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Francia es ahora la clave de la situación[1]

Un llamado a la acción y al reagrupamiento después de los acontecimientos franceses y austríacos

 

 

Publicado en marzo de 1934

 

 

 

Nosotros, representantes de los comunistas inter­nacionalistas (bolcheviques leninistas) de la URSS, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España, Holanda, Bélgica, Estados Unidos, Sudamérica, China y otros países, dirigimos este llamado a vosotros, obreros de todo el mundo, en el momento en que un peligro inminente nos acecha.

Después del aplastamiento del proletariado austríaco y de los sangrientos combates librados en las calles de París, hasta a un ciego le queda claro que los viejos métodos de lucha, basados en el desarrollo pacifico, están completamente agotados. El capitalismo putre­facto no tiene más recurso que el de suprimir al prole­tariado, aplastar sus organizaciones, quebrantar su voluntad y reducirlo a la más abyecta esclavitud. La burguesía no esperará hasta que el proletariado gane el cincuenta y uno por ciento de los votos. La cuestión se dirimirá por la fuerza. El capital financiero está organizando y armando a las bandas fascistas. El mussolinismo no es un fenómeno italiano, es un fenómeno mundial. La gangrena de la bárbara reacción se expande de un país a otro. Francia será el próximo. El 6 de febrero[2] fue el primer ensayo general del bandidaje fascista. En Inglaterra preparan manifesta­ciones similares. Las condiciones para el fascismo están dadas tanto en Estados Unidos como en Europa.

¡ Qué degradación terrible!

El proletariado es la única clase creadora de la sociedad actual. De él depende toda la vida del país, su economía y su cultura. Junto con las masas semi­proletarizadas, a las que está destinado a dirigir, el proletariado constituye la inmensa mayoría de la humanidad civilizada. Se inspira en un gran ideal social. Estos últimos días en Austria, como en el trans­curso de toda la historia moderna, se mostró capaz de gran heroísmo y abnegación.

Sin embargo, el fascismo, que se apoya en los peores y más desmoralizados elementos de la pequeña burguesía, en la escoria humana, en la resaca de la nación, obtiene un triunfo tras otro.

¿Por qué sucede esto? Este problema bulle en la mente de cada trabajador. La respuesta la dan los propios acontecimientos. La causa reside en la ban­carrota de la dirección. Desde arriba se traicionó, dividió y volvió impotente al proletariado.

La principal responsable es la socialdemocracia, la Segunda Internacional. Mientras todo se limitaba a pacíficas luchas y acuerdos parlamentarios y sindicales, los trabajadores no notaban que los organismos diri­gentes estaban formados por pequeños burgueses de mentalidad estrecha, ex reformistas y semirrevolucio­narios que se volvieron conservadores y, finalmente, traidores comunes. A estos dirigentes (Wels y Hilfer­ding,[3] Vandervelde y de Man, Blum y Renaudel. Lansbury y Henderson, Robert Grimm, etcétera) les son mucho más caros los pensamientos y sentimientos de los ministros burgueses, de los banqueros, de los periodistas y profesores que los del proletariado, los desocupados, los pequeños campesinos, la hambrienta juventud que crece en las calles.

Pero también recae una gran responsabilidad sobre la Tercera Internacional, que una vez levantó las banderas de la Revolución de Octubre pero que hoy, hundiéndose cada vez más, dejó de ser la vanguardia revolucionaria del proletariado para convertirse en un osificado aparato burocrático. La Comintern stalinista dirigió la revolución en China y la llevó a la derrota. La Comintern sacó de los sindicatos a los obreros revolucionarios de todo el mundo, aisló a la izquierda y así salvó de la catástrofe a la burocracia sindical conservadora. La Comintern entró en acuerdos con pacifistas burgueses, charlatanes y arribistas, mientras rehusó la acción unificada con las organizaciones proletarias de masas.

