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¿Cuánto tiempo puede durar Hitler?

 

Escrito el 22 de junio de 1933, fue publicado en The American Mercury., enero de 1934, aunque había sido traducido para Class Struggle, septiembre-octubre y noviembre de 1933.

 

Después de un incendio es difícil arreglar las cosas de nuevo. Es aun más difícil después de una gran derrota política determinar el camino de nuevo. A regañadientes, los partidos admiten que han sido vencidos, en especial si una gran parte de la culpa por la derrota reside en ellos.

 

Cuanto mayor es la magnitud de la derrota, más difícil es para el pensamiento político saltar a nuevas posiciones, desarrollar una nueva perspectiva y subordinar a ella la dirección y el ritmo del trabajo posterior. La historia de la ciencia militar, como la historia de la lucha revolucionaria, registra un gran número de derrotas suplementarias producto de que la dirección, al no haber valorado la dimensión de la derrota fundamental, intentaba enmascararla con ataques extemporáneos. En la guerra, los intentos criminales de este tipo conducen a una destrucción masiva de fuerzas vivas, ya minadas moralmente por los reveses anteriores. En la lucha revolucionaria, los elementos más combativos, ya desgajados de las masas por las derrotas anteriores, caen víctimas de aventuras.

La actual catástrofe de Alemania es, indudablemente, la mayor derrota de la clase obrera en la historia. Tanto más urgente, por tanto, se vuelve un cambio estratégico total, pero tanto más obstinada es, por otra parte, la resistencia de la burocracia del partido. Ésta etiqueta como «derrotistas» no a quienes trajeron la derrota —estaría obligada a nombrarse a sí misma-, sino a quienes extraen las conclusiones políticas necesarias del hecho de la derrota. La lucha que se despliega ahora sobre la cuestión de las perspectivas del desarrollo político de Alemania tiene una significación excepcional para el destino de Europa y de todo el mundo.

 

A este respecto, omitiremos de nuestra consideración a la socialdemocracia: la repugnante descomposición de este partido no le deja ninguna posibilidad ni siquiera para maniobras de prestigio burocrático. Los dirigentes ni siquiera se esfuerzan por aparentar que tienen ideas o planes. Después de haber perdido por completo sus cabezas políticamente, su preocupación se dirige a salvarlas físicamente. Esa gente ha estado preparando su deshonrosa derrota mediante toda su política desde el comienzo de la guerra imperialista.

 

Sólo la orientación del partido comunista tiene ahora interés político. Como organización de masas, está completamente arruinada. Pero se mantiene el aparato central, que publica literatura ilegal y en la emigración, que convoca en el exterior congresos antifascistas y desarrolla planes para la lucha contra la dictadura de los nazis. Todos los vicios de los estados mayores derrotados encuentran en este aparato su expresión insuperable.

 

«Los fascistas son califas por una hora», escribe el órgano oficial de la Comintern. «Su victoria no es eterna, y después le seguirá rápidamente la revolución proletaria... La lucha por la dictadura del proletariado está a la orden del día en Alemania.» Cediendo terreno constantemente, entregando todas las posiciones, perdiendo a sus propios adherentes, el aparato sigue reiterando que la oleada antifascista asciende, que su espíritu se eleva, que es necesario estar preparado para una insurrección, si no mañana, en algunos meses. La fraseología optimista se ha convertido en un medio de autoconservación política para el estado mayor batido. El peligro de un optimismo espurio es tanto mayor cuanto más profundamente se sumerge en las tinieblas la vida interior del proletariado alemán: no hay ni sindicatos, ni elecciones parlamentarias, ni obligaciones como afiliados, ni circulación de periódicos; ningún dato que aparezca, cualquiera que sea, puede controlar las consecuencias de una política errónea ni perturbar la ecuanimidad de los dirigentes.

 

La principal razón para reafirmar el pronóstico consiste en que Hitler «no cumplirá sus promesas». ¡Como si Mussolini hubiese realizado su fantástico programa para mantenerse en el poder durante más de diez años! Una revolución no es un castigo automático para estafadores, sino un fenómeno social complejo que aparece sólo cuando se dan una serie de condiciones históricas. Las recordaremos una vez más: el aturdimiento y la división de las clases dominantes; la indignación de la pequeña burguesía y su pérdida de fe en el orden existente; la actividad combativa creciente de la clase obrera; por último, una política correcta del partido revolucionario -tales son los prerrequisitos inmediatos para una revolución. ¿Se dan?

