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Irak: Claves de la guerra y la política revolucionaria

Partido de Trabajadores por el Socialismo, Suplemento Especial, 2 de marzo de 2003

 

La guerra de Irak abre un nuevo período internacional. Después de años en los que propagandizaron el inicio de un nuevo orden mundial en "democracia y libre mercado", primero sobrevinieron las catástrofes económicas, como la que sufrió Argentina, y ahora el podrido sistema capitalista muestra su cara atroz de la guerra. Lejos de un horizonte de progreso, estamos ante la profunda decadencia del capitalismo imperialista.

Para los objetivos de Bush y su administración, la invasión a Irak sólo es el comienzo. Ayer fue Afganistán, hoy es Irak y anuncian que intentarán avanzar más adelante contra otros pueblos oprimidos. En su decadencia, el imperialismo norteamericano pretende arrastrar a la destrucción a naciones enteras. Las crisis capitalistas y las guerras abren una etapa donde millones de seres humanos son empujados a sufrimientos inauditos, a la degradación o directamente a la muerte. 

Pero un nuevo y alentador fenómeno recorre el mundo: el germen de un nuevo internacionalismo.

La reacción imperialista encuentra resistencia en un movimiento de masas extendido en todo el mundo. No sólo en las muestras de heroísmo que empieza a dar el propio pueblo iraquí ante el invasor, sino también en las extraordinarias movilizaciones contra la guerra tanto en el mundo árabe como en las principales capitales de occidente. Este movimiento mundial no cayó del cielo.

El movimiento antiguerra que recorre las calles de los EE.UU., Inglaterra, España o Italia, nació en las movilizaciones anticapitalistas de Seattle, en el corazón del monstruo, en el año 99 y se ha masificado ante la agresión imperialista.

Las masas que salen a la calle en Egipto y los países árabes, recogen la bandera de la heroica Intifada Palestina.

Y en Latinoamérica esta resistencia a los planes de opresión también tuvo sus jornadas revolucionarias en Argentina, sus insurrecciones obreras y campesinas en Bolivia, la derrota de los intentos golpistas en Venezuela.

Todo este panorama muestra que al declive del dominio norteamericano se opone una recomposición de la actividad y conciencia del movimiento de masas que se cuela por las grietas abiertas por las pujas entre las distintas potencias imperialistas.

En el período que se abre, los marxistas revolucionarios del PTS llamamos a los trabajadores y luchadores populares con conciencia a prepararse y organizarse para una mayor y más dura lucha de clases a escala internacional. Las crisis capitalistas recurrentes y la ofensiva guerrerista norteamericana que se ha iniciado empujarán a más amplias masas a la acción directa en cada país. La promesa de que "otro mundo es posible" sin destruir al monstruo imperialista se demostrará como una simple estafa. Los que promueven la reforma y la "humanización" del capitalismo son incapaces de detener la carnicería de los misiles y bombas que caen sobre el sufrido pueblo de Irak. A las catástrofes económicas y a la escalada guerrerista, con sus secuelas de hambrunas, sólo se las detiene con los métodos de la revolución social. Esa debe ser la guía para forjar la herramienta que los trabajadores hagan suya para liquidar el sistema de opresión, explotación y guerra: un partido mundial de la revolución socialista.

 

Los yanquis iniciaron un curso guerrerista y neocolonialista

Norteamérica comenzó a poner en acción parte de su infernal arsenal de guerra como un intento de mantener su declinante hegemonía política y económica sobre el mundo. Aprovecharon el atentado a las Torres Gemelas, para intentar demostrar que a nadie se le puede ocurrir desafiar el domino mundial de EE.UU. Primero en Afganistán, ahora en Irak. Es un mensaje de autoridad dirigido en primer lugar a las naciones oprimidas que no aceptan sus dictados (“el eje del mal” que para Bush hoy son Irak, Irán y Corea del Norte), pero también a las potencias competidoras, europeas y asiáticas, para que todos sigan subordinándose a Washington.
Para ello, hicieron a un lado la pretendida “legalidad” imperialista y sus instituciones, como la ONU, que ellos mismos diseñaron a partir de 1945 para encubrir el sojuzgamiento a los pueblos del mundo, dejando claramente de manifiesto el carácter abiertamente imperialista de la actual guerra. Un plan neocolonialista que en primer lugar intentará rediseñar al Medio Oriente, poniendo un régimen títere en Irak, dar una lección al extendido odio antiyanqui de las masas árabes, al mismo tiempo que buscan el control de las reservas de petróleo y sostener al dólar como moneda en las transacciones petroleras y reserva internacional frente a la competencia del euro.
Pero para la administración Bush, la invasión a Irak es el comienzo de una serie de “guerras preventivas”, tan sólo una campaña en un plan de guerra permanente. Más adelante intentarán avanzar contra Siria, Paquistán, Irán u otros pueblos oprimidos. La ofensiva imperialista significa también que intentarán disciplinar la resistencia en Latinoamérica, fortalecer y blindar gobiernos completamente títeres al estilo de Colombia.

