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Los astros gemelos: Hitler-Stalin[1]

 

 

4 de diciembre de 1939

 

 

 

Cuando Hitler, con la velocidad del rayo, invadió Polo­nia por Occidente, Stalin cautamente se deslizó en Polo­nia por Oriente. Cuando Hitler, después de someter a veintitrés millones de polacos, propuso terminar la guerra “inútil”, Stalin, a través de sus canales diplomáticos y su Comintern ensalzó las ventajas de la paz. Cuando Stalin ocupó posiciones estratégicas en el Báltico, Hitler apresu­radamente transfirió a sus alemanes a cualquier otro lado. Cuando Stalin atacó Finlandia la prensa de Hitler fue la única en todo el mundo que proclamó su solidaridad total con el Kremlin. Las órbitas de Stalin y Hitler están ligadas por una especie de atracción interna. ¿Qué clase de atracción? ¿Cuánto durará?

Los astros gemelos son “ópticos”, es decir, aparentes o “físicos”, gemelos verdaderos que conforman un par en el que un astro gira alrededor del otro. ¿Son Hitler y Stalin astros verdaderos o aparentes en el sangriento firmamento actual de la política mundial? Y si son gemelos verdaderos, ¿quién gira alrededor de quién?

El mismo Hitler habla con reservas del persistente pacto “realista”. Stalin prefiere fumar su pipa en silencio. Los políticos y periodistas del bando hostil, con el fin de fomentar la enemistad entre ellos, presentan a Stalin como la estrella principal y a Hitler como su satélite. Tratemos de analizar esta cuestión, de ninguna manera simple, sin olvidarnos de que la órbita de la política mundial no puede determinarse con tanta precisión como la de los cuerpos celestiales.

Surgida mucho después que las potencias occidentales, la Alemania capitalista construyó la industria más avanza­da y dinámica del continente europeo; pero había sido derrotada en la anterior división del mundo. “Lo dividire­mos de nuevo”, proclamaron los imperialistas alemanes en 1914. Se equivocaron. La aristocracia mundial se unió contra ellos y triunfó. Ahora Hitler ansía repetir el expe­rimento de 1914 en una escala más grandiosa. No puede evitar este anhelo, el capitalismo alemán se sofoca dentro de los confines de sus fronteras. Sin embargo, el pro­blema de Hitler es insoluble. Incluso si gana la guerra no puede redividirse el mundo en favor de Alemania. Esta llegó demasiado tarde. El capitalismo se ahoga en todas partes. Las colonias ya no quieren ser colonias. La nueva guerra mundial dará un tremendo y vigorizador impulso al movimiento por la independencia de las naciones opri­midas.

Hitler anuda “amistades”, cambia la caracterización de las naciones y los gobiernos, rompe acuerdos y alianzas, engaña a amigos y enemigos, todo ello impulsado por un solo objetivo: la redivisión del mundo. “Alemania no es en el presente una potencia mundial”, escribió Hitler en su libro. Pero, “Alemania se transformará en una poten­cia mundial o dejará de existir”. Convertir a la Alemania unificada en una base para la dominación de Europa; convertir a la Europa unificada en una base de lucha por la dominación mundial, en consecuencia para arrinconar, debilitar y reducir a Estados Unidos; este objetivo sigue inmutable en Hitler. Es la justificación del régimen totali­tario que suprimió con mano de hierro las contradic­ciones de clase en el interior de la nación alemana.

Rasgos completamente contradictorios caracterizan a la URSS. La Rusia zarista dejó una herencia de miseria y atraso. La misión del régimen soviético no es asegurar áreas nuevas para el desarrollo de las fuerzas productivas, sino desarrollar las fuerzas productivas en las viejas áreas. Los objetivos económicos de la URSS no exigen la exten­sión de sus fronteras. El nivel de sus fuerzas productivas no le permite encarar una gran guerra. Su capacidad ofensiva no es considerable. Su capacidad defensiva está dada, sobre todo, por sus vastas superficies.

