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Adónde va el Partido Laborista Independiente[1]

 

 

28 de agosto de 1933

 

 

 

Las recientes resoluciones políticas del Consejo Na­cional del Partido Laborista Independiente [ILP] de Gran Bretaña demuestran claramente que después de su ruptura con los reformistas este partido continúa girando hacia la izquierda. En otros países se observan procesos similares: dentro de los partidos socialdemócratas se forma un ala izquierda, que luego rompe con el partido y trata de trazarse por su cuenta un canino revolucionario. Estos procesos reflejan, por un lado, la profunda crisis del capitalismo, íntimamente ligada a la del reformismo, y por el otro, la inca­pacidad de la Comintern para nuclear a las corrientes revolucionarias del proletariado.

Pero en Inglaterra la situación se complica más todavía por una combinación, hasta ahora, descono­cida. Mientras que en otros países la Comintern continúa tratando a las organizaciones socialistas de izquierda como "social-fascistas de izquierda" y "los más peligrosos contrarrevolucionarios", en Gran Bretaña se da una colaboración permanente entre el ILP y el Partido Comunista. Sigue siendo un misterio cómo hacen los dirigentes de la Comintern para conciliar esta colaboración con la teoría del "social-­fascismo". En el número de julio de la revista teórica de la Comintern se sigue tratando de "contrarrevolucionario" a Fenner Brockway,[2] el secretario recientemente designado del ILP. Ningún mortal puede resolver la contradicción de por qué, esta vez, el Partido Comunista británico hizo un frente único desde arriba y no desde abajo,[3] y además con dirigentes "contrarrevolucionarios", y no para una acción práctica aislada sino para una colaboración general. Pero si se dejan de lado los principios el asunto se explica muy fácilmente: en las condiciones excepcionalmente favorables de ese país, la Comintern se las arregló para aislar y debilitar completamente a su sección británica con sus catastróficas líneas políticas del Comité Anglo-­Ruso, el "tercer periodo",[4] el "social-fascismo", etcétera; por otro lado, la profunda crisis social del capitalismo británico empujó con fuerza hacia la izquierda al ILP. Haciendo caso omiso de la coherencia o la lógica, la Comintern, ahora totalmente descorazonada, se aferró con las dos manos a la alian­za que le propusieron.

Podríamos y deberíamos haber saludado caluro­samente la colaboración del ILP con el Partido Comunista si no estuviera basada en evasivas, omisiones y ambigüedades por ambas partes.

Sobre el Partido Comunista, el Consejo Nacional dice que es "por sus perspectivas, tan revolucionario como nosotros". Eso es todo lo que conocemos sobre su caracterización del Partido Comunista y su política. Cualquier obrero serio y reflexivo se preguntará inevi­tablemente: ¿para qué hacen falta dos partidos si las perspectivas de ambos son igualmente revoluciona­rías? Pero el obrero se asombrará más todavía al ente­rarse de que los dirigentes de uno de los partidos igualmente revolucionarios consideran "contrarrevolucionarios" y "social-fascistas de izquierda" a los dirigentes del otro. Acaso el Consejo Nacional se abstiene de una caracterización crítica de su aliado para no poner en peligro el acuerdo? Pero una alianza entre organizaciones revolucionarias que no se apoya en una franca y recíproca crítica sino en la diplomacia, se derrumbará como un castillo de naipes con el primer ventarrón político que sople.

Las tesis del Consejo Nacional explican el bloque con el Partido Comunista, en primer lugar, como un paso hacia el frente único y en segundo lugar como una etapa en la creación de un partido revolucionario de masas. Cada uno de estos argumentos tiene peso en sí mismo, pero sumados mecánicamente se contradicen. Las tesis plantean que el frente único tendría que incluir a todas las organizaciones del proletariado que deseen participar en la lucha: el Partido Laborista, los sindicatos, hasta las cooperativas. Pero sabemos bien, y no por haberlo leído sino por la trágica expe­riencia de la catástrofe alemana, que la Comintern rechaza el frente único con las organizaciones reformis­tas ("social-fascistas"). ¿Cómo pretende el ILP cons­truir un frente único con organizaciones reformistas en alianza con el Partido Comunista? ¿Solamente desde abajo y garantizándole de antemano la dirección a la burocracia comunista? No hay respuesta para este interrogante.

