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CAPÍTULO V

LOS PRIMEROS PASOS DEL RÉGIMEN SOVIÉTICO Y LA PAZ DE BREST-LITOVSK


  El aislamiento respecto a las restantes tendencias socialistas en que quedan, tras la toma del poder, los bolcheviques, no es en modo alguno un hecho fortuito. Los dirigentes del partido S. R. que, durante su paso por el poder, se han mostrado incapaces de satisfacer las reivindicaciones de las masas que figuraban en su programa, así como de romper con la burguesía y con los aliados, no están dispuestos a secundar a los que pretenden emprender tales tareas después de su fracaso. Los mencheviques, por su parte, consideran entonces -y seguirán haciéndolo más tarde- como una locura sanguinaria la toma del poder por un partido obrero, cuando, según ellos, Rusia sólo está madura para una revolución burguesa y una república democrática. Ni por un momento han pensado unos y otros que ante el régimen nacido de octubre pudiera abrirse un futuro esperanzador. Al igual que los partidos burgueses y los elementos oligárquicos, esperan un derrumbe que consideran inevitable. Todos ellos son de la opinión de que con­viene acelerarlo, buscando el mal menor, aislando al máximo a los dirigentes bolcheviques. Los mencheviques más cercanos a la revolución e incluso el historiador Sujánov, bolchevique "en una cuarta parte", opinan que la idea de construir un estado socialista en un país atrasado es una verdadera utopía, pero, por encima de todo, piensan que lo verdaderamente catastrófico es la destrucción del antiguo aparato de Estado, que, en las condiciones de guerra y total hundimiento económico en que se encuentra Rusia, no puede conducir más que a la destrucción de las fuerzas productivas esenciales del país. No obstante, si bien Sujánov no desea aislarse "de las masas y de la propia revolución" con el abandono de los soviets, en cambio, la mayoría de los dirigentes S. R. y mencheviques, al mismo tiempo que proclaman su resolución de luchar contra los bolcheviques "sin la burguesía, en nombre de la democracia" prefieren romper estos vínculos antes que aquellos que les unen a la burguesía internacional ya que, por supuesto, no comparten las esperanzas de revolución mundial de los bolcheviques y piensan que el apoyo de los Aliados ha de ser indispensable para construir una Rusia burguesa y democrá­tica cuando sobrevenga el final de las hostilidades. Este es el origen de su fidelidad a la alianza militar durante su paso por el gobierno provisional, así como de las disposiciones favorables de muchos de ellos a los avances de los Aliados que quieren mantener, a Rusia en la guerra cueste lo que cueste, sosteniendo, desde el día siguiente a la insurrección, los esfuerzos que, en primer lugar, tienen por objeto eliminar a Lenin y a Trotsky durante la discusión sobre la coalición. y, más tarde, apoyar la legitimidad de la Asamblea Constituyente que ha sido disuelta en enero de 1918.

 De hecho, los bolcheviques, a partir del mes de febrero, se habían limitado a encabezar una ola revolucionaria que ellos no habían provocado, orientándola ya que no dominándola. Los mencheviques y los S. R., al romper con ellos, rompían también con este movimiento y corrían el riesgo inmediato de quedar aprisionados por las fuerzas burguesas cuyo apoyo aceptaban. Por su parte, los bolcheviques se encontraban en la necesidad imperiosa de concretar la victoria revolucionaria satisfaciendo las principales reivindicaciones de las masas. Este será el. objetivo de los grandes decretos del II Congreso de los soviets. El decreto sobre la tierra, abole la propiedad privada de los predios. "La tierra no puede ser vendida, ni comprada, ni alquilada, ni utilizada como garantía ni alienada en modo alguno. La tierra pasa a ser propiedad de la nación y sus productos revertirán sobre aquellos que la trabajen". La socialización de la tierra no figuraba en el programa del partido bolchevique, no obstante fue implantada porque este era el deseo de la inmensa mayoría del campesinado. Tal medida figuraba en el programa de los S. R. y había sido retomada por los miembros de su ala izquierda, aliados de los bolcheviques entre el campesinado, concretando de esta forma la alianza de los aldeanos con el poder soviético, único capaz de llevar a la práctica su programa. De la misma forma, el decreto sobre control obrero responde al deseo de los obreros de tomar a su cargo la dirección de las fábricas, evitando así que la insuficiencia de conocimientos técnicos provoque el caos en la producción industrial.

 Sin embargo,. la realización de. la parte más, sustancial del programa de la revolución, de la reivindicación primordial de las masas, a saber la paz, resultaba infinitamente más ardua. En realidad, de todos modos era preciso introducir esta formidable insurrección en un nuevo marco, organizar la energía revolucionaria que emana de millones de hombres, mantener el funcionamiento de una economía gravemente deprimida y hacer frente al peligro de una contrarrevolución armada o no; no obstante, la guerra obligaba a los bolcheviques a emprender esta tarea inmensa bajo la amenaza de los ejércitos alemanes a lo largo de un frente de varios millares de kilómetros: ahora bien, al no producirse. un levantamiento revolucionario en los países. beligerantes, y sobre todo en Alemania, la paz no podía constituir más que una capitulación sobre la que pesarían sin duda las peores condiciones de inferioridad.

