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Balance y perspectivas: después de Octubre

Lucha Obrera N° 13
periódico de la LOR-CI, Bolivia, 30 de octubre de 2003

 

Los acontecimientos de Octubre tienen una importancia histórica: bajo los golpes del levantamiento obrero, campesino y popular que tuvo por eje a la huelga general indefinida convocada por la COB y en la insurrección alteña a su expresión más alta, cayó Sánchez de Losada, “hombre símbolo” del neoliberalismo en Bolivia y hombre de confianza de las transnacionales y el imperialismo. De esta manera, se abre la primer página de un nuevo período revolucionario, comparable al que llevó a la insurrección del 9 de abril, al gran ascenso de los 70 o al ciclo de 1982-85. Sus enseñanzas son vitales para preparar las grandes luchas del próximo período. Con esta nota y otras en este mismo periódico, queremos presentar los primeros elementos de un balance y las perspectivas abiertas.

 

La crisis nacional

Este giro histórico se nutre de la profunda crisis del capitalismo boliviano tras dos décadas de aplicación de los programas neoliberales que han enfeudado al país bajo el capital imperialista como nunca antes en su historia y agravado al extremo la situación de miseria de las masas del campo y la ciudad.
Desde el 2000, cuando el levantamiento de la “guerra del agua” en Cochabamba mostró que las masas comenzaban a recuperarse después de largos años de ofensiva burguesa e imperialista, se desarrollan dos procesos.
El primero, la crisis del régimen de la dominación política burguesa. Ya en el 2000 se hizo evidente que se había abierto una profunda brecha bernantes y gobernados”, o como gustan decir los politólogos “entre el Estado y la sociedad civil”. Tras la renuncia y muerte de Banzer, las elecciones del 2002 fueron un intento de desviar el descontento de masas para cerrar esta brecha. Pero este intento fracasó rápidamente y después de febrero la brecha se hizo aún más amplia, hasta estallar en Octubre.
El segundo proceso es el profundo ascenso de las masas, que si al principio era básicamente campesino, se ha ido extendiendo a las ciudades e incorporando a los trabajadores a través de importantes procesos de lucha y acontecimientos que conmovieron la país hasta los cimientos, como la mencionada “guerra del agua”, los bloqueos de septiembre del 2000 en el Altiplano, las Jornadas de febrero de este año y finalmente, el levantamiento insurreccional de octubre, que es la más amplia y profunda irrupción de masas en más de dos décadas.
De esta manera, los elementos objetivos y subjetivos de la “crisis general” o “crisis nacional” han ido madurando hasta que la irrupción de las masas en Octubre le ha dado un vuelco dramático, abriendo un nuevo ciclo histórico de intensa lucha de clases.

Una situación revolucionaria

Por todo ello, creemos que se ha abierto un nuevo proceso revolucionario que muy posiblemente durará varios años y atravesará por diversas fases o situaciones, tanto de agudización como de retroceso, en el que está planteado un duelo decisivo entre las fuerzas de la contrarrevolución burguesa e imperialista y la revolución obrera y campesina.
Desde las movilizaciones y enfrentamientos del 19 y 20 de septiembre, que inician un mes de tumultuosas y crecientes movilizaciones que tendrá su desenlace el 17 de octubre, se abre una situación revolucionaria, caracterizada por la crisis de la clase dominante y de su régimen, el profundo ascenso obrero, campesino y popular, el vuelco a la oposición de las clases medias y la radicalización de los sectores avanzados.
Dentro de esta situación las jornadas más agudas, entre la insurrección alteña del 11,12 y 13 que derrota el intento de militarización y el recambio gubernamental del 17, marcan una crisis revolucionaria, es decir, una agudización extrema de la crisis del poder burgués donde el gobierno de Goni ha perdido el control y de hecho la huelga general y la insurrección espontánea en El Alto plantearon de forma aguda el problema del poder ¿quién debe gobernar el país?

