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CAPÍTULO VI

LA GUERRA CIVIL Y EL COMUNISMO DE GUERRA

La guerra civil se inicia con el levantamiento dela Legión Checoslovaca en mayo de 1918 y se propaga como un reguero de pólvora. Los 50.000 checos con mandos franceses que integran la Legión constituyen una fuerza temible a la que se añaden además un cierto número de voluntarios rusos. Marchan hacia el oeste, ocupando sucesivamente Cheliabinsk y Omsk, hasta alcanzar el Volga en Rusia. El éxito de su incursión parece decidir a los aliados a intervenir de forma concertada: las. tropas franco-inglesas desembarcan en Murmansk a principios de junio y, más adelante lo hacen en Arkángel, donde se encuentran 12.000 soldados que tienen la misión oficial de "proteger" la región de un ataque alemán. Sin embargo, mientras los partisanos ucranianos, organizados por los bolcheviques Piatakov, Eugenia Bosch y Kotziubinsky, hostigan a las tropas alemanas de Ucrania, los Aliados, con el pretexto de apoyar a los checos, desembarcan en el mes de agosto a cien mil hombres en Vladívostok. En el sur, el general monárquico Denikin, pone en pie de guerra un ejército de voluntarios, equipado con armas y municiones por el gobierno británico que envía igualmente una misión militar. En el mes de septiembre tiene lugar el primer éxito soviético: Trotsky, a la cabeza del 5º Ejército Rojo, derrota a los checos y reconquista Kazán.

A partir del mes de noviembre de 1918, los alemanes son, en principio, eliminados; no obstante, los Aliados entran a sustituirlos por las puertas abiertas del Báltico y los Dardanelos. En el ínterin, en el bando de los Blancos, los elementos monárquicos y reaccionarios han prescindido de los mencheviques y S. R.; el día 18 de noviembre, el almirante Kolchak asume el mando del conjunto de fuerzas anti-bolcheviques. El año 1919 será pues el de mayor peligro para los bolcheviques. Las tropas francesas desembarcadas en Odesa suman aproximadamente 12.000 hombres y ocupan el sur de Ucrania y Crimea, los soldados ingleses ocupan Batum y Bakú, controlan el Cáucaso, el Kubán y el este del Don, desembarcan en Revel, sosteniendo a los gobiernos blancos de la región, al tiempo que los aliados solicitan oficialmente a los alemanes que mantengan las tropas del general Von der Goltz en pie de guerra contra los rusos en Letonia y en Lituania.

A principios de 1919, el proyecto de Clemenceau de rodear a los bolcheviques, está consumado. Louis Físcher resume así la situación: "Al oeste, Rusia estaba separada del mundo exterior por el Báltico, los alemanes, la flota inglesa y Polonia; al norte por las tropas inglesas, francesas, americanas y serbias; al sur por los franceses en Ucrania, por Denikin en el Kubán y por los ingleses en Caucasia y Transcaspia; por último, al este de Siberia se encuentran los japoneses y sus fieles jefes cosacos y al oeste los checos y Kolchak"[1]. No obstante, entre los Aliados no reina la armonía: el premier inglés Lloyd George, teme el surgimiento de motines y desórdenes sociales y declara: "Si se iniciase una empresa militar contra los bolcheviques, ésta terminaría por bolchevizar Inglaterra y por crear un soviet en Londres". Clemenceau, el mariscal Foch y Winston Churchill, por el contrario, defienden la idea de la intervención.

Por último, se impone la solución mas prudente: los Aliados deciden ayudar a los Blancos suministrándoles armas y equipo. En mayo, Kolchak, el "jefe supremo", alcanza el Ural, Denikin se apodera del sur, Yudénich, que ha salido de Estonia, amenaza a Petrogrado, azotada en aquellos días por una epidemia de tifus y por una intensa ola de hambre. El día 19 de octubre, su vanguardia se encuentra a 15 kilómetros de la ciudad. La llegada del tren blindado de Trotsky, que galvaniza a los defensores, así como el esfuerzo postrero de los obreros agotados, consiguen salvar la situación y el día 21 Yudénich se repliega. En el mismo momento la caballería roja inflige una derrota a las tropas de Denikín cerca de Voronej y un poco más tarde, el 5º Ejército Rojo expulsa a Kolchak de Omsk.

El régimen soviético ha estado a punto de ser derrotado militarmente pero emerge victorioso. Kolchak ha sido rechazado hasta detrás del Ural y los últimos restos de su ejército son destruidos en enero de 1920. El propio Kolchak será hecho prisionero y fusilado. Iván Smirnov, comisario del 5º Ejército, dirige la sovietización de Siberia, lo que le hará merecedor del sobrenombre de "Lenin de Siberia". El peligro vuelve a aparecer al oeste con la intervención polaca que tiene lugar en el mes de marzo: la contra-ofensiva del Ejército Rojo, victoriosa en un principio, fracasa ante Varsovia donde los Aliados han delegado como "consejero" al general Weygand. El armisticio se firma en septiembre. Durante la guerra contra Polonia, el barón Wrangel, general zarista, apoyado por consejeros, capitales y material francés, ha reunido los restos del ejército de Denikín, atacando a la Ucrania roja, pero su ejército, rechazado en Crimea será derrotado en noviembre de 1920, concluyendo de esta forma la guerra civil.

La huella de la guerra civil

Estos treinta meses de lucha despiadada han cambiado profundamente la atmósfera del país. En su Historia Socialista, Jean Jaurés[2] había escrito unas frases acerca de la revolución francesa que Boris Souvarine ha recordado oportunamente al referirse a la guerra civil rusa: "Cuando un país revolucionario lucha a la vez contra las facciones interiores y contra el mundo, cuando la menor vacilación o el más pequeño error pueden comprometer, durante siglos tal vez, el destino de un orden nuevo., los que dirigen esta colosal empresa no tienen tiempo para captar a los disidentes o para convencer a sus adversarios. No pueden otorgar demasiada importancia al espíritu de disputa o al de combinación. Deben matar, deben actuar y, para conservar intacta su fuerza de acción, para no diluirla, le piden a la muerte que cree a su alrededor la unanimidad inmediata que necesitan"[3]. En octubre, los vencedores se mostraban generosos: uno de los primeros actos del congreso de los soviets tras la insurrección había sido abolir la pena de muerte que ya había sido suprimida por primera vez en febrero y vuelta a restablecer, por el gobierno Kerensky, a petición de los jefes del ejército. Los ministros del gobierno provisional derrocado, son detenidos y casi inmediatamente puestos en libertad. El general Krasnov que se ha alzado inmediatamente después de octubre, es puesto en libertad, junto con otros oficiales, tras de haber dado su palabra de no volver a tomar las armas contra el régimen soviético. Semejante generosidad habrán de pagarla en definitiva, bastante cara pues estos hombres integrarán los cuadros de los ejércitos blancos durante los meses siguientes.

Esta es la razón de que, tras la revuelta de los cadetes, Trotsky adopte una actitud amenazadora: "No entraremos en el reino del socialismo de guante blanco y sobre parquet encerado"[4]. La Cheka, organizada por el comité militar revolucionario del soviet de Petrogrado y dirigida por Dzerzhinsky, se transforma, en el mes de diciembre, en una "comisión extraordinaria para combatir la contrarrevolución y el sabotaje"; desarrolla su actividad y, a partir del mes de marzo, empieza a golpear durante la ofensiva alemana; la represión que ejerce se agrava de julio en adelante: los S. R. han asesinado a Volodarsky y los Aliados han desembarcado en el norte. El antiguo S. R. Savinkov, que probablemente actuaba por cuenta del "2º bureau" francés, organiza un alzamiento en Yaroslav. El avance de los checos obliga a los dirigentes del soviet del Ural, aconsejados por el bolchevique Beloborodov, a ejecutar, durante la noche del 16 al 17 de julio de 1918, al zar y a su familia. La insurrección de los S.R. de izquierda en Moscú y la serie de atentados que se llevaron a cabo contra los dirigentes bolcheviques van a provocar un giro radical. El día 30 de agosto, Uritsky muere y Lenin es gravemente herido, a la salida de un mitin, por la terrorista S.R. Dora Kaplan. El comité ejecutivo central decide responder al "Terror Blanco" con el "Terror Rojo". Rusia conocerá también las "matanzas de septiembre"[5]

El "Terror Rojo" es un terror de clase. "La Cheka, declara el chekista Latsis, no juzga, golpea... ya no luchamos contra unos cuantos enemigos aislados, exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis en el expediente de los acusados pruebas de si se oponen o no al gobierno soviético con palabras o con actos. Lo que nos interesa es saber a qué clase social pertenecen, su extracción, su instrucción y su profesión. Estos son los datos que deciden su suerte" [6]. El carácter extraordinario de la misión de la Cheka es subrayado por Peters, otro de sus dirigentes, que precisa: "en su actividad, la Cheka es completamente independiente, al efectuar registros, arrestos y ejecuciones no rinde cuentas sino al consejo de comisarios del pueblo y al ejecutivo de los soviets" [7].

Evidentemente resulta imposible dar cifras precisas en cuanto a lo que concierne a la amplitud de la represión. Las cifras oficiales son ciertamente muy inferiores a la realidad pero reflejan la importancia del giro de julio: Peters apunta 22 ejecuciones en los seis primeros meses de 1918 y 6.000 en los seis últimos. El historiador Chamberlin considera que un total de 50.000 víctimas resultaría bastante verosímil. No obstante, este es indudablemente inferior al total de víctimas de los Blancos. Sobre todo, como subraya Victor Serge, hay que considerar que, en conjunto, el Terror Rojo será responsable de menos víctimas que algunas de las más cruentas jornadas de la batalla de Verdún.

