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Resumen histórico, a modo de presentación

por Andrea Polaco, CEIP León Trotsky

En la historia de Bolivia encontramos la más inhumana explotación y humillación desde los inicios de la construcción del Estado-Nación capitalista que, como no podía ser de otra manera, se basó en la esclavización del trabajo indígena, hasta la más digna rebelión del pueblo desposeído con sus periódicas insurrecciones. Hay quienes dicen que Bolivia es el país que más violencia en la lucha de clases tiene en su haber.

El objetivo de esta presentación es dar cuenta de tres períodos históricos de la lucha de clases boliviana que han constituido sus hitos más importantes: la revolución de 1952, el período de la Asamblea Popular comprendido entre 1969 y 1971 y el ascenso minero de 1985; también apuntamos algunas observaciones críticas sobre los principales partidos trotskistas que, en mayor o menor medida, han jugado un rol importante en las diferentes situaciones analizadas. Muchos de las fuentes aquí citadas pueden consultarse en este mismo Boletín.

Saltarán a la vista del lector analogías con las realidades y problemáticas de otros países latinoamericanos. José Carlos Mariátegui, refiriéndose al problema indígena en Perú decía: “La cuestión indígena arranca de nuestra economía. Tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra. Cualquier intento de resolverla con medidas de administración o policía, con métodos de enseñanza o con obras de vialidad, constituye un trabajo superficial o adjetivo, mientras subsista la feudalidad de los gamonales (...) El problema agrario se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación de la feudalidad en el Perú. Esta liquidación debía haber sido realizada ya por el régimen democrático burgués formalmente establecido por la revolución de la independencia. Pero en el Perú no hemos tenido en cien años de república, una verdadera clase capitalista. La antigua clase feudal camuflada o disfrazada de burguesía republicana, ha conservado sus posiciones” (José Carlos Mariátegui, “Siete ensayos de interpretación...”, citado por Liborio Justo en “Bolivia: la revolución derrotada”, Juárez Editor, Buenos Aires, 1971, pág. 101).

Efectivamente, el problema de la opresión de los pueblos indígenas y el problema de los latifundios es uno de los no resueltos por la república burguesa en Bolivia.

La principal explotación económica, basada en la minería y, principalmente a partir de 1910 en la extracción de estaño, se convirtió de posibilidad de crecimiento, en obstáculo absoluto y en causante de miseria, muerte y horror. En 1913 tres potentados: Patiño, Aramayo y Hochschild, controlaban la producción estannífera boliviana. Simón Patiño era considerado el “rey del estaño” y llegó a poseer una de las fortunas mayores del mundo. De la mano de estos magnates penetró más y más en la economía boliviana el imperialismo (a través de los ferrocarriles ingleses primero, y el imperialismo yanqui luego, de la mano de los empréstitos). Mientras tanto, los obreros de las minas vivían en la miseria, trabajaban como esclavos, contraían enfermedades características de su trabajo y tenían un promedio de esperanza de vida de 30 años.

Años de terrible desigualdad y polarización entre los dueños del país con sus funcionarios a sueldo y el pueblo pobre, abonaron el camino de la toma de conciencia y la insurrección.

El período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial dio lugar al surgimiento de distintos gobiernos con rasgos nacionalistas como Toro, Busch y Villarroel (en consonancia con el resto del continente, Cárdenas en México, Perón en Argentina, Vargas en Brasil) que, ante la ofensiva colonizadora norteamericana realizaban algunas concesiones al movimiento obrero para, por un lado, quitarle independencia y potencial revolucionario (la estatización de los sindicatos era el medio privilegiado para esto) y, a la vez, ubicarse en mejores condiciones para negociar con el capital extranjero.

“El proletariado boliviano es joven por dos razones. Aparece prácticamente en el siglo XX y el promedio de vida del trabajador boliviano no pasa de los 30 años. La juventud de nuestro proletariado no debe confundirse con su pretendida insipiencia, tesis tan cara a stalinistas y movimientistas... La juventud de nuestro proletariado le da ciertas ventajas para asimilar la última palabra de la doctrina revolucionaria. Son notables nuestros trabajadores no solamente por su admirable combatividad, que arranca de la agudeza de las contradicciones de clase, sino porque hasta hace poco han permanecido prácticamente vírgenes en el aspecto político y porque carecen de tradiciones reformistas, anarquistas y stalinistas. Cuando las masas bolivianas se lanzan a luchar políticamente, el stalinismo ya se había tipificado en la palestra mundial como una definida corriente contrarrevolucionaria y en el país hizo experiencia de unidad con la rosca (la forma en que se denominaba al régimen político de la oligarquía minera, NdeR) y de ahogar en sangre movimientos proletarios. En estas condiciones es explicable que la clase obrera boliviana, especialmente el sector minero, se hubiese colocado a la vanguardia de la lucha revolucionaria en América Latina” (Guillermo Lora, “Sindicatos y revolución”, citado por Liborio Justo en “Bolivia: la revolución derrotada”, Juárez Editor, Buenos Aires, 1971, pág. 106).

Una nueva aparente contradicción se abría en el cuadro de Bolivia, uno de los países más atrasados del continente: el partido que surgía con más fuerza entre el proletariado, el primero de los partidos nuevos en constituirse, fue el políticamente más avanzado: el del trotskismo. El Partido Obrero Revolucionario (POR) se fundó en el exilio, en Córdoba, Argentina, a fines de 1934. Recién en 1938 se realiza la Segunda Conferencia del POR, ya en La Paz, retornados sus fundadores al país. Pero en esta época el POR era un grupo de propaganda que, además, atravesó diversas crisis internas (primero la separación de Tristán Marof, uno de sus fundadores, luego la muerte de Gainsborg, su dirigente).

