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El significado de la rendición de Rakovski[1]

 

 

31 de marzo de 1934

 

 

 

Para muchos fue una inesperada y desagradable sorpresa, dado el avance de la reacción internacional, la declaración de Rakovski haciendo conocer su inten­ción de dejar de lado sus diferencias con el "partido" y someterse totalmente a la "disciplina". ¡Y no es para menos! En el transcurso de su exilio el viejo luchador dejó de ser un ser humano para pasar a ser un símbolo, no sólo para la Oposición de Izquierda Internacional sino también para amplios sectores de la clase obrera en general.

La reacción del lector común ante la rendición de Rakovski es considerarla un gran triunfo de la burocra­cia, o -para darle a este sector su seudónimo penal- un gran triunfo de Stalin. Es cierto que Rakovski no declaró que sus posiciones son falsas ni cantó loas bizantinas a la dirección burocrática, pero de todos modos con su declaración reconoce que la lucha contra la reacción internacional exige que se deje de combatir a la burocracia stalinista. Si bien desde un punto de vista puramente personal su declaración no contiene ninguno de esos repugnantes y vergonzosos autoenvilecimientos que parece son ahora un requisito indispen­sable de la lealtad partidaria "bolchevista", parece muy importante desde un punto de vista político.

Sin embargo, es un gran error basarse solamente en las impresiones inmediatas y en los efectos puramente sicológicos de los acontecimientos. Todo marxista tiene la obligación de encarar el caso Rakovski no como un elemento aislado sino como un síntoma político, de relacionarlo con los procesos más profundos que se están desarrollando.

Hace más de seis meses escribimos: "Las condiciones sumamente difíciles en que trabajan los bolche­viques leninistas rusos excluyen la posibilidad de que jueguen un rol dirigente a escala internacional. Más aun, en la URSS el grupo de la Oposición de Izquierda sólo podrá convertirse en un nuevo partido como conse­cuencia del éxito en la formación y el crecimiento de la nueva internacional. El centro de gravedad revolu­cionario se trasladó definitivamente a Occidente, donde son infinitamente mayores las posibilidades inmediatas de construir partidos." (La naturaleza de clase del estado soviético.)

Estas líneas no son casuales; resumen toda la expe­riencia de la última década. La Oposición de Izquierda rusa, que se planteó el objetivo inmediato de recons­truir el Partido Bolchevique y volver a orientar su política hacia la revolución internacional, sucumbió en la lucha. Se puede sufrir una derrota porque la política que se aplica es fundamentalmente falsa, pero también con una política correcta se puede caer víctima de una relación de fuerzas desfavorable. Engels señaló repetidamente que un partido revolucionario que sufre una derrota histórica decisiva queda inevita­blemente reducido a cero desde el punto de vista organizativo. Superficialmente parecería que el destino del Partido Bolchevique, que pese a la derrota de 1905 doce años después conquistó el mayor triunfo revolu­cionario de la historia mundial, contradice esta afir­mación. Pero, examinándolo más de cerca, este ejemplo corrobora la afirmación de Engels. El Partido Bolchevique desapareció de la escena como organi­zación de masas entre 1907 y 1911. Quedaron apenas unos cuantos cuadros dispersos y en su mayor parte vacilantes; quedó una tradición; quedó, sobre todo, el equipo en el exilio con Lenin a la cabeza. El alza de 1912 a 1914 hizo surgir una nueva generación revolu­cionaria, sacó de su letargo a parte de los viejos bolche­viques y se creó así una nueva organización partidaria, que históricamente -pero de ninguna manera organizativamente- era la continuadora del viejo Partido Bolchevique. Este ejemplo de ninguna manera agota el problema que nos interesa, pero proporciona determinados puntos de referencia para comprenderlo.

