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Debates en torno a la figura de Trotski. Una crítica a la más reciente biografía del revolucionario ruso

Trotski sigue dando que hablar

Dos biografías de más de 600 páginas sobre el líder político y teórico marxista permiten debatir sobre su obra y figura. Una de ellas, del británico Service, muy publicitada, oscila entre el examen poco sofisticado y el silencio interesado.

A los centenares de ensayos e investigaciones acerca de la vida, las ideas y la obra del líder político y teórico marxista revolucionario ruso León Trotski, se han sumado recientemente nuevos aportes, que plantean la posibilidad de volver sobre viejas cuestiones y promover nuevas reflexiones. Sólo entre 2009-2010 aparecieron tres extensos libros sobre este tema. Dos de ellos son biografías completas, de más de seiscientas páginas cada una: Trotski. Revolucionario sin fronteras , del francés Jean-Jacques Marie; y Trotski. Una biografía , del británico Robert Service. Asimismo, El caso León Trotsky. Informe de las audiencias sobre los cargos hechos en su contra en los Procesos de Moscú , hasta entonces inexistente en idioma español, fue publicado por el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones “León Trotsky” y el Instituto de Pensamiento Socialista de Buenos Aires, como parte de su ambiciosa empresa de reedición de las obras de dicha figura.

El libro de Service, el más promocionado de todos, viene siendo respaldado en ciertos ámbitos periodísticos y académicos, por representar una corriente historiográfica hoy muy en boga, básicamente hostil a la revolución rusa, entre cuyos representantes se cuentan Orlando Figes, Richard Pipes, Geoffrey Swain e Ian Thatcher. Conviene pues detenerse en un examen específico y riguroso de dicha obra.

Como miembro de la British Academy y catedrático de Historia Rusa en la Universidad de Oxford, Service viene dedicándose al pasado soviético y, en menor medida, al despliegue de la experiencia comunista a nivel internacional, desde hace más de treinta años. En la última década se han traducido al castellano algunos de sus más importantes y voluminosos libros, como Historia de Rusia en el siglo XX (2000), Rusia: experimento con un pueblo (2004) y Camaradas: breve historia del comunismo (2009), y su trilogía biográfica, formada por Lenin (2001), Stalin (2006) y el texto en cuestión, Trotski (2010). La principal novedad de esta obra es la consulta de las cartas, informes y documentos depositados en los archivos de la Hoover Institution (Universidad de Stanford), vinculados al propio Trotski, a sus seguidores o a los procesos en los que estuvo involucrado; a ello, se le suma la revisión de los papeles, mayoritariamente ya explorados por otros investigadores, guardados en la Universidad de Harvard y en el Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política.

Service ofrece un relato detallado de la vida del revolucionario ruso, que se centra en algunas cuestiones consideradas secundarias por la historiografía tradicional. Lo distintivo es el peso que el autor le confiere a los rasgos más íntimos del personaje, intentando desbrozar sus rasgos psicológicos, carácter, hábitos y la relación con sus familiares, amigos y colaboradores.

La imagen personal de Trotski que se desprende del libro de Service, más allá de conceder que era fascinante y excepcional, es básicamente condenada. En el retrato se señalan su enorme cultura e inteligencia, su extraordinario talento como orador y escritor, su energía y capacidad de trabajo, así como su valentía y compromiso con su causa. Pero la lista de defectos es abrumadora: vanidad, autocomplacencia, arrogancia, soberbia, hipocresía, demagogia, cinismo, doble moral, torpeza en las tácticas políticas, brutalidad en el trato a sus enemigos de clase. Se plantea que fue ingrato con su padre, abandonó fríamente a su primera mujer, fue desaprensivo frente a la precaria situación de su hija Zina antes de su suicidio y hasta irresponsable frente a su hijo Lev (en cuya muerte participaron los dispositivos criminales de Stalin).

En algunos tramos, el libro asume un sesgo psicológico superficial que dificulta el estudio de la complejidad de los dramas históricos en los que Trotski participó. La dimensión social pasa a segundo plano ante la descripción superficial de una serie de intrigas políticas. Los colectivos “masas”, “proletariado”, “burguesía” o “burocracia” (casi siempre puestos así, entre comillas, pues parece que al autor no le consta su existencia), no cobran vida en los grandes eventos, sino como invocación de los propios individuos bajo análisis.

