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El derrotismo revolucionario

Jean P. Joubert

 

Traducción inédita al español realizada por el CEIP LT de Cahiers Leon Trotsky N° 23, Institut Leon Trotsky, Francia.

La fórmula de “derrotismo revolucionario” – una de las tantas que ha hecho desgarrarse entre sí a los socialistas, a comienzos de este siglo, en reuniones oscuras – es, sin duda, una de las pocas en haber conocido un destino sorprendente. Ninguna es tan universalmente conocida, incluso tan empleada en el curso de las siguientes décadas. Tampoco ninguna ha sido objeto de interpretaciones tan diversas, inclusive tan contradictorias – y aquí no tomamos en cuenta su interpretación “vulgar” y en el límite de lo policíaco, que hace del “derrotismo” un agente del enemigo.

El estudio de los textos de Trotsky sobre la segunda guerra mundial nos llevó a preguntarnos sobre el significado preciso – incluso los significados – de esta fórmula, sobre su lugar en el arsenal teórico de las organizaciones comunistas o revolucionarias en general, desde su aparición en el imperio zarista, durante la guerra ruso – japonesa hasta el estallido de la segunda guerra en 1939.

Cuando estalla la guerra ruso – japonesa en 1904, Lenin se pronuncia inmediatamente por la victoria de Japón, que, para él, era la encarnación del progreso capitalista contra la reacción zarista1. El 14 de enero de 1905, se alegra por la caída de Port Arthur: para él, el Asia “progresista” y “avanzada” acaba de dar un golpe irreparable a la vieja Europa “reaccionaria” y “atrasada”; al derrotar a la autocracia zarista, la burguesía japonesa ha hecho un trabajo “revolucionario”, y el proletariado internacional no puede más que regocijarse.

Lenin no esta aislado. No solo casi todos los partidos de la Internacional, sino también una importante fracción de la burguesía rusa piensan como él y han deseado una derrota del zarismo, pensando que a partir de esto podrían producirse cambios revolucionarios. Por otra parte, en el fondo, es un nuevo desarrollo del “viejo punto de vista” de Marx y Engels que deseaban en su momento la victoria de las jóvenes burguesías comprometidas en una lucha progresista contra las clases precapitalistas y consideraban que el proletariado, organizándose y combatiendo por su propia cuenta, debía considerarlas como sus aliadas2. Sabemos además que Marx y Engels consideraban a Rusia como “la mayor reserva de la reacción”, centro y fortaleza de la contrarrevolución en Europa. Por ende, estaban ante todo, “contra el zarismo”, pilar de la Santa Alianza de 1815, brazo al que se arrojaría todos los gobiernos europeos, para enfrentar el peligro revolucionario. En 1848, no dejaban de repetir la necesidad para la democracia de hacer una “guerra revolucionaria” contra el zarismo para “suprimir esa pesadilla”: derrotada la autocracia rusa, las fuerzas de la democracia en Europa se liberarían y la revolución proletaria se aceleraría3.

Entonces, Lenin en 1904 no parece innovar con su “derrotismo revolucionario”. Pero no sucede lo mismo cuando retoma esta fórmula en 1914, con respecto a la primera guerra mundial. Evidentemente, la caracterización de esta guerra como una “guerra imperialista” hunde sus raíces en todo el patrimonio de ideas de la II Internacional, y sobre todo en las decisiones de Stuttgart y de Bale. Pero cuando se trata de la acción, aparecen las divergencias sobre esta base común. La célebre enmienda presentada por Lenin, Rosa Luxemburgo y Martov en Stuttgart, que indica que la obligación de los socialistas es utilizar la crisis engendrada por la guerra para “agitar a las masas populares” y “precipitar la caída de la dominación capitalista”, expresa en realidad la opinión de la izquierda internacionalista, más que la de la organización en su conjunto4.

Es sobre esta base que, a partir de la declaración de la guerra, partiendo del principio: “cuando dos ladrones se pelean, que mueran los dos”, Lenin definió una política que llamó “derrotismo”, al comienzo, solo para Rusia: el 24 de agosto de 1914, escribió que el deber de la socialdemocracia rusa es el de llevar adelante un combate despiadado contra el chauvinismo gran ruso y que el mal menor sería la derrota del ejército zarista5. Luego generaliza la fórmula y afirma que, en todos los países imperialistas, el proletariado debe “desear” la derrota de “su” propio gobierno y contribuir a ello. Esto está claramente explicado en su articulo titulado: “Del derrotismo en la guerra imperialista”:

“Ahora bien, cuando se habla de actos revolucionarios en tiempos de guerra contra el gobierno de su país, es indudable e indiscutible que se trata, no solo de desear la derrota de ese gobierno, sino de cooperar efectivamente para ello. [...] La revolución en tiempos de guerra, es la guerra civil, ahora bien, la transformación de una guerra de gobierno en guerra civil está facilitada por los reveses militares, por las derrotas de los gobiernos; por otra parte, es imposible contribuir a esta transformación en guerra civil si no se empuja al gobierno, al mismo tiempo, a la derrota” [...] 6.

Esquematizando, se puede decir que Lenin emplea entonces el término “derrotismo” con un doble sentido. En principio, significa que el proletariado, en su lucha contra su propio gobierno, no debe detenerse frente a la eventualidad de una derrota que estaría precipitada para la agitación revolucionaria. Por otro lado, estima que la derrota militar de “su” gobierno facilita la guerra civil del proletariado. ¿Lenin ha considerado la fórmula como una consigna? ¿Ha considerado que la actitud que definía podría pesar a corto plazo, en los acontecimientos? En otros términos, su polémica alrededor de la fórmula ¿se dirigía a los militantes socialistas o a las masas? Dio la respuesta después de la guerra, al decir que era “imposible responder a la guerra con la revolución, en el sentido literal del término”, y precisó:

“Hay que explicarle a la gente la situación real, cuan grande es el misterio del que está rodeado el nacimiento de la guerra, y cuan impotente es la organización ordinaria de los obreros, aun cuando ella se considera a sí misma revolucionaria, frente a una guerra inminente. Hay que explicarle a la gente, de la manera más concreta posible, cómo sucedieron las cosas durante la última guerra y por qué no pudieron ser de otra manera. Hay que explicar, sobre todo, la importancia de este hecho que la cuestión de la “defensa de la patria”se plantea inevitablemente y que la inmensa mayoría de los trabajadores la resolverá inevitablemente a favor de su burguesía” 7.