La Oposición de Izquierda comenzó con la lucha por la industrialización y la colectivización agraria en la Unión Soviética. En cierto sentido esta lucha se ganó, ya que desde 1928 la política del gobierno soviético es una aplicación burocráticamente distorsionada de los principios de la Oposición de Izquierda. Si no se hubiera hecho esto la Unión Soviética ya no existiría. Pero el problema económico de la URSS constituía sólo un aspecto secundario de nuestro programa, cuyo centro de gravedad estaba en la esfera de la revolución internacional. Y en este terreno, durante estos últimos once años, junto con el proletariado mundial, no sufri­mos más que derrotas: en 1923 en Bulgaria y Alemania, en 1924 en Estonia, en 1925-1927 en China, en 1926 en Inglaterra y Polonia, en 1928-1932 la continuada degeneración burocrática de la Comintern, en 1933 el triunfo nazi en Alemania, en 1934 la catástrofe austríaca. En todos estos procesos y acontecimientos los aná­lisis y pronósticos de la Oposición de Izquierda fueron notoriamente confirmados, aunque desgraciadamente por la negativa. Por ejemplo, léanse cuidadosamente las novelas del escritor francés Malraux[2] Les conque­rants [Los conquistadores] y La condition humaine [La condición humana]. Sin ser plenamente consciente de las relaciones y consecuencias políticas, el autor presenta aquí un veredicto aniquilador contra la polí­tica de la Comintern en China y a través de sus imáge­nes y personajes enfatiza de manera notable todo lo que la Oposición de Izquierda ya había planteado en sus tesis y formulaciones antes de los acontecimientos mismos. ¡Nadie puede discutir estos invalorables triunfos teóricos del método marxista! En 1905 el derro­tado no fue el método marxista sino el Partido Bolche­vique. Posteriormente, con el transcurso de los años, el triunfo demostró que los métodos habían sido correc­tos. Sin embargo, inmediatamente después de la derrota el noventa y nueve por ciento de los cuadros, incluyendo al Comité Central, abandonaron el partido convirtiéndose en pacíficos ciudadanos y a veces hasta en filisteos.

No es casual que en la URSS la reacción nacional haya triunfado apoyándose en las conquistas sociales de la revolución proletaria. El proletariado de Occiden­te y los pueblos oprimidos de Oriente no cuentan en su haber más que con derrotas. En lugar de la dicta­dura del proletariado, se expande la dictadura del fas­cismo. Más allá de las razones que llevaron a esta situación, dado que la revolución mostró su propia insuficiencia, la idea de la revolución internacional tenía que caer en el descrédito. Las masas trabajadoras de la Unión Soviética perdieron su confianza, sobre todo, en la Oposición de Izquierda, representante de los principios de la revolución internacional. Este es el motivo real del avance del dominio autocrático del aparato burocrático en la Unión Soviética y de su dege­neración nacional-conservadora.

Cualquier obrero ruso se siente ahora solidario, desde lo más profundo de su corazón, con él proleta­riado del resto del mundo y espera que logre el triunfo final, pero la revolución internacional como factor prác­tico ha ido desapareciendo gradualmente de la perspectiva de las masas rusas. Cifran todas sus esperanzas en los éxitos económicos de la Unión Soviética, discuten apasionadamente los problemas de la alimentación y la vivienda, se vuelven optimistas cuando hay una buena cosecha. Pero en lo que hace al movimiento obrero internacional, eso es tarea de Manuilski­-Kuusinen-Lozovski, a los que nadie toma en serio dentro del país.

En cuanto a la ubicación espiritual del estrato superior dominante en la Unión Soviética, hay un ejemplo muy esclarecedor, el discurso de Kirov[3] en el último congreso partidario. "Resulta casi imposible expresar que hermoso es vivir ahora." Kirov no es ninguna figura secundaria; es miembro del Buró Político y gobernador político general de Leningrado, y ocupa en el partido el lugar que ocupaba Zinoviev en el apogeo de su influencia. Es muy comprensible que Kirov se alegre por los avances técnicos y la mitiga­ción de la escasez de alimentos. No hay en todo el mundo un solo obrero honesto que no se regocije por ello. Lo aterrador es que Kirov vea solamente estos parciales éxitos nacionales y se desentienda de todo lo que pasa en el movimiento obrero internacional. En la vecina Polonia gobierna una dictadura militar, en todos los otros estados fronterizos lo peor de la reacción. Moscú se ve obligada a mantener la "amistad" con Mussolini, y el proletariado italiano, después de doce años de fascismo, sigue totalmente impotente y disper­so. Fue derrotada la revolución china, Japón domina Manchuria, la Unión Soviética tuvo que entregarle a Japón el Ferrocarril Oriental Chino,[4] la mayor herra­mienta estratégica de la revolución en el Este. En Alemania los nazis triunfaron sin que se les presente batalla, y ya no hay engaño o trampa burocrática que se atreva a presentar esta victoria como una "acelera­ción" de la revolución proletaria. En Austria se aplastó al encadenado y engañado proletariado. La Comintern está comprometida sin posibilidades de redención; se ha convertido en un freno de la revolución. Pese a sus crímenes, la socialdemocracia pasa a ser nuevamente el partido más fuerte de la clase obrera y prepara el camino a la esclavitud fascista en todos los países "democráticos". En Francia Thorez aplica la política de Thaelmann. En Alemania, mientras la flor y nata del proletariado se marchita en los campos de concentra­ción y en las prisiones, la burocracia de la Comintern parece haberse puesto de acuerdo con la socialdemo­cracia, casi conscientemente, para convertir a toda Europa, sí, y a todo el mundo, en un único campo de concentración fascista. Y Kirov, un miembro del organismo dirigente del primer estado obrero del mundo, dice que le faltan palabras para expresar la alegría de vivir en este momento. ¿Puede ser nada más que simple estupidez? No, el hombre no es estúpido; además no expresa solamente sus propios sentimien­tos. Toda la prensa soviética repite y alaba sus sublimes palabras. Tanto los que hablan como los que escuchan se olvidan del mundo; actúan, piensan y sienten solamente en ruso y además lo hacen burocráticamente.

