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Capítulo II (Tomo I)

Capítulo II

La Rusia zarista y la guerra

La intervención de Rusia en la guerra era contradictoria por los motivos y los fines que perseguía. En el fondo, la sangrienta lucha entablada giraba en torno a la supremacía mundial. En este sentido, excedía de las fuerzas de Rusia. Los «objetivos de guerra» de ésta (los estrechos turcos, Galicia, Armenia) tenían un carácter provincial y sólo podían ser alcanzados de pasada en la medida en que se armonizasen con los intereses de las potencias beligerantes decisivas.

Pero, al mismo tiempo, Rusia, como gran potencia que era, no podía permanecer al margen en aquellas disputas de los países capitalistas más avanzados, del mismo modo que, en la época anterior, no había podido abstenerse de introducir en su país fábricas, ferrocarriles, fusiles de tiro rápido y aeroplanos. Los frecuentes debates entablados entre los historiadores rusos de la moderna escuela acerca de si la Rusia zarista estaba o no madura para tomar parte en la política imperialista contemporánea, degeneran constantemente en escolasticismo, pues enfocan a Rusia aisladamente, como factor suelto en la palestra internacional, cuando, en realidad, no era más que el eslabón de un sistema.

La India tomó parte en la guerra formalmente y de hecho como colonia de Inglaterra. La intervención de China, aparentemente «voluntaria», fue, en realidad, la intervención del esclavo en las reyertas de los señores. La beligerancia de Rusia venía a ocupar un lugar intermedio entre la de Francia y la de China. Rusia pagaba en esta moneda el derecho a estar aliada con los países progresivos, importar sus capitales y abonar intereses por los mismos; es decir, pagaba, en el fondo, el derecho a ser una colonia privilegiada de sus aliados, al propio tiempo que a ejercer su presión sobre Turquía, Persia, Galicia, países más débiles y atrasados que ella, y a saquearlos. En el fondo, el imperialismo de la burguesía rusa, con su doble faz, no era más que un agente mediador de otras potencias mundiales más poderosas.

Los «compradores» chinos (1) son el tipo clásico de una burguesía nacional creada sobre el papel de agente intermedio entre el capital financiero extranjero y la economía interior del país. En la jerarquía de los Estados del mundo, Rusia ocupaba antes de la guerra un lugar considerablemente más alto que China. Problema aparte es ya saber el lugar que hubiera ocupado después de la guerra, suponiendo que no hubiese estallado la revolución. Sin embargo, la autocracia rusa, de una parte, y de otra la burguesía, presentaban los rasgos característicos marcados del tipo de los «compradores»: tanto una como otra vivían y se nutrían de los vínculos que les unían al imperialismo extranjero, a cuyo servicio estaban, y de no apoyarse en él, no hubiera podido tenerse en pie. Y ya se vio que, a última hora, ni con este apoyo pudieron salir adelante. La burguesía rusa «semicompradora» tenía intereses mundiales imperialistas, a la manera como el agente que trabaja en comisión comparte los intereses de la empresa a quien sirve.

El instrumento de las guerras son los ejércitos. Y como en las mitologías nacionales, el propio Ejército se considera siempre invencible, las clases gobernantes en Rusia no se veían obligadas a hacer una excepción para el ejército zarista. En realidad, éste no representaba una fuerza sería más que contra los pueblos semibárbaros, los pequeños países limítrofes y los Estados en descomposición; en la palestra europea, este ejército podía luchar coaligado con los demás. En el aspecto defensivo, su eficacia estaba en relación directa con la inmensa extensión del país, la densidad escasa de población y las malas comunicaciones. El ejército de los campesinos siervos de la gleba tuvo un virtuoso: Suvórov. La Revolución Francesa, abriendo de par en par las puertas de una nueva sociedad y a una nueva estrategia, firmó la sentencia de muerte de los ejércitos surovianos.

La semiabolición del régimen servil y la implantación del servicio militar obligatorio modernizaron el ejército dentro de los mismos límites que el país: es decir, llevaron a él todas las contradicciones de una nación que aún no había hecho su revolución burguesa. Cierto es que el ejército zarista fue organizado y equipado a tono con el ejemplo de los países occidentales pero esto afectaba más a la forma que al fondo. Había una gran desproporción entre el nivel cultural del campesino-soldado y el de la técnica militar. En el mando cobraban expresión la ignorancia, la pereza y la venalidad de las clases gobernantes rusas. La industria y los transportes fallaban constantemente ante las exigencias concentradas de los tiempos de guerra. Los soldados, que en los primeros días de la guerra daban la impresión de estar bien equipados, carecieron en seguida no sólo de armas, sino de botas. En la guerra ruso-japonesa, el ejército zarista demostró su nulidad. En la época de la contrarrevolución, la monarquía, con la ayuda de la Duma, abasteció los depósitos de material de guerra y remendó como pudo el ejército, echando también una pieza a su reputación de invencible. Hasta que en el año 1914 sobrevino una prueba harto más dura.