Hacia 1940 el stalinismo a través del Congreso de Izquierdas, impulsa la fundación del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), que desde el mismo momento de su fundación comenzó a alinearse con los intereses del Kremlin teniendo en cuenta sólo sus necesidades tácticas en la guerra. Cuando se fundó estaba en vigor el pacto Hitler-Stalin y entonces el PIR atacaba al gobierno de Peñaranda que aparecía embarcado en la tradicional línea de la “rosca”, al lado del imperialismo yanqui. Pero rápidamente el PIR iba a cambiar el rumbo por la nueva alianza de Stalin con el imperialismo “democrático”. El stalinismo se orientó hacia la cooperación directa con la “rosca” y el imperialismo para “defender la democracia”. Fue remarcada la teoría de que cualquier acción de masas significaba un apoyo directo al régimen fascista de Alemania.

Esto fue lo que permitió que el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), fundado en 1942, se convirtiese más adelante en un partido de masas ya que tuvo un tinte “nacionalista” que se agrandaba frente a la desvergonzada alianza del PIR con el gobierno “rosquero” y el imperialismo yanqui.

Bajo el pretexto de las necesidades bélicas para derrotar al nazismo, el imperialismo yanqui intensificó las exigencias para con Bolivia. Pasó a la carga exigiendo indemnizaciones para la Standard Oil por trabajos realizados y presionó para intensificar la explotación minera. “Esto provocó, finalmente, una situación de violencia particular que desembocó en una de las bárbaras y periódicas masacres del proletariado de las minas, la de Catavi, el 13 de diciembre de 1942. ‘La guerra había resultado un brillante negocio para la oligarquía minera que en los tres años transcurridos había logrado una utilidad superior a los 800 millones de bolivianos. En cambio, para los obreros, había resultado un verdadero desastre, ya que los sueldos se habían congelado, mientras los precios de la pulpería sufrían periódicas alzas’. ‘Los obreros mineros, para quienes el problema de la guerra (y la defensa de Moscú) era mucho menos importante que su propio problema de vivir, se declararon en huelga, pidiendo aumento de salarios’. Y, como respuesta, fueron ametrallados” (Liborio Justo, “Bolivia: la revolución derrotada”, Juárez Editor, Buenos Aires, 1971, pág. 134).

En estos hechos se basaba la prédica demagógica del MNR que iba logrando influencia y atrayendo la adhesión popular. En diciembre de 1943 organizó un golpe de Estado que puso a Villarroel en el gobierno y a hombres del MNR en el gabinete, entre los que se encontraba Victor Paz Estenssoro. “Villarroel-Paz Estenssoro –escribe G. Lora- llegaron al poder en un momento en que el descontento de las masas estaba minando al gobierno reaccionario de Peñaranda. Las acciones de la lucha de clases, cuyo punto culminante había sido alcanzado en diciembre de 1942 en Catavi, no habían sido completamente eliminadas por la masacre, pero se encontraban en declinación. En esa época el MNR no tenía control ni sobre el proletariado ni sobre el campesinado, ni sobre la mayoría de la pequeña burguesía. Era conocido sólo como un grupo de periodistas que, bajo la influencia de la Embajada alemana y pagados por ella, había llevado una intensa campaña contra el imperialismo yanqui. Buscaba controlar al movimiento obrero a través del gobierno” (Fourth International, New York, Mayo-Junio, 1952, citado por Liborio Justo en “Bolivia: la revolución derrotada”, Juárez Editor, Buenos Aires, 1971, pág. 138).

Pero la demagogia del MNR había sembrado enormes ilusiones y las masas pronto comenzaron a desilusionarse debido a la tibieza de las medidas y a que los grandes problemas de la tierra, la economía, la relación con el imperialismo, etc., seguían irresueltos. “La agitación continuó agudizándose desde enero de 1946. Y fue entonces que en un inesperado vuelco, los trabajadores de las minas, ya sin hallar en el gobierno todo el eco que anhelaban, comenzaron a poner atención en el Partido Obrero Revolucionario (POR) que hasta entonces prácticamente había existido al margen de los acontecimientos, constituyendo una minoría intelectual alejada de la masa”. (Liborio Justo, “Bolivia: la revolución derrotada”, Juárez Editor, Buenos Aires, 1971, pág. 141). En el Tercer Congreso Minero en Catavi, el proletariado, aunque en lo político seguía aún bajo el control oficial, se condujo en base a la inspiración del POR y se pronunció por la escala móvil de horas de trabajo y de salario, la supresión de las pulperías, la ocupación y nacionalización de las minas, etc. El 21 de julio de 1946, motorizada por el PIR y por las disputas abiertas en el propio gobierno del MNR, se produjo una movilización popular que alcanzó niveles de violencia sin precedentes. El presidente Villarroel y numerosos colaboradores fueron asesinados y colgados de los faroles de la Plaza Murillo, de La Paz. “¿Fue realmente popular el movimiento del 21 de julio de 1946? No hay duda que lo fue. Aunque iniciado por la pequeña burguesía... logró abarcar masas cada vez mayores, hasta alcanzar al proletariado urbano, influenciado por el stalinismo. Sobre esa base se organizaron los ‘comités tripartitos’, de predominio pequeño burgués. Fue la intensidad de la propaganda adversa a Villarroel y la incapacidad de éste de satisfacer realmente las exigencias de la masa popular, fuera de algunos paliativos y muchas promesas, lo que lanzó en su contra a aquellos que, finalmente, llegaban a la conclusión de que se veían defraudados. Y culminaron intensos días de combates callejeros con una terminante victoria” (Liborio Justo, “Bolivia: la revolución derrotada”, Juárez Editor, Buenos Aires, 1971, pág. 148).

