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“Una parálisis progresiva”[1]

La Segunda Internacional en vísperas de la nueva guerra

 

 

29 de julio de 1939

 

 

 

La vida interna de la Segunda Internacional está, de hecho, más allá de nuestros horizontes. En parte se debe a que ya hace mucho tiempo que arreglamos cuentas con la socialdemocracia, en parte a que esta “Internacional” virtualmente carece de toda “vida interna”, en tanto que sus distintos partidos existen con independencia total unos de otros. En los últimos años la Segunda Internacio­nal trató de hacerse notar lo menos posible de modo de no revelar sus contradicciones internas. Sin embargo, la proximidad de la guerra la arrancó de su estado de equilibrio pasivo. Al respecto contamos con el importante testimonio de F. Dan, el dirigente menchevique.[2]

No es posible encontrar en casi ninguna publicación socialdemócrata una descripción tan franca de la lucha interna de la socialdemocracia como la que se publica en Sotsialisticheski Vestnit [El heraldo socialista], el periódi­co menchevique editado en París. La franqueza, como sucede siempre en estos casos, es una consecuencia de la intensificación de las luchas internas. En total armonía con el carácter de la “Internacional” social-patriota, los agrupamientos se dan según las nacionalidades, es decir, según los intereses de las “patrias” burguesas. Así como el mundo capitalista está separado de las vacas gordas de las democracias imperialistas y las vacas flacas y ham­brientas de las dictaduras fascistas, la Segunda Internacio­nal se dividió en un grupo “satisfecho” que todavía tiene participación en las acciones de las empresas impe­rialistas nacionales, y un grupo de vacas flacas expulsadas de sus pastizales por el fascismo. La lucha se desarrolla exactamente sobre estos lineamientos.

Antes de la primera guerra mundial la socialdemocra­cia alemana jugaba el rol dirigente en la Segunda Internacional. Después de la paz de Versalles,[3] la dirección, tanto de la Internacional como la de la política europea, pasó a Inglaterra y Francia. En cuanto a Estados Unidos, la influencia indiscutible y en muchos aspectos decisiva de su política sobre la Segunda Internacional no se ejerce a través del débil Partido Socialista norteamericano sino directamente por medio de los gobiernos europeos. La dócil agencia socialdemócrata también en este aspecto lo único que hace es imitar a sus amos capitalistas. La Liga de las Naciones, en última instancia, adaptaba su política a la de Estados Unidos, pese a que este país se mantenía apartado de las maniobras europeas. Del mismo modo, a cada paso que da, la socialdemocracia, en especial los partidos de Inglaterra y Francia, consideran su obligación mantener sus miras puestas en Washington y cantar loas a Roosevelt como dirigente consagrado de la alianza de las “democracias”.

Como lo reconoció abiertamente el congreso socialista de Nantes, los partidos gordos consideran su tarea esen­cial la defensa, no sólo de la independencia nacional de sus países, sino también de sus posesiones coloniales. El social-patriotismo es nada mas que una mascara del so­cial-imperialismo; ya lo planteamos en 1914. Dado que los intereses imperialistas, por naturaleza, entran en conflicto unos con otros, no puede haber una política inter­nacional unificada entre los social patriotas de los distin­tos países. En el mejor de los casos, podrán llegar a acuerdos algunos partidos individualmente según las com­binaciones internacionales de sus respectivos gobiernos.

El sector de los partidos flacos se caracteriza por una situación distinta. En lo que hace a las características de sus burocracias dominantes, a todo su pasado y a sus aspiraciones estos partidos no se diferencian en nada de los gordos. Pero, tengámoslo en cuenta, se quedaron sin sus pastizales al mismo tiempo que las patrias imperialis­tas que los echaron de su seno se quedaron sin sus colonias. A los gordos lo que más les interesa es mante­ner el status quo dentro de sus propios países y a nivel internacional. Para los flacos el status quo implica impotencia, exilio, raciones magras. Los partidos alemán, ita­liano, austríaco, y ahora también el español, no están directamente atados por la disciplina del imperialismo nacional que rechazó sus servicios asentándoles un buen puntapié. Se vieron sumergidos en una ilegalidad contraria a sus tradiciones y a sus mejores intenciones. Natural­mente, esto no los volvió revolucionarios en lo más mínimo. Por supuesto, su acción no llega a tanto como, por ejemplo, pensar siquiera en preparar la revolución socialista. Pero su patriotismo, temporariamente, se dio vuelta del revés. Estúpidamente sueñan con que las fuer­zas armadas de las “democracias” derrocarán su régimen fascista nacional y les permitirán volver a sus antiguos puestos, editoriales, parlamentos, direcciones sindicales y reabrir sus cuentas bancarias. Mientras que los gordos lo único que quieren es que los dejen en paz, los flacos, por el contrario, están interesados, a su modo, en una políti­ca internacional activa.

