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Capítulo IX (Tomo II)

Capítulo IX: La sublevación de Kornilov

Ya a principios de agosto, Kornílov había dado orden de que la división "salvaje" y el tercer cuerpo de Caballería fueran trasladados del frente suroccidental a la zona del triángulo ferroviario Nevel-Novosokolniki-Velikie Luki, que con el pretexto de tener dispuestas reservas para la defensa de Riga, ofrecía una cómoda base para el ataque contra Petrogrado. En aquel entonces, el generalísimo en jefe había dado asimismo orden de concentrar una división cosaca en la región comprendida entre Viborg y Bieloostrov; a ese puño levantado sobre la cabeza misma de la capital -¡de Bieloostrov a Petrogrado no hay más que treinta kilómetros!- se le daba la apariencia de reserva para posibles operaciones en Finlandia. Por tanto, ya con anterioridad a la conferencia de Moscú, se habían movilizado para el ataque contra Petrogrado las cuatro divisiones de Caballería, que eran consideradas como las más eficaces para la lucha contra los bolcheviques. Con respecto a la división del Cáucaso, entre la gente de Kornílov se decía sencillamente: "A los montañeses les es igual a quién han de degollar." El plan estratégico era muy sencillo. Tres divisiones, procedentes del Sur, serían transportadas en ferrocarril hasta Tsarskoie-Selo, Gachina y Krasnoie-Selo, desde donde se las mandaría a la capital, con el fin de que ocuparan la parte meridional de la misma, avanzando por la orilla izquierda del Neva "al recibirse la noticia de que se han iniciado los desórdenes en Petrogrado y no más tarde de la mañana del primero de septiembre". La división que se hallaba en Finlandia, debía ocupar simultáneamente la parte norte de la capital.

Por medio de la asociación de oficiales, Kornílov se puso en contacto con las sociedades patrióticas de Petrogrado, las cuales, según decían ellas mismas, disponían de 2.000 hombres perfectamente armados, pero que tenían necesidad de oficiales expertos. Kornílov prometió mandarles jefes del frente, so pretexto de que salían con licencia. Para observar el estado de ánimo de los obreros y soldados de la capital y la actividad de los revolucionarios, se creó un contraespionaje secreto, al frente del cual se puso el coronel de la división "salvaje". Heiman. La cosa se hizo dentro del marco de los reglamentos militares: el complot disponía de los servicios técnicos del Cuartel general.

La conferencia de Moscú no hizo más que dar alientos a Kornílov para que llevase adelante sus planes. Verdad es que Miliukov, según él mismo nos cuenta, había recomendado que no se llevara prisa, pues, a juicio suyo, Kerenski gozaba todavía de popularidad en provincias. Pero semejante consejo no podía ejercer influencia alguna sobre el desmandado general; al fin y al cabo, no se trataba de Kerenski, sino de los soviets; además, Miliukov no era un hombre de acción, sino un hombre civil y, lo que era peor aún, catedrático. Los banqueros, los industriales, los generales cosacos, metían prisa. Los metropolitas daban su bendición. El ayudante Zavoiko respondía del éxito. Llegaban telegramas de salutación de todas partes. La diplomacia aliada tomaba una participación activa en la movilización de las fuerzas contrarrevolucionarias. Sir Buchanan tenía en sus manos muchos de los hilos del complot. Los representantes militares aliados cerca del Cuartel general, manifestaban sus mejores sentimientos. "El representante británico -atestigua Denikin- lo hizo en forma particularmente conmovedora." Detrás de los embajadores estaban sus respectivos gobiernos. Svatikov, comisario del gobierno provisional en el extranjero, comunicaba desde París, en telegrama del 23 de agosto, que durante las audiencias de despedida, el ministro de Estado, Ribot "se había interesado extraordinariamente por saber cuál de las personas que rodeaban a Kerenski podía ser considerada como hombre firme y enérgico", y el presidente Poincaré "hizo muchas preguntas sobre... Kornílov". El Cuartel general estaba enterado de todo esto. Kornílov no veía motivo alguno para aplazar las cosas y esperar. Hacia el 20, hizo avanzar dos divisiones de Caballería en dirección a Petrogrado. El día de la caída de Riga, fueron llamados al Cuartel general cuatro oficiales de cada uno de los regimientos del ejército, unos cuatro mil en total, "para estudiar los morteros británicos". A los de más confianza se les dijo inmediatamente que se trataba de aplastar de una vez para siempre al "Petrogrado bolchevista". Ese mismo día, desde el Cuartel general se dio orden de entregar con urgencia a las divisiones de Caballería unos cuantos cajones de grandas de mano, excelentes para los combates en las calles. "Se convino -dice el jefe de Estado Mayor, Lukomski- que todo debía estar a punto para el 26 de agosto."