Todo tiende a quedar subordinado a la reconstrucción de trifulcas por el prestigio y el control de aparatos de poder o a la enumeración de disputas de palacio entre elites e individuos. Por ejemplo, con gran esmero, Service logró convertir la breve descripción de las apasionantes convulsiones históricas en las que el biografiado intervino (revoluciones de 1905 y 1917, guerra civil, luchas con la naciente burocracia soviética), en relatos apocados y monótonos.

Esta apatía se complementa con un examen poco sofisticado acerca del complejo mundo de las ideologías en juego. El libro no ofrece los aportes que puede brindar una biografía político-intelectual, lo cual es una paradoja, pues el personaje que debía estudiarse descolló políticamente en el plano de las ideas. Más aún, Service ostenta una mezcla de incomprensión y desinterés por el universo conceptual del socialismo marxista. Cuando alude a éste como filosofía, teoría e ideología en su versión rusa y en boca de sus actores, tiende a presentárselos al lector como un compendio de dogmas esotéricos.

Trotski realizó varios aportes al pensamiento socialista: desde análisis políticos en sus múltiples temporalidades y dimensiones hasta incursiones en el ensayo historiográfico, económico, sociológico, filosófico y la crítica literaria. No obstante, casi ninguno de sus textos es valorado por Service objetivamente en cualquiera de los sentidos posibles, más allá del conocido juicio de su versatilidad y belleza estética (que reconoce en Mi vida e Historia de la Revolución Rusa ). En general, se sirve de pocas palabras para condenarlos, ya sea por su insubstancialidad, o por su falta de rigor o de basamento empírico, o por su tergiversación de la realidad.

Un puñado de oraciones ramplonas le alcanzan para referirse a una de las principales contribuciones de Trotski al pensamiento marxista: su concepción de la revolución permanente y el papel conductor de la clase obrera en el proceso histórico de los países económicamente atrasados (sintetizada en la obra homónima de 1930, pero ya esbozada un cuarto de siglo antes).

Hay negligencia por desentrañar tanto los orígenes de dicha teoría (anclados en una discusión dentro de la socialdemocracia alemana y rusa, que parece ignorarse, pues va mucho más allá de la conocida influencia de Parvus y conducen a los propios Marx, Engels, Kautsky, Mehring, Riazanov y Luxemburgo), como sus implicaciones para la reconstrucción del pensamiento estratégico de Trotski. Por otra parte, son de una liviandad exasperante las escasas referencias respecto a la naturaleza del “gran debate”, desplegado en 1924-1926 entre éste último y los partidarios del “socialismo en un solo país” (Stalin y Bujarin). Lo mismo ocurre con los análisis y pronósticos que Trotski hizo sobre los problemas de la revolución china, los peligros del triunfo del nazismo, el exterminio de los judíos, el estallido de una nueva guerra mundial, los frentes populares (particularmente en la guerra civil española) o, más importante aún, la burocratización del estado soviético.

En el libro se articula una caracterización global que es indispensable discutir. El autor ya la había presentado en sus obras anteriores, ubicándolo, en un tronco común con la historiografía sobre la experiencia de la Revolución de Octubre antes aludida. Según Service, el bolchevismo fue una peculiar y quizás distorsionada interpretación y aplicación de las ideas marxistas al suelo ruso. Su resultado fue una revolución-conquista del poder, entendido como un acontecimiento más bien vacío de toda legitimidad popular y democrática, pues habría derrocado a un gobierno provisional que, si el lector se deja llevar por las bucólicas pinceladas de Service, bien hubiera merecido una mayor oportunidad histórica, dadas sus aparentes credenciales republicanas.

El autor advierte que lo que acabó moldeándose fue un despotismo totalitario, que no debió esperar al ascenso de Stalin para su desenvolvimiento, pues ya estaba inscrito en las raíces mismas del diagrama político pergeñado por Lenin (hay una manía casi infantil de siempre encontrar “terror” allí donde se planteaba la ineluctabilidad de la “dictadura del proletariado”). Se nos informa que Trotski compartía puntos comunes con aquella perversa matriz, sólo que disponía de libreto propio hasta 1917.