 

Durante los dos años pasados, las clases poseedoras de Alemania se han encontrado en un estado de guerra cruel y sanguinaria. Ahora, todas ellas -aunque con el corazón postrado- se someten al fascismo. El antagonismo entre los agrarios y los industriales, así como entre grupos separados de industriales, no ha desaparecido; pero se puede estar seguro de que pronto se habrá arreglado.

 

La pequeña burguesía de Alemania hervía como un caldero en el último período. Incluso en su delirio nacionalista, existía un elemento de peligro social. Ahora está unida en torno a un gobierno que se elevó sobre sus espaldas y la disciplinó mediante una organización puramente militar que surgió de su seno. Las clases medias se han convertido en el pilar fundamental del orden. La conclusión es irrefutable: en lo que respecta a la gran y pequeña burguesía, los prerrequisitos de un éxito revolucionario han pasado, o, lo que es lo mismo, se han desplazado hasta un futuro indefinido.

 

Por lo que toca a la clase obrera, la situación no es menos clara. Si hace unos cuantos meses se sentía, por culpa de su dirección, incapaz de defender sus potentes posiciones legales del asalto de la contrarrevolución, está infinitamente menos preparada para asaltar las potentes posiciones legales del fascismo. Los factores materiales y morales han cambiado aguda y profundamente la relación de fuerzas en desventaja del proletariado. Pero ¿es necesario todavía demostrarlo? No más favorable es el estado de cosas en el terreno de la dirección: el partido comunista no existe; su aparato, privado del aire fresco de la crítica, está estrangulado en una profunda lucha interior. ¿En qué sentido, pues, puede decirse que «la lucha por la dictadura del proletariado está a la orden del día en Alemania»? ¿Qué se quiere dar a entender aquí por «día»?

 

No es difícil barruntar las explicaciones, sinceras e hipócritas, de nuestro pesimismo, nuestro escepticismo sobre las fuerzas creadoras de la revolución, etc. ¡Reproches baratos! Sabemos, no menos que los demás, que el fascismo defiende una causa históricamente perdida. Sus métodos pueden producir resultados tremendos pero inestables. Sólo aquellas clases que se han sobrevivido pueden ser abatidas por la violencia. Pero el proletariado ha sido siempre la principal fuerza productiva de la sociedad. Puede ser descalabrada durante un tiempo, pero esclavizarla para siempre es imposible, Hitler promete «reeducar» a los obreros, pero está obligado a emplear métodos pedagógicos que no se utilizan ni siquiera para adiestrar a los perros. El fascismo se romperá inevitablemente el pescuezo contra la hostilidad irreconciliable de los obreros. Pero ¿cómo y cuándo? La perspicacia histórica general no elimina la cuestión candente de la política: ¿qué hay que hacer ahora y, especialmente, qué no hay que hacer para preparar y acelerar el aplastamiento del nacionalsocialismo?

 

Confiar en el inmediato efecto revolucionador de las represiones fascistas y en la necesidad material es poner de manifiesto un materialismo vulgar. Ciertamente, «el ser determina la conciencia». Pero eso no significa en modo alguno una dependencia directa y mecánica de la conciencia respecto a las circunstancias externas. La existencia se refleja en la conciencia según las leyes de la conciencia. El mismo hecho objetivo puede tener un efecto político diferente, a veces opuesto, según la situación general y los acontecimientos precedentes. Así, en la marcha del desarrollo de la humanidad, la represión provocó frecuentemente la indignación revolucionaria. Pero tras el triunfo de la contrarrevolución, no hace más que frustrar el último destello de protesta. La crisis económica puede acelerar la explosión revolucionaria, y eso ha ocurrido más de una vez en la historia; pero si estalla sobre el proletariado después de una grave derrota política, la crisis sólo puede agravar el proceso de descomposición. Planteémoslo más concretamente. No esperamos consecuencias revolucionarias inmediatas para Alemania de la profundización posterior de la crisis industrial.

