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¿Por qué “asesinar” nuevamente a Trotsky?

Instituto del Pensamiento Socialista "Karl Marx"

Christopher Hitchens y Robert Service debaten sobre Trotsky en la TV británica

En un ambiente recalentado por la crisis económica-política del mundo capitalista, dos libros que hacen referencia a la revolución rusa a través de sus protagonistas han producido revuelo en la academia y en la intelectualidad marxista. Uno es “Trotski. Una biografía” del historiador británico Robert Service, el otro “Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra” del filósofo “comunista” Domenico Losurdo. Ambas contribuciones de los últimos dos años han cuestionado el papel de Trotsky y los trotskistas en la “corta” historia del siglo XX [1].

Confluencias

A pesar de ser realizados desde ángulos antagónicos, uno desde una concepción burguesa liberal que concibe la revolución rusa como un “desvío” o “recaída”, el otro desde la defensa de la revolución rusa y la perspectiva socialista, ambos ensayos amasan la historia para construir una imagen similar del papel jugado por Trotsky. De esta forma se logra esta empatía entre la construcción mítica y positiva de Losurdo de la historia de la revolución rusa, como la gran epopeya histórica en la cual Stalin emerge como “un ‘gran estratega’, de hecho como ‘el primer autentico estratega del siglo XX’” (p.43), y el contra-mito liberal y negativo de Service para quien es “sorprendente la cantidad de gente” que “acepta la idea de que en la URSS no se hubiera dado un despotismo totalitario si Trotski la hubiera dirigido” (p.462). Uno positivo, otro negativo, coinciden en acometer un “segundo asesinato” de Trotsky con los mismos recursos: testimonios falsos, mentiras interesadas e intriga histórica. ¿Con qué objetivo?

El mito liberal de Service

El libro sobre Trotsky de Robert Service es el último de una trilogía basada en la idea de que “no hay muchas diferencias” entre Lenin, Trotsky y Stalin. Para él, el curso autoritario de la revolución rusa está marcado por el desvío forzado del camino democrático burgués producido por “el golpe de estado” bolchevique. Otros historiadores han construido la misma imagen, debemos decirlo, con mucha más fineza y sofisticación. Orlando Figes relató la revolución rusa como la “tragedia de un pueblo”, como si la tragedia fuese monopolio de los pueblos que desafiaron a la burguesía y a los grandes terratenientes, abriendo la posibilidad del autogobierno de explotados y oprimidos. ¿Acaso los pueblos europeos no pasaron la tragedia de la guerra, el nazismo, los campos de concentración y la división territorial? ¿Acaso el pueblo norteamericano no atravesó la tragedia de las luchas civiles contra el racismo, las guerras e invasiones a otras naciones, el neoliberalismo feroz, entre otras? ¿Acaso los pueblos latinoamericanos no atravesamos las trágicas dictaduras sanguinarias? El mito liberal coloca la “violencia” y el “autoritarismo” como el signo exclusivo del proyecto bolchevique de 1917 en el cual todos los gatos son pardos, y del lado de la democracia liberal coloca las buenas costumbres, el decoro, el respeto por la “libertad” del “otro”. Bien hacemos al recordar que ese “otro” es siempre respetado mientras sea un industrial, un banquero o un gran propietario de tierras, en fin un “ciudadano de este mundo”.

“El vanidoso”

Service construye un relato basado en una psicologización de la historia donde la personalidad de Trotsky se hace a justa “medida” de su visión de la revolución. Ya desde el relato de su adolescente experiencia en el círculo revolucionario de Nikolaiev indica: “Liev era un matón intelectual, joven, inteligente y muy consciente de su brillantez. Conservaría esta conciencia para siempre, aunque poco a poco aprendió a que no se le viera el plumero”, o así también “miraba a sus camaradas del mismo modo que el campesino mira a su caballo” (p.81). Como Trotsky era un “pedante”, un hombre con una extrema “autoconfianza”, consciente de su inteligencia literaria y su audacia en la acción y jefe de la insurrección de octubre y del Ejército Rojo, fue su “vanidad” la que lo llevó a los peores errores de su trayectoria. Concluye Service sobre las disputas entre Trotsky y Stalin luego de la muerte de Lenin: “Trotski no cayó derrotado por el funcionariado: fue vencido. Lo vencieron un hombre y una camarilla que poseía una comprensión superior de la vida soviética. La oratoria exquisita y los panfletos bien redactados no bastaban. Trotski se había quedado anquilosado, enamorado de su propia imagen, la que se había labrado en el año de la revolución. Y eso no le resultó beneficioso en los años posteriores” (p.33). Y como todos los gatos son pardos, algunos son más que otros, “incluso si Trotski hubiese sido el líder en lugar de Stalin, los riesgos de un baño de sangre en Europa se hubieran incrementado de forma drástica” (p.32). ¿Esta afirmación partirá del hecho de que Stalin sólo quería construir el socialismo nacional y Trotsky luchaba por la revolución socialista internacional?