Al acercarse a Petrogrado las tropas de Kornílov, la organización existente en la capital "debe entrar en acción, ocupar el Instituto Smolni y procurar detener a los jefes bolchevistas". Verdad es que éstos hacían su aparición en el Smolni sólo para asistir a las sesiones; en cambio, allí estaba, con carácter permanente, el Comité ejecutivo, el cual proporcionaba ministros y seguía considerando a Kerenski como vicepresidente. Pero en una gran empresa no es posible, ni necesario, fijarse en los matices. En todo caso, Kornílov no se preocupaba de ello. "Ya es hora -decía a Lukomski- de ahorcar a los agentes y espías alemanes, capitaneados por Lenin, y disolver el Soviet de obreros y soldados, pero disolverlo en forma tal que no tenga la posibilidad de reunirse en ningún sitio." Kornílov decidió, resueltamente, confiar la dirección de las operaciones a Krimov, que gozaba entre los suyos fama de general audaz y decidido. "Krimov estaba entonces alegre, lleno de optimismo -dice Denikin- y miraba confiado al porvenir." En el Cuartel general confiaban en Krimov. "Estoy persuadido -decía Kornílov hablando de él- de que, si es necesario, no vacilará en ahorcar a todo el Soviet de obreros y soldados." La elección de ese general "alegre y optimista", no podía ser, por consiguiente, más acertada.

Cuando estos trabajos, que distraían un tanto de la preocupación del frente alemán, se hallaban en su apogeo, llegó al cuartel general Savinkov, a fin de precisar el acuerdo estipulado, introduciendo en el mismo algunas modificaciones secundarias. Para asestar el golpe al enemigo común, Savinkov señaló la fecha que Kornílov había fijado ya hacía tiempo para la acción contra Kerenski: el día en que se cumplían los seis meses de la revolución. A pesar de que el plan del golpe de Estado tenía dos aspectos, ambas partes aspiraban a operar con los elementos comunes de dicho plan: Kornílov, para disimular sus verdaderas intenciones; Kerenski, para sostener las propias ilusiones. La proposición de Savinkov no podía caer mejor en el Cuartel general: el mismo gobierno tendió la cabeza; Savinkov se disponía a tirar del lazo. Los generales del Cuartel general se frotaron las manos de gusto: "¡Ya pican!", decían, como los pescadores afortunados.

Kornílov se decidió a hacer concesiones con tanta mayor facilidad, cuanto que nada le costaban. ¿Qué importancia tenía que la guarnición de Petrogrado no estuviera subordinada al Cuartel general, si las tropas de Kornílov entraban en la ciudad? Después de aceptar las otras dos condiciones, Kornílov las violó inmediatamente: la división "salvaje" fue colocada en la vanguardia y Krimov se encargó de dirigir toda la operación. Kornílov no consideraba necesario sacudirse los mosquitos.

Los bolcheviques discutían abiertamente las cuestiones fundamentales de su táctica: un partido de masas no puede obrar de otro modo. El gobierno y el Cuartel general no podían dejar de saber que los bolcheviques procuraban evitar la acción. Pero de la misma manera que el deseo es padre del pensamiento, la necesidad política se convierte en madre de la previsión. Todas las clases dirigentes hablaban de la insurrección inminente, porque ésta les era absolutamente necesaria. La fecha de la insurrección, ora la adelantaban, ora la atrasaban de unos días. El Ministerio de la Guerra, es decir, Savinkov -comunicaba la prensa-, se preocupaba "muy en serio" de la acción inminente. El Riech decía que la iniciativa de la acción la tomaba sobre sí la fracción bolchevista del Soviet de Petrogrado. Como político, Miliukov estaba tan comprometido en la cuestión del pretendido levantamiento de los bolcheviques, que ha considerado como una cuestión de honor sostener esta versión asimismo en calidad de historiador. "En los documentos del contraespionaje, publicados posteriormente -dice-, las nuevas asignaciones de dinero alemán para la "empresa de Trotsky", se refieren a esa época." Junto con el contraespionaje ruso, el sabio historiador se olvida de que Trotsky, al que el Estado Mayor alemán, para mayor comodidad de los patriotas, llamaba por su nombre, "precisamente en esa época" -desde el 23 de julio hasta el 4 de septiembre- se hallaba en la cárcel. El hecho de que el eje de la Tierra no sea más que una línea imaginaria, no impide, como es sabido, que la Tierra dé vueltas alrededor de ese eje. De la misma manera, la operación de Kornílov giraba en torno al imaginario levantamiento de los bolcheviques como en torno a su eje. Esto era más que suficiente para el período preparatorio. Pero para el desenlace se necesitaba algo más material.

Uno de los dirigentes del complot militar, el oficial Vinberg, en sus interesantes Memorias, que ponen al descubierto lo que pasaba entre bastidores, confirma plenamente las indicaciones de los bolcheviques, relativas a la amplia labor realizada por la provocación militar. Miliukov, bajo el peso de los hechos y de los documentos, se ha visto obligado a reconocer "que las sospechas de los círculos de extrema izquierda eran justas, la agitación en las fábricas formaba, indudablemente, parte del plan que debían ejecutar las organizaciones oficiales" Pero tampoco esto sirvió de nada: los bolcheviques -se lamenta el mismo historiador- decidieron "no hacer el juego"; las masas no se disponían a entrar en acción sin los bolcheviques. Sin embargo, este obstáculo había sido tenido en cuenta en el plan y, por decirlo así, salvado de antemano. El "Centro republicano", como se llamaba el órgano directivo de los conspiradores, en Petrogrado, decidió sencillamente reemplazar a los bolcheviques; para ello, se encargó al coronel de cosacos Dutov que simulase un levantamiento revolucionario. En enero de 1918, Dutov, a la pregunta de sus amigos políticos: "¿Qué debía ocurrir el 28 de agosto de 1917?", contestó textualmente lo que sigue: "Entre el 28 de agosto y el 2 de septiembre, yo debía emprender una acción que habría de aparecer como preparada por los bolcheviques." Todo había sido previsto. No en vano habían participado en la elaboración del plan oficiales del Estado Mayor.