Los mencheviques rusos complican un poco el panora­ma general de los dos sectores. Como lo demostró su actuación en la Revolución de Febrero, este partido no se diferencia en nada de la socialdemocracia alemana ni del Partido Laborista inglés. Sólo que los mencheviques entraron después que los otros en el terreno del social-patriotismo y cayeron antes que los otros bajo la rueda que los trituró en su constante girar, no de izquierda a derecha sino de derecha a izquierda. Gracias a anos de existencia ilegal, a la experiencia de tres revoluciones y dos exilios, los mencheviques lograron cierta habilidad que les permite cumplir algo parecido a un rol dirigente en el sector de los flacos. Pero eso los hace mas odiosos ante sus camaradas gordos de la Internacional.

El estado soviético, del cual cayeron víctimas los men­cheviques, se volvió en el ínterin tan drásticamente en contra de la revolución proletaria que se transformó en un aliado deseable para los estados imperialistas. A tono con esta situación, los partidos socialistas británico y francés están sumamente interesados en un acercamiento al Kremlin. No es de extrañarse que en estas condiciones las relaciones de los mencheviques rusos dentro de su propia Internacional hayan pasado a ser malas e inesta­bles.

Por el artículo de Dan nos enteramos de que los flacos propusieron hace un año y medio que la Interna­cional tomara “el problema de la lucha por la democracia y la paz en nuestra época”. Sería esa política internacional “activa” la que devolvería a los gordos esas capas de grasa perdidas. Naturalmente, hay que estar dotado de una excepcional reserva de estrechez mental pequeñoburguesa para no entender, a esta altura de los acontecimien­tos, la ley de hierro de la transformación de la democra­cia pequeñoburguesa en su opuesto y continuar conci­biendo a la democracia como un baúl suprahistórico en el que se puede llevar un tomo de Das Kapital, un mandato parlamentario, una cartera ministerial, bonos y acciones, la “meta final” del socialismo, la correspon­dencia íntima con los colegas burgueses y cualquier otra cosa que se desee, salvo, por supuesto, una bomba.

En realidad, la democracia burguesa no es nada más que la formulación política del libre comercio. Plantearse como objetivo en nuestra época “la lucha por la demo­cracia” tiene tanto sentido y ofrece tantas posibilidades de éxito como la lucha por el libre comercio. Sin embar­go, hasta este programa resultó demasiado radical para la Segunda Internacional. “Después de una demora de un año -se queja el autor del artículo- [el Comité Ejecuti­vo] finalmente hizo el intento de poner a discusión el problema de la lucha por la democracia y la paz en nuestra época.” Pero, por supuesto, “este intento falló”. La resistencia la ofrecieron, como era de esperar, los gordos. “Los partidos más grandes y de mayor influencia en la internacional, que conservaron su status legal -es­cribe Dan- no deseaban profundizar demasiado la discu­sión y llevarla hasta sus últimas consecuencias”; rechaza­ron la “teorización abstracta” y la “argumentación esté­ril”. Hablando claramente, se negaron a atarse a ningún tipo de decisión conjunta que pudiera crearles en el futuro conflictos con sus propios imperialismos nacionales.