Después de los últimos “éxitos” del Kremlin se puso de moda comparar la política actual de Moscú con la política tradicional de Gran Bretaña. Esta, salvaguardando su neutralidad, mantenía el equilibrio de poderes en Europa y al mismo tiempo retenía en sus manos la clave de este equilibrio. Según esta teoría el Kremlin se puso del lado de Alemania, la potencia más débil, sólo para volcarse al campo enemigo en el caso de que los alema­nes obtengan demasiados éxitos. En esta teoría se pone todo cabeza abajo. La política tradicional de Gran Breta­ña fue posible debido a su tremenda preponderancia económica sobre los demás países europeos. La Unión Soviética, por el contrario, es la más débil de todas las grandes potencias en lo que respecta a la economía.

En el pasado mes de marzo, después de muchos años de extravagante charlatanería oficial, por primera vez Stalin habló, en el congreso del Partido Comunista Ruso, de la productividad del trabajo comparada entre la URSS y Occidente. Esta incursión en la esfera de la estadística mundial tenía como objetivo explicar la pobreza en que todavía viven los pueblos de la URSS. Para alcanzar a Alemania en la producción de hierro en lingotes, la URSS, en relación a su población, tendría que producir cuarenta y cinco millones de toneladas por año en lugar de los quince millones actuales; para alcanzar a Estados Unidos sería necesario elevar la producción anual de hierro en lingotes a sesenta millones de toneladas; es decir, cuadru­plicarla. Lo mismo sucede, y mucho más desfavora­blemente, en las demás industrias. Para concluir, Stalin expresó la esperanza de que la Unión Soviética alcanzará a los países capitalistas avanzados en los próximos diez o quince años. Naturalmente, el límite de tiempo es cues­tionable. Pero si la URSS se ve involucrada en una gran guerra antes del fin de este período tendrá que luchar, de cualquier manera, en desigualdad de condiciones.

El factor subjetivo, no menos importante que el material, se ha deteriorado señaladamente en los últimos anos. Se erradicó y difamó la tendencia a la igualdad socialista proclamada por la revolución. En la URSS hay de doce a quince millones de individuos privilegiados que concen­tran en sus manos alrededor de la mitad de la renta nacional y llaman “socialismo” a este régimen. Por otra parte hay aproximadamente ciento sesenta millones de personas oprimidas por la burocracia y que son presa de la más horrorosa pobreza.

Las relaciones de Hitler y Stalin con la guerra son totalmente opuestas. El régimen totalitario de Hitler sur­gió del terror de las clases poseedoras de Alemania ante la revolución socialista. Hitler recibió de los propietarios el mandato de salvar su propiedad de la amenaza del bolchevismo a cualquier precio y de abrirles el camino a la dominación del mundo. El régimen totalitario de Sta­lin surgió del gran terror del pueblo revolucionario estran­gulado que siente la nueva casta de advenedizos de la revolución.

La guerra es peligrosa para ambos. Pero Hitler no tiene otros medios para cumplir su misión histórica. Una ofen­siva de guerra victoriosa garantizaría el futuro económico del capitalismo alemán y, a la vez, del régimen nacional­socialista.

Es distinta la situación de Stalin. No puede soportar una ofensiva de guerra con la menor esperanza de triun­fo. En caso de que la URSS entre a la guerra, con las innumerables víctimas y privaciones que ésta implica, el fraude del régimen oficial, sus desmanes y violencia, provocarán inevitablemente una profunda reacción por parte del pueblo que ya lleva realizadas tres revoluciones en lo que va del siglo: Nadie lo sabe mejor que Stalin. El pensamiento fundamental de su política exterior es esca­par a una guerra importante.

Stalin impulsó la alianza con Hitler, para sorpresa de todos los rutinarios de la diplomacia y los imbéciles pacifistas, porque sólo de él podía provenir el peligro de una guerra y porque, según la evaluación del Kremlin. Alemania es más poderosa que sus posibles enemigos. Las prolongadas conferencias que se sostuvieron en Moscú con las delegaciones militares de Francia e Inglaterra el verano pasado sirvieron no sólo de camuflaje de las negociaciones con Hitler sino también de espionaje direc­to para obtener información militar. El estado mayor general de Moscú se convenció, evidentemente, de que los aliados estaban mal preparados para una gran guerra. Una Alemania completamente militarizada es un enemigo formidable; sólo se puede comprar su benevolencia coo­perando con sus planes.

