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Capítulo VIII (Tomo II)

Capítulo VIII: El complot de Kerenski

La Conferencia de Moscú empeoró la situación del gobierno, poniendo de manifiesto, según las justas palabras de Miliukov, que "el país se dividía en dos bandos, entre los cuales no podía haber en el fondo conciliación ni acuerdo". La conferencia animó a la burguesía y acentuó su impaciencia. Por otra parte, dio un nuevo impulso al movimiento de las masas. La huelga de Moscú abre un período que se caracteriza por la rápida evolución de los obreros y soldados hacia la izquierda. A partir de ese momento, los bolcheviques progresan de un modo irresistible. Sólo los socialrevolucionarios de izquierda y, en parte, los mencheviques radicales, consiguen conservar cierta influencia entre las masas. La organización menchevista de Petrogrado señaló su viraje político hacia la izquierda con la exclusión de Tsereteli de las lista de candidatos a la Duma municipal. El 16 de agosto, la Conferencia de los socialrevolucionarios de Petrogrado exigió, por veintidós votos contra uno, la disolución de la asociación de oficiales cerca del Cuartel general, y la adopción de otras medidas decisivas para acabar con la contrarrevolución. El 18 de agosto, el Soviet de Petrogrado, no obstante la oposición de su presidente, Cheidse, puso a la orden del día la abolición de la pena de muerte. Al irse a proceder a la votación, Tsereteli pregunta en tono provocativo: "Si una vez tomada vuestra resolución, no es abolida la pena de muerte, ¿llamaréis a la multitud a la calle para exigir el derrumbamiento del gobierno?" "Sí -le gritan como contestación los bolcheviques-, sí; incitaremos a la masa a lanzarse a la calle, y procuraremos derrumbar al gobierno." "Levantáis mucho el gallo ahora" -dice Tsereteli-. Los bolcheviques levantaban el gallo en unión de las masas. Los conciliadores, en cambio, lo bajaban cuando las masas lo levantaban. La demanda de abolición de la pena de muerte es aceptada por todos los votos, cerca de novecientos, contra cuatro. Estos cuatro son: Tsereteli, Cheidse, Dan y Líber. Cuatro días después, en el congreso de los mencheviques y grupos afines, en el cual fueron aceptadas, con la oposición de Mártov, las proposiciones de Tsereteli referentes a todas las cuestiones fundamentales, se adoptó sin discusión la demanda de abolición inmediata de la pena de muerte: Tsereteli, impotente ya para resistir, guardó silencio.

Los acontecimientos en el frente hicieron aún más irrespirable la atmósfera política.

El 19 de agosto, los alemanes rompieron el frente ruso en Ixkiul, y el 21 ocuparon Riga. La realización de la profecía de Kornílov fue, como se había convenido de antemano, la señal para la ofensiva política de la burguesía. La prensa decuplicó la campaña contra los "obreros que no trabajan" y los "soldados que no combaten". Se hacía responsable de todo a la revolución: ésta había cedido Riga y se disponía a ceder Petrogrado. La campaña contra el ejército, tan furiosa como la de mes y medio o dos atrás, no tenía ahora la menor justificación. En junio, los soldados se habían negado, efectivamente, a atacar: no querían remover el frente, sacar a los alemanes de su pasividad, reanudar el combate. Pero en las inmediaciones de Riga, la iniciativa del ataque había partido del enemigo, y la conducta de los soldados fue muy distinta. Precisamente, las fuerzas del 10.º Ejército, las que habían sufrido más los efectos de la propaganda, fueron las que menos se dejaron llevar del pánico.

El general Parski, que mandaba el ejército, se vanagloriaba, y no sin fundamento, de que la retirada se efectuara de un modo "ejemplar", hasta tal punto, que ni siquiera podía ser comparada con la de Galitzia y de la Prusia oriental. El comisario Voitinski comunicó: "Nuestras tropas realizan honradamente y sin rechistar la tarea que les ha sido encomendada; pero no se hallan en estado de resistir durante mucho tiempo el ataque del enemigo, y se retiran lentamente, paso a paso, sufriendo pérdidas enormes. Considero necesario señalar la bravura excepcional de los tiradores letones, que, a pesar de su completo agotamiento, han sido enviados de nuevo al combate..." En su comunicado, el menchevique Kuchin, presidente del comité del ejército, se expresa con más entusiasmo todavía: "El estado de espíritu de los soldados es admirable. Según el testimonio de los miembros del comise y de los oficiales, una firmeza como la que han manifestado ahora, no se había visto nunca." Otro representante de ese mismo ejército decía unos días después en la reunión de la mesa del Comité ejecutivo: "En el punto más comprometido, no había más que la brigada letona, compuesta casi exclusivamente de bolcheviques... Al recibir la orden de avanzar, la brigada se puso en marcha con las banderas rojas y las bandas de música, y se batió con un valor extraordinario." Posteriormente, Stankievich se expresaba en el mismo sentido, aunque de un modo más reservado: "Incluso en el Cuartel general, donde había personas que buscaban deliberadamente la posibilidad de hacer recaer las culpas sobre los soldados, nadie pudo comunicarme un solo caso concreto en el cual hubiera dejado de ejecutarse una orden." Los marinos desembarcados para tomar parte en las operaciones de Moondzund, dieron asimismo pruebas, como lo atestiguan los documentos oficiales, de notable firmeza.

Uno de los hechos que ejercieron una influencia en el estado de ánimo de los soldados, sobre todo de los tiradores letones y de los marinos del Báltico, era que en esa ocasión se trataba directamente de la defensa de los dos centros de la revolución: Riga y Petrogrado. Las tropas más avanzadas se habían penetrado ya de la idea bolchevista de que "clavar la bayoneta en el suelo" no significaba resolver la cuestión de la guerra, de que la lucha por la paz era inseparable de la lucha por el poder, esto es, de una nueva revolución.