La dirección stalinista de la Comintern le dice al proletariado mundial: "Aceptad mis órdenes sin discutir o liquidaré la unidad combatiente de vuestras filas y sabotearé la defensa contra el fascismo." Entre 1929 y 1932 fue ésta la política de la sección más fuerte de la Comintern, la sección alemana, y esta política condujo al triunfo de Hitler. En Austria, debido a la serie de crímenes y errores de la Comintern, el Partido Comunista ni siquiera logró levantar cabeza. Finalmente, sin tomar en cuenta estas trágicas lecciones, los partidos comunistas de Francia, Inglaterra y otros países se disponen servilmente a repetir la política criminal de los stalinistas alemanes. La combinación de Marcel Cachin y León Blum producirá inevita­blemente las mismas consecuencias que la combinación de Thaelmann y Wels. Por este camino al proletariado no le queda más que la catástrofe final y absoluta.

La consecuencia del gran levantamiento de Octubre en Rusia fue la Unión Soviética. Demostró la fuerza y las potencialidades inherentes al proletariado. La Unión Soviética sigue siendo carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Llamamos con todas nuestras fuerzas a los trabajadores honestos a salir en defensa del estado soviético cuando sea necesario.

Sin embargo, bajo la presión del imperialismo mundial, las dificultades internas y los errores de la dirección, se elevó por encima de los soviets de obreros y campesinos una poderosa burocracia que hace de su infalibilidad una religión. El gobierno autocrático de la desenfrenada burocracia constituye hoy un terrible peligro para el desarrollo de los pueblos de la URSS y el triunfo del socialismo mundial. La Internacional Comunista creada por Lenin cayó víctima de su depen­dencia servil de la degenerada burocracia soviética.

Hay que construir un nuevo partido y una nueva internacional.

 Aunque muchos puedan oír en estas palabras la voz del "sectarismo" y la "desesperación", esta consigna surge lógicamente de la situación imperante en el mundo y en cada uno de los países. No hay otra vía. ¿Acaso se puede renovar y regenerar la Segunda Internacional, desprestigiada por sus crímenes y traiciones? Los acontecimientos de la época de la guerra y los posteriores responden "¡no!".

Y las cosas no se presentan mejor con la Tercera Internacional. Los bolcheviques leninistas, conocidos hasta ahora como Oposición de Izquierda, tratamos durante diez años de reformar a la Comintern, de hacerle retomar el camino de Marx y Lenin. Los colosa­les acontecimientos que se sucedían en todo el mundo confirmaban nuestras previsiones y llamados. ¡En vano! Las ideas conservadoras y los intereses comunes al privilegiado grupo burocrático demostraron ser más fuertes que todas las lecciones de la historia. Es imposible reconstruir la Comintern a través de las masas porque ya no depende más de las masas.

La Segunda y la Tercera Internacional se marginaron solas. Ahora no son más que obstáculos en el camino del proletariado. Hay que construir una nueva organización revolucionaria que se adecúe a la nueva etapa histórica y a sus objetivos. Hay que volcar vino nuevo en odres nuevos. Hay que construir en cada país un partido genuinamente revolucionario. Hay que construir una nueva internacional.

El obrero que reflexione tendrá que reconocer la lógica de hierro de estas conclusiones. Pero sus decep­ciones demasiado recientes le provocan dudas. ¿Un nuevo partido? Esto implica nuevas rupturas, pero el proletariado necesita antes que nada la unidad. Esto no es más que un pretexto, que en gran medida se origina en la reticencia a enfrentar las grandes difi­cultades.

Respondemos que no es cierto que el proletariado necesite la unidad en y por sí misma. Necesita la unidad revolucionaria en la lucha de clases. En Austria casi todo el proletariado estaba unido bajo las banderas de la socialdemocracia, pero este partido le enseñó a capitular, no a luchar. Los obreros austríacos demostraron que saben pelear. Parte de la dirección también luchó valientemente con ellos, pero la responsabilidad de la derrota recae sobre el partido de conjunto. La "unidad" oportunista demostró ser el camino hacia la ruina. En Bélgica el partido de Vandervelde, de Man y Cía. tiene detrás de sí a la inmensa mayoría de la clase obrera. ¿Pero de qué vale esta "unidad" cuando el estado mayor del ejército proletario, totalmente corrupto, se arrastra ante el poder monárquico, el obispo patriótico, el alcalde liberal, ante todos los representantes del enemigo de clase? En la pequeña Noruega el partido oportunista dirigido por Tranmael, que obtuvo el cuarenta y cinco por ciento de los votos en las últimas elecciones, está repitiendo todos los crímenes de la socialdemocracia austríaca, mutilando al proletariado y abriéndole la puerta al fascismo noruego. Esa unidad es una soga atada al cuello de la clase obrera.