 

Huelga general, levantamiento de masas e insurrección

La huelga general indefinida convocada por la COB desde su ampliado en Huanuni, pese a haber sido llamada sin preparación en la base, se convirtió en el referente del caudaloso torrente de movilizaciones, marchas, paros, etc. que culminaron en el levantamiento de octubre.
En este marco, el paro cívico de El Alto se desarrolló en el enfrentamiento con las FF.AA. hacia una insurrección social local que fue el elemento más avanzado de la acción espontánea de las masas, permitiendo que se efectivizara la “huelga general indefinida”, que a la misma se incorporara La Paz y que se extendiera y profundizara el proceso de movilización nacional, transformando en un eje central de la movilización el reclamo de renuncia del presidente. Estaba en curso un levantamiento revolucionario de masas de dimensiones nacionales y que incorporó a casi todos los sectores, arrastrando incluso a franjas de la pequeña burguesía urbana.
La “huelga general indefinida” como huelga política de masas plantea el problema del poder, pero no puede resolverlo por sí misma. Debe transformarse en insurrección y arrastrar a todo el pueblo. Ello requiere órganos de poder de las masas en lucha, la formación de milicias y sobre todo, una dirección que quiera conscientemente ir hasta el final, vale decir, una dirección revolucionaria. Estos tres elementos estuvieron ausentes en octubre, facilitando que pudiera montarse el recambio en el Parlamento para desmontar el levantamiento de masas. La perspectiva de combates superiores no hará sino más imperiosa esta exigencia.

 

Embriones de doble poder

De hecho, dos poderes se enfrentaron: el cuestionado poder estatal, que por varios días perdió el control sobre una importante parte del territorio y sobre el principal conjunto urbano del país, especialmente en El Alto, y el embrionario poder de la movilización obrera y popular, que le disputa toda autoridad y le enfrenta en todos los terrenos, aunque no haya podido dotarse de instituciones que lo materialicen. Objetivamente las juntas vecinales alteñas, con las múltiples asambleas para encarar las más diversas decisiones sobre los pasos a seguir en la lucha, particularmente en la autodefensa, comenzaban a expresar esta situación, aunque el proceso espontáneo desbordaba ampliamente sus marcos. Las Juntas de Distrito jugaron un importante papel centralizador. La enorme autoridad y poder de convocatoria logradas por la FEJUVE y la COR se apoyaron en este proceso de bases.
Al calor de la insurrección popular estuvo planteada la posibilidad de crear una Comuna alteña, que tomara en sus manos todas las tareas de movilización, defensa, abastecimiento, etc., y se constituyera en un poderoso centralizador del levantamiento nacional.
Estas tendencias espontáneas de las masas a tomar todos los problemas en sus manos y a oponer su propio poder al del estado burgués no se desarrollaron y después del 17 han retrocedido. No se crearon organismos que pudieran dar expresión a este incipiente doble poder, desarrollarlo y centralizarlo regional y nacionalmente. La velocidad de los acontecimientos, pero ante todo la absoluta oposición de los dirigentes nacionales de la COB, el MAS, el MIP frenaron la posibilidad de que surgieran formas de coordinación y Comités de huelga y movilización.
Sin embargo, los pasos dados constituyen una valiosísima experiencia de autoorganización para las masas que facilitará en el próximo período el surgimiento de organismos superiores de frente único de las masas.

 

