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Primer balance

Este breve ensayo histórico nos ha parecido necesario para presentar los documentos de un inmenso interés que componen este número y el siguiente. Hemos visto en ellos un complemento necesario a nuestra investigación de documentos para la presentación de las Obras de Trotsky. Nuestro objetivo estaría en gran parte logrado si provocara en un futuro cercano trabajos sistemáticos sobre la Oposición de Izquierda en la URSS, especialmente a través de los papeles de exilio de Trotsky.
Pero nos parece que hemos aprendido a lo largo del camino. Desde luego, el cineasta que emprendiera hoy la tarea de contar esta historia no podría concluirla más que mediante la secuencia descrita por María M. Joffé de la muerte de Faina V. Yablonskaia, “bella y (quien) mantenía la cabeza alta a pesar de sus manos atadas detrás de la espalda”137, debajo del tapado rojo de sangre de la antigua Komsomol Raia V. Lukinova, que yacía sin vida en la nieve138. Pero nuestra concepción de la historia va más lejos que la reconstitución de una de las más espantosas tragedias de este siglo, rico, no obstante, en genocidios.
Era común, luego de algunos años, particularmente en el caso de los historiadores americanos, presentar a Trotsky como “completamente aislado” de la realidad soviética durante los años ’30, al punto de haber ignorado totalmente la crisis del aparato y la prehistoria del asesinato de Kirov. Los descubrimientos de los investigadores del Instituto León Trotsky sobre el “bloque de los oposicionistas” de 1932 han mostrado lo incorrecto de estas interpretaciones.
Queda por decir que, hasta el presente, los historiadores de la Unión Soviética y del movimiento comunista
- incluido Isaac Deutscher139- se han interesado mucho más por Trotsky que por los trotskistas y, en cierto modo, han participado del mismo estado de ánimo.
Recientemente, una escuela de pensamiento -que no tiene nada que ver al menos con una cierta forma de pensamiento histórico- se ha esforzado, con resultados poco felices, en demostrar que el “trotskismo” no era en realidad más que una simple variante del “bolchevismo”, poco diferenciada en última instancia del “estalinismo” que ha surgido igualmente de él, y, de este modo, condenada a desaparecer a partir del momento en que sus dirigentes se encontraban “aislados” de ese “poder” que era, en suma, su única razón de ser…
Una y otra interpretación, nutridas ciertamente por orientaciones políticas y preocupaciones muy alejadas en principio, plantean no obstante un tema infinitamente más viejo y más constante, alimentado por los adversarios de derecha del “trotskismo”, la socialdemocracia y el estalinismo, los que explican la desaparición “final” de los trotskistas de la URSS por su “sectarismo”, en otros términos por una actitud consistente en negar la realidad -y hacen de ellos una especie de desechos de la Historia-.
Nos parece que los documentos sobre los cuales descansa el presente estudio hacen igualmente justicia contra estas últimas interpretaciones. Muestran en efecto que la corriente encarnada en la URSS por la Oposición de Izquierda constituyó, al menos, un dato importante y permanente en la vida política de ese país hasta 1940, por no decir un factor a menudo determinante. ¿Es preciso recordar para estos fines el homenaje rendido a sus adversarios trotskistas de los años ‘30 por el jefe de la “Orquesta Roja”, Leopold Trepper, estalinista desencantado -un homenaje valioso, sin duda, para muchas generaciones-?
“Los trotskistas tienen derecho de acusar a los que antes bailaban al son de la comparsa. Que no olviden nunca que los trotskistas tienen, en relación a nosotros, la ventaja inmensa de un sistema político coherente capaz de reemplazar al estalinismo, y al que pueden aferrarse en el profundo sentimiento de soledad de la Revolución traicionada. Ellos no ‘confesaban’, porque sabían que sus confesiones no servirían ni al Partido ni al socialismo”140.
En la URSS, todavía hoy no se dio ninguna explicación coherente que respete la realidad concreta sobre los crímenes estalinistas de los años ‘30 ni sobre la historia del propio estalinismo. Todavía hoy allí, la interpretación “trotskista” de este período de la historia soviética está prohibida a los investigadores y a una generación de jóvenes historiadores que no han conocido a Stalin. ¿Es posible realmente creer que esto sería así, si los trotskistas de los años ‘30 y las explicaciones que ellos daban hubieran estado a tal punto separadas de la realidad de la sociedad soviética de entonces… y de hoy?
No nos referiremos aquí a la permanencia de la corriente trotskista en la base, en las fábricas e incluso en los koljoses, incluido el período posterior a la destrucción de su organización en tanto tal, una permanencia que atestiguaron los descubrimientos de Merle Fainsoden en los archivos de Smolensk141, y que confirman hoy los hallazgos hechos en los papeles de exilio de Harvard142. Quisiéramos solamente subrayar a modo de conclusión que las almas bellas que buscan hoy hacer creer que el “trotskismo” era una “variante leninista” muy cercana al estalinismo tienen muchas dificultades para explicar hechos que, ahora, pensamos están irrefutablemente establecidos. Creemos, en efecto, poder afirmar: 1) que los trotskistas fueron, entre 1928 y 1940, los únicos adversarios consecuentes del estalinismo con apoyo popular, 2) fueron esos adversarios los que aterraron -y aun después de su exterminación- a Stalin y los suyos, 3) contra ellos fue necesario emplear los métodos más radica- les, la “solución final”, para poder liquidarlos.