En cuanto al armamento y las finanzas, Rusia se nos revela, durante la guerra, entregada servilmente a sus aliados. En realidad, esto no hacía más que reproducir, en el aspecto militar, la subordinación general en que se encontraba respecto a los países capitalistas avanzados. Pero ni con la ayuda de los aliados salvó Rusia su situación. La escasez de municiones, la falta de medios para fabricarlas, la ausencia de una buena red ferroviaria, con su consiguiente incapacidad para el transporte, tradujeron el atraso de Rusia al lenguaje de las derrotas, accesible para todo el mundo, y esas derrotas recordaron a los elementos liberales de la nación que sus antecesores no se habían cuidado de hacer la revolución burguesa y que, por tanto, los descendientes estaban en deuda con la Historia.

Los primeros días de la guerra fueron también los primeros días de la ignonimia. Después de una serie de catástrofes parciales, en la primavera de 1915 sobrevino la desbandada general. Los generales descargaban los furores de su ineptitud criminal sobre la población pacífica. Los inmensos territorios del país eran devastados brutalmente. Verdaderas nubes de langosta humana veíanse empujadas a latigazos hacia el interior del país. El desastre de dentro venía a completar el derrumbamiento de fuera.

Contestando a las preguntas de sus colegas, en que hablaba la inquietud respecto a la situación en el frente, el ministro de la Guerra, general Polivanov, contestó textualmente: « Confío en la dilatada extensión intransitable de nuestro territorio, en los pantanos inacabables y en la misericordia de san Nicolás de Mirlik, protector de la santa Rusia.» (Sesión del 4 de agosto de 1915.) Unas semanas más tarde, el general Ruski confesaba a aquellos mismos ministros: «Las modernas exigencias de la técnica militar exceden de nuestras posibilidades. Desde luego, no podemos entendérnolas con los alemanes.» Y en estas palabras no se reflejaba una impresión pasajera. El oficial Stankievich reproduce estas palabras de un ingeniero militar: «Es inútil que queramos guerrear contra los alemanes, pues no nos hallamos en condición de hacer nada. Hasta los nuevos métodos de guerra se truecan para nosotros en otras tantas causas de fracaso.» Y aún podríamos citar multitud de opiniones por el estilo.

De lo único que los generales podían disponer en abundancia era de carne humana. Con la carne de vaca y de cerdo se guardaba mucha más economía. Aquellas nulidades grises del Estado Mayor, aquel Yanuskievich de la escolta de Nikolai Nikolaievich o aquel Alexeiev de la escolta del zar, no sabían más que tapar las brechas con nuevas movilizaciones, consolando a los aliados y consolándose a sí mismos con grandes columnas de cifras, cuando lo que hacía falta eran columnas de combatientes. Fueron movilizados cerca de quince millones de hombres que llenaban las zonas de combate, los cuarteles, los centros de etapa, se estrujaban y se pisoteaban unos a otros furiosos y con la maldición en los labios. Y estas masas humanas, que eran un valor nulo en el frente, eran, en cambio, un valor muy efectivo de disgregación en el interior del país. Se calcula que el número de muertos, heridos y prisioneros rusos fue aproximadamente de cinco millones y medio de hombres. La cifra de desertores aumentaba incesantemente. Ya en julio de 1915, los ministros se lamentaban: «¡Pobre Rusia! Hasta su ejército, que en otros tiempos llenó el mundo con el clamor de sus victorias..., ha venido a quedar reducido a un tropel de cobardes y desertores.»

Los propios ministros que hacían chistes macabros hablando de la «valentía evacuadora» de los generales, perdían horas y horas en discutir problemas como éste: ¿Debían sacarse de Kiev las reliquias de los santos o dejarlas estar? El zar entendía que podían dejarse allí, pues «los alemanes no se atreverán a tocarlas, y si se atreven, peor para ellos». Sin embargo, el Sínodo había empezado ya a trasladarlas a otro sitio: «Cuando nos marchemos, nos llevaremos con nosotros lo más preciado.» Estos hechos no ocurrían en la época de las Cruzadas, sino en pleno siglo XX, mientras la radio transmitía las noticias de las derrotas rusas.

Los triunfos alcanzados por Rusia sobre Austria-Hungría no se debían tanto al país vencedor como al vencido. La putrefacta monarquía de los Habsburgo estaba pidiendo a voces desde hacía largo tiempo un sepulturero, el primero que llegase. No era la primera vez que Rusia triunfaba de los Estados en descomposición, tales como Turquía, Polonia y Persia. El frente suroccidental del ejército ruso, vuelto hacia Austria-Hungría, alcanzó, a diferencias de los otros, grandes victorias. en él se destacaron algunos generales que, si a decir verdad no revelaron en nada grandes aptitudes militares, por lo menos no estaban contagiados hasta el tuétano de ese fatalismo propio de los caudillos vencidos invariablemente. De este medio habrían de salir, andando el tiempo, algunos de los «héroes» blancos de las guerras civiles.

