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VI. De la vieja a la nueva familia

 

Por su naturaleza, las relaciones internas y los acontecimientos en el seno de la familia, en cuanto objetos de investigación, presentan las mayores dificultades; resultan poco adecuados para todo tipo de estadísticas. Por ello no es fácil decir en qué medida (no sólo en los papeles sino también en la vida real) los lazos familiares son, hoy día, rotos con mayor frecuencia y facilidad que en épocas anteriores. En la mayoría de los casos, con respecto a estas cuestiones debemos conformarnos con un juicio a simple vista. La diferencia, sin embargo, entre la época prerrevolucionaria y el presente es que en aquélla todos los graves conflictos y problemas de la familia de la clase trabajadora solían pasar desapercibidos para dicha clase. Ahora, en cambio, que una enorme y más alta proporción de trabajadores ocupa puestos de responsabilidad, sus vidas se hallan mucho más a la luz y toda tragedia doméstica se convierte en tema de gran comentario y algunas veces de ociosa charla.

Pese a esta importante diferencia, no puede negarse, sin embargo, que las relaciones familiares, incluso las de la clase proletaria, se hallan bastante perturbadas. Esto fue enunciado rotundamente como un hecho evidente en los debates de los propagandistas de Moscú, y nadie lo cuestionó. Las reacciones difirieron sólo en razón del distinto grado y modo en que este hecho impresionó a cada uno. Algunos lo examinaron con cierto recelo, otros manifestaron sus dudas y hubo quienes parecían estar todavía perplejos. En cualquier caso, para todos estaba claro que nos enfrentábamos a un proceso importante, totalmente caótico, cuyas formas tan pronto eran malsanas, como repugnantes, cómicas o trágicas; proceso que todavía no había dejado aparecer las posibilidades del nuevo orden familiar que ocultaba. La prensa, es cierto, dejó deslizar alguna información acerca de la desintegración de la familia, pero sólo lo hizo ocasionalmente y en términos muy vagos y generales. En un artículo sobre el tema, leí que la desintegración de la familia en la clase trabajadora era presentada como un caso de “influencia de la burguesía sobre el proletariado”. Pero no es tan simple. El problema tiene raíces más profundas y resulta más complicado.

Existe, sí, una clara influencia de la vieja y nueva burguesía, pero el proceso consiste principalmente en una penosa evolución de la familia proletaria misma, una evolución que necesariamente ha de conducir a una crisis y cuya primera etapa caótica nosotros estamos presenciando actualmente.

La influencia profundamente destructiva de la guerra sobre la familia es bastante conocida. En primer lugar, en tanto separa a la gente por largos períodos o los reúne por pura casualidad, disuelve automáticamente la familia. Esta influencia fue continuada y fortalecida por la revolución. Los años de la guerra terminaron con todo aquello que se había mantenido sólo por la inercia de la tradición histórica. Derribaron el poder del zarismo, los privilegios de clase, la vieja familia tradicional. La revolución comenzó por edificar el nuevo Estado y con ello llevó a cabo su más simple y urgente objetivo. El aspecto económico del problema resultó ser más complicado.

La guerra trastornó el viejo orden económico, la revolución lo derribó. Actualmente estamos ensayando la construcción de un nuevo orden; hasta ahora lo hacemos a partir de los viejos elementos, reorganizándolos de diferente modo. En el campo de la economía sólo recientemente hemos abandonado el período de destrucción para comenzar el de la reconstrucción y ascenso. Nuestro avance es lento todavía y la reacción de las nuevas formas socialistas de la vida económica está aún muy distante.

Pero estamos definitivamente fuera del período de destrucción y ruina. El nivel más bajo fue alcanzado entre los años 1920-1921.

En la vida familiar el primer período de destrucción se halla aún lejos de su término. El proceso de desintegración está en plena ebullición. Es preciso que tengamos esto bien presente.