En el caso de que algunos comisarios, asustados por la presión de los generales, exagerasen la firmeza del ejército, queda el hecho incontestable de que los soldados y marinos cumplían las órdenes y morían. No podían hacer más. Así y todo, puede decirse, que en el fondo, no hubo defensa. Por inverosímil que pueda parecer, el duodécimo ejército fue cogido completamente desprevenido. Había insuficiencia de todo, de hombres, de cañones, de municiones, de contragases, el servicio de comunicaciones estaba pésimamente organizado. Los ataques no se podían efectuar, porque para los fusiles rusos se habían mandado cartuchos de tipo japonés. Sin embargo, no se trataba de un sector accidental del frente. La importancia de la pérdida de Riga no era un secreto para el alto mando. ¿Cómo explicar el estado excepcionalmente lamentable de los medios de defensa y de los recursos del duodécimo ejército?... "los bolcheviques -dice Stankievich- empezaron ya a difundir el rumor de que la ciudad había sido cedida a los alemanes deliberadamente, porque el mando quería liberarse de este nido y vivero de bolchevismo. Estos rumores no podían dejar de merecer crédito al ejército, el cual sabía que, en el fondo, no había habido defensa ni resistencia." En efecto, ya en diciembre de 1916, los generales Ruski y Brusílov se lamentaban de que Riga fuera "la desdicha del frente septentrional", un "nido trabajado por la propaganda", con el que sólo era posible luchar con ayuda de los fusilamientos. Entregar a los obreros y soldados rusos a la escuela alemana de la ocupación militar debía ser el sueño de muchos generales del frente septentrional. Nadie creía, naturalmente, que el generalísimo en jefe hubiese dado la orden de entregar Riga. Pero todos los jefes habían leído el discurso de Kornílov y la interviú del jefe de su Estado Mayor, Lukomski. Esto suplía perfectamente la orden. El generalísimo de las tropas de aquel frente, general Klembovski, pertenecía a la pandilla de los conspiradores, y, por consiguiente, esperaba la rendición de Riga como una señal para emprender la acción salvadera. Aun en condiciones más normales, los generales rusos preferían la rendición y la retirada. Ahora, cuando el Cuartel general les libraba de antemano de toda responsabilidad y el interés político les empujaba al derrotismo, ni siquiera realizaban tentativas de defensa. Es una cuestión secundaria, muy difícil de aclarar, saber si alguno de los generales unió el sabotaje activo al sabotaje pasivo de la defensa. Sería, sin embargo, una candidez admitir que los generales renunciaran a la ayuda que les prestaba la fatalidad en todos aquellos casos en que sus traiciones podían quedar impunes.

El periodista norteamericano John Reed, que sabía ver y oír y que nos ha dejado un libro inmortal sobre los días de la revolución de Octubre, atestigua, sin vacilar, que una parte considerable de las clases pudientes de Rusia prefería la victoria de los alemanes al triunfo de la revolución y que no se abstenía de decirlo abiertamente. "En cierta ocasión -cuenta Reed, entre otros ejemplos- pasé la velada en casa de un comerciante de Moscú. Estaban sentadas, tomando té, once personas. Se preguntó a los reunidos a quién preferían, si a Guillermo o a los bolcheviques. Diez contra uno se pronunciaron por Guillermo." Ese mismo escritor norteamericano conversó en el frente septentrional con oficiales que "preferían abiertamente la derrota militar a la colaboración con los comités de soldados".

Para la acusación política lanzada por los bolcheviques, y no sólo por ellos, era más que suficiente el hecho de que la rendición de Riga formara parte del plan de los conspiradores y ocupara un lugar preciso en el calendario del complot. Esto se dejaba traslucir de un modo completamente claro en el discurso pronunciado por Kornílov en Moscú. Los acontecimientos ulteriores confirmaron plenamente este aspecto de la cuestión. Pero disponemos, además, de un testimonio al que la personalidad del testigo da una fidelidad absolutamente incontestable, en este caso. Dice Miliukov en su Historia: "En Moscú, Kornílov indicó en su discurso el momento más allá del cual no quería aplazar los actos decisivos para salvar al país de la ruina y al ejército de la descomposición. Ese momento era la caída de Riga, profetizada por él. A su juicio, ese hecho debía provocar... un impulso de excitación patriótica... Como me dijo personalmente Kornílov cuando me entrevisté con él, en Moscú, el 13 de agosto, no quería dejar pasar esa coyuntura, y el momento del conflicto surgido con el gobierno de Kerenski se le aparecía de un modo completamente decidido, hasta el punto de que fijaba una fecha, el 27 de agosto." ¿Es posible hablar con más claridad? Para llevar a cabo la marcha sobre Petrogrado, Kornílov tenía necesidad de la rendición de Riga unos días antes de la fecha previamente señalada. Reforzar las posiciones de Riga, tomar medidas serias de defensa, hubiera significado perturbar el plan de otra campaña infinitamente más importante para Kornílov. Si París vale una misa, bien vale Riga el poder.

Durante las semanas transcurridas entre la rendición de Riga y la sublevación de Kornílov, el Cuartel general se convirtió en el centro de que partían las calumnias contra el ejército. Las informaciones del Estado Mayor y la prensa rusos hallaban un eco inmediato en los periódicos aliados. Por su parte, la prensa patriótica rusa reproducía con entusiasmo los insultos y los escarnios que el Times, el Temps o el Matin lanzaban contra el ejército ruso. Los soldados, ofendidos, se estremecieron de indignación y repugnancia. Los comisarios y comités -compuestos casi en su totalidad, estos últimos, de conciliadores y patriotas- se sintieron heridos en los más vivo. Surgieron protestas por todas partes. Era particularmente viva la carta del Comité ejecutivo del frente rumano, de la región militar de Odesa y de la escuadra del mar Negro, el cual exigió del Comité ejecutivo central que "afirmara ante toda Rusia la bravura de los soldados del frente rumano, que pusiera fin a la campaña emprendida en la prensa contra los soldados que mueren diariamente a millares en combates encarnizados, defendiendo a la Rusia revolucionaria..." Influidos por las protestas de abajo, los dirigentes soviéticos salieron de su pasividad. "Parece que no haya inmundicia que los periódicos dejen de arrojar contra el ejército revolucionario", decías, las Izvestia, refiriéndose a sus aliados. Pero nada producía efecto; la campaña contra el ejército era una parte necesaria del complot, cuya alma era el Cuartel general.