Sin duda, la historia registra que una recuperación industrial persistente ha dado con frecuencia ventaja a las corrientes oportunistas dentro del proletariado. Pero tras un prolongado período de crisis y reacción, la coyuntura ascendente puede, por el contrario, elevar el nivel de actividad de los obreros e impulsarlos hacía el camino de la lucha. Consideramos esta variante como la más plausible en muchos aspectos.

 

Sin embargo, el centro de gravedad no reside en la actualidad en la previsión coyuntural. Cambios sicológicos importantes de masas de millones de individuos exigen intervalos prolongados: éste debería ser el punto de partida. Una interrupción en la coyuntura, choques en las filas de las clases poseedoras, complicaciones internacionales pueden tener y tendrán sus efectos sobre los obreros.

Pero los acontecimientos externos no pueden anular sencillamente las leyes internas de la conciencia de las masas, no pueden permitir al proletariado borrar de una vez las consecuencias de la derrota y empezar de ese modo una nueva página en el libro de la lucha revolucionaria. Aun cuando, debido a una coyuntura extraordinariamente favorable de condiciones interiores y exteriores, el comienzo del cambio se manifestase después de un intervalo excepcionalmente corto, digamos en un año o dos, la cuestión de cuál debe ser nuestra política seria la misma durante los próximos doce o veinticuatro meses, mientras la contrarrevolución todavía haría conquistas ulteriores. Una táctica realista no puede desarrollarse sin una perspectiva correcta. No puede haber ninguna perspectiva correcta sin comprender que no es una maduración de la revolución proletaria lo que tiene lugar ahora en Alemania, sino una profundización de la contrarrevolución fascista. ¡Y no es lo mismo!

 

La burocracia, incluida la revolucionaria, olvida con demasiada faci­lidad que el proletariado no es sólo un objeto, sino también un sujeto de la política. Golpeándole la cabeza, los nazis pretenden convertir a los obreros en homúnculos del racismo. La dirección de la Comintern, por el contrario, considera que los golpes de Hitler harán a los obreros comunistas obedientes. Ambos cálculos son erróneos. Los obreros no son arcilla en manos del alfarero. No comienzan cada vez toda la historia de nuevo. Odiando y despreciando a los nazis, están inclinados, no obstante, menos que nada a volver a la política que les condujo a las garras de Hitler. Los obreros se sienten engañados y traicionados por su propia dirección. No saben qué hay que hacer, pero saben lo que no hay que hacer. Están indeciblemente afligidos, y quieren romper el círculo vicioso de confusión, amenazas, mentiras y fanfarronería, para desviarse, sumergirse, esperar que la tormenta los golpee, apoyarse en la necesidad de decidir sobre las cuestiones que tienen tras ellos. Necesitan tiempo para curar las heridas de la desilusión. El nombre generalizado de este estado es indiferencia política. Las masas caen en una pasividad irascible. Una parte, y no pequeña, encuentra cobijo en las organizaciones fascistas. No es permisible, por supuesto, colocar el paso demostrativo al lado del fascismo de políticos individuales en el mismo plano que la entrada anónima de obreros en las organizaciones obligatorias de la dictadura. El primero es una cuestión de carrerismo; la segunda, de disimulo protector, de resignación al jefe. Sin embargo, el hecho del desplazamiento masivo de obreros bajo la bandera de la svástica es una evidencia irrefutable del sentimiento de desamparo que se ha apoderado del proletariado. La reacción ha penetrado lisamente en los huesos mismos de la clase obrera. Esto no es por un solo día.

 

En esta situación general, la ruidosa burocracia del partido, que nada olvida ni nada aprende, representa un evidente anacronismo político. Los obreros están asqueados de la infalibilidad oficial. El vacío se extiende alrededor del aparato. El obrero no quiere, además del látigo de Hitler, ser fustigado por el látigo del falso optimismo. Quiere la verdad. La atroz discordancia entre la perspectiva oficial y el verdadero estado de cosas sólo introduce un elemento adicional de desmoralización en las filas de los obreros avanzados.

Lo que se llama radicalización de las masas es un complejo proceso molecular de la conciencia colectiva. Para volver al camino, los obreros deben comprender ante todo lo que ha pasado. La radicalización es impensable si la masa no ha asimilado su propia derrota si su vanguardia, en cualquier caso, no ha vuelto a valorar críticamente el pasado y se ha elevado por encima de la derrota a un nuevo estadio.