Fue esta conclusión lo que determinó la decisión de Stalin. La alianza con Hitler eliminó por el momento el peligro de que la URSS se vea involucrada en la guerra y abrió también la posibilidad de obtener ventajas estratégi­cas inmediatas. En el Lejano Oriente, Stalin se replegó una y otra vez durante muchos años para escapar de la guerra; en la frontera occidental las circunstancias fueron tales que pudo escaparle corriendo... hacia adelante, no abandonando antiguas posiciones sino tomando otras nuevas.

La prensa aliada pinta la situación como si Hitler fuera el prisionero de Stalin y exagera los beneficios que obtu­vo Moscú a expensas de Alemania: la mitad de Polonia (de acuerdo al número de habitantes alrededor de un tercio), el dominio de la costa oriental del Mar Báltico, una salida a los Balcanes, etcétera. Indudablemente las ventajas que logró Moscú son considerables. Pero todavía no se realizó la última rendición de cuentas. Hitler comen­zó la guerra a escala mundial. Alemania emergerá de esta lucha dueña de Europa y de todas las colonias europeas o se irá a pique. Mantener a salvo en la guerra su flanco oriental es una cuestión de vida o muerte para Hitler. Le pagó al Kremlin con provincias del antiguo imperio zaris­ta. ¿Fue un precio demasiado alto?

El argumento de que Stalin engañó a Hitler con su invasión a Polonia y su presión sobre los países bálticos es totalmente absurdo. Es mucho más probable que el mismo Hitler haya sugerido a Stalin que ocupe Polonia oriental y ponga las manos sobre los estados bálticos. En tanto el nacionalsocialismo fue producto de una cruzada contra la Unión Soviética, Stalin naturalmente no podía depender de la palabra de honor de Hitler. Las negocia­ciones se llevaron a cabo en un tono “realista”. Hitler le preguntó a Stalin: “¿Usted me tiene miedo? ¿Quiere ga­rantías? Tómeselas”. Y Stalin se las tomó. Pintar las cosas como si la nueva frontera occidental de la URSS fuera una barrera permanente al avance de Hitler hacia el Oriente va más allá de toda proporción. Hitler resuelve sus objetivos por etapas. Ahora está a la orden del día el aplastamiento de Gran Bretaña. Para lograrlo se puede sacrificar cualquier cosa. La marcha hacia el este supone la guerra entre Alemania y la URSS. Cuando llegue el momento de la guerra, la cuestión de en qué meridiano comenzará ésta será de una importancia muy secundaria.

El ataque a Finlandia parece opuesto, a primera vista, al terror de Stalin a la guerra. Pero en realidad el asunto es distinto. Más allá de los proyectos la situación posee una lógica objetiva. Para escapar a la guerra Stalin hizo una alianza con Hitler. Para ponerse a salvo de Hitler ocupó una serie de bases en la costa báltica. Sin embar­go, la resistencia de Finlandia amenazaba con reducir a cero estas ventajas estratégicas e incluso con convertirlas en su opuesto. ¿Quién le rendirá cuentas a Moscú si Helsinki se niega a hacerlo? Stalin llegó hasta la “A” y ahora se ve obligado a ir hasta la “B”. Y luego vienen las otras letras del alfabeto. Que Stalin pretenda escaparle a la guerra no significa que la guerra le permita escapar.

Es obvio que Alemania empujó a Moscú contra Finlan­dia. Cada paso que da Moscú hacia Occidente acerca el momento en que se verá involucrada en la guerra. Si se lograra este objetivo la situación mundial cambiaría considerablemente. El Cercano y Medio Oriente se transformaría en escenario de la guerra. Inmediatamente surgiría la cuestión de la India. Hitler respiraría aliviado y, en caso de un giro desfavorable de los acontecimientos, tendría la posibilidad de concluir la paz a expensas de la Unión Soviética. A Moscú indudablemente le rechinaban los dientes al leer los amistosos artículos de la prensa alemana. Pero el rechinar de dientes no constituye un factor político. El pacto forzosamente persiste. Y Stalin sigue siendo el satélite de Hitler.

