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A raíz de “Guerra y revolución – Una interpretación alternativa de la Segunda Guerra Mundial”

¿Quién derrotó al nazismo?

La verdad obrera

Los festejos por el 60° aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial mostraron a Bush y Putin disputándose el trofeo del triunfo contra el ejército nazi. Que la historia la escriben los vencedores encuentra en estos días su más impúdica verdad.
La realidad fue que Estados Unidos se batió con el ejército alemán recién en julio de 1944, un año y medio después que éste último recibiera la estocada mortal en la batalla de Stalingrado. La intervención tardía de Estados Unidos estaba abonada por el acuerdo tácito con Gran Bretaña de dejar que Alemania y la URSS se desangren en una guerra de desgaste. Sin embargo, el mérito de la derrota nazi tampoco fue de Stalin, quien por miedo a movilizar a las masas prefirió confiar en los acuerdos con las potencias imperialistas (ya sea fascistas o aliadas). El Ejército Rojo triunfó a pesar de Stalin, ya que para revertir las derrotas que los nazis le infligieron durante dos años, tuvo también que superar la terrible decapitación de sus más experimentados jefes militares ordenada por el mismo Stalin en los “Juicios de Moscú”. La muerte de más de 20 millones en la URSS (14 % de la población contra el 1% en Gran Bretaña y el 0,2 % en EE.UU), fue el costo que pagó el pueblo ruso que, a pesar del odio al régimen stalinista, no vacilaron en defender las conquistas de Octubre de las garras del imperialismo alemán.
Ni los campos de concentración ni la ocupación de casi toda Europa habían sido razones suficientes para la intervención. Pero las masas en Europa y Asia no esperaron a los Aliados imperialistas y se enfrentaron a la opresión fascista, infligiéndole grandes derrotas en Yugoslavia, Italia, Grecia, Indochina y Francia, amenazando no sólo la existencia del nazismo sino la de todo el sistema que le había dado origen, el capitalismo mundial.
El triunfo de la URSS, estableció un estado de situación en el tablero mundial que, aunque hoy Bush se lamente, era imposible de eludir. Europa del Este fue el precio que pagó Estados Unidos a cambio de reestablecer el capitalismo, bajo su hegemonía, en el resto del mundo gracias al compromiso de Moscú de “encausar” la revolución europea en ciernes para reconstruir los regímenes capitalistas. Los bombardeos perpetrados por Estados Unidos y Gran Bretaña a las barriadas obreras de las ciudades insurrectas como en Italia, las “advertencias” a poblaciones civiles con masacres como las de Dresde, la masacre de miles de argelinos (que deseaban liberarse también de su opresor francés) o las más tristemente conocidas, Hiroshima y Nagasaki, hicieron el resto.
La resistencia griega fue uno de los paradigmas del carácter imperialista de la guerra y la mentira de que la misma estuviera signada por el enfrentamiento entre “democracia y fascismo”. Con la derrota de la invasión del ejército italiano primero y alemán después, los obreros y campesinos griegos aspiraban a imponer una república, repudiando al rey Jorge II -protegido por Gran Bretaña- que antes de exiliarse, había sido el artífice de una de las dictaduras más sangrientas. La “democrática” Gran Bretaña demostró cuánto apoyaba esta lucha, cuando durante más de treinta días con tanques y aviones ametralló a la población de Atenas (diciembre del ‘44-enero del ’45), con el silencio cómplice de Stalin, quien además presionó a los dirigentes comunistas griegos para que capitularan. Así se logró restaurar al Rey, y al viejo régimen griego, un precursor de los “campos de concentración”.
El triunfo de Estados Unidos y sus consortes, la preservación del sistema capitalista mundial, la derrota de la revolución europea, esto y no otra cosa es lo que festejan los líderes de las principales potencias del mundo.



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