La vida doméstica familiar está atravesando, digamos, el período de 1920-1921 y no ha alcanzado todavía el de 1923. La vida doméstica es más conservadora que la económica, y uno de los motivos es su menor grado de conciencia. En política y economía la clase trabajadora actúa como un todo y en su avance empuja siempre hacia adelante al partido comunista, su vanguardia, a través de la cual cumple con los objetivos históricos del proletariado. En la vida familiar la clase trabajadora se encuentra dividida en células que agrupan a varias familias. La trasformación del régimen político, el cambio incluso del orden económico del Estado —el paso de las fábricas y los talleres a manos de los trabajadores—, todo esto ejerció indudablemente alguna influencia en las condiciones familiares; pero solamente en forma externa e indirecta, y sin modificar en nada las estructuras domésticas tradicionales heredadas del pasado. Una reforma radical de la familia y en general de todo el orden de la vida doméstica requiere un enorme y consciente esfuerzo del conjunto de la clase trabajadora, y supone la existencia en dicha clase de una poderosa fuerza molecular proveniente de un deseo íntimo e individual de cultura y progreso.

Se necesita un arado que se hunda profundamente para remover densas masas de tierra.

Uno de los problemas, el más simple, fue el de instituir en el Estado soviético la igualdad política de hombres y mujeres. Mucho más dificultoso fue el siguiente, el de asegurar la igualdad de hombres y mujeres trabajadores en las fábricas, talleres y sindicatos; y hacerlo de tal modo que los hombres no colocaran a las mujeres en una posición desventajosa. Pero lograr una verdadera igualdad entre hombres y mujeres en el seno de la familia es un problema infinitamente más arduo. Antes de que ello suceda deben subvertirse todas nuestras costumbres domésticas. Y aún es bastante obvio que a menos que en la familia exista una verdadera igualdad entre marido y mujer, y ello en un sentido general, así como en lo referente a las condiciones de vida, no podremos hablar seriamente de igualdad en el trabajo social ni quizás en la política. Hasta tanto la mujer esté atada a los trabajos de la casa, el cuidado de la familia, la cocina y la costura, permanecerán cerradas totalmente todas sus posibilidades de participación en la vida política y social.

El problema más fácil fue el de la asunción del poder. Y sin embargo, este solo problema absorbió todas nuestras fuerzas en la primera etapa de la revolución. Exigió infinitos sacrificios.

La guerra civil obligó a adoptar medidas de sumo rigor.

Mentes estrechas, gentes tontas se quejaron de la corrupción de las costumbres, de la sanguinaria perversión del proletariado, etc., cuando lo que había ocurrido en realidad era que el proletariado, llevando hasta el extremo el empleo de los medios de la violencia revolucionaria, comenzó a luchar por nuevas formas de cultura, por un nuevo humanitarismo. En el aspecto económico, durante los primeros cuatro o cinco años, habíamos atravesado un período de crisis terrible. Decayó el nivel de productividad, y los productos eran de una baja calidad alarmante. En tal situación, nuestros adversarios vieron o quisieron ver un signo del estado de putrefacción del régimen soviético. Sin embargo, en realidad, no era más que la etapa, por otra parte inevitable, de la destrucción de las viejas estructuras económicas y de los primeros intentos desvalidos para la creación de las nuevas.

Con respecto a las relaciones familiares, y a las formas de vida privada en general, debe existir asimismo un inevitable período de desintegración, tal como ocurriera con las tradiciones heredadas del pasado que no habían sido todavía objeto de reflexión. Pero en este terreno de la vida doméstica el período de la crítica y de la destrucción comienza más tarde, dura mucho tiempo y asume formas insanas y lamentables, las cuales, sin embargo, son complejas y no siempre perceptibles para una observación superficial.

Estas señales progresivas de un cambio crítico en las condiciones del modo de vida deben ser claramente definidas para no alarmarnos por los fenómenos que observemos.

Debemos aprender a estimarlos en su justo significado, saber qué lugar ocupan en el desarrollo de la clase trabajadora y dirigir conscientemente las nuevas condiciones hacia las formas de vida socialistas.

La advertencia es necesaria, puesto que ya mismo se hacen oír las voces de alarma. En el debate de los propagandistas moscovitas algunos camaradas hablaron con ansiedad natural de la facilidad con que eran rotos los viejos lazos familiares para dar lugar a otros nuevos tan transitorios como aquellos.

Las víctimas en todos los casos son las madres y los niños. Por otra parte, ¿quién en nuestro medio no escuchó en conversaciones privadas quejas, por no decir lamentaciones, acerca de la desmoralización de los jóvenes soviéticos, especialmente de aquellos que pertenecen a las agrupaciones de la juventud comunista, los llamados komsomoles? No todo es exageración en estas quejas; hay también algo de verdad en ellas. Puesto que se trata de luchar por un nivel de cultura más alto y por la superación de la personalidad humana, debemos realmente, y así lo haremos, combatir los aspectos oscuros de esta verdad. Pero con el fin de iniciar nuestro trabajo y captar el abecé del problema sin moralismos reaccionarios o desalientos, tendremos primero que estar seguros de los hechos y comenzar a ver claramente qué está ocurriendo en la realidad.