Kerenski, por su parte, después del regreso de Savinkov de Mohilev, se inclinaba a considerar que todo equívoco había sido eliminado y que el Cuartel general se adhería completamente a su plan. "Hubo momentos -dice Stankievich- en que todos los personajes creían, no sólo que obraban en una misma dirección, sino incluso que tenían una idea idéntica del método de acción." Esos felices momentos no duraron mucho. Intervino en la cosa la casualidad, que, como todas las casualidades históricas, abrió la válvula de la necesidad. Se presentó a Kerenski el octubrista Lvov, miembro del primer gobierno provisional, el mismo Lvov, que en calidad de expansivo procurador del Santo Sínodo, había dicho que en la mencionada institución no había más que "idiotas y bribones". El destino le había confiado la misión de evidenciar que, bajo la apariencia de un plan único, había dos planes, uno de los cuales iba dirigido contra el otro.

Como político sin trabajo, pero verboso, Lvov había tomado parte en las interminables conversaciones sobre la transformación del régimen y la salvación del país que tenían lugar, ora en el Cuartel general, ora en el palacio de Invierno. En esta ocasión, se presentó proponiendo su mediación con el fin de transformar el gabinete sobre la base de los principios nacionales y, además, intimidó a Kerenski con los truenos y relámpagos del Cuartel general, descontento. El presidente del Consejo de ministros, alarmado, decidió utilizar a Lvov para comprobar lo que pasaba en el Cuartel general y, al mismo tiempo, saber cuáles eran las verdaderas intenciones de su cómplice Savinkov. Kerenski manifestó sus simpatías por una política orientada en el sentido de la dictadura, lo cual no era una hipocresía, y estimuló a Lvov para que siguiera desempeñando su papel de mediador, lo cual era una astucia de guerra.

Cuando Lvov se presentó nuevamente en el Cuartel general, agobiado ya con los poderes que le había confiado Kerenski, los generales vieron en su misión la prueba de que el gobierno estaba a punto de capitular. Todavía la víspera se comprometía Kerenski, por mediación de Savinkov, a realizar el programa de Kornílov con ayuda de un cuerpo de cosacos; hoy, Kerenski propone ya al Cuartel general modificar el régimen de común acuerdo. Los generales decidieron acertadamente que era preciso apretar más las clavijas; Kornílov dijo a Lvov, que teniendo en cuenta que el levantamiento preparado por los bolcheviques perseguía como fin "el derrocamiento del gobierno provisional, la firma de la paz con Alemania y la cesión a la misma de la escuadra del Báltico por los bolcheviques", no quedaba otra salida que "la entrega inmediata del poder por el gobierno provisional al generalísimo en jefe". Kornílov añadió a esto: "Sea quien sea el que desempeñe este cargo." Pero, por su parte , no se disponía a ceder su puesto a nadie. Su inamovilidad había sido de antemano fijada por el juramento de los Caballeros de San Jorge, la asociación de oficiales y el consejo de las tropas cosacas. Para proteger a Kerenski y a Savinkov contra los bolcheviques, Kornílov pidió con insistencia que residieran en el Cuartel general bajo la salvaguardia de su defensa personal. El ayudante Zavoiko dio a entender a Lvov, de un modo inequívoco, en qué consistiría precisamente esa defensa.

A su regreso a Moscú, Lvov intentó calurosamente, como "amigo", persuadir a Kerenski de que accediera a la proposición de Kornílov, "para salvar la vida de los miembros del gobierno provisional, y, principalmente, la suya propia". Kerenski no podía dejar de comprender, por fin, que el juego político de la dictadura tomaba un carácter muy serio y podía terminar de un modo muy desfavorable. Decidido a obrar, llamó ante todo a Kornílov al aparato, con el fin de comprobar si Lvov había transmitido fielmente su encargo. Kerenski formulaba sus preguntas no sólo en nombre suyo, sino en el de Lvov, a pesar de que éste no asistía a la conversación. Este procedimiento -observa Martínov-, adecuadísimo para un policía no era, naturalmente, muy decoroso para un jefe de gobierno." Kerenski, al día siguiente, hablaba al Cuartel general de su viaje en compañía de Savinkov como de cosa resuelta. Todo el diálogo, sostenido por hilo directo, parece inverosímil; el jefe democrático del gobierno y el general "republicano" hablan de cederse mutuamente el poder como si se tratara de un sitio en el coche-cama.

Miliukov tiene razón de sobra cuando no ve en la exigencia de Kornílov de que se le entregara el poder más que "la continuación de las negociaciones sostenidas abiertamente desde hacía mucho tiempo sobre la dictadura la reorganización del régimen, etc." Pero Miliukov va demasiado lejos cuando, fundándose en esto, intenta presentar las cosas como si en el fondo no hubiera existido complot alguno por parte del Cuartel general. Es indudable que Kornílov no hubiera podido formular sus exigencias a través de Lvov de no haber andado previamente en tratos con Kerenski. Pero esto no impide que Kornílov encubriera su propio complot con el complot común. Mientras Kerenski y Savinkov se disponían a librarse de los bolcheviques y, en parte, de los soviets, Kornílov se proponía librarse asimismo del gobierno provisional. Esto era, precisamente, lo que no quería Kerenski.