 El aislamiento político de los bolcheviques acarreaba igualmente el endurecimiento de su autoridad respecto a todos aquellos que. no consideraban aún la insurrección como un hecho consumado. Trotsky había confiado a Sadoul su deseo de conseguir una. coalición auténtica: en caso contrario, precisaba, "para evitar nuevos intentos antibolcheviques, será preciso ejercer una despiadada represión y el abismo se ahondará todavía más"[1]. Los bolcheviques, con plena conciencia de todos estos peligros, se esforzaron en resistir, a la espera del socorro que habría de llegarles de la Europa industrial y, sobre todo, de la Alemania obrera. "No ha sido nuestra voluntad, dirá Lenin, sino las circunstancias históricas, la herencia del régimen zarista y la debilidad de la burguesía rusa las causas de que (nuestro) destacamento se haya anticipado a los otros destacamentos del proletariado internacional: no lo hemos querido, han sido las circunstancias las que lo han impuesto. Pero debemos permanecer en nuestro puesto hasta que acuda nuestro aliado el proletariado internacional"[2] . Para "permanecer en su puesto", los bolcheviques no veían otro medio que el de proseguir e intensificar la actividad de las masas que les había llevado al poder. "Recordad, decía Lenin a los obreros y campesinos rusos, que, en la actualidad, sois vosotros mismos los que dirigís el Estado: nadie os ayudará si no permanecéis unidos, haciéndoos cargo de todos los asuntos del Estado"[3] .

 El sistema soviético

 El único sistema que, según Lenin, permite "dirigir el estado a una cocinera", es el sistema de los soviets. En vísperas de la insurrección de octubre, se encuentran por doquier, ejerciendo la totalidad o una parte importante del poder. La insurrección se lleva a cabo en su nombre y el 11 Congreso pan-ruso así lo ratificará entregando, a todos los niveles "el poder a los soviets". El verdadero sentido de dicha medida viene definido por el llamamiento del comité ejecutivo del 4 (17) de noviembre de 1917, que ha sido redactado por Lenin: "Los soviets locales pueden, según las condiciones de lugar y de tiempo, modificar, ensanchar y completar los principios básicos establecidos por el gobierno. La iniciativa creadora de las masas, éste es el factor fundamental de la nueva sociedad (...) El socialismo no es el resultado de los decretos venidos desde arriba. El automatismo administrativo y burocrático es extraño a su espíritu, el socialismo vivo, creador, es la obra de las propias masas populares"[4].

 La estructura de la organización, así como los principios en que habrá de basarse su funcionamiento, serán enunciados en las circulares del consejo de comisarios del pueblo, y del comisariado del interior. La del 5 de enero de 1918 estipula: "Los soviets son, en todas partes, los órganos de la administración del poder local, debiendo ejercer su control sobre todas las instituciones de carácter administrativo, económico, financiero y cultural. (...) Todo el territorio debe ser cubierto por una red de soviets, estrechamente conectados unos con otros. Cada una de estas organizaciones hasta la más pequeña, es plenamente autónoma en cuanto a los cuestiones de carácter local, pero debe adaptar su actividad a los decretos generales y a las resoluciones del poder central y de las organizaciones soviéticas más elevadas. De esta forma, se establece una organización coherente de la República Soviética, uniforme en todas sus partes" [5]. La constitución soviética de 1918 retomará este esquema en su artículo 10, al afirmar que "toda la autoridad en el territorio de la. R. S. F. S. R.[6], se encuentra en manos de la población trabajadora organizada en los soviets urbanos y rurales", y en el artículo 11: "la autoridad suprema (...) se encuentra en manos del Congreso Pan-Ruso de los Soviets y, en los intervalos entre congresos, en las de su Comité Ejecutivo"[7].

 Los soviets son congresos que, en la medida de lo posible, agrupan a los trabajadores en sus propios lugares de trabajo, en el marco de su vida social. De hecho, sólo los soviets campesinos suponen una democracia directa basada en unas asam­bleas generales en las que los asistentes pueden prescindir de los delegados, discutir entre ellos y tomar decisiones respecto a sus problemas. Durante cierto tiempo, serán los únicos en recibir la apelación de soviets, pues a los consejos de diputados se los conocerá como sovdepi. Los representantes de los soviets. campesinos integran el soviet de distrito, los delegados del distrito, a su vez, forman parte del soviet comarcal, de la misma forma que los soviets de fábrica y de barrio integran los soviets de las ciudades. En este nivel, se encuentran los soviets obreros y campesinos: el congreso comarcal rural y el congreso de ciudad, urbano, se integran en un congreso provincial, por encima del cual se hallan los diferentes congresos regionales que nombran a sus representantes en el congreso pan-ruso de los soviets. y al que los soviets de las grandes ciudades delegan directamente sus representantes.

 El derecho de voto para los soviets no es ni "universal" ni "igualitario": la dictadura del proletariado es ejercida únicamente por los proletarios; no tienen derecho a voto los hombres y mujeres que emplean asalariados, ni aquellos que no viven de su trabajo, es decir, los hombres de negocios, los curas, y los monjes. (No obstante, respecto a la concepción llamada "leninista" de la dictadura del proletariado que fue ampliamente difundida en años posteriores, resulta interesante recordar. la postura que mantuvo Lenin en 1918: "Hoy, todavía, conviene afirmar que la restricción del derecho electoral es un problema particular de cada nación [...] Sería un error afirmar de antemano que todas o la mayoría de las futuras revoluciones proletarias en Europa,. habrán de restringir forzosamente los derechos electorales de la burguesía"[8] . La representación de los obreros es más importante que la de los campesinos. Los soviets rurales tienen un diputado por cada 100 habitantes con un mínimo de tres y un máximo de cincuenta, los soviets comarcales tienen un diputado por cada 1.000 habitantes.o diez miembros del soviet local y los pro­vinciales uno por cada 10.000 electores o cien diputados. Sin embargo, en el congreso regional, hay un diputado por cada 25.000 electores rurales y uno por cada 5.000 electores urbanos. En los congresos pan-rusos se da la misma proporción: los obreros cuentan con un diputado por cada 25.000 electores, mientras que los campesinos sólo tienen uno por cada 125.000. Este es el resultado práctico de las condiciones de la fusión entre el congreso de los soviets obreros y el de los soviets campesinos: los bolcheviques defenderán esta desigual­dad con el argumento de la necesidad de que la clase obrera disfrute, dadas las condiciones rusas de aquella época, de la hegemonía, negándose al mismo tiempo a elevar esta práctica a la calidad de principio universal.