Tal como expresamos más arriba, influyeron sobre la vieja conformación de la familia dos hechos de enorme importancia: la guerra y la revolución. Y a continuación llegó, deslizándose sigilosamente, la mole subterránea: el pensamiento crítico, el concienzudo estudio y evaluación de las relaciones familiares y las formas de vida. La mecánica misma de los grandes acontecimientos combinada con el ímpetu crítico de las mentes más lúcidas generó el período de destrucción de las relaciones familiares del que ahora somos testigos. Ahora, después de la conquista del poder, el trabajador ruso debe realizar en muchos aspectos de la vida sus primeros pasos conscientes hacia una verdadera cultura. Bajo el impulso de las grandes colisiones, su fuerza individual sacude por primera vez todas las formas tradicionales de vida, todas las costumbres domésticas, las prácticas religiosas y los lazos de parentesco. Esto no es de extrañar; en los comienzos, la rebelión individual, su resistencia contra lo tradicional, supone la anarquía, o para decirlo más crudamente, disuelve las instituciones. Lo hemos visto en el ámbito político, militar y económico; aquí el individualismo anárquico adoptó todas las formas de extremismo, sectarismo, doctrinarismo retórico. No es de extrañar tampoco que este proceso repercuta en lo más íntimo de las relaciones familiares, provocando los efectos más lamentables. Allí las personalidades más lúcidas, con el fin de reorganizarlo todo según nuevos modelos, se alejaron de los caminos trillados, y recurrieron a la “disipación”, al “vicio” y a todos los pecados denunciados en los debates de Moscú.

El jefe de familia, arrancado de su medio a raíz de la movilización, se convierte en el frente civil, en un ciudadano revolucionario.

Un cambio súbito. Su perspectiva es más amplia, sus aspiraciones espirituales más altas y de un orden más complejo. Es un hombre diferente. Y luego vuelve para descubrir que allí no ha cambiado prácticamente nada. El vivo entendimiento y la armonía de las relaciones familiares han desaparecido. Y no surge ningún nuevo entendimiento. La mutua admiración se convierte en mutua antipatía, luego en aversión. La familia se desmorona.

El jefe de familia es comunista. Lleva una vida activa, está comprometido en su trabajo social, crece su capacidad mental, su vida personal es absorbida por su trabajo. Pero su mujer también es comunista. Ella quiere participar en el trabajo social, asiste a los mítines, trabaja en los sóviets y en los sindicatos. La vida del hogar se vuelve prácticamente inexistente antes de que ellos se den cuenta, o la nostalgia de la atmósfera hogareña acaba produciendo choques continuos. Marido y mujer entran en discordia. La familia se desmorona.

El jefe de familia es comunista, la mujer no está en el partido.

El marido está absorbido por su trabajo; como antes, la mujer sólo se dedica al hogar. Las relaciones son “pacíficas”, basadas de hecho en la habitual enajenación. Pero el comité del marido —la célula comunista— decide que él debe quitar los iconos colgados en su casa. Él está muy dispuesto a obedecer, puesto que lo halla natural. Para su esposa en cambio constituye una catástrofe. Una tan mínima ocurrencia es motivo, pues, del abismo que separa los puntos de vista del hombre y la mujer.

Las relaciones se han deteriorado. La familia se desmorona.

Una vieja familia. Diez a quince años de vida en común. El marido es un buen trabajador, devoto de su familia; la mujer también vive para su hogar, consagrándole todas sus energías.

Pero, sólo por casualidad, entra en contacto con una organización comunista femenina. Un nuevo mundo se abre ante sus ojos. Su energía encuentra un nuevo y más amplio objetivo. El marido se irrita. La mujer queda herida en su conciencia cívica que acaba de despertar. La familia se desmorona.

Ejemplos de este tipo de tragedias domésticas, todas conducentes a un único fin, la destrucción de la familia, pueden ser multiplicados infinitamente. Hemos señalado los casos más típicos.