Pero las masas fueron expropiadas del poder por el PIR stalinista y los partidos oligárquicos, inaugurándose el llamado “sexenio rosquero”. El PIR, que presentaba al gobierno de la oligarquía y el imperialismo como “antifascista”, tenía ministerios en el mismo y buscaba lograr el control del movimiento obrero. Los mineros rápidamente encabezaron la oposición al gobierno, radicalizando sus posiciones políticas. Con el antecedente de las resoluciones votadas en el anterior Congreso de la Federación Sindical de los Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) realizado en Catavi a principios de 1946, los representantes de los mineros de Bolivia se reunieron en noviembre de 1946 en Pulacayo, donde aprobaron por unanimidad las tesis presentadas por el POR. Es conocido que Patiño, el “rey del estaño”, hizo publicar en grandes desplegados en los principales diarios del país las “Tesis de Pulacayo”, con el fin de urgir al gobierno a actuar duramente contra los mineros que habían adoptado “un programa claramente comunista”. No se equivocaba en señalar a las Tesis como un síntoma claro de la radicalización política que se expresaba entre los mineros, el sector más concentrado y económicamente decisivo del proletariado del país. Sin embargo, es importante señalar que las Tesis de Pulacayo subestimaban las reivindicaciones que podían llevar a consolidar la alianza obrera y campesina, fundamentalmente las tareas democráticas, entre las cuales la reforma agraria es fundamental. Tampoco planteaban la necesidad de luchar por organismos de democracia directa que pudieran materializar el programa de acción contenido en ellas. Señalamos estas limitaciones no para subestimar la profunda radicalización política que dio origen a semejante documento revolucionario, sino porque ambas cuestiones (un programa democrático revolucionario y una estrategia sovietista) cruzaron la lucha de clases boliviana a lo largo del siglo XX adquiriendo enorme importancia y también revelaron límites políticos dentro de los partidos trotskistas.

Luego de la caída de Villarroel y el ascenso al poder de la “rosca”, se abre un período de durísima lucha de clases. El MNR, expresión del nacionalismo burgués nativo, que había integrado el gobierno de Villarroel, radicalizó su discurso para buscar capitalizar la oposición obrera al gobierno rosquero. En 1951, Paz Estenssoro, candidato del MNR, ganó las elecciones presidenciales ampliamente, pero mediante el “mamertazo”, un “autogolpe”, fueron anuladas las elecciones y los militares instauraron un régimen dictatorial muy represivo, que sin embargo no lograría asentarse.
El 9 de abril de 1952, la policía y un sector del ejército, en acuerdo con el MNR, intentaron un contragolpe, que fracasó. La política del MNR era evitar la entrada de las masas en la escena, mediante golpes y contragolpes palaciegos. Pero el fracaso del intento del MNR produjo el efecto contrario y las masas irrumpieron, armándose y enfrentándose duramente a las fuerzas represivas. Los mineros ocuparon Oruro apoderándose de los regimientos y liquidando al ejército. Luego marcharon hacia La Paz. Allí siete regimientos militares -la base del ejército boliviano- fueron finalmente derrotados y las armas tomadas por los trabajadores. Han sido tres días de insurrección que han conmovido al mundo. Las fuerzas rendidas desfilaron por la ciudad custodiadas por las milicias revolucionarias de obreros. Más de 1500 hombres, mujeres y niños perdieron la vida en aras de la victoria de abril.

Las masas triunfantes, sin embargo, entregaron el gobierno al MNR: Paz Estenssoro vuelve del exilio y es consagrado presidente. En un discurso desde el balcón presidencial dijo: “Por mucha seguridad que tenía en el heroico pueblo de Bolivia, nunca mis sueños más audaces me permitieron pensar en esta terminante derrota de la Rosca (...). Quienes tenemos el gobierno por decisión del pueblo boliviano estamos en un compromiso, el más grande de nuestras vidas, y debemos responder a esa confianza que el pueblo ha puesto en nosotros...” (Néstor Taboada Terán, “Bolivia: la revolución desfigurada”, Historia del Movimiento Obrero N° 79, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1991, pág. 655).

Durante los primeros meses luego del triunfo revolucionario, coexistieron dos poderes en Bolivia. Por un lado el de los capitalistas que intentaban ganar tiempo para recomponer su Estado con el MNR y los ministros “obreros” (Lechín y otros) a la cabeza. Por otro lado, el poder revolucionario expresado por las milicias obreras y campesinas que eran las únicas fuerzas armadas en el país y agrupaban entre 50 y 100 mil hombres y la Central Obrera Boliviana (COB), fundada recientemente, que dirigía al movimiento revolucionario. Desgraciadamente, la política de la dirección de la COB se constituyó, desde el primer momento, en la clave que posibilitó la recomposición del régimen burgués. Tres meses después de la revolución el nuevo gobierno plantearía el decreto de reorganización del ejército. La situación se resolvió favorablemente a la burguesía. El embate de las masas fue contenido y el régimen burgués relativamente estabilizado.

La revolución boliviana de 1952 fue producto, entonces, de diferentes condiciones. Desde el punto de vista internacional, a la salida de la Segunda Guerra Mundial, América Latina atravesaba un período signado por el despliegue del imperialismo norteamericano, que buscaba completar su dominio sobre todo el continente, y por un amplio ascenso obrero y popular. El “Bogotazo” de 1948 en Colombia, las huelgas y movilizaciones en Chile de 1948 a 1950, el proceso de organización y movilización obrera en Argentina (finalmente canalizado por el peronismo), son ejemplos de esto. Desde el punto de vista nacional, el viejo régimen de “la Rosca” que había sido reemplazado por un tibio “nacionalismo”, no pudo contener la creciente conmoción social y la enorme tensión que alcanzó la lucha de clases que pasó por una sucesión de gobiernos populistas y reaccionarios, golpes de estado, huelgas obreras semi-insurreccionales, etc., mostrando la desilusión de las masas con la demagogia no cumplida del régimen. Al mismo tiempo, la elevada conciencia de sectores del proletariado, fundamentalmente los mineros, que se había expresado ya en las Tesis de Pulacayo, provocaba una presión permanente sobre las promesas y hechos de los sucesivos gobiernos y alzamientos radicalizados por doquier.