Violencia y democracia socialista

Service califica de demagógica la lucha por la democratización del régimen levantada por Trotsky en su combate contra el stalinismo, junto a otros militantes del partido comunista ruso, incluso Lenin en “su último combate”. Era un simple recurso propagandista, ya que Trotsky había actuado y apelado a la violencia en reiteradas ocasiones. De aquí que Lenin, Trotsky y Stalin “se parecen casi en todo”, todos eran “despóticos”. Sin embargo, la violencia necesaria contra la contrarrevolución burguesa desde la insurrección, la guerra civil y la administración de los soviets hasta 1924-25, fue totalmente distinta a la colectivización forzada, las grandes purgas y el gran terror bajo la era Stalin. Para los marxistas clásicos violencia y democracia socialistas no eran antagónicas, porque la violencia era el recurso del orden revolucionario destinado a vencer la resistencia de burgueses, grandes propietarios de tierra y potencias extranjeras. El nuevo gobierno atravesó momentos difíciles y fuertes restricciones a la democracia soviética, como la supresión de los partidos y fracciones que habían acompañado la toma del poder, o la limitación de la democracia interna del partido en 1921. Pero durante esos años, hasta los críticos anarquistas y autonomistas deben reconocer que en su gran mayoría las protestas y peticiones de los trabajadores eran resueltas favorablemente y que, en contadas ocasiones, las huelgas y manifestaciones obreras sufrían algún tipo de persecución judicial o de otro tipo. Sumado está el hecho de que éstas eran impulsadas por los propios militantes comunistas en la industria. Lo mismo sucedía en otros ámbitos como la cultura y la vida cotidiana. En el primer período, era una democracia de los trabajadores, a pesar de sus imperfecciones. Este panorama cambió radicalmente bajo el liderazgo de Stalin, ahora la represión era dirigida contra disidentes políticos, trabajadores y campesinos, mientras que huelgas y manifestaciones eran prohibidas.

Losurdo contra el “mesianismo” igualitarista de Trotski

Tras la devastación de la guerra, la revolución avanzó a un nuevo equilibrio momentáneo, nuevas medidas económicas forjaron cierta recuperación y permitieron revisar estas limitaciones. Había que revitalizar los soviets y la democracia del partido en función de la nueva etapa que se abría, como planteó la Oposición de izquierda impulsada por Trotsky. Pero un nuevo grupo en ascenso, el de los funcionarios del nuevo Estado junto a una fracción del partido comunista, tenía sus propios intereses y planes. Ahí comenzó su lucha contra el “igualitarismo socialista” y la democracia política revolucionaria. Losurdo justifica los intereses de este grupo en ascenso comandado por Stalin cuando describe como “mesiánico” o religioso el combate que dan Trotsky y los trotskistas por la igualdad material, la igualdad de salario. Es una tradición “anarcoide”, dice Losurdo, de lo dicho por Marx y Lenin. Trotsky alerta que la planificación está “enriqueciendo” al grupo dirigente y ve ahí una “traición” al socialismo. Stalin, más realista, ve en la igualación material una versión “tosca del socialismo”. Los dos principios estaban destinados a chocar en una nueva guerra civil. Trotsky, al plantear a partir de 1933 la necesidad de una revolución política para destronar a Stalin y la burocracia, apela a la violencia, a la insurrección e incluso a “atentados terroristas” según Losurdo. Entonces “justificadamente” Stalin, años después se ve obligado a “liquidar” a los seguidores de Trotsky, y a toda oposición. En esta guerra civil Losurdo se pone del lado de la burocracia, y para justificar la violencia asesina contra la oposición incluso es capaz de defender al Gulag y los campos de trabajo forzado como instituciones del socialismo, el “socialismo del Gulag” que indignó a Jean Jaques Marie.

Trotsky, nuevamente

Service, un liberal que defiende el orden capitalista, ve en Trotsky al artífice de la revolución socialista, la gran esperanza de los explotados y oprimidos, mientras Losurdo, stalinista agiornado, partidario del “socialismo” productivo y policial ve en él al representante de un socialismo internacionalista e igualitario, “utópico”. No nos extrañan estos ataques “a dos puntas” en este momento en que la crisis capitalista y el derrumbe del “socialismo real”, empiezan a desnudar lo acertado de la lucha de Trotsky y la necesidad de recuperar sus mejores lecciones revolucionarias.

[1] Algunas de estas contribuciones: Hernán Camarero, “Debates en torno a la figura de Trotski” y Antonio Moscato, “Las obsesiones de Domenico Losurdo”, ambas en el blog de debates del IPS.



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