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Entrevista concedida a Georges Simenon[1]

 

 

6 de junio de 1933

 

 

 

Preguntas de Georges Simenon

 

¿Cree usted que el problema racial será un factor de primera importancia en la determinación de los acontecimientos que sucederán al período actual de turbulencia social? ¿Lo será el problema económico? ¿El problema social? ¿El problema militar?

¿Puede considerarse que el conjunto de dictaduras constituye el comienzo de un reagrupamiento de los pueblos, o será sólo un fenómeno pasajero? ¿Qué ocurre con el conjunto de democracias occidentales?

¿Cree usted que es posible avanzar dejándose llevar por la corriente, o cree que es necesario que se produzca una conmoción violenta?

¿Cuánto cree usted que durará esta situación fluida?

 

Respuestas de León Trotsky

 

1. No, de ninguna manera creo que el problema racial será determinante en el período próximo. La raza es un factor puramente antropológico: heterogéneo, impuro, una mezcolanza (mixtum compositum). La historia se valió de ese material para crear las naciones, productos semiacabados... El destino de la nueva era estará determinado por las clases, los agrupamientos sociales y las corrientes políticas que se basan en las mismas. De ninguna manera niego la importancia de las características y diferencias raciales, pero creo que resultan superadas por la tecnología del trabajo y por el pensamiento. La raza es un elemento pasivo y estático, la historia es dinámica. ¿Cómo es posible que un ele­mento relativamente fijo determine la acción y el desarrollo? Todos los rasgos que distinguen a las razas desaparecen ante la máquina de combustión interna, ni qué hablar de la ametralladora.

Cuando Hitler se preparaba para implantar una forma de gobierno adecuada a la raza germánica del norte no se le ocurrió nada mejor que plagiar a la raza latina del sur. Mussolini, en la época en que luchaba por el poder, utilizaba la teoría social (si bien poniéndo­la patas arriba) de un alemán, el judío alemán Marx, al que uno o dos años antes aún llamaba "nuestro maes­tro inmortal". Ya que hoy, en pleno siglo XX, los nazis se proponen ignorar la historia, la dinámica social y la cultura para referirse a la "raza", ¿por qué no dar un paso más atrás? ¿Acaso la antropología no es parte de la zoología? ¿Quién sabe si los racistas no irán a buscar las inspiraciones más elevadas para su obra creadora en el reino de los antropoides?

2. No comparto el criterio de clasificar las naciones en democracias y dictaduras. Exceptuando a una redu­cida capa de políticos profesionales, las naciones, pueblos y clases no viven de la política. Las formas de gobierno son simplemente los medios para realizar tareas específicas y principalmente económicas. Natu­ralmente, una cierta similitud en las formas estatales favorece la comparación. Pero en última instancia lo decisivo son las consideraciones materiales: los inte­reses económicos y los cálculos militares.

3. ¿Considero que el grupo de dictadores, tanto fascistas (Italia, Alemania) como cuasi-bonapartistas (Polonia, Yugoslavia, Austria) durará poco? Desgra­ciadamente, no puedo compartir un pronóstico tan optimista. El fascismo no es producto de la "psicosis" o de la "histeria" (como gustan consolarse los teóricos de salón al estilo del conde Sforza),[2] sino de una profunda crisis económica y social que carcome impla­cablemente las entrañas de Europa. Esta crisis cíclica indudablemente dará lugar a un reanimamiento coyun­tural, aunque la recuperación será menor de lo que se supone. La situación global de Europa no mejorará mucho. Después de cada crisis, las empresas más pequeñas y débiles se debilitan aun más; las más fuer­tes se fortalecen. En comparación con los gigantes económicos estadounidenses, la Europa fragmentada aparece como una combinación de empresas pequeñas, recíprocamente hostiles. La situación actual de Europa es muy difícil; el mismo dólar esta de rodillas. Sin embargo, a consecuencia de la crisis imperante, la relación mundial de fuerzas cambiará a favor de Norteamérica y en detrimento de Europa.

El hecho de que el viejo continente en su conjunto pierda la posición de privilegio que otrora ocupó, provoca una tremenda agudización de los conflictos entre las naciones europeas y entre las clases de dichas naciones. Es evidente que ese proceso alcanza distin­tas tensiones en cada país; pero me refiero a una ten­dencia histórica general. En mi opinión, el incremento de las contradicciones sociales y nacionales explica el surgimiento y la relativa estabilidad de las dictaduras.

Para aclarar mi idea me tomaré la libertad de refe­rirme a la respuesta que di hace algunos años a la siguiente pregunta: ¿por qué la democracia dará lugar a la dictadura, y por cuánto tiempo? Permítame citar textualmente un artículo del 25 de febrero de 1929:

"Se suele decir que en estos casos se trata de naciones atrasadas o inmaduras. Esta explicación no es muy adecuada para Italia. Pero aun cuando resulte adecuada, no explica nada. En el siglo XIX se conside­raba una ley que los países atrasados ascendieran hacia la democracia. ¿Por qué, entonces, el siglo XX los lleva por el camino de la dictadura?... Las institucio­nes democráticas se muestran incapaces de sopor­tar las presiones de los antagonismos contemporáneos, ya sea internacionales, nacionales, en la mayo­ría de los casos ambas cosas a la vez. ¿Es esto bueno o malo? Sea como fuere, es un hecho.