Las declaraciones de capitulación de Sosnovski y Preobrashenski[5] reflejan el mismo espíritu. Cierran los ojos ante el proletariado mundial. Es lo único que les permite reconciliarse con las perspectivas nacionales de la burocracia soviética. Y si buscan esta reconciliación es porque no ven ningún punto de apoyo, ninguna palanca, ninguna gran posibilidad histórica en medio de la tempestad de las catástrofes proletarias de Occi­dente, que se suceden unas a otras.

Después del triunfo de Hitler, que terminó con la prehistoria de la Cuarta Internacional ("Oposición de Izquierda") no nos fue fácil, ni en Alemania m en general en Europa -es la ley de la inercia que domina en todos los terrenos-, comprender que teníamos que construir nuevos partidos proletarios luchando infati­gablemente contra los viejos. Sin embargo, si no hubiéramos tomado a tiempo este camino, la Oposición de Izquierda no sólo no habría pasado de su prehistoria a su historia propiamente dicha sino que habría desapa­recido totalmente de la escena política. Sin embargo, cuánto más difícil es para los viejos cuadros de la Oposición de Izquierda que están en la URSS, dispersos, aislados, desorientados o, lo que es peor, sistemáti­camente mal informados, abrazar esta nueva orientación. Rakovski tiene un gran temperamento revolu­cionario, una personalidad, una mente lúcida. Pero no se puede endiosar a nadie. Rakovski es también sola­mente un hombre y, después de estar separado durante años de las grandes perspectivas históricas que inspi­ran a los cuadros de la Cuarta Internacional se impuso lo "humano" que hay en él. Con esto no queremos justificar a Rakovski. Para los revolucionarios explicar no significa perdonar; sólo significa fortalecer la propia convicción revolucionaria.

La Gleichschaltung [eliminación de los adversarios] hizo que durante años se fuera relegando el interna­cionalismo revolucionario en beneficio del reformismo nacional, que se pasara de Lenin a Kirov. Por eso el triunfo sobre Rakovski no es otra cosa que el síntoma más evidente de la degeneración y naufragio del mar­xismo en el país que gracias al marxismo se transformó en un estado obrero. Una dialéctica notable, una dialéctica amarga, pero es así y no se la puede eludir con acrobacias mentales.