El 26, por la tarde, el Cuartel general pudo, en efecto, creer durante algunas horas que el gobierno capitulaba sin lucha. Pero esto no significaba que no hubiera complot, sino únicamente que éste se hallaba cerca de la victoria. Un complot triunfante encuentra siempre modo de legalizarse. "Vi al general Kornílov después de esta conversación", dice el príncipe Trubetskoi, diplomático que representaba al Ministerio de Estado cerca del Cuartel general. "Un suspiro de satisfacción se escapó de su pecho, y a mi pregunta: -"Es decir, ¿que el gobierno acoge en un todo sus planes?", contestó: -"Sí." Kornílov se equivocaba. Precisamente, a partir de aquel momento, el gobierno, en la persona de Kerenski, dejaba de favorecer sus propósitos.

Es decir, ¿que el Cuartel general tenía sus planes? ¿Que se trataba, no de la dictadura en general, sino de la de Kornílov? ¿Que a él, a Kerenski, como una burla, se le ofrecía el cargo de ministro de Justicia? Kornílov cometió en efecto, la imprudencia de hacer una alusión en este sentido a Lvov. Kerenski, confundiéndose a sí mismo con la revolución, gritó al ministro de Hacienda, Nekrasov: "La revolución no se la cederé." El desinteresado amigo de Lvov fue detenido inmediatamente y pasó una noche de insomnio en el palacio de Invierno, con dos centinelas al lado, mientras escuchaba, rechinando los dientes, cómo "de la otra parte del muro, en la habitación de Alejandro III, situada al lado, Kerenski, triunfante, alborozado por la marcha feliz que tomaban sus cosas, cantaba sin cesar arias de ópera." En esas horas, Kerenski se sentía lleno de energía.

En aquellos días, Petrogrado vivía en una doble zozobra. La tensión política, exagerada deliberadamente por la prensa, amenazaba estallar. La caída de Riga hacía que se acercase el frente. La cuestión de la evacuación de la capital, planteada ya por los acontecimientos de la guerra mucho antes de la caída de la monarquía, adquiría ahora un carácter más agudo. La gente acomodada abandonaba la ciudad. El éxodo de la burguesía obedecía mucho más al miedo a una nueva insurrección que ante la invasión del enemigo. El 26 de agosto, el Comité central del partido bolchevique repitió de nuevo: "Gente sospechosa... realiza una agitación provocativa en nombre de nuestro partido." Los órganos directivos del Soviet de Petrogrado, de los sindicatos y de los comités de fábrica declaraban aquel mismo día: "Ninguna organización obrera, ningún partido político exhorta a hacer manifestación alguna. Sin embargo, los rumores relativos al derrocamiento del gobierno no cesaron ni un instante en todo el día siguiente." En los círculos gubernamentales -comunicaba la prensa- se habla de la resolución tomada unánimemente de aplastar toda tentativa de acción." Incluso se habían tomado medidas para provocar esta última antes de sofocarla.

En los periódicos de la mañana del 27, no sólo se decía aún nada de los propósitos del Cuartel general, sino que, por el contrario, Savinkov, en una entrevista, aseguraba que "el general Kornílov goza de la confianza absoluta del gobierno provisional". El día en que se cumplían seis meses de la revolución, transcurrió en general de un modo extraordinariamente tranquilo. Los obreros y los soldados evitaban todo lo que pudiera parecerse a una manifestación. La burguesía, temiendo disturbios, no se había movido de sus casas. Las calles estaban desiertas. La gente se olvidó incluso de las tumbas de las víctimas de febrero en el campo de Marte.

En la mañana del esperado día, que debía señalar la salvación del país, el generalísimo en jefe recibió la orden telegráfica del presidente del Consejo de ministros de resignar el cargo de jefe de Estado Mayor y ponerse inmediatamente en camino para Petrogrado. Las cosas tomaron inmediatamente un giro completamente imprevisto. El general comprendió, según sus propias palabras, "que se llevaba un doble juego". Hubiera podido decir con más derecho que se había descubierto su propio doble juego. Kornílov decidió no ceder. Las exhortaciones hechas por Savinkov por hilo directo no surtieron efecto alguno. "Obligado a entrar en acción abiertamente -decía el generalísimo en el manifiesto dirigido al pueblo-, yo, el general Kornílov, declaro que el gobierno provisional, bajo la presión de la mayoría bolchevista de los soviets, obra de completo acuerdo con los planes del Estado Mayor alemán, y que, con miras al próximo desembarco de fuerzas enemigas en la orilla de Riga, destruye el ejército y perturba al país desde el interior." Kornílov, que no desea ceder el poder a los traidores, "prefiere morir en el campo del honor y de la lucha". Miliukov, hablando posteriormente del autor de este manifiesto, decía con un matiz de admiración, que era "un hombre decidido, que no reconoce ninguna sutileza jurídica y que marcha sin vacilar hacia el objetivo que considera justo". En efecto, a ese generalísimo que sacaba las tropas del frente para derrocar el propio gobierno, no se le puede acusar de predilección por las "sutilezas jurídicas".

