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VIII. Todavía democracia y sovietismo

 

Ahora que hemos puesto fin al relato de los acontecimientos, nos permitiremos atenernos a algunas consideraciones generales.

La historia de la Transcaucasia en el curso de los últimos cinco años es una lección extremadamente instructiva de democracia en periodo revolucionario. En las elecciones de la Asamblea Constituyente panrusa, ninguno de los partidos caucasianos había planteado la separación de Rusia. Cuatro o cinco meses más tarde, en abril del año 1918, el Seim transcaucasiano compuesto por los mismos diputados de la Asamblea Constituyente decretaba la separación de Georgia de Rusia y se constituía en estado independiente. Sobre un tema fundamental de la vida de un estado: si con la Rusia soviética o sin ella o contra ella, nadie consultó a la población de la Transcaucasia; no hubo ni referéndum, ni plebiscito, ni nuevas elecciones. La separación de la Transcaucasia de Rusia fue decretada por los mismos diputados que habían sido elegidos para representar a la Transcaucasia en San Petersburgo tomando como base las mismas plataformas amorfas del primer periodo de la revolución. La República Transcaucasiana fue proclamada en primer lugar como federación de todas las nacionalidades del Cáucaso. Pero la situación creada por la separación de Rusia y la búsqueda de nuevas orientaciones internacionales trajo la separación de la Transcaucasia en tres partes distintas: Azerbaiyán, Armenia y Georgia. El 26 de mayo de 1918, sólo cinco semanas más tarde, el Seim (formado por diputados de la Asamblea Constituyente pan-rusa), que había creado la República Transcaucasiana, proclamaba su disolución. Como había sucedido anteriormente, no se consultó la opinión de las masas populares; no hubo elecciones ni cualquiera otra forma de consulta. Y es así como, sin consultar a la opinión del pueblo, la separaron de Rusia para realizar, como lo explicaban los dirigentes del Seim, una unión más estrecha con los tártaros, los armenios y los georgianos. Tras lo cual, a la primera sacudida exterior, tártaros, armenios y georgianos se encontraron divididos en tres estados diferentes. El mismo día, la fracción georgiana del Seim proclamaba a Georgia como república independiente. Los obreros y campesinos georgianos no fueron consultados: se les situó ante el hecho consumado.

En los diez meses siguientes, los mencheviques consolidaron el “hecho consumado”: persiguieron a los comunistas, que redujeron a la actividad clandestina; se pusieron en relación con los turcos y los alemanes; concluyeron tratados de paz; reemplazaron a los alemanes por los ingleses y por los americanos; realizaron sus reformas fundamentales, más que nada crearon su ejército pretoriano, la Guardia Popular y, solamente a continuación, se decidieron a convocar la Asamblea Constitucional (mayo de 1919), poniendo así al pueblo en la necesidad de elegir los representantes al Parlamento de la república georgiana independiente, lo cual era para ellos algo desconocido y lo cual no habían pensado jamás.

¿Qué significaba todo esto? Si Macdonald, por ejemplo, supiese algo de historia, es decir si fuese capaz de ver a través de la historia el movimiento de las fuerzas y de los intereses vitales para distinguir su verdadero aspecto y no la máscara que los cubre, las verdaderas causas de las contingencias, habría llegado a la conclusión de que los políticos mencheviques, esos demócratas por excelencia, trataban de tomar, o de hecho tomaban, las medidas más importantes, de forma muy distinta a los métodos de una democracia política. Utilizaron, a decir verdad, la fracción transcaucasiana de la Asamblea Constituyente panrusa, pero la usaron para fines totalmente opuestos para los que había sido elegida. Sostuvieron ese residuo de la revolución pasada para usarla como oposición a la misma. Convocaron la Asamblea Constituyente georgiana cuando ya no le quedaba al pueblo más que acatarla: la Transcaucasia estaba separada de Rusia; Georgia, de la Transcaucasia, los ingleses ocupaban Batum; los blancos, inseguros como amigos, se encontraban en las fronteras de la república; los bolcheviques georgianos quedaron fuera de la ley, el partido menchevique quedaba como único intermediario posible entre Georgia y la Entente, de la cual dependía la llegada del trigo. En esas condiciones, las elecciones “democráticas” no podían tener otro resultado más que lo aprobado por esa serie de actos cumplidos por medio de la sujeción contrarrevolucionaria por los mismos mencheviques, sus cómplices y protectores extranjeros.