La declaración de Rakovski es la expresión del pesimismo y de la falta de salida subjetiva. Sin la menor exageración podemos afirmar que Stalin consiguió a Rakovski con la colaboración de Hitler. Ello significa, sin embargo, que el camino que tomó Rakovski no lleva políticamente a ninguna parte. Su ejemplo puede arrastrar a una docena o algo más de camaradas jóvenes. En la perspectiva de la política internacional del proletariado no cambiará nada. Lloramos en Rakovski a un amigo político perdido. No nos sentimos debilitados porque haya quedado eliminado de la lucha; nuestros principios fundamentales se sienten forta­lecidos, de modo trágico desde el punto de vista perso­nal pero inconmoviblemente desde un punto de vista político. La Comintern está muerta como factor revolu­cionario. De la dirección de Moscú el proletariado mundial no puede esperar más que obstáculos, dificul­tades y sabotajes. Nunca se atravesó una situación tan difícil, pero no es desesperada, ya que nuestras dificultades no son más que reflejos de las dificultades del capitalismo mundial refractadas por ambas buro­cracias. Son dos procesos que corren paralelos, se inter­penetran y atraviesan: por un lado, la descomposición de la vieja estructura, la renuncia a las viejas creencias, las capitulaciones ante Hitler y, como una sombra de ellas, las capitulaciones ante Stalin; por otro lado, el despertar de la crítica, una febril búsqueda del camino revolucionario, el nucleamiento de cuadros para la Cuarta Internacional.

De ahora en adelante la corriente leninista sólo podrá resurgir en la Unión Soviética con los grandes éxitos revolucionarios de Occidente. Los bolcheviques rusos que permanecen fieles a nuestra causa bajo la presión de una reacción nacional hasta ahora nunca vista -y son más de los que pensamos- se verán recompensados por el desarrollo ulterior de los acontecimientos. Pero ahora la luz no vendrá de Oriente sino de Occidente. Incluso la revolución china, desvergonzadamente traicionada, espera un nuevo impulso del proletariado mundial.

No tenemos tiempo de lamentarnos por los compa­ñeros perdidos, aunque se trate de camaradas de treinta años de lucha. Que todos los bolcheviques se digan: "Un luchador de sesenta años de edad, con experiencia y prestigio, abandonó nuestras filas. Tengo que captar a tres luchadores de veinte años para cubrir el vacío que dejó." Entre los muchachos de veinte años encontraremos a muchos Rakovskis que, con nosotros o después de nosotros, seguirán adelante con nuestro trabajo.



[1] El significado de la rendición de Rakovski. The Militant, 28 de abril de 1934.

[2] André Malraux (n. 190l): pertenecía en ese entonces a un comité que se formó para garantizar la seguridad de Trotsky en Francia; ver en al apéndice su amable relato sobre las discusiones que sostuvo con Trotsky. En la época del Frente Popular colaboró activamente con los stalinistas y se negó a hablar en favor de Trotsky desmintiendo las calumnias del juicio de Moscú. Después de la Segunda Guerra Mundial se hizo funcionario del gobierno degaullista. Dos artículos de Trotsky sobre Malraux, escritos en 1931, se publican en Problems of the Chinese Revolution [Problemas de la revolución china].

[3] Serguei Kirov (1886-1934): miembro del Buró Político y cabeza de la organización del PC en Leningrado, fue asesinado en diciembre de 1934, en parte como consecuencia de un complot tramado por la GPU con el objetivo de comprometer a Trotsky (ver Escritos 1934-1935).

[4] El Ferrocarril Oriental Chino era parte de la ruta original del Ferrocarril Transiberiano, que atravesaba Manchuria hasta Vladivostock. Anteriormente, Trotsky había criticado con mordacidad a los que, desde la Oposición de Izquierda, sostenían que, dado que el Ferrocarril Oriental Chino era una aventura zarista, imperialista, el estado obrero debía renunciar a él y entregárselo a la burguesía china. Stalin lo mantuvo hasta 1935, cuando se lo vendió al gobierno de Manchukuo, títere de los japoneses, en un esfuerzo por evitar un ataque de Japón a la Unión Soviética. En la segunda Guerra Mundial el ferrocarril quedó nuevamente bajo control soviético. Aunque las fuerzas de Mao Tse-tung conquistaron casi toda China en 1949, Stalin cedió la ruta al nuevo gobierno chino tan solo en 1952.

[5] Eugene Preobrashenski (1886-1937): uno de los secretarios del Comité Central bolchevique en 1920, escribió en 1926 La nueva economía, un análisis creativo de los problemas que enfrentaba la economía soviética. Miembro de la Oposición de Izquierda, fue expulsado del Partido en 1927, readmitido en 1929, expulsado nuevamente en 1931, y otra vez readmitido. Su última aparición pública fue en 1934, en el Decimoséptimo Congreso del Partido, donde, igual que otros oposicionistas, se retractó de sus errores pasados y denunció a Trotsky. Durante las purgas se negó a hacer una confesión y fue fusilado sin juicio.



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