Kerenski destituyó a Kornílov por sí y ante sí. En aquel momento, el gobierno provisional no existía ya. El día 26, por la noche, los señores ministros habían presentado la dimisión, la cual, por una feliz coincidencia de circunstancias, respondía a los deseos de todos. Unos días antes de la ruptura del Cuartel general con el gobierno, el general Lukomski decía a Lvov, por mediación de Aladlin: "No estaría mal advertir a los kadetes que se retiraran todos del gobierno provisional en vísperas del 27 de agosto, con el fin de poner en un aprieto al gobierno y, al mismo tiempo, evitar disgustos." Los kadetes se apresuraron a tomar buena nota de esta recomendación. Por otra parte, el propio: Kerenski declaró al gobierno que consideraba posible luchar contra la sublevación de Kornílov "sólo a condición de que se le conceda a él personalmente la integridad del poder". Los demás ministros no parecía sino que sólo esperasen un pretexto tan feliz para presentar la dimisión. La coalición fue sometida, pues, una vez más, a prueba. "Los ministros del partido de los kadetes -dice Miliukov- declararon que en aquel momento presentaban la dimisión, sin que esto significara que resolvieran de antemano la cuestión de su participación futura en el gobierno provisional." Fieles a su tradición, querían esperar al margen los días de lucha, a fin de tomar resoluciones según fuera el resultado de la contienda. No teman la menor duda de que los conciliadores les conservarían intactos sus puestos. Los kadetes, si bien se habían echado encima toda responsabilidad, tomaron parte después, junto con los demás ministros dimisionarios, en una serie de reuniones del gobierno, que tenían un "carácter privado". Los dos campos que se preparaban para la guerra civil se agrupaban "privadamente" alrededor del jefe del gobierno, investido de todas las atribuciones posibles, pero no del poder efectivo.

En el telegrama de Kerenski, recibido en el Cuartel general, en el cual se decía: "Retened y mandad a sus puntos primitivos a todas las fuerzas mandadas a Petrogrado y a su región." Kornílov escribió: "No cumplir esta orden, mandad las fuerzas en dirección a Petrogrado." La sublevación tomaba, por consiguiente, un carácter bien definido. Tres divisiones de Caballería se dirigían por la vía férrea hacia la capital.

En la proclama dirigida por Kerenski a las tropas de Petrogrado, se decía: "El general Kornílov, que ha proclamado su patriotismo y su fidelidad al pueblo... ha tomado regimientos del frente... y los manda contra Petrogrado." Kerenski guarda silencio sensatamente sobre el hecho de que los regimientos hubieran sido sacados del frente, no sólo sabiéndolo él, sino a petición suya, para lanzarlos contra la misma guarnición, ante la que denunciaba ahora la perfidia de Kornílov. El generalísimo, naturalmente, tampoco se mordió la lengua. "Los traidores no están entre nosotros -se decía en su telegrama- sino en Petrogrado, donde por dinero alemán, con la complacencia criminal del gobierno, se ha vendido y se vende a Rusia." Así, la calumnia, contra los bolcheviques, se abría ahora nuevos caminos.

El buen humor que hacia cantar arias de ópera al presidente del Consejo de ministros dimisionario, se desvaneció rápidamente. La lucha con Kornílov, fuera el que fuera el giro que tomara, amenazaba con tener consecuencias gravísimas. "En la primera noche de la sublevación del Cuartel general -dice Kerenski-, en los círculos soviéticos militares y obreros de Petersburgo empezó a circular insistentemente el rumor de que Savinkov estaba complicado en el movimiento del general Kornílov." El rumor señalaba a Kerenski inmediatamente después de Savinkov, y no se equivocaba. Había que temer revelaciones más peligrosas en lo sucesivo.

"El 26 de agosto, a hora avanzada de la noche -cuenta Kerenski-, entró en mi despacho, muy excitado, el administrador del Ministerio de la Guerra. -Señor ministro -dijo Savinkov, dirigiéndose a mí-, le ruego que me detenga inmediatamente como cómplice del general Kornílov. Si tiene confianza en mí, le suplico me dé la posibilidad de mostrar al pueblo prácticamente que nada tengo de común con los sublevados... Como contestación a esas manifestaciones -prosigue Kerenski-, nombré inmediatamente a Savinkov general gobernador de Petersburgo, otorgándole amplias atribuciones para la defensa de la capital contra las tropas del general Kornílov." Es más: a ruegos de Savinkov, Kerenski nombró a Filonenko auxiliar suyo. Así, pues, tanto la sublevación como el sofocamiento de la misma no salían del círculo del "Directorio".

El precipitado nombramiento de Savinkov como general gobernador obedecía a la necesidad que sentía Kerenski de luchar por su propia conservación política; si Kerenski hubiera denunciado a Savinkov a los soviets, Savinkov hubiera denunciado inmediatamente a Kerenski. En cambio, al obtener de Kerenski, no sin extorsión, la posibilidad de legalizarse mediante una participación demostrativa en las acciones contra Kornílov, Savinkov debía hacer todo lo posible para justificar a Kerenski. El "general gobernador" era necesario, no tanto para luchar contra la contrarrevolución, cuanto para borrar las huellas del complot. La labor de los cómplices en este sentido empezó inmediatamente.