Las ventajas inmediatas que obtiene Moscú del pacto son indiscutibles. Mientras Alemania está ocupada en el frente occidental la Unión Soviética se siente mucho más libre en el Lejano Oriente. Ello no significa que allí se realizarán operaciones ofensivas. Es cierto que la oligar­quía de Japón está en condiciones todavía peores que la de Moscú para librar una guerra. Sin embargo, obligada a enfrentarse a Occidente, Moscú no puede tener el menor motivo para expandirse en Asia. Japón, por su parte, debe de estar considerando la perspectiva de una resisten­cia seria, incluso aniquiladora, por parte de la URSS. En estas condiciones Tokio debe preferir el programa de su armada: no encarar la ofensiva hacia el oeste sino hacia el sur, hacia Filipinas, Indias Orientales Holandesas, Bor­neo, Indochina francesa, Birmania británica... Un acuer­do sobre esta base entre Moscú y Tokio constituiría a el complemento simétrico al pacto entre Moscú y Berlín. No queremos detenernos en este artículo en cómo in­fluiría esto en la situación de Estados Unidos.

Refiriéndose a la falta de materias primas en la misma Rusia, la prensa mundial insiste en la insignificancia de la ayuda económica que Stalin puede prestarle a Hitler. La cuestión, sin embargo, no es tan simple. La falta de materias primas en la URSS es relativa, no absoluta; la burocracia, al impulsar la aceleración del ritmo de desa­rrollo industrial, no puede mantener un equilibrio ade­cuado entre los distintos sectores de la economía. Si el ritmo de crecimiento de algunos sectores industriales se reduce en un año o dos de un quince a un diez o cinco por ciento, y más todavía si la producción industrial se mantiene en el nivel del año anterior, aparecerá inmedia­tamente un excedente significativo de materia prima. El bloqueo absoluto del comercio exterior alemán, por otra parte, inevitablemente derivará a Rusia una cantidad considerable de exportaciones de ese país a cambio de las materias primas soviéticas.

Más aun, no debe olvidarse que la URSS acumuló y sigue acumulando todavía inmensas reservas de materias primas y productos alimenticios teniendo en cuenta sus propósitos militares defensivos. Una parte significativa de estas reservas representa una fuente potencial de provisio­nes para Alemania. Además, Moscú puede proporcionarle oro a Hitler; el oro, pese a todos los esfuerzos por establecer una economía cerrada, sigue siendo un vaso comunicante importante durante la guerra. Finalmente, la amistosa neutralidad de Moscú facilita extraordinariamen­te a Alemania la explotación de los recursos de los países del Báltico, Escandinavia y los Balcanes. “Junto con la Rusia soviética -dice, no sin fundamento, el Voelkischer Beobachter [El Observador del Pueblo], el periódico de Hitler, el 2 de noviembre- dominamos las fuentes de materias primas y de productos alimenticios de todo el Este.”

Varios meses antes de la firma del pacto entre Moscú y Berlín, Londres le daba más importancia que ahora a la ayuda económica que la URSS le podía otorgar a Hitler. Una investigación semioficial conducida por el Instituto Real de Asuntos Internacionales sobre “los intereses polí­ticos y estratégicos del Reino Unido” (la introducción data de marzo de 1939) declara, en relación con la posibilidad de un acercamiento soviético-alemán: “El pe­ligro que tal combinación entraña para Gran Bretaña puede ser muy grande. Es cuestionable -continúa el autor colectivo- que Gran Bretaña pueda lograr una victo­ria decisiva en cualquier lucha contra Alemania si no se puede bloquear por tierra la frontera oriental alemana.” Esta evaluación es digna de la atención más cuidadosa. No es una exageración afirmar que la alianza con la URSS disminuye la efectividad del bloqueo contra Ale­mania por lo menos en un veinticinco por ciento, y tal vez en una proporción considerablemente mayor.

Al apoyo material es necesario agregarle, si es que cabe la palabra, el apoyo moral. Hasta fines de agosto la Comintern exigía la liberación de Austria, Checoslovaquia, Albania, Abisinia, y no decía nada sobre las colo­nias británicas. Ahora la Comintern se calla acerca de Checoslovaquia, apoya la división de Polonia, pero exige la liberación de la India. El Pravda de Moscú ataca la supresión de las libertades, pero silencia las sangrientas ejecuciones hitleristas de checos y las torturas a los judíos polacos. Todo esto significa que el Kremlin todavía aprecia en mucho la fuerza de Alemania.