Inmediatamente después de la rendición de Riga, Kornílov dio la orden telegráfica de fusilar, para escarmiento, a algunos soldados en presencia de los demás. El comisario Voitinski y el general Parski dijeron que, a juicio suyo, semejantes medidas no respondían en lo más mínimo a la conducta de los soldados. Kornílov, fuera de sí, declaró en la asamblea de los representantes de los comités, que se hallaban en el Cuartel general, que entregaría a los tribunales a Voitinski y Parski, porque no daban informes fidedignos sobre la situación en el ejército; es decir, porque, como aclara Stankievich, "no hacían recaer la culpa sobre los soldados". Para completar el cuadro, hay que añadir que, aquel mismo día, dio orden Kornílov a los Estados Mayores de comunicar las listas de oficiales bolcheviques al comité central de la asociación de oficiales, es decir, a la organización contrarrevolucionaria, a cuyo frente se hallaba el kadete Novosiltsiev, y que era la palanca más importante del complot. ¡Tal era ese generalísimo en jefe llamado el "primer soldado de la revolución"!

Las Izvestia, decidiéndose a levantar un poco el telón, decían: "Una pandilla sombría muy próxima al mando supremo, está tramando una monstruosa pro vocación..." Bajo el nombre de "pandilla sombría", se aludía a Kornílov y a su Estado Mayor. Los fulgores de la guerra civil que se avecinaba iluminaban con una nueva luz, no sólo el presente, sino también el pasado. Con objeto de defenderse a sí mismos, -los conciliadores empezaron a poner de manifiesto la sospechosa conducta del mando durante la ofensiva de junio. En la prensa comenzaron a aparecer cada día más detalles sobre las divisiones y los regimientos maliciosamente calumniados por los Estados Mayores. "Rusia tiene el derecho de exigir -decía las Izvestia- que se le diga toda la verdad sobre nuestra retirada de julio." Estas líneas eran leídas ávidamente por los soldados, marinos y obreros, y, sobre todo, por aquellos que, como supuestos culpables de la catástrofe en el frente, seguían llenando las cárceles. Dos días después, las Izvestia se vieron obligadas ya a declarar de un modo más explícito que, "con sus comunicados, el Cuartel general hace un juego político determinado contra el gobierno provisional y la democracia revolucionaria". En estas líneas se presentaba al gobierno como una víctima inocente de los propósitos del Cuartel general; pero, ¿acaso, no tenía el gobierno todas las posibilidades de poner en su sitio a los generales? Si no lo hacía así, era porque no quería.

En la protesta, a que hemos aludido más arriba, provocada por la pérfida campaña emprendida contra los soldados, se indicaba con particular indignación que "los comunicados del Cuartel general..., al mismo tiempo que subrayan la bravura de los oficiales, amenguan, al parecer deliberadamente, la fidelidad de los soldados a la causa de la defensa de 1a revolución". La protesta apareció en la prensa el 22 de agosto, y el día siguiente se publicó un decreto especial de Kerenski dedicado a ensalzar a la oficialidad, que "desde los primeros días de la revolución había visto disminuidos sus derechos" y sufrido insultos inmerecidos por parte de los soldados, los "cuales cubrían su cobardía con el manto de consignas ideales". Al mismo tiempo que sus auxiliares inmediatos Stankievich, Voitinski y otros, protestaban de la campaña emprendida contra los soldados, Kerenski se asociaba demostrativamente a la misma, coronándola con un decreto provocativo, firmando por él en calidad de ministro de la Guerra y de jefe del gobierno. Posteriormente, Kerenski ha confesado que ya, a fines de julio, tenía en sus manos, "datos precisos" respecto al complot tramado por la oficialidad que se agrupaba alrededor del Cuartel general. "Los conspiradores activos eran miembros del comité central de la asociación de oficiales -según cuenta Kerenski-, lo mismo que los agentes de la conspiración en provincias; esos mismos elementos eran los que daban el tono que les convenía a las manifestaciones legales de la asociación." Es absolutamente cierto. Conviene únicamente añadir que el "tono que les convenía" era el tono de la calumnia contra el ejército, los comités y la revolución; esto es, el mismo de que estaba impregnado el decreto de Kerenski del 23 de agosto.

¿Cómo explicar este enigma? Es absolutamente incontestable que Kerenski no realizaba una política meditada y consecuente; pero hubiera sido preciso que estuviera loco para que, caso de hallarse al corriente del complot de los oficiales, pusiera la cabeza bajo el sable de los conspiradores y les ayudara al mismo tiempo a disimular sus propósitos. La solución de esta conducta, al parecer indescifrable, de Kerenski, es en realidad muy sencilla: en aquel entonces, él mismo era uno de los complicados en el complot contra el impotente régimen de la revolución de Febrero.

