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Bolivia: la revolución derrotada – Capítulo XIII

La insurrección del 9 de Abril de 1952

por Liborio Justo (Quebracho)

Después de quince años de trágicas alternativas, no pudiendo soportar más la situación en que se hallaba, el pueblo de Bolivia, acaudillado por el proletariado, transformó un nuevo golpe palaciego, que se preparaba, en una insurrección victoriosa en la que derrotó con las armas al ejército burgués y concentró en sus manos todas las riendas del poder.

1 . Quince años llevaban ya las masas bolivianas aspirando a que alguien las sacara de la situación insostenible en que se hallaban, quince años de luchas incesantes, profundas, preñadas de continuas proezas, siguiendo infructuosamente detrás de las banderas de los más distintos líderes, todos los cuales les ofrecían conducirlas a la tierra prometida de su liberación nacional y social, para terminar siempre en engaño, desilusión y sacrificio.

Así llegamos al año 1952 en el cual, luego de la violenta guerra civil de 1949 y de la huelga general revolucionaria de 1950, el triunfo del M.N.R. en las elecciones de 1951 – como hemos dicho – provocó una situación de pánico en los viejos cuadros oligárquicos (que habían vuelto al gobierno a través de la traición del P.I.R. stalinista), obligándolos a entregar el mando apresuradamente a una Junta Militar, con el propósito de sostener con los fusiles del Ejército, sus caducas prerrogativas en peligro. Mamerto Urriolagoitia fue el héroe de la jornada y su actitud dio lugar a lo que se llamo el “mamertazo”, que ha quedado clásico en la historia de Bolivia.

La Junta Militar, presidida por el general Hugo Ballivián, declaró nulas – según anotamos – las elecciones y prosiguió gobernando hasta abril de 1952, oportunidad en que uno de sus miembros, el Ministro de Gobierno, general Antonio Seleme, que en esta ocasión representaba en las filas gubernamentales, al traidor de turno se manifestó dispuesto a derribar al general Ballivián, en connivencia con sus enemigos del M.N.R., poniendo como condición el precio de siempre: la Presidencia de la República. El hecho debía realizarse como un golpe palaciego y casi subrepticio, ya que tanto el principal implicado como el M.N.R. tenían temor de la intervención de las mismas.

“Fue un domingo 6 de abril – recuerda uno de los dirigentes del M.N.R.– A las 22 y 30, en casa de... nos encontramos Hernán Siles, Federico Álvarez Plata, Hugo Robert y yo... El general Antonio Seleme, Ministro de Gobierno de la Junta Militar, debía prestar juramento a nuestra causa. Cuando apareció, seguido de su hermano, todos nos encontrábamos intranquilos, el ambiente era tenso y los ánimos los teníamos electrizados”1

El 8, Seleme entregó algunas armas para miembros del M.N.R. y preparó el levantamiento, movilizando los carabineros que dependían de él. Mientras tanto, se presentó ante Ballivián, que ya sospechaba de sus actividades, y le juró fidelidad hasta las lágrimas. Era la centésima vez que esa comedia se repetía en el Palacio Quemado de La Paz.

“Así fue como en la mañana del 9 de abril de 1952 – escribió el ex Secretario Ejecutivo del M.N.R. Juan Valdivia Altamirano, testigo y actor de los hechos – fueron convocados los miembros del Comité Político Nacional esta vez bajo la dirección del Subjefe del Partido, Hernán Siles Zuazo... Este anuncio que se habían completado las medidas de una nueva conjura y que desde ese momento – 2 de la tarde – hasta los días siguientes, en cualquier instante, el Partido saldría a las calles. El eje de la conspiración seria el, en ese momento, Ministro de Gobierno, general Seleme, quien había, jurado al Partido poco antes. Las condiciones eran favorable” para el éxito” 2.

En la madrugada, miembros del M.N.R. y efectivos del cuerpo de carabineros, salidos a la acción, se apoderaron de varios edificios públicos importantes, comenzaron a patrullar las calles y, a las 6 de la mañana la radio “Illimani”, en poder de los insurrectos, anunciaba solemnemente el triunfo del levantamiento. Sin embargo, el anuncio era prematuro.

“A las ocho – prosigue el ex Secretario del M.N.R.– los militares adictos al gobierno, que se habían concentrado sin dificultad, sacaron todas sus tropas a las calles, desde los cuarteles, en son de combate, Pero el M.N.R. y el pueblo revolucionario, que ya se había volcado en multitud a las calles, instantáneamente se organizaron en grupos de combate y, a cada ataque militar, opusieron breve resistencia. Primero fueron sólo los hombres del Partido, luego los reforzaron las masas populares. Estaban siempre resueltos a combatir sin temor al peligro o a la muerte. En cada bocacalle se abrió un frente de batalla que detuvo el avance militar; se entrabó una lucha desigual entre el Ejército gubernista, bien pertrechado e instruido y las patrullas revolucionarias improvisadas y mal armadas, pero decididas a vencer... Todos acudían y vivían un heroísmo febril...