Cuando menciona al pasar que el bloque con el Partido Comunista empujó hacia la derecha a determinadas secciones del "movimiento oficial", el Consejo Nacional expresa la esperanza de que la activa partici­pación en las luchas cotidianas ayude a superar estos prejuicios. Habla a favor de los dirigentes del ILP el hecho de que no se asusten de los prejuicios reacciona­rios de los líderes del Partido Laborista y del Consejo General del Congreso Sindical. Desgraciadamente, no se trata sólo de prejuicios. Cuando la burocracia comu­nista declara que el reformismo y el fascismo son gemelos no sólo crítica incorrectamente a los diri­gentes reformistas; también provoca la justificada indignación de los trabajadores reformistas. Es cierto que las tesis afirman que la crítica al reformismo debe hacerse en base a hechos concretos, para hacer avanzar y no retroceder a los obreros reformistas, pero ni se menciona al Partido Comunista. ¿Qué hacer con la teoría del "social-fascismo"? ¿Cómo puede construirse sobre esta teoría la política del frente único? Esos problemas no quedan eliminados por el hecho de que la resolución no los mencione. Posiblemente la discu­sión abierta obligaría al Partido Comunista a adoptar una posición correcta; las evasivas diplomáticas no servirán mas que para acumular contradicciones y prepararle una nueva catástrofe al próximo movimiento de masas.

Las tesis del Consejo Nacional, al no definir en principio su actitud hacia el comunismo oficial (stalinismo) se quedan a mitad de camino en lo que hace al reformismo. Hay que criticar a los reformistas como demócratas conservadores y no como fascistas, lo que no implica que la lucha contra ellos sea menos irrecon­ciliable, dado que el reformismo británico constituye el principal obstáculo para la liberación, no sólo del proletariado británico sino también del europeo. La situación exige la política de frente único con los reformistas, pero necesariamente se lo debe limitar a tareas parciales, especialmente a las luchas defensi­vas. No cabe ni pensar en hacer la revolución socialista en frente único con las organizaciones reformistas. La tarea principal de un partido revolucionario consiste en liberar a la clase obrera de la influencia del refor­mismo. El error de la burocracia de la Comintern no consiste en considerar que la dirección de un partido revolucionario es la condición más importante para el triunfo del proletariado; eso es totalmente correcto. El error está en que, al ser incapaces de ganarse la confianza de las masas en la lucha cotidiana empezando como una pequeña minoría que juega un rol modesto, exige esta confianza por adelantado, presenta ultimátums a la clase obrera y rompe los intentos de frente único porque las demás organizaciones no están dis­puestas a entregarle voluntariamente el bastón de mando. Esto no es política marxista sino sabotaje burocrático. Repetimos; sólo es posible el triunfo seguro y firme de la revolución proletaria a condición de que un partido revolucionario, es decir realmente comunista, logre ganarse la confianza de la mayoría de la clase obrera antes del golpe. En las tesis no se toca este problema central. ¿Por qué? ¿Para ser "táctico" con el aliado? No sólo por eso. Hay causas más profundas. La insuficiente claridad de las tesis respecto al frente único se origina en la escasa comprensión de los métodos de la revolución proletaria. Las tesis hablan de la necesidad de "arrancarle a la clase capitalista el control del sistema económico y del estado y transferírselo a la clase obrera". ¿Pero cómo se resuelve este gigantesco problema? Las tesis responden con una simple frase a esta cuestión esencial de nuestra época: "esto sólo se puede lograr a través de la acción unifi­cada de la clase obrera." La lucha por el poder y la dictadura del proletariado siguen siendo abstracciones que se diluyen fácilmente en las amorfas perspectivas del frente único…

La burocracia del Partido Comunista británico está muchísimo mejor equipada en el terreno de las fórmulas revolucionarias prefabricadas. Precisamente aquí reside su actual ventaja sobre la dirección del ILP. Hay que decirlo abiertamente: esta ventaja superficial, puramente formal, en las presentes condiciones puede llevar a la liquidación del ILP sin ningún provecho para el Partido Comunista ni para la revolución. Las condiciones objetivas más de una vez empujaron a decenas y a centenas de miles de trabajadores hacia la sección británica de la Comintern, pero la dirección de ésta sólo fue capaz de desilusionarlos y hacerlos retroceder. Si hoy el conjunto del ILP entrara al Partido Comunista, en dos meses un tercio de sus militantes volvería al Partido Laborista, otro tercio sería expulsado por "actitudes conciliatorias hacia el trotskismo" y crímenes semejantes, y finalmente el tercio restante, decep­cionado en sus expectativas, caería en la indiferencia. Como resultado de esta experiencia, el Partido Comu­nista se encontraría más débil y aislado que ahora.