En nuestros ejemplos los problemas se deben siempre a los choques entre los comunistas y sus opositores. Pero la desintegración de la familia, me refiero a la vieja familia tipo, no se produce tan sólo en la superficie de la clase por ser esta parte la más expuesta al influjo de las nuevas condiciones. El movimiento desintegrador de las relaciones familiares penetra más profundamente.

La vanguardia comunista solamente atraviesa más rápida y con mayor violencia por todo aquello que es inevitable para la clase como un todo. La actitud de censura hacia las viejas condiciones, los nuevos objetivos en lo referente a la familia, se extienden mucho más allá de la línea limítrofe entre los comunistas y la clase trabajadora como un todo. La institución del matrimonio civil significó ya un fuerte golpe para la consagrada familia tradicional que en una gran proporción vivía para las apariencias. Los viejos lazos de matrimonio constituían la menor atadura personal, la mayor era la del poder restrictivo de las fuerzas externas, las tradiciones sociales y sobre todo las prácticas religiosas. El impacto sufrido por el poder de la Iglesia recayó también sobre la institución familiar. Los ritos, que no tienen características de obligatoriedad ni reconocimiento estatal, todavía se mantienen a través de la inercia, actuando como uno de los soportes de la vacilante familia. Pero si no existen sólidos vínculos en el seno de la familia, si ésta tan sólo se mantiene por la fuerza de la inercia, cada golpe que reciba del exterior será capaz de minarla y destruirla, aniquilando su carácter ritual. Y, en nuestra época, la familia está recibiendo más golpes que en ninguna otra época. He aquí la razón por la cual la familia se tambalea y cae, para recobrarse y finalmente volver a derrumbarse. El modo de vida está sometido a una dura prueba por esta crítica severa y dolorosa de la familia. Pero no puede hacerse una tortilla sin romper antes los huevos.

¿Vamos a asistir a la aparición de un nuevo tipo de elementos de la familia? Sin lugar a dudas.

Solamente tenemos que concebir con claridad la naturaleza de estos elementos y el proceso de su formación. Como en otros casos, es preciso separar las condiciones físicas de las psicológicas, lo individual de lo general. Psicológicamente la evolución de la nueva familia, de las nuevas relaciones humanas en general, significa para nosotros un adelanto en la cultura de la clase trabajadora, el descubrimiento del individuo, un alza del nivel de sus demandas y mayor disciplina interior. Desde este punto de vista, la revolución en sí ha significado, por supuesto, un gran paso adelante, y lo peor que pueda ocurrirle a la familia en su desintegración actual puede entenderse tan sólo como un error en las formas de expresión de la clase que se ha hecho consciente y de los individuos que la componen. Todo nuestro trabajo en relación a la cultura, el trabajo que estamos realizando y el que vamos a realizar, se convierte desde este punto de vista en una preparación de las nuevas relaciones y la nueva familia. Si no elevamos el nivel de educación del individuo trabajador, hombre o mujer, nunca crearemos las condiciones necesarias para el surgimiento de un nuevo tipo de familia superior al de hoy, ya que en este terreno sólo es posible recurrir a la disciplina interior, y, de ninguna manera, por supuesto, a la compulsión externa. La fuerza, pues, que en el seno de la familia tiene la disciplina interna del individuo se halla condicionada por el contenido de su vida íntima, el valor y alcance de los lazos que unen marido y mujer.

En principio, la preparación material de las condiciones para un nuevo modo de vida y una nueva familia no puede separarse tampoco del trabajo de la construcción socialista.

El Estado de los trabajadores necesita mayor prosperidad con el fin de que le sea posible tomar seriamente en sus manos la educación pública de los niños y aliviar asimismo a la familia de los cuidados de la limpieza y la cocina. La socialización de la familia, del manejo de la casa y de la educación de los niños no será posible sin una notable mejoría de toda nuestra economía.

Necesitamos una mayor proporción de formas económicas socialistas.

Sólo bajo tales condiciones, podremos liberar a la familia de las funciones y cuidados que actualmente la oprimen y desintegran. El lavado debe estar a cargo de una lavandería pública, la alimentación a cargo de comedores públicos, la confección del vestido debe realizarse en los talleres. Los niños deben ser educados por excelentes maestros pagados por el Estado y que tengan una real vocación para su trabajo.