 Aparte de ésta, existen pocas normas generales salvo el principio fundamental. de la revocabilidad de los mandatos; a este respecto Lenin declara: "Toda formalidad burocrática así como cualquier tipo de limitación desaparecen de las elecciones, las propias masas determinan la forma y el ritmo de las elecciones con pleno derecho a revocar a sus representantes "[9]. No obstante, se fija la duración del mandato de los soviets locales en tres meses, estableciéndose al mismo tiempo como principio la reunión del Congreso pan-ruso de los soviets al menos dos veces al año.

 El funcionamiento

 No existe ningún estudio acerca del funcionamiento de los primeros soviets si se exceptúa el excelente esbozo de Hugo Anweiler. No obstante, puede afirmarse que, en los meses que siguieron a la insurrección de octubre, los soviets extendieron rápidamente su autoridad al conjunto del territorio sustituyendo a los consejos municipales de los cuales se disuelve el 8,1 por 100 en diciembre, el 45,2 por 100 en enero de 1918, el 32,2 por 100 en febrero y el resto entre marzo y mayo del mismo año[10] . En la mayor parte de las ciudades, sobre todo en las más grandes, una parte del aparato administrativo municipal continúa funcionando bajo el control del soviet. Los soviets de los tramos intermedios, distrito y comarca o zona, que han desempeñado un importante papel en la extensión de la red soviética, deben interrumpir enseguida su actividad. Numerosos soviets locales se comportarán como verdaderos gobiernos independientes, proclamando minúsculas repúblicas soviéticas que cuentan con su propio consejo de comisarios del pueblo. Ya sea ésta la realización del Estado-comuna o, por el contrario, la demostración de la insuficiencia del nuevo Estado proletario, en cualquier caso, Lenin, tras el inicio de la guerra civil, insistirá en afirmar que esta diseminación era necesaria: "En esta aspiración al separatis­mo, escribe, existía algo sano y provechoso en la medida que se trataba de una aspiración creadora"[11].

 El establecimiento del poder central y su funcionamiento habrán de chocar más adelante con otro tipo de dificultades y conocerán nuevos ensayos. Los comisarios del pueblo se encuentran con ministerios desiertos o revolucionados, se enfrentan con toda clase de obstáculos, desde la falta de llave para entrar en el despacho hasta la huelga del personal. Los primeros servicios de la mayoría de los comisariados son improvisados manu militari por destacamentos revolucionarios de militantes obreros o soldados: de esta forma organizan para Trotsky el Comisariado de Asuntos Exteriores los marineros de Markin mientras que el de trabajo es puesto en funcionamiento para Schliapnikov por los metalúrgicos del sindicato. Cuando las bandas de pillaje penetran en las bodegas de las mansiones y aristocráticos hoteles para adueñarse de los vinos y de la vodka, son los grupos de intervención integrados por obreros o por marineros bolcheviques o anarquistas los que les dan caza, vuelan las cavas y destruyen los "stocks" del "vodka que adormece al pueblo". Los primeros intentos contrarrevolucionarios en Petrogrado chocaron con partidas armadas de este tipo; los responsables, vencidos, serán acusados ante asambleas reunidas espontáneamente, auténticos tribunales integrados por obreros voluntarios o elegidos.

 Esta vanguardia obrera, constituye, durante algunos días, la única fuerza verdaderamente organizada al servicio de un gobierno cuya entidad se va definiendo muy. gradualmente. El Congreso pan-ruso habrá de reunirse tres veces en seis meses y, en el ínterin, su autoridad es ejercida por el comité ejecutivo que elige. No obstante este último cuenta con más de doscientos miembros lo que le convierte en un organismo demasiado embarazoso para el poder ejecutivo, que se le asigna: esta es la razón de que designe a los comisarios del pueblo cuyo consejo formará el verdadero gobierno. Cada comisario cuenta con un "colegio" de cinco miembros del comité ejecutivo que tienen derecho a apelar contra las decisiones ante el consejo o bien ante el comité ejecutivo. Los conflictos abundan en este período ya que los comisarios del pueblo tienen una cierta tendencia, urgidos por la necesidad, a actuar sin esperar el consenso del comité ejecutivo y, terminarán por dictar leyes, conservando posteriormente este derecho que, en un principio, no les había sido atribuido pero tampoco prohibido.

 Los partidos y la democracia soviética

 Los soviets, a todos los niveles, comprenden evidentemente miembros de los diferentes partidos. El hecho de que las elecciones se lleven a cabo casi siempre mediante la vota­ción pública, excluye, hasta cierto punto a los representantes de las organizaciones derechistas en un principio, y más ade­lante a todos los pertenecientes a aquellos que reivindican la autoridad de la Asamblea Constituyente. No obstante, el comité ejecutivo elegido por el III Congreso comprende aún siete S. R. de derecha, junto a los 125 S. R. de izquierda y a los 160 bolcheviques.