El nudo de la cuestión está en que los sectores “fla­cos” de la Segunda Internacional se toman en serio la consigna de lucha por la democracia contra el fascismo, porque ellos son víctimas del fascismo y, naturalmente, pretenden recuperar sus posiciones perdidas con la ayuda de los tanques y los barcos de guerra de la democracia. Esta circunstancia los vuelve muy peligrosos ante los sectores “sólidos” de la Segunda Internacional. Recorde­mos que precisamente a comienzos de este año los diplo­máticos británicos y franceses hicieron todo lo posible por ganar a Italia para su bando. Demás está decir que si tienen éxito las secciones inglesa y francesa de la Segun­da Internacional se adaptarán perfectamente a la alianza con Roma, mientras que a la sección italiana le sería muy difícil hacerlo. Todas sus fantásticas esperanzas en un futuro más brillante, es decir, en una restauración del pasado, giran alrededor de una posible derrota militar de Mussolini. No es para sorprenderse que los gordos y los flacos encuentren cada vez más difícil llegar a resolucio­nes “unánimes” e incluso sentarse a la misma mesa.

La terminología que utiliza la Segunda Internacional es algo diferente de la que proponemos nosotros. Lo. gordos simplemente designan a los flacos como “muertos” mientras consideran que ellos son los únicos “vivos”, se queja Dan. Según el mismo autor, estos vivo prefirieron “proclamar la existencia de una brecha infranqueable entre la situación revolucionaria [?] de los partidos ilegales y los partidos reformistas legales, es decir, proclamaron esencialmente artificial su unificación en una internacional”. Se puede considerar revolucionario a Wels, Hilferding, Nenni, al mismo Dan, tanto como se puede confundir a un almacenero en bancarrota con un proletario.[4] Sin embargo, la información fáctica del din gente menchevique conserva toda su validez. Los respetables partidos de los imperios coloniales repletos declararon que no tienen nada que hacer en una misma Internacional con los partidos ilegales de los países imperialista hambrientos “[...] La eliminación de la participación decisiva de los partidos ilegales en la determinación de la política de la Internacional ha pasado a ser su objetivo inmediato -continúa Dan-. Como es bien sabido, lo concretaron en cierta medida en las sesiones del Comité Ejecutivo realizadas en Bruselas del 14 al 15 de mayo. En otras palabras, los gordos sacaron a los flacos de los organismos dirigentes de la Segunda Internacional. Resol­vieron de esta manera “el problema de la lucha por la democracia y la paz en nuestra época”.

No se puede negar que en sus acciones presentan mucha lógica y sentido común. Los gobernantes y sus satélites siempre prefirieron, como sabemos, la compañía de los gordos y desconfiaron de los flacos. Julio César sospecha­ba de Casio justamente por su delgadez y su mirada ham­brienta. Esa gente tiende a ser muy crítica y a censurar a los demás. “La burguesía de ustedes, que no fue capaz de conseguirse colonias a tiempo, trata ahora de cambiar el sagrado status quo; por eso los mandaron a ustedes a la ilegalidad y los transformaron en un elemento pertur­bador dentro de la Segunda Internacional. Ustedes tienen que entender que no son más que intrusos en una organi­zación sólida que cuenta en sus filas con ministros y, generalmente, con pilares de la ley y el orden.” Esto es lo que los vivos, o los gordos, tenían en mente.

Los “flacos” (o los muertos) trataron de argumentar que en el congreso de fundación de la rediviva Segunda Internacional que se realizó en Hamburgo en 1923 se votó una hermosa colección de estatutos que reconocía, como lo señala Dan, “la soberanía de la política socialista internacional sobre la política nacional de cada uno de los partidos y el rol decisivo de la Internacional no sólo en la paz sino también en la guerra”. No carece de interés el hecho de que los puntos arriba mencionados fueron incluidos en los estatutos por iniciativa de Martov, el dirigente de los mencheviques rusos.[5] Los “puntos” de Martov quedaron, como es evidente, en los papeles.

Los partidos que firmaron los nuevos estatutos en 1923 fueron los mismos que traicionaron en 1914, exceptuando el ala revolucionaria. Los insensibles social-imperialistas es­taban tanto más dispuestos a hacer concesiones verbales a sus aliados de la Internacional Dos y Media porque todavía necesitaban cubrir su flanco izquierdo.[6] Entonces la Comintern todavía era una organización revolucionaria. ¿La “soberanía” de los principios internacionales? ¡Por supuesto! Siempre que “nuestras” colonias, “nuestros” mercados, “nuestras” concesiones, incluso nuestra demo­cracia, estén a resguardo. El régimen de la Segunda Internacional descansaba sobre este equívoco, hasta que Hitler abrió una brecha en el sistema de Versalles.