Sea como fuere, los bolcheviques tienen conciencia de que debe pagarse tan alto precio si, en el futuro, quieren evitar facturas aun más altas en vidas humanas. Los dirigentes, fieles a sus principios, no disimulan su política terrorista ni reniegan de ella. En el soviet de Kazán, Trotsky declara: "En este momento, en el que se acusa a los obreros de crueldad en la guerra civil, afirmamos, instruidos por la experiencia, que la indulgencia hacia las clases enemigas sería, en la actualidad. la única falta imperdonable que podría cometer la clase obrera rusa. Combatimos en nombre del mayor bien de la Humanidad, en nombre de su regeneración, para sacarla de las tinieblas y de la esclavitud" [8]. Al dirigirse a los obreros americanos que ya han sido informados de todas las atrocidades del Terror Rojo, Lenin dice: "Nuestros errores no nos dan miedo. Los hombres no se han convertido en santos por el hecho de que la revolución haya comenzado. Las clases laboriosas oprimidas, embrutecidas y mantenidas por fuerza en el potro de la miseria, de la ignorancia y de la barbarie durante siglos, no pueden llevar a cabo la revolución sin cometer errores (...). No se puede guardar en un féretro el cadáver de la sociedad burguesa y enterrarlo. El capitalismo muerto se pudre, se descompone entre nosotros, infectando el aire con sus miasmas y envenenando nuestra vida: lo que es antiguo, podrido y muerto se aferra con millares de vínculos y de ligaduras a todo lo nuevo, fresco y vivo" [9].

No obstante, el Ejército Rojo deja mayor huella sobre los hombres que la Cheka. Trotsky, nombrado en el mes de marzo de 1918 Comisario del Pueblo para la Guerra, está convencido de que la revolución no vencerá mas que si dispone de un verdadero ejército moderno, disciplinado instruido y dirigido por un verdadero estado mayor de especialistas. El antimilitarismo no debe paralizar a los revolucionarios en sus iniciativas sino inspirarles en su voluntad de lucha constituyendo el precio de su victoria. Por ello, el decreto sobre instrucción militar redactado por Trotsky, recuerda que uno de los fines esenciales del socialismo es "liberar a la humanidad del militarismo y de la barbarie que suponen los con­flictos sangrientos entre los pueblos" [10]. En opinión de Trotsky "el trabajo, la disciplina y el orden salvarán a la república de los soviets" [11]. El comisario de la guerra emprende esta tarea con la ayuda de un reducido estado mayor de militantes, en cuya primera línea se encuentra un hombre muy joven, el estudiante Skliansky que se revela como un gran organizador. Es preciso movilizar, instruir, encuadrar y proveer de mandos a varios millones de hombres. Hay que aprovisionar, armar y equipar al Ejército Rojo. Pero un ejército moderno necesita técnicos. Estos existen: son los antiguos oficiales zaristas, en su mayoría hostiles al régimen soviético. A pesar de las resistencias de numerosos bolcheviques, Trotsky va a utilizarlos -son más de 30.000-, resolviendo el problema que plantea su control mediante la creación de los comisarios políticos que, al mismo tiempo, tienen la misión de mantener la moral revolucionaria de los soldados, obreros y campesinos.

Lenin exhorta a los Obreros de Petrogrado a dedicarse a esta tarea: "Permanecer en Petrogrado muriendo de hambre y deambulando por las fábricas vacías, complacerse en el fútil sueño de restaurar la industria de Petrogrado o defender la ciudad, es estúpido y criminal. Los obreros de Petrogrado deben partir por decenas de miles al Ural, al Volga, al Sur (...) allí es donde el obrero de Petrogrado resulta indispensable como organizador, como guía y como jefe" [12]. Antiguos oficiales como Tujachevsky o Chapochnikov habrán de codearse en la jefatura del Ejército Rojo con militantes bolcheviques como los obreros Voroshilov y Schrnidt o con anti­guos suboficiales como Budiony, Blücher y Frunze o como el marinero Muklevich y el estudiante Yakir. Los marineros de Kronstadt y los obreros de Petrogrado se encuentran en todos los frentes de la guerra civil, asumiendo las más altas responsabilidades políticas e incluso militares. Así pueden Bujarin y Preobrazhensky escribir: "La República es un campamento fortificado. Vivimos bajo el régimen de la dictadura militar del proletariado" [13].

El "comunismo de guerra nace pues de las propias necesidades de la guerra. Para movilizar a los obreros es preciso controlar todas las disponibilidades del país, será la necesidad imperiosa la que obligue a nacionalizar la industria sin que los obreros hayan tenido tiempo de pasar antes por la escuela del control. Tanto el aprovisionamiento como la provisión de equipo y armamento constituyen imperativos insoslayables. El comercio privado desaparece por completo; para poder alimentar a los soldados y a los habitantes de las ciudades, los destacamentos obreros armados registran en las aldeas y requisan los cereales. Los campesinos pobres son organizados contra el kulak, sirviendo así de defensa al régimen. Los ingresos fiscales son nulos y el gobierno no dispone del aparato administrativo necesario para llevar a cabo la imposición; resultado de ello es que la imprenta oficial emite billetes ininterrumpidamente. Las dificultades aumentan con una inflación gigantesca que sólo un control creciente puede dominar. Los salarios que están ya muy por debajo del mínimo alimenticio estricto, habrán de ser pagados en especie. Como apunta Isaac Deutscher, esta situación refleja una amarga ironía: el control gubernamental total, la supresión del mercado, la desaparición de la moneda y la igualdad en las condiciones de vida se asemejan a la realización de un programa comunista cuando en realidad no se trata sino de su triste caricatura; en efecto, este comunismo no ha surgido del desarrollo de las fuerzas productivas sino de su desplome. No es más que la igualdad en una miseria que se aproxima mucho a una vuelta a la barbarie. Se necesita toda la energía revolucionaria de los bolcheviques para vislumbrar, tras de las crueles llamas de tan inmensa hoguera, lo que Trotsky, al dirigirse a los jóvenes comunistas, llama "la lucha del hombre para adueñarse de su propia vida" [14].

El partido de los soviets

La insurrección de los S. R. de izquierda, en el mes de julio de 1918, marca el fin del periodo multipartidista en el sistema soviético. En el IV Congreso pan-ruso, de un total de 1164 diputados, había, frente a los 773 bolcheviques, 353 S. R. de izquierda, 17 maximalistas, 10 sin partido, 4 anarquistas y 4 mencheviques internacionalistas [15]. En lo sucesivo, nunca volverá a haber una minoría tan importante en el Congreso pan-ruso. En los otros soviets, la composición política se modifica radicalmente a partir de julio de 1918. Desde entonces, los bolcheviques gozan de un predominio aplastante ya que los no-bolcheviques aparecen como gentes "sin partido", única etiqueta compatible con la prudencia para un menchevique o un S. R., A finales de 1919, el soviet de Petrogrado cuenta 1.800 diputados, de los cuales 1.500 son bolcheviques, es decir el 82 por 100, 300 "sin partido", 3 mencheviques y 10 S. R. El soviet de Saratov tiene 472 bolcheviques de un total de 644 diputados, es decir el 72,9 por 100, 172 "sin partido" y 4 "varios" Los congresos provinciales en la primera mitad de 1918 contaban con un 48,4 por 100 de diputados bolcheviques, 19,5 por 100 de diputados de otros partidos y un 32,1 por 100 de "sin partido". En los seis últimos meses del mismo año cuentan con un 72,8 por 100 de bolcheviques, un 18,3 por 100 de "sin partido" y un 8.9 por 100 pertenecientes a otros partidos. La evolución es aún más significativa en los congresos regionales que, en los seis primeros meses de 1918, cuentan con un 52,4 por 100 de diputados bolcheviques, un 24,5 por 100 de diputados de otros partidos, de los cuales un 16,8% son S.R. de izquierda y un 23’1% de "sin partido". Tras de los acontecimientos del verano hay un 90,3 por 100 de bolcheviques, un 5,7 por 100 de "sin partido" y un 4 por 100 de diputados de otras organizaciones. El proceso no dejará de acentuarse hasta 1921, año en el que los bolcheviques serán representados por el 90 por 100 de los diputados asistentes a los congresos regionales [16].

No obstante el predominio casi exclusivo de los bolcheviques en los organismos soviéticos dista mucho de ser la única característica distintiva del aparato estatal durante la guerra civil. De hecho, los soviets poco a poco han ido perdiendo su actividad y sus componentes el mismo tiempo que la movilización de los militantes iba llegando a los sectores clave. Tanto el Ejército Rojo como la Cheka escapan por completo a su influencia, pues tales organismos, directamente vinculados con la autoridad central, cubren una parte muy importante de la actividad política y administrativa, limitando a los soviets a una competencia puramente local y ejercida en general por su Presidium, sus comités ejecutivos y su aparato técnico de funcionarios, heredado en general del antiguo estado zarista. En el VII Congreso pan-ruso, durante el mes de diciembre de 1919, Kámenev ha descrito así su funcionamiento: "Sabemos que durante la guerra los mejores trabajadores han abandonado las ciudades en masa y que muchas veces de ello resulta una situación que exige crear un soviet en determinada provincia o ciudad, dándole base para un funcionamiento regular. Muy a menudo, las asambleas del soviet considerado como organización política, languidecen pues la gente se ocupa de tareas puramente técnicas. Las asambleas generales de los soviets se celebran en escasas ocasiones y, cuando se reúnen los diputados, su única misión consiste en ser informados de una circular, escuchar un discurso, etc. " [17] Seguidamente resume la nueva situación que se plantea en los soviets, declarando al IX Congreso del partido: "Nosotros administramos Rusia y sólo podemos hacerlo si utilizamos comunistas" [18]. Pues, en efecto, todos los cargos de responsabilidad del Estado, a todos los niveles del poder soviético, están ocupados por comunistas, al igual que los de la Cheka y los del Ejército Rojo.