Necesitamos una verdadera unidad revolucionaria, combatiente, en favor de la resistencia al fascismo, de la defensa de nuestro derecho a la vida, de la lucha irreconciliable contra el gobierno de la burguesía, de la conquista total del poder, de la dictadura del prole­tariado, del estado obrero, de los estados unidos soviéticos de Europa, de la república socialista mun­dial.

La socialdemocracia se entregó en cuerpo y alma al régimen burgués. La Comintern demostró en la práctica su incapacidad total para nuclear a las masas con objetivos revolucionarios. Al proletariado no le queda más que agachar la cabeza ante el yugo escla­vizante, un yugo más terrible aun que el de la Edad Media; o formarse una nueva arma para su liberación revolucionaria.

"Pero, ¿qué garantía hay de que la nueva interna­cional no naufrague como las demás?"

¡Pregunta miserable y filistea! En la lucha revolu­cionaria no se dan garantías por adelantado, no es posible hacerlo. La clase obrera trepa por los peldaños que ella misma cava en el granito Algunas veces retrocede unos cuantos pasos, otras el enemigo dinamita los peldaños que ya han sido cavados, otras se desmoronan porque el material era de mala calidad. Después de cada caída hay que levantarse, después de cada retroceso hay que avanzar, cada escalón destruido debe ser reemplazado por otros dos nuevos.

Lo que constituye una garantía de éxito -si es que se puede hablar de garantías- es que nos hemos enriquecido con las experiencias de la Segunda Inter­nacional y de la Tercera, que antes de derrumbarse rindieron grandes servicios al proletariado. Estamos encaramados sobre los hombros de nuestros predecesores. Esa es nuestra mayor ventaja.

Junto a nosotros se nuclean todos los que compren­den la política perniciosa de los dos aparatos que han sido superados. Todo el desarrollo histórico de los últimos diez años, es decir, del período de degenera­ción y decadencia de la Internacional Comunista, de­mostró la corrección de nuestros métodos, de nuestras previsiones y consignas.

La teoría y la política correctas inevitablemente se abrirán camino y nuclearán bajo sus banderas a la mayor parte del proletariado mundial. Así se forja la unidad revolucionaria.

Ya escuchamos otra réplica que a primera vista parece muy convincente: "La Cuarta Internacional no cristalizará de inmediato, y mientras tanto la pestilen­cia fascista se expande por todos lados con botas de siete leguas; ¿es éste el momento de dividir las filas de la clase obrera?" Contestamos: Para la unidad de las bases en la lucha directa está la política leninista del frente único. El bolchevismo pudo triunfar en octubre de 1917 debido a la correcta aplicación de esta política.

Marx y Lenin no tenían miedo de romper con los partidos oportunistas y burocráticos mientras unifi­caban a los verdaderos revolucionarios en una van­guardia independiente; al mismo tiempo, estaban dis­puestos a hacer acuerdos prácticos con cualquier organización de masas en defensa de los intereses coti­dianos del proletariado. La sabiduría y fortaleza del leninismo residen, por un lado, en la intransigencia teórica y política del partido y, por el otro, en su actitud realista hacia la clase, hacia todas sus organizaciones y grupos.

El leninismo no trató de ordenarle desde arriba al proletariado que lo siga, pero tampoco se disolvió en las masas, y precisamente por eso conquistó la dirección de la clase obrera.