Comparar aquello con el golpe de estado del 7 de noviembre, preparado por nosotros a la luz del día, reuniendo a las masas en torno al programa “Todo el poder para los soviets”, construyendo los soviets, luchando por los soviets y conquistando la mayoría contra los mencheviques y los socialistasrevolucionarios, en lucha sin cuartel; que digan dónde está la verdadera democracia revolucionaria.

Tenemos ahora que repasar las formas relativas a la revolución tal como la conocemos por experiencia en los tiempos modernos.

Hasta este momento, la revolución no era posible sino en el caso en donde los intereses de la mayoría del pueblo, por diferenciaciones de clases, se encontraban en contradicción con el sistema existente de la propiedad y del régimen estático. Por eso la revolución comenzaba por las reivindicaciones “populares” elementales, en las cuales el interés de las clases poderosas, la inepcia de la pequeña burguesía, el estado político atrasado del proletariado encontraban su expresión. Solamente en el curso del cumplimiento efectivo de este programa se revelan los antagonismos interesados en el campo de la revolución. Los elementos poseedores y conservadores se unen inmediatamente en el bando de la contrarrevolución. Una después de otra, las distintas capas sociales oprimidas se levantan para luchar. Sus reivindicaciones se hacen más categóricas, sus métodos de lucha más implacables. La revolución llega a su punto culminante. Para que siga ascendiendo, le falta o las bases materiales (en lo que atañe a la producción), o una fuerza política consciente (el partido). Es entonces cuando la curva comienza a descender por poco tiempo o por un largo periodo histórico. El partido extremo de la revolución o queda eliminado del poder, o restringe su programa de acción, en espera de que se produzca un cambio a su favor en la relación de fuerzas.

Sólo exponemos aquí la fórmula algebraica de la revolución sin los significados exactos de clase, pero ello es suficiente por el momento, pues se trata de la relación entre las fuerzas vivas, que se engrandecen en la lucha, y las fuerzas de la democracia.

Las instituciones parlamentarias heredadas del pasado (Estados Generales en Francia, la Duma del Imperio Ruso), pueden en algún momento darle un impulso a la revolución, pero pronto la contrarrestan.

Los representantes elegidos en el primer periodo de la revolución reflejan inevitablemente el amorfismo político, ingenuidad, bondad que refleja indecisión. Por ello pronto se convierten en un freno para el desarrollo revolucionario: si no se encuentra la fuerza revolucionaria capaz de saltar ese obstáculo, la revolución no progresa, y por el contrario marcha hacia atrás. La contrarrevolución barre la Constituyente. Así sucedió en la revolución de 1848: el general Wrangel liquidó la Asamblea Constituyente Prusiana, que no había sabido desembarazarse de él y que a su vez no había sido liquidada en el momento necesario por el partido revolucionario. Nosotros también tuvimos nuestro Wrangel, que por lo visto había heredado la propensión de su abuelo. Pero nosotros lo liquidamos. Si ello fue posible, fue porque previamente habíamos liquidado la Asamblea Constituyente. La Constituyente de Samara tuvo un desenlace como el prusiano, y Koltchak fue su enterrador.

La Revolución Francesa pudo actuar cierto tiempo con representaciones institucionales, a pesar de estar siempre en retraso con los acontecimientos, solamente porque Alemania, en aquella época, estaba reducida a nada y porque Inglaterra no podía comprometerse en el continente. Así, la Revolución Francesa (en eso se distingue de la nuestra) tuvo en sus comienzos una larga “tregua” exterior que le permitió, hasta cierto punto, ajustar y adaptar, sin prisas, las representaciones democráticas a las necesidades de la revolución. Cuando la situación se tornó amenazadora, el partido revolucionario dirigente no orientó su política en el sentido formal de la democracia, sino, con la cuchilla de la guillotina, talló con prisa la democracia a la medida de sus necesidades políticas: los jacobinos exterminaron a los miembros derechistas de la Convención e intimidaron a los centristas del Marais. La revolución no siguió el curso del río democrático; se encauzó por los recovecos y los acantilados de la dictadura terrorista. La historia, en suma, no conoce revolución que se desenvuelva por la vía democrática. La revolución en un grave litigio que no se resuelve jamás por la forma, sino por su fondo. Sucede con frecuencia que algunas personas pierden su fortuna y también lo que llaman honor, en un juego puramente convencional como es el juego de naipes; pero las clases nunca consienten el perder su haber, su poder o su honor en el juego convencional del parlamentarismo democrático. Ellas resuelven siempre el asunto con seriedad, es decir, conforme al dictamen verdadero de las fuerzas materiales y no en beneficio de su representación ficticia.