Esta es la razón de que los dirigentes presenten la situación sin disimulo. "El poder soviético, afirma Zinóviev, no habría durado tres años, ni siquiera tres semanas si no fuera por la férrea dictadura del partido comunista. El control del partido sobre los órganos soviéticos y sobre los sindicatos es la única garantía sólida de que ninguna camarilla ni grupo de presión podrá imponerse y de que sólo prevalecerán los intereses del proletariado en su totalidad" [19]. Por otra parte, Trotsky, gran parte de cuya obra Defensa del Terrorismo está dedicada a la justificación de la "dictadura del partido", escribe: "El partido ha asegurado a los soviets la posibilidad de transformarse, de convertir los Parlamentos obreros, que constituían, de hecho, un instrumento de poder para los trabajadores. En tal sustitución del poder del partido por el de la clase obrera no hay nada fortuito y, en el fondo, tampoco existe "sustitución" alguna. Los comunistas, expresan los intereses fundamentales de la clase obrera. Es perfectamente natural que, en una época en que la Historia pone de actualidad la discusión de tales intereses en toda. su extensión, los comunistas se conviertan en representantes legítimos de la clase obrera en su totalidad " [20].

No obstante, esta transformación de las relaciones entre el soviet y el partido durante el primer año de la guerra civil, ha afectado de forma no menos profunda al propio partido. Antes de 1917 los "revolucionarios profesionales" constituían en cierta medida el aparato del partido cuya estructura había desempeñado un papel fundamental entre Febrero y Octubre de 1917. Pero, desde la toma del poder y, sobre todo, desde el comienzo de la guerra civil, los antiguos "revolucionarios profesionales" dejan de ser militantes cuyo campo de acción es el partido y la clase en cuyo seno se trata de hacerlo progresar. Como afirma Bujarin, se han transformado en "jefes del ejército, soldados, administradores, gobernantes de obreros" [21]. En 1919 ya no quedan "permanentes" en las organizaciones locales del partido, ni tan siquiera un embrión de aparato central. Svérdlov, secretario del comité central está asistido sólo por un estado mayor integrado por unos quince camaradas; ello se debe a que al mismo tiempo es presidente del comité ejecutivo de los soviets. Por otra parte, los organismos regulares sólo se reúnen en contadas ocasiones; las decisiones importantes referentes a la orientación general, se toman en el comité central y los organismos soviéticos se limitan a ratificarlas, a través de los miembros del partido, desde el comité ejecutivo basta los soviets locales. Las directivas políticas referentes a aspectos más específicos elaborados directamente por Svérdlov y Lenin, que son los únicos en mantener contacto con los responsables que la guerra ha dispersado por toda la geografía del país, son transmitidas, preferentemente por Svérdlov a través de la red de soviets o, en realidad., a través de la red de miembros del partido que trabajan en los soviets.

El acceso de los comunistas al poder omnímodo se patentiza paralelamente a una especie de eclipse de su partido pues, éste no tiene autonomía financiera y por lo tanto a este respecto depende por completo de los soviets. De hecho, Svérdlov puede afirmar que las organizaciones bolcheviques locales no son más que las "secciones de agitación de los soviets loca­les" [22]. El partido, como organización, parece haberse fundido con los soviets que son el único canal de transmisión de las consignas. Por otra parte, el propio vocabulario corriente demuestra hasta qué punto los propios dirigentes conciben el partido en términos de hombres más que en términos de aparato. Buena prueba de ello es la dedicatoria del ABC del comunismo de Bujarin y Preobrazhensky dirigida "al partido que manda a un millón de hombres y duerme en las trincheras, al partido que gobierna un país inmenso y acarrea leña en su sábado de trabajo voluntario" [23].

Preobrazhensky no escandaliza a nadie al sugerir que se decida la desaparición de un partido que, en su opinión, resulta inútil, pues los comunistas son los dirigentes reconocidos del Estado. Osinsky propone que se legalice la situación existente de hecho sugiriendo para ello la fusión del Consejo de Comisarios del Pueblo con el Comité Ejecutivo en un único órgano colegiado que habrán de incluir a todos los miembros del comité central del partido: este plan se llevó a la práctica en la Letonia soviética bajo la dirección de Stutchka. Pero la urgencia en la solución de este problema no parece sentirse en aquel momento: la capacidad de Svérdlov -un hombre cuya autoridad se basaba en su sentido de la lealtad- permite al partido atravesar esta etapa "sin un solo conflicto digno de mención" [24]. Por el contrario su muerte, acaecida el día 17 de marzo de 1919, va a obligar al partido a repasar los principios en que se basa su funcionamiento e igualmente, al revisar las relaciones entre el partido y los soviets, a devolver a aquél su "independencia".

La construcción del aparato del partido

El VIII Congreso es el encargado de emprender esta tarea. Todo el mundo parece estar de acuerdo en lo referente al prin­cipio básico: el partido debe dirigir a los soviets y no ocupar su lugar. Es preciso garantizar su funcionamiento normal devolviendo a estos una entidad diferenciada y paralela. Los soviets funcionan mal, el propio Congreso pan-ruso no se ha reunido más que una sola vez en un año. No obstante, no volverán a entrar en funcionamiento hasta que su motor, el partido, haya sido revisado, pudiendo volver a funcionar a todos los niveles. En primer lugar, los miembros del partido deben dejar simple y llanamente de ejecutar las directivas o bien, por el contrario, interrumpir ya sea en los organismos soviéticos o en cualquier otra parte, la discusión con los sin partido: los comunistas, dondequiera que se encuentren, deben organizarse en "fracciones del partido sometidos a una disciplina estricta" conforme a la tradición bolchevique que lo es igualmente de la social -democracia alemana. El comité central deberá funcionar normalmente, es decir que habrá de reunirse al menos dos veces al mes. En los intervalos entre sus reuniones, un Buró Político tendrá la misión de tomar las decisiones urgentes, facultad que hasta cierto punto será atribuida a su ejecutivo, una especie de sub-comité responsable ante él y compuesto en principio por cinco miembros: Lenin, Trotsky, Stalin, Kámenev y Bujarin.

Las bases del aparato se afirman con la creación del Buró de Organización del comité central, encargado de la distribución de los responsables del partido en los diferentes puestos, labor que hasta ese momento se había llevado a cabo anárquicamente, y asimismo con la fundación de un secretario del comité central, encargado del funcionamiento general de la organización y de la puesta en vigor de las decisiones del Congreso. Krestinsky que ha sido elegido secretario y miembro del Buró de Organización así como Stalin, miembro a la vez del Buró político y del Buró de Organización, se encargaran del necesario enlace y coordinación entre ambos organismos. En el siguiente Congreso, al tiempo que muestra su aprobación y su preocupación porque la burocracia del aparato no se adueñe del partido y de sus delegados, Lenin dirá: "En el curso de este año, el trabajo corriente del comité central ha sido dirigido por los dos organismos electos del comité central, el Buró de Organización y el Politburó. Para permitir la coordinación y la unidad de criterio entre ellos, el secretario era miembro de ambos. La práctica ha demostrado que la función principal y característica del Buró de Organización era la de repartir las fuerzas del partido, al tiempo que el Politburó se ocupaba de las cuestiones políticas, no obstante, se ha consagrado la costumbre de que la demanda de un solo miembro del comité central baste para que una cuestión, sea cual fuere, se considere como política" [25].

En 1919, Krestinsky es asistido por cinco "adjuntos técnicos", a partir de 1920, será respaldado por otros dos secretarios, miembros a su vez del comité central, Serebriakov y Preobrazhensky que, como lo revelarían los hechos, va a resultar el más activo de los tres. El secretariado dirige los Burós Centrales del partido que están divididos en nueve departamentos. En un principio el personal con que cuentan es de 80 empleados que pasan a ser 150 en marzo de 1920 y 600 en marzo de 1921. En lo sucesivo, el partido dispone de recursos propios y el secretariado se plantea la tarea de darle una estructura que ahora puede mantener al existir "permanentes" retribuidos. que se consagran exclusivamente a la actividad del partido. Poco a poco vuelven a establecerse los anteriores vínculos con las organizaciones locales y regionales: el comité central, que, en mayo de 1919, había recibido 470 informes de las organizaciones de base. recibe una media de 4.000 por mes en 1920. En lugar de las 71 circulares mensuales de 1919, envía 253 en 1921. En 1922, cuando Stalin asciende al cargo de secretario general, el secretariado ha conseguido "fichar" a todos los miembros del partido, pudiendo así extender su actividad y su control directo al exterior, a las organizaciones soviéticas y sindicales.