Entonces la unión entre marido y mujer se habrá liberado del influjo de todo factor externo o accidental y ya no podrá ocurrir que uno de ellos absorba la vida del otro. Una igualdad genuina será al fin establecida. La unión dependerá de un mutuo afecto.

Y por tal motivo, precisamente, se logrará la estabilidad interior, no la misma para todos, por supuesto, pero para nadie compulsiva.

Así pues, el camino hacia la nueva familia es doble: a) la elevación del nivel de cultura y educación de la clase trabajadora y de los individuos que la componen; b) un mejoramiento de las condiciones materiales de dicha clase organizado y llevado a cabo por el estado. Ambos procesos se hallan íntimamente conectados entre sí.

Lo arriba expuesto no implica, por supuesto, que en un momento dado de su progreso material la familia del futuro se instalará de repente en su verdad. No. Ya desde ahora es viable un cierto avance hacia la nueva familia. Es verdad que el Estado no puede todavía hacerse cargo ni de la educación de los niños, ni del establecimiento de las cocinas públicas que significarían una gran ventaja para la cocina familiar, ni de la creación de lavanderías públicas donde la ropa no sería robada o estropeada. Pero esto no quiere decir que las familias más progresistas y emprendedoras no puedan reunirse desde ya en unidades colectivas para el gobierno del hogar. Por supuesto, este tipo de experimentos debe hacerse tomando ciertas precauciones; el equipo técnico de la unidad colectiva debe responder a las necesidades y demandas del grupo y proporcionar ventajas manifiestas a cada uno de sus miembros, aun cuando en un comienzo sean bastante modestas.

Esta tarea —dice el camarada Semashko[1], quien recientemente ha escrito sobre la necesidad de la reconstrucción de nuestra vida familiar—, se lleva a cabo más perfectamente en la práctica, el mero discurrir y decretar acerca de las formas de vida tendrá pocos efectos reales. Pero un ejemplo, una ilustración práctica de la nueva forma, será más efectiva que mil panfletos excelentes. Esta propaganda práctica a través de las pequeñas agrupaciones se asemeja en algo al método que los cirujanos en sus operaciones llaman trasplante. Cuando una gran superficie se halla en carne viva ya sea debido a heridas o quemaduras, y no hay esperanzas de que la piel se renueve lo suficiente como para cubrirla, se le injertan trozos de piel extraídas de las partes sanas del cuerpo; estos injertos se extienden hasta cubrir toda la zona enferma. Lo mismo ocurre con la propaganda práctica de que hemos hablado. Cuando una fábrica o taller adopta las formas comunistas, otros establecimientos harán lo propio (Novedades del comité central, número 8, 4 de abril de 1923, N. Semashko, El muerto arrastra al vivo).

Las mencionadas unidades familiares colectivas para el gobierno del hogar deben ser cuidadosamente pensadas y estudiadas. El primer paso deberá consistir en una combinación de la iniciativa privada, apoyada por los poderes gubernamentales, en primer lugar los sóviets locales y los órganos económicos. La construcción de casas nuevas —y ¡al fin vamos a construir casas! — debe regularse de acuerdo con las demandas de las familias agrupadas en comunidades. El primer éxito manifiesto e indisputable en esta dirección, aun cuando sea breve y de alcance limitado, hará surgir inevitablemente, y en grupos cada vez más amplios, el deseo de organizar sus vidas sobre líneas similares.

Todavía no ha llegado el momento oportuno para pensar en un proyecto preparado e iniciado desde arriba. Éste no es viable ni desde el punto de vista de los recursos materiales del Estado, ni de la educación misma del proletariado. En el presente sólo podremos escapar al estancamiento mediante la creación de comunidades modelo. La tierra bajo nuestros pies ha de ser fortalecida paso a paso; no debemos obrar sin reflexión o demasiado precipitadamente, pero tampoco perder el tiempo en fantasiosos experimentos burocráticos. En un momento dado, el Estado será capaz, con la ayuda de los sóviets locales, unidades cooperativas y demás, de socializar el trabajo realizado, ampliarlo y profundizarlo. De este modo la familia humana, según palabras de Engels, “pasará del reino de la necesidad al reino de la libertad”.



[1] Nicolás Alexandrovich Semashko (1874-1949), fue el primer comisario del pueblo de la Salud Pública. Desarrolló la profilaxis, la política de defensa de la madre y del niño, etc.



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