces contradictorios.

Pero es un hecho que en Francia no hay partido revolucionario. La ligereza con que el Partido Comunista —sin la menor discusión— ha pasado de la teoría y de la práctica del “socialfascismo” al bloque con los radicales y a! rechazo de las tareas revolucionarias, en nombre de las “reivindicaciones inmediatas”, confirma que el aparato del partido está completamente roído por el cinismo y la base desorientada y desacostumbrada a pensar. Es un partido enfermo.

Hemos criticado demasiado abiertamente la posición de la S.F.I.O. como para no repetir lo que ya hemos dicho más de una vez. Pero es indiscutible, a pesar de todo, que el ala izquierda, revolucionaria, de la S.F,I.O. se convierte poco a poco en el laboratorio en que se forman las consignas y los métodos de la lucha proletaria. Si ese ala se fortifica y se templa, podrá llegar a ser el factor decisivo para actuar sobre los obreros comunistas. Sólo por este camino es posible la salvación. De lo contrario, la situación estaría definitivamente perdida, si el ala revolucionaria del Partido Socialista cayera en el sistema de engranajes que con el nombre de aparato de la Internacional Comunista sirve para despedazar las columnas vertebrales y las personalidades, para hacer perder el hábito de pensar y para enseñar a obedecer ciegamente; este sistema es francamente funesto para formar revolucionarios.

¿Están ustedes contra la unidad orgánica? , nos preguntarán, no sin indignación algunos camaradas.

No, no estamos contra la unidad. Pero estamos contra el fetichismo, la superstición y el enceguecimiento. La unidad no resuelve nada por sí sola. La socialdemocracia austríaca reunía a su alrededor a casi todo el proletariado, pero solo para llevarlo a la derrota. El Partido Obrero Belga tiene todo el derecho de decirse el único partido del proletariado, pero eso no impide que vaya de capitulación en capitulación. Solo personas de una tontería sin esperanzas pueden esperar que el Partido Laborista, que domina completamente en el proletariado británico. sea capaz de asegurar la victoria de éste último. Lo que decide no es la unidad en sí misma, sino su contenido político real.

Si hoy mismo la S.F.I.O. se uniera al Partido Comunista, esto no aseguraría la victoria más de lo que la asegura el Frente Unico: solo una justa política revolucionaria puede dar la victoria. Pero estamos dispuestos a reconocer que la unificación facilitaría, en las actuales condiciones, el reagrupamiento y la reunión de los elementos verdaderamente revolucionarios dispersos en ambos partidos. Es en este sentido —y sólo en este sentido-— que la unificación podría ser un paso adelante.

Pero la unificación —digámoslo aquí mismo— seria un paso atrás, peor aún, un paso hacia el abismo, si la lucha contra el oportunismo en el partido unificado se dirigiera siguiendo el camino de la Internacional Comunista. El aparato estalinista es capaz de explotar una revolución victoriosa, pero es orgánicamente incapaz de asegurar la victoria de una nueva revolución. Es conservador hasta la médula de los huesos. Repitámoslo una vez más: la burocracia soviética tiene tanto que ver con el antiguo partido bolchevique como la burocracia del Directorio y del Consulado con el jacobinismo.

La unificación de los dos partidos no nos hará avanzar más que si está libre de ilusiones, de enceguecimiento y de puro engaño.

Para no caer víctimas de la enfermedad de la Internacional Comunista, los socialistas de izquierda necesitan una seria inoculación de leninismo. Es precisamente por esto que, entre otros, nosotros seguimos con un ánimo tan atento y critico la evolución de los grupos de izquierda. Algunos se sienten ofendidos por nosotros. Pero pensamos que en el terreno revolucionario las reglas de responsabilidad son incomparablemente más importantes que las reglas de cortesía. La critica dirigida contra nosotros, también la apreciamos desde un punto de vista revolucionario y no sentimental.

Dictadura del proletariado

Zyromski, en una serie de artículos, ha intentado indicar los principios fundamentales del futuro partido unificado. Esta es una cuestión mucho más seria que repetir frases generales sobre la unidad, a la manera de Lebas. por desgracia, Zyromski da en sus artículos un paso desde el centrismo reformista, no hacia el leninismo sino hacia el centrismo burocrático (estalinismo). Esto aparece del modo más claro, como lo vamos a demostrar, en la cuestión de la dictadura del proletariado.