No podríamos poner en duda que aun en países donde el proletariado, como en Inglaterra, compone la mayoría de la población, una institución representativa que fuese creada por la revolución obrera reflejaría al mismo tiempo que las primeras reivindicaciones de la revolución, las tradiciones monstruosamente conservadoras de ese país. La persona de un líder tradeunionista inglés de hoy en día es una amalgama de prejuicios religiosos y sociales que se remontan a una época muy alejada, contemporánea a la restauración de la catedral de San Pablo; de hábitos prácticos de funcionario de organización obrera viviendo en una época de madurez política; de rigidez de pequeño burgués con visos de respetabilidad; de conciencia relajada de político obrero familiarizado con todas las traiciones. Añadamos a esto las influencias intelectuales, doctrinales, “fabianas” diversas: moral socialista de los predicadores domingueros, sistemas racionalistas de los pacifistas, diletantismo de los socialistas aficionados, estrechez obstinada y altanera del “fabianismo”. Si las condiciones actuales en Inglaterra son extremadamente revolucionarias, el largo pasado histórico de ese país ha marcado, con un sello conservador poderoso, la conciencia de la burocracia obrera y aun la de los obreros calificados. En Rusia, los obstáculos a la revolución socialista son objetivos; consisten en el parcelamiento de la propiedad agrícola campesina y en el atrasado estado técnico. En Inglaterra son subjetivos; consisten en el estancamiento ideológico de todos los Henderson y Snowden del Reino Unido. La revolución obrera franqueará esos obstáculos por medio de métodos depurativos que aplicará sobre sí misma. Pero no hay ninguna esperanza de que lo consiga por medio de la democracia. M. Macdonald lo impedirá, no en su programa, sino por el hecho de su conservadurismo personal.

Dada la inestabilidad de las relaciones sociales en el interior y los bruscos cambios siempre peligrosos del exterior, no es dudoso presumir, que si la Revolución rusa hubiese tenido como traba el democratismo burgués, hace ya tiempo que hubiera quedado en la cuneta con la cabeza cortada. Kautsky declara en sus escritos que el derrumbamiento de la República soviética no sería una pérdida para la revolución internacional. He aquí otra cuestión. Estamos persuadido de que el derrumbamiento de la República del proletariado ruso sería de considerable alivio para muchas personas, que inmediatamente dirían que desde un principio ellos habían supuesto que tal cosa ocurriría. Kautsky nos daría a conocer su milésimo escrito, en el que explicaría el porqué de la caída del poder de los obreros rusos, pero se olvidaría de explicarnos el porqué de su nulidad. En cuanto a nosotros, consideramos que el hecho de que la República soviética haya subsistido tantos penosos años es la mejor prueba de la vitalidad del sistema soviético.

El sistema, evidentemente, no encierra en sí ninguna virtud maravillosa. Pero ha tenido la virtud de conservar a Partido Comunista, que se ha ligado estrechamente a las masas con la libertad de movimiento necesario para no paralizar su iniciativa, para preservarlas de los peligros del juego parlamentario, que es un tema de segundo o tercer orden dentro de las tareas fundamentales de la revolución. En cuanto al otro peligro, que consistiría en no advertir los cambios surgidos en los espíritus y las modificaciones en la correlación de fuerzas, hay que reconocer que, en el curso del último año, el sovietismo nos mostró en todos sus aspectos una vitalidad superior. Los mencheviques del mundo entero hablaron del Termidor de la Revolución rusa. Pero no son ellos, somos nosotros los que establecimos ese diagnóstico. Y, lo que es todavía más importante, el Partido Comunista ha hecho a las aspiraciones “termidorianas”, a las tendencias de la pequeña burguesía, las concesiones necesarias para la conservación del poder del proletariado sin romper el sistema y sin soltar el timón del mando. Un profesor ruso, que le gusta pensar y al cual la revolución le ha sido provechosa, calificó, con bastante humor por cierto, nuestra nueva política económica de “descenso apretando los frenos”.