“El Comando Militar del Gobierno con el Presidente Ballivián y el Jefe de Estado Mayor, general Torres Ortiz, dirigían sus tropas desde el Colegio Militar... Dichos Jefes habían llamado a todas las unidades de las guarniciones próximas, como ser las de Viacha, Corocoro, Guaqui, Achacachi, Oruro y Challapata” 3.

Mientras tanto, el pueblo había asaltado el arsenal militar de plaza Antofagasta para procurarse armas y seguía la lucha sin desfallecimientos. “Los muertos y los heridos caían a centenares sin poder ser recogidos ni auxiliados tanto por su cantidad como por el ardor de la lucha. Así se multiplicaron y prolongaron los combates durante todo el día y arreciando cada vez más” 4.

Por la noche, ante la resistencia de las tropas del Ejército, que parecían llevar la mejor parte, y la proximidad de los refuerzos de las guarniciones militares vecinas, que estaban por llegar, el Jefe militar de la insurrección, general Seleme, juzgó la situación perdida, dio orden de retirarse a los oficiales y tropas de carabineros, y se refugió en la Embajada de Chile. Por su parte, el comando del M.N.R., sintiéndose también, en desventaja, gestionó un arreglo con las fuerzas de la Junta Militar. “El Jefe de la Revolución pidió una entrevista con el general Torres Ortiz – prosigue J. Valdivia Altamirano – para tratar de dar término a la lucha. El planteamiento que iba a hacer, según expuso verbalmente a los presentes el Dr. Siles era: proponer la organización de un gobierno mixto formado por el Ejército y el M.N.R. Pero el general Torres Ortiz contestó que “no estaba dispuesto a tratar con subversivos mientras éstos no depusieran incondicionalmente las armas y que si no lo hacían a las 6 de la mañana del día siguiente, la ciudad sería bombardeada desde El Alto de La Paz y arrasada sin contemplaciones” 5.

Pero si unos jefes huían y otros estaban dispuestos a transar, el pueblo no. “Posiblemente en ninguna guerra civil de nuestro país hubo tal desarrollo de bizarría y de valor como en aquella hazaña histórica – continúa el cronista antes citado –. Prácticamente todas las calles de la ciudad se hicieron intransitables por la intensidad del fuego. Centenares de ciudadanos, hombres, mujeres y niños perdieron la vida en aquellas bravas horas de heroísmo que mediaron entre la 10 de la mañana (del 10 de abril) y las 2 de la tarde, en que las fuerzas militares trataron de forzar el ingreso al centro de la ciudad y las milicias revolucionarias que oponían su más firme resistencia para conservar victoriosa la revolución”6. Pero esas fuerzas no lograron su objetivo. Y aún más, las milicias, supliendo con su valor la defección de sus jefes, fueron prolongando la lucha contra los efectivos militares. Y cuando la acción aparecía como más encarnizada, por la retaguardia del Ejército aparecieron dramáticamente los mineros de Milluni, que decidieron el combate. Y, como término de aquella proeza, “las fuerzas rendidas del Ejército desfilaron por la ciudad custodiadas por las milicias revolucionarias que encabezaba el “Comando obrero” 7. Tres días de batalla terminaron con el triunfo completo de la masa popular.

Igualmente en Oruro la lucha fue encarnizada y cruenta. Allí, también, los regimientos Ingavi, Camacho y Loa,, fueron derrotados por el pueblo y las milicias mineras en la planicie de Papel Pampa.

2. “La música infernal que había comenzado en la madrugada del 9 cesó por un instante. Después de los dos días y las dos noches encendidas al rojo vivo, parecía que el tiempo se había detenido para que la paz nacional sea eterna y duradera. Los grupos de combatientes que amenazaban un peñón ocupado por los soldados del regimiento “Lanza”, sonrieron. Comprendían que la derrota de los enemigos estaba mas cerca que nunca del peñón. Pero la música no se había extinguido definitivamente. Sonaron dos disparos de revólver como dos notas desacompasadas, sueltas, de la melodía que se ejecutaba. El aire recibió los estampidos y los delató largamente. Los combatientes se miraron primero desconcertados y después reaccionaron. Uno de ellos gritó eufórico:

“– ¡Qué macana! ¿Con tiritos de revólver nos van a asustar? ¡Adelante, compañeros!

“Y la gente, armada de piedras y palos, se lanzó al asalto encabezada por dos obreros que empuñaban unos rifles viejos que, ayer en la tarde, habían recibido en la secretaría de la Federación de Trabajadores Fabriles.

“– ¡Adelante! ¡Adelante!

“Los atacantes subieron profiriendo gritos y lanzando piedras. Los dos obreros fueron los primeros en llegar y ser divisados por los sorprendidos conscriptos.

“– ¡Los civiles! – gritaron alarmados –. ¡Los civiles! ¡Los civiles! – y echaron a correr despavoridos, abandonando sus armas.

“El primero en huir fue el capitán Oscar Lavayén, que estaba al mando del grupo de soldados.

