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Una contribución a la literatura centrista[1]

15 de noviembre de 1938

Rodrigo García Treviño, El Pacto de Munich y la Tercera Internacional (una conferencia y cuatro ar­tículos), Publicaciones de la Asociación de Estudiantes Marxistas de la Escuela Nacional de Economía (Méxi­co, 1938, 66 páginas).

Este folleto fue editado por la Asociación de Estu­diantes Marxistas. Como su nombre lo indica, la asociación se planteó el objetivo de estudiar marxismo. Si acometiera esta tarea, no se podría menos que elogiar un fin tan laudable en estos días de completa prostitución de la doctrina marxista. Desgraciada­mente, el prefacio del folleto, escrito y firmado por todos los miembros de la asociación, no constituye ninguna prueba de seriedad.

Seria un error polemizar con jóvenes que todavía no están familiarizados con el abecé del marxismo si ellos mismos fueran conscientes del nivel de sus conocimientos. A cierta edad es natural la ignorancia y se la puede superar con el estudio. Pero el problema surge cuando a la ignorancia se añade la presunción, cuando en lugar de educarse afanosamente se desea educar a los demás. Desgraciadamente, éstas son las características del prefacio. Vamos a señalar los errores principales; seria imposible enumerarlos a todos.

El prefacio intenta establecer una relación entre el desarrollo de la teoría revolucionaria y las distintas etapas de desarrollo de la sociedad burguesa. La intención es muy loable, pero para concretarla es necesario conocer la historia de la sociedad burguesa y la historia de las ideologías. Nuestros autores no conocen ni la una ni la otra. Comienzan afirmando que a mediados del siglo pasado la burguesía "conso­lidó su poder político a escala mundial e inauguró la etapa del imperialismo", y que fue en este momento que aparecieron las obras doctrinarias y políticas de Marx y Engels. Todo esto es erróneo del principio al fin. A mediados del siglo pasado la burguesía estaba muy lejos de "detentar el poder político a escala mundial". No olvidemos que el Manifiesto Comunista se escribió en vísperas de la Revolución de 1848[2]. Después de la derrota de esta revolución la burguesía alemana quedó nacionalmente dispersa, oprimida por numerosas dinastías. La Italia burguesa no era libre ni estaba unificada. En Estados Unidos la burguesía todavía tenía que pasar por la Guerra Civil para lograr la unificación del estado nacional (burgués). En Rusia dominaban totalmente el absolutismo y la servidumbre, etcétera.

Además, decir que la época del imperialismo comenzó a mediados del siglo pasado es no tener la menor idea del siglo pasado ni del imperialismo. Este es el sistema económico y político -tanto interno como externo- del capital monopolista (financiero). En la mitad de la centuria pasada sólo existía el capitalismo "liberal", es decir el capitalismo basado en la libre competencia, que en ese entonces tendía a la implan­tación de formas políticas democráticas. Los trusts, los sindicatos, las asociaciones, se formaron ya bien entrada la década del 30 del siglo pasado y conquis­taron progresivamente una posición predominante. La política imperialista en el sentido científico de la palabra comenzó con el siglo xx. Si los autores hubie­ran leído el conocido librito de Lenín sobre el imperia­lismo[3] no hubieran cometido errores tan flagrantes. Aunque igual invocan a Lenín. ¿Qué sentido tiene todo esto?

