Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

Stalin, el comisario de Hitler[1]

 

 

2 de setiembre de 1939

 

 

 

Durante veinte años la expansión del imperialismo alemán estuvo estrechamente reprimida. Cuando comenzó a romper los diques, las cancillerías diplomáticas se descon­certaron. Las prolongadas y estériles negociaciones entre Londres-París y Moscú, posteriores a Munich, constituye­ron la segunda etapa de su desconcierto. Desde 1933 en adelante declaré continuamente en la prensa mundial que el objetivo de la política exterior de Stalin era llegar a un acuerdo con Hitler. Pero mi voz era demasiado modesta para convencer a los amos del destino. Stalin montó su vil comedia, “la lucha por la democracia”, y al menos parcialmente le creyeron. Casi hasta el último día, Augur, corresponsal semioficial del New York Times de Londres, repetía que estaba seguro de que se llegaría a un acuerdo con Moscú. Resulta penosamente aleccionador que el parlamento stalinista ratificara el pacto germano-soviético ¡el mismo día en que Alemania invadió Polonia![2]

La causa general de la guerra reside en las contradic­ciones irreconciliables del imperialismo mundial. Sin em­bargo, el eco específico de estas contradicciones que hizo comenzar las operaciones militares fue el pacto germa­no-soviético. Durante los meses anteriores, Goebbels,[3] Foerster y los demás políticos alemanes repetían insisten­temente que pronto llegaría el “día” de la acción decisi­va. Ahora resulta indudablemente claro que fue el día en que Molotov puso su firma en el pacto germano-soviéti­co.[4] ¡Ningún poder podrá borrar este hecho de los anales de la historia! No se trata en absoluto de que el Kremlin se sienta más próximo a los estados totalitarios que a los democrá­ticos. Esto no es lo que determina su orientación en los asuntos internacionales. Pese a su aversión por el régimen soviético, el parlamentario conservador Chamberlain hizo todo lo posible por llegar a una alianza con Stalin. No se concretó porque Stalin le teme a Hitler. Y no es por casualidad que le teme. El Ejército Rojo está descabeza­do; no es simple palabrerío sino una trágica verdad. Voroshilov es un invento.[5] Se le creó artificialmente, a través de la propaganda totalitaria, un halo de eficiencia. En las vertiginosas alturas a que se vio elevado sigue siendo lo que siempre fue, un rígido patán sin visión, sin cultura, sin capacidad militar, e incluso sin talento como administrador. Todo el país lo sabe. En el estado mayor militar “purgado” no queda un solo hombre en el que el ejército pueda depositar su confianza. El Kremlin teme al ejército y teme a Hitler. Stalin exige la paz a cualquier precio.

Antes que la Alemania de los Hohenzollern se tambalea­ra bajo los embates de la coalición bélica, asestó el golpe mortal al régimen zarista; posteriormente los aliados occi­dentales prohijaron a la burguesía liberal rusa e incluso apoyaron los planes de una revolución palaciega. Los actuales responsables del Kremlin se preguntaron ansiosamente: ¿Y si vuelve a repetirse, con una forma distinta, este incidente histórico? Si la oligarquía soviética fuera capaz de sacrificarse, al menos en un grado mínimo, por los intereses militares de la URSS, no hubiera decapitado y desmoralizado al ejército.

Los inocentones “pro soviéticos” afirman que cae de maduro que el Kremlin espera derrocar a Hitler. El asun­to es distinto. Sin la revolución es inconcebible que caiga Hitler. Una revolución triunfante en Alemania elevaría enormemente la conciencia de clase en la URSS y haría imposible la permanencia de la tiranía de Moscú. El Kremlin prefiere el status quo con Hitler como aliado.