“Tomaron el bastión que dominaba algunas importantes calles de Miraflores. Los dos fusileros no se detuvieron: siguieron en persecución de los conscriptos y del capitán, lanzando tiros al aire. Algunos soldados que por el cansancio no pudieron escapar, se entregaron llorando y temblando. Los rostros estaban desencajados por el hambre, el miedo y la fatiga. Llegaron más grupos de combatientes.

“– ¡Viva el triunfo, compañeros!

“Al llegar al puesto estratégico que ocupaban los soldados del ‘Lanza’, casi un hoyo en plena ceja, hallaron un mortero, una ametralladora, tres fusiles y bastante munición. Y también encontraron a un soldado agonizante. Se acercaron a socorrerlo.

“– Agua... Agüita... – pidió.

“– ¡Agua ¡Agua! ¡Traigan agua! – gritaron a las cholas que estaban cerca, ayudando a los combatientes.

“Las mujeres, presurosas, al instante trajeron bastante agua. El conscripto estaba herido en el pecho. Le hicieron sentar y desabotonándole la blusa. Se había desangrado mucho.

“– Agüita... – pidió.

“Le dieron de beber. Notablemente recuperó por un instante. Habló con dificultad :

“– El capitán..., mi capitán me ha baleado... porque queríamos dar nos la vuelta... Yo soy mecánico, obrero... soy de Potosí...

“Volvió a beber otro sorbo de agua. Quiso seguir hablando y ya no pudo. Movía los labios, y, no le salía nada, se desesperó. Abrió los ojos desmesuradamente y lanzó una mirada piadosa a todos los que le rodeaban. ¡No quería morir!. Y la muerte ya estaba encima. Una mujer del pueblo lloraba, Dejó de existir. Los combatientes, gente noble y buena, gente del pueblo, no supieron que decir. Otro más que se iba...En estos días habían visto morir a tantos hombres, con caras humanas, como si nada fuera la vida. Salió un grito de la multitud:

“– ¡Viva la clase obrera!, todos los combatientes respondieron.

“– ¡Viva Bolivia libre!, y todos los combatientes como un solo hombre.

“– ¡Abajo la rosca y el imperialismo! 8.

“El Hermógenes escupe su ‘acullico’ y –capaz que venga el capataz- se incorpora a trabajar. Moja su barreno...

“En esto oye vagamente unos gritos: ‘¡aaaa! ¡aaaa!’ Derrumbe – piensa. Viene un compañero : ‘Salgan’, dice... Las ‘jaulas’ suben racimos de mineros verdes. Antes de llegar a la superficie, lo oyen: ‘Revolución en La Paz’.

“La ‘cancha-mina’ está llena de rumores y voces en la semiluz del amanecer que – como el padrino de una exposición de pinturas – levanta pausada y morosamente sus lienzos de bruma, dejando el cuadro de la mina limpito, nítido; los techos de zinc bien lavaditos; los muros recién enjabelgados – como para el 16 de julio...

“La algazara crece. ‘Al Sindicato’, piden varios. ‘¡Reunión!’ Un ‘orador’ se encarama a un camión y grita: ‘¡Un momento, compañeros... ¡’ ‘Sh... Shhhh...’ – acallan a los que alborotan. Torna a hablar el líder: ‘Compañeros...: ha estallado revolución en La Paz. ¿Quiénes?..., ¿quiénes hay voluntarios para ir contra la Rosca?’ ‘¡Fermi!’, estallan cien voces que hacen ademán de cuadrarse militarmente. ‘Bueno, compañeros – termina el del camión-, vamos a preparar movilidad!’¡Bravooooo!, corea la multitud que fuma unos humitos blancos por las narices y las bocas.

“El sol, a manotazos tibios, deshace el cuerpo algodonoso del amanecer resolviéndolo en un orvallo que cae blandamente en largas hilazas que, al desvanecerse, dejan una capa de sombra húmeda en la parda piel de los cerros que circundan la mina.

“Largas horas tardaron en preparar la movilidad – que no había gasolina; que estaba mal la llanta; que no había chofer. Al final, ‘manu-militar’, entre ellos y los de la mina Kala-Uyo, a donde fueron emisarios, habilitaron cuatro camiones. A eso de las diez, los motores de los cuatro ‘Inter’ roncaban en las laderas de Chacaltaya, llevando ciento treinta mineros con los bolsillos repletos de explosivos.

“A media mañana se acercaban a El Alto. Pararon. El jefe del Sindicato los reunió: ‘A ver... cuarenta. A este lao’. Se apartaron cuarenta mineros de miradas torvas. ‘Ustedes van a ir a tomar la base aireo’. ‘Otros cuarenta ¡Ya! Ya’ps. Ustedes vayan mas aquí del Alto de Lima. Toman el camino’. ‘El resto, conmigo, a la garita del Alto’. Y a todos: “Yo voy a terar el denameta. Esa es el señal’.