 Los S. R. de izquierda provenían de la tendencia del viejo partido encabezada por Natanson y Spiridovna, que, durante la guerra, había rechazado la política de unión sagrada. En el congreso de mayo de 1917, habían presentado su propia plataforma, pronunciándose a favor de la ruptura de todo tipo de alianza con los partidos burgueses, de la creación de un gobierno netamente socialista, de la paz inmediata, y de la socialización de la tierra. Habían sido expulsados por la dirección de su partido al haberse negado a obedecer a los dirigentes que, en señal de protesta, habían abandonado la sala en que se celebraba la sesión plenaria del II Congreso (que acababa de aprobar la insurrección de octubre), constituyéndose en esta fecha como partido independiente y consiguien­do, como hemos visto, una representación en el gobierno. Pertenecen a la mayoría y cuentan con 284 delegados en el IV Congreso y con 470 en el V sobre un total de 1.425 diputados. Incluso después de su abandono del gobierno, ocupan puestos importantes en el nuevo Estado, en el ejército y en la Cheka o policía especial destinada a la represión de actividades contrarrevolucionarias. Sus portavoces son Katz, alias Kaníkov, Karelin y, sobre todo, la prestigiosa María Spiridovna, legendaria terrorista y apóstol de la revolución campesina; su actividad consiste en asaetear a los dirigentes bolcheviques con críticas y ataques a veces muy violentos. Desde la insurrección de octubre hasta el comienzo de la guerra civil su prensa aparece con entera libertad.

 Los mencheviques subsisten igualmente. Una fracción de los internacionalistas ha permanecido en el congreso de los soviets a pesar de la dimisión de la mayor parte de los diputa­dos del partido. La reunificación entre los internacionalistas de Mártov y el partido de Dan se lleva a cabo en marzo de 1918 y a ella sigue un congreso que se celebra en mayo. Hasta el mes de mayo de 1918 aparece un órgano central de los mencheviques, Novy Luch, también aparecen Vpériod, que es el periódico del grupo de Mártov, y una decena más de publicaciones diarias o periódicas. No obstante, los mencheviques han de lamentarse de sufrir secuestros, prohibiciones y detenciones arbitrarias. Estas deben atribuirse más a circunstancias e iniciativas locales que a una política represiva de conjunto, aun cuando una importante fracción de los mencheviques continúa declarándose partidaria de una intervención extranjera y la mayoría insiste en su fidelidad a la Asamblea Constituyente.

 Tanto antes como después de octubre, los anarquistas han desempeñado un importante papel. Su influencia es con­siderable entre los marineros de la flota del Báltico y ciertos regimientos, moscovitas sobre todo, han sido ganados a su causa. Se subdividen en un gran número de grupos, algunos de ellos, al tiempo que condenan la insurrección por haber dado origen a un nuevo "poder", aceptan defender la autoridad de los soviets mientras que otros la impugnan rotundamente. En general, están de acuerdo con los bolcheviques en el momento de la disolución de la Constituyente, cuya liquidación expresa será llevada a cabo precisamente por uno de ellos, el marinero Selezniak. A principios del año 1918, cuentan con sus propios locales, su organización, su prensa, su milicia o guardia negra y sus incontrolados a los que se acusa a menudo de bandidaje y pillaje. En el ejecutivo, su portavoz es Alejandro Gay, que confía a Sadoul su propósito de "cavar la tumba de los bolcheviques"[12] . En abril, la Cheka inicia una vasta operación contra ellos, rodea sus locales y lleva a cabo centenares de detenciones. La guardia negra es disuelta. Oficialmente esta depuración tiene por ob­jeto desembarazarse de los elementos dudosos que se han infiltrado en sus filas; otro motivo ha sido la queja emitida por el coronel Robins, representante oficioso de los EE. UU. . No obstante, la mayoría de los arrestos no son definitivos, los militantes conocidos son liberados y, a falta de armas, conservan su prensa y sus locales. De hecho, numerosos mili­tantes anarquistas son atraídos fuertemente por el bolchevismo en los inicios de la revolución, reconciliándose con la concepción que Lenin ostenta del Estado y con la imagen que de él dan los soviets: el ruso-americano Krasnotchekov y el franco-ruso Kibálchich, alias Víctor Serge, se unen al partido bolchevique; otros, sin llegar a afiliarse, colaboran asiduamente. Este es el caso de el ex presidiario Sandomirsky y de su compañero Novomirsky, del anarco-sindicalista Alejandro Schapiro y, sobre todo, del antiguo líder de los sindi­catos revolucionarios americanos I. W. W., el ruso-americano Bill Chatov, que será uno de los fundadores de la república soviética de Extremo-Oriente y del Ejército Rojo. El propio Gay participará en la guerra civil en el bando rojo, siendo fusilado por los Blancos en 1919.

 Así, penosamente a veces, funciona en el marco de los soviets un régimen pluripartidista que lleva aparejados, como consecuencia inevitable, los conflictos ideológicos y las pug­nas retóricas y polémicas de la prensa. El lector ruso puede incluso seguir las actas de los debates del ejecutivo en donde se enfrentan los lideres de los diferentes partidos: León Sosnovsky, portavoz de la fracción bolchevique y Bujarin que es uno de los oradores gubernamentales con más audiencia, Gay, Mártov, Karelin y Spiridovna, bajo la autoritaria férula de Svérdlov, presidente de estentórea voz cuyo apodo es "cierra-bocas". Para los bolcheviques, esto supone un éxito indiscutible pues, de esta forma, su aislamiento deja de ser total y constituye la prueba de que su influencia no disminuye puesto que, después de la victoria, es posible descartar las medidas represivas que su precaria situación tal vez habría hecho aconsejable.