Tomados de sorpresa por el pacto, los apologistas profesionales del Kremlin arguyeron que nuestros pronósticos anteriores se referían a una alianza militar agresiva, cuando lo que en realidad se dio fue un acuerdo pacífico de “no agresión”. ¡Sofistería miserable! Nunca habla­mos de una alianza militar agresiva en el sentido más directo del término. Por el contrario, siempre partimos del hecho de que lo que determina la política interna del Kremlin es el interés de la nueva aristocracia en mantenerse, su odio al pueblo, su incapacidad de conducir una guerra. Cualquier combinación internacional reviste algún valor para la burocracia soviética en tanto la libera de la ne­cesidad de recurrir a la fuerza de los campesinos y los obreros armados. Y sin embargo, el pacto germano-sovié­tico es una alianza militar en todo el sentido de la palabra, pues sirve a los objetivos de la guerra agresora imperialista.

En la guerra anterior la derrota de Alemania se produ­jo fundamentalmente porque no recibía materias primas de la URSS. No por casualidad la firma del pacto políti­co fue precedida por un acuerdo comercial. Moscú ni piensa renunciar a él. Por el contrario, en su discurso de ayer ante el Consejo Supremo, Molotov remarcó sobre todo las excepcionales ventajas económicas de la amistad con Hitler. El pacto de no agresión, es decir, la actitud pasiva hacia la agresión alemana, se ve coronado así por un tratado de colaboración económica en beneficio de la agresión. El pacto garantiza a Hitler la posibilidad de utilizar las materias primas soviéticas del mismo modo en que Italia, en su ataque a Etiopía, utilizó el petróleo ruso.[6] Mientras los expertos militares que Inglaterra y Francia tienen en Moscú estudiaban el mapa báltico desde la perspectiva de las operaciones militares entre la URSS y Alemania, los expertos alemanes y soviéticos consideraban las medidas a tomar para salvaguardar las rutas del Mar Báltico en función de mantener las relacio­nes comerciales de manera continua durante la guerra.

La ocupación de Polonia asegurará la contigüidad de las fronteras con la Unión Soviética y el desarrollo ulte­rior de las relaciones económicas. Tal la esencia del pacto. En Mein Kampf Hitler declara que el acuerdo entre dos estados cuyo fin no es la prosecución de la guerra es “absurdo y estéril”. El pacto germano-soviético no es ni absurdo ni estéril; es una alianza militar con división de tareas: Hitler conduce las operaciones milita­res, Stalin actúa de comisario suyo. ¡Y todavía hay gente que afirma seriamente que el objetivo actual del Kremlin es la revolución mundial!

Cuando Chicherin era ministro de relaciones exterio­res del gobierno de Lenin,[7] la política exterior soviética tenía como objetivo real el triunfo del socialismo a nivel internacional e incidentalmente trataba de aprovechar los antagonismos entre las grandes potencias a fin de defender a la República Soviética. Con Litvinov, el programa de la revolución mundial fue reemplazado por el interés de mantener el status quo a través de un sistema de “seguridad colectiva”. Pero cuando casi se había concre­tado la idea de la “seguridad colectiva”, el Kremlin se alarmó por las obligaciones militares que acarreaba. Lit­vinov fue reemplazado por Molotov, que tiene como única obligación mantener intactos los intereses de la casta gobernante. Ya hace mucho que se calificó de romántica la política de Chicherin, es decir esencialmente de Lenin. Durante un tiempo se consideró que la política realista era la de Litvinov. La política de Stalin-Molotov es imperturbablemente cínica.

Molotov declaró hace tres meses ante el Consejo Su­premo: “La Unión Soviética no puede dejar de estar a la vanguardia de un frente único de naciones amantes de la paz que se oponen realmente a la agresión a nuestro país” ¡Qué irónicas suenan ahora esas palabras! La Unión Soviética se ubicó a la retaguardia de los es­tados a los que hasta ayer el Kremlin acusó persisten­temente de agresores.