Imposible entonces, resumir la posición de Lenin en una única fórmula de “derrotismo”. El derrotismo revolucionario es para él la consecuencia de una línea estratégica – que no es el único en pregonar – “la transformación de la guerra imperialista en guerra civil”. Examinando sus textos de cerca, las referencias al “derrotismo” no son tan numerosas, como lo ha hecho creer el éxito posterior entre los comentaristas. Por el contrario, Lenin martilla sin cesar en la “transformación de la guerra imperialista en guerra civil”. Finalmente, no hace de la aceptación del “derrotismo revolucionario” una condición previa de la acción común: la fórmula no se encuentra ni en las propuestas de unidad que dirige en 1915 al grupo Nache Slovo, ni en el proyecto de resolución y de manifiesto de la “Izquierda de Zimmerwald”. Zinoviev, quien fue su fiel portavoz, definió la política de Lenin durante la guerra, en su prefacio de 1918 a “Contra la corriente” en estos términos:

“Transformar la guerra imperialista en guerra civil, tal fue la consigna esencial que lanzamos a comienzos de la guerra [...] Fue para nosotros una gran satisfacción recibir, al final de la primer conferencia de Zimmerwald, una carta de Karl Liebknecht que finalizaba así: “la guerra civil y no la paz civil, esta es nuestra consigna” 8.

Se ve así que el “derrotismo revolucionario” de Lenin – que no era una consigna – no era más que una de las posiciones defendidas por los revolucionarios e internacionalistas durante la guerra. Rosa Luxemburgo, Liebknecht, Trotsky no hacen suya esta fórmula. Sin embargo, se pronuncian sin ambigüedad contra los campos imperialistas, contra los votos de los créditos de guerra, contra toda “paz civil”, por la lucha irreconciliable de las clases en tiempos de guerra. Ponen el acento en la victoria de la revolución, y la oponen a la victoria militar de su propio imperialismo, pero no pregonan su derrota más que frente a la revolución.

Ahora bien, en 1918, durante el debate sobre la paz de Brest – Litovsk y en una polémica con un orador socialista revolucionario, Lenin afirma claramente:

“Éramos derrotistas bajo el zar, ya no lo éramos bajo Tsereteli y Tchernov” 9.

Por supuesto, el hecho de “ya no ser derrotista” – y buscaríamos en vano la fórmula en la pluma de Lenin a partir de la revolución de febrero de 1917 – no significa para nada una adhesión al “defensismo”. Contra aquellos bolcheviques que han creído poder franquear ese paso, Lenin reafirma claramente, en su carta de despedida a los obreros suizos, su rechazo a la defensa nacional:

“Permanecemos fieles, sin reservas, a la declaración que hicimos el 13 de octubre de 1915, en el nº 47 del órgano central de nuestro partido “El Socialdemócrata”, que aparecía en Ginebra. Decíamos allí que, si la revolución triunfaba en Rusia y si un gobierno republicano deseoso de continuar la guerra imperialista, la guerra en alianza con la burguesía de Inglaterra y Francia (...) accedía al poder, nosotros seríamos sus resueltos adversarios, estaríamos en contra de la “defensa de la patria” en esta guerra"10.

Cuando ocurrió el putsch de Kornilov, luego de algunas semanas de la revolución de octubre, polemiza:

“Llegar a admitir el punto de vista de la defensa nacional (como Volodarsky) o hacer bloque con los socialistas revolucionarios, hasta apoyar el gobierno provisorio (como otros bolcheviques) es, estoy absolutamente convencido, dar una muestra de ausencia de principios. (...) No nos volveríamos partidarios de la defensa nacional más que luego de la toma del poder por el proletariado, luego de haber ofrecido la paz, luego de haber denunciado los tratados secretos y haber roto toda atadura con los bancos. Únicamente después de todo esto” 11.

El hecho de que Lenin, mientras que condena firmemente el “defensismo” ya no pregona el “derrotismo”, ¿significa un abandono de su política anterior? Para nada. Contrariamente a lo que sucedía en 1914 y en 1915, Lenin, en 1917, no se dirige a los pequeños grupos restringidos de militantes y cuadros, sino a las masas. Ya no se trata de una clarificación ideológica, sino del camino hacia la conquista del poder. Se puede encontrar otro ejemplo de su actitud respecto de la consigna de “paz”. Después de haberla combatido enérgicamente, esencialmente porque era utilizada con una orientación “pacifista”, la retoma ahora ligándola a la reivindicación de poder: el gobierno provisorio, ligado al imperialismo, no puede detener la guerra o cambiar el carácter de ella. Para una paz durable, democrática, sin anexiones, es necesario que el poder del Estado pase a manos de los soviets de diputados obreros.

A partir de 1917 se precisa otra formulación, significativa de la modificación de la situación misma: efectivamente, Lenin comienza a plantear el problema de la “guerra revolucionaria”. ¿Las derrotas del imperialismo zarista? Tuvieron lugar y dieron nacimiento a una situación revolucionaria. El derrotismo contribuyó a transformar la guerra imperialista en guerra civil. Ya no es una fórmula válida en una situación de guerra civil abierta o a un paso de transformarse en ella. Lenin plantea entonces la cuestión de la guerra revolucionaria, ya que la defensa de la patria y la guerra revolucionaria estarán pronto a la orden del día. Lo había escrito en su carta de despedida a los obreros suizos:

“Hemos respondido claramente en el nº 47 de “El Socialdemócrata” a una pregunta que uno se hace naturalmente: ¿qué haría nuestro partido si la revolución lo llevara en un instante al poder? (...) Apoyaríamos una guerra revolucionaria contra la burguesía alemana, y no solamente alemana. Esta guerra la haríamos. No somos pacifistas. Somos enemigos de las guerras imperialistas por el reparto del botín entre capitalistas, pero hemos declarado siempre que sería absurdo para el proletariado revolucionario repudiar las guerras revolucionarias, que pueden revelarse indispensables en interés del socialismo”.