Y el Kremlin tiene razón. Es cierto que Alemania resultó incapaz de librar una guerra “relámpago” contra Francia y Gran Bretaña, pero ninguna persona seria creyó en esa posibilidad. Sin embargo, la propaganda interna­cional que trata de mostrar a Hitler como un lunático arrastrado a un callejón sin salida es extremadamente tor­pe. Hitler todavía está muy lejos de eso. Cuenta con una industria dinámica, genio tecnológico, espíritu de disciplina; la formidable maquinaria militar alemana todavía está por revelarse. Se juega el destino del país y del régimen.

El gobierno polaco y el semigobierno checoslovaco están ahora en Francia. ¿Quién sabe si el gobierno fran­cés no tendrá que buscar refugio en Gran Bretaña junto con los de Bélgica, Holanda, Polonia y Checoslovaquia? No creo ni por un instante, como ya lo he dicho, en la concreción de los planes de Hitler de una Pax Germánica, es decir, su dominación del mundo. El imperialismo ale­mán llegó demasiado tarde; su furia militar acabará en una tremenda catástrofe. Pero antes de que ocurra esa catástrofe muchas cosas caerán en Europa. Stalin no quiere estar entre ellas. Sobre todo, se cuida de romper demasiado pronto con Hitler.

La prensa aliada busca síntomas de “frialdad” entre ­los nuevos amigos y todos los días predice una ruptura. Es imposible negar, por cierto, que Molotov no se siente demasiado feliz en brazos de Ribbentrop. Durante varios años en la URSS se anatematizó, persiguió y ejecutó a todos los opositores internos acusándolos de agentes de los nazis. Terminado este trabajo Stalin se unió a Hitler en una estrecha alianza. En todo el país hay millones de personas íntimamente ligadas a los que fueron ejecutados o internados en los campos de concentración a causa de una supuesta alianza con los nazis, y estos millones se han convertido ahora en agitadores contra Stalin, cautelo­sos pero extremadamente efectivos. A esto es necesario agre­garles las quejas encubiertas de la Comintern; los infortu­nados agentes extranjeros del Kremlin no se sienten de­masiado cómodos. Indudablemente Stalin trata de dejar abierta la otra posibilidad. 

Inesperadamente, Litvinov es­tuvo presente en la tribuna del mausoleo de Lenin el 7 de noviembre. En el desfile se llevaron retratos del secre­tario de la Comintern, Dimitrov, y de Thaelmann, diri­gentes de los comunistas alemanes.[2]

Todo esto, sin embargo, constituye el aspecto decorati­vo de la política, no su esencia. Litvinov y los retratos eran necesarios, sobre todo, para satisfacer a los obreros soviéticos y a la Comintern. Sólo indirectamente, por lo tanto, Stalin deja entrever a los aliados que en determina­das circunstancias puede cambiar de caballo. Pero única­mente los visionarios pueden imaginar que el Kremlin cambiará inmediatamente su política exterior. Mientras Hitler siga siendo fuerte -y es muy fuerte- Stalin segui­rá siendo su satélite.

Todo esto puede ser cierto, se dirá el lector atento, pero, ¿qué pasa con la revolución? ¿No reconoce el Kremlin su posibilidad, su probabilidad, incluso su inevitabilidad? ¿No se reflejan las especulaciones de Stalin sobre la revolución en su política exterior? La objeción es legítima. Moscú es la última en dudar de que una gran guerra provocará la revolución. Pero la guerra no comienza, termina con la revolución. Antes de estallar la revolu­ción alemana de 1918 el ejército de ese país había asestado golpes mortales al zarismo. De la misma manera, la guerra actual puede aplastar a la burocracia del Krem­lin mucho antes de que se haga la revolución en cual­quier país capitalista. El Kremlin, tal como evaluamos nosotros su política exterior, resguarda con coherencia su poder, independientemente de cuál sea la perspectiva revolucionaria.

