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La filosofía bonapartista del Estado[1]

 

 

1º de mayo de 1939

 

 

 

Uno de los puntos centrales del informe de Stalin al Decimoctavo Congreso de Moscú fue, indudablemente, una nueva teoría del estado promulgada por él. Stalin no se ha aventurado en ese peligroso terreno por una innata inclinación, sino por necesidad. No hace mucho, los juristas Krilenko y Pashukanis, stalinistas ortodoxos, fueron destituidos y aplastados por haber repetido las ideas de Marx, Engels y Lenin en el senti­do de que el socialismo implica una gradual extinción del estado.[2] No es posible que el Kremlim reinante acepte esta teoría. ¿Cómo? ¿Extinguirse tan pronto? La burocracia recién empieza a vivir. Krilenko y Pashukanis son, obviamente, “destructivos”.

En verdad, las condiciones de la actual vida soviética apenas si pueden reconciliarse siquiera con los girones de la vieja teoría. Los obreros están confinados en las fábricas, los campesinos en las granjas colec­tivas. Se introdujeron los pasaportes, restringiéndose por completo la libertad de movimiento.

Llegar tarde al trabajo es un crimen capital. No sólo es punible como traición cualquier crítica a Stalin, sino también la simple omisión de cumplir el deber natural de ponerse en cuatro patas delante del “Líder”. Las fronteras están custodiadas por un impenetrable muro de guardias fronterizos y perros de policía, en una escala hasta ahora desconocida en cualquier otra parte. Nadie puede entrar o salir cualquiera sea el motivo. Se extermina sistemáticamente a los ex­tranjeros que antes habían ingresado al país. La esencia de la constitución soviética -“la más democrática del mundo”- consiste en esto: en determinado momento, cada ciudadano es llamado a votar a un candidato úni­co digitado por Stalin o sus agentes. La prensa, la radio, todos los órganos de propaganda, de agitación y la educación nacional están completamente en manos de la camarilla gobernante. Durante los últimos cinco años, según cifras oficiales, se expulsó del partido a no menos de medio millón de afiliados. No sabemos con certeza cuántos fueron fusilados, arrojados a las cárceles o a los campos de concentración, o exiliados en Siberia. Pero indudablemente miles de miembros del partido compartieron la suerte de millones de perso­nas que no pertenecían a él. Sería sumamente difícil inculcar en las mentes de esos millones, y de sus parientes y amigos, la idea de que el estado stalinista se esta extinguiendo. Está estrangulando a otros, pero no presenta signo alguno de extinción. Por el contrario, ha alcanzado un grado de fuerza salvaje sin preceden­tes en la historia de la humanidad.

No obstante, los decretos oficiales informan que ya se ha realizado el socialismo. Según esos textos, el país esta en camino hacia el comunismo completo. Be­ria se encargará de convencer a los incrédulos. Pero aquí se presenta la principal dificultad. Siguiendo a Marx, Engels y Lenin, el estado es el órgano de domi­nio de clase. Hace tiempo que el marxismo desenmas­caró todas las otras definiciones del estado como falsifi­caciones teóricas que sirven para encubrir los intereses de los explotadores. Pero, en este caso, ¿qué significa el estado en un país donde “han sido destruidas las clases”? Más de una vez los sabios del Kremlin se han devanado los sesos sobre esta cuestión. Pero, por supuesto, primero procedieron a arrestar a todos los que les recordaban la teoría marxista del estado. Como esto solo no bastaba, fue necesario suministrar algo que se pareciera a una explicación teórica del absolutismo stalinista. Tal explicación se adelanto en dos cuotas. Hace cinco años, en el Decimoséptimo Congreso par­tidario, Stalin y Molotov explicaron que la policía del estado se necesitaba para luchar contra los “restos” de las viejas clases dominantes y especialmente contra las “astillas” de trotskismo. Según dijeron, esos restos y astillas eran, a no dudar, insignificantes. Pero, por ser extremadamente “rabiosos”, la lucha contra ellos exigía la máxima dureza y vigilancia. Tal teoría era excepcionalmente idiota. ¿Por qué era necesario recurrir a un estado totalitario para luchar contra “restos impotentes”, cuando la democracia soviética había demostrado ser totalmente adecuada para derribar a las propias clases dominantes? Esta pregunta nunca tuvo respuesta.