“El Hermógenes iba detrás del Jefe, a gatas, como todos, saltando, como lagartijas, entre las matas de pajas amarillas. Ya se acercan...El jefe se yergue de repente, muerde la cápsula metálica, prende la mecha y, con un grito salvaje, la arroja: ‘aura, carajo...’

“Un oscuro ancestro despierta gritos raros y feroces en los broncos pechos. Estallan las dinamitas esparciendo filudos cantos de piedra deshechas. Vuelan brazos, cabezas, pedazos de muros y techos. Se trizan y retuercen armas y hierros.

“¡Los mineros!, se derrama el grito entre los combatientes. Se les humedecen las pupilas de emoción a los ‘fabriles’ que se batían entre los eucaliptos de Munaipata y Pura Pura; lloraban los carabineros y civiles que habían tomado, perdido, retomado y vuelto a perder el cerrito de Callampaya; gritaban y sacudían sus armas los civiles que desde el amanecer detuvieron el avance del ‘Sucre’ y el ‘Pérez’, por el lado de Tembladerani.

“Ahora, en un empeño heroico, los revolucionarios obligan al enemigo a replegarse. Aquí, un civil se queda ‘ahí mismito’, junto a un pedregal: en su camisa florecen tres ‘khantutas’ cárdenas. Allá, otro corre, loco, en ansia hazañosa para, a poco, caer en un cañadón, quebrándose sobre si mismo, como una airosa ‘sehuenka’ que tronchara el viento... Los revolucionarios trepan los cerros­ hacia El Alto. Lentamente, en heroica lucha, suben los difíciles taludes de la Historia.

“¡Los mineros! – cunde el pánico entre los enemigos.

“Los mineros toman la Base Aérea. El ‘Bolívar’ abandona sus piezas y se entrega. Grupos de infantes del ‘Pérez’ y del ‘Sucre’ desfilan con los brazos en alto. Se rinden la Escuela Técnica de Viacha y el ‘Abaroa’.

“Nuevos grupos civiles se arman con las armas capturadas y mientras unos conducen a los ‘rendidos’ al Penal de San Pedro, otros corren a reforzar las líneas ya débiles de los defensores de Killi-killi, Miraflores, Laikakota, Sopocachi y el Parque Forestal.

“Por el Orko-hahuira, la avenida Arce, el cauce del Choqueyapu y el Parque Forestal, el ‘Lanza’, el colegio Militar y el Batallón de Ingenieros, habían ganado ese jueves media ciudad, en avance sangriento – cubierto permanentemente por un inhumano bombardeo de la ciudad con morteros y piezas 75. En Miraflores, deshicieron ventanales, hundieron techos, voltearon muros; barrieron hasta el último defensor de las barricadas que los civiles les opusieron en cada esquina. Sus impactos tremendos llegaron hasta cerca de la Universidad, por la avenida Arce. Dejaron tendales de muertos entre las catedrales de arcilla azulosa del Parque Forestal.

“Pero ya llegan los del pueblo. ¡Jim, auqui...,¡Sonale, tatay... ¡Aura, carajo!... Es el dramático principio del fin’ 9.

“Del 9 al 11 de abril – concreta un autor – la ciudad de La Paz, vive sus sesenta horas rojas. La lucha que se libra, de barrio en barrio, se define luego en la ocupación de manzanas y calles y, finalmente, se pelea casa por Casa. El Ejército utiliza morteros y cañones, que los Oficiales, dominados por el miedo, emplean sin precisión, destruyendo inútilmente barriadas miserables. En Oruro, los mineros descabezan, en una hazaña de extraordinario valor, las fuerzas del Regimiento ‘Camacho’, que se disponía a trasladar sus efectivos a La Paz. Sobre la ceja de El Alto, donde se descuelgan los obreros de Milluni, arrojando cargas de dinamita, cuyo estruendo percute en la ciudad como mensajes de aliento. Copada la retaguardia de las tropas por los mineros de Milluni, los revolucionarios de La Paz reinician el avance hacia la ceja, pegados al cerro, desde cuya cima vomitan las ametralladoras del Ejército pretoriano. En pocas horas más se resuelve la suerte de la lucha en favor de la Revolución. Siete regimientos perfectamente equipados han sido vencidos en una lucha desigual que provoca el asombro y la admiración fervorosa del Continente. El héroe de la hazaña, el protagonista de tan estupenda gesta, es el pueblo boliviano, el mismo pueblo ‘enfermo’ que dijera Arguedas veinte años atrás” 10.