Sin embargo, para orientarse correctamente en las fu­turas maniobras de Moscú y en la evolución de sus relaciones con Berlín es necesario responder esta pregun­ta: ¿se propone el Kremlin utilizar la guerra en beneficio de la revolución mundial, y si es así, de qué manera? El 9 de noviembre Stalin consideró necesario rechazar, muy ásperamente, la suposición de que él desea “que la guerra se prolongue lo más posible, hasta que sus protagonistas queden completamente exhaustos”. Esta vez Stalin dijo la verdad. Son dos las razones por las que no desea en absoluto una guerra prolongada: primero, porque inevita­blemente la URSS se vería arrastrada en la vorágine; segundo, porque inevitablemente estallaría la revolución en Europa. El Kremlin, con toda legitimidad, aborrece ambas perspectivas.

“El desarrollo interno de Rusia -declaran los investiga­dores del Instituto Real de Londres- tiende a producir una ‘burguesía’ de administradores y oficiales que poseen suficientes privilegios como para estar muy contentos con el status quo [...] Se puede considerar las diferentes purgas como parte de un proceso de eliminación de todos los que desean cambiar la situación actual. Esa interpretación hace viable la idea de que se acabó el período revolucionario en Rusia, y de aquí en más sus gobernantes sólo tratarán de conservar las ventajas que les proporcionó la revolución.”

¡Realmente, muy bien planteado! Hace dos años yo escribía en Liberty: “Hitler lucha contra la alianza fran­co-soviética porque quiere tener las manos libres para establecer con Moscú un acuerdo contra París”.[3] En ese momento se interpretó estas palabras como una opi­nión prejuiciosa. Los acontecimientos las confirmaron.

Moscú se da cuenta perfectamente de que una guerra a gran escala traerá aparejada una era de inmensas repercusiones políticas y sociales. Si tuviera posibilidades reales de controlar el movimiento revolucionario y subordinarlo a sus propios intereses, Stalin naturalmente le daría la bienvenida. Pero entiende que la revolución es la antítesis de la burocracia y que barre despiadadamente con los aparatos privilegiados, conservadores.

¡Qué derrotas mise­rables sufrió la camarilla burocrática del Kremlin en la revolución china de 1925-1927 y en la revolución espa­ñola de1931-1939! En una nueva oleada revolucionaria surgiría inevitablemente una organización internacional que liquidaría la Comintern y daría un golpe mortal a la autoridad de la burocracia soviética dentro de la URSS.

La fracción stalinista llegó al poder en lucha contra el así llamado “trotskismo”. Hasta ahora todas las purgas, las farsas de juicios y las ejecuciones se llevaron a cabo bajo el pretexto de la lucha contra el “trotskismo”. Lo que Moscú expresa fundamentalmente con este rótulo es el temor que la nueva oligarquía siente por las masas. El rótulo de “trotskismo”, convencional en sí mismo, adqui­rió ya, sin embargo, carácter internacional. No puedo dejar de mencionar tres incidentes recientes porque son muy sintomáticos y a la vez revelan claramente el origen del temor del Kremlin a la revolución.

En el libro amarillo de Francia se transcribe una conversación mantenida entre el embajador francés, Couloundre, y Hitler el 25 de agosto, nueve días antes del rompimiento de relaciones diplomáticas. Hitler se exalta y se jacta del pacto que concluyó con Stalin: “no sólo un pacto teórico, diría yo, sino positivo. Creo que yo venceré, y ustedes creen que vencerán ustedes; pero lo que es seguro es que correrá sangre alemana y france­sa”, etcétera. El embajador francés contesta: “Si yo realmente creyera que nosotros venceremos, también tendría el temor de que, como consecuencia de la guerra, haya un solo ganador, el señor Trotsky”. Interrumpiendo al embajador, Hitler gritó: “¿Por qué, entonces, le dan a Polonia un cheque en blanco?” El nombre personal, por supuesto, es aquí puramente convencional. Pero no es casual que tanto el embajador democrático como el dic­tador totalitario designen el espectro de la revolución con el nombre del hombre a quien el Kremlin considera su enemigo número uno. Ambos están de acuerdo, como si cayera por su propio peso, en que la revolución avanzará siguiendo una orientación hostil al Kremlin.