Cuando llegó el momento de la sinceridad, el propio Kerenski declaró que, elementos procedentes de los medios cosacos, de la oficialidad y de la política burguesa, le habían propuesto más de una vez una dictadura personal. "Pero eso caía en un terreno estéril..." En todo caso, la posición de Kerenski era tal, que los jefes de la contrarrevolución tenían la posibilidad de cambiar impresiones con él, sin correr ningún riesgo, sobre un golpe de Estado. "Las primeras conversaciones sobre la dictadura -cuenta Denikin-, conversaciones que no tenían otro alcance que sondear el terreno, empezaron a principios de junio, esto es, cuando se estaba preparando la ofensiva en el frente. En esas conversaciones participaba a menudo Kerenski, con la particularidad de que, en tales casos, se daba como cosa entendida, sobre todo por lo que al propio Kerenski se refería, que él sería precisamente la figura central de la dictadura." Sujánov dice certeramente, hablando de Kerenski: "Era korniloviano, pero sólo con una condición: la de que fuera él quien estuviera al frente del movimiento." En los días del fracaso de la ofensiva, Kerenski prometió a Kornílov y a otros generales mucho más de lo que podía cumplir. "En sus viajes al frente -cuenta el general Lukomski-, Kerenski se armaba de valor y examinaba a menudo, con sus acompañantes, la cuestión de la implantación de un poder fuerte, de la constitución de un Directorio, o de la cesión del poder a un dictador." En consonancia con su carácter, Kerenski introducía en estas conversaciones un elemento de imprecisión, de grosería, de diletantismo. Los generales, por el contrario, se sentían atraídos por soluciones más concretas, como era la del Cuartel general.

La participación voluntaria de Kerenski en las conversaciones de los generales venía a legalizar, por decirlo así, la idea de la dictadura militar, a la cual, como medida de prudencia respecto de la revolución, todavía no estrangulada, se daba con frecuencia el nombre de Directorio. Es difícil decir hasta qué punto desempeñaron un papel en este sentido los recuerdos históricos relativos al gobierno de Francia después de Thermidor. Pero, dejando aparte la máscara puramente verbal, el Directorio ofrecía para los comienzos la evidente comodidad de permitir la subordinación del amor propio personal. En el Directorio debía haber sitio, no sólo para Kerenski y Kornílov, sino también para Savinkov, y aun para Filonenko; en general, para los hombres de "voluntad férrea", como se expresaban los propios candidatos al Directorio, cada uno de los cuales acariciaba en su fuero interno la idea de pasar de la dictadura colectiva a la dictadura personal.

Para concertar el complot con el Cuartel general, Kerenski no tenía necesidad, por consiguiente, de efectuar ningún viraje brusco: le bastaba con desarrollar y prolongar el que ya había iniciado. Suponía, al mismo tiempo, que podría dar la orientación conveniente al complot de los generales, dirigiéndolo, no sólo contra los bolcheviques, sino también, hasta cierto punto, contra los aliados y tutores enojosos pertenecientes al campo de los conciliadores. Kerenski maniobraba de tal modo que, sin desenmascarar a los conciliadores hasta el fin, les asustaba como era debido y les hacía entrar en sus propósitos. En este sentido, el jefe del gobierno llegó hasta un límite más allá del cual se convertía en un conspirador clandestino. "Kerenski tenía necesidad de una presión enérgica por parte de la derecha, de las pandillas capitalistas, de las embajadas aliadas y, sobre todo, del Cuartel general -escribía Trotsky a principios de septiembre-, para que le ayudasen a tener decididamente libres las manos. Kerenski quería aprovecharse de la sublevación de los generales para consolidar su dictadura."

La Conferencia nacional fue un momento decisivo. Kerenski, que se llevó de Moscú, a más de la ilusión de posibilidades ilimitadas, el sentimiento humillante del fracaso personal, decidió abandonar, al fin, toda duda y hacerles ver quién era. ¿Hacerles ver? ¿A quién? A todos; en primer lugar, a los bolcheviques, que habían rebajado la pompa de la Conferencia nacional mediante la huelga general. Con ello pondría para siempre en su lugar a los Guchkov y Miliukov, que no le toman en serio, se burlan de sus gestos y consideran su poder como una sombra de poder. Al mismo tiempo, daría una severa lección a los preceptores del campo conciliador, tales como el odiado Tsereteli, que le enmendaba la plana y le daba lecciones a él, el elegido de la nación, incluso en la Conferencia nacional. Kerenski resolvió firme y decididamente hacer ver a todo el mundo que no era un "histérico" un "histrión" ni una "bailarina", como le llamaban de un modo cada vez más insolente los oficiales cosacos y la de Guardia, sino un hombre férreo, que había cerrado su corazón a cal y canto y arrojado la llave al mar, a pesar de las súplicas de la bella desconocida del palco del teatro.

Stankievich observa en Kerenski, por aquellos días, "la tendencia a decir algo nuevo que respondiera a la zozobra y confusión del país. Kerenski... decidió introducir en el ejército sanciones disciplinarias y, seguramente, estaba dispuesto a proponer asimismo al gobierno otras medidas decisivas". Stankievich sólo conocía de los propósitos del jefe lo que éste había juzgado oportuno comunicarle. En realidad, los propósitos de Kerenski iban en aquel entonces mucho más lejos. Había decidido arrancar de cuajo toda base a Kornílov, realizando su programa y atrayéndose con ello a la burguesía. Guchkov no podía mandar tropas al ataque; Kerenski sí que podía hacerlo. Kornílov no podía realizar el programa de Kornílov; Kerenski, sí. Verdad es que la huelga de Moscú venía a recordar que en este camino se tropezaría con obstáculos. Pero las jornadas de julio habían demostrado que también podían vencerse esos obstáculos. Lo único que esta vez se imponía era llevar las cosas hasta el fin, sin permitir que los amigos de la izquierda le estorbaran. Ante todo, había que renovar completamente la guarnición de Petrogrado, sustituyendo los regimientos revolucionarios con tropas "sanas", que no tuvieran puestos los ojos en los soviets. No era posible ni necesario ponerse de acuerdo sobre este plan con el Comité ejecutivo: el gobierno había sido reconocido como independiente y coronado bajo esta enseña en Moscú. Verdad era que los conciliadores interpretaban la independencia de un modo formal, como un medio para apaciguar a los liberales. Pero ya transformaría él, Kerenski, lo formal en material: no en vano decía en Moscú que no estaba ni con la derecha ni con la izquierda, y que en eso consistía su fuerza. ¡Ahora lo demostraría en la práctica!