Por alguna razón, Zyromski repite con particular insistencia en una serie de artículos -invocando por otra parte a Stalin como fuente original— la idea de que “la dictadura del proletariado jamás puede ser considerada como un objetivo”. ¡Cómo si existieran en cualquier parte del mundo teóricos insensatos que pensaran que la dictadura del proletariado es un “objetivo en si”! Pero en estas extrañas repeticiones, hay una idea: Zyromski pide disculpas de antemano, por decirlo así, ante los derechistas, por querer la dictadura. Por desgracia, es difícil establecer la dictadura si uno empieza pidiendo disculpas.

Mucho peor, sin embargo, es la idea siguiente: “Esta dictadura del proletariado... debe aflojarse y transformarse progresivamente en democracia proletaria a medida que se desarrolla la edificación socialista”. En estas pocas líneas, hay dos profundos errores de principio. La dictadura del proletariado es opuesta, allí, a la democracia proletaria. Sin embargo, la dictadura del proletariado por su propia esencia, puede y debe ser la suprema expansión de la democracia proletaria. Para realizar una grandiosa revolución social, el proletariado necesita la manifestación suprema de todas sus fuerzas y de todas sus capacidades: se organiza democráticamente precisamente para terminar con sus enemigos. La dictadura debe, según Lenin, “enseñar a cada cocinera a dirigir’ el Estado”. La espada de la dictadura está dirigida contra los enemigos de clase; la base de la dictadura está constituida por la democracia proletaria.

Para Zyromski, la democracia proletaria viene a reemplazar a la dictadura “a medida que se desarrolla la edificación socialista”. Se trata de una perspectiva absolutamente falsa. A medida que la sociedad burguesa se transforma en sociedad socialista, la democracia socialista va desapareciendo con la dictadura, pues el propio Estado va desapareciendo. En la sociedad socialista no habrá lugar para la “democracia proletaria”; en primer lugar, por ausencia de proletariado; y en segundo, por ausencia de la necesidad de la violencia estatal. Es por eso que el desarrollo de la sociedad socialista debe significar no la transformación de la dictadura en democracia, sino su disolución común en la organización económica y cultural de la sociedad socialista.

Adaptación a la burocracia estalinista

 No nos hubiéramos detenido en este error, si el mismo hubiera tenido un carácter puramente teórico. En realidad, tras él se esconde un intento político. Zyromski intenta adaptar al régimen actual de la burocracia soviética la teoría de la dictadura del proletariado que, según su propia confesión, ha tomado prestada de Dan. Por otra parte, cierra los ojos conscientemente ante esta cuestión: ¿por qué, a pesar de los enormes éxitos económicos de la URSS, la dictadura proletaria no evoluciona hacia la democracia sino hacia un burocratismo monstruoso, que toma definitivamente el carácter de un régimen personal” ¿Por que, “a medida que se desarrolla la edificación socialista”, se ahoga a! partido, se ahoga a los soviets, se ahoga a los sindicatos? Es imposible contestar estas preguntas sin una crítica decidida del estalinismo. Pero esto es precisamente lo que Zyromski quiere evitar a cualquier costo.

Empero, el hecho de que una burocracia independiente y descontrolada haya usurpado la defensa de las conquistas sociales de la revolución proletaria, testimonia que estamos ante una dictadura enferma, en degeneración, que Si se la deja abandonada a sí misma, conducirá no a la “democracia proletaria”, sino a! derrumbe completo del régimen soviético.

Solo la revolución en Occidente puede salvar de la ruina a la Revolución de Octubre. La teoría del “socialismo en un solo país” es falsa en todas sus bases. El programa de la Internacional Comunista no vale más. Adoptar ese programa, significaría hacer descarrilar al tren de la revolución internacional. La primera condición para el éxito del proletariado francés es la completa independencia de su vanguardia respecto de la burocracia soviética, nacional y conservadora. Por supuesto, el Partido Comunista tiene derecho a proponer el programa de la Internacional Comunista coma base de la unificación: no puede ofrecer otro. Pero los marxistas revolucionarios, conscientes de su responsabilidad por la suerte del proletariado, deben someter el programa de Bujarin-Stalin a una critica implacable. La unidad es una cosa magnífica, pero no sobre una base podrida. La tarea progresiva consiste en reunir a los obreros socialistas y comunistas sobre la base del programa internacional de Marx y de Lenin. Los intereses del proletariado mundial tanto corno los intereses de la URSS (no hay diferencia entre dos) exigen la misma lucha contra el reformismo y contra el estalinismo.