Sin embargo, éste es sólo el comienzo de una serie de tristes malentendidos. Citando, aparentemente de una fuente secundaria, la afirmación de Lenín de que "el imperialismo es la etapa superior del capitalismo", nuestros autores pretenden completar y ampliar a Lenín. "Nuestra generación - escriben -, interpre­tando a Lenin, puede a su vez establecer como punto doctrinario que el fascismo es la fase superior, el nivel más elevado del imperialismo, la etapa superior del régimen burgués." Estas pretenciosas líneas nos ponen los pelos de punta. "Nuestra generación" tendría que estudiar antes de dar lecciones. El imperia­lismo es la etapa superior del capitalismo en un sentido económico objetivo; llevó las fuerzas productivas al máximo nivel de desarrollo concebible sobre la base de la propiedad privada y cerró el camino a su desarrollo ulterior. Al hacerlo abrió la era de la decadencia capitalista. Además, al centralizar la producción el imperialismo creó el requisito fundamental de una economía socialista. Por lo tanto, la caracterización del imperialismo como etapa superior del capitalismo se apoya en el desarrollo de las fuerzas productivas y tiene un carácter estrictamente científico.

La conclusión que nuestros autores pretenden extraer por analogía de que "el fascismo es la etapa superior del imperialismo" carece de todo asidero económico. El fascismo es sobre todo el régimen político que corona la decadencia económica. Surgido de la decadencia de las fuerzas productivas, el fascismo no les deja ninguna posibilidad de seguir desarro­llándose. El imperialismo fue una necesidad histórica. Marx predijo el dominio del monopolio. Era imposible predecir el fascismo porque en el sentido dialéctico, no mecánico, de la palabra no está determinado por la necesidad económica. Una vez que el proletariado, por diversas razones históricas, fue incapaz de tomar a tiempo el poder y hacerse cargo de la economía para reconstruirla sobre lineamientos socialistas, el capita­lismo decadente sólo pudo continuar existiendo me­diante la sustitución de la democracia burguesa por la dictadura fascista. Dado que el imperialismo aparecía como la forma más avanzada del capitalismo, el fascismo era un paso atrás, un estancamiento político, el comienzo del descenso de la sociedad a la barbarie.

Nuestros autores se equivocan completamente al tratar de demostrar su descubrimiento (de que "el fascismo es la última etapa del imperialismo") citando las palabras de Marx de que ninguna sociedad desapa­rece de la escena histórica antes de haber agotado todo su potencial productivo. Porque precisamente el imperialismo agotó su potencial creativo antes de la guerra mundial pasada. La sociedad burguesa no desapareció a tiempo porque ninguna sociedad que se sobrevive desaparece por sí misma. La clase revolucio­naria debe derrocarla. La Segunda Internacional, y luego la Tercera, evitaron que se la derribara. Esta es la única razón de que exista el fascismo. La actual crisis de la civilización es la consecuencia de la crisis de la dirección proletaria. La clase revolucionaria no cuenta todavía con un partido que pueda garantizar con su dirección la solución del problema fundamental de nuestra época: la conquista del poder por el proletariado mundial.

Nuestros autores concluyen del hecho de que el imperialismo haya alcanzado su "ultima" etapa (el fascismo) que es necesario renovar la doctrina revolucionaria. Y asumen ellos esta tarea. Se proponen comenzar con una critica de la doctrina de la Tercera Internacional. Parece que ignoran completamente la enorme cantidad de trabajos que sobre este tema elaboró la fracción bolchevique leninista internacional durante los últimos quince años, especialmente desde la revolución china (1925-1927)[4]. Los autores del prefa­cio tratan a la única tendencia marxista de nuestra épo­ca con una impertinencia y ligereza totalmente inadmi­sibles. He aquí lo que dicen sobre la Cuarta Interna­cional: "En nuestra opción, (la Cuarta Internacional) indudablemente ha cometido errores -llamémoslos así- que la alejaron de su militancia como grupo de vanguardia". Eso es todo. Una apreciación tal, sólo puede germinar en mentalidades emponzoñadas por el microbio del stalinismo. La Cuarta Internacional es la única organización que realizó un análisis marxista de todos los acontecimientos y procesos del periodo histórico inmediatamente pasado: la degeneración termidoriana de la URSS, la revolución china, el golpe de estado de Pilsudski en Polonia, el golpe de estado de Hitler en Alemania, la derrota de la socialdemocracia austríaca, la línea del "tercer periodo" de la Comintern, el frente popular, la revolución española, etcétera.[5] ¿Qué saben nuestros autores sobre todo esto? Aparentemente, absolutamente nada. Para demostrar la bancarrota de la Cuarta Internacional citan... los panegíricos de Trotsky a Cabrera y a De la Fuente.