 No obstante, en este cuadro de conjunto van a surgir innumerables dificultades, en particular en lo referente a la libertad de prensa. Los bolcheviques no tienen a este respecto una postura abstracta. Así lo expone claramente Trotsky ante el soviet de Petrogrado: "Todo hombre que cuente con un capital tiene derecho, al contar con medios suficiente., a abrir una fábrica, una tienda, un burdel o un periódico de su gusto (...) ¿Pero acaso los millones de campesinos obreros y soldados disfrutan de la libertad de prensa? Ellos no cuentan con la condición esencial de la libertad, es decir, con los medios reales y auténticos necesarios para la publicación de un periódico"[13]. Propone entonces la nacionalización de las imprentas y de las fábricas de papel, así como la atribución de facilidades de impresión a los partidos y grupos obreros con arreglo a su influencia real. En este sentido, Lenin redacta un proyecto en el que se reconoce a toda agrupación que represente por lo menos a diez mil obreros el derecho de editar un periódico, habilitándose incluso un fondo para su financiación[14]. Ninguno de estos proyectos llegará a realizarse y,de hecho, las únicas medidas que se tomaron fueron represivas. No obstante, las prohibiciones que siguieron a la amenaza de defender con las armas la causa de la Asamblea Constituyente, suscitaron encendidísimas protestas en las filas revolucionarias. El gobierno se encuentra, de hecho, presionado por dos necesidades contradictorias: la de tener que autorizar la manifestación de una oposición que considera legítima e incluso necesaria y, por otra parte, la de impedir que el adversario, utilice la prensa como un arma a la que teme, no sin razón, dada la situación rusa en la que los bulos, pánicos y rumores alarmistas pueden dar a la provocación un terreno abonado. Nada refleja esta doble preocupación mejor que el llamamiento emitido por Volodarsky, comisario de información, en la Krásnaya Gazeta de Petrogrado: "La libertad de criticar los actos de poder de los soviets, la libertad de agitación en beneficio de otro tipo de poder, se la daremos a nuestros adversarios. Si lo entendéis así os garantizamos la libertad de prensa. Pero renunciad a las noticias falsas, a la mentira y a la calumnia"[15]. El propio Volodarsky caería el 21 de junio, víctima de las balas de los terroristas S. R., aquellos mismos a los que había ofrecido la libertad de expresión a condición de que renunciasen a la violencia verbal...

 En esta fecha, la situación empeoró gravemente. Desde el mes de marzo aumenta la escasez de alimentos, los efectos del. hambre surgen por doquier dejando, según la expresión de Kayúrov "a las ciudades hambrientas cara a cara con cien millones de campesinos hostiles"[16] que empiezan a rebe­larse contra las requisas. Los agentes de los Aliados, es decir, los generales zaristas preparan el contraataque empuñando las armas. Por añadidura, el problema de la paz divide profundamente a la mayoría soviética, alzando a los S. R. de izquierda contra los bolcheviques y fraccionando a los propios bolcheviques: el tratado de Brest-Litovsk va a sancionar de un momento a otro la amputación de una parte importante del territorio ruso. Tanto la guerra como el fundamental imperativo de ponerla fin, rápidamente, sirvieron pues, para trastocar intensamente los elementos básicos del problema de la democracia soviética.

 El Comité Central y el problema de la paz

 Las tesis de abril habían planteado el problema conforme a las perspectivas de Lenin y Trotsky acerca de la revolución europea: la guerra sólo concluiría con una paz democrática en el caso de que el poder de Estado pasara, en otros países beligerantes, a manos del proletariado. Lenin y Trotsky afirman en diferentes ocasiones que la revolución rusa no podría sobrevivir sin la victoria de la revolución europea. Este es, pues, el enfoque desde el que hay que comprender las ofertas de paz que se hicieron a todos los beligerantes y que se acompañan de un inmenso esfuerzo para llegar a las masas mediante la propaganda revolucionaria y la confraternización. No obstante, durante las semanas que siguen a la victoria de Octubre, no se produce ningún movimiento revolucionario en Europa. Para el gobierno bolchevique, la paz se convierte en una necesidad absoluta, tanto para satisfacer al ejército y al campesinado como para ganar tiempo con vistas a la revolución europea.

 La maniobra es delicada: es preciso, simultáneamente, negociar con los gobiernos burgueses y luchar políticamente contra ellos, es decir, utilizar las negociaciones como una plataforma de la propaganda. revolucionaria. Hay que evitar cualquier apariencia de compromiso con uno u otro de los clanes imperialistas, tratando no obstante de evitar que la Rusia revolucionaria cargue con las consecuencias de una paz política entre imperialistas, que, por añadidura, atajaría la revolución que les amenaza en el interior. Las negociaciones del armisticio se inician en Brest-Litovsk en noviembre de 1917 entre una delegación alemana y una delegación rusa pues los aliados se han negado a participar en unas negociaciones generales. El armisticio, que se firma el día 2 de diciem­bre, establece un statu quo territorial (permaneciendo los ejércitos ruso y alemán en sus respectivas posiciones) y proporciona a la delegación rusa importantes satisfacciones morales: las tropas alemanas del frente ruso no serán transferidas al frente occidental, se organizan "relaciones" entre los soldados rusos y alemanes, es decir, se ofrecen unas condiciones optimas para la confraternización y el desarrollo de la propaganda revolucionaria de los rusos.