Pero incluso para la oposición de extrema “izquierda” la “soberanía de los principios internacionales” no signifi­ca la política independiente de clase del proletariado. Es sólo un intento de llegar a un acuerdo con otros sectores sobre qué burguesía les conviene (a los flacos) que triun­fe. En el aparato de esta internacional no hay un solo individuo que sostenga seriamente la posición de la revo­lución proletaria. Para todos ellos el proletariado no es más que una fuerza auxiliar de la burguesía “progresiva”. Su internacionalismo es un social-patriotismo aplastado, desacreditado, temeroso de salir a la luz y que está siempre buscando camuflarse.

Dan explica la política de los partidos “vivos” por lo “rutinario” de su pensamiento político, su “estrechez de miras”, su “empirismo” y otras razones intangibles. La “estrechez de miras” de esta explicación salta a la vista. El empirismo político predomina siempre y cuando a un grupo determinado no le convenga llevar su pensamiento hasta sus lógicas consecuencias. Ya alguien dijo que la existencia determina la conciencia. La burocracia laboral forma parte de la sociedad burguesa. En su situación de diri­gente de la “Oposición a Su Majestad” el mayor Attlee recibe un salario sustancioso del tesorero real. Walter Citrine se ganó un título de nobleza. Los miembros del parlamento gozan de grandes privilegios. Los burócratas sindicales ganan salarios altos. Todos ellos están ligados por lazos muy fuertes a la burguesía, a su prensa, a sus empresas industriales y de otro tipo, en las que muchos de estos caballeros participan directamente. Estas circunstancias de la vida cotidiana son incomparablemente más significativas, en lo que hace a la orienta­ción de la política partidaria, que el principio del “inter­nacionalismo” perdido entre los estatutos de Hamburgo.

Dan no dice absolutamente nada del partido francés, aparentemente por amabilidad a los anfitriones cuya hos­pitalidad disfrutan los mencheviques. Sin embargo, en Francia las cosas no andan mucho mejor. Pese al indiscu­tible talento de los franceses para el razonamiento lógico, la política de Leon Blum no se diferencia en nada de la política “empírica” del mayor Attlee.[7] Las camarillas dirigentes de los socialistas y los sindicatos se confunden con los sectores gobernantes de la Tercera República. Blum es simplemente un conservador de mediana burgue­sía que fatalmente se inclina hacia la sociedad de la gran burguesía. Durante la investigación del caso Oustrich,[8] el banquero estafador, salió a la luz también que Blum frecuentaba los salones archiburgueses, donde se codeaba con los políticos conservadores y los magnates financieros, entre ellos Oustrich, de quien consiguió, entre taza y taza de café, un puesto para su hijo. Toda la vida cotidiana del partido y los sindicatos franceses esta me­chada de esos coloridos episodios.

La burocracia dirigente de la Segunda Internacional es el sector menos independiente, el más cobarde y corrupto de la sociedad burguesa. Cualquier vuelco de la situa­ción, ya sea a la derecha o la izquierda, representa para ellos un peligro mortal. De aquí su único anhelo, mante­ner el status quo, de aquí su “empirismo” compulsivo, es decir, su temor a indagar en el futuro. La política del Comité Ejecutivo de la Segunda Internacional sólo puede asombrar a aquellos que contra todas las evidencias insis­ten en considerar a la socialdemocracia el partido de clase del proletariado. Todo vuelve inmediatamente a su lugar cuando se comprende que la socialdemocracia es un partido burgués que cumple la función de freno “demo­crático” del proletariado.