El episodio de Cabrera consistió en que este inte­ligente abogado conservador vio claro a través de las falsificaciones de los juicios de Moscú, mientras que algunos imbéciles de la "izquierda" tomaron por verdadera la moneda falsa. Trotsky llamó la atención de la Opinión pública sobre el análisis jurídico absolu­tamente correcto de Cabrera[6]. ¡Nada más! Es absurdo considerarlo como una especie de solidaridad política. Hasta ahora nuestros estudiantes "marxistas" no dijeron nada, absolutamente nada, sobre los juicios de Moscú, que tomaron como víctima al partido de Lenín. ¿No es Vergonzoso, en esta situación, detrás de Cabrera? Esta especie ’de duende para asustar a niños pequeños es una creación consciente del stalinismo. ¡Cabrera! ¡Qué horrible! Sin embargo, desde el punto de vista marxista no hay gran diferencia entre Cabrera y Toledano. Ambos se mueven en el terreno de la sociedad burguesa y ambos reproducen sus rasgos fundamentales. Toledano es más dañino y peligroso porque se esconde tras la máscara del socialismo.

En cuanto a De la Fuente, no tenemos idea de qué hablan. ¿No nos lo explicarán nuestros impertinentes autores?

De todos modos, no hay nada más irresponsable y vergonzoso que basarse en un episodio periodístico de segundo orden para juzgar el rol histórico de una organización que sufrió miles de víctimas. Los autores del prefacio adoptan básicamente el tono del stali­nismo. El nudo de la cuestión está en esto: prometen someter todas las doctrinas a una critica "indepen­diente", pero de hecho se inclinan ante la carroña podrida y nauseabunda de la burocracia stalinista. Para legitimar sus penosos ejercicios de marxismo conside­ran oportuno atacar al trotskismo. Hay que aclarar que este "método" de reaseguramiento es característico de todos los intelectuales pequeñoburgueses de nuestra época.

En cuanto a la contribución de Treviño (el discurso y los artículos), su rasgo positivo es su esfuerzo por evadirse de los garfios del stalinismo y el toledanismo, que por ser la más superficial representa la peor variante del stalinismo, la más insustancial y vacía. La desgracia es que Treviño piensa y escribe como si la historia comenzara con él. Los marxistas analizan todos los fenómenos, incluso las ideas, en el contexto en que se desarrollan. Decir "¡volvamos a Lenín!" o "¡volvamos a Marx!" es muy poco. En la actualidad es imposible volver a Marx dejando a Lenin de lado, pues seria cerrar los ojos al enorme avance realizado bajo la dirección de Lenin en la aplicación, explicación y desarrollo del marxismo.

Ya pasaron quince años desde que Lenin dejó de jugar un rol activo, ¡todo un periodo histórico, pletó­rico de grandes acontecimientos mundiales! Durante este lapso, el "leninismo", en el sentido formal de la palabra, se dividió en dos alas: el stalinismo, la ideología oficial y la práctica de la burocracia soviética parasitaria, y el marxismo revolucionario, al que sus adversarios llaman "trotskismo". Todos los aconteci­mientos mundiales pasaron por estos dos "filtros" teóricos. Treviño, sin embargo, se siente con derecho -el derecho de un subjetivista y no de un marxista-a ignorar el desarrollo ideológico real que se expresa en la batalla implacable de estas dos tendencias. El mismo, sin saberlo, se alimenta de los restos de nuestra crítica, aunque después de una larga demora. Por supuesto, el problema no es simplemente la demora; después de cierto retraso, toda la juventud deberá pasar por la escuela de la Cuarta Internacional. El problema está en que Treviño trata de adaptar su critica a la "doctrina" oficial del stalinismo. Trata de expresar sus ideas revolucionarias a través de amistosas "suge­rencias" sobre lugares comunes y banalidades pacifis­tas y social-imperialistas. Quiere convencer a la Comin­tern de sus buenas intenciones y de las ventajas del marxismo diluido (o centrismo) sobre el oportunismo directo. Pero la tarea de los revolucionarios no consiste en educar a la burocracia stalinista -¡ya son un caso perdido!- sino en educar a los obreros en el espíritu de la oposición intransigente a la burocracia.