Todo el mundo buscaba en quién descargar sus culpas. No había judío a quien no se acusara de espionaje. Todo el que llevaba un apellido alemán veía su casa saqueada. El Estado Mayor del gran duque Nikolai Nikolaievich mandó fusilar como espía alemán al coronel de gendarmes Miasoiedov, sin prueba alguna fehaciente de lo que fuese. Sujomlinov, ministro de la Guerra, hombre vacuo y poco escrupuloso, fue detenido y acusado, acaso no sin motivos, de traición. El ministro de Negocios Extranjeros de la Gran Bretaña, Grey, dijo al presidente de la delegación parlamentaria rusa, comentando el hecho: «Vuestro gobierno da pruebas de una gran audacia al atreverse a procesar por traidor en plena guerra al ministro del ramo.» Los estados mayores y la Duma acusaban de germanofilia a la Corte. Y tanto unos como otros sentían envidia y odio contra los aliados. El alto mando francés economizaba sus tropas, echando mano de soldados rusos. Inglaterra se desplazaba lentamente. En los salones de Petrogrado y en los estados mayores del frente decíanse chanceando: «Inglaterra ha jurado que guerrearía hasta dar la última gota de sangre... del soldado ruso.» Estas bromas acabaron por llegar a oídos de los soldados del frente. «¡¡Todo para la guerra!», exclamaban los ministros, los diputados, los generales y los periodistas. «Sí -gruñían los soldados en las trincheras, empezando a abrir los ojos-; todos están dispuestos a combatir hasta la última gota... de mi sangre.»

El ejército ruso experimentó en la guerra un número de muertos superior al de ninguna de las demás naciones que tomaron parte en la matanza; sus víctimas ascendieron a dos millones y medio de muertos, o sea el 40 por 100 de las pérdidas sufridas por todos los ejércitos aliados juntos. En los primeros meses, los soldados caían bajo los obuses sin reflexionar o reflexionando poco. Pero cada día que pasaba iba dejando en ellos un nuevo poso de experiencia, esa experiencia amarga de los «soldados rasos», que no tienen quién les sepa conducir. Los soldados tocaban las consecuencias de aquel caos de marchas sin rumbo ni objetivo que ordenaban sus generales en sus zapatos rotos y en un estómago vacío.

Y de aquella papilla sangrienta de hombres y cosas se alzó una palabra que fue tomando cuerpo y extendiéndose por todas partes: la palabra locura. El rudo lenguaje de los soldados empleaba, naturalmente, otra un poco más fuerte.

El cuerpo que primero se desmoralizó fue la Infantería, formada por campesinos. La Artillería, en cuyas filas suele haber un tanto por ciento bastante grande de obreros industriales, denota, por lo general, una capacidad mucho mayor de asimilación de las ideas revolucionarias, como hubo de demostrarse bien claramente en 1905. El hecho de que en 1917 la Artillería revelara, por el contrario, tendencias más conservadoras que la Infantería, se explica teniendo en cuenta que por los regimientos de Infantería pasaba como por un cedazo una sucesión constante de masas humanas cada vez menos preparadas. La Artillería, que había sufrido muchas menos pérdidas, seguía conversando los antiguos cuadros. Lo mismo ocurría en otras armas especiales. Pero, a última hora, tampoco la Artillería se mantuvo fiel.

Durante la retirada de Galicia, el generalísimo transmitió la siguiente orden secreta: «Azotar a los soldados que deserten o cometan cualesquiera otros delitos.» Pireiko, un soldado, cuenta: «Comenzaron a azotar a los soldados por la más insignificante falta, como era, por ejemplo, el alejarse del regimiento por algunas horas sin permiso; otras veces se veía que azotaban sencillamente para levantar la moral bélica a fuerza de latigazos.» Ya el 17 de septiembre de 1915, apuntaba Kuropatkin invocando el testimonio de Guchkov: «Los soldados partieron a la guerra lleno de entusiasmo; ahora están cansados y las constantes retiradas les han hecho perder la fe en la victoria.» Era, sobre poco más o menos, por los mismos días en que el ministro del Interior, hablando de los treinta revoltosos que no conocen la disciplina, escandalizan, se pelean con los guardias (no hace mucho que un guardia fue muerto por ellos), libertan por la fuerza a los detenidos, etcétera. Es evidente que si surgen desórdenes, estas hordas se sumarán a la multitud.» El soldado Pireiko, a quien citábamos más arriba, escribe en sus Recuerdos: « Todo el mundo, sin excepción, concentraba su interés en la paz: lo que menos le interesaba al ejército era saber quién saldría vencedor y qué clase de paz se sellaría. El ejército necesitaba, quería la paz a toda costa, pues estaba cansado ya de la guerra.»

Una mujer que poseía espíritu observador, S. Fedorchenko, tuvo ocasión de escuchar, siendo enfermera, las conversaciones, casi diríamos los pensamientos, de los soldados, y los puso por escrito con gran arte en su carnet de notas. Fruto de este trabajo fue un librito titulado El pueblo en la guerra, que nos permite lanzar una ojeada a ese laboratorio en que las bombas, las alambradas, los gases asfixiantes y la vileza de los jefes fueron trabajando durante largos meses la conciencia de unos cuantos millones de campesinos rusos y donde con los huesos humanos crujían los prejuicios de varios siglos de tradición. En muchos de aquellos aforismos primitivos, grabados por la soldadesca, latían ya en potencia las consignas de la guerra civil que se avecinaba.

El general Ruski lamentábase, en diciembre de 1916, de Riga, a la que llamaba la desgracia del frente septentrional. Era lo mismo que Pvinsk -decía el general-, «un nido de propaganda revolucionaria». El general Brusílov confirmaba que las tropas procedentes de esa región llegaban desmoralizadas que los soldados se negaban a lanzarse al ataque, que el capitán de una compañía había sido muerto a bayonetazos por sus hombres, que no había habido más remedio que fusilar a unos cuantos y por ahí adelante. «Los gérmenes que había de producir la descomposición definitiva del ejército existían ya mucho antes de la revolución», confiesa Rodzianko, que mantenía relaciones con la oficialidad y había visitado repetidas veces el frente.