Probablemente nuestro profesor (y no es el único) se representa este descenso, al cual no tenemos la intención de quitarle importancia, como algo definitivo y decisivo. Pronto deberá convencerse de que, a pesar de la importancia de ciertos desvíos, nuestra política se levanta siempre y conserva su dirección fundamental. Para convencerse de ello, no hay que juzgar por un hecho aislado, sensacional, sino siguiendo su sentido general y las necesidades de toda una época. En todo caso, “el descenso apretando los frenos” tiene para el proletariado en el poder las mismas ventajas que, para el régimen burgués, las reformas hechas oportunamente, y que disminuyen la presión revolucionaria. Esto debe de ser fácil de entender por Henderson, cuyo partido es un freno de seguridad para el uso de la sociedad burguesa.

¿Qué pensar ahora de la “degeneración” del sistema soviético, del cual, hace ya tiempo, los mencheviques de todos los países hablan en sus discursos y en sus escritos? Lo que llaman “degeneración” está conectado directamente con lo que llamaban “descenso apretando los frenos”. La revolución internacional atraviesa en este momento un período de cristalización, de reagrupación de sus fuerzas; exteriormente está pateando sobre el mismo punto e incluso parece dar marcha atrás. Es lo que explica en parte nuestra política económica. Es natural que en este penoso período, cuando el movimiento internacional padece un estado de estancamiento, esto repercuta sobre la situación y el estado de espíritu de las masas trabajadoras de Rusia, y por lo tanto en el sistema de trabajo soviético.

Nuestro aparato administrativo y económico ha realizado, en este tiempo, grandes progresos. Pero, evidentemente, la vida de los soviets, en cuanto a organismo representativo de las masas, no ha podido conservar la tensión que era su característica en el período de las primeras victorias interiores y en los momentos en que el peligro exterior amenazaba. Las luchas estériles de los partidos parlamentarios, sus combinaciones y sus intrigas revisten frecuentemente un carácter “dramático” extraordinario, en el momento en que las masas atraviesan una depresión moral. El sistema soviético no goza de una independencia tal. Refleja mucho mejor y más directamente a las masas y su estado de espíritu. Es monstruoso reprocharle como inferioridad lo que es su superioridad esencial. Solamente el desarrollo de la revolución en Europa volverá a dar un impulso más potente al sistema soviético. Pero tal vez se podría “reavivar la moral” de los trabajadores gracias a una oposición menchevique y a otros sistemas de parlamentarismo. Los países con democracia parlamentaria no faltan; pues bien, ¿dónde están los resultados? Habría que ser el más “obtuso” de los profesores de derecho constitucional, o el más renegado del socialismo, para negar que las masas obreras de Rusia, ahora, en la supuesta decadencia del régimen soviético, participan en la dirección de todas las ramas de la vida social de una forma mucho más activa, más directa, más constante, más decisiva que en ninguna república parlamentaria.