 

Los imperialistas “pacifistas” de Francia y Alemania

Un gran sector de los que se movilizan contra la guerra tenían la ilusión que las Naciones Unidas, en las que Francia y Alemania se opusieron a la acción “unilateral” de los EE.UU., podían detener la agresión armada. Pero lejos de frenar la guerra, la ONU retiró todo su personal antes del primer bombardeo, ni siquiera hizo un repudio formal de la invasión y ahora es el terreno de disputa entre las potencias imperialistas para participar del botín de Irak en la posguerra. Más aún, en lo que todos han llegado a un acuerdo es en poner en marcha nuevamente el programa “petróleo por alimentos”: el propio pueblo iraquí es el que paga con las exportaciones de sus recursos naturales en manos de la ONU la catástrofe humanitaria que está causando la guerra.
Francia y Alemania se vistieron de “garantes de la paz”. Como alternativa al plan de EE.UU., Inglaterra y España, ellos propusieron, con el apoyo de Rusia y con un perfil más bajo también de China, otro plan descaradamente imperialista: reforzar las inspecciones de la ONU “para desarmar a Irak”, es decir un avasallamiento de la soberanía iraquí para que se convierta en un protectorado de las principales potencias.
En estos momentos, Chirac y la socialdemocracia francesa, permiten que los temibles B-52 que despegan de Inglaterra hacia Irak surquen los cielos de Francia con su mortífera carga, mientras el gobierno imperialista francés discute la participación de sus empresas en la “reconstrucción” iraquí. Sin su concurso los EE.UU. no podrían hacer la guerra.
El imperialismo, tanto el guerrerista, como el coyunturalmente “pacifista”, tiene un sólo significado: o guerra o paz de los cementerios. Desde el PTS sostenemos que su liquidación debe ser la causa de todos los pueblos del mundo.

 

No habrá paz bajo el capitalismo

Millones salen a las calles y aún los que no se movilizan masivamente, como en Argentina, se oponen por abrumadora mayoría a esta guerra de coloniaje bajo la bandera de la paz. Una justa y legítima aspiración de la humanidad explotada y oprimida que rechaza esta criminal intervención, tanto más progresiva en los países agresores. Miles de ellos se enfrentan valientemente contra la propaganda patriotera de sus gobiernos y la represión, incluso yendo a parar a prisión. Esta formidable movilización tiene una importancia crucial, pero para que se desarrolle es necesario discutir su horizonte.
En su fase imperialista, el capitalismo ha desatado dos guerras mundiales que liquidaron a cerca de ochenta millones de personas, además de innumerables intervenciones militares contra estados semicoloniales, guerras fratricidas y guerras coloniales como las del estado racista de Israel contra el pueblo palestino.
Con esta guerra contra Irak buscan garantizarle fabulosos negocios a un puñado de monopolios que se apropiarán de su petróleo y se quedarán con los dividendos de la “reconstrucción” del país devastado. Esto es tan evidente que una empresa vinculada al vicepresidente yanqui, Dick Cheney, se adjudicó el millonario negocio de apagar los pozos de petróleo incendiados, mientras que la Shell y la British Petroleum ya le exigieron a Blair que les entreguen unos cuantos pozos luego de la presunta victoria imperialista.
La guerra es un producto inevitable de la sociedad dividida en clases y de un mundo dividido entre potencias capitalistas competidoras. Nadie puede hacerse ilusiones sobre la paz mientras sigan dominando el mundo un puñado de estados imperialistas que imponen la subordinación por todos los medios y para eso cuentan con arsenales que incluyen todo tipo de “armas de destrucción masiva”. Para terminar con las guerras es imprescindible terminar con el sistema capitalista-imperialista que, guiado por la sed de ganancias de sus monopolios, llevará a la humanidad a la barbarie y la destrucción. La justa aspiración de vivir en paz sólo será posible con la construcción de un nuevo orden social, una sociedad que elimine la explotación y la opresión, y con ella la causa de todas las guerras. Nuestra alternativa estratégica sigue siendo: Socialismo o Barbarie.

