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El bonapartismo alemán

 

Escrito el 30 de octubre de 1932, fue publicado por primera vez en el Biulleten Oppozittsii, n.º 32, diciembre de 1932.

 

Las elecciones al Reichstag someten al gobierno «presidencial» a una nueva prueba crítica. útil es, por tanto, recordar su naturaleza social y política. Es precisamente mediante el análisis de semejantes fenómenos políticos concretos y, a primera vista, «repentinos», referentes al gobierno Papen-Schelicher, que el método marxista revela sus incalculables ventajas.

 

En una ocasión definimos al gobierno «presidencial» como una variedad de bonapartismo. Sería incorrecto ver en esta definición la ocasión resultante de querer hallar un nombre familiar para un fenómeno desconocido. La decadencia de la sociedad capitalista sitúa al bonapartismo -lado a lado con el fascismo, y parejo a él- de nuevo en el orden del día. Antes habíamos caracterizado el gobierno de Brüning como bonapartista. Luego, retrospectivamente, redujimos la definición a la mitad, como prebonapartista.

 

¿Qué dijeron a este respecto otros comunistas en general y otros grupos de «izquierda»? Aguardar un intento de definición científica de un fenómeno político nuevo de la dirección actual de la Comintern sería indudablemente ingenuo, por no decir disparatado. Los estalinistas colocan sencillamente a Papen en el campo fascista. Si Wels y Hitler son «gemelos», no merece la pena romperse la cabeza con una pequeñez como Papen. Esta es la misma literatura que Marx calificó de vulgar y que nos enseñó a despreciar. En realidad, el fascismo constituye uno de los dos campos principales de la guerra civil. Alargando el brazo hacia el poder, Hitler exigió ante todo que le entregase la calle durante setenta y dos horas. Hindenburg se negó. La tarea de Papen-Schleicher es evitar la guerra civil disciplinando amistosamente a los nacionalsocialistas y encade­nando al proletariado con los grilletes de la policía. La verdadera posibilidad de tal régimen está determinada por la debilidad relativa del proletariado.

 

El SAP se quita de encima la cuestión del gobierno Papen de la misma manera que otras cuestiones, mediante frases generales. Los brandleristas guardaron silencio sobre nuestra definición mientras el asunto se refería a Brüning, es decir, al período de incubación del bonapartismo. No obstante, cuando la caracterización marxista del bonapartismo se confirmó plenamente en la teoría y en la práctica del gobierno presidencial, los brandleristas hicieron pública su critica: la lechuza sabia de Thalheimar alza el vuelo a altas horas de la noche.

 

El Arbeitertribüne de Stuttgart nos enseña que el bonapartismo, al elevar al aparato policiaco-milítar sobre la burguesía para defender su dominación de clase frente a sus propios partidos políticos, debe ser apoyada por el campesinado y debe de emplear los métodos de la social -democracia. Papen no es sostenido por el campesinado y no aplica un programa seudorradical. Por lo tanto, nuestro intento de definir el gobierno de Papen como bonapartismo «no encaja en absoluto». Esto es duro, pero superficial.

¿Cómo definen los brandleristas al gobierno de Papen? En el mismo número del Arbeitertríbüne hay muy oportunamente anuncios de la conferencia de Brandler sobre el tema: «¿Dictadura junker-monárquica, fascista o proletaria?» En esta terna, el régimen de Papen es presentado como una dictadura junker-monárquica. Esto es lo más digno del Vorwärts y de los demócratas vulgares en general. Que los llamados bonapartistas alemanes realizan todo tipo de regalos privados a los junkers es obvio. También es sabido que esos señores están inclinados a un cambio monárquico de mentalidad. Pero es del más puro sinsentido liberal el que la esencia del régimen presidencial sea el monarquismo junker.

 

Términos tales como liberalismo, bonapartismo, fascismo tienen el carácter de generalizaciones. Los fenómenos históricos nunca se repiten íntegramente. No hubiera sido difícil demostrar que incluso el gobierno de Napoleón III, comparado con el régimen de Napoleón 1, no era «bonapartista», no sólo porque Napoleón mismo era un Bonaparte dudoso por su sangre, sino también porque sus relaciones con las clases, especialmente con el campesinado y el lumpenproletariado no eran de ningún modo iguales que las de Napoleón 1. Sin embargo, el bonapartismo clásico surgió de la época de colosales victorias bélicas, que el Segundo Imperio no conoció en modo alguno. Pero si esperásemos la repetición de todos los rasgos del bonapartismo encontraríamos que el bonapartismo es un acontecimiento único, de una sola ocasión, es decir, que el bonapartismo en general no existe, no obstante existiera una vez un general llamado Napoleón que nació en Córcega. No es diferente el caso respecto al liberalismo y a los demás términos generalizados de la historia. Cuando se habla del bonapartismo por analogía es necesario exponer precisamente cuáles de sus rasgos hallan su mis completa expresión bajo las condiciones históricas actuales.

