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Acerca de los que olvidaron el abecé[1]

Contra Roman Well y compañía

 

 

28 de diciembre de 1932

 

 

 

La protesta de varios camaradas alemanes contra el artículo Con ambas manos puede interpretarse de dos maneras: primero, como la búsqueda de un buen pretexto para capitular; segundo, como error de principios de un miembro de la Oposición honesto pero confundido. Dejo de lado la primer variante porque carece de interés teórico. La segunda, en cambio, merece estudiarse.

El artículo Con ambas manos advierte que la política de Stalin respecto de los problemas más importantes cristaliza en resoluciones que bien pueden llegar a ser irrevocables. Recuerda que la fracción stalinista había suscrito el Pacto Kellogg y el programa de desarme propuesto por Estados Unidos. La evaluación de esos acuerdos tan importantes jamás provocó diferencias entre nosotros. El artículo cita la escandalosa conversación de Stalin con el norteamericano Campbell, que arroja una poderosa luz sobre la senda en la que Stalin se ha embarcado.

“¿Pero cree usted realmente que Stalin es capaz de traicionar?”, preguntan los detractores. Es un argumento asombroso, que demuestra que más de un camarada ha olvidado, a pesar de su edad, el abc del marxismo. ¿Acaso, cuando evaluamos una política nuestro juicio depende de la confianza o desconfianza que depositamos a priori en tal o cual persona? La línea política es el resultado de la presión de las fuerzas de clase y de las condiciones objetivas, y desarrolla una lógica propia.

En 1922 la Unión Soviética sufrió una seria crisis económica. En el plenario del Comité Central celebrado en noviembre, Stalin y otros aprobaron una resolución que, en lo esencial, abolía el monopolio estatal del comercio exterior. ¿Cómo caracterizamos semejante resolución? ¿No señalamos que era una traición? Desde el punto de vista subjetivo, no cabe duda de que Stalin no quiso traicionar el futuro socialista. Pero la abolición del monopolio, con sus consecuencias tan inevitables como inmediatas, en nada difería de querer abolir la nacionalización de los medios de producción. No es casual que en los primeros años del régimen soviético todo el mundo capitalista haya hecho los máximos esfuerzos para lograr que “paliáramos” el monopolio del comercio exterior. Objetivamente, la resolución del plenario de noviembre de 1922 fue un acto de traición al socialismo. Subjetivamente, fue posible porque ni Stalin ni los demás poseían el poder teórico y político necesario para resistir la presión de la crisis económica. El ejemplo histórico que mejor ilustra la actual disputa es el del monopolio del comercio exterior. Desde entonces hemos podido observar la política de Stalin para toda una serie de procesos históricos de la mayor importancia. ¿Cómo describimos su política en China, es decir, su alianza con Chiang Kai-shek[2] contra el proletariado? Siempre la hemos tachado de traición. En este caso, el centrismo burocrático llevó su viraje a la derecha hasta sus últimas consecuencias lógicas. ¿Existe, acaso, un solo militante de la Oposición que niegue que la política de Stalin en China ayudó a la burguesía contra el proletariado? Recordemos que Stalin Complementó esta política aplastando a los bolcheviques rusos que quisieron ayudar al proletariado chino contra la burguesía. ¿Qué es esto sino traición?

Desde noviembre de 1922 han pasado más de diez anos. La situación económica de la URSS se encuentra en una crisis excepcionalmente profunda. La situación mundial también presenta bastantes elementos de peligro que pueden desembocar repentinamente en una mayor agudización de las dificultades internas. La política criminal de colectivización a ultranza y el ritmo de producción aventurado han llevado a un callejón sin salida. No hay escape dentro del marco del centrismo burocrático. La única posibilidad está en la búsqueda de paliativos y postergaciones. Los créditos externos indudablemente podrían aliviar la crisis interna, pero Norteamérica dice que no está dispuesta a renunciar a las deudas de guerra sin compensación. Su programa de exigencias nos resulta bien conocido: reconocimiento de las deudas anteriores a la guerra y de la época de la guerra, “suavizamiento” del monopolio del comercio exterior, ruptura efectiva con la Internacional Comunista, apoyo a su política en Extremo Oriente, etcétera.