Si los trotskistas hubieran sido sectarios sin esperanzas, doctrinarios realmente desligados de la vida política y de la masa de la población soviética, sería en efecto imposible comprender, por ejemplo, por qué Stalin lanzó toda la represión de masas desde fines de los años ‘30 -los procesos de Moscú, la gran purga- bajo el signo de la lucha contra todos los que estaban comprometidos en el bloque de 1932 entre las diversas oposiciones del Partido y los trotskistas. Krustchev, quien, como buen cómplice, guardó cuidadosamente el secreto, ¿no dio involuntariamente la clave de la respuesta a esta cuestión revelando la existencia del famoso telegrama de septiembre de 1936 en el cual Stalin acusaba a la GPU de tener cuatro años de retraso? Del mismo modo, sería absolutamente imposible comprender por qué fue que Stalin inventó el sistema de los “campos de concentración” para los bolcheviques leninistas, encargados de suplir las prisiones atestadas. ¿Y por qué, cuando las prisiones y los campos estuvieron superpoblados por cientos de miles de nuevos detenidos, fue a los trotskistas a los que el régimen decidió separar de los otros, creando para ellos esos campos y prisiones especiales que los aislaban -a ellos y sólo a ellos- de la masa de detenidos a los cuales eran, evidentemente, los únicos capaces de darles explicaciones y motivos para combatir?
Los historiadores, aun los no estalinistas, hasta los antiestalinistas, de conjunto han dado sobre los años ‘30 una explicación en el fondo paralela a la que nosotros criticamos aquí y en última instancia cercana a la que era evidentemente necesaria para el régimen estalinista. Negar la existencia de un bloque de oposiciones, negar, como algunos lo han hecho, la existencia misma de grupos comunistas de oposición, no ver una realidad en la cual los trotskistas eran solicitados por todas las otras oposiciones comunistas para entrar en un “bloque” con ellos, ¿no era ésta una forma particular de contribuir al aislamiento de los trotskistas, de minimizar su rol? A su regreso de la Unión Soviética, en 1936, Víctor Serge critica vivamente el análisis de la prensa soviética hecho por Trotsky en la cual este último creía poder evaluar en decenas de miles el número de sus partidarios -desorganizados- golpeados por la represión que comenzaba a gran escala. La opinión mundial, entre 1936 y 1938, fue golpeada por un número elevado de viejos bolcheviques que “confesaban” bajo el látigo del fiscal Vychinsky, renegaban ellos mismos y cubrían a Trotsky de las injurias rituales. Un análisis más minucioso hace aparecer, no obstante, que incluso un I. N. Smirnov, quebrado por meses de interrogatorios, encontró la manera de escapar a las tretas del procurador y dar respuestas que eran en realidad una condena de las tesis de la acusación y una defensa del mismo Trotsky143.
¿Pero qué significa que no se haya pensado en nombrar, al lado de los que “confesaron” a los que no “confesaron”? El silencio final de los Lominadzé, de los Sten y de los Riutin, de los Preobrajensky, Smilga, Mdivani y aún de un Sosnovsky, ¿no es tan elocuente como el de los “bolcheviques-leninistas” auténticos? ¿Cuántos de estos “capituladores” murieron sin dar a Stalin la “confesión” que intentó extraerles por todos los medios de extorsión -haciendo a la vez a Trotsky el supremo homenaje de rechazar la última capitulación-? Los trotskistas, a quienes algunos quieren presentar como “aislados” a cualquier precio, ¿no están, para la historia, ligados a esas decenas de miles de bolcheviques que, como ellos, prefirieron la muerte a la confesión, deshonrosa para ellos mismos y para la causa que servían?
A partir de ahora, la cuestión nos parece comprensible. Los documentos que, hasta el presente, han dormido en la parte cerrada de los archivos de Trotsky, al menos desde su aparición a la luz del día, han tenido el mérito de barrer todas las interpretaciones de la historia soviética que hacen de ella un compartimiento cerrado de la historia universal, regida por sus propias leyes, escapando a las leyes generales de la historia de las sociedades, y de la lucha de clases en particular. Igualmente tienen el mérito de reubicar la historia soviética en su contexto internacional, la historia mundial del siglo XX, y darle a la victoria hitleriana de comienzos de 1933, en relación a la URSS, la misma significación que se le reconocía hasta hoy en relación a la historia mundial. Los documentos que siguen y que fue necesario, no sin inconvenientes, seleccionar entre tantos otros tan ricos, son testimonios de una extraña cualidad humana, pero también una reflexión a la vez única y preciosa sobre los problemas de una sociedad en transición hacia el socialismo, que justificaría una publicación más exhaustiva.