Desde ese entonces, fue un convencido aplicador de aquel sueño inevitablemente mutado en pesadilla, del que sólo comenzó a esbozar planteos críticos cinco o seis años después, al ser marginado de la toma de decisiones. Pero ya no pudo impedir que el sistema dictatorial en manos del más astuto Stalin lo derrotara, arrojándolo a la marginalidad y exterminándolo, con el beneficio, entonces, de otorgarle una imagen heroica que lo liberara de su responsabilidad en la creación del monstruoso experimento autoritario.

Service quiere justificar esta explicación y, en particular, ayudar a desmontar todo “falso retrato”, rompiendo el halo de simpatía que rodea a Trotski en la memoria colectiva. Asegura que antes de ser reprimidos, él y sus seguidores fueron parte del terrorismo de estado soviético. En definitiva: Trotski no fue una alternativa, sino una variante de un fallido y trágico experimento histórico; el estalinismo fue la continuación, realista y natural, del proceso iniciado en 1917, y no su negación burocrática, contrarrevolucionaria y antisocialista, como afirma el trotskismo.

Desde Service, la lucha de esta corriente (presentada como un itinerario de ilusiones, insensateces y necedades) y el intento de aniquilación por el estalinismo devienen en accidentes históricos inexplicables. Se acaban borrando y confundiendo los límites entre víctimas y verdugos. Aquí no hay ingenuidad: el objetivo es el de pulverizar la posibilidad de toda crítica de izquierda marxista al estalinismo.

Lo notable es que la mayor parte de las afirmaciones de Service acerca de las supuestas concepciones de Trotski a favor del terror de estado como política estratégica (y no de autodefensa) se hacen sólo con frases de ocasión de éste y con datos imprecisos sobre los hechos. Quedan desestimadas las tendencias históricamente violentas de la sociedad rusa y europea en el contexto de la gran guerra de 1914-1918 (también de todos los grandes procesos de revolución, contrarrevolución y guerra en la historia mundial) y empequeñecida la brutalidad de las acciones clasistas de los ejércitos blancos y extranjeros. De este modo, este elemento nodal en la argumentación de Service, queda neutralizado por esa anemia empírica e indolencia interpretativa.

Esta operación, antes que impulsar, obstaculiza el legítimo ejercicio de reflexión que le presenta a la propia tradición teórica y política generada por la revolución y por el mismo Trotski para dar cuenta de los fenómenos ocurridos desde los momentos posteriores a la toma del poder: la tendencia al cercenamiento de la democracia obrera y la vitalidad de los soviets , la uniformización política o la creciente sustitución de la clase por el partido, que los bolcheviques pusieron provisoriamente en práctica a fin de asegurar la existencia del régimen y sostener un inminente proceso revolucionario mundial (que finalmente no triunfó), y que de medidas de excepción devinieron en permanentes.

En cambio, el volumen de Service termina gobernado por el juego de corroborar, y de sancionar, cuán lejos se hallaba Trotski del universo liberal-republicano y del orden capitalista. Se asombra e inquieta al comprobar “hasta qué punto (Trotski) era hostil a las ideas e instituciones de la democracia liberal” y tenía “la aguja del compás fija en la perspectiva del comunismo revolucionario”.

Es obvio: el personaje histórico en cuestión, precisamente, era marxista. No había que esperar a leer más de 600 páginas para enterarse de ello. ¿Para qué juzgar exclusivamente al biografiado según convicciones extrañas a él, en vez de contrastar la eventual correspondencia o distancia entre sus ideas y las de la tradición ideológico-política en la que se inspiraba o entre aquellas y sus efectivos comportamientos y conductas? Como puede advertirse, el libro no se caracteriza por su originalidad conceptual ni por la proposición de planteos disruptivos. El uso de nuevas fuentes primarias y el exhaustivo relato condujo al autor al mismo lugar al que ya habían llegado hace mucho decenas de historiadores anticomunistas, liberales y conservadores (y ex estalinistas).

La finalidad parece ser la de interpelar a un lector no muy especializado en la materia, el cual no debería estar desprevenido de las intenciones ideológicas del investigador británico, convenientemente revestidas de desapasionada “objetividad histórica”.



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