Las ventajas inmediatas que obtiene el Kremlin de la alianza con Hitler son bastante concretas. La URSS que­ la fuera de la guerra. Hitler elimina de su programa inmediato su campaña por una “Gran Ucrania”. Japón queda aislado. Como consecuencia de la postergación del peligro de guerra en la frontera occidental se puede inten­tar, al mismo tiempo, debilitar la presión de la frontera oriental, tal vez hasta llegar a un acuerdo con Japón. Más aun; es bastante probable que, a cambio de Polonia, Hitler le deje a Moscú las manos libres respecto a los estados del Báltico fronterizos con la URSS. Sin embar­go, aunque las “ventajas” sean grandes, son, en el mejor de los casos, pasajeras; la única garantía es la firma de Ribbentrop en un “pedazo de papel”.[8]

Mientras tanto, la guerra pone a la orden del día problemas que son de vida o muerte para los pueblos, los estados, los regímenes, las clases gobernantes. Alemania está aplicando por etapas su programa de dominio a través de la guerra. Con ayuda de Inglaterra, y pese a la oposición de Francia, se rearmó. Con la ayuda de Polonia dejó aislada a Checoslovaquia. No sólo desea esclavizar Polonia con la ayuda de la Unión Soviética sino también destruir los viejos imperios coloniales. Si Alemania consi­gue emerger triunfante de la guerra con la ayuda del Kremlin, el peligro que correrá la Unión Soviética será mortal. Recordemos que inmediatamente después del acuerdo de Munich Dimitrov, secretario de la Comin­tern,[9] hizo público -indudablemente por orden de Sta­lin- un calendario muy explícito de las conquistas futu­ras de Hitler. La ocupación de Polonia estaba señalada para el otoño de 1939. Luego seguían, por orden, Yugoslavia, Rumania, Bulgaria, Francia, Bélgica... Y luego, al final, en el otoño de 1941, comenzaría la ofensiva contra la Unión Soviética.

Estas revelaciones se basan indudablemente en infor­mación obtenida por el servicio de espionaje soviético. Es imposible, por supuesto, tomar al pie de la letra ese anteproyecto; la marcha de los acontecimientos siempre introduce modificaciones en esos cálculos. Sin embargo, se está consumando el primer ítem del plan, la ocupa­ción de Polonia en el otoño de 1939. Es muy probable que sea aproximadamente correcto el breve lapso de dos años que prevé el plan entre la ocupación de Polonia y la ofensiva contra la Unión Soviética. En el Kremlin no pueden dejar de comprenderlo así. No por nada procla­maron muchas veces: “La paz es indivisible”. Si Stalin pese a todo se transforma en el comisario de Hitler se debe a que la casta gobernante es incapaz ya de pensar en el mañana. Su lema es el de todos los regímenes condenados: “después de nosotros el diluvio”.

Sería en vano intentar prever, en este momento, el curso futuro de la guerra y el destino de cada uno de los protagonistas, incluso de aquellos que todavía albergan ilusorias esperanzas de permanecer al margen de la catástrofe. Nadie está en condiciones de abarcar por entero este vasto panorama y este torbellino de fuerzas materia­les y morales infinitamente complejo. Solo la guerra misma decidirá la suerte de la guerra.

Una de las principales diferencias entre la guerra actual y la anterior es la radio. Me doy cuenta de esto por primera vez ahora que escucho aquí en Coyoacán, un suburbio de la capital mexicana, los discursos que se pronuncian en el Reichstag de Berlín y los despachos de Londres, París y Nueva York. Gracias a la radio se dependerá mucho menos de las noticias de los gobiernos propios y el estado de ánimo de los habitantes de los demás países influirá mucho más rápidamente. En este plano el Kremlin ya sufrió una gran derrota. La Comin­tern, el instrumento más importante con que cuenta el Kremlin para influir sobre la opinión pública de los otros países, es en realidad la primera víctima del pacto germa­no-soviético. Todavía no se decidió el destino de Polonia. Pero la Comintern ya es un cadáver. La abandonan por un lado los patriotas y por el otro los internacionalistas. No hay duda de que mañana escucharemos por radio las voces de los dirigentes comunistas de ayer revelando, en interés de sus respectivos gobiernos, en todos los idiomas del mundo civilizado, el ruso incluido, la traición del Kremlin.