El ILP sólo puede salvar al movimiento obrero de Inglaterra de este nuevo peligro librándose de toda confusión y ambigüedad respecto a las vías y métodos de la revolución socialista y transformándose en un partido proletario realmente revolucionario. No hay necesidad de inventar nada nuevo en este terreno; ya se dijo todo, y muy bien, en los primeros cuatro congre­sos de la Comintern. En lugar de alimentarse de los remedos burocráticos de los epígonos,[5] sería mejor que los miembros del ILP estudiasen las resoluciones de los cuatro primeros congresos de la Comintern. Pero con esto solo no basta. Es necesario abrir en el partido una discusión sobre las experiencias de la última década, signada por la lucha entre la burocracia stalinista y la Oposición de izquierda. Los hitos más impor­tantes del movimiento revolucionario mundial le dieron contenido a esta lucha: los objetivos económicos y políticos de la URSS, los problemas de la revolución china, la política del Comité Anglo-Ruso, los métodos del frente único, los problemas de la democracia partidaria, las causas de la catástrofe alemana. No se puede obviar este enorme conjunto de problemas; no son rusos sino internacionales.[6]

En nuestra época un partido revolucionario no puede no ser internacional. ¿Cuál es la posición del ILP al respecto? Al entrar en una alianza con el Partido Comunista no definió su posición internacional. Rompió con la Segunda Internacional y se alió con la Tercera, pero también se alía de hecho con los partidos socialistas de izquierda. A su vez, esta alianza no es homo­génea. En ella participan elementos que se inclinan hacia el bolchevismo, pero también hay otros que empujan hacia el Partido Laborista Noruego,[7] es decir hacia la socialdemocracia. ¿Cuál es la posición del ILP respecto a todos estos problemas? ¿Pretende compartir el destino de la Comintern, ya históricamente condenada, tratará de permanecer en una posición intermedia (lo que significa volver por vías indirectas al reformismo) o está dispuesto a participar en la construcción de una nueva internacional sobre los fundamentos sentados por Marx y Lenin?

Al lector serio le resultará claro que de ninguna manera es la animosidad hacia el ILP lo que inspira nuestra crítica. Por el contrario, somos muy conscientes de que si este partido desapareciera de la escena sin pena ni gloria el socialismo sufriría un nuevo golpe. Este peligro existe, y no es demasiado lejano. En nuestra época es imposible quedarse mucho tiempo en posiciones intermedias. Sólo la claridad política podrá salvar al ILP para la revolución proletaria. El objetivo de estas líneas es ayudarlo a encontrar el camino de la claridad revolucionaria.



[1] ¿Adónde va el Partido Laborista Independiente? The Militant, 23 de septiembre de 1933.

[2] Fenner Brockway (n. 1890): en ese entonces secretario del ILP, mas tarde fue nombrado secretario del Buró de Londres-Amsterdam (también llamado Comunidad Internacional del Trabajo [IAG]) y se convirtió en un activo adversario de la Cuarta Internacional

[3] Mientras frenaba la concreción de frentes únicos con los socialdemócratas y otras tendencias obreras no controladas por los stalinistas, la Comintern afirmaba que realmente estaba a favor del frente único, siempre que fuera un frente único por abajo, es decir, negociado con las bases de las organizaciones no stalinistas y no con sus dirigentes.

[4] Según el esquema proclamado por los stalinistas en 1918, el tercer período era la etapa final del capitalismo, el período de su liquidación inmediata y su reemplazo por los soviets. A partir de aquí, la táctica de la Comintern durante los seis años siguientes estuvo signada por el ultraizquierdismo, el aventurerismo, los sectarios sindicatos "rojos" y la oposición al frente único. En 1934 se reemplazó la teoría y la práctica del "tercer período" por las del frente popular (1935-1939), pero a este no se le puso número. El "primer período" iba de 1917 a 1924 (crisis capitalista e insurrección revolucionaria), el segundo de 1925 a 1928 (estabilización capitalista).

[5] Epígonos son los discípulos que corrompen las doctrinas de sus maestros. Trotsky aplicaba este término a los stalinistas, que se reclamaban leninistas.

[6] Ver la declaración de la delegación de la Oposición de Izquierda a la Conferencia de París. [Nota de Trotsky.]

[7] El Partido Laborista Noruego (NAP) era el principal partido obrero de ese país; en 1933 declaraba tener doscientos mil miembros en los sindicatos afiliados al partido. En 1919 rompió con la Segunda Internacional y se afilió a la Tercera, abandonando ésta en 1923. Se unificó con los socialdemócratas noruegos pero no volvió a la Segunda Internacional. En 1932 fue uno de los impulsores de la Comunidad Internacional del Trabajo (IAG) y en agosto de 1933 de la Conferencia de París, en la que se opuso a la creación de una nueva internacional. En 1934 volvió a colaborar con los partidos socialdemócratas escandinavos, preparando así el camino para su retorno a la Segunda Internacional. En 1935 se convirtió en el partido gobernante en Noruega y le otorgó asilo a Trotsky. Un año después, bajo la presión soviética que siguió al primer juicio de Moscú, el gobierno laborista noruego internó y silenció a Trotsky durante cuatro meses, después de los cuales lo embarcó para México (ver Escritos 1935-1936).



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