Las líneas directivas del Comité ejecutivo y de Kerenski, en los días que siguieron inmediatamente a la Conferencia, siguieron divergiendo: los conciliadores temían a las masas; Kerenski, a las clases pudientes. Las masas populares exigían la abolición de la pena de muerte en el frente. Kornílov, los kadetes, las embajadas de la Entente, exigían su implantación en el interior.

El 19 de agosto, Kornílov telegrafió al ministro presidente: "Insisto en la necesidad de que la región de Petrogrado me sea subordinada." El Cuartel general ponía francamente su mano sobre la capital. El 24 de agosto, el Comité ejecutivo se armó de valor para exigir públicamente que el gobierno pusiera fin a los "procedimientos contrarrevolucionarios" y emprendiera, "sin pérdida de tiempo y con toda energía", la realización de las transformaciones democráticas. Era éste un nuevo lenguaje. Kerenski tuvo que elegir entre la adaptación a la plataforma democrática, que, a pesar de toda su mezquindad, podía determinar la ruptura con los liberales y los generales, y el programa de Kornílov, que conducía inevitablemente al choque con los soviets. Kerenski decidió tender mano a Kornílov, a los kadetes y a la Entente. Quería a toda costa evitar la lucha declarada con la derecha.

Verdad es que el 21 de agosto se había sometido a arresto domiciliario a los grandes duques Mijail Alexandrovich y Pável Alexandrovich, y que otras personas habían sido detenidas. Pero todo eso era muy poco serio, y no hubo más remedio que poner inmediatamente en libertad a los detenidos... "Resultó -dijo más tarde Kerenski en sus declaraciones sobre el asunto Kornílov- que, conscientemente, se nos había hecho emprender un falso camino." Debería añadirse: con la cooperación del propio Kerenski, pues era evidente de toda evidencia que, para los conspiradores serios -esto es, para toda la derecha de la Conferencia de Moscú-, se trataba de la restauración de la monarquía, si es que no de la implantación de la dictadura de la burguesía sobre el pueblo. En este sentido, Kornílov y todos sus partidarios rechazaban, no sin indignación, la imputación que se les hacía de tener intenciones "contrarrevolucionarias", esto es, monárquicas. Claro que entre bastidores cuchicheaban los antiguos altos funcionarios, los ayudantes de campo, las damas de la corte, los "cien negros" palatinos, los frailes, las bailarinas. Pero esa gente constituía un grupo insignificante. La victoria de la burguesía podía venir sólo en forma de dictadura militar, La cuestión de la monarquía hubiera podido surgir sólo en una de las etapas sucesivas, pero a base de la contrarrevolución burguesa y no de las damas rasputinianas. En aquel período concreto, la realidad era la lucha de la burguesía contra el pueblo, bajo la enseña de Kornílov. Kerenski, que había buscado la alianza con este bando, estaba tanto más dispuesto a ponerse a cubierto de las sospechas de las izquierdas, sirviéndose de los grandes duques. La mecánica era tan clara, que el periódico de los bolcheviques en Moscú, escribió en aquellos días: "Detener a dos monigotes sin seso, de la familia de los Romanov y dejar en libertad... a la pandilla militar de las alturas, capitaneada por Kornílov, es engañar al pueblo..." Si los bolcheviques eran odiados, era precisamente porque lo veían todo y de todo hablaban en voz alta.

El inspirador y director de Kerenski, en estos días críticos, es Savinkov, gran buscador de aventuras, revolucionario de tipo deportivo, que había contraído en la escuela del terror individual el desprecio hacia la masa. Savinkov era un hombre apto y voluntarioso, lo cual, sin embargo, no le había impedido ser durante una serie de años un instrumento en manos del provocador Azev; un hombre escéptico y cínico, que se consideraba con derecho, y no sin fundamento, a mirar a Kerenski por encima del hombro y, al mismo tiempo que se llevaba la mano derecha a la visera, conducirlo por la nariz con la izquierda. A Kerenski, Savinkov le imponía como hombre de acción; a Kornílov, como revolucionario auténtico que tenía un nombre histórico. Miliukov registra, basándose en el relato del propio Savinkov, la primera entrevista, extraordinariamente curiosa del comisario y el general: "General -decía Savinkov-, ya sé que si se presentan circunstancias, en virtud de las cuales tenga usted que fusilarme, me fusilara." Y después de una pausa, añadió: "Pero si se presentan circunstancias en virtud de las cuales tenga yo que fusilarle a usted, también lo haré." Savinkov era aficionado a la literatura; conocía a Corneille y a Víctor Hugo y sentía inclinación por el género elevado. Kornílov se disponía a liquidar la revolución, sin tener en cuenta ninguna de las fórmulas del seudoclasicismo y del romanticismo; pero tampoco el general era indiferente a los encantos de un "estilo artístico vigoroso"; las palabras del ex terrorista debían de hacer cosquillas agradables en lo que hubiera de heroico en el fondo del ex "cien negro".