El término “derrotismo” prácticamente no fue utilizado durante los seis años siguientes a la revolución de octubre, en ningún texto importante de Lenin o de la Internacional Comunista. No figura en las resoluciones de los cuatro primeros Congresos de la I.C.; no lo encontramos ni en la revista “La Internacional Comunista” ni en las “21 condiciones”. Los principales textos programáticos del partido bolchevique y de la I.C. sobre la guerra: Resolución del 8º Congreso del Partido Bolchevique, Manifiesto del 1º Congreso de la I.C., Manifiesto y Programa del 2º Congreso de la I.C., Tesis del 3º Congreso, Informe sobre la guerra en el 4º Congreso, Manifiesto del 5º Congreso, todos fueron redactados por Trotsky y adoptados sin enmiendas. No retoman la fórmula del “derrotismo revolucionario” sino que centran la argumentación alrededor de la “transformación de la guerra imperialista en guerra civil” y alrededor de la formulación de Karl Liebknecht: “El enemigo principal está en nuestro propio país”.

Sin embargo, el término reaparece en la pluma de Zinoviev en el transcurso de la lucha entablada por la troika Zinoviev – Kamenev – Stalin contra Trotsky y el trotskismo y por la “bolchevización” de los partidos comunistas. Luego de seis años de eclipse, no es por casualidad que se emplea de nuevo, luego de la muerte de Lenin en un artículo de “La Internacional Comunista” que vuelve de nuevo sobre las divergencias de Lenin y Trotsky 12. Como consecuencia, el “derrotismo revolucionario” se pone en evidencia sistemáticamente como canon del “leninismo” contra el “trotskismo”. El VI Congreso de la I.C. adopta en agosto de 1928 las “Tesis sobre la lucha contra la guerra imperialista y las tareas de los comunistas”, que precisan:

“El proletariado lucha cuando hay guerra entre estados imperialistas; su punto de vista es entonces el del derrotismo con respecto a su propio gobierno; quiere transformar la guerra imperialista en guerra civil contra la burguesía. El proletariado de los países imperialistas adopta la misma posición de principio cuando se trata de una guerra de opresión dirigida contra un movimiento nacional revolucionario, y sobre todo contra los pueblos coloniales; el proletariado debe conducirse de la misma manera si hay guerra revolucionaria de los imperialistas que amenaza a la dictadura proletaria” 13.

Adoptada en pleno “tercer período”, esta resolución omitía precisar cual sería la política de los comunistas en un conflicto imperialista en el que la Unión Soviética estuviera aliada a un grupo de beligerantes. El problema pronto iba a plantearse concretamente, luego de la toma del poder por parte de Hitler en Alemania. Sabemos la respuesta de la Internacional stalinizada, que decidió que una guerra en la que la Unión Soviética luchaba por su existencia no era una guerra “imperialista” y, en consecuencia, llamó a los trabajadores de los países aliados a la URSS a la unión sagrada con sus propias clases dirigentes para defender la “patria socialista”.

Con el giro de la I.C. en los años 30, el “derrotismo revolucionario” se convierte en una fórmula alrededor de la cual debaten tanto los adversarios de la guerra como los del stalinismo. Divide particularmente a los partidarios de Trotsky en la L.C.I. y la IV Internacional.

El texto fundamental titulado “La guerra y la IV Internacional” fue publicado en el tomo 4 de Oeuvres. Se trata de un proyecto preparado por Trotsky, luego modificado en el curso de las discusiones que duraron varios meses, una contribución a la elaboración de la plataforma de la IV Internacional.

Destaquemos en principio que Trotsky no creía necesario utilizar el término “derrotismo”, en un texto, aunque largo, destinado a fijar las posiciones programáticas de la IV Internacional. Es verdad que no poseemos sobre este tema todos los documentos necesarios para una elaboración definitiva. Sin embargo disponemos de varios elementos: en los archivos de Trotsky en Harvard se encuentra la versión primitiva del parágrafo 51 de las Tesis, redactadas por Trotsky:

51- “El derrotismo no es cualquier consigna práctica alrededor de la cual se puede movilizar a las masas durante la guerra. La derrota de su propio ejército nacional puede ser un objetivo en un caso único: cuando se trata de un ejército capitalista combatiendo contra un estado obrero, o atacando una revolución que se está desarrollando. Pero cuando se trata de una lucha entre dos países capitalistas, el proletariado de ninguno de los dos puede darse como “tarea” la derrota de su propio ejército nacional 14.

Bauer, dirigente de la sección alemana, con el apoyo de Leonetti, le reprochaba a Trotsky tomar demasiada distancia frente al “derrotismo revolucionario”, en nombre de la defensa de la URSS, y probablemente propuso una enmienda. Un eco de este debate se encuentra en una carta de Bauer hallada en los archivos de Abern en la Biblioteca de Historia Social de New York. También existe una carta de Trotsky al Secretariado Internacional, fechada el 5 de enero de 1934, que dice:

“No puedo aceptar la enmienda concerniente al derrotismo.

Porque dice que debemos querer la derrota, sin decir si tenemos que hacer algo y qué cosa, precisamente, para llevarla a cabo: los S.D. emigrados están llenos de deseos de que alguien venza a Hitler y los libere de la necesidad de hacer algo.

Porque la fórmula derrotista de Lenin de 1914 – 1916 no tenía nada que ver con la guerra entre estados capitalistas y estado obrero, y no introducía las deducciones que se desprenden de este hecho. Bajo la dirección de Kerensky, Lenin afirmaba: “Ya no somos derrotistas”. Pero, ya que mis distinciones del primer pasaje del parágrafo 51 lo inquietan, las tacho totalmente, quizás lograremos entendernos posteriormente sobre las precisiones necesarias 15.

Es la existencia del estado obrero lo que, para Trotsky, constituía el problema nuevo sobre el que había que dar una respuesta. Desde hacía mucho tiempo, Trotsky y la Oposición de Izquierda habían definido firmemente su posición en caso de ataque contra la URSS. En 1926, respondiendo a Stalin y Molotov, quienes pretendían taparle la boca a la Oposición en nombre del peligro de guerra, Trotsky evocaba el ejemplo de Clemenceau (Sin dejarse impresionar por las persecuciones gubernamentales ni por los llamados demagógicos a la unidad nacional, Clemenceau había desarrollado contra el gobierno francés, a quien le reprochaba su pusilanimidad, una agitación sistemática que justificaba explicando que, precisamente porque los alemanes marchaban sobre París, era necesario tirar abajo el gobierno, para asegurar realmente la defensa del país). Trotsky explicó que, si como resultado de la incompetencia y de los retrasos del gobierno soviético, el enemigo imperialista avanzaba hasta el corazón de Rusia, es precisamente en ese momento que la Oposición de Izquierda, como defensor más resuelto de la Unión Soviética, debía intensificar sus esfuerzos para cambiar el régimen.