 En las conversaciones de paz que comienzan el día 22 de diciembre, Trotsky encabeza la delegación rusa, convirtiéndose, con dicho cargo, en el fiscal de todos los pueblos al enfrentarse con la diplomacia imperialista, y utilizándolo igualmente para ganar tiempo y desenmascarar la política alemana. Sin embargo, el día 5 de enero, el general Hoffmann juega su carta: Polonia, Lituania, Rusia Blanca y la mitad de Letonia deben permanecer ocupadas por el ejército alemán. Los rusos tienen un plazo de diez días para contestar sí o no. ¿Deben pues ceder al cuchillo que amenaza con decapitarles? ¿Pueden oponer resistencia, como siempre habían afirmado que harían en semejantes circunstancias, declarando la "guerra revolucio­naria"? Ni Lenin, que defiende la primera de estas posturas, ni Bujarin, partidario de la segunda, consiguen la mayoría en el comité central que, por último, resuelve seguir a Trotsky por 9 votos contra 7, la resolución adoptada es poner fin a la guerra sin firmar la paz. Trotsky informará a la delegación alemana de que "Rusia, al mismo tiempo que se niega a firmar una paz con anexiones, declara el fin de la guerra". Los delegados rusos abandonan Brest-Litovsk. Por su parte, Alemania, que acaba de firmar un tratado de paz con un gobierno fantoche de Ucrania, comunica que considera la actitud rusa como una ruptura del armisticio. El día 17, los alemanes lanzan una ofensiva en todo el frente. Lenin propone al comité central volver a emprender las conversaciones de paz. Su moción es derrotada por 6 votos contra 5. Frente a él, Bujarin y Trotsky han impuesto la decisión de "retrasar el comienzo de nuevas negociaciones de paz hasta que la ofensiva alemana sea suficientemente clara y se revele su influencia sobre el movimiento obrero"[17]. Pero Lenin considera que estas son frases huecas y que, de hecho, la mayoría del comité central rehuye sus responsabilidades. Plantea entonces la cuestión de qué se hará si el ejército alemán sigue avanzando y la revolución no estalla en Alemania: esta vez, el comité central parece opinar, por 6 votos contra l, el de Joffe, y 4 abstenciones, que efectivamente habría que volver a emprender las negociaciones. En esta votación Trotsky se ha unido a Lenin. El día 18, el comité central debe reunirse de. nuevo pues el avance alemán progresa muy rápidamente en Ucrania. Lenin propone reemprender las negociaciones partiendo de las propuestas que la delegación rusa se ha negado a firmar con anterioridad: de nuevo le sigue Trotsky y la moción se acepta por 7 votos contra 5. El gobierno, por consiguiente, tomará de nuevo contacto con el Estado Mayor alemán cuya respuesta llega el día 23 de febrero. Las condiciones han empeorado: esta vez se exige la evacuación de Ucrania, Livonia y Estonia. Rusia va a ser privada del 27 por 100 de su superficie cultiva­ble, del 26 por 100 de sus vías férreas y del 75 por 100 de su producción de acero y de hierro [18].

 En el comité central vuelve a iniciarse la discusión: Bujarin exige que se rechacen las condiciones alemanas y que se emprenda la resistencia a ultranza, es decir, la "guerra revolucionaria". Lenin solicita que se ponga fin a la "palabrería revolucionaria" y amenaza una vez más con dimitir si el comité central no adopta su postura. Stalin propone, como termino medio, que se vuelvan a emprender negociaciones. Lenin exige entonces que el comité central se pronuncie de una forma definitiva sobre la aceptación o el rechazo inmediatos de las condiciones alemanas, apoyando, por su parte, la aceptación que será adoptada por 7 votos contra 4. Trotsky no está convencido pero se niega a correr el riesgo de iniciar una guerra revolucionaria sin Lenin a la cabeza del gobierno. El mismo día, el comité ejecutivo de los soviets aprueba la resolución del comité central que defienden los bolcheviques por 116 votos contra 84, absteniéndose un gran número de diputados mencheviques. El tratado que mutila a Rusia es firmado el día 3 de marzo de 1918 en Brest-Litovsk.

 Hasta el último momento se han considerado todas las eventualidades, inclusive las ofertas de ayuda material y militar comunicadas por los embajadores de los países aliados: por otra parte, sobre este punto se dan idénticos agrupamientos en el comité central, pues los partidarios de la “guerra revolucionaria” votan por el rechazo de la ayuda aliada. Frente a ellos se encuentra Trotsky, que es partidario de aceptarla, si llega el caso, y que cuenta con el apoyo de Lenin cuyo voto es a favor de "recibir patatas y municiones de los bandidos imperialistas"[19] .

 El partido al borde de la escisión

 La polémica que se ha entablado con ocasión del tratado de Brest-Litovsk ha estado a punto de provocar una escisión en el partido. A partir de la decisión del comité central, un grupo de responsables entre los cuales se encuentran Bujarin, Bubnov, Uritsky, Piatakov y Vladimir Smirnov dimiten de todas sus funciones y recobran su libertad de agitación dentro y fuera del partido. El buró regional de Moscú declara que deja de reconocer la autoridad del comité central hasta que se lleve a cabo la reunión de un congreso extraordinario y la convocatoria de nuevas elecciones. En base a la propuesta de Trotsky, el comité central vota una resolución que garantiza a la Oposición el derecho de expresarse libremente en el seno del partido. El órgano moscovita del . partido, el Social Demócrata, emprende una campaña contra la aceptación del tratado el día 2 de febrero. La República soviética de Siberia se niega a reconocerle validez y permanece en estado de guerra con Alemania.