* * *

En los países donde el parlamentarismo funciona desde largo tiempo, se han formado una serie de mecanismos de transmisión compleja y variada, a través de los cuales la voluntad capitalista encuentra su expresión con la intervención de un Parlamento elegido por sufragio universal. En los nuevos países donde la civilización avanza lentamente, la democracia que se basa en las clases campesinas reviste un carácter mucho más sincero y, por lo tanto, muy instructivo. De la misma forma que para estudiar el organismo animal se empieza estudiando las amebas, de igual modo para empezar a comprender y estudiar los misterios del parlamentarismo inglés, tendríamos que estudiar la práctica de las constituciones balcánicas. Los partidos dirigentes que han ocupado el poder en Bulgaria desde el reconocimiento de la independencia de este país, han mantenido entre ellos una lucha implacable, aunque sus programas fuesen sensiblemente parecidos. Cada uno de los partidos llamados por el soberano a gobernar (proruso o progermano) comenzaba por disolver la Asamblea Popular y procedía luego a nuevas elecciones, en las cuales obtenía invariablemente una mayoría aplastante y no permitía a los partidos rivales más que dos o tres asientos en el Parlamento. Dos o tres años después, uno de esos partidos que habían sido reducidos a la nada en las elecciones democráticas, era llamado a su vez por el soberano para hacerse cargo del poder, éste, a su vez, decretaba la disolución de la Asamblea Popular y obtenía la mayoría de escaños en las nuevas elecciones. La clase campesina búlgara, por su nivel intelectual y su experiencia política, no es inferior a la clase campesina georgiana: manifestaba invariablemente su voluntad política votando por el partido que se encontraba en el poder. Durante la revolución, los campesinos sólo sostienen a un partido cuando en el curso de los acontecimientos éste les demuestra que puede hacerse cargo del poder o que ya lo tiene entre sus manos. Así es como marchan con los socialrevolucionarios después de la revolución de marzo de 1917 y con los bolcheviques en noviembre. La dominación democrática en Georgia por los mencheviques tenía, en el fondo, esa característica “balcánica”, pero con la única diferencia de que la época era revolucionaria; se apoyaba en los campesinos, cuya impotencia para fundar durante el régimen burgués un partido autónomo capaz de dirigir el estado, está atestiguado por la historia. Son las ciudades las que, en los tiempos modernos, han elaborado programas de dirección política. Las revoluciones han revestido invariablemente un carácter cada vez más decisivo cuando las masas populares se aliaban más ampliamente con el destino del partido de extrema izquierda de las ciudades. Así sucedió en Munster, al final de la Reforma. Así sucedió en la gran Revolución Francesa, cuando los jacobinos consiguieron el apoyo del campo. Si la revolución de 1848 fracasó en sus primeros pasos, fue precisamente porque su ala izquierda, muy débil, no supo encontrar el apoyo en los campos, y la clase campesina, representada por el ejército, quedó para mantener el orden. La Revolución rusa actual tomó tal envergadura sólo porque los obreros supieron conquistar políticamente a los campesinos demostrándoles que eran capaces de crear un poder.

En Georgia, la debilidad numérica y el estado atrasado del proletariado, aislado además de los centros de la revolución, permitió al bloque político de los intelectuales pequeñoburgueses y de los grupos obreros más conservadores mantenerse mucho más tiempo en el poder. Por las revueltas e insurrecciones, la clase campesina georgiana trató de imponer sus reivindicaciones fundamentales, pero, como siempre, se reveló incapaz de crear un poder. Sus insurrecciones fueron reprimidas. Paralelamente a la represión, la treta parlamentaria hacía su juego.

La relativa estabilidad del régimen menchevique era debida a la impotencia política de las masas campesinas diseminadas, impotencia que los mencheviques mantuvieron artificialmente.

Lo consiguieron tanto más fácilmente cuanto que resolvieron la forma del poder efectivo en forma contraria a los principios de la democracia, organizando una fuerza armada independiente… sin lazo alguno con las instituciones democráticas. Queremos hablar de la Guardia Popular, de la que no hemos hablado hasta ahora más que incidentalmente. La organización de la Guardia Popular nos desvela los secretos y misterios de la democracia menchevique. Estaba bajo las órdenes directas del Presidente de la República y se componía de partidarios del régimen, escogidos y perfectamente armados. Kautsky decía: “Solamente los camaradas experimentados y organizados pueden recibir las armas.” En calidad de menchevique experimentado y organizado, Kautsky fue incorporado a título honorífico en la Guardia Popular georgiana. Esto es conmovedor; sin embargo, la organización de una guardia se concilia poco con la democracia. En su polémica contra los bolcheviques, Kautsky escribe en el mismo folleto: “Si el proletariado o el partido del proletariado no controla y no tiene el monopolio de los armamentos, no puede, en un país agrícola, mantenerse en el poder más que con el apoyo moral de los campesinos.”

