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Lula y Kirchner contra la rebelión boliviana

La Verdad Obrera N° 127
periódico del PTS de Argentina, 17 de octubre de 2003

 

El reaccionario “Consenso de Buenos Aires” bajo la tutela de EEUU

Mientras las balas del ejército de Bolivia se lleva la vida de obreros y campesinos para sostener a un gobierno neoliberal y entreguista, Kirchner y Lula Da Silva le tienden una mano al asesino Sánchez de Lozada. En la firma del “Consenso de Buenos Aires” se ofrecieron como mediadores para “salvar a la democracia” blindada boliviana y prestarle legitimidad al carnicero Goni. Este no tardó nada en aceptar la ayuda que le ofrecen “los progresistas” que prometen una mediación entre el gobierno y las masas sublevadas. El llamado “Consenso de Buenos Aires” es opuesto a la voluntad del pueblo boliviano que no acepta negociar con el asesino de más de 100 compatriotas.
Frente a la rebelión, Kirchner al igual que Lula, se despojan de su ropaje progresista mostrándose como lo que verdaderamente son, reaccionarios dispuestos a sostener a la oligarquía boliviana en nombre de la “continuidad democrática”. Quien dice ser “hijo de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo” actúa en consonancia con la OEA y el imperialismo yanqui en vez de romper relaciones con el gobierno boliviano.

Bolivia y Argentina

Vientos revolucionarios llegan desde Bolivia. Aires de subversión que soplaron en Argentina, en las jornadas revolucionarias de Diciembre del 2001, que echaron a Fernando De la Rúa. Para aquellos que en Argentina ganamos las calles en aquel entonces, los acontecimientos de Bolivia tienen un significado especial. Porque es un país hermano, porque en nuestro suelo viven un millón de bolivianos, y porque sus saqueadores y explotadores son los mismos que los nuestros. La entrega del gas del gobierno de Goni a manos del poderoso consorcio Pacific LNG, integrado por Repsol YPF, British Gas y Pan American Energy LLC, muestra que al igual que en Argentina saqueada por los bancos y las privatizadas –el CityBank y también Repsol entre otras– los grandes grupos capitalistas son uno de los enemigos a derrotar. Por eso su causa es nuestra causa, la generosa sangre derramada en el Altiplano es nuestra propia sangre.
El levantamiento boliviano es protagonizado por obreros, campesinos e indígenas y enfrenta la resistencia y el odio racista de su oligarquía dominante. La huelga general y la insurrección, los métodos de la clase obrera, aterrorizan a la burguesía y a la embajada yanqui. En esto marca la diferencia con el diciembre argentino donde primó la ausencia de la fuerza de la clase obrera y la salida de la escena de las grandes masas de desocupados –por los mecanismos de la contención social–. Aquí no llegó a madurar la lucha de clases a estos niveles, lo que le permitió la continuidad del peronismo que desvió el movimiento hacia aguas más tranquilas donde intenta recomponerse el viejo régimen en la nueva era K.
En Bolivia los partidos burgueses están reducidos a su mínima expresión. El reformismo es mucho más débil que en la Argentina pues no viene, como Kirchner, de la vieja oligarquía política sino que –luego de cuatro levantamientos en dos años– el reformismo boliviano surgió, como Evo Morales y Felipe Quispe, de los radicales movimientos sociales, de los cocaleros y los aymaras, con los cuales ahora debe lidiar.
Los intelectuales progresistas, apologistas del estilo K nos hablan de la “construcción de poder desde el poder”: un cambio desde arriba, donde se restablezca la autoridad frente a las masas, donde éstas sólo sean meras espectadoras de los actos políticos de un gobierno, que más allá de su demagogia, va a mantener planchado el salario, no va a liquidar la pobreza estructural ni la desocupación.
Por el contrario, el levantamiento de la Bolivia obrera y campesina es la ruptura con el poder constituído y la emergencia de un nuevo poder constituyente, de las fuerzas que expresan una democracia de las masas autodeterminadas, antagónica e incompatible con el orden establecido, y tan respetado por el “menemista” Sánchez de Lozada, como por Kirchner y Lula.

 

Bolivia y el anticapitalismo

El capitalismo semicolonial boliviano está crujiendo. La “guerra del gas” no es más que el emergente de las contradicciones profundas de una sociedad donde el 20% de la población más rica se queda con el 54% de la riqueza. Y el 20% más pobre, en su mayoría indígenas, sólo con el 4%.
La Bolivia burguesa ya no puede ofrecer nada a las masas, sus élites nativas han entregado todo lo que tenían por entregar. La burguesía de Santa Cruz, la región más rica del país, amenaza con separarse del estado para huir del “caos”. La supervivencia de la dominación imperialista y del capitalismo amenaza con llegar a la disgregación nacional.
Bolivia es la expresión de que este sistema sólo tiene para ofrecer penurias infinitas a los obreros, pobres y campesinos. De cómo el imperialismo somete a los pueblos oprimidos a las peores humillaciones. La rebelión del pueblo boliviano nos habla de que es necesario derrotar las pretensiones imperiales en un mundo donde los Estados Unidos, a fuerza de bombas inteligentes y metralla, intenta imponer su hegemonía en todo el planeta, lo que se traduce en un nuevo orden neocolonial para la periferia. En América Latina las clases dominantes nativas y sus gobernantes aceptan las reglas de juego o a lo sumo buscan regatear algo de este nuevo estatuto de coloniaje. La oposición y la lucha contra el imperialismo no vendrá de mano de los que hacen profesión de fe de antinoeliberalismo y aceptan los planes del FMI, sino de la iniciativa y decisión de la clase obrera y los pueblos de la región.