 

El bonapartismo alemán actual tiene un carácter muy complejo y, por así decirlo, combinado. El gobierno de Papen habría sido imposible sin el fascismo. Pero el fascismo no está en el poder. Y el gobierno de Papen no es fascismo. Por otra parte, el gobierno de Papen, al menos en su forma actual, habría sido imposible sin Hindenburg, el cual, a pesar del abatimiento final de Alemania en la guerra, representa las grandes victorias de Alemania y simboliza al ejército en la memoria de las masas populares. La segunda elección de Hindenburg tuvo todas las características de un plebiscito. Muchos millones de obreros, pequeños burgueses y campesinos (la socialdemocracia y el Centro) votaron por Hindenburg. No vieron en él ningún programa político. Querían ante todo evitar la guerra civil, y levantaron a Hindenburg sobre sus hombros como un superárbitro, como un juez de arbitraje de la nación. Pero precisamente ésta es la función más importante del bonapartismo: elevarse sobre los dos campos en lucha para preservar la propiedad y el orden. Elimina la guerra civil, o se le sobrepone, o impide que vuelva a encenderse. Al hablar de Papen no podemos olvidar a Hindenburg, en quien descansa el beneplácito de la socialdemocracia. El carácter combinado del bonapartismo alemán se expresa en el hecho de que la labor de atraer a las masas hacia Hindenburg fuera realizada por dos grandes partidos independientes: la socialdemocracia y el nacionalsocialismo. Si ambos están sorprendidos por los resultados de su labor, eso no cambia ni un ápice el asunto.

 

La socialdemocracia afirma que el fascismo es producto del comunismo. Esto es correcto en la medida en que no habría habido ninguna necesidad del fascismo sin la agudización de la lucha de clases, sin el proletariado revolucionario, sin la crisis de la sociedad capitalista. La teoría servilista de Wels-Hilferding-Otto Bauer no tiene otro significado. Sí, el fascismo es una reacción de la sociedad burguesa a la amenaza de la revolución proletaria. Pero precisamente porque esta amenaza no es inminente en la actualidad, las clases dominantes hacen un esfuerzo por prescindir de una guerra civil a través de una dictadura bonapartista.

 

Al poner objeciones a nuestra caracterización del gobierno de Hindenburg-Papen-Schleicher, los brandleristas se remiten a Marx y manifiestan con eso una irónica esperanza en que su autoridad tenga peso para nosotros. Es difícil engañarse más patéticamente. El hecho es que Marx y Engels no sólo escribieron sobre el bonapartismo de los dos Bonapartes, sino también sobre otras variedades. Empezando, me parece, en el año 1864, ligaron más de una vez el régimen «nacional» de Bismarck con el bonapartismo francés. Y esto a pesar de que Bismarck no era un demagogo seudorradical y, por lo que sabemos, no fue apoyado por el campesinado. El Canciller de Hierro no fue elevado al poder como resultado de un plebiscito, sino que fue nombrado puntualmente por su rey legítimo y hereditario. Y, sin embargo, Marx y Engels tenían razón. Bismarck utilizó de forma bonapartista el antagonismo entre las clases poseedoras y el proletariado ascendiente, superando de esta forma el an­tagonismo entre las dos clases poseedoras, los junkers y la burguesía y elevó un aparato policiaco-militar por encima de la nación. La política de Bismarck es esa auténtica tradición a que se refieren los «teóricos» del actual bonapartismo alemán. Ciertamente, Bismarck resolvió a su manera el problema de la unidad alemana, de la grandeza exterior de Alemania. Papen, sin embargo, hasta aquí sólo promete obtener para Alemania la «igualdad» en el terreno internacional. ¡No es una pequeña diferencia! Pero no intentamos demostiar que el bonapartismo de Papen sea del mismo calibre que el bonapartismo de Bismarck. Napoleón III también fue solamente una parodia de su pretendido tío.

 

La referencia a Marx, como hemos visto, tiene un carácter obviamente temerario. Que Thalheímer no comprende la dialéctica del marxismo lo sospechábamos hacia tiempo. Pero hemos de admitir que pensábamos que al menos conocía los textos de Marx y Engels. Aprovechamos esta ocasión para corregir nuestro error.