En uno de los artículos posteriores, evidentemente inspirado y acaso escrito por Savinkov, sus propios planes eran explicados con una transparencia que no dejaba lugar a dudas. "Cuando desempeñaba el cargo de comisario... -decía el artículo-, Savinkov llegó a la conclusión de que el gobierno provisional era impotente para sacar al país de la grave situación en que se hallaba. Otras fuerzas debían entrar en juego. Sin embargo, toda la labor en este sentido podía realizarse únicamente bajo la bandera del gobierno provisional y, en particular, de Kerenski. Esto hubiera sido una dictadura revolucionaria realizada por una mano férrea. Esta mano férrea la veía Savinkov en... el general Kornílov." Kerenski, como tapadera "revolucionaria", Kornílov como mano férrea. El artículo no dice una palabra sobre el papel de un tercero. Pero es indudable que Savinkov conciliaba al generalísimo en jefe con el jefe del gobierno, no sin el propósito de eliminarlos a ambos. Hubo un momento en que este pensamiento oculto transcendió hasta el punto, que Kerenski, con la protesta de Kornílov, y precisamente en vísperas de la conferencia, obligó a Savinkov a presentar la dimisión. Sin embargo, como todo lo que sucedía en este círculo, la dimisión no tuvo carácter definitivo. "El 17 de agosto se supo -declaró Filonenko- que Savinkov y yo continuábamos en nuestros puestos, y que el presidente del Consejo de ministros había aceptado, en principio, el programa expuesto en el informe presentado por el general Kornílov, por Savinkov y por mí." Savinkov, a quien Kerenski (el 17 de agosto) "había encargado la preparación de un proyecto de ley sobre las medidas que debían aplicarse en el interior", creó con este fin una comisión, que fue puesta bajo la presidencia del general Apuschkin. Kerenski, si bien le tenía mucho miedo a Savinkov, decidió, en fin de cuentas, utilizarlo para su gran plan y, no sólo lo conservó en el ministerio de la Guerra, sino que, como aditamento, le concedió el de Marina. Esto significaba, según Miliukov, que para el gobierno "había llegado el momento de obrar, aun corriendo el riesgo de impulsar a los bolcheviques a lanzarse a la calle". Savinkov decía abiertamente, que con dos regimientos era fácil sofocar la sublevación de los bolcheviques y disolver las organizaciones de los mismos.

Tanto Kerenski como Savinkov, comprendían perfectamente, sobre todo después de la conferencia de Moscú, que en ningún caso aceptarían el programa de Kornílov los soviets conciliadores. El de Petrogrado, que todavía la víspera exigía la abolición de la pena de muerte en el frente, habrá de levantarse con redoblado vigor, al día siguiente, contra la aplicación de esa misma pena en el interior. El peligro consistía, por tanto, en que el movimiento contra el golpe de Estado proyectado por Kerenski, se viera capitaneado, no por los bolcheviques, sino por los soviets; pero no era cosa de detenerse ante esto: se trataba de salvar al país.

"El 22 de agosto -escribe Kerenski- fue Savinkov al Cuartel general, para exigir, por encargo mío, del general Kornílov, entre otras cosas [!], que se pusiera el cuerpo de Caballería a disposición del gobierno." El propio Savinkov definió del siguiente modo esta misión, cuando tuvo que justificarse de ella ante la opinión pública: "Se había pedido al general Kornílov un cuerpo de Caballería, para hacer efectivo el estado de guerra en Petrogrado y defender al gobierno provisional contra todo atentado, particularmente [!] de los bolcheviques, los cuales... según los informes del contraespionaje extranjero, preparaban nuevamente un golpe era relación con el desembarco alemán y la sublevación en Finlandia." Los fantásticos datos del contraespionaje debían encubrí sencillamente, el hecho de que el propio gobierno, según la expresión de Miliukov, se disponía a "impulsar a los bolcheviques a lanzarse a la calle"; esto es, estaba dispuesto a provocar la insurrección. Y como la publicación de los decretos sobre la dictadura militar debía efectuarse en los últimos días de agosto. Savinkov esperaba la sublevación para esa fecha.

El 25 de agosto fue suspendido, sin ningún pretexto aparente, el órgano de los bolcheviques, El Proletario [Proletari]. El obrero [Rabochi], que apareció en su lugar, decía que su antecesor había sido suspendido "al día siguiente de haber incitado a los obreros y soldados, con motivo de la ruptura del frente de Riga, a la continencia y la calma. ¿Quién se preocupa, hasta tal punto, de que los obreros ignoren que el partido les pone en guardia contra la provocación?" Esta pregunta daba en el blanco. El destino de la prensa bolchevista se hallaba en manos de Savinkov. La suspensión de los periódicos tenía dos ventajas: irritaba a las masas e impedía al partido ponerlas en guardia contra la provocación, que en esa ocasión partía de las alturas gubernamentales.

Según las actas del Cuartel general, acaso un poco estilizadas, pero que, en general, responden plenamente a las circunstancias y a los personajes, Savinkov declaró a Kornílov: "Sus peticiones, Lavr Georguievich, serán satisfechas dentro de pocos días; pero el gobierno provisional teme que puedan surgir en Petrogrado serias complicaciones... La publicación de sus peticiones... impulsaría a los bolcheviques a la acción... Se ignora cuál será la acción de los soviets ante la nueva ley. Estos últimos pueden, acaso, ponerse también contra el gobierno... Por eso, le ruego que dé orden para que a fines de agosto sea enviado a Petrogrado y puesto a disposición del gobierno provisional el tercer cuerpo de Caballería. Si además de los bolcheviques, entran en acción los miembros de los soviets, tendremos que proceder contra ellos." El emisario de Kerenski añadió que las medidas a adoptar debían ser decisivas e implacables, a lo cual respondió Kornílov, que "él no concebía otro modo de obrar". Posteriormente, cuando tuvo que justificarse, Savinkov añadió: "Si en el momento de la insurrección de los bolcheviques, los soviets hubieran sido bolchevistas..." Pero éste era un subterfugio demasiado grosero: los decretos que habían de anunciar el golpe de Estado de Kerenski, debían ser publicados tres o cuatro días después. Se trataba, por tanto, no de los soviets futuros, sino de los que existían a fines de agosto.