La JV Internacional

 Las dos Internacionales, no solo la Segunda sino también la Tercera, están enfermas hasta los tuétanos. Hay pruebas históricas, que no mienten. Los grandes acontecimientos (China, Inglaterra, Alemania, Austria, España) han dada su veredicto. Ante ese veredicto, confirmado en el Sarre, ya no hay apelación posible. La construcción de una nueva Internacional, que se apoye en la trágica experiencia de los últimos diez años, está a la orden del día. Naturalmente, esta tarea grandiosa está estrechamente ligada a toda la marcha de la lucia de clase del proletariado, en especial, a la lucha contra el fascismo en Francia. Para vencer al enemigo, la vanguardia del proletariado debe asimilar los métodos marxistas revolucionarios, incompatibles con el oportunismo y con el staiinismo. ¿Logrará cumplir esta tarea? Hace tiempo, Engels escribió: “los franceses siempre muestran lo mejor de si mismos en la proximidad de los combates”. Esperemos que esta vez justifiquen ampliamente la apreciación de nuestro gran maestro. Pero la victoria del proletariado francés no puede concebirse más que si, del fuego de la lucha, surge un partido verdaderamente revolucionario, que se convierta en la piedra angular de la nueva Internacional. Esta sería la vía mas corta, la más ventajosa, la más favorable para la revolución internacional.

Sería una estupidez afirmar que está asegurada. Si la victoria es posible, la derrota, lamentablemente tampoco está excluida. La política actual del Frente Unico, como la de las dos organizaciones sindicales, no facilita sino obstaculiza la victoria. Es absolutamente evidente que en caso de aplastamiento del proletariado francés sus dos partidos desaparecerían definitivamente de la escena. La necesidad de una nueva Internacional, fundada sobre nuevas bases. se haría entonces evidente para todo obrero. Pero también es absolutamente evidente que la edificación de la IV Internacional, en caso de triunfo del fascismo en Francia, encontraría más obstáculos, marcharía con extrema lentitud y el centro de todo el trabajo revolucionario pasaría, según todo lo indica, a America.

Asi, las dos variantes históricas —la victoria y la derrota del proletariado francés— conducen igualmente, aunque con ritmos diferentes, por el camino de la IV Internacional. Es precisamente esta tendencia histórica la que explican los bolcheviques-leninistas. El aventurerismo en todas sus formas nos es extraño. No se trata de “proclamar” artificialmente la IV Internacional, sino de construirla sistemáticamente. Hay que mostrar y demostrar a los obreros avanzados, mediante la experiencia de los acontecimientos, que los programas y los métodos de las dos internacionales se encuentran en contradicción insuperable con las exigencias de la revolución proletaria y que esas contradicciones no tienden a desaparecer, sino por el contrario, crecen sin cesar. De este análisis surge la única línea general posible: es necesario preparar teórica y prácticamente la IV Internacional.

Jacques Doriot o el cuchillo sin hoja

En febrero se realizó una conferencia internacional de varias organizaciones que no pertenecen ni a la II ni a la III Internacional! (dos partidos holandeses, el S.A.P. alemán, el I.L.P. británico, etc.). A excepción de los holandeses, que tienen las posiciones del marxismo revolucionario, todos los otros participantes representan diferentes variedades (en su mayoría, muy conservadoras) del centrismo. J. Doriot, que participó en esta conferencia, escribe en su informe: “En el momento en que la crisis del capitalismo aporta la estrepitosa verificación de las tesis del marxismo... los partidos creados en nombre del marxismo, sea por la II o por la III Internacional, han fracasado todos en su misión”. No nos detendremos sobre el hecho de que el propio Doriot, en el curso de una lucha de diez años contra la Oposición de Izquierda, ayudó a descomponer a la Internacional Comunista. No recordaremos, en particular, el triste papel de Doriot con respecto a la revolución China. Tomemos nota simplemente de que en febrero- de 1935, Doriot ha comprendido y reconocido el fracaso de la II y de la III Internacional. ¿Extrae de ahí la necesidad de construir la nueva Internacional? Hacer semejante suposición sería conocer mal lo que es el centrismo. Sobre la idea de la nueva Internacional, Doriot escribe: “Esta idea del trotskismo ha sido formalmente condenada por la Conferencia”. Doriot se deja arrastrar por el entusiasmo, cuando habla de la “condenación formal”, pero es cierto que la Conferencia, contra los dos delegados holandeses, ha rechazado la idea de La IV Internacional. ¿Cuá1 es, entonces, el programa real de la Conferencia? No tener ningún programa. En su trabajo cotidiano, los participantes de la Conferencia se mantienen al margen de las tareas internacionales de la revolución proletaria y piensan muy poco en ellas. Pero, cada año y medio, realizan un congreso para aliviar sus corazones y declarar: “La II y la III Internacionales han fracasado”. Después de haber sacudido tristemente sus cabezas, se separan. Más bien habría que llamar a esta “organización”: Buró para la celebración anual de un servicio fúnebre por la II y la III Internacional.