3. “Los documentos que sobre la revolución de abril han sido publicados hasta el momento permiten afirmar que los cuadros dirigentes del M.N.R. – escribe Guillermo Lora – en su gran mayoría elementos de derecha por su origen social, por su formación política y por sus vinculaciones con la reacción, cifraban sus esperanzas en derrocar al gobierno de Ballivían en simple golpe de fuerza... Por este camino el M.N.R. buscaba llegar al poder sin correr el riesgo de afrontar los problemas emergentes de una gran movilización revolucionaria de las masas... La participación activa del proletariado y de amplios sectores de la pequeña burguesía urbana transformó en una verdadera revolución lo que podía haberse reducido a un golpe palaciego más en nuestra historia...Las masas habían ganado la vía pública y se movían de acuerdo a ideas políticas ajenas al ideario movimientista. No tenían un plan acabado acerca de lo que iban a ser la revolución ni de lo que iba a hacer el gobierno; ellas fueron a la lucha por estar convencidas de que ya no se podía seguir soportando al estado de cosas impuesto por la rosca” 11.

Con idénticas palabras se expresó León Trotsky respecto a la Revolución Rusa. “La revolución de febrero – escribió refiriéndose a la de 1917 – empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias... Estas muchedumbres innumerables no han determinado aún para sí, con suficiente claridad, lo que quieren: pero están impregnadas de un odio ardiente por lo que no quieren” 12.

Triunfante la insurrección, Hernán Siles Suazo, que había sido el jefe del intentado golpe de Estado, quedó como jefe también de la misma, y se hizo cargo del gobierno como Presidente Provisional. Pero el 15 de abril llegó a La Paz, Víctor Paz Estenssoro, que había estado desterrado en Buenos Aires y, a su vez, se instaló en el Palacio Quemado como “Presidente Constitucional”. “Por mucha seguridad que tenía – dijo desde un balcón de aquel Palacio a la muchedumbre que lo escuchaba – en el heroico pueblo de Bolivia, nunca mis sueños más audaces me permitieron pensar en esta terminante derrota de la Rosca... El pueblo de Bolivia ha cumplido una hazaña que estos momentos es comentada con admiración por todos los países de la América India. Supo hacer respetar su voluntad y tomando las armas que estaban antes al servicio de la oligarquía se trabó en lucha heroica. Mi admiración por los mineros, los trabajadores del sacrificio que en Oruro condujeron al triunfo a la Revolución Nacional... Vencimos porque no podían vencernos con las persecuciones, porque no podían comprar- nos con todo el oro de la Rosca... Ciudadanos de Bolivia, hemos triunfado. Hemos alcanzado el Gobierno con el sacrificio de cientos de vidas. Quienes tenemos el Gobierno por decisión del pueblo boliviano estamos en un compromiso, el más grande de nuestras vidas, debemos responder a esa con- fianza que el pueblo ha puesto en nosotros... Mi vida está puesta al servicio del pueblo de Bolivia. No he tenido la suerte de estar a su lado en las horas de combate, pero lo estaré de hoy en cualquier eventualidad.Mi vida es vuestra” 13.

Mientras tanto, crecía, día a día, lo. tremenda marea popular en la cual radicaba todo el poder fundamentado en las armas, poder que había levantado a los dirigentes del M.N.R. en la cresta de la ola, hasta colocarlos en el Palacio Quemado, reconociendo en ellos, al decir de Marx, “el privilegio gubernamental de los señores naturales”. Es decir, que instaló en La Paz un poder por encima del suyo, el que existía por su condescendencia y al que consideraba dispuesto a realizar sus designios.

“Las turbas armadas, desde el primer día, se presentaron en el Palacio Quemado montando guardia en la puerta principal, en las escaleras y en los pasillos. Esas turbas manejaban ahora las mejores armas automáticas vendidas por el gobierno de los Estados Unidos al ejército boliviano, como consecuencia del saqueo de los arsenales el día de la traición del general Selene – escribe un político “rosquero” – y estaban resueltas a mandar. Tras ellas estaba, además, llena de buena fe y nobles impulsos la masa popular. alucinada por las promesas demagógicas del M.N.R., segura de que había desaparecido para ella, un período de angustia y de pobreza, y que se iniciaba una nueva era de felicidad y de abundancia” 14.

Y al frente de esas masas, estaba el proletariado : “La revolución de abril se hace posible por existir un frente, ciertamente que no expreso, de las clases oprimidas, dentro del cual y en el terreno de los hechos el proletariado se coloca a la cabeza” 15. Y, aunque “el proletariado desconfió, desde el primer momento de la dirección pequeño-burguesa” (16), Víctor Paz Estenssoro, apareció apoyado en el gobierno por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros Bolivianos (F.S.T.M.B,) dirigida por Juan Lechín Oquendo, dirigente, también, del M.N.R., por los obreros fabriles de La Paz, por el Partido Comunista (stalinista) que seguía las inspiraciones de Moscú y por el Partido Obrero Revolucionario (trotskysta) que acataba las directivas impartidas por la Cuarta Internacional desde París.