Pero, aún así, esta teoría del Decimoséptimo Con­greso hubo de ser descartada. Los últimos cinco años han sido en gran medida dedicados a destruir las “astillas del trotskismo”. El partido, el gobierno, el ejército y el cuerpo diplomático fueron desangrados y decapitados. Las cosas llegaron a tal extremo que, para calmar a su propio aparato, en el último congreso Stalin se vio obligado a prometer que en adelante no recurriría a purgas masivas. Esto, por supuesto, es mentira. También en el futuro el estado bonapartista se verá obligado a devorar física y espiritualmente a la sociedad. Claro que Stalin no puede admitirlo y jura que las purgas no se reanudarán. Si así fuere, y si las “astillas” de trotskismo y los “restos” de las viejas clases dominantes han sido completamente des­truidos, surge entonces la pregunta: “¿Contra quién es necesario el estado?”

Esta vez Stalin contesta: “La necesidad del estado surge del cerco capitalista y de los peligros que de allí emanan hacia la tierra del socialismo”. Con esa monotonía típica de un estudiante de teología que le es tan habitual, repite y refunde esta idea una y otra vez: “La función de la represión militar dentro del país ha decaído, se ha extinguido... la función de la defensa militar del país contra los ataques del exterior ha permanecido completamente intacta”. Y más adelante: “En lo que respecta a nuestro ejército, nuestros órganos represivos y nuestro servicio de inteligencia, sus armas no apuntan más hacia adentro del país sino hacia afuera, contra el enemigo exterior”.

Concedamos que las cosas sean hoy realmente así. Concedamos que la necesidad de preservar y fortalecer el centralizado aparato burocrático surge únicamente de la presión del imperialismo. Pero por su misma na­turaleza, el estado es el gobierno del hombre sobre el hombre. El socialismo, en cambio, se propone liquidar, en todas sus formas, el gobierno del hombre sobre el hombre. Si el estado no sólo es preservado sino fortalecido, volviéndose cada vez más salvaje, significa entonces que el socialismo no se ha realizado aún. Si el privilegiado aparato estatal es consecuencia del cerco capitalista, esto significa que, en medio de un cerco capitalista, en un país aislado, no es posible el socialismo. Tratando de desenroscar su cola, Stalin se topa con su hocico. Al justificar su gobierno bona­partista, refuta de paso su principal teoría sobre la construcción del socialismo en un solo país.

Sin embargo, la nueva teoría de Stalin es correcta, sólo en aquello en que refuta su vieja teoría; en to­do lo demás carece de valor. Para luchar contra el peligro imperialista, el estado obrero necesita na­turalmente un ejército, un estado mayor, un servi­cio de inteligencia, etcétera. ¿Pero significa esto que el estado obrero necesita coroneles, generales y marisca­les, con sus correspondientes sueldos y privilegios? El 31 de octubre de 1920, en una época en que el espartano Ejército Rojo carecía incluso de un cuerpo especial de oficiales, se emitió un decreto relativo a las fuerzas armadas en el que se manifestaba: “Dentro de la organización militar [...] existe una desigualdad que resulta comprensible e inevitable en muchos casos, pero que en otros es absolutamente innecesaria, excesiva y a veces criminal”. La parte resolutiva de ese decreto decía así: “Sin plantear la impracticable tarea de eliminar de inmediato todas las prerrogativas en el ejército, debemos esforzarnos sistemáticamente por reducir al mínimo esos privilegios y suprimir tan rápido como sea posible todos los que no surjan de las necesidades del arte militar y que no pueden sino ofender el sentimiento de igualdad y camaradería de los hombres del Ejército Rojo”. Esa fue la línea fundamental del gobierno soviético durante ese pe­ríodo. La política actual apunta directamente a lo opuesto. El desarrollo y fortalecimiento de la casta mili­tar y civil significa que la sociedad -independiente­mente de quienes sean los culpables: los imperialistas extranjeros o los bonapartistas domésticos- no se mueve hacia el ideal socialista, sino que se aleja de él.

