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El poder al alcance de las manos

Pablo Solón y Daniel Acosta

Correo Internacional, agosto 1985, Año II Nro. 11

 

“Tuvimos el poder al alcance de las manos”, es una frase que se escucha mucho en Bolivia últimamente. Y es la pura verdad. El gobierno, las Fuerzas Armadas, la burguesía en su conjunto, estuvieron paralizados durante más de dos semanas.

El 6 de marzo, dos días después de la gran concentración obrera frente al Palacio de Gobierno, el ministro del Interior amenazó con decretar el estado de sitio. Pero no fue más que eso, una amenaza.

El hecho es que tanto la policía como el ejército estaban corroídos por la crisis económica. Agentes y oficiales de la policía habían realizado varias huelgas por aumento de salarios. Los conscriptos comían media ración de rancho diario. Un agente de policía sintetizó perfectamente la situación: cuando se le preguntó si reprimiría a los mineros, respondió: “pero si nosotros también estamos mal pagados”.

Nada demuestra mejor la magnitud de la crisis de las Fuerzas Armadas que el hecho de que las columnas mineras pudieran ingresar a la capital para la concentración del 4 de marzo sin el menor impedimento. Muchos comandantes comentaban por lo bajo que en esos días los trabajadores hubieran podido tomar las guarniciones militares.

Para colmo, la oficialidad estaba profundamente dividida, y un sector, autodenominado de militares “patrióticos”, encabezado por el comandante en jefe Simón Sejas Tordoya, contemplaba la posibilidad de dar un golpe de Estado.

Tampoco el frente burgués estaba sólidamente unido. Víctor Paz Estenssoro alentaba la esperanza de que la movilización obligaría a Siles a renunciar, con lo cual se impondría la sucesión “constitucional” que le daría la presidencia al presidente del Congreso, Julio Garret, su compañero de fórmula en las elecciones de julio próximo.

A esto se suma la crisis del gobierno, que en dos escasos años ha cambiado siete veces de gabinete. La Unidad Democrática y Popular, integrada por los partidos MNRI, MIR y PCB se había desintegrado, quedando solamente el MNRI del doctor Siles en función de gobierno.

Dos semanas después, la burguesía y las fuerzas armadas actuaban, en defensa del gobierno contra la revolución obrera. ¿Cómo pudo suceder?

Unidad contra la revolución

Un papel fundamental cumplió la Embajada de Estados Unidos, que intervino directamente para frenar a los llamados militares “patrióticos” en sus afanes golpistas. Con ayuda yanqui Siles pudo otorgar un aumento salarial de 500 por ciento a todos los miembros de las Fuerzas Armadas y de la policía.

El temor a que las pugnas internas en el seno de la burguesía y su brazo armado permitieran que la huelga general desembocara en una insurrección victoriosa obligó a todos a superar sus diferencias para enfrentar unidos a los trabajadores. El ex dictador Hugo Banzer, uno de los políticos más lúcidos de la burguesía, vio claramente el peligro y desde un principio defendió al gobierno de Siles, en declaraciones públicas y desde las páginas de Acción.

Paz Estenssoro fue prácticamente conminado a dejar de jugar al “golpe constitucional”, mientras que Garret, su compañero de fórmula, declaró que “sería infantil suponer que el MNR estuviera interesado en hacerse cargo del gobierno”.

Es notable cómo cambió la actitud de Lechín al soldarse el frente burgués. En un principio, el dirigente máximo de la COB levantó la consigna “abajo Siles”, aunque en ningún momento trató de orientar la huelga general hacia ese fin. Su objetivo era presionar al presidente para obtener su renuncia. Sin embargo, cuando Paz Estenssoro y Garret declararon públicamente que el MNR no asumiría el gobierno si Siles renunciaba, Lechín cambió su lenguaje, abandonó la consigna de “abajo Siles” para pasar a negociar con el gobierno.

Los partidos que especulaban con el golpe de los militares patrióticos (PS1, MIR-Masas) retrocedieron y dejaron de agitar sus consignas antigubernamentales en el momento en que ese sector militar dejó de lado su proyecto golpista y pasó a apoyar al régimen agonizante.

En el plano internacional, el Parlamento Latinoamericano se declaró en estado de emergencia el 18 de marzo y reiteró su apoyo a Siles. El documento de solidaridad con el gobierno boliviano fue refrendado también por Mario Soares, primer ministro de Portugal, y por Ulises Guimaraes, vicepresidente de la Internacional Socialista.

El 12 de marzo la banca privada internacional aceptó renegociar la deuda externa para cooperar financieramente con Bolivia en su “difícil situación”.

Voces desde la “izquierda”

Componente esencial del frente contrarrevolucionario de la burguesía y el imperialismo, en defensa del gobierno hambreador y represor, fueron algunos partidos y dirigentes de la “izquierda” boliviana, pero también de la izquierda internacional. Así, el matutino boliviano Hoy informó en su edición del 3 de marzo que “el jefe de Estado del gobierno sandinista de liberación, Daniel Ortega, expresó su más firme solidaridad con el proceso democrático y el gobierno revolucionario de Siles Suazo. Asimismo, el presidente Siles Suazo se reunión con dirigentes del Frente Amplio de Uruguay quienes expresaron su pleno respaldo al régimen constitucional de Bolivia. El Frente Amplio expresó su preocupación, porque sectores sindicales inmaduros tratan de romper el sistema de libertades constitucionales en el país, con grave peligro para la estabilidad política no sólo del país sino del Cono Sur que ingresó a una fase de democratización”.