“El levantamiento victorioso del 9 de abril – expresaba un manifiesto del P.C.– no fue realizado exclusivamente por un solo Partido. Junto a la clase obrera y a los militantes del M.N.R., luchó todo el pueblo boliviano... Si a Bolivia le cupo la honra de ser la primera en rebelarse contra el oprobioso yugo español, le ha tocado ahora colocarse también a la cabeza de los pueblos de América, enarbolando la bandera de la independencia económica y social. Esto equivale a decir que si la revolución boliviana da cumplimiento a las aspiraciones de paz, libertad y bienestar del pueblo, ocupará un honroso lugar al lado de la revolución china y de las Democracias populares; es decir, que en América le toca a Bolivia constituirse en la más consecuente y decidida abanderada de la Paz mundial… El 9 de abril, el pueblo boliviano decretó, entre otras cosas, con las armas en la mano, el rompimiento de las cadenas que nos atan al imperialismo yanqui y la expulsión de la banda de espías que operan en nuestro país, disfrazados de técnicos e instructores, y cuya única finalidad es remachar aún más nuestra situación de semi-colonia y nuestra participación en campo de la guerra”17.

Por su parte, el P.O.R. trotskysta, expresaba: “El período revolucionario que se inicia el 9 de abril, ha sacudido las capas más bajas y más amplias de las clases sociales explotadas de la ciudad y del campo... La revolución para vencer tiene, necesariamente, que sobrepasar los marcos de la democracia burguesa; tal es la perspectiva que señala el P.O.R. a los explotados bolivianos... Esta actitud se manifiesta primero como presión sobre el gobierno para que realice las aspiraciones más sentidas de obreros y campesinos... Lejos de lanzar la consigna de derrocamiento del régimen Paz Estenssoro, lo apuntalamos para que resista la embestida de la “rosca’, llamamos al proletariado internacional a defender incondicionalmente la revolución boliviana y su gobierno transitorio... No es tarea del momento gritar “Abajo el gobierno’, sino exigir que el gobierno cumpla los postulados de la Revolución” 18.

Mientras tanto, la marea popular que, día a día, se intensificaba se manifestó concretamente en la formación de la Central Obrera Boliviana, la famosa C.O.B., surgida el 17 de abril de 1952, como derivación de la Tesis de Pulacayo. “Como se sabe, la COB procede directamente de la Tesis de Pulacayo” 19.

Desde el primer momento, la C.O.B., al frente de 1a cual aparecía Juan Lechín, se presentó como la legítima representación de los trabajadores organizados en las milicias armadas que controlaban el país y eran el único y efectivo poder existente en Bolivia. El “camarada Presidente” (así había pasado a autodenominarse Paz Estenssoro demagógicamente) era un virtual prisionero del proletariado y sus milicias, custodiado y vigilado en el Palacio Quemado. No tenía para resistir cualquier imposición obrera ningún apoyo, ya que el principal con el que podía haber contado, el ejército burgués, había sido destruido en las jornadas de 9 al 11 de abril de 1952 por el proletariado en armas, y éste era la única autoridad efectiva. La formación de la C.O.B. venía, pues, a materializar esa autoridad creando su órgano de poder. Además, poco después, también los campesinos se movilizaron ocupando los campos y formando sus propias milicias armadas y acercándose a la C.O.B. “Las masas que ansiosamente buscaban un polo aglutinador y un comando – escribe G. Lora – estructuraron la Central Obrera Boliviana al calor del triunfo del 9 de abril de 1952. Los explotados reconocieron en la C.O.B. la única dirección... El nacimiento de la C.O.B. demuestra que el proletariado, a través de su actividad diaria, se encaminaba hacia el control estatal... A la C.O.B. no se le puede aplicar al concepto tradicional del sindicalismo. En la primera etapa de la revolución, bajo acicate de los acontecimientos, rompe e1 marco puramente sindical e incursiona con osadía en lo político... En los primeros meses de la revolución, la C.O.B. contaba con fuerzas armadas, las milicias armadas de obreros y campesinos. El armamento de los trabajadores se inició como milicias sindicales. Los mítines eran imponentes desfiles de obreros y campesinos armados. Los obreros descontaban de que las fábricas y las minas debían convertirse en trincheras de 1a revolución... estaban seguros de que sus milicias debían convertirse en la única fuerza armada”.

Y agrega: “A partir del 9 de abril, los sindicatos más importantes tomaron sencillamente en sus manos la solución de los problema vitales y las autoridades, si no eran destituidas, no tenían más remedio que someterse a sus decisiones. Son estos sindicatos los que actuaron como órganos de poder obrero y plantearon el problema de la dualidad a las autoridades locales y nacionales. Directores de la vida diaria de las masas, rodearon de atribuciones legislativas y ejecutivas (poseen fuerza compulsiva para ejecutar las decisiones) e inclusive llegaron a administrar justicia. La asamblea sindical se convirtió en la suprema ley, en la suprema autoridad. Este fenómeno fue casi general en las minas y se presentó excepcionalmente en los sectores fabriles”.