No haremos aquí una evaluación detallada del folleto de Treviño porque para ello tendríamos que comentar cada página y cada línea. Treviño se equivoca aun cuando tiene razón. Con esto queremos decir que incluso las observaciones correctas (y algunas no son malas) se ubican en un contexto incorrecto, en una perspectiva imprecisa, porque el autor sigue siendo básicamente un centrista. Es imposible vivir en esta posición. Treviño tiene la obligación de encarar inme­diatamente una revisión radical de su bagaje político, de comparar sus híbridas correcciones al stalinismo con las formulaciones claras y precisas de la Cuarta Inter­nacional. Sólo de esta manera logrará salir de la impasse del centrismo.

Cuando Treviño, en su esfuerzo por hacer una eva­luación de conjunto de la Cuarta Internacional, enu­mera los ocasionales errores que descubrió en uno u otro de sus trabajos, y cuando llega a la monstruosa conclusión de que este movimiento juega un rol "con­trarrevolucionario", está tratando fundamentalmente de adaptarse a sus antiguos aliados y camaradas. Mira con temor detrás de él y se encuentra con los bonapar­tistas del Kremlin. Adopta entonces un tono protector. Se puede aceptar o no sus criticas sobre algunos episodios de carácter secundario referentes a determi­nadas secciones de la Cuarta Internacional (en general se equivoca). Pero lo falso radica en la manera misma de encarar la cuestión. La tarea y la obligación de un marxista serio es discernir lo básico, lo fundamental, para ver las cosas de conjunto y basar en ello sus jui­cios. Tememos, sin embargo, que el problema no sea simplemente que Treviño conozca poco la literatura de la Cuarta Internacional. En la actualidad están muy difundidos entre los intelectuales, incluso entre los que se consideran "marxistas", el diletantismo, la superfi­cialidad y la falta de preocupación por la teoría. Es consecuencia de la opresión de la reacción mundial, incluido en ella el stalinismo. Pero es imposible avanzar un solo paso sin retomar la tradición del marxismo científico.

Cuando Lombardo Toledano, con ese gracejo que lo caracteriza, pregunta dónde y cuándo los represen­tantes de la Cuarta Internacional escribieron algo sobre el fascismo, lo único que podemos hacer es encogernos de hombros con lástima. La Cuarta Internacional surge de la lucha contra el fascismo y crece con ella. Ya en 1929 vaticinamos el triunfo de Hitler si la Comintern continuaba en la línea del "tercer periodo". Los bolcheviques leninistas escribieron gran cantidad de artículos, folletos y libros sobre el tema, en diversos idiomas. Que Toledano no los conozca es natural. ¿Pero Treviño? ¿Es posible que insista en hablar de algo que desconoce completamente?

