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Adiós a Prinkipo[1]

Páginas de un diario

 

 

15 de julio de 1933

 

 

 

¡Ajá! Visas francesas, claras e incontrovertibles, fueron selladas en nuestros pasaportes. Pasado maña­na partiremos de Turquía. Cuando llegué a este lugar con mi mujer e hijo -hace cuatro años y medio- la luz de la "prosperidad" brillaba en Norteamérica con todo fulgor. Hoy, esas épocas parecen antediluvianas, casi legendarias.

Prinkipo es una isla de paz y olvido. El mundanal ruido llega hasta aquí, tras larga demora, muy atenua­do. Pero la crisis ha llegado. Cada año vienen menos personas desde Estambul, y las que lo hacen tienen cada vez menos dinero. ¿Para qué sirve la superabun­dancia de pescado si no hay demanda?

Prinkipo es un buen lugar para trabajar con la pluma, sobre todo en el otoño y el invierno, cuando la isla queda desierta y aparecen las perdices en el bosque. No hay teatros ni cinematógrafos. Los automó­viles están prohibidos. ¿Hay muchos lugares como éste en el mundo? Nuestra casa no tiene teléfono. El rebuz­nar del asno es un sedante para los nervios. Ni por un instante se puede olvidar que Prinkipo es una isla, por­que el mar se ve desde la ventana y no hay lugar desde donde no se lo vea. A diez metros de la cerca de piedra hay peces, a cincuenta metros, langostas. Durante semanas enteras el mar está tan calmado como un lago.

Pero mantenemos vínculos con el mundo exterior porque recibimos correspondencia. Ese es el punto culminante del día. El correo trae diarios, libros nue­vos, cartas de amigos y cartas de enemigos. Esta pila de papel impreso y escrito contiene muchas cosas ines­peradas, sobre todo cuando viene de Norteamérica. Me cuesta creer que haya tantas personas en el mundo para quienes la salvación de mi alma constituya un motivo de tanta preocupación. En el transcurso de estos años he recibido tal cantidad de literatura religiosa que bas­taría para redimir no a una sola persona sino a una bri­gada de pecadores inveterados. Quienes envían los libros piadosos tienen la amabilidad de marcar los pasa­jes pertinentes. Sin embargo, un número no menor de personas se interesa por la perdición de mi alma y expresan sus deseos con franqueza digna de elogio, aunque anónimamente. Los grafólogos me piden una muestra de mi caligrafía para analizar mi carácter. Los astrólogos preguntan el día y la hora de mi nacimiento para trazar mi horóscopo. Los coleccionistas de autó­grafos piden mi firma para agregarla a las de dos pre­sidentes norteamericanos, tres campeones de peso pe­sado, Albert Einstein, el coronel Lindbergh y, desde luego, Charlie Chaplin. Casi todas esas cartas vienen de Norteamérica. Poco a poco he aprendido a adivinar, con sólo mirar el sobre, si la carta me solicitará un bas­tón para el museo local, si expresará el deseo de que me haga pastor metodista o sí vaticinará las torturas eter­nas que me aguarda en uno de los potros vacantes del infierno. A medida que la crisis se hacía más severa, aumentaba la cantidad de cartas profetizando mi caída en las regiones infernales.

El correo trae cosas inesperadas. Hace un par de días trajo las visas francesas. Los escépticos -y también los había en nuestra casa- debieron batirse en retirada, avergonzados. Nos vamos de Prinkipo. Nuestra casa está casi vacía; abajo hay baúles de madera y manos jóvenes se ocupan de clavarlos. La primavera pasada decoramos los pisos de nuestra vieja y abandonada quinta con una pintura de composición tan misteriosa que las sillas, mesas e inclusive los pies se adhieren levemente al piso, aunque ya han pasado cuatro meses. Es extraño, pero me parece que mis pies han echado raíces en la tierra de Prinkipo.

Realmente, he mantenido escasos vínculos con la isla, cuya circunferencia puede recorrerse a pie en apenas dos horas. Pero por eso mismo he estrechado vínculos con las aguas que la bañan. Durante estos cincuenta y tres meses, con ayuda de un invalorable maestro, me he convertido en intimo amigo del mar de Mármara. Se llama Charolambos, y su universo está circunscripto por un perímetro de aproximadamente cuatro kilómetros alrededor de Prinkipo. Pero Charo­lambos conoce su universo para un ojo inexperto el mar es idéntico a sí mismo en toda su extensión. Sin embargo, el fondo del mar oculta una enorme variedad de organismos físicos, minerales, flora y fauna. Des­graciadamente, Charolambos es analfabeto, pero lee el hermoso libro del mar de Mármara como un artista. Su padre y su abuelo y su bisabuelo y el abuelo de su bisa­buelo fueron pescadores. Su padre todavía sale a pescar. La especialidad del viejo es la langosta. En el verano no las atrapa con redes como hacen los demás pescadores -como hacemos su hijo y yo- sino que las caza. Es un espectáculo de lo más apasionante. El viejo descubre la guarida de la langosta bajo una roca a cin­co u ocho metros de profundidad, o más aun. Con un palo muy largo de punta de hierro da vuelta la piedra y la langosta huye. El viejo da la orden al remero, per­sigue la langosta, la alcanza y, con otro palo que tiene en la punta una bolsita reticular fijada a un marco cua­drado, la atrapa y la saca. Cuando la superficie del agua está un poco agitada, el viejo salpica aceite y escu­driña a través de ese vidrio grasiento. En una buena jornada atrapa hasta treinta, cuarenta o más langostas. Pero en el transcurso de estos años todo el mundo se ha empobrecido y hay tanta demanda de langostas como de automóviles Ford.

