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Introducción

 

 

A la hora en que escribimos estas líneas, falta menos de tres semanas para la Conferencia de Ginebra. ¿Cuánto tiempo nos separa efectivamente de esa reunión?, la verdad es que todavía nadie lo sabe. La campaña diplomática que gira en torno a la Conferencia está estrechamente vinculada a la campaña política que se lleva a cabo en torno a la Rusia soviética.

Entre la diplomacia de la burguesía y la de la socialdemocracia existe una división de trabajo fundamental: la diplomacia amaña las intrigas oficiales y la socialdemocracia moviliza la opinión pública contra el gobierno de los obreros y campesinos.

¿Qué quiere la diplomacia? Imponer a la Rusia revolucionaria un tributo lo más pesado posible; obligarla a pagar el máximo posible de reparaciones; ampliar tanto como pueda, sobre el territorio soviético, el marco de la propiedad privada; crear para los financieros, industriales, usureros rusos y extranjeros el mayor número de privilegios a costa de los obreros y campesinos rusos. Todo aquello que no hacía mucho servía de mampara a las exigencias de “democracia”, “derecho”, “libertad”, es hoy arrojado por la borda, por la diplomacia burguesa; lo mismo que un comerciante arroja el papel del embalaje de una pieza de tela cuando se trata de enseñar la mercancía, de venderla y de medirla.

Pero en la sociedad burguesa nada se pierde. El papel de embalaje del “derecho” cae en posesión de la socialdemocracia. Es su mercancía. Es objeto de su tráfico. La II Internacional (y lo que decimos de ella se refiere también a la segunda y media, sombra proyectada de la otra) se las ingenia para probar a los obreros que el gobierno soviético no observa el “derecho” ni la “democracia”, y que las masas laboriosas de Rusia no merecen ser sostenidas en su lucha contra los usureros del mundo.

Nuestro poco respeto por el “derecho” y la “democracia” se ha manifestado con gran vigor, como es sabido, por la Revolución del 7 de noviembre. He ahí nuestro pecado original. Durante los primeros años, la burguesía intentó extirpar la revolución socialista con las bayonetas. Hoy día se limita a adosarle modificaciones capitalistas fundamentales. No se discute más que sobre su expansión.

La II Internacional quiere, sin embargo, aprovechar la Conferencia de Ginebra para restaurar el “derecho” y la “democracia”. De allí, parece ser, deberá derivarse un programa bien definido: no admitir en Ginebra al gobierno “usurpador”, “dictatorial”, “terrorista” de los soviets y llevar en su lugar a su contrario: las reliquias democráticas de la Asamblea Constituyente. Pero plantear así la cuestión sería muy ridículo, y, por otra parte, ese planteamiento refutaría los pasos prácticos de la burguesía. La II Internacional no tiene ninguna pretensión de representar el papel de Quijote de la democracia. La II Internacional no es más que su Sancho Panza. Y ella no se atreve a plantear la cuestión en toda amplitud. La II Internacional solamente quiere extraer su pequeño beneficio.

Y la bandera de lucha por el pequeño beneficio de de democracia, es hoy Georgia. La Revolución soviética se ha realizado allí hace menos de un año. Anteriormente Georgia estaba dirigida por el partido de la II Internacional. Esta república menchevique oscilaba constantemente entre el imperialismo y la revolución proletaria, pidiendo al primero su ayuda o bien le ofrecía la suya contra la segunda. Por otra parte, éste fue el juego de toda la II Internacional. La Georgia menchevique pagó con su propio hundimiento su ligazón con la contrarrevolución. Y la misma suerte amenaza, inevitablemente, a la II Internacional. No tiene nada de extraño si la campaña de la socialdemocracia, en todos los países en favor de la Georgia “democrática” toma, en cierta medida, un valor simbólico.