 El día 4 de marzo, el comité del. partido en Petrogrado publica el primer. número de un diario, el Kommunist, cuyo comité de redacción está formado por Bujarin, Karl Rádek y Uritsky, y que será en lo sucesivo el órgano público de la oposición que integran aquellos a los que ya se conoce como "comunistas de izquierda". La coincidencia de esta iniciativa con la celebración del congreso que había exigido la oposición y en el que sus tesis habían sido derrotadas, parece revelar su determinación a emprender el camino de la escisión, con la correspondiente creación de un partido rival de aquel que, esta vez por unanimidad, acaba de adoptar el nombre de "partido comunista".

 De hecho los "comunistas de izquierda" enfrentan una línea completa a la propuesta por Lenin. La, brutal caída de la producción industrial ha obligado al consejo de comisarios del pueblo a restringir el alcance de las iniciativas desplegadas por los obreros en las factorías en que ondea la enseña del "control obrero". Primero en el comité central y más tarde en el congreso, Lenin ha promovido la adopción de toda una serie de enérgicas medidas para detener la desorganización de la industria, tales como el mantenimiento, durante todo el tiempo en que ello sea posible, de la antigua administración capitalista de las empresas, concesiones que aseguren los servicios de los especialistas y técnicos burgueses, restablecimiento del cargo de director y administrador y, por último, estímulo de la productividad obrera mediante un sistema de primas controlado por los sindicatos. Lenin no disimula que, en su opinión, el control obrero no es más que un mal menor que habrá que tolerar hasta tanto no pueda organizarse un control estatal. En estas medidas, los comunistas de izquierda sólo ven un retroceso de la revolución. Según Bujarin, el partido se encuentra en una fase decisiva de su historia: o bien la revolución rusa emprende la lucha, sin compromisos de ninguna especie, contra el mundo capitalista mediante la "guerra revolucionaria", al tiempo que perfecciona su obra en el interior con una nacionalización total y la delegación de la dirección de la economía a un organismo cuyo origen podría estar en los comités de control, o bien firma la paz con Alemania y emprende la vía del compromiso con el exterior y de la subsiguiente degeneración interior.

 Lenin ha afirmado la necesidad de un período de "capitalismo de estado" que restablezca la economía; los comunistas de izquierda denuncian la aparición de relaciones "pequeño-burguesas" en las empresas y condenan la concepción "centralista burocrática" que las inspira, así como el abandono, en la práctica, de la tesis del "Estado-comuna administrado desde abajo " que debería constituir la base del Estado obrero. Bujarin se explaya entonces irónicamente acerca de la presencia, que en lo sucesivo será obligatoria al parecer, de un "comisario" al lado de cada una de aquellas cocineras llamadas a dirigir el Estado.

 Lenin replica a esta acusación con un análisis de la situación "extraordinariamente penosa, difícil y peligrosa desde el punto de vista internacional; es necesario describir rodeos, retroceder; se trata de un compás de espera de nuevas explosiones revolucionarias en Occidente que se gestan laboriosamente, en el interior del país, es un período de lenta edificación, de inflexibles llamada al orden, una larga y encarnizada contienda que enfrenta al riguroso espíritu de disciplina proletario con el amenazante elemento que constituyen la abulia y el anarquismo pequeño-burgués"[20].

 ¿Puede verse, como afirma Robert V. Daniels,, en esta polémica el germen de los futuros conflictos, el enfrentamiento entre el aspecto realista y el utópico del bolchevismo? Subrayemos más bien, de acuerdo con E. H. Carr, que la discusión no concluye con la victoria de un principio sobre otro, pues no son principios los que se discuten. Ciertamente, Bujarin y sus compañeros temen que la aceptación de la paz con la amenaza de un cuchillo en la garganta, signifique el abandono de la política de revolución internacional y constituya en cierto modo, el prólogo de una especie de línea de coexistencia pacífica que sólo podría desembocar en la degeneración de la revolución. Sin embargo, Lenin no abandona la perspectiva de la revolución europea: "Es rigurosamente cierta la afirmación de que sin revolución alemana pereceremos", proclama[21]. Se niega a admitir el análisis de Riazanov que afirma que el partido se enfrenta al dilema de estar "con las masas campesinas o con el proletariado de Europa Occidental". Desea una paz inmediata que sería a la vez condición indispensable del apoyo campesino y tregua a la espera de refuerzos: "Sería un error basar la táctica del gobierno socialista de Rusia en el intento de determinar si la revolución socialista ha de estallar o no en Europa, y sobre todo en Alemania, durante los seis próximos meses"[22]. Mantiene también que "la revolución socialista debe sobrevenir y sobrevendrá de hecho en Europa", afirmando de nuevo: "Todas nuestras esperanzas en la victoria definitiva del socialismo están basa­das en esta certidumbre, en esta previsión científica"[23] .

 El restablecimiento de la cohesión

 El partido ha de restablecer su cohesión durante los meses siguientes. A este respecto, la actitud de Trotsky es decisiva. "En la actualidad, no habría golpe más grave para la causa del socialismo que el que le infligiría el hundimiento del poder soviético en Rusia"[24] , ha declarado el comité central. Este afán suyo de preservar las oportunidades de la revolución europea y el hondo respeto que siente por Lenin, son las prin­cipales motivaciones de su actitud en el comité central y en el Congreso de marzo de 1918; en ambos organismos man­tiene sus reservas y sus críticas pero multiplica igualmente sus esfuerzos para impedir las cristalización de las divergen­cias. Él es el que convence a Joffe y a Dzherzhinsky para que no sigan a Bujarin en su oposición pública y él es también el que, para conservarle, ofrece a Bujarin la total libertad de expresión dentro del partido. En este esfuerzo de síntesis que lleva a cabo para preservar la. democracia interna, dentro de una perspectiva de revolución internacional, él es, tras de haber impedido el estallido, el agente de la nueva cohesión.