Lo mismo puede decirse del servicio de inteligencia, en el que Stalin ve la quintaesencia del estado. En el congreso, donde los agentes de la GPU eran mayoría casi absoluta, planteó lo siguiente: “El servicio de inteligencia es indispensable para arrestar y castigar a los espías, asesinos y terroristas que los organismos de espionaje extranjeros envían a nuestro país”. Por supuesto, nadie negará la necesidad de contar con un servicio de inteligencia para oponerse a las intrigas del imperialismo. Pero el quid de la cuestión es la posición que ocupan esos órganos de inteligencia en relación a los propios ciudadanos soviéticos. Una sociedad sin clases no puede dejar de estar ligada por lazos de solidaridad interna. En su informe, Stalin se refirió muchas veces a esa solidaridad, celebra­da como “monolítica” . Sin embargo, los espías, terroristas y saboteadores necesitan una cobertura, un medio que les sea afín. En una sociedad determinada, cuanto mayor es la solidaridad y más leal es el régimen existente, menos lugar queda para los elementos anti­sociales. ¿Cómo explicarse entonces que en la URSS, si hemos de creer a Stalin, se cometan en todas partes tal cantidad de crímenes como no es frecuente encon­trarlos ni en la decadente sociedad burguesa? Después de todo, la malignidad de los estados imperialistas no es por sí misma suficiente. La actividad de los microbios no está determinada tanto por su virulencia como por la resistencia que encuentran en los organis­mos vivos. ¿Cómo, entonces, en una sociedad socialista “monolítica”, los imperialistas pueden contar con tan enorme número de agentes, los que, además, ocupan los puestos más elevados? O, para decirlo de otro modo, ¿cómo es posible que en una sociedad socialista los espías y provocadores lleguen a altos cargos, sean incluso ministros, jefes de gobierno, miembros del Buró Político,[3] y tengan, además, los mandos más prominentes del ejército? Finalmente, si la sociedad socialista carece hasta tal punto de resortes internos que, para salvarla, se necesita recurrir a un servicio de inteligencia todopoderoso, universal y totalitario, entonces las cosas deben andar muy mal. Y más cuando, como jefes del propio servicio, aparecen ban­didos como Iagoda, al que hay que fusilar, o Iezov, que debe ser ignominiosamente expulsado. ¿De quién hay que depender, pues? ¿De Beria? ¡También para él sonará el toque de difuntos!

En realidad, es sabido que la GPU no destruye a los espías y agentes del imperialismo, sino a los oposi­tores políticos a la camarilla gobernante. Todo lo que Stalin está tratando de hacer es elevar a un nivel “teórico” sus fraudes judiciales. ¿Pero cuáles son las razones que obligan a la burocracia a encubrir sus reales objetivos, y a rotular de espías extranjeros a sus adversarios revolucionarios? El cerco imperialista no explica esta trama de mentiras. La razón debe ser de carácter interno, es decir, debe surgir de la misma estructura de la sociedad soviética.

De labios del propio Stalin, tratemos de encontrar alguna evidencia adicional. Sin conexión alguna con el resto de su informe, plantea lo siguiente: “En vez de la función de coerción, ha aparecido en el estado la de salvaguardar la propiedad socialista de los ladrones y desfalcadores de la riqueza nacional”. Resulta, por lo tanto, que el estado existe no sólo contra los espías extranjeros sino también contra los ladrones domés­ticos. Y, además, la importancia de estos ladrones es tan grande que justifica la existencia de una dictadura totalitaria e, incluso, suministra la fundamentación de una nueva filosofía del estado. Es obvio que si las personas se roban unas a otras es porque la miseria cruel y las notorias desigualdades que los incitan al robo aún rigen la sociedad. Aquí nos acercamos más a la raíz de las cosas. La desigualdad social y la pobreza son factores históricos muy importantes, que explican por sí mismos la existencia del estado. La desigualdad siempre requiere una salvaguardia, siempre los privilegios demandan protección; y las usurpaciones de los desheredados exigen castigo. ¡Esa es, precisa­mente, la función histórica del estado!