Terminando: “Los sindicatos campesinos – sindicatos solamente por no haber encontrado un mejor nombre para designarlos en la vorágine revolucionaria – presentan siempre en la primera época de la revolución, las características esenciales de un consejo y actúan como la única autoridad (legislativa, ejecutiva y judicial) de su comarca. Las milicias armadas de los campesinos imponían sencillamente las decisiones de los comandos sindicales, que reglaban inclusive la vida diaria de los habitantes... Producto de la espontaneidad, los sindicatos campesinos arrancaban su omnipotencia de las monstruosas asambleas de los moradores de una región... A diferencia de lo que era norma en el pasado los explotadores del campo, después de abril de 1952, se orientaron firmemente a buscar la alianza con el proletariado y concluyeron reconociendo su autoridad política. La Central Obrera Boliviana, al incorporar al sindicalismo campesino en su seno, no hizo otra cosa que dar expresión organizativa a la alianza de las dos clases, piedra angular de la revolución”20.

Mientras tanto, la masa alucinada, que sentía que esa era su revolución, llegó a creer ingenuamente que el de Paz Estenssoro era también “su” gobierno, el que iba a llevar adelante aquella revolución. Y para orientarla a pesar de cualquier primera desconfianza que pudiera haber tenido, ahí estaban los partidos que consideraba más extremos, confirmándola en ese juicio, y ahí estaban también los ministros ”obreros” en número de tres o cuatro (llegó a haber cinco) representando en el gobierno del M.N.R. a la C.O.B., y que consideraba sus propios representantes. “La multitud afluye constantemente hacia la plaza Murillo – escribe un testigo – como si éste fuera el centro de gravitación de la ciudad. Indios que antes no tenían acceso a la plaza, porque les estaba prohibido traspasar ciertos límites, como si fuera la ciudad santa de los zares, ahora la colman de colorido pintoresco. Se sientan en sus bancos, se hacinan en sus gradas o se quedan de pie, ante la puerta del Palacio Quemado, mirando para adentro como si de allí fuera a surgir de un momento a otro, encarnado en una persona determinada, la solución de sus destinos. Llegan de las zonas nórdicas del altiplano, de las orillas del Titicaca, con sus gorros de lana multicolores con orejeras, y sus tremendos ponchos de colores vivos; llegan de los valles de Sucre y de Cochabamba, con sus sombreros de fieltro gruesos como cascos de acero, sus pantalones cortos a la rodilla y sus cabellos largos por los hombros; llegan de Potosí, con sus sombreros como platos negros y sus ponchos como túnicas oscuras, de rayas atravesadas”.

Y, otro día, “en filas compactas, con los fusiles al hombro, comenzaron a desfilar los manifestantes – prosigue el mismo testigo describiendo un acto en apoyo del gobierno –. Eran obreros y campesinos de los alrededores dc La Paz... Rostros curtidos con expresión inmóvil, cabellos negros y duros como alambres, bocas verdes de coca, pómulos salientes, ojos estirados, gorros de lana multicolores, chambergos grasientos y agujereados, y rostros y más rostros tallados en piedra, cientos de rostros parecidos, iguales, indiferenciados... pasaban y pasaban en silencio, las mandíbulas apretadas por la decisión y el fusil contra el pecho. Ese fusil al hombro que habían con- quistado con sangre en las horas de la guerra civil quitándoselo al militar “rosquero”... Ningún ejército arrasará ya la indefensa población de Catavi ni ahogará en sangre ninguna huelga proletaria, porque el ejército de la Rosca ya no existe, el pueblo tiene armas y sólo las pondrá en manos de quienes confíe en que no podrá traicionarlo” 21.

Y haciendo la crónica de otro desfile que se realizó en La Paz, con motivo del 5 aniversario del 9 de abril, con el nombre de “Marcha de la Revolución Nacional”, ya bajo la presidencia de Hernán Siles Zuazo, un diario de esa ciudad relataba: “El paso de los mineros por la Plaza Murillo fue sensacional; entraron marcando paso de parada en perfecta formación, uniformados y portando toda clase de armas. El público prorrumpió en manifestaciones de júbilo y admiración al ver la estricta disciplina de los mineros y su fe revolucionaria demostrada en los carteles que llevaban. A las 16 horas ingresó en la Plaza Murillo, la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (la famosa F.S.T.M.B.) encabezada por el Secretario General, Mario Torres Calleja, y miembros de su directorio. Detrás seguía el regimiento “Juan Lechín Oquendo”, del Distrito Minero de Huanuni, uniformados con camisas kaki, pantalón azul, “chocolateras” y cascos café, con sus fusiles y ametralladoras livianas al hombro. El regimiento con su banda propia pasó frente al Palco Presidencial marcando paso de parada, en impecable formación. “Lo que con sangre conquistamos, con sangre defenderemos’, era el cartel que portaban las Milicias Armadas de Bolsa Negra. Pasaron por el Palacio en perfecta formación, uniformados con sacos plomos y pantalón azul, saludando al Presidente con la clásica V. La Policía Sindical de Siglo XX se presentó en el desfile portando un cartel que decía: “Rotas las cadenas de la opresión feudal, marchamos hacia el progreso’. Pasaron por la Plaza Murillo vivando a la Revolución Nacional, a Hernán Siles Zuazo, Víctor Paz Estenssoro, Ñuflo Chávez y Juan Lechín. A continuación desfilaron: las Milicias Armadas del Consejo Central-Sud de Trabajadores Mineros, Milicias Armadas y Regimiento “Víctor Paz Estensoro” de Chocaya-Animas. El destacamento “Juan Lechín Oquendo” del Sindicato de Trabajadores de Milluni, con su banda propia y uniformados con sacos impermeables amarillos, pantalón azul, chocolateras y cascos, llevando un cartel que decía: “Viva la Revolución Nacional”. Desfiló con paso de parada y con la mano en alto haciendo la V. Atrás seguía el Destacamento “Mario Torres”, del Ingenio de “Machacamarca”, uniformado con chamarras de cuero café, pantalón azul, chocolateras y cascos verdes. “Revolución es progreso. Progreso es felicidad’, rezaba el cartel que portaban las Milicias Armadas de la Mina Caracoles. Su paso fue largamente aplaudido. Iban uniformados con pantalón azul y camisa kaki. Luego las Milicias Armadas de Chojilla, después el Destacamento “Waldo Ballivián”, de Colquiri, uniformados con camisa y pantalón kaki, verde. Cerrando el desfile de trabajadores mineros pasó frente al Palacio de Gobierno el Batallón “dinamiteros de Corocoro’, portando cargas de dinamita y fulminantes”.

