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Zinoviev y Kamenev capitularon nuevamente[1]

 

 

23 de mayo de 1933

 

 

 

De modo que han vuelto a capitular. La prensa soviética lo informa triunfalmente y TASS difunde la capitulación por todo el mundo. Es difícil de concebir un hecho que condena tan implacablemente no sólo a los capituladores sino también al régimen que exige semejantes sacrificios. Los espinazos rotos ya no sirven de puntales. El aparato stalinista se ha convertido en una máquina rompehuesos.

Zinoviev y Kamenev fueron condenados a la expul­sión y al exilio hace un par de meses, no por sus propias actividades de oposición sino por "estar en conoci­miento y retener la información" de la actividad opo­sitora del ala derecha. Esta fue sólo la razón formal. La verdadera razón era que, en una atmósfera de descon­tento general, Zinoviev y Kamenev constituían un peligro. Es cierto que ya habían capitulado en enero de 1928. Pero, ¿ante quién? Ante la burocracia anónima que usurpaba el nombre del partido. Hoy esa clase de capitulación carece de valor. Ahora, para gozar del derecho a vivir y respirar políticamente, es menester reconocer la infalibilidad de Stalin. Zinoviev y Kamenev simplemente no podían forzarse a semejante pos­tración moral. Su asociación con Lenin había sido dema­siado larga, y conocían demasiado bien a Stalin, su papel en el pasado y su calibre moral. El juramento de fidelidad a la persona de Stalin se les atragantó. Ese fue el motivo de la expulsión.

No es difícil imaginar lo que sucedió después tras las bambalinas. Hace tiempo ya que el aparato viene cayendo en la cuenta de que la dirección de Stalin resulta demasiado onerosa. El propio Stalin lo entiende así. Desde luego, sus capitulaciones no se produjeron sin las mediaciones e intercesiones, además de las exhortaciones cínicas de los llamados “viejos bolche­viques". "Reconozcan su genio - eso hoy en día cuesta muy poco- y vuelvan a Moscú; después de todo, es mejor estar en el partido." Y Zinoviev y Kamenev "reconocieron" es decir, se hundieron finalmente en el abismo. Su destino personal es profundamente trágico. Si el historiador del futuro trata de mostrar cómo las grandes convulsiones históricas destruyen implacablemente a los individuos, utilizará el ejemplo de Zinoviev y Kamenev.

En la época de su primera capitulación podían seguir manteniendo algunas ilusiones: "trabajar en el partido’’, ’’mantener el contacto con el partido "influir en las masas". Hoy no queda ni rastro de tales ilusiones. Zinoviev y Kamenev no vuelven de la oposi­ción al partido sino del exilio a Moscú. Stalin necesita su retorno, por la misma razón que necesitó la presen­cia de Bujarin y Rikov en la tribuna durante la celebra­ción del Primero de Mayo: para llenar el vacío en torno al líder, y si esto no es posible, al menos para ocultar ese vacío.

El fracaso de la primera capitulación de Zínoviev y Kamenev, de carácter político, fue una prueba dura, y por ello más efectiva, de cuán correctas son las posiciones de la Oposición de Izquierda: sólo se puede servir al partido sirviendo a sus ideas, no a su aparato degenerado. La segunda capitulación, de carácter personal, fortalece esta misma conclusión desde otro ángulo. Igual que el héroe de Gogol, Stalin recolecta almas de muertos a falta de personas vivas. El rescate de la herencia bolchevique, la educación de los nuevos cuadros revolucionarios, no es sólo el objetivo histórico sino también el alto privilegio de la Oposición de Izquierda.



[1] Zinoviev y Kamenev capitularon nuevamente. The Militant, 10 de junio de 1933. Firmado “L.T."



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