 Bujarin, que durante bastante tiempo parecía estar dis­puesto a todo, vacila. Crear un nuevo partido comunista y emprender la lucha contra el que dirige Lenin, con la perspec­tiva de sustituirle en la dirección revolucionaria no es ninguna nimiedad. También los comunistas de izquierda temen una escisión, preñada de riesgos considerables y, en lo que a ellos concierne, de aplastantes responsabilidades. Kommunist, que ha sido transferido a Moscú, interrumpe su aparición diaria y se convierte en semanario. En el partido, la discusión no parece ser favorable a la oposición. Desde el mes de mayo, ha perdido la mayoría en Moscú y en la región del Ural, diri­gida por Preobrazhensky. ¿Acaso los comunistas de izquierda han considerado una posible alianza "parlamentaria" con los S. R. de izquierda, enemigos como ellos de la firma del tratado, en el comité ejecutivo de los soviets? Parece ser que esta alianza les fue efectivamente propuesta: un pacífico cambio de mayoría dentro del ejecutivo habría,. de esta forma, provocado la sustitución del gobierno de Lenin por un gobierno Piatakov, partidario de la guerra revolucionaria. Bujarin que más adelante revelará estas conversaciones, precisa no obstante que los comunistas de izquierda rechazaron las ofertas de los S. R. de izquierda.

 Precisamente la actitud de estos últimos será la que decida la vuelta de la oposición al partido. En el mes de junio, los s. r. deciden emprender una campaña terrorista con el fin de que se reanuden las hostilidades contra Alemania. Por orden de su comité central, un grupo de S. R. de izquierda del que forma parte el joven Blumkin, miembro de la Cheka, atenta con éxito contra la vida del embajador de Alemania, el conde Von Mirbach. Otros S.R. de izquierda, que también pertenecen a la Cheka, detienen a los responsables comunistas e intentan provocar un levantamiento en Moscú. Los comunistas de izquierda, con Bujarin a la cabeza, han de participar en la represión. Sin embargo, los debates del congreso de los soviets han mostrado el abismo que se abría entre los S. R. de izquierda y los bolcheviques. Los comunistas de izquierda deciden permanecer en el partido pues, en el momento de peligro, no tienen otra alternativa. En definitiva, la crisis interna ha servido para reforzar su cohesión. Lenin ha ratificado una vez más el derecho que tienen sus detractores a abandonar el partido escribiendo en la Pravda del 28 de febrero: "Es perfectamente natural que unos camaradas que se han opuesto con fuerza al comité central le condenen no menos enérgica­mente y expresen su convicción de que la escisión es inevitable. Este es el más elemental de los derechos de los miembros del partido"[25].

 Un año más tarde, el día 13 de marzo de 1919, dirá: "La lucha que se originó en nuestro partido en el curso del pasado año ha sido extraordinariamente fecunda; ha suscitado innumerables choques serios pero no hay lucha que no los tenga"[26]. Y es que, en esta fecha, hace ya diez meses que los oponentes se han reintegrado a sus funciones dentro del partido y luchan en todos los frentes. La guerra civil que se ha iniciado el 25 de mayo de 1918 con el alzamiento de la Legión Checoslovaca, va a durar treinta meses, agotando al país y absorbiendo todas las fuerzas de los revolucionarios. El mundo capitalista sostiene a los ejércitos blancos; para él como para los bolcheviques, el frente de la guerra civil es el de una lucha internacional en la que se afrontan el viejo mundo y la vanguardia de esos Estados Unidos Socialistas de Europa, que Trotsky, según le refirió a John Reed, consideraba el objetivo del mañana y que figuraban en el programa de la Internacional Comunista.


 [1] Sadoul, Notes sur la révolution.bolchevique, pág. 69.

 [2] Lenin, Obras Completas, t. XXVII, pág. 395.

 [3] Ibídem, t. XXVI, pág. 311:-

 [4] Ibídem, t. XXVI, pág.. 300..

 [5] Citado por Anweiler, op. cit., págs. 274-275.

 [6] R.S.F.S.R.: República Sqcialista Federal Soviética Rusa. (N. del T.).

 [7] Citado por Carr, op. cit. 15 pág. 149.

 [8] Lenin, Obrea Completas, t. II, pág. 450

 [9] Citado por Carr, op. cit., t. 1, pág. 148.

 [10] Anweiler, op. cit., pág. 276.

 [11] Lenin, Obras Completas, t. XXVIII, pág. 30.

 [12] Sadoul, op. cit., pág. 296.

 [13] Citado por Deutscher, El profeta armado, página 312 (nota 27).

 [14] Lenin, Obras Completas, t. XXVIII, pág. 30.

 [15] Citado por Serge, El año I de la Revolución Rusa, pág. 267.

 [16] Ibídem, pág. 247.

 [17] Bunyan y Fischer, op. Cit., págs 510-511

 [18] Schapiro; C.P.S.U., pág. 186

 [19] Citado por Carr, op. cit., t. III, pág. 146 (edición inglesa).

 [20] Lenin, Obras Escogidas, t. 11, pág. 405.

 [21] Ibídem, pág. 353.

 [22] Ibídem, pág. 317.

 [23] Ibídem

 [24] Citado por Carr, La revolución Bolchevique, t. III, pág. 56

 [25] Lenin, 0bras Completas, t. XXVII pág, 63.

 [26] Ibídem, t. XXIX., pág. 71.



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