En 1934, Trotsky tiene que precisar que, en la guerra mundial que se anuncia, la debilidad del movimiento revolucionario mundial resultante de la política de Stalin, impondrá probablemente a la URSS la alianza con uno o con otro de los campos imperialistas imperantes. Esta nueva situación exige una táctica apropiada. Trotsky escribe en las Tesis:

“Convirtiéndose en el defensor determinado y devoto del estado obrero en su lucha contra el imperialismo, el proletariado internacional no se transformará sin embargo en un aliado de los aliados imperialistas de la URSS. El proletariado de un país capitalista aliado a la URSS debe conservar plena y completamente su irreducible hostilidad al gobierno imperialista de su propio país. En ese sentido, su política no será diferente de la del proletariado en un país que combate la URSS. Solamente, en la naturaleza de las acciones prácticas, pueden aparecer diferencias considerables, en función de las condiciones concretas de la guerra. Por ejemplo, sería absurdo y criminal, en caso de guerra entre la URSS y Japón, que el proletariado norteamericano sabotee el envío de municiones norteamericanas a la URSS. Pero el proletariado de un país que combata a la URSS deberá recurrir absolutamente a tales acciones: huelgas, sabotajes, etc.” 16.

¿Trotsky ha hecho, como dicen los interesados, las concesiones exigidas por Bauer y Leonetti? En todo caso, parece haber reculado para evitar el conflicto. Acepta emplear la fórmula de “derrotismo”. Pero advierte a sus camaradas sobre una utilización irreflexiva:

“La fórmula de Lenin según la cual “la derrota es el mal menor” no significa que la derrota de un país dado es un mal menor que la del país enemigo, sino que una derrota militar resultante del desarrollo del movimiento revolucionario es infinitamente más benéfica para el proletariado y el pueblo que una victoria militar asegurada con la “paz civil”. Karl Liebknecht ha dado un concepto de la política proletaria en tiempos de guerra, que no ha sido superado: “el enemigo está en nuestro propio país” (...) La transformación de la guerra imperialista en guerra civil constituye la tarea estratégica general a la que debe subordinarse todo el trabajo de un partido proletario durante la guerra (...) la consigna de paz no está en contradicción con la fórmula estratégica de “derrotismo”. Al contrario, (...) la lucha revolucionaria por la paz, que siempre toma formas más amplias y más valientes, es el medio más seguro para “transformar la guerra imperialista en guerra civil” 17.

Así, Trotsky no alcanza a hacer adoptar íntegramente su punto de vista en las Tesis de la IV Internacional y la guerra. A partir de estas cuestiones particulares, debe precisar sus posiciones. La primera es la de las guerras “justas” y progresistas, en las que la cuestión del derrotismo no se plantea.

Sabemos que Lenin no excluía para nada la posibilidad de la existencia de “guerras justas”, “progresistas”, “nacionales”, “revolucionarias”, por la “defensa de la patria”. Lenin explicó esto varias veces durante la guerra, en particular con Inessa Armand y Zinoviev, quienes deducían del carácter “imperialista” de la guerra el rechazo a apoyar las guerras “nacionales”. Sin duda Lenin destacaba que, en la guerra actual, este carácter “nacional” estaba representado “únicamente” por la guerra de Serbia contra Austria y que tenía, en consecuencia, un carácter secundario que no modificaba el carácter general “imperialista” de la guerra... Estos destacados esenciales de Lenin tenían poca importancia práctica cuando fueron enunciados. Desde entonces, no sucedió lo mismo.

Los sucesos de España suministraron a Trotsky la oportunidad de precisar la actitud de los revolucionarios en una guerra civil dirigida contra una revolución que se desarrolla, y mientras que el gobierno atacado sigue siendo un gobierno “burgués”. Frente a la comisión de investigación sobre los procesos de Moscú, el 14 de abril de 1937, Trotsky contesta a la pregunta de Stolberg: ¿En qué campo está Ud. en la actualidad en España?

“Todo trotskista en España debe ser un buen soldado, al lado de la izquierda. Naturalmente, es una cuestión tan elemental que, Ud. sabe, no vale la pena discutirla (...) Un dirigente de la clase obrera no puede entrar en un gobierno burgués. No hemos entrado en el gobierno de Kerenski en Rusia. Mientras que defendíamos a Kerenski contra Kornilov, no entramos en su gobierno. Al igual que he declarado estar dispuesto a aliarme a Stalin contra los fascistas, o a Jouhaux contra los fascistas franceses. Es una cuestión elemental”.

Luego, Finerty hace la siguiente pregunta: “Si Ud. estuviese en el poder en Rusia y si los republicanos españoles le pidieran ayuda, ¿plantearía Ud. como condición para su ayuda el otorgamiento de tierras a los campesinos y de fábricas a los obreros? Trotsky responde:

“No, no como condición, no es de esto de lo que se trata. La primera cuestión sería la de la actitud del partido revolucionario español. Yo le diría: Ninguna alianza política con la burguesía, como primera condición. La segunda: Deberían ser los mejores soldados contra los fascistas. La tercera: Deberían decirles a los soldados y a los campesinos: debemos hacer de nuestro país el país del pueblo. Cuando hayamos ganado a las masas, derrotaremos a la burguesía, tomaremos el poder y haremos la revolución social” 18.

El 14 de septiembre de 1937 Trotsky escribe un texto titulado “Contra el “derrotismo” en España”. Se trata de responder a las preguntas planteadas por un militante de Los Angeles. Sin adoptar la posición de algunos grupos que no veían en la guerra civil más que una lucha entre clanes burgueses rivales – análoga a una “guerra imperialista” – y tomaban partido por el “derrotismo revolucionario”, un grupo de militantes norteamericanos se levantaba contra todo apoyo político o material al gobierno burgués republicano 19. Trotsky les responde:

“1) La diferencia entre Negrín y Franco es la diferencia entre la podrida democracia burguesa y el fascismo.