Estas venerables personas creen ser “realistas”, “tácticos” y quizás hasta “marxistas”. No hacen más que repartir aforismos:

“No hay que anticiparse”, “Las masas aún no han comprendido” etc. Pero entonces, ¿por qué se anticipan ustedes mismos constatando la bancarrota de las dos Internacionales, Si las masas aún no lo han comprendido? Y las masas que lo han comprendido —sin su ayuda— votan por... Hitler (Sarre). ¿Ustedes subordinan la preparación de la IV Internacional a un “proceso histórico”? Los marxistas se han esforzado siempre por estar a la cabeza del proceso histórico. ¿Qué parte representan exactamente ustedes?

“Las masas no han comprendido aún”. Pero las masas no son homogéneas. Las ideas nuevas son asimiladas primero por los elementos avanzados y, por su intermedio, penetran en las masas. Si ustedes mismos, sabios altaneros, han comprendido la necesidad y la ineluctabilidad de la IV Internacional, ¿cómo pueden entonces ocultar esta conclusión a las masas? Peor aún: después de haber reconocido el fracaso de las Internacionales existentes, Doriot “condena” (! ! ! ) la idea de una nueva Internacional. ¿Qué perspectiva práctica da entonces a la vanguardia revolucionaria? ¡Ninguna! Pero esto significa sembrar la confusión, el desorden y la desmoralización.

Tal es la naturaleza del centrismo. Hay que comprender esta naturaleza hasta el final. Bajo la presión de las circunstancias, un centrista puede ir muy lejos en el análisis, la apreciación, la critica: en este terreno, los jefes del S.A.P. que dirigieron la conferencia de la que acabamos de hablar, repiten muy escrupulosamente mucho de lo que los bolcheviques-leninistas han dicho hace dos, tres a diez años. Pero el centrista siempre se detiene temerosamente ante las conclusiones revolucionarias. ¿Celebrar en familia un servicio fúnebre por la Internacional Comunista? ¿Por qué no? pero, ¿empeñarse en la preparación de una nueva Internacional? No... más bien, “condenar” a! trotskismo.

Doriot no tiene ninguna posición. Y no quiere tenerla. Después de la ruptura con la burocracia de la Internacional Comunista, hubiera podido jugar un papel progresivo y serio. Pero, hasta ahora ni siquiera se ha aproximado a ello. Huye de las tareas revolucionarias. Ha elegido como maestros a los jefes del S.A.P. ¿Quiere enrolarse definitivamente en la corporación de los centristas? ¡Que sepa que un centrista es un cuchillo sin hoja!

CONCLUSION

La relación de fuerzas

“Esperar”, “hacer durar”, “ganar tiempo”: tales son las consignas de los reformistas, de los pacifistas, de los sindicalistas, de los estalinistas. Esta política se alimenta de la idea de que el tiempo trabaja para nosotros. ¿,Es verdad esto? ¡Es radicalmente falso! Si, en una situación prerrevolucionaria, no llevamos adelante una política revolucionaria, entonces el tiempo trabaja contra nosotros.

A pesar de los himnos huecos en honor del Frente Unico, la relación de fuerzas se ha modificado en el último año, en detrimento del proletariado. ¿or qué? Marceáu Pivert ha dado una respuesta exacta a esta pregunta en su artículo: “Todo espera” (Le Populaire del 18 de marzo de 1935). Dirigidas desde bambalinas por el capital financiero, todas las fuerzas y todos los destacamentos de la reacción llevan una política incesante de ofensiva, invaden nuevas posiciones, las refuerzan y siguen adelante (industria, agricultura, enseñanza, prensa, justicia, ejército). Del lado del proletariado, no hay más que frases sobre la ofensiva; en los hechos, ni siquiera hay defensiva. Las posiciones no son reforzadas, sino que se hunden sin combatir o se preparan para rendirse.