Los elementos revolucionarios, al principio dispersos, habíanse hundido en la masa del ejército casi sin dejar huella. Pero a medida que cundía el descontento iban saliendo de nuevo a la superficie. Los obreros huelguistas, enviados al frente como castigo, reforzaban las filas de los agitadores, y las retiradas les brindaban auditorios propicios. «En el interior, y sobre todo en el frente -denuncia la Ocrana-, el ejército está plagado de elementos subversivos, de los cuales unos pueden convertirse, llegado el momento de una sublevación, en una fuerza activa, y otros negarse a ejecutar medidas represivas...» Las autoridades superiores de la gendarmería de la provincia de Petrogrado denuncian en octubre de 1916, basándose en un informe del delegado de la «Unión de Zemstvos», que el estado de espíritu que reina en el ejército es inquietante, que las relaciones entre los oficiales y soldados denotan una gran tirantez; por doquier pululan a millares los desertores. «Todo el que haya visto de cerca el ejército saca la impresión y el convencimiento de que entre los soldados reina indiscutible descomposición moral.» Por medida de prudencia, el informe añade que si bien mucho de lo que se cuenta en las citas informaciones parece poco verosímil, no hay más remedio que darle crédito, pues muchos de los médicos que regresan del frente de operaciones se expresan en idéntico sentido.

El estado de espíritu reinante en el interior del país correspondía a la moral del frente. En la reunión celebrada por el partido «kadete» (2) en octubre de 1916, la mayoría de los delegados hacía notar la apatía y la desconfianza en el final victorioso de la guerra que dominaban «en todos los sectores de la población, sobre todo en el campo y entre los elementos pobres de las ciudades». El 30 de octubre de 1916, el director del Departamento de Policía hablaba en sus informes de la «fatiga de la guerra» y del «anhelo de una paz pronta, sea cual sea, que se observan por todas partes en todos los sectores de la población».

Meses más tarde, todos estos señores, diputados y policías, generales, médicos y ex-gendarmes, afirmaban unánimemente que la revolución había matado el patriotismo en el ejército y que los bolcheviques les habían quitado de entre las manos una victoria segura.

En este caos de patriotismo belicoso, los que llevaban la batuta eran, sin duda, los demócratas constitucionales (los kadetes). El liberalismo, que ya a fines de 1905 había roto el contacto muy problemático que le unía a la revolución, levantó desde los primeros momentos de la contrarrevolución la bandera del imperialismo. Y la cosa era lógica: puesto que no había manera de limpiar al país de la basura feudal para garantizar a la burguesía una situación preeminente, no le quedaba más recurso que pactar una alianza con la monarquía y la nobleza, con el fin de asegurar al capital un puesto más relevante en la palestra mundial. Y si bien es cierto que la catástrofe mundial se fue preparando desde distintos puntos, lo cual hizo que hasta cierto punto sorprendiese incluso a sus organizadores más responsables, no es menos indudable que los liberales rusos, en su calidad de inspiradores de la política exterior de la monarquía, ocupan un lugar bastante destacado en la preparación de la guerra. Los caudillos de la burguesía rusa hacían justicia a la verdad al saludar como cosa suya la guerra de 1914. En la sesión solemne celebrada por la Duma nacional el 16 de julio de 1914, el representante de la fracción de los kadetes declara: «No poseemos condiciones ni formulamos exigencias; nos limitamos a arrojar en la balanza la firme decisión de rechazar al enemigo.» La «unión sagrada» fue sellada también en Rusia como doctrina oficial. Durante las manifestaciones patrióticas de Moscú, el marqués de Benkerndorf, maestro mayor de ceremonias, declaró a los diplomáticos: «¡Ahí tienen ustedes la revolución que nos pronosticaban en Berlín!» «Esta idea -comenta el embajador francés Paleologue está manifiestamente en todas las cabezas.» Aquella gente consideraba como su deber abrigar y sembrar ilusiones en una situación que paree que debía ser incompatible con ellas.

No habían de hacerse esperar las frías enseñanzas de la realidad. Poco después de estallar la guerra, uno de los kadetes más expansivos, el abogado y terrateniente Rodichev exclamaba en una sesión del comité central de su partido.: «¿Pero es posible que creáis que con imbéciles como éstos puede nadie vencer?» Los acontecimientos demostraron que no, que con imbéciles como aquéllos no había manera de vencer. Cuando ya tenía perdida una buena parte de su fe en el triunfo, el liberalismo intentó aprovecharse de la inercia de la guerra para introducir un poco de limpieza en la camarilla palaciega y obligar a la monarquía a pactar. El arma principal de que se sirvió para estos fines fue la acusación de germanofilia y de preparación de una paz por separado lanzada contra el partido de los palatinos.

