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Sobre su vida y obra

Trotsky, el nombre de la revolución

por Eduardo Castilla

ApunteS De FronterA

“El último tema de conversación fue la muerte. “Hay algo que el comunismo nunca podrá vencer: la muerte” dijo en sustancia Malraux. Trotsky le contestó: “cuando un hombre ha cumplido la tarea que se le ha dado, cuando ha hecho lo que quería hacer, la muerte es sencilla” (Jean Van Heijenoort. pág.57).

Eduardo Castilla
En pocas horas se cumplirán 74 años del asesinato del revolucionario León Trotsky, dirigente de la revolución rusa, constructor del ejército rojo y luchador incansable por la revolución socialista mundial y el comunismo, aún en horas difíciles, cuando intelectuales y dirigentes de todo el mundo reivindicaban a Stalin y el “socialismo en un sólo país”.
Las dificultades de fines de los 30’ y el aislamiento de los trotskistas en relación a las grandes masas -dirigidas esencialmente por socialistas y comunistas- llevaron a un debate acerca del “voluntarismo” de Trotsky al fundar la IV internacional. Entre los críticos de esa decisión se hallaba Isaac Deutscher, uno de los mayores biógrafos del dirigente ruso. En este mismo blog, a inicios del año pasado, Paula Schaller debatió con Agustín Santella, alrededor de ese eje, aquí y aquí.
Pero las definiciones que catalogan como voluntarista dicha iniciativa no logran explicar la brutalidad de la persecución que desplegó el stalinismo contra Trotsky. Campaña que no sólo recurrió a la calumnia sino a la preparación y ejecución de su asesinato, que implicó el uso de recursos del estado soviético y de la Internacional Comunista así como de los Partidos Comunistas nacionales. Todo con el objetivo de demoler el prestigio revolucionario de Trotsky. Campaña que se desarrolló, a escala internacional, durante más de una década, desde 1928, año de su expulsión de la URSS, hasta su asesinato en 1940. Si Trotsky era una figura inofensiva y aislada ¿cómo explicar semejantes recursos en calumniar y perseguir a un individuo y su reducido grupo de seguidores?

Un planeta sin visado

Trotsky escribía, en el final de Mi Vida, que el planeta entero se hallaba cerrado para él. Todos aquellos que predicaban las “ventajas” de la democracia burguesa sobre el régimen del estado soviético, se negaban a darle una “lección práctica” de esa superioridad concediéndole el derecho al asilo político.
El mundo sin visado era el mundo burgués temeroso del pensamiento de Trotsky y su capacidad para influir en la realidad. El énfasis en las cláusulas de aislamiento y en limitar su posibilidad de intervenir sobre la vida política local expresaban ese temor. Tras ese temor pesaba, aún más, la enorme presión diplomática de la URSS, que había condenado al exilio a Trotsky.
Las exigencias de expulsión en cada país en el que estuvo, las constantes campañas de difamación contra su figura y la infiltración de agentes de la GPU en las pequeñas organizaciones de la Oposición de Izquierda -luego organizaciones de la IV internacional- expresaban una enorme preocupación estratégica de la burocracia estalinista por liquidar al trotskismo.
Esa persecución estaba estrechamente ligada a los intereses sociales de esa casta burocrática, tanto en el terreno de su política internacional como en el nacional, donde el régimen del bonapartismo stalinista, como expresión de esa burocracia, no había terminado de estabilizarse.