"A las cuatro de la madrugada del 28 de agosto -atestigua Savinkov-, volví, llamado por Kerenski, al palacio de Invierno, donde encontré al general Alexéiev y a Terechenko. Convinimos los cuatro que el ultimátum de Lvov no había pasado de ser una equivocación." El papel de intermediario en esa reunión tempranera lo desempeñó el nuevo "general gobernador". Miliukov dirigía las cosas entre bastidores. En el transcurso del día se presenta abiertamente en escena. Alexéiev, si bien decía que Kornílov tenía menos seso que un mosquito, pertenecía al mismo bando que él. Los conspiradores y sus comparsas hicieron la última tentativa para presentar todo lo ocurrido únicamente como "una mala interpretación"; esto es, para engañar a la opinión pública, a fin de salvar lo que se pudiera de su plan común. La división "salvaje", el general Krimov, las fuerzas de los cosacos, la negativa de Kornílov a renunciar al cargo, la marcha sobre la capital, todo esto no eran más que detalles de la "mala interpretación". Asustado por el mal cariz que la situación tomaba, Kerenski no gritaba ya: "¡La revolución no se la cederé!" Inmediatamente después del acuerdo con Alexéiev, se presentó a los periodistas que hacían información en el palacio de Invierno, y les pidió que suprimieran de todos los periódicos su proclama, en que declaraba traidor a Kornílov. Cuando se vio, por las contestaciones de los periodistas, que esto era técnicamente irrealizable, Kerenski exclamó: "Es lamentabilísimo." Este pequeño episodio, consignado en los periódicos del día siguiente, ilumina con incomparable claridad la figura del superárbitro de la nación metido en un callejón sin salida. Kerenski encarnaba tan a la perfección la democracia y la burguesía, que ahora aparecía simultáneamente como sumo representante del poder del Estado y como conspirador criminal contra el mismo.

En la mañana del 28, la ruptura entre el gobierno y el generalísimo supremo fue un hecho consumado ande la faz de todo el país. Inmediatamente intervino en la cosa la Bolsa. Esta, que había acogido el discurso de Kornílov en Moscú, en el que se esgrimía como amenaza la entrega de Riga, con una baja de los valores rusos, ante la noticia de la sublevación de los generales reaccionó con el alza de todos los valores. Con su cotización a la baja del régimen de febrero, la Bolsa expresó de un modo irreprochable, el estado de ánimo y las esperanzas de las clases poseedoras, a las que no quedaba la menor duda respecto a la victoria de Kornílov.

El jefe de Estado Mayor, Lukomski, al que había dado Kerenski, el día antes, orden de tomar sobre sí temporalmente el mando, contestó: "No considero posible aceptar el cargo del general Kornílov, pues eso produciría en el ejército una perturbación que causaría la ruina de Rusia." A excepción del generalísimo del Cáucaso, que, no sin retraso, había declarado su fidelidad al gobierno provisional, los demás generalísimos sostenían, en diferentes tonos, las exigencias de Kornílov. El comité de la asociación de oficiales, inspirado por los kadetes, dirigió el siguiente telegrama a todos los Estados Mayores del ejército y de la flota: "El gobierno provisional, que ha demostrado en distintas ocasiones su impotencia, ha mancillado ahora su nombre con una provocación, y no puede continuar al frente de Rusia ... " El presidente honorario de la asociación de oficiales era el propio Lukomski. En el Cuartel general se comunicó a Krasnov, nombrado jefe del tercer cuerpo de ejército, lo siguiente: "Nadie defenderá a Kerenski. Se trata sólo de un paseo. Está preparado todo."

El telegrama cifrado dirigido por el príncipe Trubetskoi, ya conocido de nosotros, al ministro de Estado, da una idea bastante fiel del optimismo de los dirigentes e inspiradores del complot: "Si se examina severamente la situación, hay que reconocer que todo el mando, la mayoría aplastante de la oficialidad y los mejores cuerpos de ejército, seguirán a Kornílov. En el interior, se pondrán a su lado todos los cosacos, la mayoría de las Escuelas militares y, asimismo, los mejores elementos del ejército. A la fuerza física hay que añadir... la simpatía moral de todos los sectores no socialistas de la población, y abajo... la indiferencia que se somete a todo latigazo. Es indudable que un número inmenso de socialistas de marzo se apresurará a ponerse al lado de Kornílov, en caso de que éste triunfe." Trubetskoi reflejaba, no sólo las esperanzas del Estado Mayor, sino también el estado de ánimo de las misiones aliadas. En el destacamento de Kornílov, que iba a la conquista de Petrogrado, había automóviles blindados ingleses, con personal asimismo inglés. El jefe de la misión militar inglesa en Rusia, general Nox, censuraba al coronel norteamericano Robins por el hecho de que éste no apoyara a Kornílov. "No siento interés alguno por el gobierno Kerenski -decía el general británico-, es demasiado débil; lo que hace falta es una dictadura militar, se necesita a los cosacos; este pueblo tiene necesidad del látigo. Lo que se impone aquí es una dictadura."

Todas estas voces llegaban al palacio de Invierno y ejercían un efecto fulminante sobre sus moradores. El éxito de Kornílov parecía inevitable. El ministro Nekrasov dijo a sus amigos que la causa estaba definitivamente perdida, y que no quedaba otro recurso que morir con honor. "Algunos líderes destacados del Soviet -afirma Miliukov-, presintiendo la suerte que les estaba reservada en caso de que triunfara Kornílov, se habían apresurado ya a hacerse con pasaportes para el extranjero."

A cada momento llegaban noticias, cada vez más amenazadoras, sobre la proximidad de las tropas de Kornílov. La prensa burguesa acogía esas noticias con avidez y las hinchaba, creando una atmósfera de pánico.