El nuevo aspecto del partido

Los archivos de los primeros años del poder del partido bolchevique desaparecieron con Svérdlov, cuya extraordina­ria memoria permitía suplir la ausencia de ficheros. Por tanto, resulta difícil evaluar con precisión las modificaciones intro­ducidas, pues el alud de nuevos miembros plantea problemas que no habían sido previstos.

Ciertamente, los reclutas de los tristes momentos de la guerra civil no tienen por qué recibir lecciones de abnegación ni de espíritu de sacrificio. El joven comunista Barmín cuenta como llevaba a cabo en 1919 el reclutamiento en las fábricas y escuelas con las siguientes palabras: "Venid al partido que no os promete ni privilegios ni ventajas. Si alcanzamos la victoria construiremos un mundo nuevo. Si somos derrotados lucharemos hasta el último hombre" [26]. Los que acudieron a esta llamada tienen el mismo temple moral que los que, bajo el zarismo, militaban en la clandestinidad.

Distan mucho, empero, de tener su cultura y Yaroslavsky puede así escribir en 1921 que "entre los camaradas del partido, resulta extraordinariamente difícil encontrar alguno que haya leído por lo menos El Capital de Marx o alguna otra obra básica de la teoría marxista" [27]: en el frente de la guerra civil, obviamente, no se lee. De hecho el final de este período ha de garantizar el éxito de los oportunistas que se hayan unido al partido. El aumento numérico es rápido: 250.000 miembros en marzo de 1919 que se convierten en 610.000 en marzo de 1920 y en 730.000 en marzo de 1921. En 1919, el 50 por 100 de los militantes tienen menos de 30 años y sólo un 10 por 100 más de 40. La vieja guardia se ve completamente rebasada en número: en 1919 sólo un 8 por ciento de los miembros del partido han ingresado antes de febrero de 1917 y un 20 por 100 antes de octubre. El nivel cultural es muy bajo: un 5 por 100 ha recibido instrucción superior. y sólo un 8 por 100 enseñanza secundaria.

Las estadísticas del mes de octubre de 1919 nos suministran por otra parte, valiosísimas informaciones acerca del origen social y del oficio de los miembros del partido: un 52 por 100 es clasificado como "obreros", un 15 por 100 como "campesinos", un 18 por 100 como "empleados" y un 14 por 100 como " intelectuales ". Estas mismas estadísticas precisan que sólo un 11 por 100 de ellos está efectivamente empleado en la industria y, posiblemente una pequeña parte en trabajos artesanos; el 53 por 100, es decir, más de la mitad de los miembros, trabajan en los diferentes órganos del Estado soviético y, de estos, un 8 por 100 en el aparato de "permanentes" del partido y los sindicatos; por último, el 27 por 100, más de la cuarta parte, sirven en el Ejército Rojo, la mayoría en calidad de oficiales y sobre todo de comisarios. De hecho, la inmensa mayoría de los miembros del partido ejercen funciones de autoridad, son "gobernantes" [28]. Las necesidades de la guerra civil les ha impuesto un régimen de partido que, para el 70 por 100 de ellos es el único que han conocido, aquel en que, según la frase de Karl Rádek, el partido era "ante todo, un ejército, una fuerza de choque y sólo después un partido político" [29].

¿Puede aceptarse la opinión de Víctor Serge que afirma que el partido obrero, por aquellas fechas, se había transformado en un "partido de obreros convertidos en funcionarios" [30]? Por una parte, durante la guerra civil las funciones de los comunistas en modo alguno son tareas de burócratas. Por otra parte, de la época del partido obrero han conservado la fe y la vinculación a un igualitarismo que hace que se fije el salario de todos los militantes, inclusive el de los comisarios del pueblo, con referencia a un "máximo comunista" equivalente al sueldo de un obrero cualificado. De hecho, los miembros del partido no disfrutan de ningún privilegio, se imponen más obligaciones que los demás. Una de ellas –penosa por añadidura, es el trabajo voluntario de los "sábados comunistas"­- y viven en la misma miseria. Un pedazo de azúcar, una lata de conserva extranjera supone un regalo extraordinariamente apreciado en la mesa familiar de Lenin o en la de Trotsky. En la familia de Yonov, cuñado de Zinóviev, miembro del Ejecutivo y director de la Librería Estatal, un recién nacido muere de inanición. No menos indiscutible es que los militantes obreros que, según la expresión de Bujarin se han convertido en "gobernantes" de obreros, pierden, al modificarse poco a poco su psicología con la función que desempeñan, su estado de ánimo originario: de forma imperceptible aún, se inicia un proceso que Christian Rakovsky denomina "diferenciación funcional" y que habrá de conducir a un buen número de comunistas a abandonar por completo toda vinculación con la clase obrera a la que pertenecían.

Los partidos socialistas

Los métodos del comunismo de guerra y las exigencias de una coyuntura peligrosa, la desaparición del partido como grupo frente al aparato de un Estado controlado por sus militantes y gobernado por sus dirigentes, sirven, al menos tanto como la situación de guerra civil, para explicar la contradictoria actitud en que., durante este período, se encuentran los otros partidos socialistas. En diversas ocasiones, los dirigentes bolcheviques reafirman su lealtad al principio de la democracia proletaria: la dictadura no se dirige más que contra el enemigo de clase y los partidos obreros deben disfrutar de las libertades esenciales. Pero al mismo tiempo los golpean o persiguen, hostigándoles suficientemente como para ponerlos de hecho fuera de la ley, incluso cuando. no disponen del argumento inmediato que supone su participación en actos armados en contra del régimen soviético.

En su Consejo Nacional de mayo de 1918, los S. R. toman posición a favor de la intervención extranjera "con fines puramente estratégicos". Mientras Semenov organiza en Petrogrado a los grupos terroristas que habrán de asesinar. primero a Volodarsky y más tarde a Uritsky, preparando atentados contra Lenin y Trotsky que están a punto de tener éxito, otros dirigentes participan en los gobiernos blancos, como en Samara, bajo la protección de los checos en Arkangel y bajo la de los ingleses en Omsk. El S. R. Avkséntiev preside la Conferencia de Unificación de los Blancos en Ufa, que se celebra en el mes de septiembre de 1918, formando parte del gobierno provisional que derrocará en noviembre el almirante Kolchak. Los S. R. de izquierda han intentado llevar a cabo, en el mes de julio, una revolución en Moscú: algunos días más tarde, uno de ellos, el coronel Muraiev, intenta lanzar a sus tropas contra los bolcheviques.

El partido menchevique está comprometido menos direc­tamente en todos estos actos: sin embargo, el dirigente sindicalista Romanov figura entre los consejeros de Denikin y Maisky, miembro del comité central, es ministro del citado gobierno de Samara mientras que otros miembros más modestos sirven a los Blancos desde diferentes cargos. No obstante -y de forma tardía ciertamente-. el partido desautoriza tales iniciativas: Maisky es expulsado en septiembre de 1918. La conferencia celebrada en mayo de 1918 se ha pro­nunciado a favor de una nueva convocatoria de la Asamblea Constituyente, consigna que adoptan por aquellas fechas todos los conatos de contra-revolución armada, conservando el partido en sus filas, a pesar de su hostilidad de principio a la intervención extranjera, a los partidarios de Lieber que exigen públicamente una alianza militar con los Aliados. El gobierno bolchevique podía opinar que los mencheviques no habían dado, hasta el mes de junio de 1918, una prueba tangible de su vinculación a la legalidad soviética y de su ruptura con todas las partidas armadas de los Blancos y, con arreglo a ello, considerarlos como sospechosos.

Esta es la razón de que, el 14 de junio, los diputados del comité ejecutivo voten una resolución, defendida por Sosnovsky con la. cual excluyen de su seno a los S. R. derechistas y centristas, así como a los mencheviques, por su alianza con los contra-revolucionarios e "invitan asimismo a todos los soviets de obreros, campesinos y soldados a privar de su escaño a los representantes de dichos partidos". El diario menchevique Vpériod continúa apareciendo no obstante, en Petrogrado donde, según Víctor Serge, cuenta con amplia audiencia en 1 918. Los S. R. de izquierda se han desintegrado tras de la insurrección del mes de julio: algunos militantes que la desaprueban, organizados en los grupos "Comunistas-revolucionarios" y "comunistas-populistas",, intentan mantener la alianza de los S. R. de izquierda con los bolcheviques. Los dirigentes S. R. de izquierda son juzgados en noviembre y condenados a penas leves -tres años de cárcel en la mayoría de los casos-, un año para Spiridovna que sería liberada de inmediato y para Blumkin, el asesino de Mírbach, que se afilia al partido bolchevique y parte hacia el frente. La Cheka reprime a determinados grupos anarquistas, permitiendo a otros que se desarrollen, publiquen periódicos y discutan violentamente entre ellos. Serge, que los conoce bien, afirma que prepararon una insurrección para el mes de noviembre de 1918 pero que renunciaron a ella por no saber, en caso de victoria, qué medidas tomar contra la ola de hambre. El líder campesino de Ucrania Majnó acude a Moscú durante el verano para entre­vistarse con sus correligionarios siendo recibido por Lenin y Svérdlov que le ayudan a volver a Ucrania -ocupada a la sazón por los austro-húngaros y por los Blancos, encabezados por el cosaco Skoropadsky-, donde organizará sus famosas guerrillas campesinas.