Trotskismo y stalinismo en la arena internacional

La política del stalinismo, expresada en la III Internacional a partir de 1924, fue un boicot abierto al desarrollo y triunfo de la lucha revolucionaria. A la derrota de la revolución china de 1925-27, siguió la derrota sin lucha del proletariado alemán en 1933, la desastrosa política de ceder ante el Frente Popular en Francia y la traición lisa y llana de la revolución española. Cada paso del stalinismo en la arena internacional implicaba una nueva derrota del proletariado.
El dirigente trotskista Ernest Mandel escribía que “No se pueden explicar los “errores” cometidos por Stalin en la dirección de la Internacional Comunista diciendo que fueron resultados accidentales de su “falta de comprensión” (…) Nunca coincidieron sus “errores” tácticos con los intereses del proletariado soviético o internacional (…) Una política tan sistemática no puede explicarse más que como expresión de los intereses particulares de un grupo social determinado en el seno de la sociedad soviética: la burocracia”.
A lo largo de la década del 30’, la política de Trotsky en Europa occidental, tuvo su centro en aportar al desarrollo de la revolución social a partir de la defensa de las posiciones del proletariado. Defensa urgente frente al avance del fascismo. Los insistentes llamados al frente único entre la socialdemocracia y el PCA en Alemania -reflejados en la Lucha contra el Fascismo-; las durísimas críticas a la política del PC en Francia que permitían el avance de la derecha bonapartista mientras desarmaban al proletariado para una pelea estratégica por el poder; la intervención política en la revolución española planteando una perspectiva independiente que pudiera permitir superar el estadío “ciego, sordo y mudo” del primer período de la revolución y hacer emerger el enorme poder de una clase obrera con una gigantesca combatividad; todos son ejemplos de una perspectiva estratégica clara que, de haber sido llevada a la práctica, hubiera impedido el triunfo del fascismo y el camino a la 2ºGuerra Mundial, esa enorme carnicería de las potencias imperialistas que costó más de 60 millones de vidas.
Cada uno de esos combates estuvo acompañado de las batallas por la construcción de organizaciones revolucionarias que pudieran incidir en el desarrollo real de la lucha de clases o, en condiciones menos favorables, permanecer como corrientes armadas con las lecciones estratégicas de ese período.
En este período, la teoría-programa de la Revolución Permanente de Trotsky -que orientaba el conjunto de su perspectiva política- fue la única alternativa estratégica a las políticas del stalinismo. La persecución a Trotsky implicaba atacar a la única concepción que podía plantear efectivamente una política alternativa al conjunto de la política de la burocracia.
Esa estrategia alternativa, basada en las tendencias reales que existían entre las masas, podía triunfar. Fue, esencialmente, la dirección del PC la que impidió el desarrollo del frente único defensivo en Alemania para enfrentar la avanzada de Hitler. Fue el estalinismo el que jugó el rol principal de atar al movimiento de masas a la lucha por la República, renunciando a la aplicación de medidas revolucionarias, en España.
Trotsky, lejos de un agitador exaltado de la revolución mundial, ofrecía un programa, una política y tácticas que, en el marco de una estrategia, permitían vencer. El “temor” de la burocracia estalinista a Trotsky radicaba, en gran parte, en ese aspecto.