Sí, el fascismo avanza por todo el mundo con botas de siete leguas. ¿Pero dónde reside su fuerza? En la confusión de las organizaciones de los trabajadores, en el pánico de la burocracia obrera, en la traición de los dirigentes. Bastaría con que el proletariado de un solo país ofreciera una resistencia implacable a las bandas reaccionarias, pasara a la ofensiva, tomara el poder, para que el ataque del fascismo se desmoronara en una retirada llena de pánico.

Entre la URSS y una Francia soviética la dictadura de los nazis no podría durar ni dos semanas. Mussolini no tardaría en seguir a Hitler al infierno. La defensa es posible y necesaria; de la defensa activa surgirá el ataque. Hay que tirar la borda todas las dudas para librarnos de los vacilantes -que nos seguirán después- hoy es necesario que la vanguardia de la vanguardia estreche sus filas en el terreno internacional. Las masas, acuciadas y preocupadas por terribles presiones y peligros, esperan una respuesta y exigen una dirección. Hay que crear esa dirección.

El mayor de todos las peligros es el de la guerra. Todo el mundo escucha los confusos murmullos sub­terráneos de la colisión internacional inminente. Los dirigentes de la socialdemocracia y de la burocracia sindical se preparan para asumir nuevamente el rol de patriotas, o sea de lacayos del imperialismo, convir­tiéndose en proveedores de carne de cañón para sus amos capitalistas. Con el pretexto de la "defensa de la patria" preparan la matanza de los pueblos.

La Comintern, a su vez, reemplaza la movilización revolucionaria de las masas urbanas y rurales por la fraseología retumbante y vacía y trata en vano de ocultar su impotencia tras congresos carnavalescos. La única manera de que el proletariado evite una nueva guerra o eche sus consecuencias sobre los hombros de los explotadores es reagrupándose sobre nuevas bases, bajo las banderas de la nueva internacional.

En una situación de guerra una pequeña minoría, con solo tomar la iniciativa, puede jugar un rol decisivo. ¡Pensemos en Liebknecht, pensemos en Rosa Luxem­burgo, pensemos en Lenin!

Los filisteos miserables pueden hablar de nuestro "sectarismo". Prepararse para el futuro no es sectarismo sino realismo revolucionario. A todas las organi­zaciones obreras les ofrecemos un programa de acción concreto sobre la base del frente único proletario. Consideramos que hoy la tarea principal es la autode­fensa proletaria activa. ¡Fuerza contra fuerza! La milicia obrera es la única arma útil contra las bandas fascistas, que tarde o temprano contarán con la colabo­ración de la policía oficial.

Pero la milicia obrera no se crea para hacer desfiles o demostraciones teatrales al estilo de Amsterdam y Pleyel sino para el combate denodado. La milicia obrera es el puño de hierro del proletariado. Hay que respon­der a cada golpe con dos golpes más fuertes. Hay que agotar la lucha, llevarla hasta el fin. Que el enemigo fascista no levante la cabeza. Hay que seguirle el rastro de cerca.

La huelga general del 12 de febrero en Francia fue una impresionante advertencia, pero nada más que eso. Al oler el peligro el enemigo duplicó, triplicó y cuadru­plicó sus esfuerzos. Sólo librando heroicas batallas la clase obrera de Francia, como la de todo el mundo, podrá mantener sus posiciones y lograr nuevas conquistas.

La defensa revolucionaria tiene que convertirse en la gran escuela para el ataque. Los obreros de Francia demostraron que su sangre todavía se inflama con las llamas de la revolución que encendió la Comuna de París. Pero Austria demostró que no basta con el solo deseo de luchar. Es necesario saber cómo hacerlo, es necesario organizarse, es necesario un plan, es necesario un estado mayor general del proletariado.

El 12 de febrero, el día de la huelga general y de las poderosas manifestaciones, los obreros de Francia obligaron a los dos aparatos burocráticos a hacer frente único durante veinticuatro horas. Pero se trató de una improvisación y para ganar hace falta organización.