Se suele decir que la pesca profesional, con red, es indigna de un artista libre. ¡Actitud superficial y erró­nea! La pesca con red es un arte mayor. Hay que cono­cer el tiempo y el lugar para cada clase de pez. Hay que saber echar la red en semicírculo, a veces en circulo e inclusive en espiral, según el tipo de fondo y mil y un factores más. Hay que echar la red al agua sin hacer ruido, desenrollándola rápidamente del bote en movi­miento. Por fin, el último acto: introducir los peces en la red. Hoy se lo realiza de la misma manera que hace diez mil años, arrojando piedras desde el bote. Mediante este bombardeo, se obliga a los peces a entrar en el circulo y luego en la red. Cada época del año y las dis­tintas condiciones marítimas exigen distintas cantida­des de piedras. De vez en cuando hay que volver a la orilla para aprovisionarse. Pero en el bote hay perma­nentemente dos piedras atadas a largas cuerdas. Hay que saber arrojarlas con fuerza y sacarlas del agua rápi­damente. La piedra debe caer cerca de la red. Pero, ¡ay del pescador sí la piedra cae dentro de la red y se enreda en ella! Entonces Charolambos le echa a uno una mirada fulminante, y con toda razón. Por amabili­dad y por instinto de disciplina social Charolambos reconoce que generalmente no me falta habilidad para arrojar piedras. Pero me basta comparar su trabajo con el mío, y el orgullo se desvanece. Charolambos ve la red cuando para mí se ha vuelto invisible y sabe dónde está cuando no la ve. La siente no sólo adelante suyo sino también a sus espaldas. Sus extremidades se mantie­nen en contacto permanente con esa red, mediante algún fluido misterioso. La tarea de recoger la red es un trabajo pesado, y Charolambos siempre lleva el vientre envuelto en una amplia faja de lana, incluso en los calu­rosos días de julio. Hay que remar sin dejar la red atrás ni permitir que el bote quede atrás de ésta, y esa es mi tarea, pero me costó tiempo aprender a interpretar los gestos casi imperceptibles con que el maestro dirige al aprendiz.

Muchas veces, después de arrojar quince kilos de piedras, Charolambos recoge la red y hay tan solo un pececillo del tamaño de mi pulgar. A veces la red vibra con los coletazos de los peces atrapados. ¿Cómo se explica la diferencia? "Deniz", responde Charolambos, encogiéndose de hombros. Deniz significa "mar", y la palabra suena muy parecida a "destino".

Charolambos y yo conversamos en un nuevo idioma, creado lentamente en base a términos turcos, griegos, rusos y franceses, todo muy distorsionado y pocas veces utilizados según su verdadero significado. Construirnos frases como lo hacen los niños de dos y tres años. Sin embargo, puedo pronunciar en turco los nombres de las operaciones más comunes. Algunos observadores ca­suales han sacado la conclusión de que domino el idio­ma turco, y los diarios dicen que traduzco al turco a 105 autores norteamericanos: ¡pequeña exageración!

Suele suceder que apenas terminamos de echar la red escuchamos el ruido de una zambullida y un bufido a nuestras espaldas. "¡Delfín!", grita Charolambos alarmado. ¡Peligro! El delfín aguarda hasta que los pescadores arrojen las piedras para que los peces entren en la red, y luego los arranca uno por uno, sa­zonándolos con grandes pedazos de red. "¡Haga fuego, M’sieu!", grita Charolambos. Y yo disparo con un re­vólver. Un delfín joven se asustará y huirá. Pero los piratas viejos desprecian olímpicamente ese juguete automático. De puro amables después del disparo se alejan un poco, resoplan y aguardan el momento pro­picio. Más de una vez nos vimos obligados a recoger rá­pidamente la red vacía y cambiar de terreno.