 

No somos pacifistas

Los pacifistas condenan por principio toda guerra por “inmoral”. Esta posición lleva a igualar la violencia contrarrevolucionaria de los opresores con la legítima lucha de los oprimidos.
La guerra es la continuación de la política por medios violentos y los revolucionarios sostenemos que hay guerras justas e injustas. Para poder definir una política correcta hay que preguntarse cuáles son las causas de la guerra, qué clases y estados las llevan adelante y qué condiciones histórico-económicas le dieron lugar.
En el siglo XX hubo guerras interimperialistas, reaccionarias, como fueron las dos guerras mundiales, llevadas adelante con el objetivo de dirimir la pelea de los distintos imperialismos por el reparto del mundo. Bajo la consigna de “defender la patria”, los estados imperialistas mandaron a millones de obreros y campesinos a matarse entre ellos por los negocios capitalistas. En este tipo de guerras, los marxistas propugnamos el “derrotismo revolucionario” en los países centrales con el objetivo de “transformar la guerra imperialista en guerra civil”. Esto significa que, promoviendo la unidad internacionalista de los obreros del mundo por encima de las fronteras, buscamos llevar al interior de los países imperialistas el enfrentamiento entre los explotados con los gobiernos de sus explotadores.
También los imperialistas suelen promover guerras fratricidas entre pueblos oprimidos bajo la máxima de “divide y reinarás”. En los '80 promovieron la de Irak e Irán con un millón de muertos, primero armando a Irak luego vendiendo armas clandestinamente a Irán, dinero con el que, a su vez, financiaban a la “contra” nicaragüense para desangrar la revolución centroamericana.
Pero la actual guerra es una clara guerra de rapiña, de agresión imperialista contra una nación oprimida como Irak. Bajo la máscara de la “democracia”, aprovechando el carácter dictatorial del régimen iraquí, buscan imponer una colonia yanqui: es decir menos democracia aún, ya que eso significa la liquidación de toda soberanía nacional, para sojuzgar a su pueblo y expoliar sus riquezas. Toda guerra de defensa y liberación nacional de una nación oprimida, es para los revolucionarios una guerra justa y legítima, como lo fueron –por ejemplo- la lucha por la liberación de Argelia contra los colonialistas franceses o la guerra de Vietnam. Los revolucionarios nos ubicamos en el campo militar de los países semicoloniales, independientemente que los gobierne un régimen dictatorial como el de Hussein, porque el triunfo del país imperialista significará dobles cadenas para el pueblo de la nación semicolonial, y padecimientos peores aún que con su dictadura doméstica. Por el contrario la movilización de masas al interior de Irak para derrotar al invasor dejará al pueblo iraquí en mejores condiciones para liberarse del actual régimen y un triunfo de Irak se constituiría en un extraordinario acicate para la lucha contra la explotación y la libertad de todos los pueblos oprimidos de la región y el mundo.
La política marxista en la actual guerra es la combinación del derrotismo revolucionario en los países agresores, para lo cual es una base de apoyo el movimiento antiguerra pero que debe avanzar del actual pacifismo progresivo a la lucha abierta contra los gobiernos de Bush, Blair, Aznar; con el apoyo incondicional a la guerra de defensa nacional en Irak para que, superando la dirección burguesa de Saddam Hussein, se transforme en una verdadera guerra de liberación nacional en Irak y todo el mundo árabe. La experiencia de la lucha de Argelia contra el imperio francés o del heroico pueblo vietnamita contra el ejército norteamericano, demostró que la combinación de la resistencia de los pueblos oprimidos y la movilización en las potencias imperialistas agresoras, ha permitido la derrota de los más poderosos del mundo, aunque por el rol de sus direcciones esto se lograra a un alto costo que no economizó pérdidas en vidas y años de guerra.

 