La relación política de fuerzas está determinada no solo por los datos objetivos (rol en la producción, número, etc.), sino también subjetivos: La conciencia de la propia fuerza es el elemento más importante de fuerza real. Mientras que el fascismo eleva día a día la confianza de los pequeño-burgueses desclasados en sí mismos, los grupos dirigentes del Frente Unico debilitan la voluntad del proletariado. Los pacifistas, discípulos de Buda y Gandhi, pero no de Marx y Lenin, se ejercitan predicando contra la violencia, contra el armamento, contra la lucha física. Los estalinistas predican en el fondo lo mismo, invocando solamente la “situación no revolucionaria”. Entre los fascistas y los pacifistas de todos los matices .se estableció una división del trabajo: unos refuerzan el campo de la reacción; los otros debilitan el campo de la revolución. ¡Esta es la verdad no camuflada!

¿Esto significa que la situación es desesperada?¡Oh, no!

Dos factores importantes actúan contra los reformistas y contra los estalinistas. En primer lugar: los ejemplos recientes de Alemania, de Austria, de España, están ante los ojos de todos; los obreros está alarmados, los reformistas y los stalinistas, turbados. En segundo lugar: los marxistas han logrado plantear a tiempo ante la vanguardia proletaria los problemas de la revolución.

Los bolcheviques-leninistas están lejos de querer exagerar su número. Pero la fuerza de sus consignas proviene de que reflejan La lógica del desarrollo de la situación pre-revolucionaria actual. En cada etapa, los acontecimientos confirman nuestro análisis y nuestra crítica. El ala izquierda del Partido Socialista crece. En el Partido Comunista la crítica es ahogada, como antes. Pero el crecimiento del ala revolucionaria en la S.F.I.O. abrirá inevitablemente una brecha en la mortal disciplina burocrática de los stalinistas: los revolucionarios de ambos partidos se tenderán las manos para trabajar en común.

Nuestra regla permanece como siempre: decir la verdad. Este es el mayor servicio que puede rendirse actualmente a la causa de la revolución. Las fuerzas del proletariado no están agotadas. La pequeña burguesía aún no ha hecho su elección. Se ha perdido mucho tiempo, pero todavía no se han cumplido los últimos plazos.

¡La victoria es posible! Más aún: la victoria está asegurada —en la medida en que la victoria pueda estar asegurada de antemano— con una sola y única condición: hay que querer la victoria, hay que aspirar a la victoria, hay que derribar los obstáculos, hay que voltear al enemigo y ponerle la rodilla en el pecho.

¡Camaradas, amigos, hermanos y hermanas! ¡Los bolcheviques-leninistas os llaman a la lucha y a la victoria!.

 

 

 

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[1] Es muy característico de la burocracia obrera pequeño burguesa asustada, sobre todo de los estalinistas, haberse aliado con los radicales “para luchar contra el fascismo”, después que los radicales hubieron demostrado su completa incapacidad para luchar contra el fascismo. El acuerdo electoral con los radicales, que era un crimen desde el punto de vista dé los intereses históricos del proletariado, tenía por lo menos un sentido práctico en los marcos restringidos del parlamentarismo. La alianza extraparlamentaria con los radicales contra el fascismo es no solo un crimen, sino también una idiotez.

[2] Anotemos al pasar que el marxismo no ignora en absoluto elementos tales como la tradición y el temperamento nacional. La dirección fundamental del desarrollo está determinada, evidentemente, por la marcha de su lucha de clases. Pero las formas del movimiento, su ritmo, etc., pueden variar mucho bajo la influencia del temperamento y de las tradiciones nacionales que, a su vez, se han formado en el pasado bajo la influencia de la lucha de clases.

[3] Gavroche: Sobrenombre de 105 impetuosos grupos juveniles del París revolucionario

[4] El programa de la Internacional Comunista fue escrito por Bujarin, quien poco después fue oficialmente declarado “liberal burgués”. En su ‘Testamento’, Lenin juzgó necesario prevenir que Bujarin no dominaba el marxismo, pues su pensamiento estaba penetrado de escolástica. He realizado una critica del programa ecléctico de la Internacional Comunista en mi libro: La Internacional Comunista después de Lenin. Hasta el presente, esa critica permanece sin respuesta

[5] Este folleto: ¿Quién dirige hoy la Internacional Comunista? esta reproducido en La Internacional Comunista después de Lenin


 



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