No hay nada que objetar ante ciertas concesiones (por ejemplo, respecto de las deudas). Pero ésta, justamente, es la indemnización que menos le interesa a Estados Unidos. Pero, ¿cómo afectan estos asuntos a la Comintern? Han pasado ya cinco años sin congreso. ¿Es un hecho casual? Indudablemente uno de los motivos de Stalin es el siguiente: no hay razón alguna para irritar a Hoover; la vanguardia proletaria internacional se las arreglará de algún modo sin congreso. Pero, ¿qué pasa con la Comintern en Moscú? Plenarios miserables bajo la dirección de Manuilski,[3] cuya valía Stalin conoce muy bien. ¿Sería difícil desechar estos “restos”?

El abandono del monopolio del comercio exterior en calidad de “compensación” ofrece dificultades mayores. Pero ni siquiera en este terreno existe una garantía absoluta. Hace diez años, cuando la industria soviética estaba en decadencia total, Stalin se mostraba dispuesto a hacerle las máximas concesiones al capital internacional en este terreno; ahora que la industria ha crecido tanto, nuestro temor ante una posible capitulación debe ser mucho mayor. “Somos tan fuertes - dirá el aparato a los obreros - que podemos darnos el lujo de disminuir el monopolio del comercio exterior.” En este caso, como en tantos otros, ocultará bajo una demostración de fuerza la debilidad que lo lleva a capitular ante el mundo capitalista.

En el fondo, ¿en qué se basan las objeciones de los inconformes confundidos? En su confianza de las buenas intenciones de Stalin. ¡En eso, nada más! “Después de todo - dicen o piensan - Stalin todavía no ha traicionado a la república soviética. ¡Qué notable profundidad! En primer lugar - respondemos - uno de los factores que obligaron a Stalin a detenerse a mitad de camino fue la gran actividad de la Oposición de Izquierda, que jamás confió en los milagros sino que llamó a los obreros a mantenerse alertas y decididos en todos los momentos críticos. En segundo lugar, la política de Stalin en China llegó hasta sus últimas conclusiones y provocó el derrumbe total de la segunda revolución china.

Aquí, el inconforme, totalmente confundido, colocado en desventaja, tomará una nueva posición. “Todas estas son sospechas suyas, -dirá- no tiene pruebas”. Perfectamente: las pruebas las traerán los acontecimientos, es decir, el derrumbe de la patria soviética, resultado de llevar la política del centrismo burocrático hasta su lógica conclusión.

Si el aparato se hallara bajo control del partido, si los obreros pudieran poner a prueba las distintas líneas y a los organismos ejecutivos, tendríamos buenas garantías de que la línea política se llevará a la práctica coherentemente. Pero eso es justamente lo que falta. Nadie fuera del círculo cada vez más estrecho de Stalin conoce las medidas que se preparan para sacar al país de la crisis. ¿Es posible respetar al “revolucionario” que, en una situación como ésta, en la que entran en juego poderosos factores históricos, basa su evaluación en especulaciones psicológicas o en la evaluación moral de tal o cual individuo? Cuando Ustrialov[4] expresó la esperanza de que la NEP[5] llevara al Partido Bolchevique de vuelta al régimen burgués, Lenin dijo: “Lo que dice Ustrialov es posible. La historia conoce vuelcos de todo tipo; en política, depender de la convicción, la devoción y demás excelentes cualidades espirituales, es cualquier cosa menos una actitud seria.” Así se expresaba Lenin sobre el partido en el año de 1922; ¿qué decir ahora?