La izquierda boliviana, desgraciadamente también el trotskismo, en vez de aprovechar la crisis revolucionaria y la existencia del poder dual para luchar por un gobierno obrero-campesino, apuntaló al nuevo gobierno de Paz Estenssoro. “El Partido Comunista dice: ‘Si a Bolivia le cupo la honra de ser la primera en rebelarse contra el yugo español, le ha tocado ahora colocarse también a la cabeza de los pueblos de América, enarbolando la bandera de la independencia económica y social...’ Y el POR también dice su palabra: ‘La revolución para vencer tiene, necesariamente, que sobrepasar los marcos de la democracia burguesa (...). Lejos de lanzar la consigna de derrocamiento del régimen Paz Estenssoro, lo apuntalamos para que resista la embestida de la Rosca, llamamos al proletariado internacional a defender incondicionalmente la revolución boliviana y su gobierno transitorio...’” (Néstor Taboada Terán, “Bolivia: la revolución desfigurada”, Historia del Movimiento Obrero N° 79, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1991, pág. 655). Liborio Justo basa sus críticas al POR en: “no haber advertido en su momento, el establecimiento de la dualidad de poderes, hecho capital que tuvo lugar después del 9 de abril de 1952, en Bolivia; de no haber sostenido, en consecuencia, la necesidad de la toma del poder por el proletariado, en lugar de ello, el nombramiento de ministros ‘obreros’ y la defensa del gobierno del MNR, que estaba tratando de definir aquella dualidad a su favor, a la vez que liquidando la revolución; de haber olvidado completamente, en tal circunstancia, las Tesis de Pulacayo, de la que había sido autor, fundamentando, en cambio, su estrategia de un nuevo levantamiento que alegaba debía tener lugar cuando el pueblo se ‘educara’ y hubiera hecho, además, su experiencia negativa con el MNR...”Liborio Justo, “Bolivia: la revolución derrotada”, Juárez Editor, Buenos Aires, 1971, pág. 289). La situación política había provocado fuertes presiones en uno de los partidos trotskistas más grandes de Latinoamérica y la crisis estalló. Muchos militantes del POR ingresaron al MNR bajo la política del “entrismo” y actuaron junto al hombre fuerte del régimen, Juan Lechín Oquendo, dirigente de la COB. Pero la política del POR estaba, a su vez, influenciada por la desviación de la IV Internacional en manos de Michel Pablo. El Tercer Congreso de la IV Internacional, realizado en París en 1951 (al que asistió Lora), confirmaba la política de entrismo al stalinismo y de presión hacia los movimientos nacionalistas burgueses. “Por otra parte, en caso de movilización de masas bajo el impulso de la influencia preponderante del MNR, nuestra sección debe sostener con todas sus fuerzas al movimiento, no abstenerse sino al contrario intervenir enérgicamente en vista de llevarla lo más lejos posible, comprendiendo esto hasta la toma del poder por el MNR, sobre la base del programa progresivo del frente único antiimperialista (...) Si contradictoriamente, en el curso de estas movilizaciones de masas, nuestra sección comprobase que disputa con el MNR la influencia sobre las masas revolucionarias, ella levantará la consigna de gobierno obrero y campesino común a los dos partidos, siempre sobre la base del mismo programa, gobierno apoyado en los comités obreros y campesino y los elementos revolucionarios de la pequeño burguesía” ("Tareas específicas y generales del movimiento proletario marxista revolucionario en América Latina", en Quatrième Internationale, agosto de 1951). 

¿Cuál fue la política del POR luego de la revolución de abril del ‘52? La resolución de su IX Conferencia, realizada a la vuelta de Lora de Europa pocos meses después del comienzo de la revolución, decía:
“El informe político nacional resume la posición del POR en relación al gobierno como sigue:
1- Apoyo al gobierno ante los ataques del imperialismo y la Rosca
2- Apoyo a todas las medidas progresivas que lleve adelante, indicando siempre su perspectiva y sus límites.
3- En la lucha entre las alas del MNR, el POR apoya a la izquierda... El POR apoyará el ala izquierda del partido, en todas sus actividades que tiendan a destruir las estructuras sobre las que se basa la explotación feudal burguesa e imperialista, y en cada intento de profundizar la revolución y llevar adelante el programa obrero, como el control completo del gobierno, remplazando así al ala derecha” (Novena conferencia del POR, en Lucha Obrera 11 de noviembre de 1952).
La política del POR frente al gobierno del MNR fue muy similar a la que plantearon Stalin, Kamenev y Zinoviev frente al gobierno provisional surgido en Rusia en febrero de 1917 antes de la llegada de Lenin, que la criticó como completamente oportunista y enfrentó rearticulando la política bolchevique detrás de la perspectiva de “todo el poder a los soviets”. Tanto Lora como los dirigentes del POR que después formarían sus tendencias rivales, compartían en mayor o menor grado la estrategia de presionar al ala izquierda del MNR (el lechinismo) a que fuera más allá de sus intenciones, y por ello se negaron a plantear durante los meses decisivos después abril de 1952 y durante 1953 la política de “todo el poder a la COB”.