A fin de evitar todo equívoco y de no provocar "antes de tiempo" la acción de los bolcheviques, se estableció un acuerdo para actuar en la forma siguiente: concentrar previamente en Petrogrado el cuerpo de Caballería, luego declarar el estado de guerra en la capital y sólo después de esto publicar las nuevas leyes que habían de provocar el levantamiento de los bolcheviques. En las actas del Cuartel general, este plan está consignado en todos sus puntos: "Para que el gobierno provisional sepa con precisión cuándo hay que declarar el estado de guerra en Petrogrado y publicar la nueva ley, es preciso que el general Kornílov comunique telegráficamente a Savinkov la fecha precisa en que el cuerpo de Caballería estará a las puertas de Petrogrado."

Los generales conjurados comprendieron, según Stankievich, "que Savinkov y Kerenski... querían llevar a cabo un golpe de Estado con auxilio del Cuartel general. No tenían necesidad de nada más, y por esto accedieron apresuradamente a todas las demandas y condiciones"... Stankievich, muy adicto a Kerenski, hace la salvedad de que en el Cuartel general "asociaban erróneamente" a Kerenski con Savinkov; pero ¿cómo se les podía separar, si Savinkov se había presentado con un encargo de Kerenski, formulado con toda precisión? El propio Kerenski, escribe: "El 25 de agosto regresa Savinkov del Cuartel general y me informa de que las tropas puestas al servicio del gobierno provisional serán enviadas de acuerdo con lo convenido." Se fija la fecha del 26, por la tarde, para la adopción por el gobierno del proyecto de ley relativo a las medidas en el interior, que debía servir de prólogo a las acciones decisivas del cuerpo de Caballería. Todo está preparado. No hay más que apretar el botón.

Los acontecimientos, los documentos, las declaraciones de los participantes y, finalmente, la confesión del propio Kerenski, atestiguan que el presidente del gobierno, sin que parte del propio gobierno lo supiera, a espaldas de los soviets que le habían dado el poder y del partido de que se consideraba miembro, se había puesto de acuerdo con los generales que mandaban el ejército, para transformar radicalmente el régimen del Estado con ayuda de la fuerza armada. En el lenguaje del Código penal, este modo de obrar tiene un nombre perfectamente definido, al menos para aquellos casos en que la empresa no se ve coronada por la victoria. La contradicción entre el carácter "democrático" de la política de Kerenski y el plan de salvación del país con ayuda del sable, sólo puede parecer inconciliable a la mirada superficial. En realidad, el plan se desprendía completamente de la política conciliadora. Al poner al descubierto esta lógica de los acontecimientos, puede hacerse abstracción, en gran parte, no sólo de la persona de Kerenski, sino también de las particularidades del medio nacional: se trata de la lógica objetiva de la política conciliadora en las condiciones de la revolución.

Friedrich Ebert, comisario del pueblo de Alemania, conciliador y demócrata, no sólo obró bajo la dirección de los generales de Hohenzollern a espaldas de su propio partido, sino que, ya a principios de diciembre de 1918, participó directamente en el complot militar que perseguía como fin la detención del órgano soviético supremo y la proclamación del propio Ebert como presidente de la República. No es casual que más tarde declarara Kerenski, que Ebert representaba a sus ojos el ideal del hombre de Estado.

Cuando todos los planes de Kerenski, Savinkov y Kornílov se hundieron, Kerenski, a quien correspondió la labor nada fácil de borrar el rastro de los mismos, declaró: "Después de la conferencia de Moscú, vi claramente que el próximo golpe se intentaría asestarlo, no desde la izquierda, sino desde la derecha." Está absolutamente fuera de dudas, que a Kerenski le infundía miedo el Cuartel general y la simpatía con que la burguesía rodeaba a los conspiradores militares. Pero lo que hay es que Kerenski consideraba necesario luchar contra el Cuartel general, no con ayuda de un cuerpo de Caballería, sino con la realización por cuenta propia del programa de Kornílov. El cómplice equívoco del primer ministro, no sólo cumplió el encargo, para el cual hubiera bastado un telegrama cifrado puesto desde él palacio de Invierno a Mohilev, sino que se presentó como intermediario con el fin de conciliar a Kornílov con Kerenski; es decir, de coordinar sus planes y dar de este modo, en la medida de lo posible, un cauce legal al golpe de Estado. Kerenski venía a decir a través de Savinkov: "Obre usted, pero dentro de los límites de mi propósito; de este modo evitará el riesgo y obtendrá todo lo que desea." Savinkov, por su parte, añadía: "No se salga usted antes de tiempo de los límites del plan de Kerenski." Tal era la original ecuación con tres incógnitas. Sólo así puede comprenderse que Kerenski se dirigiera al Cuartel general, por mediación de Savinkov, en demanda de un cuerpo de Caballería. Se dirigía a los conspiradores un cómplice que ocupaba un cargo elevado, observaba su legalidad y aspiraba a subordinarse el propio complot. Entre los encargos confiados a Savinkov, no había más que uno que tuviera el aspecto de una medida dirigida contra el complot de la derecha: se refería al comité de oficiales, cuya disolución había exigido la conferencia del partido de Kerenski, celebrada en Petrogrado. Pero es notable la forma misma en que el encargo estaba expresado: "liquidar la asociación de oficiales en la medida de lo posible". Todavía es más notable el hecho de que Savinkov, no sólo no encontrara esta posibilidad, sino que ni aun la buscara. La cuestión fue, sencillamente, enterrada como prematura. El encargo se daba únicamente para que constara algo en el papel, como justificación ante los elementos de la izquierda: las palabras "en la medida de lo posible" significaban que ni siquiera se exigía el cumplimiento. Como para poner más de relieve el carácter decorativo de la misión, se la hacía figurar en primer término.