Estallidos de guerra civil

Desde Warisata la consigna de “guerra civil” fue tomada por los sectores de vanguardia como expresión de la voluntad de enfrentar y derrotar al gobierno con todos los medios a su alcance. Efectivamente, desde las primeras jornadas de octubre con los enfrentamientos y masacres que se sucedieron por varios días, se vivió una situación de guerra civil, caracterizada por el enfrentamiento abierto, físico e incluso armado entre las masas movilizadas y las fuerzas del Estado burgués, rompiendo los marcos de la legalidad burguesa particularmente.
La escalada represiva en lugar de doblegar la resistencia, fue contestada con pasos cada vez más audaces en la respuesta de las masas, hasta llegar a la insurrección alteña. A pesar de las decenas de muertos y cientos de heridos, el pueblo alteño derrotó el intento de militarización, se adueñó del territorio con miles de barricadas y zanjas y se dotó de los primeros elementos de organización (con los comités de vigilancia y la instrucción de crear Brigadas de autodefensa a través de las juntas vecinales). Hubo también algunos atisbos de armamento y debe subrayarse en el comportamiento de los sectores avanzados, como los mineros y otros que marcharon hacia La Paz siguiendo una dinámica espontánea de “cerco y asalto” a las sedes y símbolos del poder (aunque las multitudinarias manifestaciones que se sucedieron día tras día en La Paz y otras ciudades fueron predominantemente pacíficas).
El Alto y la mayor parte de la ciudad de La Paz, así como el Altiplano paceño, se transformaron en “zonas liberadas” donde la policía se resignó a no intervenir. Algunas acciones avanzadas, como la destrucción de varios retenes policiales y algunas motos y vehículos de los uniformados, los intentos de impedir el paso de las cisternas hacia La Paz o de sitiar algunos cuarteles ilustran la disposición combativa de los sectores de vanguardia.

 

Se podía haber logrado mucho más

En las reuniones y plenarios de la COB del 17 y 18 muchas voces mostraban descontento: se podía haber logrado mucho más, pero “algo” había faltado.
Pese a la combatividad y heroísmo demostrado en las calles por las masas, pese a haber jaqueado al gobierno, arrinconándolo en la residencia de San Jorge hasta hacer imposible su permanencia, no se pudo ir más allá en el camino hacia a un gobierno obrero, campesino y popular.
Como mínimo, se podía haber desbaratado el Estado burgués y quebrado sus instituciones fundamentales. Aunque la burguesía hubiera logrado un recambio, el nuevo gobierno hubiera sido mucho más débil. Se pudo haber impuesto una Asamblea Constituyente sobre las ruinas del régimen, que hubiera permitido acelerar la experiencia del movimiento de masas con las ilusiones democráticas y acercarle a la necesidad de tomar el poder en sus propias manos como única salida. En lugar de cerrarse la crisis revolucionaria al menos coyunturalmente, la misma podría haberse desarrollado más, abriéndose una fase de lucha abierta por el poder en condiciones mucho más favorables para las masas, al calor de la cual forjar los órganos de poder y un nuevo “estado mayor” revolucionario que preparara la insurrección.

 

El papel de las direcciones

Si no se pudo ir más allá la responsabilidad política recae en las principales direcciones, el MAS, el MIP, la COB, que no sólo se negaron a poner en pie Comités de huelga y movilización u otros organismos de coordinación democráticos para centralizar la lucha, no prepararon ni política ni organizativamente la movilización para disputar el poder, sino que consumaron una abierta traición política al heroico levantamiento de masas, jugándose a apoyar una salida dentro del régimen.
El MAS, comprometido en la defensa de la democracia burguesa y cuya estrategia apunta a ganar las próximas elecciones, trató de frenar cuanto pudo el proceso de movilizaciones y limitarlo a la “revisión” de la política para el gas. Luego, cuando ya era un clamor el grito de que se vaya Goni, se plegó a pedir la renuncia de éste y la sucesión por vía constitucional, apoyando las negociaciones para que subiera Mesa, al que dio un decisivo respaldo político (aunque indirecto, sin integrarse al nuevo gobierno).
El Mallku hasta bien avanzado el proceso se mantuvo intercambiando cartas con los ministros de Goni y pese a los discursos combativos, terminó compartiendo la tribuna con Carlos Mesa ante miles de campesinos para darle una tregua de 90 días al nuevo presidente y alimentar las ilusiones en que éste pueda satisfacer las demandas del campo.
La COB adoptó posiciones más combativas desde el inicio del conflicto, convocando a la huelga general y exigiendo que Goni se fuera, pero Solares en ningún momento señaló una perspectiva política de los trabajadores y por el contrario defendió su propia variante de “sucesión constitucional” (a través de la Corte Suprema de Justicia) planteó en todo momento una perspectiva de presión y terminó avalando la sucesión de Mesa y concediendo de hecho un “crédito” y una tregua al nuevo gobierno. Todos se mostraron absolutamente enemigos de que el movimiento se planteara una salida política independiente.