Victoria para Irak

El pueblo iraquí no ha recibido a las tropas angloyanquis como sus “libertadores” sino como lo que verdaderamente son: un ejército de ocupación. Los invasores encontraron las primeras muestras de una encarnizada resistencia de los soldados y fuerzas irregulares. La resistencia iraquí ha apelado a la guerra de guerrillas y hasta a ataques suicidas. Sostenemos que para que esta resistencia se desarrolle es necesario, en primer lugar, dotar de armas al conjunto del pueblo iraquí y no sólo a los aliados del régimen, pasar al armamento general de la población y su organización en milicias.
Los gobiernos árabes se niegan a esto y el propio Saddam Hussein le teme a la movilización independiente de su pueblo tanto como al imperialismo.
Los objetivos del gobierno de Hussein son la autopreservación del régimen que garantiza los privilegios de sus acólitos a costa de la opresión y explotación de las mayorías populares. En 1991, con un cierto guiño imperialista, se encargó de sofocar violentamente los levantamientos de los kurdos (una nación sin Estado de 20 millones de habitantes, dispersados y tratados brutalmente no sólo en el norte de Irak sino en Siria, Turquía e Irán) y de los chiítas, la mayor parte de la población. Esta cruenta opresión se constituye en una traba para unificar la nación contra el imperialismo y ganar la guerra.
La política militar revolucionaria debe ligar el armamento generalizado a las demandas más sentidas de los millones de pobres iraquíes, que no entregarán sus vidas sólo con el objetivo de defender a un régimen opresor. Sólo reuniendo todas las fuerzas sociales explotadas y oprimidas detrás de objetivos nacionales revolucionarios y apelando a la ayuda internacionalista, se puede enfrentar seriamente semejante agresión. La guerra necesita una dirección que empiece por reconocer el pleno derecho de autodeterminación del pueblo kurdo, que otorgue las tierras a los campesinos, que promueva el control obrero de las fabulosas riquezas petroleras. Así, bajo estos objetivos verdaderamente nacionales podrán constituirse y armarse milicias con moral de combate para echar a la invasión. Esta es la única perspectiva real para las masas iraquíes, pero no puede esperarse del régimen de Hussein.
Contra la propaganda imperialista que dice querer imponer una supuesta “democracia” en todo Medio Oriente mediante bombas y misiles, la consumación de las aspiraciones democráticas de todo los pueblos árabes, incluyendo la creación de un estado palestino en todo el territorio histórico, es decir sobre las ruinas del racista Estado de Israel basado en la expulsión de los palestinos y en una legislación teocrática que le niega derechos elementales a quienes no son judíos, vendrán de la expulsión del imperialismo y del derrocamiento revolucionario de los corruptos gobiernos capitalistas de los estados árabes. Sobre esa base podrá crearse una federación de repúblicas obreras y socialistas del Medio Oriente.

 

La acción internacional de los trabajadores: una cuestión estratégica

Tanto los propagandistas a sueldo del imperialismo, al estilo de la CNN, como aquellos que se opusieron al ataque militar alentando la ilusión de que la ONU podría detener la matanza, ahora presentan como inevitable la victoria imperialista.
Se basan en el dato cierto de la enorme superioridad militar de Estados Unidos y sus aliados. La disparidad entre la principal potencia militar del mundo y el ejército iraquí es evidente. Es muy difícil que Irak solo pueda hacer frente a esta maquinaria bélica. Pero la batalla contra el imperialismo no se libra sólo en las trincheras de Basora o Bagdad, sino también en las calles de Londres, Nueva York, Madrid, en el mundo árabe y musulmán y también aquí en la Argentina. No hay que olvidar ni por un minuto que la vasta mayoría del mundo se opone a esta guerra y quiere detenerla. A diferencia de Vietnam, antes de iniciada la guerra y no después de años de sangrientos resultados, se viene desarrollando un movimiento en las potencias imperialistas.
Aunque las movilizaciones de masas no han sido suficientes para frenar la guerra, han puesto en acción una nueva generación de jóvenes y trabajadores que comprenden los objetivos reaccionarios de Bush y sus aliados y han causado una profunda crisis a los gobiernos de Tony Blair, de Aznar o Berlusconi. Los manifestantes en Madrid piden la dimisión de Aznar y comienzan a cuestionar a la “intocable” monarquía del rey Juan Carlos. En Estados Unidos las protestas y acciones de desobediencia civil enfrentan la represión policial y la propaganda patriotera. Miles de secundarios salen diariamente de sus aulas en Londres o en Berlín para decirle: “no a la guerra por petróleo”. En Melbourne, Bélgica o Grecia hay enfrentamientos violentos con la policía. En Italia miles de jóvenes y de trabajadores portuarios y ferroviarios intentaron valientemente bloquear los envíos de armas para el Golfo Pérsico. Allí también se desataron huelgas semi espontáneas con el inicio de los bombardeos en todas las principales fábricas del norte industrializado, incluyendo la FIAT.
En el mundo árabe y musulmán, centenares de miles se movilizan en Yemen, en El Cairo (Egipto) rompiendo imágenes del reaccionario presidente Mubarak, en Siria se alistan combatientes para Irak, en El Líbano en solidaridad con sus hermanos iraquíes contra la posición proimperialista de sus gobiernos que o bien colaboran abiertamente con la agresión o dejan que Irak se desangre ante el coloso imperialista, negándole ayuda militar. Si, contra los planes de la coalición imperialista, la guerra se prolonga, estas movilizaciones pueden culminar en jornadas revolucionarias que tiren a gobiernos de la Liga Arabe y signifiquen un salto en la ayuda al pueblo de Irak para derrotar la invasión.
Pero sobre todo, frente al enorme poderío imperialista hay otro enorme poder que aún no ha desplegado su potencial: la clase obrera internacional con sus métodos de lucha.
Los millones de trabajadores en todo el mundo constituyen una fuerza social decisiva porque son los que hacen funcionar los principales resortes de la economía capitalista. Hasta ahora las viejas direcciones sindicales han impedido que con la huelga general política en los países agresores se pueda boicotear efectivamente la maquinaria de guerra, paralizar a los gobiernos beligerantes y afectar las enormes ganancias de sus monopolios. Ese es el camino. Los trabajadores de las grandes transnacionales petroleras pueden frenar la extracción de crudo en los países del Golfo y paralizar las operaciones de sus casas matrices. Los trabajadores estatales estadounidenses, británicos o españoles pueden detener el funcionamiento de las administraciones de sus gobiernos. Los trabajadores portuarios pueden bloquear el envío de pertrechos y suministros a las tropas en Irak. Los trabajadores de los monopolios yanquis, españoles o británicos que apoyan el esfuerzo de guerra pueden coordinar su acción en todo el mundo y parar su funcionamiento.
Los trabajadores principalmente en los países beligerantes, pero no sólo en ellos, serán los que pagarán con más explotación los costos millonarios de esta guerra reaccionaria. Los trabajadores de todo el mundo tienen el mismo interés que el pueblo iraquí en derrotar al imperialismo y si se ponen en movimiento pueden ser un ejército imparable.