A las doce y media del día 28 de agosto, "un destacamento, mandado por el general Kornílov, se ha encontrado en las inmediaciones de Luga". A las dos y media de la tarde: "Han pasado por la estación de Oredeg diez nuevos trenes con tropas de Kornílov. A la cabeza del tren va un batallón ferroviario." A las tres: "La guarnición de Luga se ha rendido a las tropas del general Kornílov y ha entregado todas las armas. La estación y todos los edificios oficiales de Luga han sido ocupados por las tropas de Kornílov." A las seis de la tarde: "Dos trenes de tropas de Kornílov, procedentes de Narva, se hallan a media versta de Gachina. Otros dos trenes se hallan en camino de dicha población." A las dos de la madrugada del 29 de agosto: "En la estación de Antrochino (a 33 kilómetros de Petrogrado), se ha iniciado un combate entre las tropas gubernamentales y las de Kornílov. Hay bajas en ambos bandos." La misma noche llegó la noticia de que Kaledin amenazaba con dejar Petrogrado y Moscú incomunicados con el sur de Rusia.

El Cuartel general, los generalísimos de los frentes, la misión británica, la oficialidad, los trenes militares, los batallones ferroviarios, los cosacos, Kaledin, todas estas palabras resonaban en la sala de malaquita del palacio de Invierno como las trompetas del juicio final.

El mismo Kerenski lo reconoce así con las atenuaciones indispensables. "El 28 de agosto fue el día de más vacilaciones -dice-, de las mayores dudas respecto a la fuerza de los adversarios de Kornílov, y de mayor nerviosismo en el seno de la propia democracia." No es difícil imaginarse lo que se oculta tras estas palabras. El jefe del gobierno se torturaba pensando, no sólo cuál de los dos bandos sería el más fuerte, sino cuál de ellos debía causarle más temor. "No estamos con vosotros, con los de la derecha, ni con vosotros los de la izquierda." Estas palabras podían producir cierto efecto desde el escenario del teatro de Moscú. Traducidas al lenguaje de la guerra civil, que estaba a punto de estallar, significaban que Kerenski podía parecer innecesario tanto a la derecha como a la izquierda. "Todos nosotros -escribe Stankievich- estábamos materialmente agobiados por la desoladora impresión de que se estaba desarrollando un drama que iba a destruirlo todo. Del grado de aturdimiento que r¿ puede dar idea el hecho de que aun después de la ruptura pública entre el Cuartel general y el gobierno se hicieran tentativas de reconciliación..."

"La situación misma sugería la idea de la necesidad de una mediación", dice Miliukov, que prefería el papel de tercero. El día 28, por la tarde, se presentó en el palacio de Invierno para "aconsejar a Kerenski que renunciara al punto de vista estrictamente formal de la infracción de la ley". El jefe liberal, que comprendía la necesidad de distinguir la almendra de su cáscara, era, al mismo tiempo, la persona más indicada para desempeñar la función de intermediario leal. El 13 de agosto, el propio Kerenski había comunicado a Miliukov que la sublevación estaba señalada para el 27. Al día siguiente -el 14-, Miliukov exigió en su discurso, pronunciado en la Conferencia nacional, que "la inmediata adopción de las medidas indicadas por el generalísimo supremo no sirvieran de pretexto a sospechas, amenazas verbales, e incluso destituciones". Hasta el 27, Kornílov había de quedar fuera de toda sospecha. Al mismo tiempo, Miliukov ofrecía a Kerenski su apoyo "voluntario y sin condiciones"- Y aquí viene a pelo recordar el lazo corredizo que sostiene también sin "condiciones".

Por su parte, Kerenski reconoce que Miliukov, que se había presentado ofreciéndose como intermediario, "había elegido un momento muy oportuno para demostrarme que la fuerza real estaba de parte de Kornílov". La conversación terminó de un modo tan feliz, que Miliukov indicó a sus amigos políticos el nombre del general Alexéiev, contra el cual Kornílov no haría ninguna objeción, como sustituto de Kerenski. Alexéiev dio generosamente su conformidad.

Sucedió a Miliukov otro personaje más importante que él. Al atardecer, el embajador británico, Buchanan, entregó al ministro de Estado una declaración en la que los representantes de las potencias aliadas ofrecían unánimemente sus buenos servicios, "impelidos por sus sentimientos humanitarios y el deseo de evitar una calamidad irreparable". La mediación oficial entre el gobierno y el general sublevado no era más que un apoyo a la sublevación. Por vía de respuesta, Tereschenko expresó en nombre del gobierno provisional el "extraordinario asombro" producido por la sublevación de Kornílov, cuyo programa había sido aceptado en gran parte por el gobierno.