En 1933 declaramos públicamente que si el triunfo de Hitler, garantizado por la orientación política del Kremlin, no le enseñaba nada a la Comintern, significaría que la Comintern estaba muerta.[7] Y como la Comintern no aprendió nada del triunfo de Hitler sacamos las conclusiones pertinentes: fundamos la Cuarta Internacional. Los seudo marxistas pequeño-burgueses, que no sirven ni para demócratas, imagi­nan que la lucha contra el fascismo consiste en decla­mar discursos en mítines y conferencias. La verdadera lucha contra el fascismo es inseparable de la lucha de clases del proletariado contra los fundamentos de la sociedad capitalista. El fascismo no es una etapa económica inevitable. Pero tampoco es un mero "acci­dente". Es la consecuencia de la incapacidad de los degenerados y totalmente descompuestos partidos del proletariado para asegurar la victoria del socialismo. Por lo tanto, la lucha contra el fascismo es, sobre todo, la lucha por una nueva dirección revolucionaria del proletariado internacional. Ese es el significado histórico del trabajo de la Cuarta Internacional. ¡Sólo desde este punto de vista se puede comprender y evaluar su actuación!

La teoría marxista está indisolublemente ligada a la actividad. En esta época de reacción desenfrenada, agravada por la decadencia de lo que hasta hace poco era la Comintern, sólo es posible ser marxista si se es dueño de una voluntad inconmovible, de gran coraje político e ideológico; y de la capacidad de nadar contra la corriente. Esperamos sinceramente que Treviño posea estas cualidades. Si acaba con su indecisión y sus vacilaciones, podrá rendir importantes servicios a la causa del marxismo revolucionario.

[1] Una contribución a la literatura centrista. Clave, diciembre de 1938. Firmado: "L. Amago". Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Traducido del francés [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Russell Block. Es la critica a un folleto de Rodrigo García Treviño, dirigente de la CTM que conducía un grupo que rompió con la dirección sindical stalinista; escribió varios libros sobre México. Centrismo es el término utilizado por Trotsky para designar a las tendencias del movi­miento radical que vacilan entre el reformismo, que es la posición de la burocracia y la aristocracia laborales, y el marxismo, que representa los intereses históricos de la clase obrera. Dado que una tendencia centrista ni tiene una base social independiente, hay que caracterizarla de acuerdo a su origen, su dinámica interna y la dirección hacia la que se orienta o hacia la que la empujan los acontecimientos.

[2] Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista en 1847. En 1848 se libraron luchas en toda Europa en favor de los derechos democrático-burgue­ses y la independencia nacional, lográndose la relación de reformas constitucionales.

[3] El imperialismo, etapa superior del capitalismo fue escrito por V.I. Lenin en 1916.

[4] La Revolución China de 1925-1927 fue aplastada porque los comunistas chinos, siguiendo las órdenes de Moscú, entraron al Kuomintang (Partido Nacionalista) burgués y subordinaron la revolución al mantenimiento de esta coalición, que no podía permitir la transformación social de China. Trotsky inició públicamente en 1923 "el enorme volumen de trabajo crítico" sobre la degeneración stalinista de la Tercera lnternacional con la formación de la Oposición de Izquierda.

[5] Iozef Pilsudski (1867-1935): nacionalista polaco que organizó, su propio ejército para luchar contra Rusia durante la Primera Guerra Mundial. Fue dirigente de las fuerzas intervencionistas contrarrevolucionarias durante la Guerra Civil en Rusia. Sus tropas entraron en Varsovia en mayo de y fue virtual dictador de Polonia hasta su muerte. La derrota de la socialdemocracia austríaca ocurrió en febrero de 1947, cuando los obreros austríacos declararon una huelga general contra la represión gubernamental y fueron aplastados después de una heroica lucha armada. Después de esta derrota se ilegalizó la socialdemocracia austríaca, que otrora había sido la más poderosa del mundo.

[6] El 28 de enero de 1937 El Universal publicó una carta de Trotsky a Luis Cabrera, un rico abogado de derecha al servicio de las compañías petroleras y los terratenientes de Yucatán, alabando la posición de Cabrera sobre los juicios de Moscú. El artículo de Cabrera "El carnaval sangriento" había aparecido en El Universal del 25 de enero de 1937. Véase el texto completo de la carta de Trotsky en Escritos 1936-1937.

[7] Ver varios de los artículos de Trotsky entre marzo y julio de 1933 en Escritos 1932-1933.



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