Durante el otoño, la presión exterior se relaja con el prin­cipio de la debacle alemana y, más tarde, con la revolución de noviembre. El VI Congreso, integrado exclusivamente por delegados bolcheviques, solicita la vuelta a la "legalidad revo­lucionaria" y la limitación de los poderes de la Cheka. A pesar del decreto de exclusión de que son objeto, Lenin invita a Dan y Mártov porque, según él mismo afirma, "necesita de su crítica". A finales de octubre de 1918, el comité central menchevique, reunido en Moscú, resuelve abandonar la consigna decididamente contrarrevolucionaria de reunión de la Constituyente, reconoce la revolución de Octubre como "históricamente necesaria" y, al tiempo que reclama "el fin del terror económico y político" y "unas elecciones libres en los soviets", se compromete a sostener las operaciones militares del gobierno soviético contra la intervención extranjera". El ejecutivo de los soviets anula el día 30 de noviembre, su medida de exclusión dictado el 14 de junio: los mencheviques son admitidos de nuevo en los soviets. En un gran discurso ante la Conferencia Obrera, Lenin justifica esta política de mano tendida: "En el momento actual, cuando la revolución ha estallado en Alemania, se ha operado un giro en los mencheviques y en los socialistas-revolucionarios. Los mejores elementos de entre ellos aspiran al socialismo. Ellos pensaban que los bolcheviques corrían en pos de un fantasma, de un cuento de hadas. Sin embargo, hoy han llegado a convencerse de que lo que esperaban los bolcheviques no era fruto de la imaginación sino una realidad de carne y hueso, de que la revolución mundial ha llegado y se extiende por el mundo entero; los mejores de los mencheviques y de los social-revolucionarios empiezan a arrepentirse de su error, empiezan a comprender que el poder de los soviets no es sólo ruso sino que simboliza el poder de los obreros a escala mundial (...) Cuando alguien comprende su error hay que acogerle (...) Nuestro único enemigo es aquel que vive del trabajo ajeno. Los otros no son nuestros enemigos. simplemente están vacilando pero por el hecho de vacilar no son nuestros ene­migos" [31].

Los socialistas-revolucionarios van a entrar por esta puerta que se les abre. Su experiencia con los Blancos les ha reportado un fruto: tanto en Samara como en Omsk y más tarde en Siberia, se han visto desbordados por los generales zaristas. En el mes de febrero de 1919 se celebra en Petrogrado una conferencia S. R. que condena la lucha armada contra el Poder Soviético. Los antiguos dirigentes del levantamiento de Samara que se rinden son indultados inmediatamente. Lenin defenderá en marzo, ante el VIII Congreso del Partido, la legalización de los mencheviques y de los S. R., cuyo periódico Délo Naroda vuelve a aparecer durante un cierto periodo. En el mes de julio de 1919, en un manifiesto que lleva por titulo ¿Qué hacer?, los mencheviques exigen el retorno al funcionamiento normal del régimen soviético, elecciones libres con escrutinio secreto y libertad de agitación y propaganda para los partidos socialistas. En el mes de octubre, el soviet de Petrogrado vuelve a distribuir armas a los grupos anarquistas que dirige Kolabuchkin y que habrán de participar con gran efectividad en la defensa de la capital. En el mes de diciembre, durante el VIII Congreso pan-ruso, Trotsky, con "verdadera alegría, sin doble intención ni ironía", agradece a Mártov su ataque a las violaciones de la Constitución en el que reclama la restauración de las libertades: "Ha hablado de nuestro ejército y de nuestra lucha internacional y, al obrar así, ha reforzado políticamente y moralmente nues­tra causa" [32].

En el mes de enero de 1920, el levantamiento del bloqueo de la "Entente" parece presagiar el fin de la guerra civil: se reducen los poderes de la Cheka, se vuelve a abolir la pena de muerte. Los mencheviques disponen en Moscú de un club y de un cierto número de locales: algunos laboristas británicos asistirán en mayo a una reunión de su comité central. En agosto, celebran una reunión que es recogida por la prensa. Dirigen sindicatos como el de impresores e intervienen como tendencia organizada en los congresos. Tienen delegados en la mayoría de los soviets locales: son sólo 46 en Moscú pero en Jarkov llegan a 250. A principios de 1920, los socialistas revolucionarios, agrupados en torno a Steinberg, publican un nuevo periódico que se pronuncia "contra el monopolio bolchevique del poder" y exige el retorno a una "verdadera democracia obrera" [33].

Los anarquistas

Las relaciones con los anarquistas son más complejas, aunque sólo sea por la multiplicidad de grupos en que se encuadran. Uno de ellos, en el mes de julio de 1919, coloca una bomba en los locales que el partido posee en Petrogrado resultando herido Bujarin. A pesar de ello Lenin escribe: "Numerosos obreros anarquistas pasan ahora a ser los más sinceros partidarios del poder de los soviets y, por tanto, nos dan la prueba de ser nuestros mejores camaradas y amigos, los mejores revolucionarios, que no eran enemigos del marxismo sino como consecuencia de un malentendido,, o mejor dicho, no como consecuencia de un malentendido sino de la traición del socialismo oficial de la II Internacional al marxismo, de su caída en el oportunismo y de su falsificación de la doctrina de Marx en general y de las lecciones de la Comuna de París de 1871 en particular" [34]. En septiembre, el anarquista alemán Milhsam escribe, expresando el punto de vista de numerosos libertarios, desde la fortaleza de Augsbach: "Las tesis teóricas y prácticas de Lenin: acerca de la realización de la revolución y de las tareas comunistas del proletariado han dado una nueva base a nuestra acción. (...) Ya no existen obstáculos insuperables para una unificación de la totalidad del proletariado revolucionario" [35]. El II Congreso de la Internacional comunista será testigo de las negociaciones que, entre bastidores, llevan a cabo Lenin,,y el anarquista Aleynikov acerca de las condiciones de una colaboración entre libertarios y bolcheviques.

El hecho más importante del movimiento anarquista en Rusia lo constituye la epopeya del movimiento campesino de Majnó, [36] que cobra un gran. auge en Ucrania a partir del otoño de 1918. De vuelta a su provincia, tras del viaje efectuado a Moscú durante el verano de 1918, el joven militante organiza sus primeras partidas armadas y lleva a cabo las primeras incursiones contra el jefe cosaco Skoropadsky, fantoche de las potencias centro-europeas. Hacia el final de 1918 tiene a 1.500 hombres bajo su mando y, a principios de 1919, organiza, en el territorio que, controla un congreso que designa una especie de gobierno regional: el Soviet Militar Revolucionario de los Obreros y Campesinos Insurgentes. A finales de febrero, Majnó toma contacto con el Ejército Rojo que reconoce su autoridad y se compromete a aprovisionarle: sus unidades reciben comisarios políticos hasta el nivel de regimiento pero conservan su titulo de Ejército Insurgente y su bandera negra. Mientras se prepara la acción militar común contra el ejército de Denikin, la capital de Majnó, Gulai-Polé, se convierte en el centro político del anarquismo ruso con la llegada de Volín, antiguo redactor jefe del Nabat (toque de rebato) de Kiev que los bolcheviques acaban de poner fuera de la ley, y del teórico moscovita Arschinoff, desempeñando ambos en lo sucesivo un importante papel en el movimiento majnovista.

La convocatoria de un nuevo Congreso de los Insurgentes, aumenta notablemente la tensión en las relaciones con las autoridades soviéticas, tanto más cuanto las unidades del ejército ruso son invitadas a enviar delegados. Como estas diferencias se producen en plena ofensiva blanca, Majnó dimite de sus funciones. Durante el verano, se alía con un aventurero, el jefe de partida Grigoriev, al que elimina algún tiempo después en una emboscada, tomando su sucesión en el mando de los hombres. En el mes de septiembre, consigue una gran victoria sobre Denikín y a finales de este mismo año llega al punto culminante de su poder.

Sin duda se discutirá aún durante mucho tiempo sobre el papel desempeñado por este personaje abigarrado, brutal y borracho, de inteligencia tosca pero de enorme capacidad de trabajo y, sobre todo, dotado de un extraordinario talento para el mando. Su Ejército Negro es dueño de toda Ucrania durante algunos meses. Su influencia, se basa en la adhesión de las masas campesinas, tan hostiles a los deseos de restauración de los Blancos como a las requisas de los Rojos, en los grupos partisanos extraordinariamente entrenados y combativos integrados por los aldeanos y, sobre todo, en una "Seguridad militar", la Razvedka que no tiene nada que envidiar a la Cheka. No obstante, sus relaciones con los habitantes de las ciudades y sobre todo con los obreros son difíciles, estallando en Ekaterinoslav violentos altercados entre los majnovistas y los sindicatos. La política financiera de Majnó provoca una inflación intensísima que los campesinos, carentes de problemas de aprovisionamiento, logran soportar pero que hunde en la miseria al obrero. Según Victor Serge, Majnó respondió a los ferroviarios que reclamaban su paga con las siguientes palabras: "Organizáos vosotros mismos para explotar los ferrocarriles. Yo no los necesito" [37]. En lo económico, las realizaciones de su régimen son bastante exiguas: su fuerza militar basada en la caballería y en su capacidad de desplazamiento rápido y en su infantería que va montada en carricoches, termina por resentirse de la disminución del número de caballos y de la incapacidad de los dirigentes para organizar, incluso cuando dominan una ciudad, la producción de armas y municiones.