2) En todos lados y siempre, allí donde los obreros revolucionarios no son en lo inmediato lo suficientemente fuertes para derrocar al régimen burgués, defienden a la podrida democracia burguesa contra el fascismo, pero, sobre todo, defienden sus propias posiciones dentro de la democracia burguesa.

3) Sin embargo, los obreros no defienden a la democracia burguesa con los métodos de la democracia burguesa (Frente Popular, bloques electorales, coaliciones gubernamentales, etc.), sino con sus propios métodos: es decir, con los métodos de la lucha de clases revolucionaria. Es así que, al participar en su lucha militar contra el fascismo, siguen defendiendo al mismo tiempo a sus propias organizaciones, sus derechos y sus intereses contra el gobierno democrático burgués (...)”.

Trotsky ajusta: “La defensa de la democracia burguesa contra el fascismo es únicamente un episodio táctico subordinado a nuestra línea de derrocar a la democracia burguesa y de instaurar la dictadura del proletariado”.

Por táctica que sea, esta distinción no es menos esencial para Trotsky, quien agrega:

“7) Pueden objetarnos esto: durante una guerra entre dos estados burgueses, el proletariado, cualquiera sea el régimen político en su país, debe adoptar una posición tal como “la derrota de nuestro propio gobierno es el mal menor” ¿Esta regla no es aplicable igualmente a una guerra civil en la cual se enfrentan dos gobiernos burgueses? No lo es. En una guerra entre dos estados burgueses, el objetivo en juego es una conquista imperialista, no la lucha entre democracia y fascismo. En la guerra civil española, la cuestión es: democracia o fascismo”.

Esta distinción significa para Trotsky, que en España no se puede ser “derrotista” como tampoco se puede ser neutral, sino más bien lo contrario, se debe ser “defensista”.

“Somos “defensistas”. Los “derrotistas” son Negrín, Stalin y compañía. Participamos de la lucha contra Franco como los mejores soldados, y al mismo tiempo, interesados en la victoria sobre el fascismo, hacemos agitación por la revolución social y preparamos la caída del gobierno derrotista de Negrín”.

Esta tarea “defensista” no se limita a los que combaten en España. Es una tarea internacional.

“12) Tomemos un ejemplo: dos barcos, con armas y municiones, parten de Francia o EEUU – uno para Franco, el otro para Negrín -. ¿Cuál debería ser la actitud de los trabajadores? ¿Sabotear el transporte de los dos? ¿O únicamente el de Franco? No somos neutrales. Dejaríamos pasar el barco con las municiones para el gobierno de Negrín. Sin engaños, de esas balas, nueve sobre diez estarán dirigidas contra los fascistas, al menos una contra nuestros camaradas. Pero de las que están destinadas a Franco, diez sobre diez estarán dirigidas contra nuestros camaradas. No somos neutrales” 20.

El segundo ejemplo está referido al conflicto chino – japonés. Sabemos, a partir del estudio que Pierre Broué ha consagrado a Chen Duxiu que este tema dividió profundamente a los trotskistas chinos. De entrada, Chen adoptó una orientación “patriótica” que provocó nutridas críticas que denunciaban su oportunismo y su “capitulación”. A partir de los primeros incidentes, Trotsky se alineó del lado del gran revolucionario chino: su reacción fue inmediata: un comunicado de prensa difundió que los trotskistas de todo el mundo estaban del lado de China y del pueblo chino en la justa guerra contra el imperialismo japonés. Trotsky escribió:

“Si existe en el mundo una guerra justa, esa es la guerra del pueblo chino contra sus opresores. Todas las organizaciones obreras, todas las fuerzas progresistas de China, sin abandonar su programa ni su independencia política, deben cumplir hasta el final su deber en la guerra de liberación, independientemente de su actitud con respecto al gobierno de Chiang kai Shek” 21.

El 11 de agosto, en una discusión con Li Furen, afirmó, al criticar ciertas formulaciones de sus camaradas chinos:

“Las organizaciones obreras de Japón no tienen el derecho de ser patrióticas, pero las de China lo tienen” 22.

Estas posiciones al comienzo de la guerra chino – japonesa provocaron levantamientos defensivos en las filas trotskistas, a los que Trotsky respondió firmemente:

“Nunca pusimos ni pondremos en el mismo plano a todas las guerras. Marx y Engels apoyaron la guerra revolucionaria de los irlandeses contra Gran Bretaña, de los polacos contra el zar, aunque, en esas dos guerras nacionales, los dirigentes eran en su mayoría burgueses, a veces incluso, señores feudales, en todo caso, católicos reaccionarios. Cuando Abd El Krim se sublevó contra Francia, los demócratas y los socialdemócratas hablaron con desprecio de la lucha de un “tirano salvaje” contra la “democracia”. El partido de León Blum apoyaba este punto de vista. Pero nosotros, marxistas y bolcheviques, consideramos la guerra de los árabes contra la dominación imperialista como una guerra progresiva. Lenin escribió centenares de páginas para demostrar la necesidad de distinguir entre naciones imperialistas y naciones coloniales y semicoloniales, quienes forman la mayor parte de la humanidad. Hablar de “derrotismo revolucionario” en general, sin distinguir entre países opresores y pueblos oprimidos, es hacer del bolchevismo una miserable caricatura y poner esta caricatura al servicio del imperialismo” 23.

Trotsky es especialmente claro respecto del ejemplo chino, pero es posible generalizarlo: en otros textos, referidos al caso de una guerra entre Gran Bretaña imperialista “democrática” y un país semicolonial como Brasil, con gobierno “fascistizante”, sostiene que los revolucionarios deben defender la guerra justa del pueblo oprimido, sin considerar el color político de su gobierno. Igualmente, cuando se dio la guerra de Etiopía, considera que es justo apoyar a Etiopía contra Italia sin preocuparse por el carácter reaccionario y medieval del gobierno de Négus y condenar las “sanciones”, que son la expresión de la política de las potencias imperialistas.