Kerenski, intentando atenuar en lo posible la significación comprometedora del hecho de que, si bien esperaba un golpe de la derecha, sacara de la capita a los regimientos revolucionarios y se dirigiera simultáneamente a Kornílov en demanda de tropas "de confianza", aludía posteriormente a las tres condiciones sacramentales a que subordinaba la venida del cuerpo de Caballería. Así, Kerenski accedía a subordinar la zona militar de Petrogrado a Kornílov, a condición de que fueran eliminados de esa zona la capital y sus alrededores, a fin de que el gobierno no se hallara por entero en las manos del Cuartel general, pues, como decía Kerenski entre los suyos, "en ese caso seríamos absorbidos". Esta condición muestra únicamente que Kerenski, si bien soñaba con subordinar a los generales a sus propias intenciones, no disponía más que de sus subterfugios impotentes. Sin necesidad de prueba alguna, puede creerse que Kerenski no deseaba ser absorbido.

Las otras dos condiciones presentaban idéntico carácter: Kornílov no debía incluir en el cuerpo de expedición la división llamada "salvaje", compuesta de montañeses caucasianos, ni poner al general Krimov al frente de las fuerzas. Desde el punto de vista de la defensa de los intereses de la democracia, esto significaba verdaderamente tragarse un camello y sacudiese los mosquitos. Pero para disimular el golpe que se iba a asestar a la revolución, las condiciones de Kerenski eran incomparablemente más importantes. Lanzar contra los obreros de Petrogrado a los montañeses caucasianos que no hablaban el ruso, hubiera sido de una imprudencia excesiva: ¡Era en sus tiempos, y ni el mismo zar se decidía a hacerlo! En el Cuartel general, Savinkov justificó circunstancialmente, alegando los intereses de la causa común, el nombramiento, a todas luces inconveniente, de Krimov, sobre el cual poseía el Comité ejecutivo informes precisos suficientes. "No es de desear -decía- que, en caso de que se produzcan disturbios en Petrogrado, éstos sean sofocados precisamente por el general Krimov. La opinión pública asociaría acaso a su nombre móviles distintos de los que le impulsan..." Finalmente, el mismo hecho de que el jefe del gobierno, al reclamar el envío de fuerzas a la capital se adelantara con la extraña demanda de que no se mandara la división "salvaje" ni se designara a Krimov, demuestra palmariamente que Kerenski, no sólo conocía de antemano el esquema general del complot, sino también las fuerzas que habían de componer la expedición punitiva que se proyectaba mandar y la candidatura de los principales ejecutores.

Sin embargo, fueran las que fueran estas circunstancias secundarias, es por demás evidente que el cuerpo de Caballería de Kornílov no era en ningún caso el más apropiado para defender la "democracia". En cambio, Kerenski podía tener la certeza completa de que, de todas las unidades del ejército, ese cuerpo sería el instrumento más seguro contra la revolución. Claro está que hubiera sido más ventajoso tener en Petrogrado a un regimiento personalmente adicto a Kerenski y que no estuviera ni con las derechas ni con las izquierdas. Pero, como demostrará el desarrollo ulterior de los acontecimientos, semejantes tropas no existían en la realidad. Para la lucha contra la revolución, no había nadie, excepto la gente de Kornílov, y a ella recurrió Kerenski.

Las medidas militares no eran más que un complemento de la política. La orientación general tomada por el gobierno provisional en el transcurso de las dos semanas escasas que separan la conferencia de Moscú de la sublevación de Kornílov, bastaba, en el fondo, para demostrar que Kerenski se preparaba, no para la lucha contra los elementos de la derecha, sino para el frente único con los mismos contra el pueblo. El 26 de agosto, el gobierno, haciendo caso omiso de las protestas del Comité ejecutivo contra su política contrarrevolucionaria, dio un paso atrevido en favor de los terratenientes, tomando inesperadamente el acuerdo de doblar el precio del trigo. El carácter odioso de esta medida, adoptada, por añadidura, a petición de Rodzianko, públicamente formulada, la hacía aparecer como algo que se hallaba muy cerca de una provocación consciente a las masas hambrientas. Era evidente que Kerenski intentaba conquistarse la extrema derecha de la conferencia de Moscú, mediante un buen regalo. "¡Soy de los vuestros!", decía a la asociación de los oficiales, en el decreto adulador firmado el mismo día en que Savinkov se ponía en camino para ir a entablar negociaciones con el Cuartel general; "¡Soy de los vuestros!", se apresuraba a gritar Kerenski a los terratenientes en vísperas del proyectado ataque de la Caballería contra lo que subsistía aún de la revolución de Febrero.

Las declaraciones de Kerenski ante la comisión investigadora nombrada por él mismo, no se distinguieron por su dignidad. El jefe del gobierno, que comparecía ante dicha comisión en calidad de testigo, en el fondo se sentía el principal acusado y, por añadidura, sorprendido in fraganti. Los funcionarios, gente llena de experiencia, que comprendía perfectamente la mecánica de los acontecimientos, simulaban dar crédito seriamente a las explicaciones del primer ministro. Pero los demás mortales, entre ellos los miembros del partido de Kerenski, no podían comprender, y así lo manifestaban francamente, cómo era posible que un mismo cuerpo de Caballería sirviera para realizar un golpe de Estado y para luchar contra él. Había sido una imprudencia excesiva, por parte de un "socialistarevolucionario", hacer venir a la capital tropas destinadas a estrangularla. Verdad es que en otros tiempos los troyanos habían introducido a las fuerzas enemigas en su propia ciudad; pero, por lo menos, no sabían lo que había en el vientre del caballo de madera. Además, hay un historiador antiguo que pone en tela de juicio la versión del poeta; a juicio de Pausanias, sólo podría darse crédito a Homero, en el caso de que se considerara que los troyanos eran "unos imbéciles, sin pizca de raciocinio". ¿Qué hubiera dicho el viejo historiador a propósito de las declaraciones de Kerenski?.



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