Cuando vuelve a tomar contacto con el Ejército Rojo a finales de 1919, las relaciones son buenas a pesar de los pasados incidentes. Majnó ha autorizado la publicación de un periódico bolchevique llamado Zvezda, pero prohíbe prácticamente todo tipo de actividad al partido con el pretexto de que esta tendería a "establecerse sobre las masas una autoridad que atentaría contra su libertad plena", también ordena que se fusile al comandante de su división de hierro y a otros bolcheviques que han organizado células clandestinas. A principios de enero se comunica al Ejército Insurgente la orden de tomar posiciones en la frontera polaca y Majnó se niega a acatarla. Estalla entonces, entre el Ejército Negro y el Ejército Rojo una feroz guerra civil que va a durar ocho meses y en la cual cada uno de los bandos se dedica a denunciar exhaustivamente las atrocidades cometidas por el otro.

Sin embargo, durante este período existen en Moscú dos grupos anarquistas, los "universalistas" y los "sindicalistas" que poseen locales y permanencias y que editan folletos de Pelloutier y Bakunin. El segundo de estos grupos, encabezado por Alejandro Schapiro, se niega a entablar las negociaciones con objeto de reconocer oficialmente a su grupo y garantizar su prensa, que le ofrecen Rosmer y Trotsky [38]. Victor Serge ha referido que también habían rechazado las proposiciones de Kámenev que les había ofrecido la completa legalización de todo su movimiento a condición de que depurasen sus filas, concluyendo tras el relato de su airada negativa: "Preferían desaparecer, perder su prensa y sus locales" [39]. Volin que ha sido hecho prisionero durante una retirada del Ejército Negro, es conducido a Moscú donde Lenin y Kámenev se oponen a su ejecución salvándole al parecer en el último momento.

Sin embargo, hacia la mitad de 1920, la amenaza del ejército de Wrangel suscita una nueva tregua en Ucrania. Bela Kun, Frunze y Gúsev firman con Majnó, en nombre del Ejército Rojo un nuevo acuerdo en el mes de octubre. El Ejército Insurgente vuelve a subordinarse al Ejército Rojo, poniéndose en libertad, en ambos a los presos políticos y acordándose la mutua concesión de la libertad de expresión. Volin es puesto en libertad, vuelve a Jarkov, inicia de nuevo la publicación de Nabat y prepara una Conferencia Anarquista pan-rusa. Tras la victoria común sobre Wrangel. cuyas últimas fuerzas son aplastadas en Crimea, el Ejército Rojo asume la iniciativa de una ruptura que ya ha sido prevista por ambos partidos. Tras de un ultimatum que exige la integración del Ejército Insur­gente y que es rechazado, el Ejército Rojo ataca: Karetnik, jefe del Ejercito Insurgente en Crimea es hecho prisionero por sorpresa y fusilado. Majnó que cuenta con 2.000 hombres, resiste, consiguiendo zafarse del cerco que se le ha tendido. Va a controlar el campo durante cerca de un año. Volín, que ha sido detenido de nuevo, rechaza todos los ofrecimientos de los bolcheviques y permanece irreductible en su oposición.

Las discusiones internas en el partido

No es extraño que el periodo, de la guerra civil haya sido testigo de la desaparición de las grandes polémicas internas. Los peligros exteriores exigen una cohesión a toda prueba, mas no eliminan los conflictos. De esta forma, en cada período de distensión, se da un estallido de controversias que no acaban de agotarse. El final de esta etapa presenciará el resurgi­miento de unas discusiones entre los bolcheviques que recuerdan las mantenidas durante los años 17 y 18.

Una de las cuestiones principales ha sido la planteada por la llamada "Oposición Militar". La construcción del Ejército Rojo choca con unos sentimientos muy arraigados entre los bolcheviques. La organización de un estado mayor, de un ejército regular y de un mando único implican el abandono de los métodos de partisanos, de guardias rojos y de milicias obreras que, de forma bastante caótica, habían constituido la parte esencial de las originarias fuerzas armadas revolucionarias. La disciplina de primera línea se restablece, aplicándose la pena de muerte a cualquier desobediencia; pero todas estas medidas entran en conflicto con los sentimientos antimilitaristas de los comunistas. La utilización de oficiales de carrera, que constituyen la mitad del nuevo cuerpo y el abandono del principio de elección que, según Trotsky, "políticamente carece de objeto y técnicamente resulta inadecuado", provoca reacciones muy violentas. Los adversarios de la política militar oficial preconizan una organización proletaria del ejército

Algunos comunistas de izquierda como Vladimir Smirnov se codean, en esta oposición, con el grupo de Tsaritsin, cuyo mentor es Stalin, y con los "militares rojos" descontentos entre los que se cuentan Frunze y Voroshilov. La Oposición, antimilitarista por principio, se inclina con bastante facilidad ante los resultados obtenidos; bastante más difícil de superar serán los rencores que suscita entre los suboficiales revolucionarios la masiva utilización, en calidad de técnicos, de los antiguos oficiales zaristas. Este, al menos, es el ángulo desde el cual Trotsky analiza la oposición denominada "de Tsaritsin", en la cual cree ver la primera manifestación organizada de un grupo burocrático [40], la reacción de unos advenedizos mediocres e incapaces de instruirse que, no obstante, se aferran a unos privilegios y puestos de mando que, según ellos, les son debidos como recompensa de sus antiguos méritos revolucionarios. Sea como fuere, el VIII Congreso aprueba la po­lítica militar de Trotsky, defendida por Sokólnikov y criticada por Vladimir Smirnov, por 174 votos contra 95.

En el IX Congreso surge una nueva oposición. El grupo del "Centralismo Democrático" que cuenta con VIadimir Smirnov, Osinsky y Saprónov, denuncia la centralización excesiva y el abuso de los métodos autoritarios. Sus protestas suscitan la creación de una Comisión de Control que invita a que todos los abusos le sean denunciados "sea cual fuere la posición o cargo de las personas incriminadas". Durante el otoño de 1920, se agrupan en torno a Schliapnikov y de Alejandra Kolontai la "Oposición Obrera" cuyo programa de control de la producción por los sindicatos, de depuración del partido de todos los elementos que no sean obreros y de vuelta al principio de elección de los responsables, será difundido ampliamente, incluso en la prensa, antes de ser publicados en forma de folleto que se distribuye en el partido en vísperas del X Congreso.

La discusión sindical

La "Oposición Obrera" se verá obligada, de esta forma, a desempeñar un destacado papel en la controversia acerca de los sindicatos, la más importante desde Brest-Litovsk, inaugurada por Trotsky de acuerdo con Lenin pero que se clausurará con un serio conflicto entre ambos. Las más lejanas fuentes de tal polémica se remontan a 1919. Trotsky, preocupado por el total desplome de la economía rusa y persuadido igualmente de que debe emprenderse su reconstrucción urgentemente, redacta un proyecto de tesis para el comité cen­tral en el que propone la aplicación de los métodos de guerra en el frente económico, así como la atribución de la autoridad económica al comisariado de la guerra. En su opinion, la "militarización del trabajo" debe ser el mismo tipo que la que ha sido puesta en vigor en la formación del Ejército Rojo. Esta exige "los mismos heroicos esfuerzos, el mismo espíritu de sacrificio". En su opinión, lejos de enfrentarse tal procedimiento con la democracia obrera, "consiste en el hecho de que las masas determinen por sí mismas una organización y una actividad productivas tales que se ejerza de forma imperiosa, sobre todos aquellos que las obstaculicen, una presión de la opinión pública obrera" [41].

La idea es atractiva y contará con la aprobación de Lenin. No obstante, exige ser estudiada muy detenidamente, pues, en definitiva, la tarea es infinitamente más compleja que la que supone construir un ejército. En primer lugar, amenaza con levantar enormes protestas entre los trabajadores y los responsables sindicales, que, a pesar de ser comunistas, se muestran sensibles a la presión de su base, hostil a una militarización que entiende únicamente como una introducción de métodos autoritarios y anti-democráticos. En este punto, Bujarin, redactor-jefe de la Pravda, publica por error el proyecto de Trotsky el día 17 de diciembre de 1919. El impacto es enorme entre los dirigentes sindicales a pesar de la advertencia de Trotsky que afirma: "Nuestra situación económica es cien veces peor de lo que nunca ha llegado a ser nuestra situación militar" [42], el día 12 de enero de 1920, la fracción sindical bolchevique rechaza el proyecto por una mayoría aplastante.

Convencido de que no queda otra salida para evitar la inminente catástrofe económica en el ámbito de la política, Trotsky considera incluso la posibilidad de renunciar a la línea que propone. En la sesión del comité central de febrero de 1920, se propone restablecer un mercado sustituyendo las requisas por un impuesto progresivo en especie y realizar un esfuerzo para suministrar a los campesinos productos industriales en una cantidad correspondiente. Esta es, en esencia, la política que, con el nombre de NEP, habrá de adoptarse un año más tarde: no obstante Lenin no está convencido del todo y la propuesta resulta derrotada por once votos contra cuatro [43].

Trotsky vuelve a hacer sus propuestas anteriores: es pre­ciso impulsar el comunismo de guerra hasta sus últimas consecuencias. Bajo su égida, el Ejército Rojo emprende tareas económicas en Ucrania, en el Cáucaso y en el Ural. Acepta volver a hacerse cargo de la reconstrucción de los transportes, reclama amplios poderes, trata con despiadada severidad a los "desertores del trabajo" y comienza a introducir una "emulación socialista". Ahora bien, al tiempo que consigue poner los trenes en funcionamiento, lo que supone ya un verdadero milagro, provoca la irreductible oposición del sindicato de ferroviarios. El comité de organización de los transportes (Tsektran) que él ha construido sustituyendo a la dirección sindical, se convierte en la obsesión de los responsables sindicales, incluidos los bolcheviques, que lo denuncian como un organismo dictatorial y burocrático. Zinóviev, dirigente del partido en Petrogrado, ataca también al Tsektran en sus artículos y discursos, por lo que él llama sus "métodos policiacos"; se trata de un viejo bolchevique celoso del prestigio de Trotsky y que, aparentemente, pretende restaurar su popularidad en un conflicto con él, aprovechando la corriente de opinión.