En lo que respecta a la estructura de la sociedad “socialista”, lo importante del informe de Stalin no es lo que dijo sino lo que calló. Según él, la cantidad de obreros y empleados civiles ha aumentado de veintidós millones en 1933 a veintiocho millones en 1938. La citada categoría de “empleados” incluye no sólo a los que trabajan en un almacén cooperativo sino también a los miembros del Consejo de Comisarios del Pueblo. Obreros y empleados aparecen aquí todos juntos, como ocurre siempre en las estadísticas soviéticas, de manera de no revelar la importancia numérica de la burocracia, la rapidez con que crece y, sobre todo, la celeridad con que aumentan sus in­gresos.

En los cinco años transcurridos entre los dos últimos congresos, la suma anual de salarios de obreros y empleados aumentó, según Stalin, de 35.000 a 96.000 millones, es decir, a casi el triple (sin considerar los cambios en el poder adquisitivo del rublo). Pero, ¿cómo se dividen estos 96.000 millones entre las distintas categorías de obreros y empleados? Acerca de esto, ni una palabra. Stalin sólo nos dice que “el salario industrial promedio de los obreros, que en 1933 era de 1.513 rublos, se elevó en 1938 a 3.447 rublos”. Sorprendentemente aquí sólo se refiere a los obreros; pero no es difícil demostrar que se trata, como antes, de obreros y empleados. Basta multiplicar el salario anual (3.447 rublos) por el número total de obreros y empleados (veintiocho millones) para obtener la suma de salarios antes mencionada por Stalin, a saber, 96.000 millones. Para embellecer la posición de los obreros, el “Líder” se permite de este modo una trampa tan grosera que avergonzaría al periodista burgués más inescrupuloso. En consecuencia, sin considerar las variaciones en el poder adquisitivo de la moneda, el salario anual promedio de 3.447 rublos sólo significa que, si sumamos los sueldos de los obreros no calificados y calificados, de los stajanovistas,[4] los inge­nieros, los directores de empresas y también de los comisarios del pueblo para la industria, obtenemos un promedio de menos de 3.500 rublos al año por persona. ¿Cuáles han sido, en los últimos cinco años, las mejoras respectivas en los salarios de obreros, ingenieros y personal superior? En la actualidad, ¿cuánto percibe anualmente un obrero no calificado? De esto, ni una palabra. Las estadísticas promedio de salarios, ingresos, etcétera, fueron siempre utilizadas por los apolo­gistas burgueses más torpes. En los países más cultos, este método ha sido descartado, pues ya no engaña a nadie; pero, en la tierra donde se ha llegado al socia­lismo y donde todas las relaciones sociales deberían distinguirse por su cristalina claridad, se ha convertido en el método predilecto. Lenin dijo; “Socialismo es contabilidad”. Stalin enseña: “Socialismo es fan­farronería”.

Sería, por otra parte, el más enorme disparate pensar que la cifra promedio antes mencionada por Stalin incluye todos los ingresos de los “empleados” superiores; es decir, de la casta gobernante. En los hechos, además de sus comparativamente modestos salarios oficiales, los supuestos “obreros” responsa­bles reciben salarios secretos de la tesorería del Comité Central o de los comités locales; tienen a su disposición automóviles (existen incluso plantas especiales de producción de los automóviles más modernos para uso de los “obreros responsables”), excelentes departa­mentos, casas de veraneo, sanatorios y hospitales. Para satisfacer sus necesidades o su vanidad, se han erigido todo tipo de palacios soviéticos”. Práctica­mente monopolizan las altas casas de estudio, los teatros, etcétera. Todas estas enormes fuentes de ingreso (que son gastos para el estado no están, por supuesto, incluidas en los 96.000 millones a que se refiere Stalin. Y, no obstante, Stalin ni siquiera se atreve a hablar de cómo se reparte la suma legal de salarios (los 96.000 millones) entre obreros y empleados, entre obreros no calificados y stajanovistas, y entre las capas superiores e inferiores de empleados. No hay duda de que la parte del león del aumento de salarios ha ido a parar a los stajanovistas, a los premios de los ingenieros, etcétera. Al operar con promedios cuya exactitud no inspira confianza, al poner en una sola categoría a obreros y empleados, al omitir los fondos secretos de miles de millones, al “olvidarse” de los empleados y mencionar sólo a los obreros para determinar el “salario promedio”, Stalin se propone un objetivo muy simple: engañar a los trabajadores, engañar al mundo entero y esconder los ingresos enormes y crecientes de la casta privilegiada.