La desintegración de la Comintern no dejará de asestar un golpe irreparable a la autoridad de la casta gobernante sobre las grandes masas de la misma Unión Soviética.

Así, la cínica política cuya finalidad es reforzar la situa­ción de la oligarquía stalinista en realidad acelera su caída.

La guerra hará tambalear muchas cosas y a muchos individuos. De nada valdrán los artificios, las trampas, los arreglos ni las traiciones para escapar a su severo juicio. Pero se entendería muy mal mi artículo si se sacara de él la conclusión de que se perderá todo lo nuevo que la Revolución de Octubre aportó a la humanidad. Estoy profundamente convencido de lo contrario. Las nuevas formas económicas, liberadas del freno insoportable de la burocracia, soportarán esta prueba de fuego y además serán la base de una nueva cultura que, esperamos, elimi­nará para siempre las guerras.



[1]  “Stalin, el comisario de Hitler”. Socialist Appeal, el 11 de setiem­bre de 1939, donde apareció con el título de “Trotsky escribe sobre la guerra y el pacto nazi-soviético”.

[2] La Unión Soviética y Alemania concluyeron un pacto de “no agresión” el 22 de agosto de 1939. El 1º de setiembre Alemania invadió Polonia.

[3] Joseph Goebbels (1897-1945): fue el ministro nazi de propa­ganda y cultura nacional (desde 1933); fue miembro del consejo de gabinete de Hitler (desde 1938); se suicidó cuando se produjo la derrota alemana.

[4] Viacheslav Molotov (1890- ): un viejo bolchevique, fue uno de los editores de Pravda antes de la Revolución de Octubre. Elegido para el comité central del partido ruso en 1920, se alineó junto a Stalin. Fue presidente del consejo de comisarios del pueblo desde 1930 hasta 1941. En 1939 se hizo cargo del ministerio de relaciones exteriores. Fue eliminado de la conducción en 1957 cuando se opuso al programa de “destalinización” de Jruschov.

[5] Kliment Voroshilov(1881-1969): fue de los primeros en apoyar a Stalin; miembro del buró político del Partido Comunista de la Unión Soviética desde 1926, presidente del consejo militar revolu­cionario y comisario del pueblo de defensa entre 1925 y 1940. Fue presidente de la URSS entre 1953 y 1960.

[6] Cuando Italia invadió Etiopía en 1935, la Unión Soviética continuó vendiéndole el petróleo indispensable para la guerra al gobierno fascista.

[7] Grigori V. Chicherin (1872-1936): prestó servicios en el cuerpo diplomático zarista hasta 1904, pero renunció por simpatía con la agitación revolucionaria. Se hizo bolchevique en 1918 y sucedió a Trotsky en el cargo de comisario del pueblo de relaciones exterio­res entre 1918 y 1930.

[8] Joachim von Ribbentrop (1893-1946): fue ministro de relaciones exteriores bajo el gobierno nazi (1938-1945). Además de negociar el pacto Stalin-Hitler, también gestionó el acuerdo germano-ítalo japonés contra la Comintern. Fue colgado por criminal de guerra como consecuencia de un fallo del tribunal de crímenes de guerra de Nüremberg.

[9] Georgi Dimitrov (1882-1949): un comunista búlgaro que se había trasladado a Alemania, llamó la atención del mundo en 1933 cuando los nazis lo encarcelaron y lo juzgaron junto con otros con el cargo de haber incendiado el Reichstag. Se defendió valientemente en el juicio y fue absuelto. Se hizo ciudadano soviético y fue secretario ejecutivo de la Comintern entre 1934 y 1943. Fue el principal impulsor de la política de frente popular adoptada en el Séptimo Congreso de la Comintern en 1935.



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?