Por otra parte también choca con Preobrazhensky, secretario del partido que no aprueba tales métodos.

Durante unos meses, tanto Lenin como la mayoría del comité central sostienen a Trotsky, asignándole, con plena conciencia de sus métodos, otras tareas urgentes como las de puesta en funcionamiento de la industria del Donetz y del Ural Pero choca allí con otros sindicatos a los que amenaza con la disolución. Tomsky, presidente de los sindicatos plantea la cuestión al comité central del partido el día 8 de noviembre: ¿Acaso Trotsky tiene derecho a revocar a dirigentes electos?

En esta ocasión Lenin deja de respaldar a Trotsky. El comité central adopta por 8 votos contra 6, un texto que, al tiem­po que defiende "las formas sanas de militarización del trabajo", condena "la degeneración que convierte al centralismo y al trabajo militarizado en burocracia, prepotencia, mezquino funcionarismo y perturbadora intromisión en los sindicatos". Encarga igualmente a una comisión que estudie las relaciones entre el partido y los sindicatos, autorizando únicamente a su responsable Zinóviev para que se exprese en público sobre este tema.

Trotsky cree ver en esta decisión una condena de su actitud y se niega a entrevistarse con una comisión a la que considera parcial. El día 7 de diciembre, Zinóviev informa al comité central y propone la inmediata eliminación del Tsektran. No se llega a ningún acuerdo pero se forman dos bandos. La discusión va a salir a la luz pública: Trotsky ha sido el primero en proponérsela a Lenin como una medida necesaria a la salubridad del partido que, de esta forma, podrá conocer las tesis, según él muy peligrosas, de la Oposición Obrera, de la que piensa que están muy próximos los dirigentes sindicales bolcheviques. Zinóviev desea también que se lleve a cabo esta discusión; para ello organiza una campaña en la que anuncia "una nueva era" en la que se podrá "respirar libremente", prometiendo el restablecimiento de la democracia obrera y campesina de 1917 mediante la puesta en vigor del principio de elección y afirmando: "Si nosotros mismos hemos confiscado los derechos democráticos más elementales a los obreros y campesinos, es tiempo ya de acabar con tal estado de cosas. Estableceremos contactos más íntimos con la clase obrera. Tendremos reuniones en los cuarteles, en los campamentos y en las fábricas. Las masas trabajadoras comprenderán entonces que, cuando proclamamos el inicio de una nueva era, no estamos hablando en broma y que, en cuanto podamos volver a respirar libremente, llevaremos a las propias fábricas nuestras reuniones políticas. (...) Se nos pregunta lo que entendemos por democracia obrera y campesina. Yo respondo: ni más ni menos que lo que entendíamos por ello en 1917" [44]. Estas diatribas le hacen acreedor a una reprimenda del secretariado. Por ello, en la reunión de la fracción bolchevique del Congreso de los soviets, ataca violentamente al Buró de Organización. Surge un nuevo conflicto con Preobrazhensky que, en la sesión del comité central del día 30 de diciembre exige que se condene lo que califica de "agresión" por parte de Zinóviev. Su demanda es satisfecha. Lenin está ausente y no toma parte en la votación pero Stalin, Tomsky, Kalinin, Rudzutak y Petrovsky votan con Zinóviev a favor de la "supresión del Buró de Organización" es decir, en contra de la persona de Preobrazhensky: éste es el inicio de unas alianzas llamadas a perdurar.

El debate ocupa por completo los turnos de discusión durante centenares de reuniones desde el 30 de diciembre hasta principios de marzo. De las siete plataformas que han concurrido inicialmente, sólo tres se afrontarán definitivamente. Trotsky, apoyado por Bujarin, propone integrar los organismos sindicales en el aparato de Estado encargándoles de la producción y por ende de la productividad y de la disciplina laboral. Hostil a unos responsables sindicales a los que considera "tradeunionistas", Trotsky se pronuncia a favor de la promoción de nuevos elementos obreros, más vinculados a las tareas productivas que a la defensa de unos intereses particulares, capaces de llevar a la práctica lo que él denomina "democracia productiva" ya que, como él mismo subraya, sólo con tal estatización podrán los trabajadores participar en la discusión y en la dirección de la economía. El punto débil de esta postura es su silencio respecto a la función de defensa de los intereses obreros por los sindicatos. A pesar de que esta idea, no sea formulada explícitamente en su tesis, parece bas­tante verosímil que ni Trotsky ni Bujarin conciben la necesidad de defender a los obreros en un Estado obrero.

En el otro extremo del espectro de tendencias, la Oposición Obrera denuncia violentamente la militarización y la burocratización a las que opone el concepto de "control obrero" sobre la producción, que habrá de ser ejercido por los sin­dicatos en las empresas y por un congreso de productores a escala nacional. Como medidas inmediatas exige la igualación de salarios, la distribución gratuita de alimentos y productos de primera necesidad a los obreros de fábrica y la progresiva sustitución de salarios en dinero por salarios en especie. Preobrazhensky, que es el más severo de sus críticos, demostrará posteriormente sin grandes dificultades la insuficiencia de dichas tesis que, de hecho, obligan a los campesinos a soportar solos el peso de la industria y de los privilegios obreros. En su crítica de la concepción anarquista de los amigos de Kolontai que propone una "economía sin cabeza", refuta su igualitarismo con argumentos económicos: "Somos demasiado pobres, afirma, para permitirnos el lujo de la igualdad: cada pud (16,38 kilos) de pan que se dé a los mineros en el período de reconstrucción de la economía, cuando todo el progreso depende del carbón, ofrece mejores resultados que cinco puds repartidos en otras ramas de la industria" [45].

Las tesis de Lenin, apoyadas por Zinóviev, Stalin y la mayoría del comité central, se asemejan más a las de Troysky que a las de la Oposición Obrera. Según ellos, los sindicatos deben "educar" a los "obreros, desarrollando sobre todo su sentido de la responsabilidad respecto de la producción; por otra parte el partido debe mantener su control sobre ellos; pero no deben ser tutelados, deben continuar expresando las aspiraciones de los trabajadores y asegurando su defensa, incluso frente al Estado si llega el caso. En efecto, desde el punto de vista de Lenin el "Estado Obrero" sigue siendo una abstracción y el Estado soviético es más bien un "Estado obrero y campesino con deformaciones burocráticas".

Las tesis de Lenin se imponen en el Congreso por 336 votos contra los 50 de Trotsky y Bujarin y los 18 de la Oposición Obrera. Lenin, al referirse a la discusión en conjunto, afirma con severidad: "Este lujo era de todo punto inadmisible y, al permitir semejante discusión, ciertamente hemos cometido un error. Hemos colocado en primer lugar una cuestión que, por razones objetivas, no podía ocupar este lugar y nos hemos lanzado a la discusión sin darnos cuenta de que desviábamos nuestra atención de problemas reales y amenazadores que estaban cerca de nosotros" [46].

El fracaso de la revolución europea

De esta forma, hacia el final de la guerra civil, son conscientes de las inmensas dificultades con que tropieza el régimen y, sobre todo, de la existencia de una cierta oposición obrera que se añade a la manifiesta hostilidad de las masas campesinas. No obstante, todos siguen queriendo identificar la dictadura del partido con la dictadura del proletariado, considerándola como la única forma de regreso a la democracia obrera de 1917-1918. Trotsky quiere reconstruir el aparato económico y devolver su cohesión al proletariado, condiciones indispensables para la restauración de la democracia obrera, mediante unos métodos administrativos y autoritarios. La oposición obrera hace de las necesidades virtudes, admite la posibilidad de construir directamente el socialismo en un país atrasado, carente tanto de medios como de técnicos y exige el inmediato retorno a la democracia obrera como si el proletariado fuese aún la combativa cohorte de 1917, aceptando deliberadamente que se está abriendo un abismo entre obreros y campesinos que convierte a los primeros en privilegiados alimentados por el trabajo de los segundos. Lenin se niega tanto a ahondar la separación entre el partido y los obreros, en cuyo caso habría de aplicarse la política preconizada por Trotsky, como a admitir el hundimiento económico que se derivaría del programa de la oposición obrera. Tratando de evitar la catástrofe que presiente al final de estos dos caminos, se esfuerza en no romper nada, en mantener la cohesión entre los miembros del partido y entre el partido y los sindicatos, en habilitar para todos un margen de maniobra y sobre todo en ganar tiempo, tiempo para reconstruir y subvenir a lo más urgente, para la producción y el trabajo, con confianza a falta de entusiasmo. Los acontecimientos van a justificar de inmediato tanto sus alarmas como su prudencia.