La conducta de los “empiristas” bien pagos “en reali­dad ya paralizó y castró políticamente a la Internacio­nal”, se queja Dan. Según él, durante los cinco meses posteriores a su sesión de enero el Comité Ejecutivo no reaccionó ante uno solo de los importantes acontecimien­tos internacionales que se sucedieron (Checoslovaquia, Albania, etcétera)[9] “Es como si él [el Comité Ejecuti­vo] hubiera caído en un estado de encefalitis política.” Y el dirigente menchevique se pregunta: “¿Está realmente amenazada la Internacional Socialista por la muerte que ya ha hecho presa de la Internacional Comunista?” Y continúa: “¿Logrará realmente el primer relámpago de la tempestad bélica provocar en los cimientos de la unificación socialista internacional del proletariado un naufragio todavía mayor que el de 1914? ¡O tal vez la unificación se liquide todavía antes de que estalle la tormenta!” La palabra “realmente” suena algo discordante, ya que se cuestionan procesos que se arrastran desde hace mucho tiempo y consecuencias que ya se habían previsto desde mucho antes.

Pero, sea como fuere, estas preguntas retóricas planteadas por un dirigente menchevique revisten una importancia especial. Implican que las aguas ya han desbordado los diques. Dan no lo oculta. He aquí su pronóstico “condicional” sobre la suerte de la Segunda Internacio­nal: “Su conversión en una especie de Liga de las Naciones la amenaza con el mismo mal que ya está matando, ante nuestros propios ojos (¡si es que no está definitivamente muerto!), su modelo de Ginebra: la pa­rálisis progresiva”. Lo único que cabe agregar es que esta parálisis progresiva comenzó en agosto de 1914 entró hoy en su etapa final.

Sorprendentemente, en los umbrales de una nueva guerra, en el momento en que la oposición socialdemócrata comienza a prever el colapso de su propia Interna­cional, la Comintern considera a la Segunda Internacional madura para la alianza e incluso para la fusión con ella. Esta aparente paradoja está totalmente de acuerdo con la ley social. La Comintern también está constituida ahora por vacas gordas y flacas y su relación recíproca es paralela, aproximadamente, a la que se da en la Segunda Interna­cional. En sus planes diplomáticos el Kremlin toma en cuenta a los partidos gordos de ambas internacionales y no a las pobres secciones diezmadas penosamente por el fascismo. La Segunda Internacional echa “democrática­mente” a los líderes de los partidos ilegales de sus orga­nismos dirigentes; el Kremlin los fusila en grupos, “totali­tariamente”. Las diferencias técnicas secundarias dejan intacta la solidaridad política fundamental. La socialdemocracia internacional constituye el flanco izquierdo del imperialismo democrático, dirigido por Gran Bretaña y bajo el control supremo de los Estados Unidos. La Comintern, el instrumento directo de la burocracia soviética, está sujeta, en última instancia, al control del mismo imperialismo. Siguiendo las huellas de la Segunda Interna­cional, la Comintern hoy ha renunciado públicamente a la lucha de las colonias por su emancipación. Attlee y Pollitt, Blum y Thorez,[10] están en el mismo frente. En caso de que estalle la guerra desaparecerán las últimas diferencias entre ellos. Todos ellos, junto con la sociedad burguesa, serán aplastados por la rueda de la historia.

Debemos repetir una vez más que en nuestra época maldita, cuando todas las fuerzas aún vivas del capitalismo, entre ellas los viejos partidos laborales y los sindica­tos, se vuelven contra la revolución socialista, la marcha de los acontecimientos proporciona a la vanguardia prole­taria una ventaja inapreciable: aun antes del estallido de la guerra se clarificaron todas las posiciones; ambas inter­nacionales, en su agonía mortal, entraron abiertamente al campo del imperialismo; y también abiertamente arreme­te contra ellas su enemigo mortal, la Cuarta Internacional.

Los filisteos se burlaron de nuestras interminables dis­cusiones sobre el internacionalismo, de nuestros métodos “capciosos” para considerar todas las desviaciones social-patrióticas y pacifistas. A estos caballeros nuestras ideas les parecen “abstractas” y “dogmáticas” sólo porque for­mulan las tendencias básicas del desarrollo histórico, que a las mentes superficiales de los oportunistas y los cen­tristas les resultan impenetrables. Estas tendencias básicas aparecen ahora abiertamente, mientras se derrumban las estructuras construidas sobre fundamentos coyunturales. Los partidos de la Segunda y la Tercera Internacional se desintegrarán de ahora en más. Los cuadros de la Cuarta Internacional, por el contrario, serán el eje de moviliza­ción de masas proletarias cada vez más amplias. Dejemos a los escépticos que sigan cepillándose sus dientes podri­dos. Nosotros avanzamos por nuestro camino.