El delfín no es el único enemigo. El jardinerito morocho que vive en la costa norte es muy astuto para robar las redes ajenas, cuando se las echa y se las deja sin vigilancia toda la noche. Hacia la tardecita se hace a la mar en un bote como si fuera a pescar, pero en realidad busca un buen lugar que le sirva de atalaya para observar dónde echan las redes los que pescan de noche. Hay gente que roba redes (Charolambos y yo hemos perdido más de una en el transcurso de estos años), pero es un asunto arriesgado y fastidioso; hay que alterar la red para que quede irreconocible, tender­la, remendaría y de vez en cuando darle una mano de bleque. El jardinerito deja que los demás hagan estas tareas fastidiosas; a él le bastan los pescados y langos­tas. Charolambos y él se cruzan miradas más filosas que puñales. Recurrimos a un ardid: nos alejamos y hacemos toda la pantomina de echar la red. Luego, damos toda la vuelta alrededor de la islita repleta de conejos y echamos la red. Una de cada tres veces logra­mos engañar al enemigo.

Los peces que más abundan aquí son el barbonnel y el rouget. El especialista en la pesca de rouget es el viejo Kochu. Conoce a los peces y a veces se diría que los peces lo conocen a él; Cuando hay abundancia de rouget, Kochu elimina a sus posibles rivales con un gol­pe estratégico. Se hace al mar más temprano que nadie y recorre el campo acuoso, no de una punta a la otra sino como si fuera un tablero de ajedrez y él el caballo; a veces hace movimientos más complicados aun. Nadie sino Kochu sabe dónde pasó o dejó de pasar la red, de modo que abarca una gran extensión del mar y luego va recorriendo lentamente los cuadros no utilizados. ¡ Un gran arte.! Kochu sabe lo que es el mar porque es viejo. Pero su padre pescaba hasta el año pasado junto con otro viejo que antes había sido peluquero. Salían en un bote decrépito y echaban las redes langosteras; y ellos mismos, carcomidos hasta los huesos por la sal, se pa­recían a un par de ancianas langostas. Ahora ambos descansan en el cementerio de Prinkipo, que tiene más habitantes que la aldehuela.

Sin embargo, nadie debe pensar que utilizábamos solamente la red. No, nos valíamos de todos los méto­dos que prometían rendir frutos. Con sedal y anzuelo sacábamos peces de hasta diez kilos. Mientras yo sa­caba un monstruo invisible, que tanto podía seguirme obedientemente como resistir con desesperación, Cha­rolambos me miraba sin pestañear, sin el menor respe­to en su mirada. No por nada temía que yo perdiera la valiosa presa. Cada torpeza mía le arrancaba un gruñido salvaje y amenazador. Y cuando por fin el pez se ha­cía ver en el agua, tan hermosa y transparente, Charo­lambos me susurraba, admonitorio, "buyuk, M’sieu" (grandote). A lo que yo respondía, entre jadeos, "Buyuk, Charolambos". Acercábamos la presa al bote y la sacábamos mediante una red. Y entonces el her­moso monstruo, de colores irisados, conmovía el bote con los últimos estertores de su resistencia y desespe­ración. Felices, comíamos una naranja cada uno y, en un lenguaje que nadie más entiende y nosotros sólo a medias, compartíamos los avatares de la aventura.

Esta mañana la pesca fue pobre. La temporada ter­minó, los peces se han ido a aguas más profundas. Vol­verán a fines de agosto, pero Charolambos saldrá a pes­car sin mí. Ahí está, en la planta baja, clavando baúles de libros de cuya utilidad obviamente no esta del todo convencido. A través de la ventana abierta se ve el vaporcito que transporta a los funcionarios de Estambul a sus casas veraniegas. Los anaqueles de la biblioteca están vacíos. Solo en el arco superior de la ventana sigue la vida como siempre. Allí, justo arriba de los anuarios estadísticos, las palomas han construido un nido y dado a luz una cría que no siente el menor inte­rés por las visas francesas.

Para bien o para mal, el capítulo llamado "Prin­kipo" ha terminado.



[1] Adiós a Prinkipo. The Modern Monthly, marzo de 1934. Traducido [al inglés] por Max Eastman. Los amigos franceses de Trotsky habían desple­gado sus esfuerzos para conseguirle asilo en ese país. El 29 de junio de 1933, Camille Chautemps, ministro del interior del gobierno de Daladier, escribió una carta a Henri Guernut, miembro del parlamento, informándole que la "orden de expulsión [librada en 1916 contra Trotsky por sus actividades antibélicas] que afectaba a este extranjero [Trotsky], ha quedado sin efecto y que el interesado [Trotsky] obtendrá sin dificultades una visa para Francia cuando la solicite." El 7 de julio Trotsky recibió un telegrama de su camarada francés Henri Molinier por el que le informaba que los esfuerzos por obtenerle asilo en Francia habían triunfado. Trotsky escribió en su diario la despedida al lugar donde habla vivido durante cuatro años y medio, el 15 de julio, cuatro días antes de partir de Turquía.



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