Y para cerrar esta lista, escuchemos la voz de Fidel Castro, en una entrevista publicada en el Granma, diario oficial del PC cubano, del 3 de marzo: “En Bolivia hay un presidente a quien verdaderamente estimo, que desea salvar el proceso democrático, y un Partido Comunista que no participa en la subversión ni busca desorganizar al país, sino que es un aliado del gobierno, participó en la coalición que ganó las elecciones y tiene la política del gobierno”.

Añade Castro que la situación social es “insostenible” y que “los obreros, los campesinos, el pueblo en general, ya no pueden aceptar más sacrificios”, pero “no son los comunistas quienes inician las protestas”.

Es, pues, evidente, que las direcciones del Frente Amplio, el Frente Sandinista y el castrismo también formaron parte del frente que le permitió al gobierno recuperar la iniciativa.

¿Era posible tomar el poder?

La sólida unidad de la burguesía y la “izquierda” contrarrevolucionaria no explica por sí sola la derrota momentánea de la revolución boliviana. El problema fundamental fue el de la propia dirección obrera.

En todo el curso de los acontecimientos, un solo partido, el PST, sostenía que la huelga debía conducir al derrocamiento de Siles y la toma del poder por los obreros. Las demás organizaciones y Lechín se oponían a esta perspectiva con dos argumentos fundamentales: la “falta de unidad de la izquierda” para conformar una dirección que tomara el poder, y la “falta de armas” para enfrentar el aparato represivo de la burguesía.

Con el primer argumento, los dirigentes de la COB y la Federación Minera simplemente buscan soslayar su responsabilidad. Ellos eran la dirección única y reconocida de la huelga general, a ellos correspondía encauzarla hacia el poder. Cabe añadir, de paso, que los máximos dirigentes de la COB y la Federación Minera lo son también de los partidos de izquierda.

En cuanto al segundo argumento, cuyo máximo expositor es Lechín, decir que faltan armas sin mostrar en concreto cómo deben armarse los obreros es una actitud similar a la de un médico que se limitara a diagnosticar una enfermedad sin recetar el tratamiento correspondiente.

Es además, una verdad parcial, porque los mineros contaban con su arma tradicional que es la dinamita y una organización “militar” también tradicional que son las milicias armadas de la COB. Y un tercer aspecto de la cuestión es que la COB en ningún momento elaboró una política para ganar a la base del ejército y la policía.

Un día antes de la ocupación de La Paz por el ejército, la dirección de la COB emitió el siguiente comunicado: “En cumplimiento del punto 5 de la resolución política del VI Congreso Nacional de la COB, convocamos asimismo a los oficiales, clases y soldados del Ejército y la Policía a sumarse a la lucha para evitar la represión y el fascismo en la acción permanente por nuestras reivindicaciones”.

Esta declaración apareció a último momento, cuando ya era prácticamente imposible revertir el curso de los acontecimientos.

En un comienzo, cuando el descontento por los bajos salarios y socorros era visible en la base del ejército, las posibilidades de socavar la moral de los soldados, conscriptos, clases y jóvenes oficiales eran muy favorables.

La dirección de la COB en ningún momento enarboló las reivindicaciones económicas de la tropa. Tampoco llamó a los soldados a sindicalizarse como lo estaban haciendo los gendarmes de la policía. Y menos aún llamó a la población a confraternizar con la base de la policía y el ejército. Algunos mineros intentaron espontáneamente abrir el diálogo con los militares sin rango, pero ya los tanques rodaban sobre la capital.

La dirección de la COB tampoco impulsó la organización de comités de autodefensa mineros frente a un posible enfrentamiento con los militares. La dinamita, armamento natural de los mineros, brindaba grandes condiciones para armar a las masas. Los trabajadores comprendían intuitivamente que el enfrentamiento era factible, pero no había una dirección que planteara reactivar las milicias de la COB.

El Comité de Huelga minero organizó la llamada Policía Minera, encargada de controlar que los trabajadores volvieran temprano a sus alojamientos, no bebieran ni provocaran ningún tipo de desorden por fuera de las instrucciones de la COB. Sobre esta base era posible desarrollar una organización de autodefensa contra la represión. También se hubiera podido contrarrestar las acciones de la derecha, que desde los primeros días de la movilización hizo estallar bombas destinadas a inculpar a los mineros y amedrentar a la población.

Finalmente, es necesario señalar que las negociaciones dilatorias e interminables, terminaron por amortiguar y desgastar la movilización. El interior del país había empezado a plegarse activamente a la lucha, pero el centro neurálgico, en La Paz, llevaba ya dos semanas sin tener en claro cuál era el objetivo de la huelga, cuando todos sabían que Siles no iba a otorgar el salario mínimo vital con escala móvil.

De manera que los propios argumentos de la conducción lechinista y la “izquierda” se vuelven en su contra. Sí existía una conducción unificada en condiciones de conducir la movilización hacia el poder, respaldado por los trabajadores armados (con dinamita) y con una rudimentaria organización militar que hubiera podido desarrollarse. Sí existían condiciones objetivas para ganar a la base del aparato de represión de la burguesía y desmoronarlo por esa vía.

Si algo faltó, fue que la conducción del conflicto se planteara la perspectiva del poder.



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