La cuestión más compleja concierne, evidentemente, al caso de una guerra “imperialista” en la que la URSS estuviera implicada y aliada a uno de los campos imperialistas. Por supuesto que la fórmula “derrotista” de Lenin no había sido elaborada para enfrentar una situación de este tipo. Es sobre esta cuestión que vuelve a cobrar actualidad en 1937 la discusión abierta por las “tesis” de 1934. La deposición de Trotsky frente a la Comisión Dewey de investigación a los procesos de Moscú, en respuesta a una pregunta de Stolberg sobre la actitud que tomaría en el caso de una guerra en la que la URSS estuviese aliada con Francia contra Alemania, da la oportunidad de nuevos debates... y de nuevos conflictos. Trotsky le respondió a Stolberg:

“En Francia, continuaría con mi oposición al gobierno y desarrollaría esta oposición sistemáticamente. En Alemania, haría todo lo posible para sabotear a la maquinaria de guerra... Son dos cosas diferentes. En Alemania y en Japón, emplearía, en la medida de lo posible, métodos militares para combatir, detener y dañar la maquinaria militar, para desorganizarla, tanto en Japón como en Alemania. En Francia, es necesaria la oposición política a la burguesía y la preparación de la revolución proletaria. Ambos son métodos revolucionarios. Pero en Alemania y en Japón, mi objetivo principal es la desorganización de toda la maquinaria. En Francia, el objetivo es la revolución proletaria” 24.

Esta declaración de Trotsky, desarrollada en un artículo de Klement de diciembre de 1937, entraña una poderosa crítica del dirigente del PSR belga, Georges Vereeken, quien escribe, el 15 de diciembre de 1937, que esta respuesta permite suponer que “Trotsky no se adapta a la opinión que debemos tener sobre el derrotismo en Francia”. Prosigue, al hablar sobre la sección francesa:

“¿Qué debe hacer el POI? Hay dos soluciones que, concretamente, se convierten en una sola. El POI no saboteará la maquinaria de guerra del imperialismo francés, no hará “derrotismo”, en una palabra, permanecerá neutral en lo que respecta a la maquinaria de guerra, y esto significa que facilitará la victoria del imperialismo francés, o bien, será consecuente consigo mismo y luchará por el triunfo de “su” país. Esto se llama integrar la unión sagrada” 25.

A esta máxima acusación, responde el Secretariado Internacional, a través de Klement, a quien Trotsky apoya sin reservas.

Klement se apodera de la definición que Vereeken da sobre el derrotismo revolucionario, que identifica con el sabotaje militar. Klement destaca que esta definición no está de acuerdo ni con la posición de Lenin en 1914 – 1916 ni con la de la IV Internacional, que siempre ha subrayado que el derrotismo no consistía en “hacer volar los puentes”, o en “desarrollar acciones terroristas contra el Estado Mayor”, sino en la continuación de la lucha de clases durante la guerra. Ahora bien, esta lucha social y política, no reviste un carácter militar más que en su punto culminante, el de la insurrección armada y la guerra civil.

Klement y Trotsky polemizan fuertemente contra la identificación hecha por Vereeken del derrotismo revolucionario con el sabotaje. Ven allí, no sólo una definición errónea del derrotismo, sino más aún, la manifestación del rechazo a tomar en cuenta el hecho que la guerra que viene, a diferencia de la primera, no será verdaderamente “imperialista” de todos lados. El proletariado debe entonces reconocer el carácter progresista de uno de los campos y, por consiguiente, no puede aplicar una única y misma táctica. Se encuentra en la difícil situación de tener que combinar el derrotismo revolucionario con el apoyo a las guerras progresistas, una situación tanto más difícil cuanto que los stalinistas y los socialdemócratas se esfuerzan por utilizarla para justificar la unión sagrada. Al reconocer el carácter progresista de ciertas luchas, el proletariado no puede vencer, entonces, como en los campos imperialistas, al precio de la derrota militar, sino, todo lo contrario, por la vía de la victoria militar del campo que conduce una guerra justa (países coloniales o semicoloniales como Abisinia y China, estados obreros como la URSS, democracias en guerra civil contra el fascismo, como en España). Lo que había de nuevo en las precisiones aportadas por Trotsky frente a la comisión Dewey, era que se hacía necesario completar la búsqueda de la victoria del campo oprimido con la utilización del sabotaje militar en el campo imperialista adverso: las masas alemanas o japonesas sabotean, por ejemplo, la maquinaria militar alemana para defender a la URSS o la maquinaria japonesa para defender a China. En este caso, las masas pueden comprender este modo de acción, y la derrota militar de su propio país, lejos de ser un mal “menor”, puede volverse un objetivo. Cuando la guerra reviste este carácter, el proletariado tiene el deber, no solo de luchar por la revolución a través del “derrotismo”, sino aún de sabotear la maquinaria militar del imperialismo adverso en beneficio de sus propios aliados.

Estas clarificaciones destacaban más claramente el parentesco entre la defensa de la URSS, la de los países coloniales y semicoloniales y, en las guerras civiles, la de la defensa de la democracia. También permitían distinguir cuidadosamente el derrotismo revolucionario del sabotaje militar, que es un medio de asegurar la defensa militar inmediata del “adversario” aliado del proletariado. Quedaban por definir, sin embargo, las tareas del proletariado en los países imperialistas aliados a la URSS. Vereeken había acusado a Trotsky, al Secretariado Internacional y a Klement, de preparar la integración del proletariado a la unión sagrada en los países aliados a la URSS.

En una carta a Jean van Heijenoort del 2 de enero de 1938, en la que asume la entera responsabilidad de sus declaraciones frente a la comisión Dewey, Trotsky precisa que el centro de la cuestión en torno a las divergencias “se reduce, en resumen, a saber si tenemos la obligación de defender a la URSS (...) en caso de guerra sin salir de la oposición revolucionaria, y si la tenemos, por qué medios”. Subrayando que en un conflicto internacional se mezclan luchas reaccionarias y luchas progresistas, y que de él resulta que las tareas del proletariado son combinadas y diferentes según el país, Trotsky acababa de precisar que el proletariado tenía el deber de sabotear la maquinaria militar del imperialismo en beneficio de sus propios aliados conduciendo una guerra justa. Sin embargo, Klement precisa que el sabotaje militar a favor del enemigo no imperialista de su propia burguesía no debería extenderse en beneficio de su aliado imperialista. Da el ejemplo de una guerra en la que la URSS, aliada a Francia, estaría en guerra con Alemania. Los obreros alemanes deberían intentar desorganizar el frente del Este para ayudar a la URSS. Por el contrario, en Francia aliada a la URSS, y en Alemania en el frente del Oeste, el derrotismo revolucionario debe ser la regla, derrotismo revolucionario que no implica, nos recuerda Klement, ni sabotaje, ni búsqueda de la derrota, sino que implica la continuación de la lucha de clases y combate por la revolución sin detenerse en sus consecuencias eventuales.