No obstante, en favor de los propósitos de los mencheviques georgianos, las cabezas más esclarecidas de la II Internacional no hallaron ni un solo argumento que no hubiese sido ya utilizado mil veces por los defensores de los derechos “democráticos”: Miliukov, Tchernov, Martov, y que tan queridos les eran. Ninguna diferencia de principio. Los socialdemócratas nos presentan hoy in-octavo lo que antes la prensa coaligada del imperialismo presentaba in-folio. No será difícil convencernos de ello si examinamos la decisión del Comité Ejecutivo de la II Internacional a propósito de Georgia.

El texto de esa decisión merece la pena ser estudiado. El hombre tiene su estilo, pero también lo tiene el partido. Veamos en qué estilo político conversa la II Internacional con la Revolución proletaria:

“I. El territorio de Georgia ha sido ocupado por las tropas del gobierno de Moscú, que mantiene en Georgia un poder odioso para la población y aparece ante los ojos del proletariado del mundo entero como el único responsable del derrocamiento de la república georgiana y de la instauración de un régimen terrorista en ese país.”

¿No es acaso eso lo que la prensa del mundo entero ha afirmado durante cuatro años con respecto a la Federación Soviética en su conjunto? ¿Acaso no se decía que el poder de los soviets le era odioso a la población rusa y que se mantenía gracias al terror militar? ¿Acaso no se decía que gracias a los regimientos letones, chinos, alemanes y baskirios hemos conservado Petrogrado y Moscú? ¿Acaso no se decía que, por la fuerza, el poder de los soviets se ha hecho extensivo a Moscú, a Ucrania, a Siberia, al Don, al Kuban, en el Azerbaiján? Y si hoy, después de la derrota de la canalla reaccionaria, la II Internacional no repite ya esas frases, palabra por palabra, más que a propósito de Georgia, ello no cambia su naturaleza.

“II. La responsabilidad del gobierno de Moscú se ha agravado aún más por los últimos acontecimientos ocurridos en Georgia, particularmente a raíz de las huelgas de protesta organizadas por los obreros, y reprimidas por la fuerza, como lo hacen los gobiernos reaccionarios.”

Sí, es verdad. El gobierno revolucionario de Georgia ha impedido por la fuerza que los dirigentes mencheviques de la burocracia de los ferrocarriles, los funcionarios y los oficiales blancos, que no tuvieron tiempo para huir, sabotearan al Estado obrero y campesino. A propósito de la represión, Merrheim, el pequeño lacayo tan conocido por el imperialismo en Francia, habla de “millares” de ciudadanos georgianos que se han visto obligados a abandonar su techo. “Entre los fugitivos (citamos textualmente) se halla un gran número de oficiales, de antiguos funcionarios de la república y todos los jefes de la guardia popular.” ¡He aquí, bien a las claras, la máquina menchevique, que durante tres años ha ejercido una represión despiadada contra los obreros revolucionarios y contra los campesinos georgianos insurrectos; la que después del derrocamiento de los mencheviques, se transformó en un dócil instrumento al servicio de las tentativas de restauración de la Entente! Que el gobierno revolucionario de Georgia haya tomado serias medidas contra la burguesía saboteadora, lo reconocemos voluntariamente. Pero si es eso, precisamente, lo que nosotros hemos hecho en todo el territorio en el que reina la revolución. Desde su implantación, el poder de los soviets, en Petrogrado y en Moscú, topó con un intento de huelga general de los ferroviarios dirigida por la burocracia menchevique y por los social-revolucionarios de los ferrocarriles. Apoyados por los obreros, hemos aplastado esa burocracia, la hemos eliminado, la hemos sometido a la autoridad de los trabajadores. La canalla reaccionaria del mundo entero chilla sobre el bárbaro terror de los bolcheviques. Las mismas lamentaciones se repiten hoy por esta canalla reaccionaria, por los jefes de la socialdemocracia, pero esta vez, a propósito solamente de Georgia. ¿Dónde está la diferencia?