También en dicha crónica se hace descripción del desfile de las Milicias Armadas Campesinas, anotando que “28 mil campesinos concurrieron a testimoniar su fe revolucionaria...” “Los Regimientos, Centrales Sindicales, Cooperativas Agrícolas, desfilaron encabezadas por Ñuflo Chávez Ortiz, demostrando marcialidad, disciplina y entusiasmo los manifestantes”. “Cabe destacar que muchas de las diferentes organizaciones campesinas se presentaron correctamente uniformadas y armadas; en el caso del Regimiento Campesino “Ñuflo Chávez Ortiz”, fue impecable su presentación. Los cascos al estilo militar, las chaquetas azules y los pantalones blancos con vivos rojos, les dieron una característica magnífica a la unidad que ostenta el nombre del actual Vicepresidente de la República y Secretario Ejecutivo de la Confederación Nacional de Trabajadores Campesinos, de Bolivia, señor Ñuflo Chávez. Igualmente motivó elogiosos comentarios la marcialidad evidenciada en el paso de parada que ofrecieron frente al Palacio y la V en alto dirigida hacia el Presidente Siles, de los Regimientos Campesinos ‘Hernán Siles Zuaso’, ‘Álvaro Pérez del Castillo’, ‘Juan Lechín Oquendo’, ‘Vicente Álvarez Plata’, ‘Juan Luis Gutiérrez Granier’ y otros, quienes no sólo portaban el fusil al hombro, sino también carteles donde podía leerse: ‘Maestros a sus libros’, ‘Queremos más escuelas’, ‘Viva el Gobierno M.N.R. y C.O.B.’, ‘En la Reforma Agraria radica el triunfo de nuestra Revolución’, etc.” 22.

 

1. Adrián Barrenechea – “En Marcha”, La Paz, 9 de Abril de 1953.

2. J. Valdivia Altamirano – “La revolución del 9 de Abril de 1952” (“La Nación”, La Paz, 9 de Abril de 1953)

3. J. Valdivia Altamirano – Art. Cit.

4. Art. Cit.

5. Art. Cit.

6. Art. Cit.

7. Art. Cit.

8. Néstor Taboada Terán – “La aurora del anhelo victorioso” (“Antología de cuentos de la Revolución”, La Paz, 1954, p. 73)

9. Oscar Soria G. – “Peces en el cerro” (“Antología de cuentos de la Revolución”, La Paz, 1954, p. 60).

10. M. Baptista Gumucio – “Revolución y Universidad en Bolivia’”, p. 89.

11. G. Lora – “La revolución boliviana”. p. 93 y 94.

12. L. Trotsky – “Historia de la revolución rusa”, Madrid, 1931, t. I, p. 88 y 108.

13. “El pensamiento revolucionario de Víctor Paz Estenssoro”, p. 11 a 15.

14. Alberto Ostria Gutiérrez – “Un pueblo en la cruz”. El drama de Bolivia”, Santiago de Chile, 1956, p. 187.

15. G. Lora – “La revolución boliviana”, p. 99.

16. G. Lora – Op. Cit. p. 98.

17. “La Nación”, La Paz, 27 de Diciembre de 1952.

18. Tesis política de la 10ª. Conferencia Nacional del P.O.R. junio de 1953.

19. E. Ayala Mercado – “¿Qué es la revolución boliviana?”, p. 56.

20. G. Lora – “La revolución boliviana”, p. 255 y siguientes.

21. A. Ortiz – “Amanecer en Bolivia”, Bs. Aires, 1953.

22. “La Nación”, La Paz, abril 11 de 1957 ( Citado en “El marxismo en Bolivia”, Santiago de Chile, 1957, p. 54 a 57.



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