 

Por un nuevo Estado, una República obrera y campesina

Bolivia es una dura derrota para los que habían decretado la muerte de los movimientos revolucionarios. Nunca comprendieron que las revoluciones no pueden ser eliminadas por decreto. Los que creyeron que negando al marxismo desaparecía el peligro de la subversión, no entendieron nunca que lo que empuja a las masas a la acción no son consideraciones teóricas sino las desigualdades más profundas de la sociedad de clases, que las lleva a perder el miedo a la muerte y ofrendar su vida.
También es un revés para las tendencias autonomistas y “posmodernas” que dicen que las clases oprimidas no deben luchar por su propio poder. Buscan evitar así la lucha abierta contra el Estado proclamando la necesidad de rehuir al enfrentamiento y refugiarse en experimentos sociales alternativos de convivencia con el orden existente. La “guerra del gas” se ha transformado en un levantamiento político contra el gobierno y las fuerzas represivas del Estado. Muestran que cuando la insurrección estalla, el poder constituyente de las masas no puede sustraerse de la lucha por el poder contra el orden instituído. En 1952 las masas bolivianas derrotaron al Ejército pero no lograron derrocar el dominio burgués. Cincuenta y un años después, en un nuevo siglo, los primeros pasos de esta revolución boliviana vuelven a plantear análogas demandas sociales y el problema del poder.
La comuna de El Alto sublevado es el símbolo de un poder que al calor de la insurrección y la huelga general se está gestando. Un doble poder que en la democracia directa de las masas contiene las instituciones germinales de un nuevo Estado, superior a la democracia burguesa. La constitución capitalista basa su poder en neutralizar y atomizar la fuerza colectiva de la clase obrera y el pueblo pobre para que sólo pueda expresarse políticamente como ciudadano, individuo, en el momento del “sufragio universal”, creando la ilusión de la igualdad y la soberanía del pueblo. La experiencia real a la que asistimos en los últimos años (en nuestra América) pone a las claras que el respeto a la voluntad popular es una ficción y la igualdad, una formalidad que encubre que en la sociedad capitalista el poder se somete al mando del dinero. Los acontecimientos actuales de Bolivia desnudan al Estado como el instrumento de opresión del capital.
La revolución boliviana para vencer tendrá que llevar a cabo la destrucción del Estado burgués. La refundación de Bolivia que termine con la explotación, devuelva la tierra a los campesinos, establezca el derecho a la autodeterminación y autonomía de los pueblos originarios, sólo podrá tener lugar en un nuevo Estado, una república de los trabajadores y campesinos, cuyo núcleo constituyente, su base, sean los consejos de obreros y campesinos, organizados desde las minas, las unidades de producción, las barriadas, y las comunidades rurales e indígenas, donde el pueblo resuelva y ejecute sobre el conjunto de los asuntos de la sociedad. Una república que termine con la propiedad privada de los medios de producción, liquide el privilegio y el racismo, que convoque a la fraternidad de los trabajadores y los campesinos por encima de toda frontera, a la lucha por la revolución socialista internacional y por una Federación socialista de América Latina. Un Estado que proclame que su fin es una sociedad sin clases donde desaparezca todo Estado.

 

Internacionalismo de los trabajadores

La rebelión del 2001 en Argentina, la derrota del golpe fascista en Venezuela, la actual insurrección boliviana son parte de la contratendencia a las pretensiones imperiales. Estas gestas están hermanadas con la resistencia nacional palestina e iraquí, con los movimientos de oposición en Europa a la globalización y a la guerra, que está destacando en su seno un importante sector anticapitalista. Hay que poner en pie un nuevo internacionalismo militante, de los trabajadores, los campesinos y los pueblos oprimidos, que le dé unidad estratégica y política a la lucha de clases en todo el mundo. Que señale certeramente un camino de fraternidad para derrotar al sistema capitalista y al imperialismo.
En ese camino, es que hoy llamamos a los movimientos piqueteros, a los activistas obreros, a los militantes de las asambleas populares, a las federaciones y centros de estudiantes, a todos los luchadores democráticos y antiimperialistas, y a la izquierda, a poner en pie comités de apoyo y solidaridad con esta lucha, junto a la comunidad boliviana en Argentina.



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