En su estado de soledad y postración, Kerenski no halló cosa mejor que organizar otra interminable conferencia con sus ministros dimisionarios. Precisamente mientras pasaba el tiempo de ese modo tan desinteresado, se recibieron las noticias más alarmantes sobre el avance de las tropas enemigas. Nekrasov suponía que "dentro de pocas horas, las tropas de Kornílov estarían ya seguramente en Petrogrado"... Los ex ministros empezaban a hacer conjeturas "sobre cómo debería reorganizarse el gobierno en tales circunstancias". De nuevo afloró a la superficie la idea de un Directorio. Fue acogida con simpatía, tanto por la derecha como por la izquierda, la iniciativa de incluir en el "Directorio" al general Alexéiev. El kadete Pokoschkin consideraba que Alexéiev debía ser puesto al frente del gobierno. Según algunas declaraciones, fue el mismo Kerenski quien propuso que se cediera el poder a cualquier otro, aludiendo para ello a la conversación que había sostenido con Miliukov. Nadie hizo la menor objeción. La candidatura de Alexéiev reconciliaba a todo el mundo. El plan de Miliukov parecía hallarse a punto de ser realizado. Pero en ese momento, como ocurre siempre en los instantes de tensión suprema, resonó una dramática aldabada en la puerta: en la habitación inmediata esperaba una comisión del "Comité para la lucha con la contrarrevolución". A tiempo llegaba: uno de los núcleos más poderosos de la contrarrevolución era la reunión mezquina, cobarde y pérfida de los kornilovianos, intermediarios y capitulantes en la sala del palacio de Invierno.

El nuevo órgano soviético había sido creado el 27 por la tarde, en la reunión de ambos comités ejecutivos, el de obreros y soldados y el de campesinos, y estaba compuesto de dos representantes, delegados, con carácter especial, de los tres partidos soviéticos, de los dos comités ejecutivos, del centro de los sindicatos y del Soviet de Petrogrado. Con la creación de un comité combativo ad hoc se reconocía, en el fondo, que las instituciones soviéticas dirigentes tenían conciencia de su senilidad, y que se imponía una infusión de sangre fresca para que pudieran cumplir con su misión revolucionaria.

Los conciliadores, obligados a buscar el apoyo de las masas contra el general, se apresuraron a echar por delante, como si dijéramos, el hombro izquierdo. Quedaron entregados automáticamente al olvido todos los discursos en que se había propugnado que las cuestiones de principio habían de ser aplazadas hasta la Asamblea constituyente. Los mencheviques declararon que exigirían del gobierno provisional la proclamación inmediata de la República democrática, la disolución de la Duma y la realización de las reformas agrarias; tal fue la causa de que el nombre de República apareciese por vez primera en la declaración del gobierno sobre la traición del generalísimo.

Respecto a la cuestión del poder, los comités ejecutivos reconocieron la necesidad de dejar por el momento el gobierno en su forma anterior, sustituyendo a los kadetes dimisionarios con elementos democráticos. Convocar, en un futuro próximo, con el fin de resolver definitivamente la cuestión, un congreso de todas las organizaciones que se habían unido en Moscú a base de la plataforma de Cheidse. Sin embargo, después de las negociaciones sostenidas por la noche, se vio que Kerenski rechazaba decididamente la sujeción del gobierno a la fiscalización democrática. Sintiendo que se le escapaba el suelo bajo los pies, así por la derecha como por la izquierda, se agarra con todas sus fuerzas a la fórmula del "Directorio", que personificaba sus sueños de un poder fuerte. Después de nuevas e inútiles discusiones en el Smolni, se decidió dirigirse una vez más al único e insustituible Kerenski, con la petición de que diera su conformidad al primitivo proyecto de los comités ejecutivos. A las siete y media de la mañana, Tsereteli vuelve con la comunicación de que Kerenski no está dispuesto a hacer concesiones y exige "un apoyo incondicional", pero accede a concentrar "todas las fuerzas del Estado" en la lucha con la contrarrevolución. Los comités ejecutivos, exhaustos después de la noche pasada en vela, se rinden, al fin, ante la huera idea del "Directorio".

La solemne promesa, formulada por Kerenski, de concentrar "todas las fuerzas del Estado" en la lucha contra Kornílov, no le impidió, como ya sabemos, sostener negociaciones con Miliukov, Alexéiev y los ministros dimisionarios, sobre una capitulación pacífica ante el Cuartel general, negociaciones que fueron interrumpidas por los golpes dados aquella noche en la puerta. Pocos días después, el menchevique Bogdanov, uno de los elementos del Comité de defensa, informó al Soviet de, Petrogrado, en términos prudentes, pero inequívocos, de la perfidia de Kerenski. "Cuando el gobierno provisional vacilaba y no se veía claramente cómo terminaría la aventura de Kornílov, aparecieron intermediarios tales como Miliukov y el general Alexéiev..." El Comité de defensa intervino y exigió "con toda energía" la lucha declarada. "Bajo nuestra influencia -prosiguió Bogdanov-, el gobierno cortó todas las negociaciones y renunció a las proposiciones de Kornílov..."

Después que el jefe del gobierno, el conspirador de ayer contra la izquierda, se convirtió en su prisionero político, los ministros kadetes, que el 26 habían dimitido sólo de una manera preliminar y vacilante, declararon que salían definitivamente del gobierno porque no estaban dispuestos a cargar con la responsabilidad de los actos de Kerenski, encaminados a sofocar una sublevación tan patriótica, leal y salvadera. Los ministros dimisionarios, los consejeros y los amigos, abandonaron uno tras otro el palacio de Invierno. La gente "se marchaba en masa -según el propio Kerenski- de un sitio condenado inexorablemente a la ruina". Hubo una noche, la del 28 al 29, en que Kerenski "se paseó casi solo" por el palacio de Invierno. Ya no acudían a su cabeza las animosas arias de ópera. "La responsabilidad que pesaba sobre mí en esos días terriblemente interminables, era verdaderamente sobrehumana." Se trataba principalmente de la responsabilidad por la suerte del propio Kerenski: todo lo demás se hacía ya sin contar para nada con él.



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