¿Acaso no está claro que los jefes de la socialdemocracia hablan de la represión de las huelgas obreras como de un método propio de “gobiernos reaccionarios”? ¿Habremos olvidado quién es miembro de la II Internacional? ¿Noske y Ebert, sus dirigentes, habrán sido expulsados? ¡Cuántas huelgas e insurrecciones han sido reprimidas por ellos! ¿A lo mejor no sean ellos los asesinos de Rosa Luxemburgo y de Carlos Liebknecht? ¿Es que acaso no será el socialdemócrata Hoersing, miembro de la II Internacional, el que provocó el movimiento de marzo para ahogarlo, inmediatamente, en sangre? ¿Y qué pensarán estos últimos de las recientes medidas tomadas por el socialdemócrata Ebert contra la huelga de los ferroviarios? ¿Es que el Comité Ejecutivo no ve, desde Londres, lo que pasa en el continente? En este caso, nos será permitido preguntar, respetuosamente, a Henderson ¿si no fue él consejero secreto de la Corona cuando la insurrección irlandesa de Pascuas en 1916, cuando las tropas reales saquearon Dublín y fusilaron a quince irlandeses entre los que se hallaba el socialista Connoly, ya herido? ¿Puede ser que Vandervelde, viejo presidente de la II Internacional, pequeño consejero de un pequeño rey, no aconsejó a los socialistas rusos que se reconciliaran, durante la guerra, con el zarismo, empapado de sangre hasta el cuello de los obreros y campesinos, destinado luego a morir asfixiado? ¿Acaso es necesario multiplicar los ejemplos? En verdad, la defensa del derecho de huelga sienta a los líderes de la II Internacional casi como un sermón, sobre la fidelidad, a Judas Iscariote.

“III. En el momento en que el gobierno de Moscú pide a otros gobiernos ser reconocido debería, si es que quiere que sean respetados sus propios derechos, respetar a su vez los derechos de los otros pueblos y no violar los principios más elementales sobre los que deben descansar las relaciones entre países civilizados.”

El estilo político está en el partido, está en su alma. Esto último es la desgracia de la II Internacional. Si Rusia quiere obtener su reconocimiento (¿de quién?) “debe respetar a su vez [¿cómo?] los derechos de los otros pueblos y no violar [fíjense bien] los principios elementales sobre los que deben [¡deben!] descansar las relaciones entre países civilizados”.

¿Quién lo ha escrito? Nosotros diríamos, seguramente ha sido Longuet mismo, si éste no se hubiese pasado a la Internacional segunda y media.

¿Puede haber sido Vandervelde, ese fino letrado de la Corona belga?, ¿o bien M. Henderson, inspirado por su propia homilía dominical en la reunión religiosa de la “fraternidad”? ¿También puede que haya sido Ebert en sus horas de ocio? Sin embargo, es necesario averiguar, para la historia, el nombre del autor de esa incomparable resolución. Claro que no nos ofrece duda que la inteligencia de la II Internacional ha trabajado en equipo. Pero ¿qué acequia fue elegida para que arrojara la podredumbre de ese pensamiento colectivo?

Volvamos, sin embargo, al texto. Para ser reconocido por los gobiernos burgueses, imperialistas, negreros (pues es de ellos, precisamente, de quien se trata), el gobierno soviético debe “no violar los principios” y respetar, a su vez, “los derechos de otros países”.

Durante cuatro años, los gobiernos imperialistas han tratado de derrocarnos. Pero no lo han conseguido. Su situación económica es desesperada. Su mutua rivalidad llega al colmo y se han visto obligados a entablar relaciones con la Rusia soviética en busca de sus materias primas, de su mercado y de sus inversiones. Lloyd George, invitando a Briand a adoptar dicha política, le explicaba que la moral internacional permitía entenderse no sólo con los bandidos del Este (Turquía), sino también con los del Norte (Rusia soviética). Nosotros no vamos a aborrecer a Lloyd George por unas palabras un poco fuertes. En esta cuestión aceptamos enteramente su franca fórmula. Sí, nosotros creemos posible, admisible y necesario entendernos, hasta un cierto punto, tanto con los bandidos imperialistas de Occidente como con los de Oriente.

Este acuerdo, imponiéndonos obligaciones, debe al mismo tiempo obligar a nuestros enemigos a renunciar a atacarnos con las armas en la mano. Tal es el resultado que se vislumbra después de cuatro años de guerra declarada.