 

Este proceso aún no ha empezado. La prensa del aparato está obligada a admitir, entre dos alaridos optimistas, que los nazis no sólo continúan reforzando su posición en los pueblos, arrojando a los comunistas y poniendo al rojo vivo el odio de los campesinos hacia los obreros, sino que también en la industria prosigue la eliminación de los obreros comunistas que quedaban, sin que, por otra parte, se presente ninguna resistencia. No hay nada inesperado en todo esto. El bando derrotado sufre las consecuencias de la derrota.

Frente a estos hechos, la burocracia, en busca de un apoyo para su perspectiva optimista, se lanza de su subjetivismo innato a un fatalismo total. Aunque el estado de ánimo de las masas decaiga, aseguran, el hitlerismo reventará de cualquier modo como resultado de sus propias contradicciones. Sólo ayer se consideraba que todos los partidos en Alemania -desde los nazis hasta los socialdemócratas- eran sólo variedades de fascismo y llevaban a cabo el mismo programa. Ahora todas las esperanzas se dirigen a las contradicciones en el interior del campo gobernante.

 

Los nuevos errores de previsión política no son menos toscos que los antiguos. La «oposición» a los nazis de los viejos partidos capitalistas no es otra cosa que la resistencia instintiva del enfermo a quien un ejército barbero-cirujano va a extraer los dientes podridos. La policía, por ejemplo, ha ocupado todas las sedes del Partido Nacionalista Alemán. Los acontecimientos se suceden según el plan. El conflicto entre Hugenberg y Hitler no será más que un episodio en el camino de concentrar todo el poder en las manos de Hitler. Para realizar su tarea, el fascismo debe fusionarse con el aparato estatal.

 

Es muy probable que muchos miembros de las tropas fascistas ya estén descontentos: ni siquiera se les dejó saquear a gusto. Pero no importa cuán agudas formas pueda adoptar este descontento, no puede convertirse en un factor político serio. El aparato gubernamental aplastará uno a una a los pretorianos díscolos, reorganizará los destacamentos infieles, corromperá a sus cumbres. El apaciguamiento de las masas de la pequeña burguesía, hablando en general, es absolutamente inevitable. Pero tendrá lugar en diferentes momentos y con formas distintas. En algunos casos, llamaradas de descontento pueden preceder el retorno a los bajos fondos de los estratos inferiores traicionados por el fascismo. Esperar una iniciativa revolucionaria independiente de esta procedencia está en todos los casos fuera de cuestión.

 

Los comités de fábrica nacionalsocialistas dependen infinitamente menos de los obreros que los comités de fábrica reformistas en su momento. Cierto, en la atmósfera de recuperación incipiente, incluso los comités de fábrica fascistas pueden convertirse en puntos de apoyo para el avance de la clase obrera. El 9 de enero de 1905, las organizaciones obreras creadas por la Ockrana zarista se volvieron durante un día en fermento de la revolución. Pero justamente ahora, cuando los obreros alemanes atraviesan una penosa descomposición y decepción, es absurdo esperar que se comprometan en una lucha seria bajo la dirección de los burócratas fascistas. Los comités de fábrica serán elegidos desde arriba y adiestrados como instrumentos para la traición y represión de los obreros.

 

¡No al autoengaño! Una derrota encubierta con ilusiones significa la ruina. La salvación reside en la claridad. Sólo una crítica despiadada de todos los errores y faltas puede preparar la gran revancha.

 

Se puede considerar probado por la experiencia que el fascismo alemán actúa a un ritmo más rápido que el fascismo italiano no sólo porque Hitler puede tomar ventaja de la experiencia de Mussolini, sino principalmente a causa de la superior estructura social de Alemania y de la mayor agudeza de sus contradicciones. Se puede concluir de esto que el nacionalsocialismo en el poder se desgastará más pronto que su precursor italiano. Pero aun degenerando y descomponiéndose, el nacionalsocialismo no puede caer por sí mismo. Tiene que ser derrocado. El cambio del régimen político en la Alemania actual no puede realizarse sin una insurrección. Ciertamente, para tal insurrección no existe en la actualidad ninguna expectativa directa e inmediata; pero no importa cuán tortuoso sea el sendero que tome el desarrollo, conducirá inevitablemente a que la insurrección se abra camino.