Durante estos años en que los dirigentes bolcheviques se han visto inmersos en la lucha cotidiana por la supervivencia de su revolucion, la revolución europea, en la que tantas esperanzas habían depositado, ha fracasado. En el mes de agosto de 1918, Kámenev ha regresado de un largo y difícil viaje por Europa y, ante el soviet de Petrogrado, ha lanzado su dramática exclamación: " ¡Estamos solos, camaradas!" [47].: Más tarde sobrevino la revolución alemana de 1918, la red de consejos de obreros y soldados que cubrían todo el país, la fuga del Kaiser: la revolución europea se convertía en realidad, el aislamiento de los rusos había tocado a su fin. Pero la burguesía alemana era mucho más consistente que la rusa y había sabido sacar conclusiones de la Revolución de Octubre mejor que los propios revolucionarios. El gran estado mayor alemán, bastión de las fuerzas contrarrevolucionarias, utiliza al partido socialdemócrata para frenar el empuje de los consejos obreros; la burguesía alemana multiplica sus concesiones para pre­servar, con ayuda de los Aliados, una fuerza militar segura, dirigiendo el socialdemócrata- Nóske la organización de los cuerpos francos, contrarrevolucionarios. Los revolucionarios alemanes de la liga Espartaco, formada durante la lucha contra el centralismo burocrático de la vieja sede socialdemócrata, constituyen -demasiado temprano o demasiado tarde- un partido comunista que no tiene la cohesión ni la paciencia del partido bolchevique: la mayoría de sus militantes se niegan a participar en las elecciones a militar en los sindicatos; renuncia a la explicación paciente, a la conquista de las masas, no retiene de la experiencia rusa, que tan mal conoce, mas que la última fase de insurrección armada. Apenas ha sido constituido el joven partido cuando cae en la trampa que le ha sido tendida desde Berlín, lanzándose, contra la voluntad de Rosa Luxemburgo, su única cabeza política, a un combate prematuro en el que la vanguardia obrera, aislada de las masas proletarias, es aplastada por los cuerpos francos de Noske. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, sus prestigiosos abanderados, son asesinados; esta será también la suerte de Leo Jogisches que, bajo el pseudónimo de Tychko, había desempeñado un importante papel en la social-democracia polaca y en la rusa.

Una tras otra, las repúblicas "soviéticas"alemanas son aplastadas por los cuerpos francos. Del Rühr al Báltico, de Sajonia a Baviera, los consejos obreros desaparecen.

No obstante, en marzo de 1919,1os bolcheviques han puesto en juego toda su autoridad ante los revolucionarios extranjeros para convencerles de la necesidad de proclamar la III Internacional, la Internacional Comunista que ha de contar con la inminencia de las próximas victorias revolucionarias en numerosos países avanzados. El trágico final de la revolución húngara de los consejos, víctima tanto de la inexperiencia de sus dirigentes como de la coalición formada contra ella, no parece invalidar este pronóstico. En Italia se produce una ola de huelgas revolucionarias: el movimiento turinés de los consejos de fábrica revela la misma tendencia subyacente que los soviets rusos y los consejos alemanes.

El partido. comunista alemán se ha hundido tras el fracaso de 1919 pero pronto vuelve a renacer: la clase obrera destroza como un muñeco el intento de "putsch" que lleva a cabo el general von Lüttwitz en marzo de 1920, con la ayuda del alto funcionario imperial Kapp. Centenares de miles de obreros avanzados se apartan de la social-democracia reformista; la fusión entre el minúsculo partido comunista y el partido socialdemócrata independiente en diciembre de 1920, da origen a un nuevo partido de masas -el primero y el único aparte del partido ruso-, un instrumento revolucionario incomparable que reúne a la elite de los intelectuales y militantes obreros de vanguardia y que constituye la dirección revolucionaria que faltó en 1919. Por tanto, después de 1918, la marea revolucionaria no dejó de asaltar a Europa. El movimiento huelguista de los obreros británicos es la causa de que el gobierno renuncie a intervenir en apoyo de los Blancos, como hubiera querido Winston Churchill. Los motines de los marineros de la flota francesa que se halla emplazada en el mar Negro, encabezados por André Marty, impiden asimismo al gobierno francés una acción en el sur. No obstante, en ningún país ha triunfado la revolución. La mayoría de los socialistas franceses han aceptado las veintiuna condiciones draconianas fijadas por la Internacional para regular la admisión de nuevos partidos, mas no por ello se han convertido en bolcheviques, de hecho han conservado su estructura y su vieja dirección socialdemócrata y oportunista.

Tras el derrumbe de las esperanzas de levantamiento obrero en Polonia, durante el otoño de 1920, la ola revolucionaria parece retroceder. Lenin y Trotsky, absortos en las tareas urgentes de la guerra civil, han confiado al tribuno Zinóviev la responsabilidad práctica de una Internacional Comunista en la que ningún dirigente extranjero podría discutir de igual a igual con los rusos. Ahora bien, Zinóviev parece haber subestimado las tareas de explicación y educación que tendría que asumir la nueva dirección internacional. En Halle obtiene un éxito enorme al arrastrar a la mayoría de los independientes, pero aplica en la Internacional métodos de dirección excesivamente expeditivos. Son sus enviados y especialmente el malogrado Bela Kun, los que encabezan un débil e improvisado intento de insurrección en Alemania central. Tras de este fracaso rotundo el partido alemán se estremece bajo los efectos de una crisis violenta. El episodio del mes de marzo de 1921 es la prueba de que la marea revolucionaria de posguerra se extingue. El aislamiento de la revolución rusa tiene todos los visos de ser duradero.

Esto es lo que confiere a la situación de los bolcheviques sus características trágicas y hace que las contradicciones sean difícilmente superables. La revolución rusa debe sobrevivir e intentar conservar el terreno conquistado en las mismas condiciones que sus dirigentes habían considerado de todo punto incompatibles con su supervivencia.

 


[1] L. Fisher, Les soviets dans les affaires moridiales. pág. 13 1.

[2] Jean Jaurés, Historia Socia­lista de la Revolución Francesa (N del E.)

[3] Souvarin, Staline, pág. 237.

[4] Citado por Carr, La Revolución Bolchevique, t. 1, pág. 174.

 [5] Referencia a la época de mayor intensidad en la represión duran­te el Gobierno de Robespierre y los jacobinos (N. del T.).

[6] Citado por Fainsod, How Russia is rided, pág. 359.

[7] Ibídem, págs. 536-537.

[8] Citado por Serge, El año I, pág. 355.

[9] Lenin, 0bras Completas, t..XXVI, págs. 67-68.

[10] Bunyan y Fisher, op. cit., pág. 572.

[11] Citado por Deutscher, El profeta armado, pág. 374.

[12] Lenin, 0bras Completas, t,.XXVI, págs. 67-68.

[13] Bujarin Y Preobrazhensky, el A. B. C. Del comunismo, pág,. 191.

[14] Citado por Deutscher, El profeta armado, pág. 404.

[15] Citado por Serge.. El año I. pág. 305.

[16] Citado por Anweiler.. op. cit., pág. 291.

[17] Ibídem, pág. 297.

[18] Citado por Carr, La Revolución bolchevique, t. 1, pág. 239

[19] Citado por Anweiler, op. cit., pág. 303.

[20] Trotsky, Défense du terrorisme, pág. 120.

[21] Bujarin, en Bull. Com. Nº 11. 15 de marzo de 1923, pá­ginas 64-65.

[22] Citado por Schapiro, C. P. S. U., pág. 243.

[23] Bujarin y Preobrazhensky, op, cit., dedicatoria

[24] Citado por Trotsky, "Le testament de Lénine", IV Internatio­nale nº 14, pág. 45.

[25] Citado por Fainsod, How Russia is ruled, pág. 155.

[26] Barmin. Vingt ans au service de l’URSS, pág 108

[27] Pravda, 28 de agosto de 1921, citado por P. 1I. Sorlin, Lénine, Trotsky, Staline, pág. 74.

[28] Schapiro, C. P. S. U., pág:.243.

[29] Karl Rádek, Bull. Com. Nº 15, 14 de abril de 1921, pág. 247.

[30] Victor Serge, Destin d'une révolution, pág. 174.

[31] Lenin, Obras Completas, t. XXVIII, págs. 377-378.

[32] Citado por Deutscher, El profeta armado, pág. 409.

[33] Citado por Anweiler, op. cit., pág. 293.

[34] Lenin, 0bras Completas. t. XXIX, pág. 567.

[35] Erich Mühsam, Bull. Com., 22 de julio de 1920.

[36] Véase el punto de vista "majnovista" en La révolution inconnue de Boris Volin. El estudio más reciente y completo es el realizado por David Footman en Soviet Affairs nº 16 de St Antony's College Papers y en Civil War in Russia págs. 245-305, documentos que hemos seguido de cerca.

[37] Víctor Serge, Mémoires d'un révolutionnaire, pág. 120

[38] Rosmer, Moscou sous Lénine, pág. 142.

[39] Serge, Ibídem.

[40] Citado por Deutscher, El profeta armado, pág. 388-389.

[41] Discurso pronunciado ante la conferencia de los trabajadores de los transportes, Bull. Com. n.o 4, pág. 55.

[42] Citado por Deutscher, El profeta armado, pág. 451.

[43] Trotsky, Mi vida, t. III, págs. -479-480.

[44] Citado por Worker’s opposition, pág. 59.

[45] Citado por Brian Pearce, "1921 and all that", Labour Review, abril mayo 1959, pág. 226.

[46] Discurso pronunciado ante el Congreso el dia 8 de marzo, citado por Rosmer, op. cit. pág. 167.

[47] Serge, El año I de la revolución rusa pág. 338.



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