Así, “la defensa de la propiedad socialista contra los ladrones y desfalcadores” significa, nueve de cada diez veces, la defensa de los ingresos de la burocracia contra cualquier reivindicación de los sectores no privi­legiados de la población. Tampoco estaría de más decir que el ingreso secreto de la burocracia, sin bases en los principios del socialismo o en las leyes del país, no es sino un robo. Además de este latrocinio legalizado existe un superrobo ilegal, ante el cual Stalin debe cerrar los ojos porque los ladrones constituyen su más fuerte apoyo. El aparato bonapartista del estado es, por lo tanto, el órgano de defensa de los ladrones y saqueadores burocráticos de la riqueza nacional. Esta fórmula teórica se acerca mucho más a la verdad.

Stalin está obligado a mentir sobre la naturaleza social de su estado por la misma razón que debe mentir acerca de los salarios de los trabajadores. En ambos casos, aparece como vocero de los parásitos privile­giados. En la tierra que pasó por la revolución proletaria, es imposible alimentar la desigualdad, crear una aristocracia y acumular privilegios si no es vertiendo sobre las masas torrentes de mentiras y de represión cada vez más monstruosa.

El desfalco y el robo, principales fuentes de ingreso de la burocracia, no constituyen un sistema de explota­ción en el sentido científico de la palabra. Pero, desde el punto de vista de los intereses y de la posición de las masas populares, es infinitamente peor que cual­quier explotación “orgánica”. En el sentido científico del término, la burocracia no es una clase poseedora, pero encierra en sí decuplicados todos sus vicios. La ausencia de relaciones de clase cristalizadas y su misma imposibilidad sobre las bases sociales de la Revolución de Octubre son precisamente lo que dan un carácter tan compulsivo al funcionamiento de la maquinaria estatal. Para perpetuar el sistemático latrocinio de la burocra­cia, su aparato está obligado a recurrir a sistemáticos actos de bandidaje. La suma total de ellos constituye el sistema del gangsterismo bonapartista.

Creer que este estado es capaz de “extinguirse” pacíficamente es vivir en el delirio teórico. La casta bonapartista debe ser derrocada, el estado soviético debe ser regenerado. Sólo entonces será factible la posibilidad de que se extinga el estado.



[1] La filosofía bonapartista del estado. New International, junio de 1939.

[2] Nikolai V. Krilenko (1885-1940): viejo bolchevique, en 1917 fue comandante en jefe durante un corto período y nombrado fiscal del estado en 1918. En 1931 fue comisario del pueblo de justicia de la República Rusa y en 1936 de la República Siberiana, cargo del que lo removieron en 1937, durante las purgas. Fue rehabilitado póstumamente. Ievgueni B. Pashukanis (1891-1938?): se hizo bolchevique antes de 1917 y trabajó en el Comisariado del Pueblo de Justicia. Llegó a ser el más prominente jurista y diputado comisario del pueblo de justicia de la República Rusa. Desapareció durante las purgas. El estado y la revolución: escrito por Lenin en 1917, es el principal trabajo marxista sobre el carácter del estado.

[3] El Buró Político (Politburó) era el organismo dirigente del Partido Comunista Ruso, aunque formalmente estuviera subordinado al Comité Central El primer Buró Político, elegido en 1919 estaba formado por Kamenev, Krestinski, Lenin, Stalin y Trotsky. En 1939 lo componían Andreiev, Kagano­vich, Kalinin, Jruschov, Mikoian, Molotov, Stalin y Zdanov.

[4] El movimiento stajanovista era un sistema especial de aceleración de la producción. Tomó su nombre del obrero de las minas de carbón. Alaxei Stajanov, del que se decía que había multiplicado por dieciséis su cuota de producción aplicando el máximo esfuerzo posible. El sistema se introdujo en la Unión Soviética en 1935, y llevó a grandes disparidades salariales y a que se extendiera el descontento entre las masas. Se premió a Stajanov haciéndolo miembro pleno del PC y diputado al Soviet Supremo de la URSS.



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