El ex corresponsal en Berlín del periódico francés semioficial Temps, que ahora está en Copenhague, infor­ma en su cable del 24 de setiembre que elementos revolucionarios, amparándose en los oscurecimientos que se practican en Berlín, pegaron carteles en los barrios obreros con las siguientes consignas: “¡Abajo Hitler y Stalin! ¡Viva Trotsky!” De esta forma los obreros más valientes de Berlín expresan cómo ven el pacto. Y la revolución la harán los valientes, no los cobardes. Afortunadamente Stalin no tiene que ordenar oscurecimientos en Moscú. De otro modo las calles de la capital soviética estarían inundadas de consignas igualmente significativas.

En vísperas del aniversario de la independencia checa el protector Barón von Neurath[4] y el gobierno prohi­bieron severamente todas las manifestaciones: “La agitación laboral en Praga, particularmente la amenaza de una huelga, es atribuida oficialmente al trabajo de los ‘comunistas trotskistas’.” (New York Times, 28 de octubre.) No pretendo en absoluto exagerar el rol de los “trotskis­tas” en las manifestaciones de Praga. Pero el mismo hecho de que oficialmente se haya exagerado ese rol explica por qué los gobernantes del Kremlin temen la revolución no menos que Couloundre, Hitler y el Barón von Neurath.

Pero, ¿no son actos revolucionarios socialistas la sovie­tización de Ucrania occidental y la Rusia Blanca (Polonia oriental), igual que el intento actual de sovietizar Finlan­dia? Sí y no. Más no que sí. Cuando el Ejército Rojo ocupa una nueva provincia la burocracia soviética estable­ce un régimen que garantiza su dominación. La población no tiene otra opción que la de votar sí en un plebiscito totalitario a las reformas ya efectuadas. Una “revolución” de este tipo es factible sólo en un territorio ocupado militarmente, con una población dispersa y atrasada. El nuevo jefe del “gobierno soviético” de Finlandia, Otto Kusinen, no es un dirigente de las masas revolucionarias sino un viejo funcionario stalinista, un secretario de la Comintern, de mentalidad rígida y espinazo flexible. Por cierto, el Kremlin puede aceptar esta “revolución”. Y Hitler no la teme.

El aparato de la Comintern, formado exclusivamente por Kusinens y Browders, es decir, por funcionarios trepadores, es absolutamente incapaz de dirigir un movimiento revolucionario de masas. Pero sirve para camuflar el pac­to Stalin-Hitler con frases revolucionarias a fin de enga­ñar a los obreros de la URSS y del extranjero. Y más tarde se lo podrá utilizar como arma para chantajear a las democracias imperialistas.

Es sorprendente qué poco se entendieron las lecciones los acontecimientos españoles. Para defenderse de Hi­tler y Mussolini, que intentaron utilizar la guerra civil española a fin de construir un bloque de cuatro potencias contra el bolchevismo, Stalin se dio el objetivo de demos­trar a Londres y París que él era capaz de eliminar la revolución proletaria de España y Europa con mucho más eficacia que Franco y sus guardaespaldas. Nadie estran­guló más implacablemente en España al movimiento socialista que Stalin, en ese entonces un arcángel de la democracia pura. Se puso en movimiento toda la maqui­naria: una campaña fraguada de mentiras y calumnias, falsificaciones legales al estilo de los juicios de Moscú, asesinato sistemático de dirigentes revolucionarios. La lu­cha contra el “trotskismo”, naturalmente, fue el estandarte que encabezó la lucha contra la toma de la tierra y las fábricas por los campesinos y los obreros.

La guerra civil española es digna del análisis más minu­cioso, ya que en algunos aspectos fue una especie de ensayo general de la incipiente guerra mundial. De cualquier manera Stalin está muy dispuesto a repetir a escala mundial su actuación en España, con la esperanza de lograr más éxito esta vez en comprar la actitud amistosa

de los futuros vencedores probándoles que no hay nadie mejor que él para espantar al espectro rojo al que, por simple conveniencia terminológica, se asignará nuevamen­te el rótulo de “trotskismo”

Durante cinco años el Kremlin condujo una campaña en pro de una alianza entre las democracias para venderle a Hitler, a último momento, su amor por “la seguridad y la paz colectivas”. Los funcionarios de la Comintern recibieron la orden de “giro a la izquierda”, e inmediatamente desenterraron de los archivos viejas fórmulas sobre la revolución socialista. El nuevo zigzag “revolucionario” será probablemente más breve que el “democrático”, ya que las épocas de guerra aceleran enormemente el ritmo de los acontecimientos. Pero la táctica fundamental de Stalin sigue siendo la misma: convierte a la Comintern en una amenaza revolucionaria para los enemigos del futuro, para trocaría en el momento decisivo en una favorable combinación diplomática. No existe la razón más mínima para temer la resistencia de los Browders o de gente de su calaña.