En la primavera de 1915, cuando las tropas desarmadas se batían en retirada en todo el frente, las esferas gubernamentales decidieron, no sin la presión de los aliados, atraer hacia los trabajos de guerra la iniciativa de la industria privada. A una reunión convocada especialmente para este fin acudieron, además de los burócratas, los industriales más influyentes. Las «uniones de zemstvos» y municipios que habían surgido al estallar la conflagración, y los comités industriales de guerra creados en la primavera de 1915 se convirtieron en otros tantos puntos de apoyo de la burguesía en su lucha por la victoria y el poder. Apoyada en dichas organizaciones, la Duma nacional podía obrar con mayor seguridad como mediadora entre la clase burguesa y la monarquía.

Sin embargo, las vastas perspectiva políticas no distraían la atención de los interese cotidianos. De la comisión asesora especial, formada con aquellos fines, fluían, como de un manantial, cientos de millones de rublos, que, ramificados por diversos canales, regaban copiosamente la industria, saciando a su paso los apetitos de muchos. En la Duma nacional y en la prensa se dieron a conocer algunos de los beneficios de guerra obtenidos durante los años 1915 y 1916: la empresa textil de Riabuschinski, un fabricante liberal de Moscú, figuraba con un 75 por 100 de beneficios netos; la manufactura de Tver ¡con un 111 por 100!; la fábrica de laminación de cobres de Kolichuguin, fundada con un capital de diez millones, aparecía reportando más de doce de utilidades. Como se ve aquí, la virtud patriótica quedaba recompensada espléndidamente, y, además, bastante aprisa.

La especulación en todas sus formas y las jugadas de Bolsa llegaron al paroxismo. De la espuma sangrienta surgían inmensas fortunas. El que en la capital no hubiese pan ni combustible no impedía a Faberget, el joyero de la corte, vanagloriarse de que nunca había hecho tan magníficos negocios. La Wirubova, camarera de palacio, cuenta que jamás se habían encargado trajes tan caros ni se habían comprado tantos brillantes como durante el invierno de 1915-1916. Los locales nocturnos de diversiones estaban abarrotados de héroes emboscados, de desertores legales y demás caballeros respetables, demasiados viejos para guerrear en el frente pero lo suficientemente jóvenes todavía para gozar de la vida en la retaguardia. Los grandes duques no eran los que menos participaban en aquellas orgías, mientras hacia estragos la peste. Y no había que preocuparse de lo que se derrochaba, pues no cesaba de caer de lo alto una lluvia benéfica de oro. La «buena sociedad» no tenía más que alargar la mano y abrir los bolsillos; las damas aristocráticas alzaban las faldas; los banqueros e intendentes, industriales, bailarinas del zar y de los grandes duques, jerarcas ortodoxos, damas de la corte, diputados radicales, generales del frente y de la retaguardia, abogados radicales, tartufos augustos de ambos sexos, el tropel de sobrinos, y, sobre todo, de sobrinas, todos chapoteaban en aquel cieno amasado con sangre. Todos se daban prisa a robar y a comer a dos carrillos, temerosos de que la benéfica lluvia se acabara, y todos rechazaban con indignación la idea ignominiosa de una paz prematura.

La comunidad en las ganancias, las derrotas en el frente y los peligros del interior fueron acercando más y más a los partidos de las clases poseedoras. En la Duma, desunida todavía en vísperas de la guerra, formóse en 1915 una mayoría patriótica de oposición, que adoptó el nombre de «bloque progresivo». Proclamó, naturalmente, como su finalidad oficial, la «satisfacción de las necesidades creadas por la guerra». En la izquierda quedaron fuera del bloque los socialdemócratas y los trudoviki (3); en la derecha, los grupos francamente oscurantistas, los tres grupos de octubristas (4), el centro y una parte de los nacionalistas, entraron en el bloque o se adhirieron a él, al igual que los grupos nacionalistas, entraron en el bloque o se adhirieron a él, al igual que los grupos nacionales: los polacos, los lituanos, los musulmanes, los judíos, etc. Para no asustar al zar lanzando la fórmula de un ministerio responsable, el bloque exigió «un gobierno de coalición, formado por personas que gozasen de la confianza del país». El ministro del Interior, príncipe Cherbarov, definía ya en aquel entonces el bloque progresivo como una «unión pasajera provocada por el peligros de la revolución social». Para comprender esto no era necesaria, naturalmente, una gran penetración. Miliukov, que capitaneaba a los kadetes, y desde ese puesto al bloque, decía en una reunión de su partido: «Estamos sobre un volcán... La tensión ha llegado a su límite extremo... Basta con que cualquier imprudente arroje una cerilla al suelo para que estalle el voraz incendio... Urge más que nunca un poder fuerte, sea el que fuese, bueno o malo.»

Tan grande era la esperanza de que el zar, intimidado por las derrotas, se avendría a hacer concesiones, que, en agosto, la prensa liberal publicó la lista de un proyectado «Gabinete de confianza» con el presidente de la Duma, Rodzianko, de primer ministro (otra versión indicaba para este cargo al presidente de la «Unión de Zemstvos», príncipe Lvov); Guchkov de ministro del Interior; Miliukov, en Negocios Extranjeros, etc. Año y medio después, la mayoría de estas personas, que se habían nombrado a sí mismas para aliarse con el zar contra la revolución, obtenían carteras en el gobierno «revolucionario» provisional. No era el primer caso en que la Historia se permitía bromas de éstas. Menos mal que, por esta vez, la chanza resultó de corta duración.