Sin duda, los gobiernos burgueses reclaman, ellos también, el reconocimiento de los “principios elementales sobre los que deben descansar las relaciones entre países civilizados”. Pero esos principios no tienen nada de común con la democracia y el derecho de las naciones. Se exige de nosotros el reconocimiento de las deudas contraídas por el zarismo para utilizar su importe en la represión contra esta misma Georgia, contra Finlandia y Polonia, contra todos los demás países limítrofes y contra las propias masas laboriosas de la Gran Rusia. Se exige, asimismo, de nosotros, el reembolso de las pérdidas sufridas por los capitalistas por causa de la Revolución. No negamos que la revolución proletaria haya lesionado algunos bolsillos y algunas bolsas, lo que se considera el más sagrado de los principios “sobre los que descansan las relaciones entre países civilizados”. De ello se tratará en Ginebra y en otra parte. Pero ¿de qué principios hablan los líderes de la II Internacional? ¿De los principios del bandidaje que se hallan en el Tratado de Versalles, que continúan provisionalmente regulando las relaciones entre estados; los principios de Clemenceau, de Lloyd George y del Mikado? ¿O es que ellos quieren que 7 desde hoy nos desarmemos y que evacuemos unos territorios ante las narices del imperialismo, en atención a las relaciones que existirán mañana entre los pueblos? Nosotros hemos hecho ya ese experimento ante el mundo entero. Durante las conversaciones de Brest-Litovsk nos desarmamos abiertamente. ¿Acaso ello impidió al militarismo alemán invadir nuestro país? ¿La socialdemocracia alemana, apoyada por la II Internacional, levantó la bandera de lucha contra la intervención? No, la socialdemocracia continuó siendo el partido gubernamental de los Hohenzollern.

En Georgia gobernaba el partido pequeño-burgués de los mencheviques; hoy gobierna en ella el partido de los bolcheviques georgianos. Los mencheviques se apoyaban en la ayuda material del imperialismo de Europa y de América. Los bolcheviques se apoyan en la Rusia soviética. ¿En virtud de qué lógica, la Internacional socialdemócrata quiere hacer depender la paz entre la Federación Soviética y los estados capitalistas de la restitución de Georgia a los mencheviques?

La lógica es mala, pero el fin es claro. La II Internacional quería y aún quiere la derrota del poder de los soviets. La II Internacional ha hecho, en ese sentido, todo lo que ha podido. Ella lleva esa lucha de acuerdo con el capital, en nombre de la democracia contra la dictadura. Las masas obreras occidentales la sacaron de esa posición, impidiendo así que combatiera, abiertamente, a la república soviética.

Hoy, escudándose con el biombo georgiano, la socialdemocracia vuelve a empezar el mismo combate.

Las masas laboriosas del mundo entero han manifestado desde el primer momento su empeño en considerar la revolución rusa como un todo. Con eso su instinto de revolucionario coincidía, y no por primera vez, con el principio teórico que enseña que una revolución, con su heroísmo y sus crueldades, con su lucha para el individuo y su desprecio para el individuo, no puede ser comprendida sino según la lógica concreta de sus relaciones internas y no por el juicio de tal o cual de sus partes, o de tal o cual de sus episodios según las normas establecidas del derecho, de la moral o de la estética. El primer gran combate teórico entablado por el comunismo para la defensa del derecho revolucionario de la dictadura y de sus métodos ha dado sus frutos. Los socialdemócratas han abandonado, definitivamente, los métodos marxistas y hasta la misma fraseología del marxismo. Los independientes de Alemania, los socialistas italianos y sus congéneres, puestos ante el paredón por los obreros, han “reconocido” la dictadura para manifestar, por otra parte, más vivamente su incapacidad para combatir por ella.