 

Como se sabe, la pequeña burguesía es incapaz de una política revolucionaria independiente. Pero la política y los estados de ánimo de la pequeña burguesía no son en absoluto indiferentes para el destino del régimen creado con su ayuda. La decepción y el descontento de las clases intermedias convertirá al nacionalsocialismo, como ya convirtieron al fascismo italiano, de un movimiento popular en un aparato policiaco. No importa lo fuerte que pueda ser en sí mismo, el aparato no puede sustituir la corriente viva de la contrarrevolución que penetra a la sociedad por todos los poros. La degeneración burocrática del fascismo significa, de ese modo, el principio de su fin.

 

En este estadio, sin embargo, tiene que manifestarse una nueva dificultad. Bajo la influencia de la derrota, los centros inhibidores del proletariado están hipertrofiados. Los obreros se vuelven prudentes, desconfiados y expectantes. Aun cuando haya cesado la erupción volcánica de la reacción, la lava endurecida del Estado fascista recuerda demasiado amenazadoramente lo que se ha pasado. Tal es la situación política en la Italia actual. Copiando la terminología de la economía, se puede decir que la decepción y el descontento de la reacción pequeñoburguesa prepara el momento en que la aguda crisis del movimiento obrero se convertirá en una depresión que luego, en una fase determinada, dará paso a una recuperación. Intentar predecir ahora cómo y cuándo y bajo qué consignas empezará esta recuperación sería una labor completamente fútil: incluso las fases de un ciclo económico tienen siempre un carácter

«inesperado»; cuanto más las fases del desarrollo político.

 

Para un organismo que acaba de pasar una grave enfermedad, un tratamiento correcto es especialmente importante. Respecto a los obreros, sobre los que ha pasado la apisonadora del fascismo, una táctica aventurista producirá inevitablemente una recaída en la apatía. Asi., una especulación prematura de stocks conlleva con frecuencia una reaparición de la crisis. El ejemplo de Italia muestra que un estado de depresión po­lítica, especialmente con una dirección política errónea, puede durar años. Una política correcta exige que no se le impongan al proletariado líneas de avance artificiales, sino que las perspectivas y consignas de lucha se extraigan de la dialéctica viva del movimiento. Estímulos externos favorables pueden acortar mucho las diferentes fases del proceso: no es necesario en modo alguno que la depresión dure años como en Italia. Es imposible, sin embargo, saltarse las fases orgánicas del ascenso de las masas. Acelerar, sin pretender saltar ¡en eso reside todo el arte de la dirección revolucionaria! Una vez se quita de encima el peso plomizo del fascismo, el movimiento de la clase obrera puede tomar, en un período relativamente corto de tiempo, un gran alcance. Sólo después de eso, el descontento de la pequeña burguesía puede adquirir un carácter político progresivo y restablecer una situación favorable para la lucha revolucionaria.

 

Las clases dominantes tendrán que hacer frente al otro aspecto de este proceso. Habiendo perdido el apoyo de la pequeña burguesía, el Estado fascista se convertirá en un aparato de sujeción en el que no se puede confiar. Los políticas del capital tendrán que orientarse de nuevo. Las contradicciones entre las clases poseedoras saldrán a la superficie.

 

Frente a unas masas que pasan a la ofensiva, Hitler verá que tiene una retaguardia indigna de confianza. Se dará de este modo la situación revolucionaria inmediata, que anuncia la última hora del nacionalsocialismo.

 

Pero antes de que el proletariado pueda realizar grandes tareas, debe hacer el balance del pasado. Su fórmula más general es: los viejos partidos han sucumbido. Una pequeña minoría de obreros ya dice: es necesario preparar un nuevo partido. La repugnante debilidad de la socialdemocracia y la irresponsabilidad criminal del seudobolchevismo oficial arderán en la llama de la lucha. Los señores nazis han hablado de una raza de guerreros. Sonará la hora en que el fascismo chocará con una raza invencible de luchadores revolucionarios.

 



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