Finalmente, lo esencial de las precisiones que Trotsky y Klement aportan a la polémica de 1937 – 1938 se explica por su convicción que la próxima guerra será mundial y que la URSS estará necesariamente implicada en ella, aliada a uno de los dos campos imperialistas. En estas condiciones, la fórmula de “derrotismo revolucionario” no es suficiente, porque no responde exactamente a la cuestión crucial. Por otra parte, es efectivamente sobre la cuestión de la “defensa de la URSS” que vuelve abrirse la crisis, luego de la firma del pacto germano – soviético. Por la presión de la opinión pública, una fracción importante del Socialist Workers Party de EE.UU. dirigida por Burnham y Shachtman comienza a explicar que el acontecimiento es lo bastante importante para justificar el cuestionamiento del análisis tradicional sobre la “naturaleza de la URSS” y, en consecuencia, su “defensa”. Trotsky ve en el pacto una maniobra sin principios, reveladora de la debilidad de la burocracia, para escapar de la guerra, pero no piensa que este acuerdo cínico – al que no le faltan antecedentes a la política de Stalin – sea suficiente para cuestionar la naturaleza de las bases sociales de la URSS. Sigue pensando que, siguiendo con una lucha despiadada para preparar la caída de la oligarquía del Kremlin en manos de los obreros y los campesinos soviéticos, la IV Internacional debe, más allá de las peripecias de los aliados y de los frentes militares, con los métodos de la lucha de clases revolucionaria, defender el régimen social progresista de la URSS, las “conquistas de Octubre”. La cuestión que concierne a este debate es bastante conocida y los documentos son accesibles, con lo que no volveremos sobre esto aquí.

Hemos visto las razones que empujaron a Trotsky varias veces a precisar, e incluso a abstenerse a veces de emplear la palabra “derrotismo”. Pero, al mismo tiempo, a menudo lleva a cabo una defensa vigorosa de ese mismo “derrotismo” contra aquellos que piensan la guerra que viene será una guerra entre “democracia” y “fascismo”, y que piensan que el proletariado debe alinearse en el campo de las democracias.

Ya las tesis de 1934 insistían en que la guerra no sería un conflicto entre democracia y fascismo, sino una nueva lucha por un reparto del mundo y una redistribución de las colonias. Las tesis indicaban que cada campo contaría, entre los estados beligerantes, con estados democráticos como con estados fascistas y que, si bien los revolucionarios siempre tenían el deber de defender la democracia contra su gobierno, en ningún caso podía ser cuestión de repetir la traición social demócrata, al apoyar a “su” imperialismo contra el imperialismo extranjero.

En el transcurso de la polémica de finales de los años 30, Trotsky había tenido que desmentir enérgicamente la interpretación según la cual pregonaba dos políticas distintas, una en los países democráticos y otra en los países fascistas, ya que la guerra iba a ser, en última instancia, no una competición entre “regímenes políticos” opuestos, sino una lucha social para repartirse el mundo, subyugar a China, reconquistar el espacio soviético.

El 11 de marzo de 1939, polemizando contra el grupo palestino Haor, que hacía del derrotismo una obligación sólo en los países fascistas, y que renunciaba a él en los países democráticos, califica esta posición como “un paso peligroso hacia el social patriotismo”. Destaca que esta posición no toma en cuenta a la URSS, ya que no está excluido que Stalin se ubique en las filas de Hitler. Luego critica la definición dada por Haor del derrotismo, concebido como “un sistema especial e independiente de acciones tendientes a provocar la derrota”, lo que le parece demasiado “equívoco”:

“No es esto. El derrotismo es la política de clase del proletariado que considera, incluido el tiempo de guerra, que su enemigo principal está en su propio país imperialista. El patriotismo, por el contrario, es una política que sitúa al enemigo principal fuera de su propio país. La idea de derrotismo es, en realidad, la siguiente: llevar adelante una lucha revolucionaria intransigente contra su propia burguesía como el enemigo principal, sin preocuparse de que esta lucha pueda concluir con la derrota de su propio gobierno. En el caso en que esta resulte de un movimiento revolucionario, la derrota de su propio gobierno constituirá un mal menor. Lenin nunca dijo ni quiso decir otra cosa. Tampoco es posible hablar de otra especie de contribución a la derrota. ¿Hay que renunciar al derrotismo revolucionario en los países no fascistas? Aquí está el nudo de la cuestión, es sobre este asunto que el internacionalismo revolucionario se sostiene bien o se hunde”.

Esta cuestión se retoma en el último texto fundamental que Trotsky escribe sobre la guerra: el “Manifiesto sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial” escrito en mayo de 1940, para la conferencia llamada de “Emergencia”, condena la consigna de “guerra por la democracia”. Trotsky plantea una vez más la cuestión de saber si la clase obrera debe ayudar a las democracias en su lucha contra el fascismo alemán. Su respuesta no tiene ambigüedades:

“Así, la cuestión está planteada en extensos círculos pequeño burgueses, para quienes el proletariado no sigue siendo otra cosa que una herramienta auxiliar de tal o cual fracción de la burguesía. Rechazamos con indignación esta política. Naturalmente, existe una diferencia de confort entre los diferentes vagones de un tren. Pero, cuando el tren cae en un abismo, la distinción entre democracia decadente y fascismo asesino desaparece frente al hundimiento del conjunto del sistema capitalista” 26.

¿Por qué Trotsky no emplea en el “Manifiesto” el término “derrotismo revolucionario”? Sabemos que se negaba a emplearlo de manera general, rechazando hacer de él una fórmula mágica y, en especial, usarlo como consigna. Pero la fórmula de “derrotismo” ¿no había conocido en 1940 un destino singular? Elaborada por Lenin, que era el más intransigente de los internacionalistas, enseguida fue utilizada, tanto en la III como en la IV Internacional, para combatir al “trotskismo”, oponiéndolo al “leninismo”. Trotsky tenía una clara conciencia en estas polémicas para dejarse encerrar en una discusión sin objeto, frente a los problemas planteados por esta última guerra – ligados, en particular, a la existencia de la URSS -, que no podían ser regidos por la mejor de las fórmulas de la guerra precedente. Pero no había tampoco ninguna razón para abandonar esta parte de la herencia de Lenin en manos de sus adversarios.