 

Los gobiernos nacionalistas comenzaron, luego de estabilizada la situación, un viraje crecientemente pro-imperialista. Las presiones yanquis se centraban en las industrias de la extracción, tanto la minería como el petróleo. Este se desnacionalizó y comenzó una avalancha de empresas internacionales que se disputaban las concesiones que ofrecía el estado. La intromisión del Fondo Monetario Internacional como garante de inversiones imperialistas se profundizó en forma alevosa. En 1957 Hernán Siles Suazo puso en práctica el plan Eder (presidente de la misión del FMI) para parar la inflación, que congelaba los salarios y elevaba los precios de los artículos de consumo de acuerdo con la oferta y la demanda. Juan Lechín declaró: “De haberse dejado continuar el ritmo de la inflación sólo podía tener un fin: la bancarrota del país, el fin mismo de la revolución. Sobre el hambre y el descontento del pueblo las fuerzas reaccionarias iban cobrando energía y audacia (...). En consecuencia, económica y políticamente los trabajadores están vitalmente interesados en ponerle freno a la inflación; naturalmente que el plan Eder también ha cavado la fosa para enterrar la revolución: dependerá, sin embargo, de que el gobierno tome las medidas necesarias en un futuro próximo para evitar tal entierro”. (Néstor Taboada Terán, “Bolivia: la revolución desfigurada”, Historia del Movimiento Obrero N° 79, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1991, pág. 668). Pero, a diferencia de lo que Lechín prometía al proletariado sobre la defensa que haría Siles Suazo de la revolución, éste lanzó una política divisionista del movimiento obrero fomentando un ala dentro de la COB llamada de los “reestructuradores” que, si bien no lograron influencia, intentaron imponerse a los tiros frente al ala más combativa. En Huanuni se llegó al enfrentamiento armado entre estas dos facciones y el sector mayoritario de los mineros, junto con la ayuda de los de Catavi y Siglo XX colgó el cadáver de Celestino Gutiérrez, dirigente reestructurador, de un árbol en la plaza principal. Siles Suazo salvó su vida frente al enardecido pueblo de Huanuni, pero políticamente se abría una nueva etapa de enfrentamiento entre las masas y el gobierno.

Victor Paz Estenssoro fue elegido para un nuevo período presidencial de 1960 a 1964, acompañado de Juan Lechín. El 22 de agosto de 1963 el gobierno firma un decreto supremo por el cual establece con carácter obligatorio la importación de artículos de uso y consumo de Estados Unidos, con precios mayores a los establecidos en el comercio internacional y más altos que los europeos. Simultáneamente rompió relaciones diplomáticas con Cuba y Fidel Castro comenzó a denunciar que dicha medida fue producto de una imposición norteamericana. El viraje proimperialista provocó una gran politización y polarización social que elevó la violencia en la lucha de clases.

El 28 de febrero de 1964 los trabajadores mineros de Huanuni, Catavi, Siglo XX y otras localidades, realizaron una manifestación por las calles de Oruro hasta llegar la Plaza Cívica, donde quemaron sus carnets de adherentes al MNR repudiaron enérgicamente al gobierno de Paz Estenssoro. El comité político nacional del MNR expulsó a Juan Lechín que fundó rápidamente el Partido Revolucionario de la Izquierda Nacional (PRIN). El gobierno, apoyando a los “reestructuradores”, impulsó la formación de la Central Obrera Boliviana de Unidad Revolucionaria (COBUR), amarillista, para enfrentar a la COB.

En 1964 el general Barrientos, que era vicepresidente, dio un golpe de Estado contra Paz Estenssoro en una acción destinada a golpear directamente al movimiento obrero que venía resistiendo el viraje crecientemente pro-imperialista de los gobiernos nacionalistas desde 1957-58. El golpe inauguró un régimen profundamente reaccionario y antiobrero, caracterizado por la militarización de los sindicatos, masacres como la de San Juan, y asesinatos de dirigentes obreros como César Lora, Isaac Camacho y otros, así como el cerco a la guerrilla y el asesinato del Che en 1967. Sin embargo la clase obrera comenzó un nuevo proceso de ascenso a fines de los sesenta acompañando el ascenso revolucionario internacional que en esos años y hasta mediados de los setenta recorrió los cinco continentes. Este ascenso tuvo en el Cono Sur uno de sus principales epicentros, y en Bolivia se expresaría en un nuevo y agudo proceso revolucionario.
El ascenso obrero abrió brechas en el régimen militar, que tras la muerte de Barrientos se expresaron en el curso del gobierno del general Ovando y, luego del fallido golpe contrarrevolucionario de Miranda, más claramente en el gobierno de Torres. El gobierno de Torres, subproducto de la intervención del movimiento obrero que hizo fracasar el golpe del Gral. Miranda, fue débil y quedó a merced de la presión de la acción de las distintas clases, como suspendido, por así decirlo, en el aire y no le quedó otro camino que aceptar la organización y presencia activa del movimiento obrero.
Bajo el fragor del golpe contra Ovando se había constituido el “Comando Político de la COB”, integrado por varios partidos políticos (el PRIN lechinista, el PCB, el POR y otros; el MNR participaba inicialmente pero luego fue expulsado por sus aspiraciones golpistas). Torres ofreció inicialmente al Comando Político la participación abierta en el gobierno con un 25% de los ministerios, propuesta que luego sería ampliada a un 50%, pero que finalmente no prosperó. Las acciones obreras, populares y estudiantiles se continuaron y extendieron. El surgimiento de la Asamblea Popular, que tuvo su reunión inaugural en La Paz el 1º de mayo de 1971, fue expresión de este proceso y del crecimiento de la radicalización luego del fallido intento de golpe contrarrevolucionario el 10 de enero de 1971. El torrismo buscaba que las masas identificasen rechazo al fascismo con apoyo incondicional al gobierno. “Las masas rápidamente dieron su respuesta: ganar las calles para aplastar a los fascistas y lanzarse a estructurar el gobierno propio de los trabajadores, lo que suponía superar políticamente al débil régimen torrista. Los mineros, armados de dinamitas y de unos pocos fusiles, se lanzaron hacia La Paz, que virtualmente fue ocupada por ellos. La masa ululante se apostó en la histórica Plaza Murillo y entabló un acre diálogo (muchos dijeron descortés) con el Presidente de la República, cuyos slogans nacionalistas fueron rechazados por los manifestantes... Las consignas dominantes eran ‘armas al pueblo’, ‘gobierno obrero’, ‘¡viva el socialismo!’, ‘¡fusilamiento de los gorilas!’, ‘desarmar al ejército’, etc. Torres pronunció un titubeante discurso, lleno de contradicciones y muy difícilmente pudo hacerse entender en medio de las protestas, los silbidos y las risotadas. Cuando en cierto momento, buscando ganar algunos aplausos, ofreció la ‘participación popular’ en el gobierno, los trabajadores le respondieron que ellos exigían un gobierno obrero y la implantación del socialismo. Al día siguiente otra manifestación de trabajadores fabriles y sectores de la clase media de La Paz subrayó las demandas expresadas de manera tan vehemente por los mineros. Torres sólo atinó a decir que si el pueblo quería el socialismo así se haría.” (Guillermo Lora, De la asamblea popular al golpe fascista).
Pero, pese al carácter embrionariamente soviético de la Asamblea Popular, el problema del armamento de las masas nunca fue resuelto por ella. No se materializó la organización de las milicias obreras como había sucedido en el ’52. Frente al reclamo de armas de sectores de las masas, la Asamblea Popular, incluídas todas las corrientes que participaban en ella, respondía con la ilusión de que Torres las otorgaría para defender su gobierno. Tampoco logró extenderse nacionalmente ni llegó a desarrollar en su seno la democracia directa con mandato en forma plena, pese a que así lo reclamaban sus estatutos, cuestiones estas que provocarían que en su funcionamiento cotidiano prevalecieran los mecanismos de disciplina sindical que impedían que el conjunto de la clase obrera llevara su experiencia con la desgastada dirección de Lechín, que fue elegido Presidente de la Asamblea Popular.