"Si hacemos una analogía con la electricidad, podemos definir la democracia como un sistema de fusibles e interruptores destinados a defender el circuito contra los choques violentos engendrados por las luchas nacionales o sociales. Ninguna época de la historia humana estuvo tan llena de antagonismos como la nuestra. La sobrecarga de corriente tiende a aparecer cada vez en más lugares del sistema europeo. Bajo la excesiva tensión de los antagonismos de clase e internacionales, los tapones de la democracia saltan o se funden. Esta es la esencia del corto circuito de la dictadura. Lógicamente, los tapones más débiles son los primeros en ceder."

Cuando escribí estas líneas todavía había un gobierno socialdemócrata a la cabeza de Alemania. Es obvio que el curso de los acontecimientos en ese país, al que nadie puede calificar de atrasado, de ninguna manera contradice mi evaluación.

Es cierto que en esa misma época el movimiento revolucionario español barrió no sólo a la dictadura de Primo de Rivera sino también a la monarquía. Es inevitable que en el torbellino del proceso histórico se den hechos que van contra la corriente. Pero la península ibérica dista de haber hallado su equilibrio interno, el nuevo régimen debe demostrar su capacidad de permanencia.

4. Es indudable que el fascismo, sobre todo el nacionalsocialismo alemán, amenaza a Europa con conmociones bélicas. Hablo como observador, y posiblemente me equivoque, pero me da la impresión de que en general se menosprecia la magnitud del peligro. Si se contempla la perspectiva, no de los próximos meses sino de los próximos años -en todo caso, no de décadas-, considero absolutamente inevitable que la Alemania fascista provoque una guerra. Esto será posiblemente lo decisivo para el futuro de Europa. En todo caso, próximamente publicaré un artículo más extenso sobre este tema.

Quizás usted considere que el cuadro que trazo es demasiado sombrío. Me limito a sacar conclusiones de los hechos; no me dejo arrastrar por la lógica de los partidismos y antipartidismos sino por la lógica del proceso objetivo. La nuestra no es una época de paz, calma y prosperidad; confío en que nadie lo dude. Pero mi caracterización sólo puede resultar pesimista para quienes miden el curso de la historia con una vara demasiado corta. Todos los grandes períodos históri­cos parecen sombríos cuando se los mira de cerca.

Hay que reconocer que el mecanismo del progreso es muy imperfecto, pero no hay razón para suponer que un Hitler, o una combinación de hitleres, podrá hacer marchar siempre, o siquiera por una década, el mecanismo hacia atrás. Romperá muchos engranajes y palancas. Obligará a Europa a retroceder durante algunos años. Pero no dudo que, en definitiva, la humanidad encontrará la salida. Toda la historia pasada respalda esta afirmación.

[Una vez que Trotsky hubo respondido a las pre­guntas por escrito, se entabló el siguiente dialogo relatado por Simenon]

"¿Quiere hacerme más preguntas?", inquirió Trotsky amablemente.

"Una sola, pero temo que sea indiscreta."

(Sonríe y me indica con un gesto que prosiga.)

"Algunos diarios afirman que hace poco vinieron a verlo unos agentes enviados por Moscú para pedirle que vuelva a Rusia."

Su sonrisa se hace más amplia.

"Es falso, pero conozco el origen de ese rumor. Se trata de un artículo mío, publicado por la prensa norteamericana hace un par de meses. Yo diría, entre otras cosas, que dada la situación existente en Rusia, estaría dispuesto a servir al país si lo amenaza cual­quier peligro."

(Está tranquilo y silencioso.)

"¿Volvería usted al servicio activo?"

Asiente con la cabeza...



[1] Entrevista concedida a Georges Simenon. Die Nieuwe Weg (El Nuevo Rumbo, periódico del Partido Socialista Revolucionario de Holanda), volumen 8, 1933. Traducido [para la edición norteamericana] por Russell Block. El novelista belga Simenon, que entonces tenía treinta años y era corresponsal especial de Paris-Soir y Voila, fue a Prinkipo para solicitar una entrevista a Trotsky, pensando utilizarla en un libro que estaba escribiendo acerca de varias personas prominentes y las nuevas tendencias de la política mundial. Trotsky aceptó la entrevista y sugirió que Simenon le formulara las preguntas por escrito. Simenon lo hizo, pero aclarando que le resultaba difícil formular preguntas precisas y que lo que más le interesaba era que Trotsky opinara sobre “los nuevos grupos humanos que surgen en esta época de turbulencia”. Cuando se reunieron en la casa de Trotsky el 6 de junio de 1933 entregó sus respuestas escritas y luego sostuvieron una conversación. La última parte de la entrevista, que incluye una parte de la conversación, se transcribe de Paris-Soir, donde la entrevista se publicó por primera vez.

[2] Carlos Sforza (1872-1952): diplomático liberal italiano, se fue al exilio en 1926 y fue ministro de relaciones exteriores después de la Segunda Guerra Mundial.



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