 

El recambio constitucional

Gracias a ello, la clase dominante logró asegurar que la ya inevitable caída de Goni no arrastrara a todo el andamiaje político e institucional, pudo conservar la “legalidad” en el
recambio del personal del Poder Ejecutivo y preservar intactos el Poder Legislativo y Judicial. Las Fuerzas Armadas y la policía aunque debilitadas, mantuvieron su cohesión interna y no se quebraron. La “institucionalidad” se mantuvo y el cambio de gobierno se dio constitucionalmente por medio del Parlamento (reunido de emergencia el mismo 17) y con el concurso de los partidos.
La burguesía pudo apoyarse en el desarrollo desigual del proceso, centrado en La Paz y el Altiplano, lo que le permitió mantener en Santa Cruz y Tarija un punto de apoyo reaccionario.
Pese al duro golpe que sufrieron el régimen y las instituciones del Estado, pudo recurrir a los mecanismos de la democracia burguesa (debilitados pero todavía útiles para desmontar el empuje insurreccional de las masas) y con la colaboración del MAS y los principales dirigentes logró disolver la crisis revolucionaria y cerrar a su favor el virtual vacío de poder que se había abierto desde el 12 y 13/10.
De esta manera, aunque el poderoso levantamiento de octubre asestó un golpe muy duro a todo el edificio estatal de la dominación burguesa no logró descalabrarlo. No se abrió una fase superior de lucha directa por el poder (es decir, no se transformó en una revolución abierta, como el 9 de abril del 52 o como la revolución de febrero de 1917 en Rusia, cuando las masas derribaron al Zar, pocos meses antes de tomar el poder en sus propias manos). Sin embargo, trastocó profundamente la relación de fuerzas entre la clase dominante y las masas y dejó abierta una situación de características revolucionarias donde estarán planteados nuevos embates de masas y donde el problema del poder sigue inscripto.

 

Una coyuntura inestable

Es sobre esta nueva situación que la clase dominante y su gobierno deben actuar. Como anunció Mesa en su discurso, se trata de asegurar un “gobierno de transición” para ir recomponiendo el tambaleante régimen político y desactivar la amenazante presión de las masas.
Es cierto que cuenta con la tregua concedida por el MAS, el MIP y la COB, que las capas medias apoyan a Mesa y que hay una cierta cuota de ilusiones en importantes sectores populares. Pero como muestran las ocupaciones protagonizadas por los campesinos sin tierra, el ánimo de lucha por las demandas más sentidas sigue vivo y puede llevar a chocar más pronto que tarde con el nuevo gobierno. Por otra parte la burguesía muestra divisiones y disputas que pueden socavar el frágil equilibrio político que trata de tejer Mesa.
La nueva coyuntura es en extremo inestable. ¿Primará el intento burgués de recomponer el régimen político y desactivar el ascenso revolucionario; o la tendencia de las masas a continuar su ofensiva?
Las demandas que motorizaron la movilización siguen insatisfechas: la lucha por la defensa del gas, por la tierra y el territorio, por el trabajo, el salario y las condiciones laborales, la salud y la educación, etc.
El movimiento de masas ha hecho una formidable experiencia de lucha y ha comprobado en la acción sus propias fuerzas. Será muy difícil para la burguesía lograr que se retire de la escena e impedir nuevos embates revolucionarios.
Esta perspectiva define las tareas del próximo período y ante todo, la lucha por una nueva dirección revolucionaria.



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