El creciente enfrentamiento entre las clases, las tendencias a la acción directa del movimiento de masas y, por lo tanto de una mayor debilidad e impotencia del gobierno, hicieron evidente que la situación se resolvería rápidamente o con el triunfo de la revolución proletaria, o como finalmente sucedió, mediante la imposición de una dictadura contrarrevolucionaria por parte de la burguesía: el golpe encabezado por Banzer se impuso luego de importantes combates de sectores de las masas el 21 de agosto de 1971.

En la izquierda volvieron a repetirse las lógicas políticas del ’52, en forma más aguda. Lechín y el Partido Comunista Boliviano eran quienes más abiertamente jugaban el papel de despertar entre los trabajadores ilusiones en el gobierno de Torres. El primero aspiraba o a integrar nuevamente algún cargo ministerial o incluso a ser quien lograse el control de la COMIBOL si se conseguía la cogestión obrera mayoritaria. El PCB, por su parte, sostenía que el gobierno de Torres podía ser el instrumento para desarrollar la “revolución ininterrumpida” que pacíficamente pasase de su “estadio nacional-democrático al socialista”. La Unión Soviética envió técnicos y consejeros para poner al gobierno de Torres bajo su “zona de influencia”. Es decir, una estrategia de colaboración de clases muy similar a la que llevaba adelante en Chile con la “Unidad Popular” y que dos años después terminaría con el golpe sangriento de Pinochet. Estas corrientes frenaron las tendencias más avanzadas de los obreros -hablaban de lograr la “paz social” con el gobierno para no “provocar a la derecha”- limitando el desarrollo de la Asamblea Popular como órgano de poder real, siendo los principales responsables que los trabajadores estuviesen desarmados en el momento del golpe.

El POR Lora, por su lado caracterizó a la Asamblea Popular como “soviet real y viviente”, posición exagerada, teniendo en cuenta las limitaciones más arriba mencionadas. Pero aún con esta definición, centró toda su política en la propuesta de “cogestión obrera mayoritaria” que, pese a su enorme importancia movilizadora en el seno de los mineros, era completamente insuficiente por sí misma para desarrollar la movilización revolucionaria del conjunto de los oprimidos de la ciudad y el campo. Tanta importancia le dio Lora a dicha consigna que formó un bloque en la Asamblea Popular junto al PCB (de quien decía que “se había trotskizado”) y a Lechín, que acordaban con la misma, argumentando que la lucha por imponerla llevaría a las masas al poder. Así, el programa de acción revolucionaria fue reemplazado por la sola consigna de “cogestión obrera mayoritaria”. Por el contrario, lo fundamental era que la Asamblea Popular levantara un programa que permita aglutinar a las clases oprimidas y rompiera el pacto militar-campesino, ya que los golpistas aún contaban con los campesinos como base social. Esto hubiese permitido que la Asamblea ganase una mayor autoridad en el conjunto de los sectores que aún se encontraban al margen del proceso de movilización, avanzando en su desarrollo como poder real.

Por otro lado, el POR-Lora, con el argumento de “la excepcionalidad del ejército boliviano”1 profundizó una política hacia las fuerzas armadas que lo llevó a romper con las concepciones marxistas revolucionarias del Estado. Lejos de luchar contra la ilusión de las masas en que el camino para enfrentar al régimen podía venir de una ruptura dentro del Ejército (los golpes y contragolpes en Bolivia fueron frecuentes en todos los períodos), Lora sostenía, como lo hace hasta la actualidad, que había que para ganar armas para el pueblo había que ganar a sectores de las FFAA. “Sabemos que los explotados triunfarán en sus propósitos cuando logren penetrar ideológicamente en las FFAA y en la policía, cuando organicen con soldados, sargentos, suboficiales y jóvenes oficiales una tendencia revolucionaria de uniformados...” (Masas Nº 936, pág. 10, 28 Congreso del POR, Tesis y Resoluciones, abril de 1985). Para el trotskismo es necesaria una política hacia las FFAA, pero ésta tiene como eje, esencialmente, el armamento del proletariado y la preparación de la insurrección, que muestra a la clase obrera y los sectores populares decididos a ir hasta el final y hacerse del poder, y de ningún modo la propaganda ideológica o política dentro de las fuerzas represivas del Estado burgués. 