Los partidos comunistas han crecido, se han transformado en una fuerza. Sin embargo, el desarrollo de la revolución proletaria señala un estancamiento serio, cuya naturaleza e importancia han sido explicadas con bastante profundidad por el III Congreso de la Internacional Comunista. La cristalización de la conciencia revolucionaria, reflejada en el auge de los partidos comunistas, ha sido acompañada por un reflujo de la ola revolucionaria espontánea del primer periodo de la posguerra. La opinión pública burguesa ha vuelto a la ofensiva. Su principal objetivo consiste en borrar o al menos ensombrecer la aureola de la revolución.

Una gran campaña empezó, en que la grosera calumnia dio menos ventajas a la burguesía que los fragmentos seleccionados de la verdad. Gracias al espionaje de la prensa, la burguesía abordó la revolución por la escalera de servicio. ¿Saben ustedes lo que es una república proletaria? (decían); pues son las locomotoras asmáticas, es el piojo portador del tifus, es la hija de un famoso abogado de nuestros amigos en una habitación sin calefacción, es el menchevique encarcelado, son los inodoros sucios. ¡He aquí lo que es una revolución obrera! Los periodistas burgueses han mostrado al mundo entero el piojo soviético aumentado con el microscopio. Mistress Snowden, que ha regresado del Volga al Támesis, considera que ante todo tiene el deber de rascarse públicamente. Ello es casi una sonrisa que simboliza las ventajas de la civilización sobre la barbarie. Sin embargo, la cuestión no ha sido agotada. Los señores informadores de la opinión pública burguesa abordaron la revolución… por la espalda armados de un microscopio. Y miraron ciertos detalles con un extremado cuidado, incluso excesivo, pero lo que observaron no fue la revolución proletaria.

Pero, a pesar de todo, el hecho mismo de atraer la atención sobre el terreno de nuestras dificultades económicas y de nuestras cotidianas imperfecciones significaba un progreso. Abandonando los monótonos discursos, no muy inteligentes, sobre las ventajas de la Asamblea Constituyente en relación con el poder soviético, la opinión pública burguesa parecía, al fin, comprender que nosotros existimos, mientras que la Constituyente estaba bien muerta. Hablar del desorden de nuestro transporte y de otros era, en cierta manera, reconocer de facto los soviets y entrar en la vía de nuestras propias preocupaciones y esfuerzos. No obstante, reconocer no significa en manera alguna hacer las paces.

Significa solamente que, después de la ofensiva que ha fracasado, empieza la guerra de posiciones. Todos nosotros recordamos que, durante la gran carnicería, la lucha se concentró súbitamente sobre el frente francés alrededor de la “casilla de un barquero”. Durante algunas semanas esta casa era mencionada cada día en los partes de guerra. En el fondo, esa casa no era más que un pretexto para romper un frente o bien para causar el mayor daño posible al enemigo. La opinión pública burguesa, continuando su guerra a muerte contra nosotros, es natural que se apodere de Georgia como de la “casa del barquero” en el estado actual de la guerra de posiciones.

Lord Northcliffe, Huysmans, Gustavo Hervé, los bandidos en el poder en Rumania, Martov, el realista León Daudet, Mistress Snowden y su cuñada, Kautsky e incluso la señora Luisa Kautsky (ver la Wiener Arbeiter Zeitung); en una palabra, todas las armas de que dispone la opinión pública burguesa han formado una conjunción para defender la democrática, la leal y la estrictamente neutral Georgia.