La URSS y sus contradicciones

En los inicios de la década del 30’, el régimen stalinista estaba lejos aún de ser estable. Los giros económicos de la burocracia -completamente pragmáticos- condujeron a enormes crisis entre 1927 a 1932, que empujaron al país al borde de la guerra civil.
Lejos de ser una clase “legítima”, la burocracia era una casta parasitaria que usurpaba el poder político. Ante los ojos de las masas, su existencia no aparecía como “natural” sino como una usurpación. Trotsky lo expresaba señalando que “La inmensa mayoría de los obreros ya es hostil a la burocracia (pero) los obreros casi nunca salen a la lucha abierta (…) esto no solamente se debe a la represión. Los trabajadores temen, si derrocan a la burocracia, abrir el camino a la restauración capitalista”. La burocracia era un “mal” a soportar frente a las presiones del imperialismo mundial.
En 1936, en La Revolución Traicionada (de próxima aparición en la editorial del CEIP) Trotsky escribía “La divinización cada vez más imprudente de Stalin es (…) necesaria para el régimen. La burocracia necesita un árbitro supremo inviolable (…) Cada funcionario profesa que "el Estado es él". Cada sitio se refleja fácilmente en Stalin. Stalin descubre en cada uno el soplo de su espíritu. Stalin es la personificación de la burocracia”.
Dentro de esa lógica es posible comprender la razón de los Juicios de Moscú, donde la burocracia stalinista juzgó y condenó a muerte a la casi totalidad de la dirección bolchevique que, junto a Lenin y Trotsky, habían dirigido la toma del poder en 1917 empezando la construcción de una nueva sociedad.
Que los Juicios de Moscú hayan tenido como principal “acusado” a Trotsky -junto a León Sedov, ambos implicados como autores intelectuales de crímenes inventados-, constituye una aberración lógica propia del terror stalinista pero necesaria para consolidar el régimen bonapartista.
Como relata Jean Van Heijenoort en el recientemente publicado Con Trotsky de Prinkipo a Coyoacán. Testimonio de siete años de exilio, las dificultades materiales que padeció el revolucionario ruso fueron enormes. El alejamiento de su familia y sus amigos, los constantes problemas económicos, el exilio en países donde era confinado casi como en una prisión. Ese conjunto de circunstancias volvían absurdas las acusaciones en su contra como organizador de sabotajes y atentados.
La eliminación de la generación de revolucionarios que participaron en la toma del poder y en los primeros años de la construcción del estado obrero, que habían vivido de cerca de la conformación de la III Internacional -que, en su período inicial, fue una herramienta al servicio de la revolución mundial- buscaba borrar todo rastro de esa tradición.
Pero, además, la casta burocrática que encabezaba Stalin sentía horror ante la perspectiva de una nueva revolución, esta vez dirigida contra ella. Perspectiva que podía desarrollarse tanto a partir de la guerra que se aproximaba como a partir del descontento de las masas ante las enormes diferencias sociales existentes entre la burocracia gobernante y el conjunto de la población.
La existencia física de Trotsky y la existencia política de la IV Internacional constituían, en ese marco, un peligro para la burocracia. Si al interior de la URSS se desarrollaba un proceso revolucionario de masas, la posibilidad de la confluencia entre una subjetividad marcada por la tradición de la Revolución de Octubre y el programa y la política del trotskismo, era un peligro mortal para la burocracia. Allí radica otra de las razones fundamentales de la persecución y el asesinato de Trotsky.

¡Trotsky vive! ¡Viva Trotsky!

En estos párrafos hemos intentado reseñar más de una década de debates acerca de problemas fundamentales de la lucha de clases y la estrategia revolucionaria. Lo hemos hecho con el objetivo de volver a poner en discusión la actualidad del legado teórico y político de León Trotsky.
Quienes critican su “voluntarismo” son también quienes intentan negar la validez de su tradición. Lo hacen, en muchos casos, atacando a la Teoría de la revolución permanente y al Programa de Transición. En esos ataques, como no podía ser de otra manera, entra la acusación de “dogmatismo” y sectarismo hacia la izquierda que lo reivindica como hacemos desde el PTS.
Pero la tradición de Trotsky, a pesar de las enormes contradicciones y errores de muchas corrientes que actuaron -y actúan aun- en su nombre, sigue viva. Sigue siendo una herramienta para la lucha de clases, capaz de aportar a la reconstitución de la subjetividad revolucionaria de clase obrera. Que mejor ejemplo de la “aplicación” de parte del Programa de Transición que la gestión obrera que empieza a desarrollarse por estos días en Donnelleyy la que existe, hace más de diez años, en Zanón.
En 1929, en el prólogo de Mi Vida, León Trotsky escribió “El deber primordial de un revolucionario es conocer las leyes que rigen los sucesos de la vida y saber encontrar, en el curso que estas leyes trazan, su lugar adecuado. Es, a la vez, la más alta satisfacción personal a que puede aspirar quien no une la misión de su vida al día que pasa”.
Su lugar en la historia fue enorme. Lo que muchos tildan de “voluntarismo” fue la decisión consciente de perpetuar la tradición, el programa y la estrategia revolucionaria. Esa tradición vive. Ha resistido el paso del tiempo y las múltiples derrotas y fracasos. Esa tradición vive y lucha. Lo hace en los obreros y obreras de Lear, en los de Donnelley, en la juventud revolucionaria que se juega el todo por el todo por esas enormes luchas de la clase trabajadora, no sólo en la Argentina, sino en otras partes del mundo.
La burguesía, el stalinismo –o el peronismo en Argentina- no pudieron impedir que esa tradición siga viva y tenga futuro. A 74 años de su asesinato, ¡Trotsky vive!



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