La mayoría de los ministros del gabinete presidido por Goremikin estaban tan aterrorizados como los kadetes ante la marcha de los acontecimientos, razón por la cual se inclinaban a pactar con el bloque progresivo. «Un gobierno que no cuente con la confianza del titular del poder supremo, ni del ejército, ni de los municipios, ni de los «zemstvos», ni de la nobleza, ni de los comerciantes, ni de los obreros, no sólo no puede actuar, sino que ni siquiera puede existir. Es un absurdo manifiesto.» Éste era el juicio que le merecía, en agosto de 1915, al príncipe Cherbatov el gobierno en que él mismo desempeñaba la cartera del Interior. «Si las cosas se organizan de una manera decorosa y se deja una salida -decía el ministro de Negocios Extranjeros, Sazonov-, los kadetes serán los primeros en aceptar el pacto; Miliukov es un gran burgués, y a nada teme tanto como a la revolución social. Además, la mayoría de los kadetes tiemblan ante la perspectiva de perder sus capitales.» Por su parte, el propio Miliukov entendía que el «bloque» tendría que hacer «ciertas concesiones». Como se ve, ambas partes estaban dispuestas a entenderse, y parecía asunto concluido. Pero el 29 de agoto, Goremikin, el presidente del Consejo, un burócrata cargado de años y de honores, viejo cínico que se dedicaba a hacer política entre partida y partida de tresillo y se negaba a atender ninguna queja, diciendo que la guerra no era cosa suya, se presentó al zar en el cuartel general y volvió con la noticia de que todo el mundo debía permanecer en su sitio y las cosas como estaban, excepto la rebelde Duma, que sería disuelta el 3 de septiembre. La lectura del ukase del zar disolviendo la Duma fue acogida sin una sola palabra de protesta; los diputados dieron un viva al zar y se fueron cada cual por su lado.

¿Cómo este gobierno, que, según su propia confesión, no se apoyaba en nadie, pudo sostenerse en el poder más de año y medio? Los triunfos pasajeros de las tropas rusas surtieron, indudablemente, su efecto, reforzando la benéfica lluvia de oro. Cierto es que los triunfos en el frente se acabaron pronto, pero en el interior del país los beneficios seguían viento en popa. Sin embargo, la causa principal de que se consolidase la monarquía por una temporada, doce meses antes de sobrevenir su derrumbamiento, residía en la aguda diferenciación del descontento popular. El jefe de la Ocrana de Moscú daba cuenta de cómo la burguesía evolucionaba hacia la derecha empujada por «el miedo ante la posibilidad de que después de la guerra se produjesen revueltas revolucionarias». Como vemos, la posibilidad de una revolución en plena guerra se daba por descartada. Los industriales andaban, además, inquietos por los «coqueteos» de algunos de los directores de los comités industriales de guerra con el proletariado. El coronel de gendarmes Martínov, que, por lo visto, no había perdido el tiempo leyendo por deber profesional las obras marxistas, llegaba a la conclusión de que la mejora relativa experimentada por la situación política del país se debía a «la diferenciación cada vez más acentuada de las clases sociales, en la que se ponen al descubierto de un modo vivo y cada vez más insensible, en los tiempos que corren, los conflictos planteados entre sus intereses».

La disolución de la Duma en septiembre de 1915 fue un reto lanzado a la burguesía y no a los obreros. Y sin embargo, mientras los liberales se volvían a sus casas vitoreando al zar, aunque, a decir verdad, sin gran entusiasmo, los obreros de Petrogrado y Moscú contestaban al reto con huelgas de protesta. Esto acabó de desalentar a los liberales, que a los más que temían era a que un tercero en discordia se entrometiera en su pleito familiar con la monarquía. ¿Qué posición debían adoptar? Los liberales, con unos cuantos gruñidos tímidos del ala izquierda, optaron por la solución acreditada: no salirse de la legalidad y revelar la inutilidad de la burocracia cumpliendo estrictamente con sus deberes patrióticos. Desde luego, no había más remedio que dejar a un lado, por el momento, la lista de un ministerio liberal.

Entretanto, la situación iba empeorando automáticamente. En mayo de 1916 fue convocada a otra vez la Duma, aunque, a decir verdad, nadie sabía para qué. No entraba en sus intenciones, ni por asomo, hacer un llamamiento a la revolución. Y no siendo así, no pintaba ningún papel. «Durante este período -recuerda Rodzianko- las sesiones se desarrollaban perezosamente, los diputados asistían a ellas con irregularidad... La eterna lucha parecía no tener ningún sentido, el gobierno no quería oír nada, el desorden crecía y el país caminaba hacia el precipicio.» En el transcurso de 1916 la monarquía halló un poco de apoyo social en el miedo de la burguesía a la revolución, unido a la impotencia de la burguesía sin revolución.