Permítannos, para terminar, mencionar las reflexiones que nos inspiran las observaciones de María M. Joffé en relación a su compañero de presidio Andrei Konstantinov, llamado Kostia. Escribe:
“Las personas devienen héroes en los momentos de tensión particular, pero Kostia era siempre así, hiciere lo que hiciera, muy simple, muy natural. […] Sus palabras y sus actos eran parte integrante de él mismo y no hubieran podido ser diferentes; era simplemente él mismo […]. La vida de Kostia se fundía con su objetivo. Él no lo abandonaría nunca”144.
Nos ha parecido, en efecto, al término de este trabajo, que la más sangrienta utopía que puede atribuírsele a Stalin es la de haber creído que se podía eliminar a todos los Kostia de la faz de la tierra. Mientras que es la humanidad misma, en el curso de su combate para dirigir su propio destino, la que produce los Kostia de todos los países.


137 Ibídem, p. 34.
138 Ibídem, p. 41.
139 Isaac Deutscher (1907-1967), miembro del PC en Polonia, en 1926, habiendo sido excluido en 1932 del Partido se unió a la Oposición de Izquierda donde rápidamente se convirtió en uno de sus más brillantes periodistas. Emigrado a Gran Bretaña en 1939, fue el primer biógrafo de Stalin, luego de la muerte de éste, fue el autor de una biografía de Trotsky en tres volúmenes.
140 Léopold Trepper, El Gran Juego, p. 64.
141 Los archivos de Smolensk, del Partido como de la GPU, cayeron en 1941 en las manos de la Wehrmacht en su ofensiva-relámpago. Debieron caer en 1945 en manos del ejército norteamericano. Un condensado de los documentos que contienen fue publicado en la obra de Merle Fainsod, Smolensk Under Soviet Rule.
142 Entre los irreductibles que han sobrevivido a Stalin, aparte de María M. Joffé misma, se puede mencionar al “profesor rojo” N. Palatnikov y al antiguo redactor de Trud, D. Verjblovsky, ambos corresponsales de Trotsky en el exilio, a quienes el alemán Claudius volvió a encontrar en Vorkuta luego de 1953. Entre los capituladores que finalmente han salvado su existencia, se puede mencionar a dos: Boris S. Livshitz (1896-1949), antiguo profesor rojo, que capituló luego de I. N. Smirnov y retomó junto a él una actividad clandestina que le valió un nuevo arresto en diciembre de 1932. Ignoramos la fecha en la que fue liberado: fue corresponsal de guerra durante la Segunda Guerra Mundial. Sobre Sergei I. Kavtaradzé, cf. n. 35. Fue arrestado en enero de 1930 y durante algún tiempo estuvo detenido en Verjneuralsk. Fue liberado sin “declaración” previa en 1932, rehabilitado en 1940 y devino inmediatamente vicecomisario del Pueblo en Relaciones Exteriores. Lev Z. Kopelev (nacido en 1912) cuenta en su relato autobiográfico, No Jail for Thought, que durante algunas semanas en 1929 había pertenecido a la Oposición de Izquierda clandestina en Jarkov y, por esa razón, estuvo algunos días en prisión en la primavera de ese año: este episodio debía continuarlo algunos años más tarde, especialmente en el curso de su “affaire” al finalizar la guerra. En la obra aquí abajo mencionada, Kopelev indica al pasar que en 1929 la ligazón entre el “centro” trotskista de Moscú y los “bolcheviques-leninistas” de Jarkov estaba garantizada por alguien con el seudónimo de “Volodia”, Kazakievitch, en ese momento estudiante del Instituto de construcción de máquinas de Jarkov. Emmanuil G. Kazakievitch (1913-1962), conocido como escritor judío antes de imponerse como escritor ruso, obtuvo dos veces el premio Stalin de literatura. Entró al partido en 1944. El Cuaderno Azul, uno de sus últimos libros, escrito luego de la muerte de Stalin, incluía alusiones favorables a la Oposición. Kopelev escribe que el episodio de la actividad oposicionista de Kazakievitch probablemente no fue conocido más que por sus amigos cercanos; en efecto, no parece haber sido arrestado nunca. Otro sobreviviente, I. K. Dachkovsky, se pronunció en 1967 sobre Trotsky en una carta a la Pravda reproducida en samizdat, Polititchesky Dnevnik 1964-1970, pp. 258-560.
143 En una carta a Trotsky, la secretaria de la Comisión Dewey, Suzanne La Follette, revela que I. N. Smirnov, en su última declaración durante su proceso, destruyó la estructura misma de la acusación proclamando que Trotsky era un enemigo porque consideraba al Estado soviético como un Estado fascista -lo que evidentemente dejaba entender que Trotsky no era un aliado del fascismo, como lo pretendía la acusación-. (S. La Follette a Trotsky, 3 de septiembre de 1937, Biblioteca de la Universidad de Harvard, 2611).
144 Joffé M. M., op. cit., pp. 90 y 94.



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