Por su parte, las corrientes guerrilleras (MIR, ELN, PCML) defendían la concepción de la “guerra popular prolongada” y la “revolución desde abajo”, despreciando completamente la necesidad de movilizar a las grandes masas obreras y campesinas para la conquista del poder, tarea que reducían a la construcción de su “ejército popular”.

El POR-Combate (una ruptura del POR dirigida por Hugo González Moscoso), también se inclinó hacia posiciones similares, como resultado de las cuales se concentró en las actividades guerrilleras, teniendo una actitud abstencionista hacia la Asamblea Popular y mostrando su menosprecio por los organismos de masas. Luego de la derrota de 1971, en plena dictadura de Banzer, caracterizando que se estaba gestando un nuevo ascenso obrero, planteaba como método para ganar influencia en las masas la construcción de un Partido-Ejército revolucionario. “Esto quiere decir que debemos construirnos en la clase como dirección política y militar. Nuestro partido debe funcionar en el medio obrero como el Partido-Ejército revolucionario. Sobre sus cuadros y equipos militares debe construir el ejército popular obrero y campesino, del mismo modo que con nuestros cuadros sindicales y políticos debemos tender a la construcción de la nueva dirección sindical revolucionaria. El trabajo en las masas no es contrapuesto a la actividad militar. Solamente son aspectos de la lucha contra el imperialismo y los explotadores nacionales, contra el fascismo, y por el socialismo. El trabajo y las acciones militares se nutren del trabajo en las masas y a la vez éste se estimula y avanza apoyado en las acciones armadas. Nuestra concepción de guerra revolucionaria es una concepción de lucha armada de masas, como fuera planteada por el Che Guevara” (“Banzer en el camino de la destrucción de Bolivia”, Mayo de 1973, Comisión Política en el exilio, Partido Obrero Revolucionario – Combate – Sección boliviana de la IV Internacional, publicado en revista Cuarta Internacional N°2, octubre de 1973, pág. 62).

Esta política no era excluyente de la sección boliviana de la Cuarta Internacional. También en Argentina se había producido el surgimiento del PRT-Combatiente, desprendido del PRT-La Verdad de Nahuel Moreno. Es que la Cuarta Internacional, dirigida por Mandel, había comenzado un profundo giro hacia posiciones pro-guerrilleras que se consolidó en el Noveno Congreso Mundial de 1969. Al calor de ésta y otras discusiones, la minoría de la Cuarta Internacional (entre quienes se encontraba Nahuel Moreno) produjo un fuerte cuestionamiento que tiempo después llevaría a la ruptura. “Hoy está claro que se han ido formando dos tendencias alrededor de aspectos de vital importancia para el futuro del movimiento trotskista mundial. Una... está comprometida en la guerra de guerrillas o preparándose para este tipo de lucha, sin considerar mayormente el volumen de nuestras fuerzas o la situación real que enfrentamos. La otra tendencia mantiene la línea que defendió en el último congreso mundial, es decir, la línea propuesta por la Cuarta Internacional desde su fundación de tratar de ligarse a las masas a través de la aplicación consecuente del método expuesto en el programa de transición...” (“Argentina y Bolivia, un balance”, 1972, cuyo capítulo II es publicado en este boletín).

Luego del interregno militar autoritario de 1971 a 1982, heroica y constantemente resistido por los mineros, en setiembre del 1982 estalló la huelga general a iniciativa de los distritos mineros que obligó a la dictadura a retirarse a toda prisa, convocando al congreso disuelto en 1980 para que entregase el poder a Siles y la Unión Democrática y Popular (UDP). El gobierno de Siles fue de una enorme inestabilidad, maniobrando entre la crisis económica y el ascenso obrero y de masas. En dos años cambió siete veces de gabinete ministerial. La debilidad del gobierno se manifestó crudamente durante la huelga general indefinida por el salario mínimo vital durante noviembre del ’84 que lo obligó a adelantar las elecciones en un año. En marzo de 1985 la situación se había hecho intolerable para los trabajadores, cuyos salarios se deterioraban a pasos acelerados en medio de una inflación galopante. El gobierno, a su vez, se encontraba desprestigiado a ojos de las masas y debilitado.

Ante la presión de los mineros que en asamblea tras asamblea se pronunciaban por marchar a La Paz, la COB llamó a una movilización para el 4 de marzo bajo el lema de Paz y Libertad, reivindicando la aplicación inmediata de la escala móvil de salarios y el salario mínimo vital y móvil, control estricto de precios de los artículos de primera necesidad y congelamiento de precios de los artículos controlados por el Estado, solución inmediata del crítico problema del abastecimiento, precios racionales para los productos campesinos y tarifas justas para el autotransporte, defensa de libertades políticas y sindicales. La columna de más de 10.000 mineros fue ese día el núcleo de cerca de 50.000 manifestantes que se movilizaron de Plaza San Francisco hasta Plaza Murillo, frente a la Casa de Gobierno. Los mineros decidieron que no se iban sin una respuesta a sus reclamos y decidieron quedarse imponiendo una asamblea general para el martes 5 que impuso la huelga general al ampliado de secretarios generales del sector minero que se reunió al día siguiente. Al otro día a la mañana se pronunciaba en el mismo sentido el ampliado de secretarios generales de los fabriles y, a la tarde, el ampliado de la COB -que llamó a la huelga general indefinida de todo el movimiento obrero y popular a partir de las cero horas del 8 de marzo- no hizo más que formalizar un hecho consumado. Los 10.000 mineros permanecieron en La Paz hasta el 24 de marzo, cuando la dirección de la COB levantó la huelga. En esos 16 días de huelga general la burocracia de la COB arrastró a los trabajadores a la impotencia.