En otoño, la situación se agravó más aún. Ahora todo el mundo estaba convencido de que era inútil proseguir la guerra, y la indignación de las masas populares amenazaba con desbordarse a cada momento. Los liberales, al mismo tiempo que atacaban al partido palatino por su «germanofilia», creían necesario tantear las posibilidades de paz, preparando así su porvenir. Sólo de este modo se explican las negociaciones celebradas en Estocolmo, en el otoño de 1916, por uno de los jefes del «bloque progresivo», el diputado Protopopov, con el diplomático alemán Warburg. La delegación de la Duma, que hizo sendas visitas de amistad a los franceses y a los ingleses, pudo convencerse sin esfuerzo, lo mismo en París que en Londres, de que los queridos aliados estaban dispuestos a sacar a Rusia, mientras durase la guerra, el mayor jugo vital posible, para después de la victoria convertir a este país atrasado en terreno propicio para su explotación económica. La vieja Rusia, deshecha y a remolque de los aliados victoriosos, hubiera vivido una existencia colonial. A las clases poseedoras rusas no les quedaba más recurso que pugnar por desprenderse de aquellos abrazos excesivamente apretados de la «Entente» y buscar por su cuenta un camino que les llevase a la paz, aprovechándose del antagonismo que reinaba entre los dos bandos más poderosos. La entrevista del presidente de la delegación de la Duma con el diplomático alemán, primer paso dado en este sentido, quería ser, además, una amenaza para los aliados, con el fin de coaccionarlos a hacer concesiones, y un tanteo de la posibilidad de establecer una inteligencia con Alemania. Protopopov no sólo obraba de acuerdo con la diplomacia zarista -la entrevista se celebró en presencia del embajador ruso en Suiza-, sino que su gestión iba avalada por toda la delegación de la Duma nacional. De paso, los liberales perseguían un objetivo interior no menos importante: «Confía en nosotros -daban a entender al zar- y le conseguiremos una paz por separado, mejor y más firme que Sturmer.» Según los planes de Protopopov, es decir, de sus mandantes, el gobierno ruso debería notificar a los aliados, «con algunos meses de anticipación», que se veía obligado a poner fin a la guerra, y que si ellos se negaban a entablar negociaciones de paz, Rusia tendría que firmar un armisticio por separado con Alemania. En una confesión escrita ya después de la revolución, Protopopov dice, como si hablase de una cosa muy natural: «Toda la gente razonable del país, incluyendo a casi todos los líderes del partido de la «libertad del pueblo» (5), estaban persuadidos de que Rusia no se hallaba en condiciones de continuar la guerra.»

El zar, a quien Protopopov, a su regreso, dio cuenta del viaje y del resultado de sus negociaciones, mostróse en absoluto conforme con la idea de una paz por separado. Lo que no veía era que hubiese ningún motivo para asociar a los liberales a la empresa. El que Protopopov, rompiendo -dicho sea de paso- con el bloque progresivo, entrase de pronto a formar parte de la camarilla palaciega, tenía su explicación en el carácter personal de ese necio vanidoso, enamorado, según propia declaración, del zar, de la zarina, y, al mismo tiempo, de la cartera de ministro de Hacienda, que se le caía del cielo cuando menos la esperaba. Pero este episodio de la traición cometida por Protopopov contra el liberalismo no hizo variar en un ápice el sentido general que informaba la política exterior de los liberales, mezcla de codicia, cobardía y felonía.

El 1 de noviembre volvió a reunirse la Duma. La tensión reinante en el país era ya insoportable; todo el mundo esperaba que la Duma tomase alguna resolución decisiva. Era preciso hacer o, por lo menos, decir algo. El «bloque progresivo» viose obligado a recurrir nuevamente a los ritos parlamentarios. Miliukov, enumerando desde la tribuna los principales actos del gobierno, los glosaba una y otra vez con esta pregunta: «¿Es imbecilidad o es traición?» Hubo también otros diputados que dieron la nota alta. El gobierno no encontró apenas defensores, pero contestó a su modo: prohibiendo que los discursos pronunciados en la Duma fueran publicados por la prensa. Por esta razón hubieron de imprimirse en tiradas aparte, distribuyéndose por millones de ejemplares. Apenas había oficina pública, lo mismo en el interior del país que en el frente, donde no se copiasen estos discursos, muchas veces con interpolaciones y añadidos, a tono con el temperamento del copista. La resonancia de los debates del 1 de noviembre en todo el país fue tal que asustó a los propios acusadores.

Un grupo de elementos de la extrema derecha, burócratas de raza, inspirados por Durnovo, el pacificador de Moscú en la revolución de 1905, dio al zar una nota que era en aquellos momentos todo un programa. El ojo avezado de aquellos funcionarios expertos que habían cursado en una escuela policiaca seria, no dejó de percibir el peligro, y si su receta no dio resultado, fue únicamente porque para la dolencia que sufría el viejo régimen no había cura. Los autores de la nota se pronunciaban en contra de toda concesión a la oposición burguesa, no porque los liberales quisieran ir demasiado lejos, como pensaban las vulgares «centenas negras», a los que miraban por encima del hombro los reaccionarios de las altas esferas gubernamentales; no, sino porque los liberales «son tan débiles, se hallan tan divididos y, digámoslo francamente, son tan ineptos, que su triunfo sería tan efímero como inconsistente». La debilidad del partido principal de la oposición, el «demócrata constitucional» (kadetes) -seguía diciendo la nota-, se revelaba ya en su mismo nombre: se titulaba demócrata, siendo como era burgués por esencia; hallándose como se hallaba en buena parte integrado por terratenientes liberales, inscribía en su programa el rescate obligatorio de las tierras. «Si se les quitan esas cartas tomadas de las barajas de otro -escribían los consejeros secretos del zar, usando las imágenes que les eran habituales-, los kadetes quedan reducidos a una asociación numerosa de abogados, profesores y funcionarios liberales de los distintos departamentos del Estado.» Los revolucionarios eran ya otra cosa. La nota reconoce, aunque rechinando los dientes, la importancia de los partidos revolucionarios : «El peligro y la fuerza de estos partidos consiste en que tienen una idea, dinero[!], y masas bien dispuestas y organizadas.» Los partidos revolucionarios «pueden contar con las simpatías de una mayoría aplastante de campesinos, que seguirán al proletariado tan pronto como los caudillos revolucionarios apunten a las tierras de los señores». ¿Qué se conseguiría, en estas condiciones, con instaurar un ministerio responsable? «La desaparición completa y definitiva del partido de las derechas, la absorción paulatina de los partidos intermedios: centro, conservadores, liberales, octubristas y progresistas, por el partido de los kadetes, que, de este modo, adquiriría, por fin, una importancia decisiva dentro del plan. Pero pronto los kadetes se verían amenazados por la misma suerte... ¿Y luego, qué? Pues luego entrarían en acción las masas revolucionarias, sería llegado el momento de la Comuna, caería la dinastía, se derrumbarían las clases poseedoras y, por fin, entraría en escena el bandido campesino.» No se puede negar que, en estas líneas, el récord reaccionario policiaco se remonta hasta alturas de singular sagacidad.