 

Nuestra caracterización del gobierno presidencial, rechazada por los brandleristas, recibió una brillante confirmación de una fuente completamente inesperada y, a su manera, muy «autorizada». Con relación a la disolución del Reichstag «de los cinco días», DAZ (Deutsche Allgemeine Zeitung, órgano de la industria pesada) citaba en un largo articulo del 28 de agosto la obra de Marx El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, ¿con qué fin? Ni más ni menos que sostener el derecho histórico y político del presidente a pisotear el cuello de la representación popular. El órgano de la industria pesada se aventuró en un momento difícil a beber las aguas envenenadas del marxismo. Con una notable habilidad, el periódico extraía del inmortal folleto una larga cita para explicar cómo y por qué el presidente francés, como encarnación de la «nación», obtuvo la preponderancia sobre el parlamento dividido. El mismo artículo en DAZ nos recuerda con la mayor oportunidad cómo en la primavera de 1890, Bismarck desarrolló un plan para un cambio gubernamental más adecuado. Napoleón III y Bismarck, como precursores del gobierno presidencial, son llamados por su verdadero nombre por el periódico de Berlín, que, al menos en agosto, jugaba el papel de órgano oficial.

 

Citar El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte al referirse al «20 de julio de Papen» es, por supuesto, muy arriesgado, puesto que Marx caracterizó al régimen de Napoleón en los términos más agrios como el régimen de aventureros, estafadores y truhanes. En realidad, DAZ podía ser sujeto de sanción por calumnia maliciosa del gobierno. Pero si dejamos de lado este inconveniente incidental, queda no obstante el hecho indudable de que el instinto histórico llevó a DAZ al lugar acertado. Desgraciadamente, no puede decírselo mismo de la sabiduría teórica de Thalheimer.

 

El bonapartismo de la era de la decadencia del capitalismo se diferencia totalmente del bonapartismo de la era del ascenso de la sociedad burguesa. El bonapartismo alemán no es apoyado directamente por la pequeña burguesía del campo y de la ciudad, y eso no es casual. Precisamente por eso escribimos en una ocasión sobre la debilidad del gobierno de Papen, que se mantiene sólo por la neutralización de dos campos: el proletariado y los fascistas.

 

Pero detrás de Papen están los grandes terratenientes, los capitalistas su financieros, los generales: así replican otros «marxistas». ¿Las clases poseedoras en sí mismas no representan una gran fuerza? Este argumento demuestra una vez más que es mucho más fácil comprender las relaciones de clase en su contorno sociológico general que en una forma histórica concreta. Sí, inmediatamente detrás de Papen están las cumbres poseedoras y solamente ellas: precisamente en ello está la causa de su debilidad.

 

Bajo las condiciones del capitalismo actual, un gobierno que no sea el instrumento del capital financiero es imposible en general. Pero de todos los instrumentos posibles, el gobierno de Papen es el menos estable. Si las clases dominantes pudiesen gobernar directamente, no tendrían ninguna necesidad ni del parlamentarismo, ni de la socialdemocracia ni del fascismo. El gobierno de Papen expone demasiado claramente al capital financiero, dejándole incluso sin la sagrada hoja de parra prescrita por el comisario prusiano Bracht. Precisamente porque el gobierno «nacional» extrapartidista sólo puede hablar de hecho en nombre de las altas esferas sociales, el capital se cuida cada vez más de no identificarse con el gobierno de Papen. DAZ quiere encontrar apoyo para el gobierno presidencial en las masas nacionalsocialistas, y en la lengua de los ultimátums exige de Papen un bloque con Hitler, lo que significa la capitulación ante él.

 

Al valorar la «fuerza» del gobierno presidencial no debemos de olvidar que aunque el capital financiero esté detrás de Papen, esto no significa en modo alguno que caiga junto a él. El capital financiero tiene incontablemente más posibilidades que Hindenburg-Papen-Schleicher. En caso de una agudización de las contradicciones, queda la reserva del fascismo puro. En caso de un atenuamiento de las contradicciones, maniobrarán hasta que el proletariado ponga la rodilla sobre su pecho. Cuánto tiempo maniobrará Papen, el futuro próximo nos lo dirá.

 

Estas líneas aparecerán en la prensa cuando ya habrán tenido lugar las nuevas elecciones al Reichstag. La naturaleza bonapartista del gobierno «antifrancés» de Papen se manifestará inevitablemente con nueva fuerza, pero también su debilidad. Nos volveremos a ocupar de esto a su debido tiempo.

 



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