Muchos de los que protestaron por el artículo invocan el fantasma de Urbahns; aparentemente, dicen, hemos hecho la misma evaluación del stalinismo. Es doloroso tener que analizar semejante argumento a fines de diciembre de 1932. El eje de nuestra discusión con Urbahns fue la naturaleza de clase del estado soviético. Todo depende del grado, de la relación entre las fuerzas antagónicas, en el nivel alcanzado por el proceso contradictorio. El centrismo burocrático debilita la dictadura proletaria, obstaculiza su desarrollo y, como si fuera una enfermedad, mina su estructura básica, el proletariado. Pero... enfermedad no es muerte. La enfermedad tiene remedio. Urbahns proclamó la liquidación de la dictadura, mientras que nosotros luchamos por el reanimamiento y fortalecimiento de la dictadura viva, que aun existe, aunque muy minada por el centrismo stalinista.

Pero, ¿qué diremos de los pobres militantes de la Oposición que, por el hecho de que existe la dictadura proletaria, sacan la conclusión de que debemos confiar en el centrismo burocrático que la socava? ¿Qué diremos de los “médicos” que descubren repentinamente que lo mejor para el bienestar del paciente es pasar por alto los síntomas de la enfermedad, ocultar su situación, y en lugar de someterlo a un tratamiento sistemático se limitan a esperar que el enfermo se recupere con ayuda de Dios?

Nuestros inconformes revelan la misma profunda falta de comprensión de las relaciones recíprocas entre el estado soviético y el centrismo burocrático que Urbahns; tan sólo se diferencian en la forma que le dan a su incomprensión.

Sólo el nivel tremendamente bajo en que la burocracia stalinista mantiene al movimiento comunista puede explicar el hecho tan perturbador de que camaradas que han permanecido en la escuela de la Oposición durante muchos años cometan errores tan miserables y comprometedores. ¡No hay nada que hacer! Perderemos un par de horas repitiendo el abc. Si eso no sirve, seguiremos avanzando, pasando por encima de quienes se obstinan en quedar atrás.



[1] Acerca de los que olvidaron el abecé. Boletín Interno, Comunista de Norteamérica, Nº 8, 28 de enero de 1933.

[2] Chiang Kai-shek (1887-1975): dirigente militar del Partido nacionalista burgués Kuomintang (Partido Popular) durante la revolución china de 1925-1927, e integrante de su ala derecha. Bajo las órdenes de la dirección de la Comintern, los comunistas ingresaron a ese partido. Los stalinistas lo presentaron como un gran revolucionario. hasta que en abril de 1927 masacró a los comunistas y sindicalistas de Shangai. Gobernó China hasta que en 1949 la revolución dirigida por el PCCh lo derrocó. Gobernó la isla de Taiwan (China Nacionalista) hasta su muerte.

[3] Dimitri Manuilski (1883-1952): secretario de la Comintern desde 1931 hasta su disolución en 1943. Al igual que Trotsky, había Pertenecido a la organización marxista independiente Meshraiontzi (Grupo Interdistrital), que se fusionó con el Partido Bolchevique en 1917. Se hizo partidario de la fracción stalinista a principios de la década del 20.

[4] N. Ustrialov: profesor y economista ruso que se opuso a la Revolución de Octubre pero luego trabajó para el gobierno soviético, creyendo que este se vería obligado a reimplantar gradualmente el capitalismo; por eso apoyó las medidas de Stalin contra Trotsky.

[5] NEP: sigla de la Nueva Política Económica, iniciada en 1921 en reemplazo del “Comunismo de Guerra”, política económica que imperó durante la Guerra Civil y provocó graves desastres en la producción agrícola e industrial. La NEP fue una medida temporal, destinada a reanimar la economía, que permitía cierta libertad restringida de comercio privado y otorgaba concesiones a empresas extranjeras, que funcionaban junto con las empresas nacionalizadas y controladas por el estado. Los llamados “hombres de la NEP”, beneficiarios de esta política, eran considerados una reserva latente para la restauración del capitalismo. A partir de 1928 la NEP fue suplantada por la colectivización forzosa y el Primer Plan Quinquenal.



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