El aparato natural de frente único en los momentos de lucha es el organismo que nuclea a los represen­tantes proletarios, a los delegados de taller y fábrica, de los barrios obreros y de los sindicatos: el soviet. Mucho antes de convertirse en organismos de poder los soviets constituyen el aparato revolucionario del frente único. En los soviets elegidos limpiamente la minoría se somete a la mayoría. La potente lógica de la lucha empuja en esta dirección, y hacia allí tienen que orientarse nuestros esfuerzos conscientes.

Hoy la Francia proletaria es la más próxima en el orden histórico. Nuevamente se juega aqui no sólo la suerte de Francia sino la de Europa y, en última instancia, la de todo el mundo. Si el fascismo consigue aplastar al proletariado francés toda Europa tendrá que beber ese amargo trago. ¡Por otra parte, en las condiciones actuales el proletariado francés superaría de lejos en importancia a la victoria de Octubre del proletariado ruso!

Obreros de todo el mundo, la mejor forma y la más segura de ayudar al proletariado francés es la lucha irreconciliable contra vuestra propia burguesía. ¡Llamad a todas las organizaciones de trabajadores de Francia a unirse en la lucha! Bajo el fuego del enemigo, reuníos los más intrépidos, esclarecidos y abnegados de entre vosotros y entrad a formar parte de los destaca­mentos de la Cuarta Internacional. Llamad y dirigid en la lucha a los trabajadores, a los sumergidos, a los desocupados. ¡Penetrad en todas las organizaciones, explicad, impulsad, reclutad! ¡No perdáis un solo día, ni siquiera una sola hora!

¡Fuera las manos de las organizaciones y la prensa proletarias!

¡Por los derechos democráticos y las conquistas sociales del proletariado!

¡Por el derecho más elemental, el trozo de pan!

¡Contra la reacción! ¡Contra el gobierno de la policía bonapartista! ¡Contra el fascismo!

¡Por las milicias proletarias!

¡Por el armamento de los trabajadores!

¡Por el desarme de la reacción!

¡Contra la guerra! ¡Por la fraternización de los pueblos!

¡Por el derrocamiento del capitalismo!

¡Por la dictadura del proletariado!

¡Por la sociedad socialista!

¡Proletarios de ambos hemisferios! La Primera Internacional os dio un programa y una bandera. La Segunda Internacional hizo plantarse firmemente sobre sus pies a las más amplias masas. La Tercera Internacional dio el ejemplo de la acción revolucio­naria. ¡La Cuarta Internacional traerá la victoria final!



[1] Francia es ahora la clave de la situación. The Militant, 31 de marzo de 1934, donde llevaba el título Por la Cuarta Internacional. Firmado "Secretariado Internacional, Liga Comunista Internacional".

[2] El 6 de febrero de 1934 los fascistas, realistas y otros grupos de derecha realizaron una violenta manifestación frente a la Cámara de Diputados de París contra el gabinete radical encabezado por Daladier. Como resultado de la lucha callejera que duró toda la noche hubo catorce muertos y centenares de heridos. Daladier cayó al día siguiente y se llamó a París a Doumergue, un ex presidente retirado, para que formara un gobierno fuerte, "no partidista", cuyos ministros fueron Herriot, Tardieu, Barthou, Sarraut y Laval. El 12 de febrero el movimiento obrero respondió con una huelga general de un día y manifestaciones en todo el país. Trotsky caracterizó al régimen de Doumergue como un comienzo de bonapartismo y empezó a señalar el peligro de que Francia siguiera el camino que siguió Alemania en la etapa previa al triunfo de Hitler si no se presentaba ante los trabajadores franceses una alternativa revolucionaria viable.

[3] Rudolf Hilferding (1877-1941): uno de los dirigentes socialdemócratas de la Alemania anterior a la Primera Guerra Mundial y autor de un trabajo fundamental de economía política, El capital financiero. Durante la guerra fue pacifista, se hizo dirigente del Partido Socialdemócrata Independiente (USP) y volvió con éste a la socialdemocracia. En 1923 y 1928 fue ministro de finanzas; en 1933 huyó a Francia. El gobierno de Petain lo entregó en 1940 a la Gestapo y murió poco después en una prisión alemana.



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