Pero a fin de cuentas, ¿qué era la Guardia Popular sino el monopolio de los armamentos en manos del partido menchevique? Paralelamente, se creó, a decir verdad, en Georgia, un ejército sobre la base del servicio militar obligatorio. Pero la importancia de este ejército es casi nula. En el momento de la caída del menchevismo (febrero y marzo de 1921), el ejército nacional no participó más que ocasionalmente en los combates y, por regla general, se pasó a los bolcheviques o simplemente se rindió sin combatir. Seguramente Kautsky está mejor informado. Que nos lo haga saber. Pero, ante todo, que nos explique por qué se necesitaba de una fuerte guardia pretoriana cuidadosamente preparada, si la democracia georgiana se apoyaba únicamente en las simpatías de las masas trabajadoras. Por qué ese monopolio, de armamentos en manos de los sufridos mencheviques y de los partidarios seguros de régimen. Sobre ello Kautsky se calla. Macdonald, se sabe, tiene por regla el no tratar de profundizar sobre los hechos de la revolución, sobre todo estando acostumbrado a ver en Inglaterra a las tropas mercenarias velando por la seguridad de la democracia. Para los panegiristas de la democracia menchevique, la fuerza armada de este régimen es una bagatela de la cual es inútil preocuparse. En todo caso, la verdad era que la Guardia Popular disponía efectivamente de todo el poder. Junto con la Policía Especial, castigaba o perdonaba, arrestaba, fusilaba, deportaba. Sin consultar la Constitución, decretaba el trabajo obligatorio. Fernando Lassalle demostró de forma conmovedora que los cañones constituyen la parte más importante de toda Constitución.

Como vemos, por encima de la Constitución georgiana sobresalía, armada hasta los dientes, la Guardia Popular, cuyos efectivos, según Kautsky, se elevaba a 30.000 mencheviques que operaban, no con el programa de la II Internacional, sino con los fusiles y los cañones, lo que constituía la parte más importante de la Constitución. Anotemos, además, que se encontraban en Georgia tropas extranjeras especialmente invitadas por los mencheviques para sostener su régimen.

El contraespionaje de la Entente, el contraespionaje de Denikin y de Wrangel y la Policía Especial menchevique actuaban en común en un amplio frente. Siempre el servicio de la Guardia Popular y de las tropas de ocupación, por la necesidad de luchar contra la anarquía, representaban verdaderamente la parte más efectiva de la “Constitución” del menchevismo georgiano. Los mencheviques, que constituían el 82 por ciento de la Asamblea Constitucional, eran, pues, la representación parlamentaria de los cañones de la Guardia Popular, de la Policía Especial, de la expedición militar inglesa y de la prisión celular de Tiflis. He aquí desvelado el misterio de la democracia. Y ¿lo vuestro? (pregunta irritada) la voz de Mrs. Snowden.

-¿Lo nuestro, señora? Para empezar, señora, si se comparan las instituciones, teniendo en cuenta la extensión del país y el número de la población, comprobamos que el aparato dictatorial del menchevismo georgiano es mucho mayor que el del gobierno soviético. Para convencerse de ello no hace falta más que una operación aritmética. Además, señora, hemos tenido en contra nuestra todo el universo capitalista, que nos hizo una guerra sin cuartel, en tanto que Georgia se vio siempre protegida por los países imperialistas victoriosos que nos combatían con las armas. En fin, señora (y esto tiene bastante importancia), no hemos negado nunca ni en ninguna parte que nuestro régimen no fuese el régimen de la dictadura revolucionaria de clase y sí el de la democracia pura que, como dicen, encuentra en sí mismo las garantías de su estabilidad. No hemos mentido como mienten los mencheviques georgianos y sus patronos. Estamos acostumbrados a llamar a las cosas por su nombre. Cuando hemos privado a la burguesía y a sus vasallos de derechos políticos, no recurrimos a la máscara democrática; actuamos declarando abiertamente que aplicamos el derecho revolucionario del proletariado victorioso. Cuando fusilamos a nuestros enemigos, no decimos que son las arpas de Eolo de la democracia las que se estremecen. Toda política revolucionaria honesta exige ante todo que no se engañe a las masas.

 



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