Asistimos a la reincidencia de un furor incomprensible en el primer abordaje: todas las acusaciones políticas, jurídicas, morales, criminales que fueron un día lanzadas contra el sistema soviético, en general, son hoy lanzadas de nuevo contra el poder soviético en Georgia. Es precisamente en Georgia donde los soviets no expresan la voluntad del pueblo. ¿Y en la Gran Rusia? ¿Han olvidado ya la disolución de la Constituyente por los “regimientos letones y chinos”? ¿No han demostrado hace tiempo que no teniendo apoyo en parte alguna aplicamos por doquier del “exterior” (¡!) las fuerzas armadas y que enviamos al diablo a los más sólidos gobiernos democráticos con todas sus raíces? ¡Precisamente es por allá por donde hemos empezado, señores! ¡Precisamente, porque ustedes predecían la caída de los soviets en algunas semanas: Clemenceau, al empezar las conversaciones de Versalles, y Kautsky, al empezar la revolución alemana! ¿Por qué, pues, hoy hablan solamente de Georgia? ¿Por qué han emigrado Jordan y Tseretelli? ¿Y todos los demás: los musayatistas de Azerbaiján, los danchnakes de Armenia, la Rada del Kuban, el grouk del Don, los petlurianos de Ucrania, Martov y Tchernov, Kerenski y Miliukov? ¿Por qué acordar una tal preferencia a los mencheviques georgianos sobre los de Moscú? Para los mencheviques georgianos se reclama la vuelta al poder, para los de Moscú se reclama solamente una disminución de las medidas represivas. Esto no es muy lógico, pero los fines políticos están bien claros.

Georgia es un pretexto muy fresco para movilizar de nuevo el odio y la hostilidad contra nosotros en esta guerra de posiciones que se dilata extensamente. Así son las leyes “usureras” de la guerra. Nuestros adversarios repiten en pequeño lo que ha fracasado en grande.

De aquí el contenido y el carácter de nuestra obra. Nosotros tenemos que volver a las cuestiones ya comentadas desde el punto de vista de los principios, particularmente en Terrorismo y comunismo. Aquí, esta vez, hemos buscado llegar al máximo de concreción. Se trata de demostrar con ejemplos concretos la acción de las fuerzas esenciales de nuestra época. En la historia de la Georgia “democrática” hemos tratado de seguir la política de un partido socialdemócrata en el poder, obligado a buscar su camino entre el imperialismo y la revolución. Esperamos que, precisamente, el modo detallado y concreto de nuestra exposición hará más comprensibles los problemas internos de la revolución, sus necesidades y sus dificultades, al lector sin experiencia revolucionaria hoy día, pero que está interesado en adquirirla.

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No siempre nos remitimos a las fuentes, porque sería agobiante para el lector, sobre todo extranjero, puesto que se trata de publicaciones rusas.

Pero remitimos a aquellos que quieran comprobar nuestras citas y hallar datos más completos, a los folletos siguientes: Documentos y materiales sobre la política exterior de la Transcaucasia y de Georgia, Tiflis, 1919; La R.S.F.S.R. y la República democrática de Georgia en sus relaciones mutuas, Moscú, 1921; Makharadze: La dictadura del partido menchevique en Georgia, Moscú, 1921; Mechtcheriakov: Un paraíso menchevique, Moscú, 1921; Chafir: La guerra civil en Rusia y la Georgia menchevique, Moscú, 1921; del mismo autor: Los misterios del reino menchevique, Tiflis, 1921. Los últimos folletos están basados en la documentación hallada por la Comisión especial de la Internacional Comunista en Georgia y en Krimea. Nos hemos servido también de los archivos de los comisariados de guerra y de asuntos exteriores.

Nuestra exposición, lo mismo que nuestras fuentes, no pueden pretender, nada más lejos de ello, agotar el tema. No está a nuestro alcance la más preciosa documentación, es decir, los documentos más comprometedores que el antiguo gobierno menchevique se llevó; no disponemos tampoco del archivo británico ni del francés, de noviembre de 1918.

Si se reunieran concienzudamente estos documentos y se publicasen, se tendría una crestomatía muy instructiva para el uso de los líderes de la II Internacional y de la segunda y media. A pesar de sus dificultades financieras, la república soviética con mucho gusto pagaría el costo de la edición. Naturalmente, se comprometería a condición de reciprocidad: poner a disposición del editor todos los documentos, sin excepción alguna de los archivos soviéticos concernientes a Georgia. Pero mucho nos tememos que nuestra proposición no sea aceptada.

 Por otra parte, ¡qué importa!: esperaremos pacientes a que se presente la oportunidad para poner de manifiesto lo que hoy está oculto. Al cabo y al fin, algún día llegará.

 Moscú, 20 de febrero de 1922 L. Trotsky.



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