 

Por un partido mundial de la revolución socialista

Si esta fuerza colosal aún no irrumpió en lucha contra la guerra, sus gobiernos y sus propios explotadores, la responsabilidad central es de sus direcciones reformistas y burocráticas que se han negado a llamar a la acción decidida en los principales países imperialistas. En ese camino es necesario crear consejos de delegados de los sindicatos y otras organizaciones populares: promover la autoorganización de la clase trabajadora. Las organizaciones sindicales que se reivindican combativas, tienen que encabezar la conformación de consejos de delegados de los trabajadores y coordinarlos a nivel nacional y convocar a los foros sociales locales, comités antiguerra y a otros organismos que sostengan posiciones progresivas e independientes, en el camino de imponer a las direcciones oficiales una lucha seria contra la agresión imperialista, superando a las viejas direcciones del movimiento obrero.
Y este es el problema de los problemas. Sólo la unidad revolucionaria de la clase trabajadora internacional y sus aliados, los jóvenes y los pueblos oprimidos en la lucha contra su enemigo común podrá derrotar al imperialismo.
A tal fin la Primera Internacional fundada por Marx y Engels lanzó el grito de “proletarios del mundo uníos”. La Segunda Internacional lo continuó hasta que sus elencos dirigentes capitularon ante su propias clases dominantes permitiendo que millones de obreros vayan a la primera guerra mundial en defensa de los negocios capitalistas. La Tercera Internacional de Lenin y Trotsky amplió a aquel lema: “proletarios y pueblos oprimidos del mundo uníos” porque confiaban en la unidad de las clases trabajadoras de los países imperialistas con los pueblos oprimidos de las semicolonias, como lo es Irak.
La degeneración de la Tercera Internacional bajo Stalin dejó la estrategia revolucionaria del proletariado en las débiles fuerzas de Cuarta Internacional fundada por Trotsky.
El Orden internacional que resultó de la segunda guerra mundial fortaleció a tal punto al imperialismo norteamericano y su pacto con la burocracia de la URSS, que sólo algunos ensayos revolucionarios como el del ascenso internacional de masas de los años '68 al '76, en el que se inscribió la derrota yanqui en Vietnam, amenazaron desafiarlo. Durante las décadas en que Norteamérica fue el imperialismo hegemónico e indiscutido, en el movimiento obrero del mundo la estrategia del internacionalismo revolucionario fue liquidada o relegada a la marginalidad por la supremacía del stalinismo y sus movimientos afines que, hablando en nombre del socialismo, en realidad estrangulaban los procesos revolucionarios y constituían un bloqueo entre la lucha de las masas y el imperialismo.
En esta etapa estamos presenciando no sólo la decadencia o fin de la hegemonía norteamericana, sino los gérmenes de un nuevo e incipiente internacionalismo en los que están las bases para construir, retomando las banderas de la IV Internacional, un estado mayor de los trabajadores cuyo objetivo sea la abolición del capitalismo imperialista. El PTS junto a partidos y grupos hermanos de México, Brasil, Bolivia, Chile y Europa, está comprometido en esa tarea.



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