En cuanto a las medias propuestas, el programa de la nota no es nuevo pero sí consecuente: un gobierno integrado de partidarios implacables de la autocracia; supresión de la Duma; declaración del estado de sitio en las dos capitales; aprontamiento de fuerzas para sofocar la rebelión. En el fondo, no fue otro el programa que sirvió de base a la política del gobierno durante los últimos meses que precedieron a la revolución. Mas la eficacia de este programa presuponía una fuerza que Durnovo había tenido en sus manos en el invierno de 1905 pero que ya no existía en el otoño de 1917. Por eso, la monarquía no tenía más remedio que hacer todo lo posible por estrangular al país por debajo de cuerda y hacerlo pedazos. El ministerio fue renovado, dándose entrada a hombres de confianza incondicionalmente adictos al zar y a la zarina. Pero estos hombres «de confianza», y el primero de todos el tránsfuga Protopopov, era nulidades lamentables. La Duma no fue disuelta, sino que volvieron a suspenderse sus sesiones. Las declaraciones del estado de sitio en Petrogrado se aplazó hasta el instante en que ya la revolución se vieron arrastradas automáticamente al campo rebelde. Todo esto se puso de manifiesto ya a los dos o tres meses.

Entretanto, el liberalismo hacía los últimos esfuerzos desesperados por salvar la situación. Todas las organizaciones de la gran burguesía apoyaron los discursos pronunciados en noviembre por la oposición desde la tribuna de la Duma con una serie de declaraciones. La más insolente fue la resolución votada el 9 de diciembre por la «Unión de Municipios Urbanos»: «Unos cuantos criminales irresponsables, unos cuantos fanáticos, quieren llevar a Rusia al desastre, a la ignonimia y a la esclavitud.» En este mensaje se invitaba a la Duma nacional a «que no se disolviese sin antes conseguir la formación de un gobierno responsable». Hasta el propio Consejo de Estado, órgano de la alta burocracia y de la gran propiedad, se mostró partidario de que fueran llamados al poder hombres que gozaran de la confianza del país. En el mismo sentido se pronunció el Congreso de la nobleza: las piedras venerables cubiertas de musgo rompieron a hablar. Pero todo siguió igual. La monarquía se resistía a soltar los restos del poder que aún tenía en las manos.

La última legislatura de la última Duma fue convocada, tras muchas vacilaciones y aplazamientos, para el 14 de febrero de 1917. Faltaban menos de dos meses para estallar la revolución. Todo el mundo esperaba manifestaciones en las calles. En el Reich, órgano de los kadetes, aparecía junto al bando del gobernador militar de la región de Petrogrado, general Jabalov, declarando prohibido todo género de manifestaciones, una carta de Miliukov en que se ponía en guardia a los obreros contra los «consejos malévolos y peligrosos», de «origen turbio». A pesar de las huelgas, las sesiones de la Duma se abrieron con relativa tranquilidad. Simulando que la cuestión del poder había dejado de interesarle, la Duma se consagró a un problema muy grave en verdad, pero puramente práctico: las subsistencias. El estado de espíritu de los diputados era de abatimiento, había de decidir más tarde Rodzianko: «se notaba la impotencia de la Duma, el cansancio producido por aquella lucha estéril». Y Miliukov repetía que el bloque progresivo «actuaría con la palabra y sólo con la palabra». En estas condiciones fue como la Duma se vio arrastrada por el torbellino de la Revolución de Febrero.


(1) Llámase «comprador» al comerciante indígena que sirve de intermediario entre el capital extranjero y el mercado chino. [NDT.]

(2) Partido de los «demócratas constitucionales».K.D. son las iniciales rusas de donde viene el nombre de kadetes. [NDT.]

(3) Literalmente, «laboristas», bloque formado por los diputados campesinos socialrevolucionarios e intelectuales radicales. [NDT.]

(4) Partido de la gran burguesía de derecha, formado a fines de 1905. [NDT.]

(5) Partido de los demócratas constitucionales o kadetes. [NDT.]



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