Al inicio del conflicto la burguesía estaba dividida: un sector del MNR encabezado por Paz Estenssoro alentaba la renuncia de Siles a quien buscaba reemplazar por Garret Ayllon, mientras en el ejército había un grupo de “militares patriotas”, de tinte populista, que se aprestaba a dar un golpe. Lechín alentaba la primera vía mientras el PS-1 y un sector del MIR apostaban al “golpe patriótico”. El ejército estaba en crisis y en un primer momento paralizado frente a la incursión de los mineros armados de dinamita que ocupaban la capital. Con el crecimiento de la acción obrera, estas brechas fueron cerrándose: la embajada norteamericana conminó a los distintos sectores burgueses a apoyar al gobierno y fue otorgado un aumento salarial del 500% a todos los miembros de las Fuerzas Armadas y la policía. La burocracia cobista fue en sus discursos dejando de lado el reclamo de “Abajo Siles” con el cual se habían iniciado las movilizaciones. Con una dirección que sólo se preocupaba en no ser rebasada era evidente que los trabajadores para triunfar necesitaban sacarse de encima a la burocracia dirigente que a través de los ampliados de la COB controlaba el movimiento.

Se imponía, por parte del trotskismo, una política para impulsar organismos soviéticos para la huelga y expulsar a los dirigentes traidores. Sin embargo, el POR en ningún momento la impulsó. “...si en la lucha por el salario mínimo vital con escala móvil los trabajadores se dan cuenta de que hay que derrotar a Siles y tomar el poder, entonces habrá que hacerlo. Es una trampa del oficialismo preguntar dónde está la alternativa de poder para que los trabajadores hagan la revolución. Ese órgano de poder irá surgiendo a medida que los trabajadores sean concientes de que deben tomar el poder” (citado en Correo Internacional Nº 11, agosto 1985, pág. 25). Esta concepción libraba la tarea de construir los organismos de poder obrero alternativos a la espontaneidad de los trabajadores.

Por su parte, la LIT-CI y su partido boliviano, el PST, plantearon que se estaba desarrollando una insurrección abierta en Bolivia y que la política de los revolucionarios debía tener como eje programático “todo el poder a la COB”. Al margen de si la caracterización sobre el proceso de la lucha de clases era acertado o no, la política del PST perdía de vista que la COB ya no era el organismo que había sido en 1952. El énfasis de la discusión sobre el carácter soviético de la COB contra el resto del trotskismo, al que acusaba de ver en ella sólo un sindicato en vez de un organismo de poder dual, subestimaba la pelea por la democracia obrera dentro de una COB ya burocratizada y el combate que había que librar contra su dirección. Si la política de “todo el poder a la COB” no se ligaba a la lucha por el desarrollo de la democracia directa y algún control de la base sobre sus direcciones, para que los trabajadores tuvieran una política que fortaleciera y encabezara la alianza con los sectores campesinos y populares, así como para que las masas movilizadas y armadas sean las que pesen en las decisiones, es decir, una política que buscara trasladar el poder de decisión desde la COB hacia la base, hacia las milicias armadas, se transformaba en una política de presión para que el Comité Ejecutivo de la COB, dominado por el ala izquierda del MNR, vaya “más allá de sus intenciones” y tome el poder. De hecho, estas posiciones se inscriben en una concepción que fue adoptando la LIT-CI sobre que había que obligar a las direcciones a “ir más allá” de lo que quisieran. “(...) tras la muerte de Trotsky, en esta segunda posguerra hemos visto otro tipo de organizaciones no previstas por nuestros maestros, que sirvieron para tomar el poder. Nos referimos a los partidos-ejércitos guerrilleros, como el de Castro o el de Mao... El Comité Central de la Guardia Nacional en la Comuna de París, los soviets y los comités de fábrica en la revolución rusa, los comités de acción del frente popular en Francia, los comités de base en Alemania, los sindicatos en Inglaterra, los partidos-ejércitos guerrilleros en China, Vietnam y Cuba: todos ellos fueron, real o potencialmente, órganos de poder... “ (“Bolivia: la insurrección traicionada”, Eugenio Greco, Correo Internacional, Año 2, N°15, Diciembre de 1985, pág. 6).

Así, con las decisiones a tomar en manos de la burocracia cobista, la burguesía fue cerrando filas, los mineros desgastándose y los dirigentes traidores llevaron la huelga general a la derrota.

Sin alternativa clara, la acción de los mineros quedó impotente y terminó derrotada, encontrando la burguesía una salida a la crisis con las elecciones (que habían sido adelantadas en un año) y que permitieron el recambio de gobierno por el de Paz Estenssoro, quien dictó el famoso Decreto 21060, que condensó el programa de reformas “neoliberales”. Los trabajadores contestaron con la huelga general de setiembre, pero fueron derrotados bajo el Estado de Sitio. Luego de la derrota de Calamarca, donde el ejército cercó y obligó a levantar la marcha a pie de los mineros hacia La Paz, se terminó de asentar un período general de retroceso para el proletariado boliviano y se clausuró un nuevo ciclo de aguda lucha de clases.

Las lecciones que la historia de Bolivia ofrece y las conclusiones que es posible extraer –de las cuales, lo planteado aquí es sólo un esbozo- de la actuación y la política aplicada en estos agudos procesos de la lucha de clases, son de extraordinaria importancia, hoy que la clase obrera boliviana viene protagonizando nuevos hitos en su lucha contra la explotación capitalista.

 

1. Sobre esta concepción del POR-Lora podemos citar un reciente artículo del periódico “Masas”: "Una de las particularidades de Bolivia está en la existencia de una corriente militar que se reivindica del trotskismo. Con esta tendencia discutimos públicamente para evitar el peligro del golpismo...” (Masas Nº 1658)



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