 

1- Ver en particular los tres artículos de Lenin: “La caída de Port Arthur” (14/1/1905), “El capital europeo y la autocracia” (5/4/1905), “La debacle” (9/6/1905).

2. Marx y Engels no han elaborado “teoría específica sobre la guerra”. Haciendo suya la fórmula de Clausewitz, consideraban a la guerra como “ la continuación de la política por otros medios”. Su política en una guerra determinada no estaba definida en función de una teoría a priori sino a partir de un análisis concreto del conflicto. Se cuestionaban como definir el campo en que la victoria sería más ventajosa para la clase obrera. Durante la guerra civil americana, Marx se pronunció por la victoria del Norte contra el Sur esclavista. Conocemos la formulación de Engels en 1866: “mi mayor deseo es que Prusia se haga derrotar, habría una revolución en Berlín”. En 1870, Engels comenzó a apoyar los intereses nacionales de Alemania contra el Imperio francés. Pero al mismo tiempo, le recomendaba a la socialdemocracia alemana conservar su plena independencia y aprueba la decisión de W. Liebknecht y A. Bebel de votar en contra de los créditos militares. Pero tan pronto como la unidad alemana fue asegurada y el segundo Imperio derribado, Engels modifica radicalmente su posición. Estimando que la continuación de la guerra a partir de ahora tiene como objetivo la preponderancia de los Junkers prusianos en Alemania y de Alemania prusificada en Europa, se ubica repentinamente del lado de la guerra de defensa francesa, pensando que puede convertirse en un factor revolucionario.

3. Ver en particular el artículo de G. Haupt y Claudie Weill “Marx y Engels frente al problema de las naciones”. Ver igualmente “Los socialismos francés y alemán y el problema de la guerra”, Milorad Drachkovitch, Ginebra, 1953, p. 221-244.

4. Milorad Drachkovitch, op. cit. p. 323 – 330.

5. Lenin, Obras 21, p. 12, “Las tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea”.

6. Este artículo fue escrito por Lenin el 26 de julio de 1915, en respuesta a una polémica de Trotsky. (Nache Slovo, nº 105), quien había escrito que “el deseo de una derrota de Rusia es una concesión a la que nadie apela y no justifica la metodología política del social patriotismo, el que sustituye a la lucha revolucionaria contra la guerra y las condiciones que la han engendrado, una orientación extremadamente arbitraria, en similar situación, en la línea del mal menor”. Esta respuesta, escrita durante una fuerte polémica, será frecuentemente utilizada contra Trotsky. Lenin, notablemente inspirado en el ejemplo de la Comuna de Paris y de la Revolución rusa de 1905, estima que el proletariado debe cooperar efectivamente en la derrota. Se apresura en precisar sin embargo, que esto no significa para nada que “se desea la victoria de Alemania”, que es una “ineptitud” considerar que esto significa que “se quiere la derrota de Alemania” y excluye categóricamente como que se cae de su peso e incluso como ridículo el sabotaje militar como medio de derrotismo revolucionario. Escribe que “un lector perspicaz” verá bien que no es cuestión de “hacer volar los puentes”, de “organizar motines militares destinados al fracaso”, y que, en general, “ayudan al gobierno a aplastar a los revolucionarios”. Lenin excluye el empleo de medios militares especiales de los que se aprovecha directamente el adversario sin que la causa proletaria avance.

7. Lenin, “Notas sobre las tareas de nuestra delegación en La Haya” 4 de diciembre de 1922, Oeuvres, 33, p. 461.

8. Contra la corriente, p. 10.

9. “Discurso de clausura de Lenin sobre el Informe concerniente a la ratificación del tratado de paz”, 15 de marzo de 1918, Oeuvres, 27, p. 198.

10. Lenin, “Carta de despedida a los obreros suizos”, 26 de marzo de 1917, Oeuvres, 23, p. 396.

11. Lenin, “Carta al C.C. de P.O.S.D.R.” 12 de septiembre de 1917, Oeuvres, 25. p. 311.

12. Martinov “The Great Proletarian Leader”, Communist International Nº1, News Series, February 1924, p. 41, y Zinoviev “War and Leninism” idem, Nº 6, june 1924, p. 6-7.

13. Tesis y Resoluciones del VI Congreso de la I.C., París, p. 113, 17 julio – 1 septiembre de 1928.

14. Harvard, V.84.

15. Carta de Trotsky al S.I. Harvard, 8009. Esta carta no se encuentra en las Oeuvres, los volúmenes dedicados al año 1934 ya fueron publicados antes de la apertura de los archivos de Harvard.

16. Oeuvres, 2, p. 168.

17. Ibidem, p. 74.

18. The case of Leon Trotsky, p. 294 – 299.

19. Dick Lorre era miembro del ala izquierda constituida en el partido socialista americano, alrededor de militantes trotskistas. La cuestión planteada era la actitud de los revolucionarios con respecto al gobierno de Negrín, que, con el patronazgo de Stalin, y con el ojo complaciente de los gobiernos de Londres y de París, acababan de golpear duramente a la extrema izquierda, y estaban por crear las condiciones de la derrota en la guerra contra Franco. Militantes, miembros de l´Appeal Association, que constituían el grupo “Joerger – Salemme”, se pronunciaban contra todo apoyo “político o material” al gobierno burgués republicano. Cf. La revolución española, p. 431.

20. Ibidem.

21. Ouevres, 14, entrevista con fecha 30 de julio de 1937, p. 216.

22. Ibidem. P. 271.

23. Ouevres 15, Carta a D. Rivera, 23 de septiembre de 1937, p. 268.

24. The case of Leon Trotsky, p. 290.

25. Georges Vereeken, La GPU en el movimiento trotskista, París, 1975, p. 267.

26. Trotsky, 26 de mayo de 1940, Sobre la segunda guerra mundial, p. 186. París, 1974.



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