[1] “Una parálisis progresiva”. Cuarta Internacional, mayo de 1940. Trotsky informa aquí, aparentemente, de hechos producidos en la Segunda Internacional, según se refleja en la reunión del comité ejecutivo en Bruselas el 14-15 de mayo de 1939.

[2] Feodor Dan (1871-1949): fundador de la socialdemocracia rusa y dirigente menchevique del soviet de Petrogrado en 1917. Fue pacifista durante la primera guerra mundial y un activo adver­sario de la revolución bolchevique. Expulsado de la Unión Sovié­tica en 1922. Los mencheviques constituían un partido socialista moderado que declamaba su fidelidad a Karl Marx pero creía que la clase obrera debía unirse con la burguesía liberal para derribar al Zarismo y establecer una república democrática. Se habían consti­tuido tras la escisión producida en 1903 en el Partido Obrero Social Demócrata Ruso y permanecieron en la Segunda Internacio­nal, mientras que los bolcheviques tomaron luego el nombre de Partido Comunista.

[3] El tratado de Versalles fue impuesto por los vencedores de la primera guerra mundial. Se basó en gravosas reparaciones que debieron pagar los países vencidos a los victoriosos.

[4] Otto Wells (1873-1939): dirigente de la socialdemocracia alemana. Como comandante militar de Berlín aplastó el levantamiento espartaquista de 1919; después condujo la delegación socialdemócrata al Reichstag hasta que Hitler se apoderó de todo poder en 1933. Rudolph Hilferding (1877-1941): dirigente de socialdemocracia alemana antes de la primera guerra mundial. Pacifista durante la guerra, se convirtió en líder de los socialdemócratas independientes. De vuelta en el Partido Social Demócrata desempeñó como ministro de finanzas en gabinetes burgueses en 1923 y 1928. Murió en un campo de concentración alemán durante la segunda guerra mundial. Pletro Nenni (1891- ): se convirtió en el principal dirigente del Partido Socialista Italiano después la segunda guerra mundial y en un estrecho colaborador del Partido Comunista hasta 1956; durante ese lapso fue galardonado con el premio Stalin de la paz. Después de la denuncia que hizo Jruschov del culto a Stalin, Nenni rompió su alianza con el PC viiró hacia la derecha, siendo finalmente primer ministro en gobiernos de coalición encabezados por la democracia cristiana.

[5]Julius Martov (1873-1923): uno de los fundadores de la socialdemocracia rusa y estrecho compañero de Lenin en el consejo de redacción de Iskra hasta 1903, en que se convirtió en un líder menchevique.

[6] La Internacional Dos y Media, o la Asociación Internacional de Partidos Socialistas, se formó en febrero de 1921 con partidos cen­tristas y grupos que habían abandonado la Segunda Internacional bajo la presión de las masas revolucionarias. La Internacional Dos y Media se reunificó con la Segunda Internacional en mayo de 1923.

[7] Leon Blum (1872-1950): jefe del Partido Socialista Francés en los años treinta y premier del primer gobierno frentepopulista en 1936. La Tercera República Francesa se declaró en setiembre de 1870 y duró hasta diciembre de 1946.

[8] Albert Oustrich: fue un banquero francés cuyas especulaciones liquidaron varios bancos y llevaron a la cada del gabinete Tardieu en 1930.

[9] Aquí la referencia ea a la invasión de Checoslovaquia por parte de Hitler en marzo de 1939 y a la invasión de Albania consumada por Italia en abril.

[10] ­Harry Pollitt (1890-1960): fue dirigente del Partido Comunista británico. Maurice Thorez (1900-1964): se convirtió en líder del Partido Comunista Francés en 1924. Había simpatizado con las ideas de la Oposición de Izquierda, pero adhirió al stalinismo en 1925. Llegó a ser secretario general del partido francés en 1930, y después de la segunda guerra mundial fue ministro en el gobierno de De Gaulle.



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