A través de sus dóciles corresponsales el Kremlin ame­naza con entrar en la guerra del lado de Hitler, y luchar a la vez por la sovietización de Alemania, si Italia o Japón se unen a Inglaterra y Francia. (Ver, por ejemplo, el cable de Moscú publicado en el New York Times del 12 de noviembre.) ¡Asombrosa confesión! La cadena de sus “conquistas” ya tiene al Kremlin atado de tal manera al carro del imperialismo alemán que los posibles futuros enemigos de Hitler automáticamente se transforman en enemigos de Stalin. Stalin se apresura a tapar su probable participación en la guerra junto al Tercer Reich con la promesa de “sovietizar” Alemania. ¿Siguiendo el modelo galiziano? Para hacerlo sería necesario ocupar Alemania con el Ejército Rojo. ¿Por medio de una insurrección de los obreros alemanes? Pero si el Kremlin cuenta con esta posibilidad, por qué espera que Italia y Japón entren en la guerra?

El motivo de esta inspirada correspondencia es dema­siado evidente: asustar por un lado a Italia y Japón y por el otro a Inglaterra y Francia, y de ese modo escapar a la guerra. “No me empujen a los extremos -amenaza Stalin- o haré cosas terribles.” En esto hay por lo menos un noventa y cinco por ciento de bluff y tal vez un cinco por ciento de nebulosa esperanza de que, en caso de peligro mortal, la revolución traerá la salvación.

La idea de que Stalin sovietice Alemania es tan absur­da como la esperanza de Chamberlain en la restauración en su país de una pacífica monarquía- conservadora. Sólo una nueva coalici6n mundial podrá aplastar al ejército alemán por medio de una guerra de proporciones insos­pechadas. Sólo un tremendo ataque de los obreros alemanes puede aplastar al régimen totalitario. Pero con toda seguridad no harán su revolución para reemplazar a Hitler por un Hohenzollern o por Stalin.

La victoria de las masas populares sobre la tiranía nazi será una de las mayores explosiones de la historia mun­dial y cambiará de inmediato la faz de Europa. La ola de levantamientos, esperanza, entusiasmo, no se detendrá en las herméticas fronteras de la URSS. Las masas populares de la Unión Soviética odian a la ambiciosa y cruel casta gobernante. Lo único que refrena su odio es la idea de que el imperialismo las vigila. La revolución en Occidente privará a la oligarquía del Kremlin de lo único que le da derecho a la existencia política. Si Stalin sobrevive a su aliado Hitler, no será por mucho tiempo. Los astros gemelos caerán del cielo.



[1] “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”’ Revista Liberty. 27 de enero de 1940, donde apareció con el título “Hitler y Stalin: ¿Cuanto durará?”. Cuando Liberty publicó el artículo, sin embargo, omitió siete párrafos del texto de Trotsky, que también fueron omitidos en la primera edición de Writings 39-40. El texto comple­to fue reconstruido aquí con la autorización de la biblioteca de la Universidad de Harvard.

[2] Ernst Thaelmann (1886-1944): fue dirigente del Partido Comunista Alemán su candidato presidencial, y partidario de la política del Kremlin que condujo a la victoria de Hitler. Arrestado por los nazis en 1933, fue posteriormente ejecutado en Buckenwald en 1944.

[3] El artículo de Trotsky “Ante una nueva guerra mundial” escrito el 9 de agosto de 1937, fue publicado en la revista Liberty del 13 de noviembre de 1937. Se reproduce en su versión comple­ta en Escritos 1936-1937.

[4] Barón Konstantin von Neurath (1873-1956): ministro alemán de relaciones exteriores (1932-1938) y “protector” de Bohemia y Moravia (1939-1941). Fue condenado a quince años de prisión por el tribunal de crímenes de guerra de Nüremberg.



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